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Tema: Hª lengua 10: La lengua española, lengua universal

  1. #1
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    Hª lengua 10: La lengua española, lengua universal

    1- La lengua española, lengua universal (1516-1555)

    1- El Imperio español. La lengua como instrumento del Imperio: necesidad de perfeccionarla. Los principales creadores del nuevo español. El nuevo estilo como obra de toda la Península: lengua española, no castellana. La fórmula de “La Celestina” en el nuevo estilo.
    2- El lenguaje natural: escribir como se habla; lo contrario es afectación. El vocabulario natural o popular. Exaltación del Refranero: su valor. Su incorporación al lenguaje literario. Su autoridad en pureza de expresión. Su autoridad en la estética del lenguaje: concisión y encarecimiento. Otras cualidades del nuevo estilo ajenas al Refranero. El habla natural toledana como dechado para los escritores del nuevo español. El toledano artístico como dechado del lenguaje general. Aparición de la idea del lenguaje cortesano o artístico ageográfico como dechado del buen decir.
    3- El lenguaje de arte: moderación en su empleo. El neologismo: helenismos, latinismos, italianismos; repugnancia al galicismo. El uso. La metáfora. El nuevo Español frente al viejo Castellano: arcaísmos. La lengua española como la mejor entre las modernas.
    4- Carlos V y su política de la Lengua. Difusión del español por América; americanismos del mismo. Difusión por Italia: hispanismos del italiano. Difusión por Flandes. Por Alemania. Por Francia. Por Inglaterra.

    Proviene de aquí: http://hispanismo.org/historia-y-ant...-lenguaje.html

    España en el siglo XVI vive su época más gloriosa y memorable. “Granada caída, descubierto por Colón un Nuevo Mundo, dueño Carlos V de dos coronas, Francia humillada y vencida, el orbe entero parece obedecer a un solo cetro, a una sola espada. En esta Monarquía sin límites nunca se pone el sol. Por un conjunto de circunstancias que nunca más podrán ser igualadas, España iba a la cabeza del mundo. Las grandes y heroicas hazañas, las peregrinaciones atrevidas, una milicia de la mejor organizadas y de las más temibles, la conciencia nacional despierta, el ingenio español más vivo, dúctil y poderoso, capaz de ideas más grandes y robustas que en ningún otro siglo: todo parecía prometer una preponderancia política e intelectual sin contraste, prosperidad duradera, perpetua.” (Farinelli: España y su literatura en el extranjero, 1902).

    En aquel gran Imperio la Lengua es considerada como una de las armas más potentes (“D’acquitare e governare e mantenere gli Imperi sono instrumenti: 1º, la lingua; 2º, la spada; 3º, il tesoro.” Campanella). Por eso nunca como entonces se cree tan necesario exaltar, estudiar y cultivar con perfección suma el idioma.
    Porque todo cuanto en este sentido se hizo en tiempo de los Reyes Católicos, todavía no era bastante. Para algunos, la labor de Nebrija en el estudio de la Lengua no satisfacía plenamente (1).
    Para todos, de las obras de los poetas o prosistas de antaño, ninguna aparecía como irreprochable: ni Juan de Mena, ni La Celestina, ni el Amadís podían, según ellos, estimarse como dechados de lenguaje, a pesar de sus excelencias. “Yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra, que apenas ha nadie escrito en nuestra lengua, sino lo que se pudiera muy bien excusar”- escribía en 1533 Garcilaso de la Vega (2) -. Y es que aún no había tenido España el sumo poeta ni el sumo prosista, como los había tenido Italia con su Petrarca y Bocaccio (3).
    La lengua castellana nunca ha tenido –repetía Valdés en 1535- quien escriba en ella con tanto cuidado y miramiento quanto sería menester, para que hombre, queriendo o dar cuenta de lo que escribe diferente de los otros, o reformar los abusos que hay hoy en ella, se pudiesse aprovechar de su autoridad.”

    En realidad, hacia 1520, el castellano todavía no alcanzaba la cumbre más alta. Hacía falta para ello que se terminara de forjar, en una grandiosa literatura, la lengua suprema y definitiva. Hacía falta que surgiera el gran poeta y el gran prosista, a quienes España, algún día, reconociera como jerarcas de la lengua.

    A perfeccionarla dedicáronse entonces, de una manera especial, el conquense Juan de Valdés (+1541), técnico del idioma, autor del “Diálogo de la Lengua” (1536); el joven Garcilaso de la Vega (+1536), que llegó a crear un lenguaje poético, y Juan Boscán (+1542), que modernizó la prosa de manera admirable, al traducir, en 1534, a instancias de Garcilaso, “El Cortesano” (1528), obra del embajador en España del papa Clemente VII, Baltasar de Castiglione, inspirador en gran parte, con su obra, del estilo del siglo XVI. A los cuatro –por su excepcional importancia en la Historia de la Lengua- habrá de referirse en este capítulo (4).
    La perfección ansiada se consiguió con creces: la lengua española abandonó su lastre medieval, y surgió nueva y moderna, en la prosa y en el verso.

    Desde luego, los artífices o cultivadores del español en aquella época siguen siendo, no sólo de Castilla, sino de toda la Península: de Valladolid es el poeta imperial Hernando de Acuña (+1580); de Madrid, el narrador de las maravillas de Indias, Hernández de Oviedo (+1557); de la montaña de Santander, el famoso predicador y prosista Fray Antonio de Guevara (+1545); de Cuenca, como su hermano Juan, el gran escritor político Alfonso Valdés (+1532); de Zamora, el médico Villalobos (+1549), prosista célebre; de Sevilla, el poeta Gutierre de Cetina (+1557) y el historiador Pero Mexía (+1551); de Granada, el poeta don Diego Hurtado de Mendoza (+1575), y de Coimbra y de Lisboa, respectivamente, los poetas Sá de Miranda (+1588) y Gregorio Silvestre (+1569). En fin, de Toledo era Garcilaso, y de Barcelona, su inseparable Boscán: “Un toledano y un barcelonés sellaron, en hora solemne para el Arte, la hermandad de las letras hispánicas. Juntos han corrido sus versos, como juntas estaban sus almas” (Mdez. Pelayo). He aquí por qué, desde entonces, las gentes prefieren decir “lengua española” mejor que “castellana”.

    En el desenvolvimiento de este nuevo español imperó la fórmula de “La Celestina”, la fórmula eterna de combinar la expresión natural y normal, “la de los vocablos carreteros, carpinteros, zapateros..., la popular y ratera” –como decía Erasmo-, con aquella otra de artificio, ingenio, invención, propia más bien de los hombres de letras. Ahora bien: de estos dos elementos, a veces dos lenguajes, el preferido entonces –con una preferencia superior a la que sintieron los escritores de la corte de los Reyes Católicos- fue el vulgar o natural. Del lenguaje vulgar seleccionaron lo mejor, y del lenguaje de artificio se sirvieron para inventar –o aceptar de fuera- las expresiones necesarias a la nueva civilización (5). Veremos más detenidamente cómo se utilizó lo natural y lo artificioso.

    (1) La lengua española se desenvuelve entonces adaptándose a las modalidades del castellano de Castilla la Nueva y los estudios por tanto de un andaluz tenían que ser acogidos con reserva. Bien claro lo dice Valdés: “Aunque Librixa era muy docto en la lengua latina, que esto nadie se lo puede quitar, al fin no se puede negar que era andaluz, y no castellano.” El significado de los vocablos cree Valdés que no los alcanzaba perfectamente por ser de Andalucía, “donde la lengua no está muy pura”. De todas maneras, Valdés ha sido injusto con Nebrija al juzgar su “Arte de Gramática castellana”, que dice que nunca leyó “porque nunca pensé tener necessidad dél, y porque nunca he oído alabar” y porque “no fue imprimido más que una vez”.

    (2) Bien es verdad que añadía: “aunque esto sería malo de probar con los que traen entre las manos estos libros que matan hombres”. M. Pelayo (Antología, XIII) piensa si aludirá a los de caballerías. De todas maneras, aunque sean los libros de caballerías los aludidos, tal opinión no es unánime ni decisiva. Del mejor de ellos, del Amadís de Gaula, que algunos ponen “en las nuves”, piensa Valdés “que peca muchas vezes en no sé qué frías afetaciones” y no le contenta –por ejemplo- “donde de industria pone el verbo a la fin de la cláusula... como aquí: “tiene una puerta que a la huerta sale”, por dezir que sale a la huerta”. Una obra hay eso sí, que –entre todas- pone como superior, “La Celestina”, pues ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté más natural, más propia ni más elegante”. Pero siempre hay en ella cosas que corregir: el “amontonar de vocablos fuera de propósito” y el exceso de cultismos.

