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Tema: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la historia.

  1. #1
    Avatar de Aingeru
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    La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la historia.

    Creo que es interesante recordar determinados pasajes de la historia, y hacerlo de una forma amplia y clara, o por lo menos, lo más amplia y clara que el entendimiento pueda dar de sí. Debido a la extensión del tema, voy a procurar hacerlo en varias partes, para no cansar en demasía, y esclarecer los puntos y apartes de una Constitución que pretendió romper que el Antiguo Régimen que tantos sufrimientos causo a España, y a Hispanoamérica, testigo mudo de unos años tristes e importantes en la Historia de España.
    Merece la pena detenernos un poco en aquella Constitución, para comprender el sentimiento que enfrentó ideológicamente a una nación que se debatía en una guerra que tanto dolor causó. Fue la primera Constitución que se dio en España, y puede ser considerada como una Constitución Liberal, término este del que Larra hablaría mucho en tiempos aún por venir, y de hecho, se especula como una de las causas prendieron la mecha de su triste final, la desesperación que sentía frente al fracaso del ideal del liberalismo en el mundo político de los tiempos que le tocaron vivir.

    Una Constitución que consigna que la soberanía reside en la nación, que el catolicismo es la única religión, el texto consagraba a España como Estado confesional católico, prohibiendo expresamente en su art. 12 cualquier otra religión, y el rey lo seguía siendo "por la gracia de Dios y la Constitución" (aunque posteriormente se legislara en contra por medio de los veinteañistas), que la monarquía es hereditaria y no absoluta, que propugna la división de poderes, habla sobre los derechos y deberes de los ciudadanos, el sufragio universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, la libertad de industria, el derecho de propiedad o la fundamental abolición de los señoríos, no incorporó una tabla de derechos y libertades, pero sí recogió algunos derechos dispersos en su articulado. Además, incorporaba la ciudadanía española para todos los nacidos en territorios americanos, prácticamente fundando un solo país junto a las excolonias americanas. Del mismo modo, este texto constitucional no contempló el reconocimiento de ningún derecho para las mujeres, ni siquiera el de ciudadanía (la palabra "mujer" misma aparece escrita una sola vez, en una cita accesoria dentro del art. 22), aunque con ello estaban en plena sintonía con la mayoría de la sociedad española y la Europa del momento, pero, sobre todo y ante todo, derroca el absolutismo borbónico, que era la quintaesencia del problema.

    Constitucion1812[1].jpg

    En la imagen, la promulgación de la Constitución de 1812.
    Última edición por Aingeru; 05/10/2013 a las 20:50

  2. #2
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Era, en efecto, una constitución liberal. Causó más sufrimiento que el Antiguo Régimen. Los americanos (incluidos los indios) siempre habían sido tan españoles como nosotros. América siempre había sido una nación con España, NUNCA colonias, de eso hemos hablado aquí hasta la saciedad, con más derechos que muchos ciudadanos actuales.

    ¡Muera la Pepa!
    Chanza dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Cierto en lo de la Constitución Liberal,que además, casi que ni entró en vigor, aunque no estoy del todo de acuerdo en que causó más sufrimiento que el Antigüo Régimen, no olvidemos que precisamente Fernando VII, fue el seguidor por decirlo de alguna manera de ése Antiguo Régimen, y para mí, provocador de la causa de la Primera Guerra Carlista, que no olvidemos que trajo las consecuencias que todos sabemos ya no sólo a nivel político, si no humano en su más trágica visión, baste recordar que el número de bajas en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) fue brutal, y superaron la de los dos bandos que se enfrentaron en 1936, y fue catalogada como la más sangrienta de la historia contemporánea si tenemos en cuenta la relación entre el número de muertos y de habitantes. Pero si tenemos paciencia, lo que pretendo demostrar no es que la Constitución de 1812, la denominada Pepa, fuera un ejemplo de convivencia y connivencia social, si no los avatares históricos que trajo con sigo, y clarificar de alguna manera, bajo mi modesto punto de vista, la razón de algunos acontecimientos y de determinados personajes.

  4. #4
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    EL PASADO GLORIOSO DE LA DECADENCIA

    Frente a algunos historiadores y personajes influyentes que ensalzaban a todo trance el espíritu absolutista y tradicional se enfrentaban los que tenían la pasión puesta en defender las ideas liberales y europeizantes pero adaptadas la forma de vida del español de la época. Los primeros, es decir, los absolutistas, argumentaban el lamento de que con la Constitución se rompe totalmente con el pasado glorioso, pero olvidaban que no todo ese pasado fue glorioso, ya que España llevaba casi doscientos años mal gobernada por Nithard, el padre Juan Everardo Nithard, confesor de la reina Mariana de Austria, esposa de Felipe IV y regente como madre de Carlos II, un hombre carente de las condicines necesaria que sin desearlo, se convirtió en valido, sus desaciertos fueron enormes y llevó a España por los caminos de la derrota (Paz de Aquisgran, independencia de Portugal etc), otro valido más que dejó desvalida a España, o por el llamado Duende de Palacio o Corredor de Orejas, que era como antes llamaban a los alcahuetes, nos referimos a Fernando Valenzuela, ejemplar degenerado y que fuera conductor de las desdichas de una monarquía nefasta y de un desgraciado pueblo español. Fue un pícaro napolitano y corrido pendenciero carente de escrúpulo, listo más que inteligente y con sobradas prisas por trepar, otro valido en el resumen de un tiempo en el que una herida casual en una cacería era motivo suficiente para ser Grande de España, o por el narciso Almirante, Juan Tomás Enrríquez de Cabrera y Ponce de León, el del motín del pan, genovés Almirante de Castilla, que supo apoyarse en la debilidad de la reina Maria Ana de Neuburgo, la segunda esposa de Carlos II, otro favorito más, y quien antes también había asediado a su predecesora María Luisa de Orleans, parece ser que en la historia de España era el oficio principal de los validos, o por Anne Marie de la Trémoille, la Princesa de los Ursinos, quien tuvo en sus manos el destino de una España en guerra (Guerra de Sucesión) gobernada por un endeble Felipe V, maestra de intrigas en la Corte de un rey que no sabía cómo reinar. Esta mujer tuvo su pago de la mano de Isabel de Farnesio.



    Reyes y reinas extranjeras que hacen una política anti-española y derraman la sangre y los caudales españoles por los campos de Europa buscando tronos para sus hijos que algunos como Felipe, hijo de Isabel de Farnesio, se jactaba y alardeaba de ignorar la lengua castellana. O por el habilidoso cocinero y abate italiano Julio Alberoni, de profesión valido, maestro en la intriga y cuyas previsiones resultaron fallidas en su totalidad y todas sus esperanzas frustradas. O por el aventurero holandés, el barón de Riperdá, Juan Guillermo Ripperdá, un personaje que fue nombrado primer ministro con la influencia de la Farnesio, atenta siempre al bien de sus hijos y no al de España, y que una vez fueron descubiertas las mentiras e intrigas del de Riperdá por divulgar secretos de Estado, fue depuesto, encarcelado y fugado. Convertido al Islam, intentó después apoderarse de Ceuta. Este es el pasado glorioso, entre otros, que entrega España a Napoleón, en manos de otro valido, Godoy, como siempre, con desastrosos resultados, los de otra monarquía absoluta y decadente, fruto de la dejadez de los gobernantes demasiado hastiados por gobernar, y contra todo este pasado glorioso, es el que lucha el pensamiento político español, el liberalismo plasmado en la Constitución como amparo ante cualquier tipo de despotismo y con vistas a potenciar los esfuerzos por iniciar una nueva historia que camine paralela al resto de Europa. Pero su camino fue corto, y su final, si es que tuvo alguna vez algún principio, trájico, tanto como lo han sido otros finales de gloriosas luchas de un pueblo que se debate a dos bandas entre la aclamación y la adoración de los gobernantes de un despotismo y neopotismo ilustrado propio de una dinastía francesa maestra del gobierno con tedio y arrogancia sin parangón, y el desengaño y frustración de unos austrias menores que dejaron en España la humillante costumbre de caer, levantarse, y volver a caer. Y España, ha dado muestras en muchas ocasiones que el levantarse de nuevo, cada vez, cuesta más.

