Por más que se empeñen algunos en negarla, en convertirla en un ente incomprensible, en buscar explicaciones exóticas, friquis como se dice hoy, lo cierto es que de nada sirven esas falacias e imposturas, pues lo primero que tendrían que hacer es delimitar conceptualmente qué es una nación, cuándo surge la idea de nación, que dicha idea es cambiante a lo largo de los siglos, que no se puede ver desde la propia óptica y mentalidad subjetiva de cada uno, de que algo es porque así se define y así lo definen quienes se identifican con tal idea, de que no son los negadores los que tienen razón, salvo su razón para ellos mismos, que una nación no es un conjunto de personas y cosas, de geografía o de rasgos históricos, ni de eventos particulares que jamás se repiten. Una nación existe por voluntad de algunos, por la Tradición de esos, por el deseo de continuidad y, si ello es necesario o posible, por la fuerza de las armas. Una nación lo es cuando sus naturales dejan en herencia su civilización y cultura a otros que llegan y éstos la absorben haciéndolas suyas. Y si un discurso como éste esos otros lo consideran como palabrería, la suya en sentido opuesto también lo es, se llamen como se llamen y ocupen el puesto que ocupen, que ya bastante tenemos de individuos cuya máxima autoridad reside en su "presunta ad verecundiam".

Pero esto habrá que justificarlo para que se entienda. El primero de los artículos, ambos de prensa, está escrito por Pío MOA, que desglosa pertinentemente por qué si hubo Reconquista, y a raíz de sus reflexiones surge la disonancia, la soberbia de alguien a quien le regalaron una cátedra fantasma en alguna fantasmagórica universidad española, de esas de las que la primera ocupa el puesto 239 nada menos en la escala internacional de la "excelencia" universitaria, pero es que si todo el ámbito de las cátedras están a semejante altura no ha de sorprendernos nada.


La Reconquista, mito o realidad histórica


En 711 una invasión procedente de África empezó a transformar profundamente el panorama político y cultural de la Península Ibérica. Hasta entonces Hispania o Spania, era un estado de religión cristiana, lengua y derecho latinos, integrado en la civilización eurooccidental como uno de los reinos más consolidados surgidos del derrumbe del Imperio romano de occidente. A partir de entonces se iría imponiendo una nueva cultura: religión islámica, lengua árabe, derecho musulmán o sharia, integración en una civilización asiático-africana… España desapareció para convertirse en Al Ándalus.

No por primera vez en la historia la Península ibérica, por su situación geográfica, estuvo muy cerca de entrar en el ámbito africano-oriental. Lo mismo había ocurrido cosa de diez siglos antes durante las guerras entre Roma y Cartago. La península había quedado incluida en el área de influencia de Cartago, una potencia justamente africana-oriental, y de no ser por la victoria de Roma en la II Guerra Púnica su destino (y el de Europa, como he señalado en el ensayo al respecto) habría sido muy otro que el que conocemos. La disyuntiva quedó resuelta entonces con bastante rapidez, aunque después le costase a Roma largos y penosos esfuerzos imponerse en Iberia. Y esa disyuntiva que, por simplificar, podríamos definir como “o África o Europa”, volvió a plantearse a principios del siglo VIII con la invasión musulmana, de apariencia definitiva.

España, pues, desapareció, pero no del todo. Muy pronto surgieron en las regiones más inaccesibles del norte de la península reductos que reivindicaban, desde el principio o desde muy pronto, la España “perdida”. Y cerca de ocho siglos más tarde, los descendientes de aquellos rebeldes del norte tomaban el reino de Granada, último bastión islámico en Iberia. La lucha había sido muy prolongada, llena de altibajos y alternativas, períodos de paz y de guerra abierta, y finalmente la península volvía a llamarse España, con una cultura cristiana, romana e integrada en la civilización eurooccidental. Dadas las circunstancias de aquella larga pugna, lo más probable habría sido que la derrota del islam se hubiera acompañado de la dispersión de la península en varios estados y naciones poco amigas entre sí, al modo de los Balcanes. Pero terminó unida, con la excepción menor de Portugal, lo que no deja de ser un dato revelador, aunque sorprendente.

A ese largo proceso se le ha llamado Reconquista, y el nombre ha originado un sinfín de discusiones. Muchos han puesto en duda la existencia de tal cosa, tachándola de “mito”. Ortega y Gasset, por ejemplo, dice que un proceso tan largo no puede ser llamado reconquista, aunque no explica por qué su duración lo invalidaría. Otros (Olagüe) niegan incluso la realidad de una invasión islámica suponiendo que una gran masa de españoles se habría convertido pacíficamente al islam. Varios insisten en que lo que realmente hubo fue la formación de varios reinos “cristianos”, en general enemigos entre sí y sin la menor idea de un propósito común de volver a formar España. Los historiadores Barbero y Virgil han sostenido que los reinos cristianos no reconquistaron nada, sino que utilizaban el recuerdo del reino visigodo para inventarse una legitimidad ficticia. De hecho, en numerosos departamentos de historia, y entre políticos y periodistas, el término “Reconquista” es denostado o incluso prohibido a los alumnos. Recientemente Peña, un catedrático de historia, ha sostenido que el término Reconquista es ilegítimo porque no se usó en la época sino a partir de 1800, para legitimar la ideología de una nación española inexistente antes del XIX. Así, critica a Sánchez Albornoz por decir que Pelayo empezó a fundar la nación española, cuando no existía entonces la noción de España como unidad política, y menos como noción de patria. Para colmo de males, Franco habría utilizado el término nefando, lo que acabaría de desacreditarlo. En resumen, la Reconquista habría sido un mito “nacionalista”, incluso “franquista”, “y sin utilidad alguna para analizar el pasado medieval. Es hora de que le confinemos al lugar que le corresponde: al rincón de los fósiles culturales, donde duermen los mitos gastados el sueño de sus mejores -o más inquietantes- recuerdos”.