    (3) En la lengua toscana, a diferencia de la española, “veo- escribía Valdés- que está ilustrada y enriquecida por un Bocaccio y un Petrarca, los quales, siendo buenos letrados, no solamente se preciaron de escrivir buenas cosas, pero procuraron escrivirlas con estilo muy propio y muy elegante”.

    (4) Consideramos al nuevo español de la época imperial como obra principalmente de estos tres escritores, y los tres siempre guiados por los consejos estilísticos de Castiglione en “El Cortesano”, ya que los tres dan una misma solución a los problemas de la Lengua y muestran unos mismos gustos estilísticos, de acuerdo siempre con Castiglione. La unidad de pensamiento entre Garcilaso, Boscán y Valdés es acorde con la relación personal que existió entre los dos primeros, así como entre Garcilaso y Valdés. La unidad de pensamiento de los tres con Castiglione está en consonancia (en el caso de Garcilaso y Boscán) con su enorme interés por dar a conocer al público español “El Cortesano”; pero en el caso de Valdés no lo está, dado su silencio sobre Castiglione y su afirmación de no haber leído “El Cortesano”. Mas, no obstante, su identidad de pensamiento con Castiglione es tal que no ofrece duda la dependencia entre uno y otro, con unas mismas ideas y palabras sobre los temas del ingenio y buen juicio, naturalidad, afectación, selección, claridad y “buena orden”.

    (5) Pero prefiriendo siempre lo natural a lo artificioso: el buen juicio, que ha de regir la selección de lo vulgar, al ingenio. “Si yo hubiera de escoger –decía Valdés- más querría con mediano ingenio buen juicio que con razonable juicio buen ingenio.” La idea está inspirada en Castiglione.

  2. #2
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    Hª lengua española 1516-1555: el Lenguaje natural

    2 - El lenguaje natural: escribir como se habla; lo contrario es afectación. El vocabulario natural o popular. Exaltación del Refranero: su valor. Su incorporación al lenguaje literario. Su autoridad en pureza de expresión. Su autoridad en la estética del lenguaje: concisión y encarecimiento. Otras cualidades del nuevo estilo ajenas al Refranero. El habla natural toledana como dechado para los escritores del nuevo español. El toledano artístico como dechado del lenguaje general. Aparición de la idea del lenguaje cortesano o artístico a-geográfico como dechado del buen decir.

    Son aquellos los tiempos del Renacimiento, en los que se exalta la Naturaleza y por tanto el lenguaje en su forma pura o natural. La naturalidad –basada en la lengua corriente- es entonces la norma suprema del estilo. “El estilo que tengo –dice Valdés- me es natural y sin afectación ninguna.” Hay que escribir, pues, como se habla, siempre que se hable con naturalidad o llanamente (6).

    Lo contrario, el lenguaje artificioso, piensan todos que es afectación, “odiosa a todo el mundo”, dirá Castiglione, “de la que hay que huir como de pestilencia”, dirá Boscán, “la que no está bien en ninguna lengua”, dirá Valdés.

    Claro es que el amor de los escritores por la lengua vulgar no les lleva al extremo de aceptarla íntegramente, sin excluir lo que en ella estimasen plebeyo. Todos creen indispensable la selección: el usar lo mejor de la lengua hablada corrientemente, escogiendo elementos no sólo de la lengua hablada por todos, sino incluso aquellos propios de la lengua de la aldea, del pueblo, que por fuerza ha de ser la más natural. Porque ya decía el refrán: “So el sayal hay al”, o como dice un adagio latino: “Debajo de capa vieja, muchas veces habita la sapiencia”.
    Nada tiene por tanto de extraño, que hombre tan exquisito como Garcilaso emplee en sus versos expresiones tan populares como daca, dizque o cargar la mano etc.

    Más las expresiones vulgares que mayor carácter dieron al estilo español fueron los refranes, dichos agudos, lacónicos y sentenciosos, tesoro grandioso y único de nuestra lengua popular. En ellos descubrieron, primero, una ingénita sabiduría que consideraban como eco de la sabiduría natural de aquella Edad de Oro imaginada por los griegos y adorada por el Renacimiento; segundo, un tipo de expresión exclusivo de España (7); tercero, una pureza o corrección tal, como para elevarlos a la categoría de autoridades de la Lengua, y cuarto, una tan sublime belleza natural en la forma de expresión, como para fundar en ellos la estética del nuevo estilo.

    De ahí que los escritores incorporen al lenguaje literario los refranes –con mayor arte y entusiasmo que antes- intercalándolos a cada momento en la prosa y aun en el verso, como lo hace Garcilaso cuando pone en sus Eglogas: “No hay mejor cirujano que el bien acuchillado”, “A quien no espera bien, no hay mal que dañe”... Pues todos piensan que “los refranes aprovechan para el ornato de nuestra lengua y escriptura, y son como piedras preciosas saltadas por las ropas de gran precio” (Mal Lara, Filosofía Vulgar).

    Por los refranes –considerados como formas correctas del lenguaje- se guían además- según hemos dicho- para toda cuestión de pureza de expresión. Por todo esto, si en un refrán se usa una determinada palabra o forma gramatical, nadie puede poner reparos a su empleo (8).
    La autoridad lingüistica de España fue, pues, el Refranero, obra de la naturaleza, mientras para Italia lo fueron Petrarca y Bocaccio con su obra de Arte.

    De los refranes, finalmente, deducen las normas estilísticas del nuevo castellano. Por ejemplo, la de la concisión. “Todo el bien hablar castellano –dice Valdés- consiste en que digáis lo que queréis con las menos palabras que pudiéredes”, es decir, con tan pocas palabras como en los refranes, uno de los cuales dice así: “Al buen entendedor breve hablador”. Mas también nos enseña el Refranero que a la concisión no ha de ofender el encarecimiento o la elegancia; de ahí que en el lenguaje de entonces sientan todos –incluso el propio Emperador- tanta afición a emparejar vocablos sinónimos o análogos. Garcilaso dice, por ejemplo: “No hay bien que en el mal no se convierta y mude”, “oh, modo de matar penoso y triste”... El Emperador empareja los vocablos de la misma manera y dice “paz y sosiego”, “paganos e infieles”, prueba y testimonio” etc.

    No salen, en cambio, del Refranero otras normas que rigen el estilo de entonces; sobre todo la de la claridad, pues precisamente en el refranero está el germen del estilo conceptuoso que ha de triunfar en el siglo siguiente (9).

    Elevada a sí el habla vulgar a la más alta categoría, al considerarla como base esencial de la lengua literaria y general, un problema ya antiguo se agudiza ahora: el de la falta de unidad fonética y léxica dentro del mismo castellano, pues no se hablaba lo mismo en Castilla la Vieja que en Castilla la Nueva, Andalucía, Aragón ...(10), a pesar de hablarse en todas partes castellano: en Toledo decían, por ejemplo, hazer (con h aspirada y z sonora), mientras en Burgos decían acer (sin aspiración alguna y confundiendo z y ç); o sea que en Toledo conservaban los antiguos sonidos zy ç, s y ss, j y x, mientras en Burgos los confundían pronunciándolos exactamente como hoy. Y en cuanto al léxico, en Toledo decían, por ejemplo, albacea, ataifor, almutacén..., mientras que en León no conocían tales voces, pues cada región incorporaba al castellano reliquias o expresiones de lenguas y dialectos extinguidos.

    Tanta variedad –no conveniente a una lengua común de civilización- tenía que salvarse acatando todos como modelo fonético y léxico del castellano perfecto el de una determinada ciudad, de la misma manera que los romanos acataron el latín de su capital.

    En España, la nueva Roma de nuestro Imperio lingüistico no podía ser otra que Toledo, Caput Hispaniarum, vieja capital de los godos, también, a veces, nueva capital del Imperio regido desde su Alcázar, antigua oficina del castellano, relicario de nuestra historia, enriquecido y embellecido a la sazón por el Emperador. Y, en efecto, el castellano vulgar de Castilla la Nueva, el de Toledo, fue considerado entonces como modelo, con su h aspirada y con sus otros sonidos mencionados (11); el habla de la Corte, o sea el toledano del toledano Garcilaso, hecho obra de arte por unos cuantos.
    Y ese fue el castellano que pasó a América, donde todavía se conservan sonidos característicos del mismo.

    Bien es verdad que esa obra de arte se retocó y completó después por artificio de muchos que discrepaban respecto de la autoridad geográfica. Por eso ya apunta la idea de que la mejor habla es “la de la casa real de los Reyes”, como decía Hernández de Oviedo, dando así a entender do quiera que estuviesen, ya fuera Toledo, ya en otra ciudad (12). Aun iba más lejos el médico Villalobos, que, atreviéndose a criticar algunas formas toledanas, daba como autoridad un “habla de arte” sin adaptaciones a modalidades geográficas ni cortesanas.