  5. #5
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    La constitución de 1812 no tiene ningún punto positivo, toda vez que cualquier cosa que pudiera considerarse como buena, es reformable y suprimible según el propio papel. Y de todas formas, todo lo positivo existía como tal antes del papel, por lo que sólo añade la capacidad de suprimir esas cosas buenas (cosa imposible antes del papel).

    Así, es un papel subversivo que debió ser y fue rechazado por los españoles, como elemento extranjerizante para minar la bases de España.

    El que quiera leer un papel verdaderamente reformista hacia mejor, que lea el Manifiesto de los Persas.
    Última edición por Donoso; 06/10/2013 a las 05:39
    Ordóñez, Chanza, Hyeronimus y 2 otros dieron el Víctor.
    Aquí corresponde hablar de aquella horrible y nunca bastante execrada y detestable libertad de la prensa, [...] la cual tienen algunos el atrevimiento de pedir y promover con gran clamoreo. Nos horrorizamos, Venerables Hermanos, al considerar cuánta extravagancia de doctrinas, o mejor, cuán estupenda monstruosidad de errores se difunden y siembran en todas partes por medio de innumerable muchedumbre de libros, opúsculos y escritos pequeños en verdad por razón del tamaño, pero grandes por su enormísima maldad, de los cuales vemos no sin muchas lágrimas que sale la maldición y que inunda toda la faz de la tierra.

    Encíclica Mirari Vos, Gregorio XVI


  6. #6
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Se hablará, se hablará del Manifiesto de los Persas, y se explicará lo que fué, que de eso se trata este artículo, si me lo permiten, de explicar en qué consistió este periodo importántísimo de la Historia de España, como también se explicarán otros conceptos y situaciones...todo a su tiempo. Que quede claro que lo que se pretende no es dignificar la constitución de 1812, si no los eventuales cambios y situación social y política de la época. paciencia señores, por favor.

  7. #7
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    No se puede hablar de la Constitución de Cádiz sin subrayar lo siguiente:

    -Abolió el juicio de residencia, creando la impunidad de una nueva clase política.

    -Abolió la representación gremial, dejando a los trabajadores sin escuela propia y a la merced de los nuevos caciques sin escrúpulos.

    -Dejó muy claro que solo podían votar los más ricos, por tanto, la exclusividad pasaba a parte de la nobleza y la alta burguesía.

    -No respetó la "autonomía" americana y "profundizó" en el equivocado régimen "de funcionarios" que acaso de un plumazo mitigó el virrey Abascal, uno de los hombres que más visión política tuvo, con Jovellanos, en la época.

    -Se impuso por el golpe militar, nunca por el apoyo popular. El apoyo popular fue para los Cien Mil Hijos de San Luis que fueron acogidos como libertadores desde Irún a Cádiz.


    En definitiva: Las Cortes fueron un "bluf" apoyado por lo peor de cada casa. Su puesta en práctica se debe a Riego, uno de los mayores traidores de nuestra Historia y que, como bien apunta Julio C. González, estaba comprado por Inglaterra a través de Gibraltar. Él impidió el refresco de más veinte mil realistas peninsulares que, junto a los realistas americanos, hubieran aplastado la revuelta secesionista que, de hecho, hacia 1820, estaba tambaleándose. Pero vino el golpe liberal de 1820, y los oficiales liberales comenzaron a coparlo todo. Morillo llegó a Venezuela y se abrazó y hasta se besó con Bolívar; San Martín, en su encuentro con La Serna (Al que combatía Olañeta y el que destrozó toda la obra de Abascal) dijo aquello de "nosotros, los liberales, somos hermanos en todas partes del mundo", asentando la traición de Ayacucho, donde también estuvieron Espartero y Maroto, que luego se abrazarían en Vergara.

    Sin idealizar el Antiguo Régimen y en especial los últimos tiempos de Carlos IV, que fueron desastrosos, las Cortes de Cádiz fueron el jaque mate de las Españas.

    Con todo, reitero: Particularmente, no quiero ser "conspiranoico", pero pienso que esta oleada de separatismo antiespañol obedece al mismo plan. Es la "solución final" para acabar con España. Todavía las geopolíticas francesas y británicas están orientadas a ello. En verdad tanto odio no se comprende, y digo no se comprende porque como entrevió Jovellanos, España ya se humilla solita, y antes perecerá por los hijos traidores que le devoran las entrañas que por los tiranos extranjeros.
    Última edición por Ordóñez; 06/10/2013 a las 16:00

  8. #8
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    No se trata de ser conspiranoico, ésa es precisamente la palabra inventada por el progresismo, para invalidar en su momento tésis tan valedoras como los datos ocultos del 11-M. y sí, es cierto lo de las políticas francesa y sobre todo, británicas, orientadas ha seguir haciendo lo que han echo a lo largo y ancho de la historia. De Riego, también se hablará en el presente artículo, y de otros, que entre todos, perfilaron lo que daría de sí no ya sólo el régimen constitucional, si no las líneas que marcaron lo que a la postre, sería el final de las españas en América, pero hay que decir que no todo fue gracias a la Pepa, pues ya se había empezado a fraguar desde ante. Reitero, Malaspina ya lo dejó claro en su informe, y las políticas godoyistas hicieron lo propio, de eso no me cabe la menor duda.

  9. #9
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    FERNANDO VII EN VALENÇAY

    Mientras los españoles sacrificaban sus vidas en el altar del Deseado (Fernando VII), él, pasaba su dulce cautiverio en Valençay sólo amargado por el miedo a perder la vida, y muestra de este miedo sos sus palabras escritas a Napoleón sobre el intruso José:

    "Señor:
    He recibido con sumo gusto la carta de V.M.I. y R. del 15 del corriente, y le doy
    las gracias por las expresiones afectuosas con que me honra y con las cuales yo he
    contado siempre. Las repito a V.M.I. y R. por su bondad en favor de la solicitud del
    duque de San Carlos y de D. Pedro Macanaz, que tuve el honor de recomendar.
    "Doy muy sinceramente, en mi nombre y de mi hermano y tío, a V.M.I. y R. la
    enhorabuena de la satisfacción de ver instalado a su querido hermano el rey José en el
    trono de España. Habiendo sido siempre objeto de todos nuestros deseos la felicidad de
    la generosa nación que habita en tan dilatado terreno, no podemos ver a la cabeza de
    ella un monarca mas digno ni mas propio por sus virtudes para asegurarsela, ni dejar de
    participar al mismo tiempo el grande consuelo que nos da esta circunstancia.
    "Deseamos el honor de profesar amistad con S.M., y este motivo ha dictado la
    carta adjunta que me atrevo a incluir, rogando a V.M.I. y R. que después de leída, se
    digne presentarla a S.M. Una mediación tan respetable nos asegura que será recibida
    con la cordialidad que deseamos. Señor, perdonad una libertad que nos tomamos por la
    confianza sin límites que V.M.I. y R. nos ha inspirado, y asegurado nuestro afecto y
    respeto, permitid que yo renueve los mas sinceros e invariables sentimientos, con los
    cuales tengo el honor de ser, Señor, de V.M.I. y R. su mas humilde y muy atento
    servidor.
    Valençay, 22 de junio de 1808.
    Firmado: FERNANDO".

    Napoleón le rodeó de comodidades y de distracciones, entre las que se encontraba el bordar, labores de aguja e hilo en las que hacía competencia a su tío don Antonio. Desde su prisión de oro en Valençay, llegó a felicitar a Napoleón por sus victorias sobre las armas españolas, y además era tal el grado de adulación de Bonaparte por parte de Fernando, que llegó a pedirle a aquél la mano de su sobrina Lolotte, hija de Luciano Bonaparte y de Catalina Boyer, aunque esto fue poco antes de la guerra, pero parecía sentirse como un miembro más de la familia Bonaparte, y no cejó en su empeño de emparentar con ellos llegando incluso a tener la feliz ocurrencia de pedir la mano de Zenaida Bonaparte, hija del rey intruso José I y de Julia Clary. A Talleyrand, que velaba su custodia, cuando le escribía le llamaba primo.