Dejando aparte a Olagüe, que se basa en interpretaciones un tanto peregrinas y sin sustentación documental, el fondo de todo el debate puede concretarse en este punto: ¿es el término Reconquista adecuado para definir un proceso histórico? Los hechos indiscutibles son que antes de la invasión árabe la península estaba ocupada por un estado europeo, cristiano, latino, etc; que durante un largo tiempo fue sustituido por otro radicalmente distinto, Al Ándalus; y que finalmente Al Ándalus fue derrotado y expulsado de la península por unos reinos que se consideraban españoles y reivindicaban con más o menos claridad el reino hispanogodo anterior. Y que este proceso se dirimió fundamentalmente por las armas. ¿Cabe llamar reconquista a este proceso? Obviamente sí, se haya inventado antes o después (también se llama Edad Media a una larga época que nunca se llamó así en su tiempo, por ejemplo, pero que además es un término perfectamente impropio, a pesar de ser comúnmente usado: todas las edades son medias y antiguos por comparación con otras, y modernas o contemporáneas para sí mismas. Por eso vengo proponiendo, desde Nueva historia de España, un cambio en la nomenclatura). En vez de Reconquista pueden buscarse otros términos, como “Reeuropeización”, “Recristianización”, “Relatinización, “Recuperación”… pero son menos expresivos y no implican el carácter bélico del fenómeno: a la larga, la victoria de los reinos españoles y finalmente de España, implicaba la desaparición de Al Ándalus, y viceversa.


Una historiografía especialmente mediocre ha gastado enormes energías en crear discusiones bizantinas buscando cinco pies al gato. Pero la discusión terminológica encierra otro problema, también en gran medida bizantino: el de la nación, confundiendo nación con nacionalismo. Peña decide por su cuenta, dogmáticamente, que en tiempos de Pelayo no existía la noción de España como unidad política y menos aún como patria. La realidad es que existía desde mucho antes, desde Leovigildo y Recaredo, como está perfectamente documentado.

¿Era una nación el reino hispanogodo? Depende de cómo se quiera definir la palabra “nación”. Si la definimos según las ideas de la Revolución francesa, es decir, como un estado cuya soberanía radica en la nación, en el pueblo (esto es el nacionalismo) y no en el antiguo “soberano” o monarca, entonces está claro que no existieron naciones anteriores en Europa. Sin embargo el concepto, con otra idea política, es mucho más antiguo. Lo que cambia es el depósito teórico de la soberanía. La Revolución francesa no aporta la nación, sino el nacionalismo. Y posiblemente dentro de algún tiempo la idea teórica de la nación cambie nuevamente, con lo que veríamos a muchos aficionados a Bizancio sostener que las naciones anteriores eran ficticias, inexistentes, “mitos”. Estos galimatías han dado lugar a ideas tan estrafalarias como que España no existe hasta la Constitución (nacionalista) de Cádiz, con lo que seguiría sin existir, porque dicha Constitución nunca fue realmente aplicada. Y ello a pesar de que España es abundantísimamente mencionada, dentro y fuera del país, desde muchos siglos antes; y no como definición meramente geográfica, según pretenden algunos, sino claramente cultural y política.

Una definición más clara, más acorde con la historia y menos propensa a disputas verbalistas, explica la nación como una comunidad cultural bastante homogénea y con un estado propio, lo cual existía en la península desde Leovigildo y Recaredo. Hay, por lo tanto, que excluir la idea de que Pelayo y los suyos partían de la nada y sin ningún objetivo político, como si se tratase de las antiguas tribus astures dedicadas a la rapiña de las tierras adyacentes. Otra idea, muy divulgada y poco aceptable, es la de que España se forma en la Reconquista, que en tal caso no debería llamarse así. Los reinos que pugnaban por ir expulsando a los invasores tenían muy claro el precedente hispanogodo. Indudablemente España tomó forma como comunidad cultural con Roma, y como nación, es decir, con un estado propio, desde Leovigildo. No era un estado “moderno”, claro, pero era un estado bastante centralizado, con leyes propias, ejército, aparato fiscal, etc., y reconocido como tal por otras potencias. Aunque los documentos sobre la reivindicación de la España perdida hispanogoda sean algo posteriores a Pelayo, es difícil creer que no la tenía en mente cuando construyó a su vez un embrión de estado para irlo expandiendo a costa de Al Ándalus. Sin el precedente hispanogodo, la Reconquista sería muy difícil de imaginar, y lo más probable habría sido que la península se integrase definitivamente en el Magreb o se balcanizase.

La obstinación de muchos historiadores y políticos en negar la evidencia y buscar complicaciones artificiosas tiene, por lo demás, un origen bastante obvio y que debe señalarse: la intención de negar legitimidad a la existencia histórica de España, incluso de negar su existencia. Impulso que cobró fuerza en el “Desastre” del 98 y dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema la historia de España y hasta su misma existencia. Esto merece análisis aparte.


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