    (6) Porque lo escrito –como dice Castiglione- no es otra cosa que una forma de hablar”. Por eso dice Valdés: “Escribo como hablo, solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir y dígolo cuanto más llanamente me es posible”. No son raras en los libros de entonces las advertencias de los escritores de escribir llanamente; Villalobos por ejemplo, comienza diciendo: “Esto se hizo en lenguaje llano, sin retórica ni afectación alguna...” (Libro intitulado Los Problemas)

    (7) Tan español y único es el Refranero, que los italianos que dialogan con Valdés no saben lo que son los refranes. Coriolano pregunta a Valdés: “¿Qué cosa son refranes?” – Valdés: “Son proverbios o adagios...” - Coriolano: “¿Son como los latinos y griegos? – Valdés: “No tienen mucha conformidad con ellos.”
    En el siglo XIX un norteamericano, Ticknor, no se explica la abundancia y el origen de nuestro Refranero y apunta la idea de un probable origen árabe. La admiración de Europa hacia el Refranero español, divulgado desde el marqués de Santillana e incorporado a nuestro lenguaje literario, indudablemente, fue el estímulo que movió a Erasmo (+1536) a buscar en los escritores de la antigüedad Adagia o proverbios que él consideraba, lo mismo que a los refranes, como procedentes de una misma filosofía natural; por ello decía: “Debo a España más que a los míos ni a otra nación alguna”.
    Por lo demás, la equiparación entre las sentencias antiguas y el refranero es peligrosa: los refranes españoles nacieron, al decir de Valdés, “entre viejas tras del fuego, hilando sus ruecas; y los griegos y latinos, entre personas doctas”. Y aun es más: “Habemos de entender –decía hiperbólicamente Mal Lara en su Filosofía Vulgar- que antes que hubiese filósofos en Grecia, tenía España fundada la antigüedad de sus refranes”.

    (8) “Lo más puro castellano que tenemos son los refranes”; “En los refranes se ve mucho bien la puridad de la lengua castellana”, dirá Valdés, no sin añadir que “lo mejor que tienen es ser nacidos en el vulgo”. Valdés invoca constantemente la autoridad del Refranero en sus explicaciones sobre voces o giros. Véase por ejemplo, cómo le interrumpe su interlocutor Coriolano: “Paréceme que os aprovecháis bien de vuestros refranes o como los llamáis”. A lo que Valdés responde: “Aprovéchome dellos tanto como dezís porque , aviendoos de mostrar por un otro exemplo lo que quiero dezir, me parece sea más provechoso mostrároslo por estos refranes , porque oyéndolos los aprendáis, y porque más autoridad tiene un exemplo de estos antiguos que un otro que yo podría componer”.

    (9) Diáfana es toda la literatura de la época imperial, porque aquellos hombres no concebían la oscuridad como no la concebía en el siglo XIV don Juan Manuel. Claridad aconsejaba Castiglione; falta de claridad es lo que con más ahinco criticaba Valdés: Juan de Mena no le gusta porque “escrivió tan oscuro que no es entendido”. Castillejo no creía, en cambio, en la claridad de los poetas petrarquistas y contra Garcilaso escribía:
    “Nuestra lengua es muy devota
    de la clara brevedad
    y esta trova a la verdad
    por el contrario denota
    oscura prolijidad”.

    (10) Ya lo dice el propio Valdés en su “Diálogo”: “La lengua castellana se habla no solamente por toda Castilla, pero en el reino de Aragón, en el de Murcia, con toda el Andaluzía y en Galizia, Asturias y Navarra, y esto aun hasta entre la gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en el resto de Spaña, cada provincia tiene sus vocablos propios y sus maneras de dezir...”

    (11) Conocida es la apología del habla toledana que hace Melchor de Santa Cruz. No es recordada, en cambio, la de Lucio Marineo Sículo, en su obra dedicada a Castiglione, “De las cosas memorables de España” (Alcalá,1533) : “Adonde más polida y copiosamente se habla (el español) es en las principales cibdades del Andaluzía y mucho más en Castilla principalmente en el reyno de Toledo, aunque es toda muy prima desde la cibdad de Sevilla hasta Burgos y Çaragoça de Aragón. Creo ser la causa desto porque en esta región que contiene quasi el medio y la tierra más fértil de toda España... o porque también en las cibdades de esta región moran comúnmente los príncipes y otros muchos señores y caualleros que hablan más polidamente que otros...”; Y más abajo: “Llámase castellana porque donde más polidamente se habla y donde más perfecta quedó es en Castilla”.

    (12) “Allí (en Toledo) es donde se habla mejor nuestra lengua... E donde mejor que en Toledo se habla es en la casa real de los reyes.” (Quincuagenas). El propio Valdés distingue ya la autoridad de Toledo y la autoridad de la corte: los interlocutores de Valdés acuden a él confiados, “no sólo por ser hombre criado en el reino de Toledo, sino también en la corte de España” (Diálogo, 33)

  3. #3
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    Lengua española (1516-1555): el lenguaje del Arte

    3 - El lenguaje de arte: moderación en su empleo. El neologismo: helenismos, latinismos, italianismos; repugnancia al galicismo. El uso. La metáfora. El nuevo Español frente al viejo Castellano: arcaísmos. La lengua española como la mejor entre las modernas.

    Respecto del lenguaje del Arte –sobre todo del neologismo y la metáfora- los escritores de entonces no se cansan de recomendar moderación. El neologismo es lícito si se emplea con prudencia, es decir, si se inventan o aceptan no por capricho, como en tiempos de Juan II, sino por ornamento y necesidad a la vez, como Valdés decía. Y esa necesidad era entonces cuando verdaderamente existía, puesto que España irradiaba sobre el mundo una cultura moderna que necesitaba de términos nuevos y universales. En realidad, según Valdés, “no nos faltan vocablos con que esprimir los concetos de nuestros ánimos, porque si algunas cosas no las podemos esplicar con una palabra, esplicamoslas con dos o tres, como mejor podemos” (13).

    El griego, el latín y el italiano les proporcionan entonces los elementos necesarios al nuevo lenguaje:
    Del griego pasan, por ejemplo, paradoxa, tiranizar, idiota, ortografía, voces propuestas por Valdés.

    Del latín toman, naturalmente, la mayoría de las nuevas voces: por ejemplo, todas las que Valdés proponía se introdujeran: ambición, ecepción, dócil, superstición, objeto, decoro, paréntesis, insolencia, jubilar, temeridad, persuadir, estilo, observar. Eran aquellos los momentos más propicios para la adopción de latinismos pues con ellos el Renacimiento, en España y fuera de ella, iba dando expresión adecuada a las ideas de la civilización moderna, recuperando así el español y las demás lenguas de Europa algo de su primitiva uniformidad, por el retorno a su origen latino.

    Del italiano, Valdés propone dinar, entretener, discurrir y discurso, servitud, novela, cómodo y martelo. En el verso –que tanto entonces debía a Italia- la influencia es todavía mayor: Garcilaso gusta de introducir italianismos en sus poesías: delgadeza, domestiqueza, selvatiquez, viso etc. Además Italia nos proporcionó fachada, medalla, soneto, terceto, madrigal y escorzo; entre las militares, recordemos centinela, señalada por Hurtado de Mendoza en su “Guerra de Granada”. Arias Montano pone de relieve la influencia del italiano en la juventud española en un poema: “Italico accentu crepitant...”

    Del francés, desde luego, no se concibe entonces traer vocablo alguno. Garcilaso mismo evita los galicismos y sólo en alguna ocasión en que hace burla de las cosas de Francia los emplea intencionadamente por donaire: recordemos lo que le dice a Boscán en 1534, a raíz de su viaje a Italia pasando por Francia:

    “donde no hallaréis sino mentiras,
    vinos acedos, camareras feas,
    varletes codiciosos, malas postas,
    gran paga, poco argén, largo camino” (14)

    El mismo criterio tendría Valdés, cuando, hablando tanto sobre el neologismo, guarda absoluto silencio sobre toda posible relación entre el español y el francés.

    No olvidaban además los escritores de entonces las advertencias de los clásicos respecto de los neologismos: en Roma, como en Toledo, los términos nuevos no podrían adquirir carta de naturaleza dentro de la lengua, mientras no lo quisiera el uso, árbitro, juez y norma del lenguaje. Es verdad que a veces son “durillos”, pero “conociendo que con ellos se ilustra y enriquece la lengua –dice a Valdés uno de sus interlocutores-, todavía los admitiré y, usándolos mucho, poco a poco los ablandaré”. De todas maneras, la discreción en el empleo del neologismo se impone siempre y el consejo horaciano no lo olvida nadie.
    El que Boscán no fuese un neologizante es para Garcilaso una de las cosas más admirables en la traducción de “El Cortesano”. Porque Boscán –según Garcilaso- “usó de términos muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oídos, y no desusados de la gente”.