  10. #10
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Verbo 505-506: El «otro» Cádiz


    1 de octubre de 2012 a la(s) 16:42



    Madrid, septiembre 2012. Al término del verano se ha distribuido, como es costumbre, el número correspondiente a mayo-junio-julio de Verbo, revista bimestral de formación cívica y de acción cultural según el derecho natural y cristiano; en este caso el 505-506. Se trata de un monográfico dedicado al tema seminario internacional «El "otro" Cádiz. Una revisión problemática de los orígenes del constitucionalismo hispánico» que, como informó FARO en su momento, tuvo lugar en Madrid el pasado mes de abril.

    Reproducimos la Presentación de este número, que nos dispensa de hacer lo propio con el sumario:


    En el bicentenario de la Constitución de Cádiz no ha habido espacio sino para el ditirambo de la ideología liberal. Difícilmente se ha abierto camino la reflexión, no digamos la crítica. De ahí que el empeño del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, con el auxilio de la Universidad Antonio de Nebrija y la Fundación Speiro, acogido por la prestigiosa Casa de América, en cierto sentido ha sido único.

    Recogemos en el presente número parte de las actas del Seminario Internacional «El "otro" Cádiz. Una revisión problemática de los orígenes del constitucionalismo hispánico», celebrado el 26 de abril pasado. Número monográfico, por lo que hemos prescindido incluso de las secciones de crónicas e informaciones bibliográficas, que tendrán que esperar a la cuarta entrega de este año.

    Comienza con un texto en el que nuestro imprescindible colaborador, el profesor de Údine Danilo Castellano, director además del Centro de Estudios Políticos del Consejo Felipe II, ofrece el encuadramiento teórico del fenómeno constitucional. Siguen un breve (y adecuado) perfil de las actitudes ante la crisis del antiguo régimen, de José Antonio Ullate, glosa de un acertado esquema del ya fallecido profesor Suárez Verdeguer, e inmediatamente el excelente y crítico panorama historiográfico trazado por el general Estanislao Cantero. El investigador del CONICET argentino Juan Fernando Segovia, también bien conocido de nuestros lectores, y director del Centro de Estudios Históricos del Consejo Felipe II, resume su aproximación al influjo del texto gaditano en el universo americano con los términos «traducir, moderar, introducir». Los textos de Cantero y Segovia son —a no dudarlo— los de una mayor extensión y también envergadura. El historiador Francisco José Fernández de la Cigoña resume con acierto en pocas páginas lo que constituyó su obra sobre la cuestión religiosa en las Cortes de Cádiz (El liberalismo y la Iglesia española. Historia de una persecución, vol. 2: Las Cortes de Cádiz, Madrid, Fundación Francisco Elías de Tejada, 1996, 461 págs.). Se explica por ello la ausencia de referencias, que se hallan por menudo en la obra que se extracta. Y el profesor Andrés Gambra analiza el pensamiento del más pugnaz de los opositores al código gaditano, el padre Alvarado, de la Orden de Predicadores, conocido como el Filósofo Rancio. Una reflexión del director de Verbo sobre el significado de Cádiz en el seno de lo que ha llamado «El "otro" bicentenario» cierra el número.

    Parecía obligado el esfuerzo por desentrañar las claves de un fenómeno de gran trascendencia no sólo histórica sino también teorética. Que, nos parece, se ha objetivado en un resultado más que digno. Y que ofrecemos con satisfacción a nuestros lectores con la esperanza de haber contribuido a esclarecer el rostro de nuestra historia contemporánea, con demasiada frecuencia azotado por la mentira, a causa del predominio de errores conceptuales.

    Sea bienvenido ese esclarecimiento, aún más en estas horas aciagas en que la falta de pudor y de inteligencia de quienes aún manejan los resortes del poder les anima a seguir invocando el «constitucionalismo» (aunque sea el de 1978, tataranieto degenerado del ya deletéreo de 1812) como solución a los problemas que amenazan con hacer desaparecer a España para siempre. Como si la causa de los mismos pudiera ser también su solución.

    Copiamos las últimas líneas del resumen final del seminario del pasado abril y del número de Verbo que nos ocupa, «Más allá de Cádiz», del profesor Miguel Ayuso:


    Frente al tópico de la decadencia patria en el siglo XVIII, si excluimos los últimos años de Carlos IV, y el influjo parcial del enciclopedismo bajo Carlos III, el ambiente de serenidad y de cooperación, que todavía reinaba, mantenía en todos una razonable esperanza en la recuperación del orden comunitario cristiano en que nuestra convivencia se asentaba. Pero esa esperanza de recuperación social y religiosa fue desarticulada por la guerra de la Independencia y los procesos que desencadenó: «Hizo abortar los procesos de incorporación pacífica y precipitó los de disolución violenta, creando abismos insuperables y sumiéndolo todo en rencores y recelos. Posiblemente, sin ella el enciclopedismo español no habría sido el desertor afrancesado, ni aun siquiera constituyente en el sentido de la Revolución francesa. Y la gran mayoría católica y monárquica del país no habría producido guerrillas y puritanismos enfermizos, sino una favorable reacción cultural, encaminada a contrarrestar la influencia del racionalismo enciclopedista» (5).

    A los doscientos años de la Constitución de Cádiz estas líneas no resultan fáciles de entender. Pero, por otra parte, alcanzan particular relieve. Esa hendidura de Cádiz deriva sobre todo del racionalismo que, con su designio constituyente, aspiraba a dar vida a un mecanismo perfecto de sola base racional y con exclusión de cualquier otro fundamento trascendente religioso o histórico. Ahí debía aparecer la Constitución sabia y definitiva que encontró en el utilitarismo de Jeremías Bentham su artesano más destacado, hasta el punto de redactar con perfecto apriorismo constituciones políticas para los pueblos que venían de alcanzar la cualidad de libres y democráticos, dejando atrás la ignorancia y el despotismo. Hoy, por un lado, se ha disuelto en el irracionalismo (rectius en el nihilismo) la pretensión constituyente, mientras que por el otro la realidad constitucional se descompone.
    ___________
    (5) Rafael GAMBRA, «La herida de la Independencia», en Miguel Ayuso (ed.), Obra completa de Rafael Gambra Ciudad, Madrid, Digibis-Publicaciones digitales.

    Fuente: AGENCIA FARO

    Chanza, Hyeronimus y Pious dieron el Víctor.

  11. #11
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Aingeru. Si algo bueno tenía que tener el aniversario de la constitución revolucionaria de Cádiz era precisamente el de poner de nuevo sobre el tapete las inconsistencias de los autores liberales de la historiografía dominante desde 1833 (ya se sabe aquello de que los vencedores escriben la Historia) sobre los acontecimientos del reinado de Fernando VII, y que muchos otros han venido repitiendo hasta hoy como papagayos sin ninguna visión crítica (he estado viendo por encima el texto completo de su ensayo que tiene usted publicado en otro foro y veo que, tristemente, cae en los mismos clichés y lugares comunes de dicha historiografía).

    Desde luego a día de hoy continua siendo válida la advertencia que D. Federico Suárez ya señaló en su estudio publicado doblemente en la década de los ´50, cuando hablaba de las pasiones ideológicas apriorísticas que siguen dominando en los historiadores contemporáneos a la hora de abordar los hechos acontecidos en aquel reinado (1808-1833), en tanto que los hechos de aquella época son solidarios de las mismas pasiones políticas de hoy en día (pues a fin de cuentas, lo de hoy trae su origen de aquellos acontecimientos, y no deja de ser entendible -que no justificable- el uso de los mismos términos ideológico-propagandísticos que los de entonces para la "justificación" de los mismos) y, de ahí, la parcialidad o falta de imparcialidad existente a la hora de referirlos.

