EL TIGRE ENJAULADO
Juan Manuel de Prada
Comparaba Ángel Ganivet a Inglaterra con un tigre al acecho, siempre presto a dar el salto sobre sus enemigos. Inglaterra se hizo a sí misma desde la insularidad y la agresión, haciendo de la sed de dominio el rasgo constitutivo de su personalidad. No tiene el inglés otra forma de relacionarse con el prójimo sino dominarlo, aunque a veces camufle su intención con coartadas filantrópicas, o civilizadoras, o incluso redentoristas. La sed de dominio, llevada hasta el paroxismo criminal, es el asunto principal de Shakespeare; y, hasta cuando adoptan la clave cómica, son incapaces los ingleses de renunciar a su vocación, como se prueba en “Pigmalión”, la obra de Bernard Shaw, donde el profesor de fonética que recoge a la chica del arroyo no se conforma con darle una limosna, soltarle un piropo o ponerle un piso, sino que no para hasta conseguir que tenga una pronunciación correcta, que es el modo que tiene de hacerla suya en plenitud.
Fuera de la literatura, Inglaterra ha empleado otros modos menos benignos para hacer realidad su sed de dominio, desde la rapiña a la leyenda negra. Mientras Inglaterra fue un tigre al acecho, realizó su sed de dominio dinamitando todo intento de unidad europea, desde Felipe II al Imperio Austrohúngaro, pasando por Napoleón; y, a la vez que iba sembrando la cizaña en Europa, se dedicaba a engordar su imperio. Pero esta política inglesa acabó fracasando, o dicho más propiamente, volviéndose contra los ingleses, que después de sembrar el mundo de demagogia, ateísmo y plebeyez sufrieron de rebote una invasión virulenta de los mismos males, que los dejaron hechos unos zorros, hasta el punto de que se resignaron patéticamente a ingresar en la Unión Europea. Que Inglaterra entrase en un proyecto de unidad europea (¡y en una unidad degradante de hormiguero!), en lugar de dedicarse a dinamitarlo como siempre había hecho, constituye un acto contra natura que explica la decadencia de una nación otrora grande (aunque siempre fuese la suya una grandeza odiosa). Y, desde entonces, el tigre al acecho se convirtió en un grimoso tigre enjaulado, capón y piorreico, que en lugar de enseñar al mundo la pronunciación correcta se resignó a que le hablaran en ese inglés aborrecible para paletos con ínfulas que chamullan los burócratas de Bruselas.
Ahora este tigre decrépito, en un gesto agónico de dignidad, quiere salirse de la jaula a la que lo arrastró su decadencia; pero sus gobernantes, conchabados con los burócratas de Bruselas (y a las órdenes todos de la plutocracia mundialista), andan metiéndole miedo al tigre, para que muera tranquilamente en su jaula. Esta tabarra del Brexit despierta en mí sentimientos encontrados: pues, por un lado, me tienta que Inglaterra se quede en la Unión Europea, para verla morder el polvo definitivamente, convertida en un tigre desdentado al que le mean encima, hasta que llegue la hora de eutanasiarlo; pero, por otro, miro con nostalgia al tigre acechante de otro tiempo, y pienso que tal vez la única manera de que otros pueblos humillados como el nuestro resuciten es que vuelvan a tener enemigos dignos de tal nombre.
No se me escapa que el mundialismo, con tal de mantener a Inglaterra convertida en un tigre enjaulado, es capaz de cualquier cosa, desde sembrar la histeria bursátil hasta susurrarle a un loco que mate a una diputada laborista, para sugestionar a los medrosos. Pero, por una vez, deseo que la sed de dominio de los ingleses despierte de su letargo y se sacuda el yugo esclavizante de la Unión Europea. Tal vez luego quieran esclavizar a los cagapoquitos que nos quedamos en la jaula; pero siempre es más digno ser dominado Nelson, y hasta por Drake, que por los burócratas de Bruselas.
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