    En cuanto a la metáfora, es indudable que desde entonces, a tal tipo de expresión se le da en le lenguaje escrito, sobre todo, una importancia excepcional, además que para ésta tenían los españoles una singular predisposición. De nosotros, decían los italianos que éramos “más perspicaces en el uso de la metáfora que ningún otro pueblo”. El propio Valdés aseguraba que “la mayor parte de la gracia y gentileza de la lengua castellana consiste en hablar por metáforas”.
    El escritor que consagró la metáfora en nuestra lengua es Garcilaso; sus expresiones fueron aprendidas con entusiasmo por los poetas posteriores. Discípulos directos suyos son los mejores líricos de España: Fernando de Herrera, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Luis de Góngora.

    He aquí, pues, cómo se forjó la nueva lengua del Imperio; tan nueva, que a todos era ya sensible su honda diferencia con el castellano del medievo: había, por ejemplo, que decir exército y no “huestes”, confianza y no “fiuzia”, fatiga y no “cuita”, placer y regocijo y no “solaz”, esperar y no “atender”, contender y no “barajar”, preguntar y no “pescudar”, fácil y no “raez”, harto y no “asaz”, vez y no “vegada”, abaxo y no “ayuso”, arriba y no “suso”, debajo y no “so”, aunque y no “maguer”, otro y no “al”, cuando y no “desque”, siempre y no “cadaque”, último y postrero y no “cabero” ni “zaguero”.
    Ninguna de estas expresiones, desautorizadas por Valdés, empleará ya su íntimo Garcilaso.
    Bien que ciertas formas, aunque viejas –pensaba Valdés-, son tolerables en el lenguaje poético: puede usarse “membrar” en vez de acordar, o la forma “so”, en vez de soy; por eso Garcilaso dice “estó” en lugar de estoy.
    En resumen, una civilización moderna había hecho envejecer muchas palabras para que floreciesen otras nuevas porque, tal como las hojas de los árboles, también las voces antiguas iban cayendo en desuso.

    Conseguida ya la reforma de la Lengua y puesto de relieve su inmenso valor, especialmente mediante los estudios del Refranero, el orgullo por la lengua nacional se reaviva en la conciencia de los españoles. Claro es que no sólo fuimos nosotros los que nos dedicamos a exaltar y dignificar una lengua vulgar, fuéronlo también otras naciones que se pusieron a imitar la actitud de Nebrija.
    Sobre todo, Italia, donde Petro Bembo había defendido la lengua toscana en su “Prose della volgar lingua” (1525).

    Dedicadas, pues, varias naciones a exaltar sus lenguas respectivas, no es extraño que se suscitase la cuestión de competencia sobre cuál de todas ellas era la mejor. En la disputa, la lengua española –“noble, entera, gentil y abundante”, al decir de Valdés- es entonces considerada como la primera del mundo entre todas las modernas. Y lo creen así, no sólo los españoles, sino también muchas gentes de fuera: el viejo siciliano Lucio Marineo Sículo asegura, en un libro escrito precisamente para Castiglione, que “la lengua española haze ventaja a todas las otras en elegancia y copia de vocablos, y aun a la italiana, sacando la latina y la griega” (15).

    “Y la causa de ser muy más perfecta que todas las otras lenguas vulgares –añade Marineo- es por la conformidad que tiene con la latina, a la cuales tan semejante que se hallan cartas escriptas en romance, y el mismo romance es también latín”. Y en efecto, desde tiempos ya de los Reyes Católicos, desde que, en 1498, el padre de Garcilaso de la Vega pronunció en el Vaticano su famosa oración, compuesta en un latín que resultaba a la vez castellano (que más adelante reproducimos), fueron muchos los que, con el mismo propósito, se dedicaron a componer en prosa o en verso textos que resultaban a la vez castellanos y latinos. (Ver E. Buceta, Composiciones hispano latinas en el siglo XVI, RFE, XIX).

    Bien es verdad que la doctrina sobre la preeminencia del castellano no se sostuvo sin discusión; pero la polémica acabó por mantenerse tan sólo con los italianos, cuya lengua toscana tenía, según Valdés, “muchos más vocablos enteros que la castellana, y la castellana muchos más vocablos, corrompidos del latín, que la toscana”.
    No dejó tampoco de existir, finalmente, quien equiparase la lengua castellana con la latina y aun quien la considerase superior a ella. Menéndez Pelayo en sus Orígenes de la Novela, III, copia estos versos de Proaza, insertos en “Las Sergas de Esplandián”:

    “Aquí se demuestran, la pluma en la mano,
    los grandes primores del alto decir,
    las lindas maneras del bien escrebir,
    la cumbre del nuestro vulgar castellano;
    al claro orador y cónsul romano
    agora mandara su gloria callar,
    aquí la gran fama pudiera cesar
    del nuestro retórico Quintiliano.”

    Y el licenciado Juan Antonio Herrera escribía elogiando a Ximénez Patón:

    “Ya en la lengua antiquísima romana
    nuestro vulgar no della decendiente
    en el ser admitida de la gente,
    en riqueça y ornato se la gana”.


    (13) Consideran además lícito el neologismo por la autoridad que les ofrece Cicerón u Horacio, introductores de vocablos nuevos. Y así en cuanto al neologismo por derivación o composición, “acordaos –dice Valdés- con cuanta modestia acrecienta Cicerón la lengua latina algunos vocablos como son qualitas, visum que significa fantasía y comprehensibile, aunque sin ellos no podía esprimir bien el conceto de su ánimo”. Y en cuanto al neologismo por transplantación de otras lenguas, acordaos también de Cicerón –exclama Valdés- “cuando usa y aprovecha de vocablos griegos”, cosa que hace –añade- con mucha mayor licencia, pues en este caso, “no cura de demandar perdón, antes él mesmo se da licencia para usar dellos, como veis que los usa, no solamente escritos con letras griegas, pero con latinas como son asotus, idea, atomus etc”.

    (14) Varlet es el moderno francés valet, criado, y argén es argent, dinero, usado ya por Berceo y por el Arcipreste de Talavera.

    (15) Lucio Marineo, “De las cosas memorables de España”. También Giovanni Miranda (“Della Lingua) concede la supremacía al español: “Entre las muy copiosas, yentiles, esplicables, y nobles lenguas el primiero lugar tiene la castellana, por ser ella copuesta de las dos muy puras de todas las otras, que son la latina, y la italiana y a mi iuyzio por ser ya el mundo todo (y más que no duuiera) hecha habitación de nación española.”

    En el siglo XVIII, Masdeu (Historia crítica de España, 1783) atribuye la opinión de la superioridad de la lengua española a varios célebres escritores: “La Martiniere, Botero, Merula, Trevisano, Bentivoglio, Moreri, Erasmo también y Escalígero, y hasta los celebrados enciclopedistas, autores que he citado, todos reconocen la superioridad de la lengua castellana por la admirable propiedad de sus metáforas y por la singular energía de sus expresiones”. En la misma época Vargas Ponce (1793) la atribuye también a Vosio, Juan Zahn, etc.

    No deja de haber, sin embargo, quien negase la supremacía del español: Bataillon (“Erasme et l’Espagne”) habla de Furio Ceriol, quien en 1556 concedía la palma al italiano y al francés).

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    Hª lengua española: Carlos V y su política de la lengua

    4 - Carlos V y su política de la Lengua. Difusión del español por América; americanismos del mismo. Difusión por Italia: hispanismos del italiano. Difusión por Flandes. Por Alemania. Por Francia. Por Inglaterra.

    En esta evolución de la lengua española una tarea importantísima estaba reservada a nuestro Emperador Carlos V: la de la imposición del español como lengua de las cancillerías, y todavía más: la de su difusión como lengua universal, por tierras muy anchas y diversas, para convertir así en realidad el sueño imperial de Nebrija y de los Reyes Católicos.

    Esta tarea sólo era posible con un nuevo César, un nuevo Alejandro, cuyo propósito fuese hacer del mundo una sola patria universal, cuyas gentes viviesen en mutua amistad y concordia, con una sola lengua y regidos por una sola ley religiosa y política, que alumbrara a todos como la luz del sol.