    Aunque todos los artículos de la revista del mensaje anterior son muy buenos, recomiendo sobre todo el trabajo completo y documentadísimo (la bibliografía citada es enorme) de D. Estanislao Cantero sobre la desastrosa, anticatólica, antiespañola y revolucionaria (copia servil de la francesa de 1791, para que luego digan quiénes eran los verdaderos serviles) constitución de Cádiz.
    Última edición por Martin Ant; 07/10/2013 a las 14:18
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  12. #12
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Estimado Martín Ant, en primer lugar, le informo que el texto que usted a dicho ver, efectivamente es mío, pero no está completo, ni mucho menos. Es más, he preferido hacerlo en este sitio donde últimamente hago mis aportes, porque me creo que es bastante más serio e interesante, por lo que lo que usted ha leído, ni está completo, ni terminado por razones personales, y además, aquí hay algunos cambios que en el otro no aparecen, y no son cambios de contexto, si no más bien para cumplimentar información, que es de lo que se trata el artículo en sí, informar de un periodo de la Historia de España muy importante, a mi modo de entender. Parece ser que usted no entiende que yo, no estoy de ninguna manera, haciendo ningún tipo de homenaje ni a aquella Constitución, ni por supuesto lo hago a la presente, pues no estoy de acuerdo con ninguna de las dos, ni se lo hago al movimiento liberal. Y desde luego, no seré yo quien defienda a Fernando VII, eso si lo desea, lo puede hacer usted, ya que para mi, ha sido si no el peor, sí uno de los peores gobernantes de la Historia de España, si me permite decirlo, pero insisto, este no es ningún tipo de reconocimiento ni a la Constitución, ni a ningún tipo de ideología política. Es un reconocimiento, eso sí, y un homenaje, a un pueblo, el español, que es al que en su momento, le tocó sufrir las consecuencias de unos, y de otros, como siempre vaya. Parece ser que a veces, las cosas, no son lo que parecen verse, hay que saber verlas, para dar un parecer, y eso es lo que intento hacer aquí, si me dejan, y tengo tiempo.
    Última edición por Aingeru; 08/10/2013 a las 21:12

  13. #13
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    NACE LA PEPA

    En este orden de cosas, se reunieron las Cortes en Cádiz, baluarte de la independencia y cuna de la libertad, después de venir de la Isla de León (San Fernando), y promulgaron ese ideal artículado en el que prevalecen las ideas de los oradores y políticos liberales como don Diego Muñoz Torrero, Agustín de Argüelles y Álvarez González, quien podría ser el diputado más reconocido de las Cortes de Cádiz y padre de la Constitución, Isidoro de Antillón y Marzo, Juan Nicasio Gallego y Hernández del Crespo, José María Calatrava Peinado, o José Mexía Lequerica, entre otros. Fue sin duda uno de los textos jurídicos más importantes del Estado español, por cuanto sentó las bases de constituciones posteriores. Considerada como un baluarte de libertad, fue promulgada en Cádiz en el Oratorio de San Felipe Neri el 19 de Marzo de 1812, día de la festividad de San José, por lo que popularmente fue conocida como “La Pepa”, casualmente el mismo día de la onomástica de José I Bonaparte, el rey intruso. Compuesta de diez títulos con 384 artículos, y es considerada como el primer código político a tono con el movimiento constitucionalista europeo contemporáneo, de carácter novedoso y revolucionario, y esto de revolucionario es con respecto a su contenido, y no al estilo de la Revolución francesa, si no de carácter más español, adaptada a las circunstancias de la nación, desde la legalidad, por quienes eran los legítimos representantes, acordándola conforme a las normas procesales del momento, y como contrapartida o respuesta al Estatuto de Bayona, inspirado en el modelo de Estado constitucional bonapartista. Si bien hay que reseñar que tenía algunas influencias o coincidencias con la Constitución francesa de 1791, pero es importante aclarar quiénes fueron los constitucionalistas de Cádiz. De facto, fueron en un principio 104 diputados que asistieron a la primera sesión y 223 que firmaron el acta de la última, aunque no son considerables pues no se tiene una verdadera constancia, y que la mayoría de los autores establece un número de diputados clasificados de los cuales 97 eran eclesiásticos, de los que solo 5 eran obispos, prevaleciendo los de alto y medio clero secular, 60 abogados, 55 funcionarios públicos y 16 catedráticos, además de 4 escritores y dos médicos, añadiendo 37 militares de los cuales no podemos contabilizar si eran o no aristócratas (más adelante explicaremos el por qué de esto, ya que los militares de carrera eran aristócratas, y los que se supone que respaldaron la Constitución venían del mundo de las guerrillas), 8 nobles titulados y 9 marinos, además de 15 propietarios y 5 comerciantes. Podemos decir que se trata pues de una minoría instruida que no opera según un consenso popular. La clase media silenciosa no participa en la acción política de Cádiz, ni la respalda.

    En resumen, digamos que los integrantes de las Cortes formaban una grupo heterogéneo en el que figuraban muchos burgueses liberales, funcionarios ilustrados e ntelectuales procedentes de otras ciudades tomadas por el ejército del rey José, y miembros de las Juntas, que, huyendo de la guerra, se habían concentrado en Cádiz, ciudad-refugio protegida por la marina británica.
    A causa de las dificultades de la guerra, la alta nobleza y la jerarquía de la Iglesia apenas estuvieron representadas en Cádiz.
    Tampoco asistieron los delegados de las provincias ocupadas, (la mayoría), a los que se buscó suplentes gaditanos, lo mismo que a los representantes de los territorios españoles de América. Predominaban en las Cortes las clases medias con formación intelectual, eclesiásticos, abogados, funcionarios, militares y catedráticos, aunque no faltaban tampoco miembros de la burguesía industrial y comercial. No había, en cambio representación alguna de las masas populares: ni un solo campesino tuvo sitio en la Asamblea de Cádiz; y tampoco hubo mujeres, carentes todavía de todo derecho político.
    Última edición por Aingeru; 11/10/2013 a las 20:02

  14. #14
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    MUERTE DE UNA ESPERANZA

    Tras la llegada Valencia el 16 de abril de 1814, después de haber visitado algunas ciudades españolas, se encontró allí con el cardenal arzobispo de Toledo y de Sevilla, Luis de Borbón y Vallabriga, hermano de quien fuera María Teresa de Borbón y Vallabriga, esposa de Godoy. Era presidente de la Regencia y favorable a las reformas liberales de 1812. También se reunió con una representación de las Cortes de Cádiz presidida por Bernardo Mozo de Rosales, encargado de entregar al rey un manifiesto firmado por 69 diputados absolutistas (de los 284 que componían las Cortes), llamado Manifiesto de los Persas, que propugnaba la supresión de la Cámara gaditana y justificaba la restauración del Antiguo Régimen.


    El manifiesto toma el nombre de una referencia que se contiene, al principio del mismo, sobre la costumbre de los antiguos persas de tener cinco días de anarquía tras la muerte del rey. Los firmantes comparan esa anarquía con el periodo de liberalismo imperante hacía dos años ("en los mayores apuros de su opresión", reza el título), equiparan la Constitución de 1812 a la Revolución Francesa y piden la restauración de los estamentos tradicionales del Antiguo Régimen. El documento sirvió de base al rey para decretar, el 4 de mayo siguiente, el restablecimiento del absolutismo. Aquí se deja constancia del párrafo en concreto:

    "SEÑOR:
    1.- Era costumbre en los antiguos Persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor. Para serlo España
    a V. M. no necesitaba igual ensayo en los seis años de su cautividad, del número de los Españoles que se complacen al ver restituido a V. M. al trono de sus mayores, son los que firman esta reverente exposición con el carácter de representantes de España; mas como en ausencia de V. M. se ha mudado el sistema que regía al momento de verificarse aquélla, y nos hallamos al frente de la Nación en un Congreso que decreta lo contrario de lo que sentimos, y de lo que nuestras Provincias desean, creemos un deber manifestar nuestros votos y circunstancias que los hacen estériles, con la concisión que permita la complicada historia de seis años de revolución".

