Incluso la gente que vemos por la calle, en sus conversaciones, sus modales en su vestimenta y hasta en su cara no pueden esconder el rictus demoníaco.
No se puede evitar el asco al ver el demonio que los posee.
Incluso la gente que vemos por la calle, en sus conversaciones, sus modales en su vestimenta y hasta en su cara no pueden esconder el rictus demoníaco.
No se puede evitar el asco al ver el demonio que los posee.
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