    Nadie, desde luego, podría sospechar que quien hubiera de convertir el español en un nuevo latín fuese aquel joven monarca que, en Villaviciosa, en 1517, pisaba por vez primera la tierra de su madre: era entonces un muchacho que, si bien hablaba francés y flamenco, y conocía algo el alemán e italiano, ignoraba el español. Tanto él, como los hombres de confianza que trajo consigo tenían que servirse de intérpretes.
    Al año siguiente, en las primeras Cortes, los procuradores, alarmados, le suplicaban “que fuese servido de hablar castellano porque haciéndolo así, lo sabría más presto y podía mejor entender a sus vasallos y ellos a él”. El Emperador respondía “que se esforzaría a lo hacer”. Pero en 1520 el problema persistía, ante la desesperación de los españoles: “Si el rey daba audiencia –decían- estaba Xevres presente, y, como no entendía bien la lengua española, era como si no le hablaran”, escribía fray Prudencio de Sandoval.

    Pocos años después, las cosas cambiaban por completo: los emperadores romanos –pensaría el monarca- se abstenían de hablar otra lengua que la latina (16). Y por eso, sin duda, ante el Senado genovés comenzó una vez su discurso con estas palabras: “Aunque pudiera hablaros en latín, toscano, francés y tudesco, he querido preferir la lengua castellana porque me entiendan todos”.

    Más impresionantes todavía fueron las palabras que en Roma pronunció, el 17 de abril de 1536, ante el papa Paulo III, desafiando al rey de Francia como enemigo de la cristiandad y retándole a singular combate, armado, desarmado o en camisa con espada y puñal.
    El emperador dijo su discurso en español, con aquel sosiego y gravedad propios de su gloriosa abuela Isabel. El obispo de Mâcon, allí presente, representante del rey de Francia, se atrevió a interrumpirle, so pretexto de no entender el español. El Emperador, súbitamente, le impuso silencio con estas lapidarias frases (17): Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana”.

    Forzoso era también que quien viniese a tratar con el que señoreaba la tierra le hubiese de tratar en lengua española. Por eso -como cuenta el licenciado Villalón-, cuando el Emperador “venció al Landgrave y al Duque de Sajonia, junto al río Albis, y todas las señorías y principados de Alemania vinieron a le sujetar y obedecer y a demandarle perdón, todos le hablaban en español” (Villalón, Gramática castellana, Proemio). Su Majestad “les respondía en español hablándoles mansa y agradablemente, como ellos dicen, llamándole príncipe gracioso, de la cual respuesta quedaron tan contentos, cuanto era razón” (18).

    Sus embajadores, en fin, seguían el ejemplo del Emperador, y así, su representante en Venecia hacíase escuchar tan sólo en la lengua española, mientras los embajadores de las demás potencias hablaban por medio de intérpretes (19).

    Como consecuencia de esta política, el Emperador y luego su hijo Felipe II pudieron contemplar el espectáculo grandioso de la difusión por el mundo entero de la lengua española (20). En América los indios iban olvidando poco a poco sus propias lenguas, para aprender la de nuestros exploradores, conquistadores y colonizadores, la cual había de ser pronto, no sólo un providencial poderoso instrumento de comunicación, sino también el vínculo indisoluble de fraternidad entre millones de hispanoamericanos.

    América, a su vez, enriqueció a España con nuevas cosas y, por tanto, con nuevos vocablos. Por Sevilla, el puerto del Nuevo Mundo, fueron introduciéndose cosas y palabras vistas y oídas con curiosidad creciente. Del taino, lengua de los caribes de las Antillas, vinieron las voces primeras, las que ya conocieron la Reina Isabel y Nebrija: batata, cacique, caníbal, canoa, carey, guayaba, hamaca, macana, maíz, tabaco, tiburón; del nahuatl, de Méjico, lengua de los aztecas, vinieron: aguacate, cacahuete, cacao, chocolate, hule, jícara, nopal, petaca, petate, tomate, tiza; del quichua, del Perú, lengua de los incas: alpaca, cóndor, llama (rumiante), mate, pampa, papa, patata, puma, vicuña y otras (21).

    Del Mundo Antiguo, Italia fue donde con mayor intensidad arraigó el español, más que por motivos políticos, por afinidades de raza y cultura y por mutua simpatía. Castiglione juzgaba a los españoles admirables por la “gravedad reposada”, que les era peculiar, y por sus costumbres, que, según él, eran más convenientes y conformes a las italianas, que no las de los franceses.
    Y, en efecto, de la hermandad estrecha entre españoles e italianos son reflejo sus respectivas literaturas, no ya sólo por estar inspiradas simultáneamente en una misma clásica cultura, sino también por ser recíprocamente admiradas e influidas, gracias al conocimiento del italiano por los españoles y al prestigio del castellano en Italia, que ya en el siglo XV había penetrado allí “siguiendo –como decía Nebrija- a los infantes que enviamos imperar en aquellos reinos”.

    Un testimonio de ese ascendiente y difusión de nuestra lengua nos proporciona Juan de Valdés, al asegurar que en su tiempo en Italia, “así entre damas como entre caballeros, se tenía por gentileza y galanía saber castellano”, sin duda por seguir el consejo de Castiglione, quien consideraba como ideal del cortesano el conocimiento del español.
    Rara era la ciudad en que no se oyese hablar la lengua de España: tanto en Venecia y Roma, donde Pedro Bembo, el árbitro lingüístico de Italia, la empleaba en sus versos dedicados a Lucrecia Borgia, como en Lombardía, Cerdeña y Sicilia y sobre todo en Nápoles, cuyos habitantes decíase que eran “quasi piu spagnuoli che napolitani” y donde
    “non era in uso quel baciar di mani
    quel sospirare forte alla spagnuola” (G. Mauro, Opere burlesche)

    A la difusión de nuestra lengua por Italia contribuían las imprentas de Venecia y Roma, al mismo tiempo que las francesas y flamencas, estampando infinitas ediciones de obras españolas. Nuestro teatro y canciones populares se escuchaban allí lo mismo que en la Península.
    Maestros de español enseñaban, además, nuestra lengua. Como tal pudiéramos considerar a Juan de Valdés, aunque nunca regentara cátedra abierta al público, pues tan sólo a sus amigos italianos y españoles reunía los domingos en su quinta de la ribera de Chiaja para hablar con ellos sabiamente del castellano, en conversaciones por él reproducidas en su Diálogo de la Lengua.
    En Venecia, la explicaba Giovanni Miranda con su gramática, publicada en 1569, y era famoso también el “Diccionario de la lengua toscana y castellana”, de Cristóbal de las Casas, muchas veces impreso desde 1570 en Venecia y Sevilla (22). En fin, todavía en 1600 existían en Roma “estudios de lengua española, como de latina, griega y hebrea, y los nobles procuraban dar a sus hijos ayos españoles, a fin de enseñarles la lengua”.
    “Y esto no es de agora –decía Ximénez Patón-, que parece está la lengua en el estado, colmo o cumbre de su perfección, como la latina en los tiempos de Cicerón...” (23).

    La influencia del español en el italiano se dejó sentir muy hondo por todas estas causas. Algunos llegaban hasta a censurar el desmesurado empleo de frases y voces españolas, las cuales se mezclaban profusamente con las italianas. Muchas pasaron definitivamente, y así, hoy mismo, hispanismos son: lindo, sfarzo, complimenti, creanza, disinvoltura, sussiego, manteca, riso, zucchero, chicchera, y otras voces, militares, como rancio, arranciarsi, ribatarsi, y marítimas, como maroma y cabrestante (24).

    En lo que entonces llamaban Flandes, que para los españoles era también Holanda, además de Bélgica, y aun a veces Alemania, la lengua castellana se propagaba intensamente. Se hablaba en Gante, donde el Emperador había nacido, y en Brujas, en Bruselas, en Lovaina, donde flamencos famosos, pintores, músicos, impresores y maestros en oficios diversos vivían en íntimo contacto con españoles.

    Las imprentas de aquellos dominios, especialmente las de Amberes, donde Plantino tenía su oficina, no cesaban de estampar libros en castellano, sobre todo gramáticas y diccionarios o “tesoros” de nuestra lengua. Un primer vocabulario español y flamenco se editaba en 1520, y a los dos años, lo compraba en Aquisgrán, Fernando Colón, hijo del famoso descubridor.
    En varias de las muchas gramáticas en Flandes impresas, sus autores no se limitaban a enseñar la pura mecánica del lenguaje, sino que en elogio de la lengua discurrían con orgullo sobre su origen y vicisitudes. Interesantes en extremo son, por ejemplo, la del profesor Thámara, en verso, de 1550; la anónima en castellano, francés y latín, de Lovaina, de 1555; la curiosísima del licenciado Villalón, de 1558, y la “Gramática de la lengua vulgar”, de 1559, de autor desconocido (25).

    Los humanistas de aquellos países no eran ajenos al desenvolvimiento o al estudio del castellano. José Escalígero, nacido en La Haya en 1540, se dedicaba a recoger más de dos mil voces no contenidas en el Diccionario de Nebrija; con todo eso –exclamaba al contemplar su obra-, “me parece que he hecho nada, siempre que leo libros españoles: es tanta la abundancia de aquel lenguaje, que cuanto más aprendo en él, tanto más se van ofreciendo cosas que sin maestro nunca las aprenderé” (26).