    Entre otros artículos el Manifiesto declaraba las siguientes intenciones:

    La monarquía absoluta es una obra de la razón y de la inteligencia; está subordinada a la ley divina, a la justicia y a las reglas fundamentales del Estado: fue establecida por derecho de conquista o por la sumisión voluntaria de los primeros hombres que eligieron sus reyes. Así que el soberano absoluto no tiene facultad de usar sin razón de su autoridad (derecho que no quiso tener el mismo Dios); por esto ha sido necesario que el poder soberano fuese absoluto, para prescribir a los súbditos todo lo que mira al interés común, y obligar a la obediencia a los que se niegan a ella. Pero los que declaman contra el poder monárquico, confunden el poder absoluto con el arbitrario;
    sin reflexionar que no hay Estado donde en el constitutivo de la soberanía no se halle un poder
    absoluto.
    Los más sabios políticos han preferido esta monarquía absoluta a todo otro gobierno. El hombre en aquélla no es menos libre que en una república; y la tiranía aún es más temible en ésta que en aquélla. España, entre otros reinos, se convenció de esta preferencia y de las muchas dificultades del poder limitado, dependiente en ciertos puntos de una potencia superior, o comprimido en otros por parte de los mismos vasallos [...]
    No pudiendo dejar de cerrar este respetuoso Manifiesto en cuanto permita el ámbito de nuestra representación y nuestros votos particulares con la protesta de que se estime siempre sin valor esa Constitución de Cádiz, y por no aprobada por V. M. ni por las provincias [...] porque estimamos las leyes fundamentales que contiene de incalculables y trascendentales perjuicios, que piden la previa celebración de unas Cortes españolas legítimamente congregadas en libertad y con arreglo en todo a las antiguas leyes.
    (...) 20. Quisiéramos grabar en el corazón de todos, como lo está en el nuestro, el convencimiento de que la democracia se funda en la inestabilidad y la inconstancia; y de su misma formación saca los peligros de su fin (...) O en estos gobiernos ha de haber nobles, o puro pueblo: excluir la nobleza destruye el orden jerárquico, deja sin esplendor la sociedad.

    21. La nobleza siempre aspira a distinciones; el pueblo siempre intenta igualdades: éste vive receloso de que aquélla llegue a dominar.
    40. En fin, Señor, esta Constitución, firmada el 18 del propio marzo (...) dice: Que la Nación española es libre e independiente y no es ni puede ser patrimonio de nadie, ninguna familia o persona. Y el artículo 14 expresa que el gobierno de la nación española es una monarquía hereditaria: artículos inconciliables.
    134. La monarquía absoluta es una obra de la razón y de la inteligencia: está subordinada a la ley divina, a la justicia y a las reglas fundamentales del Estado: fue establecida por derecho de conquista o por la sumisión voluntaria de los primeros hombres que eligieron sus Reyes (...) En un gobierno absoluto las personas son libres, la propiedad de los bienes es tan legítima e inviolable que subsiste aún contra el mismo soberano (...)
    Madrid. 12 de abril de 1814



    El 17 de abril, el general Francisco Javier de Elío (Pamplona, 1767 - Valencia, 1822) , al mando del Segundo Ejército, puso sus tropas a disposición del rey y le invitó a recobrar sus derechos. Para darle más fuerza a su juramento, los oficiales gritaron "¡Viva el rey! ¡Muera el que así no piense!". Este hecho puede ser considerado el primer pronunciamiento de la historia de España, y digamos que fue posteriormente uno de los principales responsables en la represión absolutista de la restauración borbónica de Fernando VII, siendo ejecutado tras el triunfo de la Revolución Liberal de 1820, Revolución de la que luego hablaremos.


    El 4 de mayo de 1814, Fernando VII promulgó un decreto, redactado por Juan Pérez Villamil (instigador y autor intelectual del célebre Bando de Independencia o Bando de los alcaldes de Móstoles, que ha trascendido históricamente como el documento que inició Guerra de la Independencia) y Miguel de Lardizábal ( en 1815 perdió el favor del rey que lo encarcelaría en el castillo de Pamplona, este ilustre personaje fue el único mexicano pintado por Francisco de Goya y Lucientes, en 1815 ) que restablecía la monarquía absoluta y declaraba nula y sin efecto toda la obra de las Cortes de Cádiz:

    " mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquiera clase y condición a cumplirlos ni guardarlos".

    El 5 de mayo, Fernando VII sale de Valencia y emprende una marcha triunfal hacia Madrid. El entusiasmo popular ante el retorno de El Deseado es inmenso. El régimen constitucional no es capaz de oponer resistencia y las Cortes son disueltas el 10 de mayo de 1814.

    Toda esta tarea legislativa no significó un triunfo definitivo de los liberales, el pueblo se siente absolutista, no conoce este proceso revolucionario de Cádiz y por ello aclamará la llegada de Femando VII como rey absoluto. A partir de 1814, los españoles están divididos ideológicamente, esta ruptura se hará sangrienta a lo largo del XIX.



    La restauración del absolutismo llenó las cárceles y presidios de África de patriotas que habían luchado por España en la Guerra de la Independencia, mientras el monarca pasaba su presidio dorado en Valençay, pero las razones de la sociedad estaban más que claras, y era que la Constitución no significaba en realidad el sentimiento de toda una Nación, y los desengaños serían significativos, ya que desde un principio, no se contó con los factores sociales más evidentes, entre ellos, la directa participación del pueblo. Comenzaba un período de seis años de gobierno en el que iban a dominar los sectores más reaccionarios de la sociedad:

    La Iglesia encabezó una cruzada contra las ideas de libertad y democracia, y defendió a los partidarios del antiguo régimen; se restableció el Tribunal del Santo Oficio (la Inquisición), que se suprimió en las Cortes de Cádiz. Se suprime libertad de expresión y de asociación, donde muchas universidades expulsaron a profesores más abiertos a las ciencias e ideas liberales.

    Toda esta tarea legislativa que significó la Constitución de 1812 no significó un triunfo definitivo de los liberales, el pueblo se siente absolutista, no conoce este proceso revolucionario de Cádiz y por ello aclamará la llegada de Femando VII como rey absoluto, y más que nada, por temor a otra Revolución como la francesa, contra la que habían luchado. A partir de 1814, los españoles están divididos ideológicamente, y esta ruptura se hará sangrienta a lo largo del XIX.

    La realidad era que no pocas cuestiones se solventaban no en las Cortes de manera abierta, sino en los pasillos y en reuniones secretas o de que los diputados parecían más estar en una tertulia que al servicio de la nación. También de que, buscando el lucimiento, se elevaban perdiendo el contacto con la realidad, además las Américas, parte de España a la sazón, no estaban suficiente y legítimamente representadas; cómo además se pretendía que los diputados no tuvieran empleo en el Estado y, sobre todo, cómo constituía un gran error que las Cortes no fueran las que decidieran la regulación de los impuestos. Asimismo, la Constitución carecía de realismo al abordar las relaciones entre las Cortes y la Corona. Digamos que acabó fracasando no por la falta de patriotismo o de brillantez de sus redactores sino, fundamentalmente, por la manera en que éstos se dejaron llevar. La constitución refleja un marcado carácter liberal, incluso bastante desparejado con la forma de vivir a la que el pueblo estaba acostumbrado. Proponía medidas liberales imposibles de ser absorbidas por la sociedad de la época. Una constitución que obligaría a cambiar las estructuras de una nación frágil de un golpe, quizás demasiado, y además se vieron superados por un idealismo que les cegó ante la reacción que los grandes beneficiarios del Antiguo Régimen como fueron la monarquía absoluta y la iglesia católica, quienes se opondrían con las armas de un pueblo principalmente analfabeto, a sus avances.

    En resumen, La mayoría de la nobleza se sentía herida por la supresión de los señoríos, y la mayoría de la jerarquía eclesiástica se oponía a las reformas liberales de forma hostil y belicosa. El pueblo llano experimentaba la esperanza, lógica después de los padecimientos de una guerra, en un futuro feliz en el que todos los males pasados tendrían remedio. Para los españoles de 1814 esa esperanza se centraba en la persona de Fernando VII el Deseado. La tensión entre partidarios y enemigos de las ideas liberales se trasladó al choque entre el rey y la Regencia. En este conflicto de poder ganará el más fuerte. Las tropas del segundo ejército mandadas por Elío, rindieron honores reales al monarca a pesar de haberlo prohibido la Regencia. Podemos decir en consecuencia que el rey desaprovechó una oportunidad única de lograr una convivencia entre las dos Españas que durante la guerra de la Independencia se habían formado, o que posiblemente, aprovechó la falta de apoyo del pueblo a una Constitución que no acababa de comprender, y en la que una importante parte de la sociedad estaba sin representar.

  15. #15
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Cita Iniciado por Martin Ant Ver mensaje
    Aingeru. Si algo bueno tenía que tener el aniversario de la constitución revolucionaria de Cádiz era precisamente el de poner de nuevo sobre el tapete las inconsistencias de los autores liberales de la historiografía dominante desde 1833 (ya se sabe aquello de que los vencedores escriben la Historia) sobre los acontecimientos del reinado de Fernando VII, y que muchos otros han venido repitiendo hasta hoy como papagayos sin ninguna visión crítica (he estado viendo por encima el texto completo de su ensayo que tiene usted publicado en otro foro y veo que, tristemente, cae en los mismos clichés y lugares comunes de dicha historiografía).

    Desde luego a día de hoy continua siendo válida la advertencia que D. Federico Suárez ya señaló en su estudio publicado doblemente en la década de los ´50, cuando hablaba de las pasiones ideológicas apriorísticas que siguen dominando en los historiadores contemporáneos a la hora de abordar los hechos acontecidos en aquel reinado (1808-1833), en tanto que los hechos de aquella época son solidarios de las mismas pasiones políticas de hoy en día (pues a fin de cuentas, lo de hoy trae su origen de aquellos acontecimientos, y no deja de ser entendible -que no justificable- el uso de los mismos términos ideológico-propagandísticos que los de entonces para la "justificación" de los mismos) y, de ahí, la parcialidad o falta de imparcialidad existente a la hora de referirlos.

    Aunque todos los artículos de la revista del mensaje anterior son muy buenos, recomiendo sobre todo el trabajo completo y documentadísimo (la bibliografía citada es enorme) de D. Estanislao Cantero sobre la desastrosa, anticatólica, antiespañola y revolucionaria (copia servil de la francesa de 1791, para que luego digan quiénes eran los verdaderos serviles) constitución de Cádiz.

    En contestación, ahora que tengo algo de tiempo a Martín Ant , desde luego, no pretendo cuestionar a Don Federico Suárez Verdaguer sobre la categoría de su trabajo como historiador, ni nada parecido. Yo no soy más que un simple aficionado a la lectura, y sería comparar un minúsculo grano de arena, con la inmensidad del universo. Pero me permito la libertad de opinar, si se me permite, y sinceramente, una figura perteneciente al Opus Dei, a la que aprecio en doble manera, primero, porque era valenciano, tierra de mis antepasados, y segundo, porque fue primer Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, mi tierra. En su vasta tarea de historiador ha sido un escrupuloso y fiel recopilador de datos y narrador de hechos y acontecimientos. En este sentido, habría que decir que fue un historiador positivista, para quien lo que no está en los documentos o de lo que no hay pruebas, no está en el mundo, y también ejerció durante muchos años del rey Juan Carlos, y aquí está la cuestión, y es que su valoración o, digamos interpretación de determinadas cuestiones monográficas relativas a temas político-sociales del periodo que nos ocupa, es a mi parecer, defensora a ultranza de una interpretación muy conservadora, casi reaccionaria y profundamente antiliberal de los sucesos acontecidos en España aprincipios del siglo XIX. Su versión no considero que sea del todo imparcial, ya que a mi entender, en buena medida se manifiesta heredera de la tradición antiliberal del siglo XIX.

    Podría estar catalogado como perteneciente a la corriente historiográfica del moderantismo, y pienso que denosta demasiado tanto a la Ilustración como a la Revolución, por llamarla de alguna manera, al periodo constitucional de 1812. Se empeñó en presentar a esta última de una forma demasiado incipiente como un producto del azar histórico ya que, y según su criterio, y en parte, también lo es el mío si se aprecia a lo largo del artículo, ni enlazaba con la tradición, ni fue requerida por el pueblo, el cual no deseaba cambios y mucho menos que se sustituyera no ya el orden, si no más bien el desorden monárquico, que es lo que creo bajo mi punto de vista que estaba ocurriendo, por una institución política de nuevo cuño, que a mi entender, también enjuicio como desorden. Esto, Don Federico, lo hace de una forma tozuda, en mi opinión, que casa a la perfección con un cierto sanchopancismo español, partidario de profesar una fe ciega y sin quebraderos de cabeza y a su vez, repetir hábitos perennes de un pasado que precisamente, poco dieron de positivo en la gloriosa Historia de España.

    Mi intención es dar un punto de vista más desde una doble visión que de un ángulo cerrado, y es lo que pretendo explicar a lo largo y ancho del documento es precisamente una cosa, que fue lo que en su momento podría ser la necesidad de un cambio, y la otra, que fue el desastre no ya de la monarquía fernandina, si no también del liberalismo de la época. Ahora se pueden dar todos y cada uno de los vítores que crean convenientes a las manifestaciones que de una u otra manera, solapan las opiniones que pretendo exponer, pero pienso que antes de enjuiciar, es más conveniente saber escuchar hasta el final. Luego...opinen lo que crean conveniente.

  16. #16
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Aingeru. Ciertamente es imposible que un historiador no refleje o plasme su cosmovisión a la hora de interpretar y dar una explicación a los hechos que recopila (esto lo reconoce honradamente, por ejemplo, Menéndez Pelayo en su introducción a los Heterodoxos, en donde señala claramente que eso de la supuesta "neutralidad" del historiador es un cuento chino). Pero eso no quiere decir que todo criterio que se utilice para dicha interpretación sea tendencioso y, por tanto, falsee necesariamente la explicación que se da de los hechos a la hora de analizarlos. Si esto fuera cierto, caeríamos en un escepticismo absoluto que nos impediría llegar a la verdad que siempre subyace a los hechos históricos y que les da su sentido. Es decir, el hecho de que existan interpretaciones falsas no quita que siempre haya de existir un criterio verdadero o correcto que dé sentido a los acontecimientos historiados.

    D. Federico Suárez fue uno de los historiadores pioneros (al cual le han seguido sus pasos muchos otros hasta hoy en día) que inició en la década de los ´40 una revisión de los hechos acontecidos en el período que comprende los reinados de Carlos IV (1788-1808) y de Fernando VII (1808-1833) y la etapa cristina (1833-1840), debido a que estos hechos no encajaban en la interpretación que la historiografía liberal dominante había establecido tras la primera guerra carlista, y que continua hasta hoy en día en la mayoría de libros y publicaciones, como refleja el ensayo que usted escribió o como refleja, por poner otro ejemplo, el libro de texto de Historia con el que yo estudié 2º de Bachillerato en el colegio.

    Estos trabajos de D. Federico y de muchos otros historiadores en la misma línea crítica y correctora de la interpretación liberal dominante no han podido ser nunca contestados por los historiadores liberales que, o bien callan o bien se dedican a declarar su supuesta inconsistencia pero sin señalar pruebas de ningún tipo en contra (como por ejemplo Begoña Urigüen que en su libro "Orígenes y evolución de la derecha española: el neo-catolicismo", se limita simplemente a decir que la tesis de D. Federico es insostenible y que ya ha sido contestada por otros historiadores, pero sin dar ninguna explicación ulterior ni aportar ninguna prueba, ya por sí misma, ya citando a esos otros historiadores que supuestamente ya habían contestado a D. Federico).