    De los alemanes afirma el licenciado Villalón que se “holgaban de hablar castellano”, y que muchos lo hacían por complacer al Emperador Carlos, que se preciaba de español natural”, no obstante haber aprendido el castellano en sus años mozos, pues por su educación y origen era casi más alemán que español. El común linaje de uno y otro pueblo nunca como entonces se sintió tan hondo: de la ascendencia goda de la raza hispana gloriábanse, en efecto, los españoles entonces más que nunca, mientras arriba, en el Norte, hasta Cristián de Suecia ante Carlos V exclamaba: “Sumus et nos de gente gothorum” (27). Célebres maestros se entregaron asimismo en Alemania a la enseñanza del castellano. Los más conocidos fueron Henrico Doergangk, profesor de Colonia, y, en la universidad de Ingolstadt, Juan Angelo de Sumaran, noble cántabro. Los dos alcanzaron el siglo XVII (28).

    En Francia, por Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme, admirador arrebatado, en sus “Rodomontades”, de las costumbres españolas, sabemos que en tiempos de Enrique III, y aun más en los de Enrique IV, “la pluspart des françois, aujourd’huy, au moins ceux qui ont un peu veu, sçavent parler ou entendent ce langage”.
    Así se comprende la edición de tantos libros españoles en Lión y París, y la avidez con que se leían, no sólo en traducciones, sino en castellano, el “Amadís de Gaula” y el “Reloj de Príncipes” de Guevara, copiado luego por La Fontaine en su “Paysan du Danube” (29).

    El castellano se aprendía también en Inglaterra, donde tanta popularidad tuvieron las obras de Guevara, consideradas, por algunos, como inspiradoras del “eufuísmo”. Esta influencia del español culminó sobre todo a fines del siglo XVI, época en la cual apareció en Londres la primera gramática y diccionario español inglés, insertos en la “Biblioteca Hispánica” de su autor, Richard Percyvall. En el mismo año y ciudad vio la luz otra gramática, de W. Stepney (The Spanish Scoolemaster). Y en 1599, John Minsheu, profesor londinense de español, volvió a imprimir las obras de Percyvall, ampliándolas con textos sacados de otros libros que divulgaban por Inglaterra la literatura y el refranero de España.
    Otro profesor de castellano muy popular en Londres, a principios ya del XVII, fue un español emigrado, Juan de Luna, autor de la mejor continuación del Lazarillo de Tormes (30).


    (16) Cuenta Suetonio que sabiendo Tiberio hablar bien el griego no lo usó, antes habiendo de decir en el Senado una dicción griega pidió licencia para usar de palabra extranjera... y a un soldado prohibió que dixesse su dicho como testigo sino en latín (Aldrete, “Del origen y principio de la lengua castellana”)

    (17) Reproducidas por Brantôme en sus Rodomontades.

    (18) Sandoval narra de esta otra manera este episodio de 1546: “Sus embaxadores le hablaron en español hincados de rodillas, allí en el campo adonde habían salido a esperar al Emperador. La causa de hablalle en español dicen que fue parecerles más acatamiento hablalle en la lengua que era más su natural y más tratable, que no en la propia de ellos... Su Majestad les respondió en español”.....

    (19) B. Croce: “La Spagna nella vita italiana durante la Rinascenza”.
    Recordemos a propósito de este caso , el pasaje de Ambrosio de Morales en su Discurso sobre la lengua castellana: “En Roma quasi todos los nobles sabían la lengua griega; mas quando iban a gobernar en Asia, o en Grecia, por ley se les vedaba que en público no hablasen sino en latín, mandándoles que en juicio no consintiesen usarse otra lengua, aunque hubiessen de ayudarse de intérpretes los que no la sabían; sólo para este efecto (como dice Valerio Máximo): que la dignidad y la reputación de la lengua latina se extendiese con mayor autoridad por todo el mundo: tanto cuidado tuvieron de perpetuarla y hacerla estimar”.

    Desde el siglo XVII se atribuye al Emperador un dicho muy repetido en el XVIII, que se ha hecho célebre. He aquí como lo relata Larramendi: “Me acuerdo haber leído en un francés cierta conversación crítica que tuvo un caballero español con otros franceses, y dijo que en el paraíso terrenal se habían hablado lenguajes diferentes; pero con esta repartición: la serpiente habló en inglés, por lo que silba; la mujer en italiano, por zalamera; el hombre en francés, por varonil; pero Dios en castellano, por ser lengua grandiosa y divina.
    “En la misma conversación se sacó lo que solía decir Carlos V, que para hablar a su caballo, siempre hablaba la lengua alemana; para hablar a una italiana, la francesa; mas para hablar a Dios, la castellana”. (M. de Larramendi, “De la antigüedad y universalidad del Bascuence en España”, Salamanca, 1728).
    Otra alusión a la idea del Emperador sobre el español hay en “Los eruditos a la violeta” de Cadalso (séptima lección). Gracián, en cambio, habla de una comedia representada en Roma, en la que el Padre Eterno habló “en alemán; Adán en italiano, Eva en francés, y el diablo en español, echando votos y retos” (Criticón, III, 9).

    (20) “Ya que España reina y tiene conversación en tantas partes no solamente del mundo sabido antes, pero fuera dél, que es en las Indias y tan anchamente se platica y enseña la lengua española según antes la latina, a propósito de entendella y adornalla por todas vías, como se hace de algunos años acá” (Castillejo, “Diálogo entre el autor y su pluma”).

    (21) El origen americano de muchas de estas palabras se fue perdiendo en la conciencia de las gentes. Así, por ejemplo, cacique, olvidada la antigua acepción, ya no evoca hoy para el gran público las narraciones sorprendentes de nuestros historiadores de Indias. En cambio, entonces sí, e incluso en el siglo XVII, cuando Lope de Vega explicaba, a lo vivo, la historia de España desde la cátedra madrileña de su teatro. Escenificando en una comedia las hazañas de los españoles y de los araucanos, ponía en boca de los indios voces americanas como madí, perper, ulpo, cocaví, muday, canoa, ambo, guacamaya, piragua, yanacona, chicha, galpones y areito, que el pueblo oía plenamente consciente de su origen americano. Véase “Arauco domado”, comedia de 1625.
    Otra lista de americanismos ha gustado Lope de dar en su “Laurel de Apolo” (1630):
    “Bajucos de guaquimos
    camaironas de arroba los racimos,
    aguacates, mageyes, achiotes,
    quitayas, guamas, tunas y zapotes...”

    (22) Giovanni Miranda, Osservationi della lingua castigliana divise in quattro libri, ne quali s’insegna con gran facilitá la perfetta lingua spagnuola (Venecia, 1569).
    Cristóbal de las Casas, “Vocabulario de las dos lenguas toscana y castellana” (Sevilla, 1570 y Venecia, 1576). Fernando de Herrera lo celebra en estos versos que van al frente de la edición de 1570:
    “España a tu memoria agradecida
    Tu nombre cantará perpetuamente
    Entre los que la hazen conocida.
    Betis leuantará la altiua frente
    De esmeraldas luzientes adornado.
    Tu gloria murmurando en su corriente,
    Y lleuando su curso al mar sagrado,
    Casas resonará en el seno Mauro.
    Y de allí al Indo estremo dilatado
    Irá el nombre, en que Delio ilustra el lauro”.

    (23) “Mercurius trimegistus sive de triplici eloquentia sacra española romana...” (Baeza, 1621, prólogo)

    (24) B. Croce,“Spagna nella vita italiana (1917)”. Sobre el tema de la lengua española en Italia, léase del mismo autor, La lingua spagnuola in Italia, appunti con un’appendice di Farinelli (Roma, 1895).

    (25) Thámara: “Suma y erudición de grammática en metro castellano”. Amberes 1550. “en casa de Martín Nucio; reimpresa en Madrid, 1892, por el Conde de la Viñaza.
    Anónimo: “Util y breve institution para aprender los principios y fundamentos de la lengua española”, impresa en Lovaina, 1555, en casa de Bartolomé Gravio.
    Villalón: “Gramática castellana, Arte breve y compendiosa para saber hablar y escribir en la lengua castellana, congrua y deçentemente”. Amberes. 1558.
    Anónimo: “Gramática de la lengua vulgar de España”, impresa en Lovaina 1559. (Reimpr. Viñaza, 1892).

    (26) En carta a Isaac Casaubon, humanista ginebrino (1559-1614), según Mayans, en “Orígenes de la lengua española”.

    (27) La misma frase la repetía Carlos V en carta a Nils Dacke, caudillo de los revolucionarios suecos de 1540, según Strindberg.