    Lo cierto es que la vía abierta, entre otros, por D. Federico en la década de los ´40 ha estado dando muchos frutos, como él mismo señala al recopilar en la introducción a la 3ª edición de su ya clásico "La crisis del Antiguo Régimen", de 1988, los avances que se han estado haciendo en el estudio del periodo histórico al que me he referido antes (1788-1840), frutos en los que por cierto, hay que reconocer el trabajo realizado por la Universidad de Navarra (y lo dice alguien como yo que no es precisamente entusiasta con el Opus) en forma de publicaciones de ingente cantidad de documentos del periodo susodicho. Huelga decir que en la misma introducción D. Federico, siempre al tanto de las nuevas publicaciones que iban saliendo, subrayaba y constataba que la vía abierta por él, entre otros, no sólo no había sido contestada adecuadamente sino que muchas nuevas publicaciones dirigían sus trabajos por esa misma dirección revisionista y correctora de la visión estándar de los historiadores liberales (Francisco Martí, José Luis Comellas, María del Carmen Pintos, Cristina Diz- Lois, Bullón de Mendoza, Estanislao Cantero -véase el trabajo que antes le cité-, Andrés Gambra y un largo etcétera de catedráticos e historiadores).

    Usted si quiere cuelgue su ensayo. Yo en este Foro ni pincho ni corto nada; yo simplemente hacía una crítica a tenor de lo leído en su trabajo. Eso sí, tengo pensado poner otros trabajos alternativos de D. Federico Suárez a modo de contestación. Y luego que los lectores comparen y saquen sus propias conclusiones sobre cuál de las interpretaciones o explicaciones se ajusta más a los hechos acaecidos en el periodo historiado. Creo que es lo más justo, ¿no le parece?
    Última edición por Martin Ant; 13/10/2013 a las 13:39

  17. #17
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Si señor, me lo parece, Martín, y además, lo creo oportuno y conveniente, ya que de esta manera, aprendemos todos un poco más, y yo el primero. Pero le rogaría, si tiene usted a bien, que tenga un poco de paciencia para terminar de ver el final del trabajo, pues creo que merece la pena. UN SALUDO CORDIAL, y agradecido por sus comentarios.

  18. #18
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    LOS MINISTROS Y LA CAMARILLA DEL SEXENIO ABSOLUTISTA

    En el nuevo gobierno absolutista, los secretarios y los Ministros no tuvieron la estabilidad deseable ni esperada. Las intrigas de la Corte y las acusaciones producían constantes cambios de ministros, pasando de treinta los que hubo en seis años, y tanto el desorden como la inmoralidad de la Administración llegaron a extremos escandalosos, prueba de ello es la colección de Decretos de Fernando VII que da una falsa idea de que se llevaron a cabo numerosas medidas tendentes a reorganizar la situación del país, pero de hecho la lentitud burocrática hizo que todo quedara en meros deseos de reformas.

    Los nuevos ministros son incapaces de desarrollar una buena política. Medidas como la reinstauración de la Mesta (Gremio o asociación profesional de origen medieval que agrupaba a los ganaderos dedicados a la trashumancia), los gremios, los privilegios fiscales estamentales, la devolución de las propiedades desamortizadas, etc. llevan al país a una situación de bancarrota. La situación económica que encontró Fernando VII en 1814 fue deplorable: el país se encontraba destrozado, la agricultura esquilmada, la industria deshecha, las comunicaciones inservibles y las arcas de la Hacienda vacías. A todo ello hay que añadir el comienzo de la emancipación americana, que trajo como consecuencia el corte brutal de la llegada de metal acuñable y del comercio ultramarino, es decir, la disminución de la llegada de remesas de plata americana. Pero también es conveniente recordar que el carácter del sistema de Fernando VII es el no tener ninguno y, por tanto, no se puede hablar de un programa coherente, de un criterio firme o de una línea política constante, y cuyo resumen fue la bancarrota al final de esos seis años de absolutismo, como se ha comentado.

    En términos generales, los ministros de esta época absolutista, fueron gentes mediocres elevadas por el capricho del monarca. Macanaz fue acusado de cohecho con la venta de cargos en Filipinas y desterrado, el duque de San Carlos (José Miguel de Carvajal, Vargas y Manrique) separado, según reza el decreto "por su cortedad de vista", Martín de Garay desterrado, Felipe González Vallejo al presidio de Ceuta, estos últimos, por poner un ejemplo. Hay que decir que el monarca, en demanda de soluciones, llegó a designar a ministros de matiz liberal, como el propio Martín Garay o León y Pizarro, pero su gestión no fue más afortunada que la de otros.


    Los secretarios no tuvieron más que autoridad aparente como los Consejos, ya que el poder lo tenía la "Camarilla". La palabra "Camarilla", en realidad había nacido ya en tiempos de Carlos IV, el cual solía conversar con sus allegados cortesanos en una pequeña cámara o habitación de Palacio, de ahí su nombre, y estaba cercana a sus habitaciones privadas, y de esta derivó la privanza de Manuel Godoy, y en el mismo sitio le dio a Fernando VII a conversar con todo tipo de gentes modestas, y no tan modestas, pero a saber de que su carácter era de conversador impenitente, gran fumador, populachero y que realmente le gustaba más el contacto con gentes modestas de las cuales aprendió bastante de la chulapería de los barrios bajos de Madrid.

    Esta "Camarilla", aunque nunca fue un cuerpo organizado, sí es cierto también que tampoco tuvieran todo el poder político que se les atribuía, ya que aunque existían unos cuantos habituales, su presencia no era regular, y su finalidad era por la desconfianza de Fernando VII, que quería saber a través del pueblo cómo lo hacían sus ministros, y en algunas ocasiones, a raíz del carácter desconfiado del rey, funcionaba como válvula de escape y órgano consultivo. No caemos en una contradicción argumentar que la Camarilla era la que realmente tenía el poder, y que nunca fue un cuerpo organizado y sí de carácter variable, ya que así se demuestra el carácter de gobierno del propio rey absoluto: sin fundamento y carente de toda imaginación de gobierno.


    Nos detendremos un poco en desmenuzar las características de algunos de los integrantes de esta Camarilla, para poder hacernos una idea del carácter de los acontecimientos que vinieron después, y de la falta de gobierno y del carácter mundano de un rey absoluto falto totalmente de ideas, y de idealistas para su pretensión.


    Eran hombres de escasas luces, y en ella figuraba el antiguo preceptor Escóiquiz, Que había soñado con ser un ministro-cardenal de la talla de Cisneros o Richelieu, cuando no era más que un conspirador o intrigante, el adulador Antonio Ugarte, que había sido esportillero, maestro de baile y agente de negocios, interviniendo en algunos escándalos, que por la oscuridad de las cuentas dio con sus huesos en la cárcel (tema de los barcos de Rusia, por ejemplo). Otro consejero del Deseado fue el antiguo vendedor de agua de la Fuente del Berro, Pedro Collado, alias "Chamorro", que le hacía reír con sus chistes y gracias y burdas, natural de Colmenar Viejo, se encumbró á la servidumbre de Fernando, cuando todavía era príncipe de Asturias. Su lenguaje truhanesco y su cómica garrulidad le merecieron algunas confianzas del príncipe, e iniciado en la conspiración del Escorial, estuvo preso e incluido en la sentencia de aquella causa. Había servido entonces Chamorro de espía de los demás criados, y celaba también la cocina por encargo de Fernando, que temía le envenenasen la comida.


    Sentado en el solio el hijo de Carlos IV y de María Luisa, creció el favor de Chamorro; y habiendo acompañado al Monarca a Valençay, y elevádose a confidente intimo, regresó a España convertido en favorito. De tal suerte se había el Rey acostumbrado a las gracias y libertades de su criado, que no podía vivir sin su compañía, y en más de una ocasión esta planta, humilde pero venenosa, carcomió las raíces y abatió los cedros más excelsos. Se dice de este bufón que se jactaba de haber echado abajo un Ministerio con un chiste dicho al rey al tiempo de estarle desnudando. Si al recorrer los años, cuyo cuadro trazamos, vemos cruzarse las intrigas más torpes, y no les encontrarnos significado político alguno, será preciso buscar la solución en el recinto del gabinete real, donde, lejos de todas las miradas, se ataban los hilos de la red en que enredados los ministros caían y se levantaban según el impulso de los actores.