    (28) Doergangk, “Institutiones in linguam hispanicam” (Colonia, 1614)

    (29) En una relación manuscrita de Juan de Hoznayo, en la Biblioteca del Escorial (Ciudad de Dios, 1913), se cuenta, al narrar cómo fue hecho prisionero Francisco I, que “a la contina topaban caualleros franceses en poder de los españoles, que ellos holgaban de ser vistos de su rey, e él los saludaba alegremente, diciéndoles por gracia que procurasen de aprender la lengua española y que pagassen bien a los maestros, que haría mucho al caso”.

    (30) La redactó con el fin de proporcionar a sus alumnos un libro de lectura, y todavía hoy en países de habla inglesa se utiliza. Escribió también en inglés y español un “Arte breve y compendiosa para aprender a leer, escribir, pronunciar y hablar la lengua española (Londres, 1623). Reimpresa por Viñaza (Zaragoza, 1892). Es además autor de unos Diálogos familiares... para los que quieren aprender la lengua castellana (París, 1619)... Ticknor “Hist. de la Literatura española”.

    J. Oliver Asín: Hª de la lengua española.
    Última edición por Gothico; 22/01/2010 a las 15:00

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    El español en la época de Felipe II (1555-1598)

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    El español en la época de Felipe II (1555-1598)

    Principales tratadistas y cultivadores de la Lengua. Crítica del habla popular. Crítica del habla toledana y triunfo de la burgalesa. Crítica del habla cortesana. El lenguaje artístico como modelo. Garcilaso, suprema autoridad de la Lengua. Superación del lenguaje garcilasiano. Tendencia neologizante. Criterio de armonía en el estilo. El español, lengua de la Ciencia. Tiranía del latín en las Universidades. Fray Luis de León, defensor de la Lengua castellana como apta para la Ciencia. El lenguaje de los místicos. Ideal imperialista de la Lengua.

    Nuevas inquietudes críticas sobre el concepto de la Lengua se observan en la época de Felipe II (1555-1598). Parten de Andalucía, sobre todo de Sevilla, y también de Salamanca, ciudades ambas donde aparecen entonces los principales cultivadores del Idioma.
    Esas inquietudes son especialmente propias: en Andalucía, del historiador cordobés Ambrosio de Morales (1513-1591), con su “Discurso sobre la Lengua” escrito en 1546, pero reimpreso y reformado en 1585; del gran poeta sevillano Fernando de Herrera (1534-1597), con su edición comentada de Garcilaso de la Vega (1580), y de Francisco de Medina, quien puso a dicha edición un prefacio que viene a ser una proclama imperialista de la Lengua.
    Alrededor de estos insignes andaluces, admiradores de Fray Luis de Granada (1504-1587), “honra de Andalucía”, como ellos le llaman, se agrupan el maestro de Humanidades Juan de Mal Lara (1524-1571) –a cuya escuela de Sevilla han concurrido todos-, los poetas Baltasar de Alcázar (1540-1606), y Barahona de Soto (1548-1595), de Sevilla y de Lucena, respectivamente, y el sevillano Juan de la Cueva (1550-1610), iniciador de un teatro nuevo, frente al antiguo de Lope de Rueda (1510-1565), también sevillano.

    En Salamanca, al abrigo de su Universidad, vive el conquense Fray Luis de León (1528-1591), editor de las obras de Santa Teresa de Avila, el cual, en “Los Nombres de Cristo” (1585), ha de hablar más de una vez sobre la Lengua. Catedrático de la Universidad, como Fray Luis, es el maestro de Retórica, Sánchez de las Brozas (1523-1601), editor y comentador de Garcilaso (1574), antes que Herrera. Estudiante en la misma es el excelso poeta San Juan de la Cruz (1542-1591).
    Recordemos de otras comarcas, al poeta épico madrileño Alonso de Ercilla y al poeta nacional de los portugueses, Luis de Camoens, autor de no pocas composiciones en español.

    Las inquietudes críticas que agitan a los tratadistas de este periodo nacen de la necesidad, que se siente entonces, de modificar algunas de las directrices que habían regido la valoración del español en la primera mitad del siglo XVI.

    En primer lugar, creen exagerado o peligroso el prestigio otorgado al habla natural o popular, como maestra de la lengua literaria: “Piensan nuestros españoles –escribe Ambrosio de Morales, en tono de censura-, que naturaleza enseña perfectamente nuestro lenguaje, y que, como maestra de la habla, así lo es de la perfección de ella, sin que haya de aventajarse uno de otro en esto, ... Mas el hablar bien es diferente del común”.
    Fray Luis de León repite en 1585 el mismo concepto: “Piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio”.

    En segundo lugar, son muchos también los que entonces creen excesiva la supremacía concedida al habla de Toledo como dechado del buen decir, pues piensan que el primoroso castellano de Andalucía es tan digno de ser exaltado como el de Toledo. Tanto se puede honrar España de sus poetas castellanos, como de sus poetas andaluces, que por los años de Felipe II son precisamente los que más enriquecen y dignifican la Lengua.
    A quienes de otra manera opinan les dice Herrera desde Sevilla: “¿Pensáis que es tan estrecha Andalucía como el condado de Burgos, o que no podremos usar vocablos en toda la grandeza de esta provincia, sin estar admitidos al lenguaje de los condes de Carrión y de los siete Infantes de Lara?”
    El español –viene a decir Herrera- es creación de toda España, de todas sus comarcas, y no hay por qué establecer preferencias regionales: la lengua perfecta es la de la “gente bien hablada”, lo mismo si es de Bilbao o Bermeo que de Zaragoza o Sevilla” (31).

    Sin embargo, entre todas las hablas castellanas, hemos de otorgar la supremacía: Castilla la Vieja, la creadora de la lengua, es la que, contra la actitud de los escritores que como Garcilaso quisieron imponer las modalidades del castellano nuevo de Toledo, y contra la de quienes, como Herrera, no quisieron reconocer modalidad geográfica alguna, impuso, al fin, su fonética en el lenguaje general de toda España, completándose así de manera perfecta la función expansiva y unificadora de Castilla.

    Porque ya en tiempos de Felipe II, la lengua general de España se va moldeando a la fonética de Burgos, Cabeza de Castilla, y las gentes van dejando de pronunciar la h aspirada; confunden la z y ç pronunciándolas como ç sorda (la actual z); confunden s y ss (en nuestra s actual) y asimismo confunden la j y la x en la j moderna actual (32).
    O sea, que es entonces (finales del siglo XVI) cuando el español adquiere su actual fisonomía fonética, que es la misma del auténtico castellano medieval.

    Señalemos, en tercer lugar, que los escritores de entonces rechazan además el habla de la Corte como autoridad del lenguaje. En realidad, había motivo para ello, puesto que la convivencia de los intelectuales –que nutren la lengua general- ya no era tan estrecha como en tiempos del Emperador Carlos.
    Nadie, desde luego, combate entonces con tanto empeño el tópico del ideal cortesano, como Herrera, el cual pregunta a su adversario, el Conde de Haro (33), defensor de este ideal: “decidme, por vuestra vida: “¿qué son dicciones cortesanas? ¿Son de otra naturaleza que las que se usan en todo el Reino? ¿Tienen mayor privilegio, o son las que todos sabemos y nos sirven para el uso de hablar y escribir?” Y es que para Herrera “la lengua cortesana es menos propia, más adulterada, como aquella que sufre más alteración por la diversidad de gentes extrañas que concurren a la Corte”.

    No podía ser, pues, el habla modelo, para los escritores de entonces, ni la del pueblo, ni la de Toledo, ni la de la Corte. Tenía que ser, sencillamente, el lenguaje artístico –el proclamado por Villalobos-, o sea, el conseguido por artificio de los grandes poetas y estilistas. En realidad, el conseguido ya por Garcilaso, en quien aquellos hombres descubren la autoridad suprema de la Lengua, la autoridad literaria que cincuenta años antes echaba España en falta, cuando se comparaba con Italia, satisfecha con su Petrarca.

    Ven, pues, entonces en Garcilaso al “Príncipe de los poetas castellanos”, cuya lengua –como dice Medina- escogerán las Musas, todas las veces que hubiesen de hablar castellano”. De ahí que se dediquen a estudiar filológicamente su obra poética, en ediciones comentadas, tanto en Salamanca, gracias al Brocense (1574), como en Sevilla, poco después, gracias a Fernando de Herrera (1580) con su comentario, mucho más amplio que el salmantino.
    Un defecto, sin embargo, criticarán en la obra de Garcilaso, como consecuencia de la actitud despectiva que hemos visto adoptaron sobre el prestigio de la lengua popular: Herrera, en sus “Anotaciones” tiene que rechazar las expresiones de Garcilaso que cree humildes o vulgares: “escurrir”-dice, por ejemplo-, es verbo indigno de la hermosura de los cabellos de las Náyades”.

    Al criticar así el lenguaje de Garcilaso es porque sienten, especialmente los andaluces, el anhelo de superarlo, sin apartarse por eso del camino marcado por él. Para ello, no han de limitarse a repetir las expresiones garcilasianas, sino que han de crear otras muchas siguiendo el ejemplo del maestro: “Garcilaso –dirá Herrera- osó entremeter muchas voces latinas, italianas y nuevas; y sucedióle bien esta osadía; y temeremos nosotros traer al uso de la Lengua otras voces extrañas y nuevas, siendo limpias, propias, magníficas, numerosas y de buen sonido, y que sin ellas no se declara el pensamiento con una sola palabra?”
    Herrera y sus discípulos refuerzan entonces el lenguaje poético, con mayor libertad que Garcilaso, incorporando muchas voces griegas, latinas, italianas o de los otros “reinos peregrinos”. Y es porque quieren hacer así nuestra lengua más pomposa, solemne, magnífica y rotunda, más digna, en una palabra, de la grandeza de España. Lo cual es a ellos, a los poetas, a quienes compete, pues –como Herrera y los suyos sabían muy bien- ellos eran quienes, desde sus versos, introducían las nuevas expresiones “abriéndoles el paso” para “vestir y aderezar su Patria y amplialla con hermosura”.

    No falta, sin embargo, en aquellos tiempos algún espíritu timorato que injustamente tilde de afectado al sonoro Herrera. Cuando es así que en él, como en casi todos los grandes escritores de entonces, no falta un sentido de la medida, un buen juicio, un criterio fijo y armónico: Herrera advierte bien que “no a todos compete la formación de voces nuevas, pues requiere excelente juicio”; y rectificando una expresión de Valdés declara lícito el neologismo, cuando sea, no por ornamento y por necesidad a la vez, como Valdés decía, sino por “ornamento” o por “necesidad” distintamente (34).

    En el fondo, es el criterio de Herrera casi el mismo de Ambrosio de Morales. Para éste, el ideal es no tener ni aquella confianza ciega en el lenguaje natural que hace estimar como afectado todo cuanto sale de lo común y ordinario, ni tampoco una desenfrenada afición a lo extraño y peregrino, que pocos entiendan, sólo por ganas de distinguirse uno de los demás.
    En fin, “yo no digo –dice Morales, recreándose con una comparación de “El Cortesano”- que afeites nuestra lengua castellana, sino que le laves la cara. No le pintes el rostro, mas quítale la suciedad. No le vistas de bordados ni recamos, mas no le niegues un buen atavío de vestido que aderece con gravedad”.

    A pesar de la constante exaltación de la Lengua y de tantos éxitos alcanzados en su cultivo, el español tenía, dentro de la Península, una lengua rival, la latina, a la cual se concedía un prestigio formidable, como lengua universal de la Ciencia.
    Es decir, que nuestros teólogos, médicos y científicos en general se resistían a emplear el español, redactando sus escritos en latín, por considerar al romance como inapropiado para la expresión científica.

    Contra tal actitud se alzó ya la voz de algunos escritores de la época de Carlos V, mas nunca con tanto tesón como en la de Felipe II, cuando realmente alcanzó el español la categoría de lengua de la Ciencia. En ello se distinguieron Castilla y Salamanca muy especialmente. Y comenzó la transformación en la Universidad salmantina, donde, como en todas las universidades, era el latín, no sólo la lengua de la cátedra, sino también la impuesta a los estudiantes de los claustros, llegando en esto a tal extremo, que ni siquiera podían entonar a la guitarra las canciones romances como no fuera en latín o griego.
    Hasta que alzáronse los estudiantes contra la tiranía del latín, capitaneados por su maestrod de Retórica, el “Brocense” quien decía: “Latine loqui corrumpit ipsam latinitatem”.

    Pensaban lo mismo en cuanto a los libros. “Escribieron los griegos en griego y los romanos en latín” –decían. “Y lo mismo hemos de hacer nosotros”, proclamaba Fray Luis de León, -el más “fuerte león en la defensa del español” (35)- “pues nuestra lengua reciba bien todo lo que se le encomienda, y no es dura ni pobre, como algunos dicen, sino de cera y abundante para los que la saben tratar”.

    Una modalidad nueva, dentro de la Literatura Universal, surgió entonces, como consecuencia del nuevo empleo de la lengua en las materias más elevadas. Y fue la que crearon Santa Teresa y San Juan de la Cruz, al tratar en español los temas de la Teología Mística, sobre la cual nadie hasta entonces hubiera concebido que se escribiese en una lengua vulgar.
    Santa Teresa, toda llaneza, compuso sus obras en el más candoroso y sencillo castellano de Avila; San Juan de la Cruz, artífice supremo del lenguaje, escribió, en cambio, en estilo esmerado; pero ambos en su afán de expresar lo inexpresable por medio de realistas comparaciones, nos legaron un lenguaje que por excelso escapa al análisis literario.
    Los más altos valores que Europa ha reconocido a nuestra cultura son, al lado del Refranero y Teatro, las obras de nuestros místicos, porque acertaron a describir y explicar los más inefables fenómenos de la vida sobrenatural en la lengua de nuestro pueblo.

    Señalemos, finalmente, que durante esta época del Escorial a todos guió, en su tarea de cultivar y perfeccionar el idioma, el ideal imperialista de hacer del español la lengua universal y perfecta, convencidos siempre de que el caso de Grecia y de Roma volvía a repetirse con creces en España.
    Hoy como antaño -viene a decir Francisco de Medina, representando la opinión sobre todo de Herrera- tanto más se ha de adornar la Lengua, cuanto más infinitos son los términos del Imperio. Y así, gracias al esfuerzo de nuestros brazos y al Arte de los buenos ingenios, “veremos extenderse –precisaba Medina- la majestad del lenguaje español, adornada de nueva y admirable pompa, hasta las últimas provincias, donde victoriosamente penetraron las banderas de nuestros exércitos”.

    Que estos ideales eran también los de Felipe II, nos lo dice su historiador Cabrera de Córdoba. Sabía el monarca latín, y francés e italiano que aprendió por intérpretes; mas de tales lenguas “usó muy pocas veces, aunque muchas entendió con ellas, haciendo la castellana general y conocida en todo lo que alumbra el sol, llevada por las banderas españolas vencedoras, con envidia de la griega y latina, que no se extendieron tanto en doce partes”.



    (31) Herrera, “Controversia sobre sus anotaciones a las obras de Garcilaso”. El pasaje de Herrera recuerda aquel otro de Juan Martín Cordero (“De la manera de escribir en castellano”, Amberes, 1556): “No debe darse alguno a entender que, por no ser uno de Castilla, no puede saber la manera de escribir, mejor que muchos que lo son”.
    En el siglo siguiente hay ya quienes estiman el castellano de Andalucía como mejor y más delicado que el de otras partes; así lo dice Ambrosio de Salazar en su “Espejo general de la Gramática”, 1636: “Aunque la lengua andaluza sea la mesma que la castellana, con todo esso yo la estimo mejor y más delicada. De essa manera será menester leer los libros impresos en el Andaluzía para aprender el español, antes que los que son impresos en otro reyno.”

    (32) La discusión por la hegemonía lingüística de Castilla la Vieja sobre Castilla la Nueva no deja de tener relación con la disputa por la hegemonía política de Burgos sobre Toledo, que en las Cortes tenía lugar desde antiguo, cuando una y otra ciudad recababan para sí el primer lugar en el asiento y en el derecho de dirigir la palabra. La preeminencia se daba, desde luego, a Burgos, pero con todos los honores para Toledo: “Hable Burgos –decía Alfonso XI- que yo hablaré por Toledo”. Fórmula que varía en el siglo XVI: “Hable Burgos, que Toledo hará lo que yo le mandare”.

    (33) Don Juan Fernández de Velasco, autor de las “Observaciones del Poeta Jacopín... en defensa de Garcilaso de la Vega contra las Anotaciones que hizo a sus obras Fernando de Herrera”.

    (34) “Divídese en dos especies la formación de los vocablos nuevos, por necesidad para exprimir pensamientos de Teología y Filosofía y las cosas nuevas que se hallan ahora, y por ornamento. Y así es lícito y loable en los modernos, lo que fue lícito y loable en los antiguos”.

    (35) Lope le dice a Fray Luis en “El Laurel de Apolo”:
    “Tú el honor de la lengua castellana
    que deseaste introducir escrita,
    viendo que a la romana tanto imita,
    que puede competir con la romana,
    si en esta edad vivieras,
    fuerte León en su defensa fueras”.

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