    No tardó en aparecer al frente de la camarilla, con desdoro del soberano a quien representaba, el bailío (agente de la administración real o señorial en un territorio determinado) Tattischetf, embajador ruso destinado en Madrid, estímulo y atizador de aquella fragua, siempre ardiendo y vomitando rayos contra la felicidad pública. El bailío ruso tuvo la destreza necesaria para persuadir a Fernando de las ventajas de su íntima alianza con Rusia para sostener el gobierno absoluto, culpando a los ingleses, como lo hizo Napoleón, de las novedades introducidas en España durante su estancia en Valençay. Fernando abrió, bajo los auspicios de Tattischeff, su cordial correspondencia con el emperador Alejandro. Según Villaurrutia, Tatischeff, con la ayuda de Antonio Ugarte (de quien hablaremos algo más detenidamente después), personaje destacado en la camarilla del rey, consiguió introducirse en este grupo, ganándose el favor real hasta 1820. Seis años pasó ejerciendo, según este historiador, funciones de valido y siendo el verdadero árbitro de la política exterior de España. Dice también Villaurrutia que ponía y quitaba secretarios de Estado sin más dificultad. Parece todo esto un poco exagerado, aunque es indudable la influencia que llegó a tener Tatischeff en la Corte y la existencia de una camarilla que trataba de llevar al rey a su redil. Se le entregó a Tatischeff, por sus gestiones para la firma del Acta de Viena y la Santa Alianza, el Toisón de Oro el 9 de julio de 1816, alta merced nunca hasta entonces concedida a un embajador extranjero, lo que supuso un escándalo en su momento, por ser una prueba más o menos palpable de la influencia de Tatischeff en el Gobierno. A todo esto, hay que decir el mal efecto que había tenido esta condecoración en los británicos, ya que Inglaterra temía que la alianza hispano-rusa le restara influencia en la Península después de tantos sacrificios en la Guerra de la Independencia.




    D. Antonio Ugarte vino a Madrid desde Vizcaya, su patria chica, a buscar fortuna, siendo muy joven. Por algún tiempo estuvo de criado de esportilla, o mozo de plaza en casa del consejero de Hacienda D. Juan José Eulate y Santa. En la misma casa pasó luego a escribiente, pero salió de ella por un asunto desagradable. Entonces se tuvo que dedicar a maestro de baile. Entre los discípulos pudo contar, por su fortuna, a una señorita de Búrgos, la cual tomó en empeño favorecer a su maestro coreográfico, proporcionándole tanto discípulos como algunos negocios en que fuera agente: llegó a serlo de Indias, y más adelante de los cinco gremios. La fortuna empezó a sonreírle, pero mucho más cuando tuvo la suerte de que el embajador de Rusia, barón de Strogonoff, le encargase la gestión de algunos negocios suyos particulares, que desempeñó con exactitud y esmero; de modo que habiendo de salir de Madrid el embajador precipitadamente en 1808, le dejó encargado de cuanto tenía en esta corte.
    En ella siguió sirviendo a tirios y troyanos y a cuantos le proporcionaban negocios durante la guerra de la Independencia, de modo que, habiendo de marchar a Rusia don Francisco Zea Bermudez (embajador español, que posteriormente en tiempos de la regencia de María Cristina fue encargado de formar gobierno), que tenía allí relaciones mercantiles, a fin de obtener recursos a favor de España y contra el usurpador, fue Ugarte quien proporcionó en Madrid el pasaporte francés, añadiendo a éste una carta para Strogonoff, que también entregó al Sr. Zea, el cual poco después estipulaba el tratado de Velikie-Luki, en 12 de Setiembre de 1812, con el conde Nicolás de Romanzofí. Mediante este Tratado por el cual el zar, Alejandro I, que había entrado en guerra con Napoleón establecía una alianza con España y reconocía la Constitución de Cádiz.


    Dos años después vino de embajador de Rusia a España el bailío Tattischeff, de quien ya hemos hablado, y a quien Strogonoff había recomendado a Ugarte. Éste le sirvió, no ya como agente de negocios, sino como confidente en sus relaciones diplomáticas, lo cual dio gran importancia al propio Ugarte, pues gestionaba en la camarilla por cuenta del embajador, el cual a su vez le realzaba en la corte, paseando con él del brazo y distinguiéndole con no pocos honores, causando así algo de envidia y no poca extrañeza a sus antiguos discípulos de baile y clientela.

    Fernando VII le confió el encargo de alistar la expedición que debía marchar al Rio de la Plata, para la pacificación de aquellos Estados. Faltaban buques, pero el bailío ofreció los que sobraban en Rusia, y al efecto se trajeron de allí á Cádiz cinco navíos y tres fragatas que estaban pudriéndose y casi desechados en los puertos de aquel país, que resultaron del todo inservibles para los mares meridionales y se pudrieron en la bahía de Cádiz, Costaron aquellas piraguas apolilladas quinientas mil libras, por lo que fue encarcelado en el alcázar de Segovia. Ugarte fue exiliado después de la revolución de 1820 y, tras restaurarse el régimen absolutista (1823), fue nombrado secretario del Consejo de Estado, pero, advertido el rey del poder que estaba adquiriendo, fue enviado como embajador a Cerdeña en 1825.
    Hay que decir también que gracias a su habilidad como intrigante, consiguió la caída del marqués de Campo Sagrado y su sustitución por Eguía.



    Otro de la Camarilla eran Blas Gregorio de Ostolaza y Ríos, confesor de Fernando VII en Valençay, peruano de nacimiento y cuyo padre era oriundo de la villa guipuzcoana de Guetaria. Excelente orador. Fue uno de los firmantes del Manifiesto de los Persas, por lo que fue premiado con el título de confesor y capellán de honor de Fernando VII. Este singular personaje fue nombrado director del Hospicio de la Misericordia de Murcia, pero su conducta con los hospicianos y con las jóvenes hospicianas fue tal que se le denunció en 1817 por corruptor, fue encerrado en las cárceles de la Inquisición y después enviado, por orden del rey, al convento de las Batuecas. De allí pasó a Sevilla, en donde se le siguió el proceso que la Inquisición había reclamado para sí. La llegada de la Constitución supuso su traslado en 1820 a la Cartuja, desde donde intrigó contra la Constitución. En 1823 fue desterrado a Canarias, donde se adscribe al partido liberal y, un año después, vuelve a la Península, a Orihuela, en donde publica otro Sermón contra los voluntarios realistas. En 1833, se unió a la causa carlista e intrigó en favor de los suyos hasta que, finalmente, fue detenido y luego fusilado. En resumen, cambiaba de bando conforme a las necesidades particulares. De absolutista y firmante de los Persas, a Liberal, y después a Carlista pasando por intrigante anticonstitucional.


    El duque de Alagón, Francisco Fernández de Córdoba y Glimes de Brabant (después Francisco de Espés), I duque de Alagón, señor y barón de Espés, barón de Alfajarín. Fue Jefe de la Guardia de Corps de Fernando VII y su consejero y amigo personal. Popularmente era conocido como Paquito Córdoba, individuo del real cuerpo de guardias de Corps, como hemos dicho, y que nunca había visto la cara al enemigo, supo hallar el camino para llegar en el corto espacio de cuatro años á ser duque de Alagon, grande de España de primera clase, caballero del Toison de Oro, gran cruz de Carlos III y capitan de la guardia de la real persona. Hubiera sido muy útil al Rey y a los españoles que semejante hombre no hubiese entrado jamás por las puertas de palacio, según palabras de D.Jose Presas. Otro integrante de la Camarilla, y otro guardia de Corps que en la historia de España supo valerse de las necesidades más intimas de una reina, o en este caso, de un rey, quien le concedió el grado de Capitán General, y quien le preparaba al rey amores extraoficiales, en ocasiones, junto a un conocido que ya hemos nombrado, Chamorro.


    Y aquí cabe adecuar un relato interesante sobre estas costumbres del rey, ya que, sabedores como eran los enemigos del Deseado de sus salidas nocturnas, se confabuló lo que se dió a llamar "La Conspiración del Triángulo", nombre que se dio a la intentona que una sociedad secreta masónica dirigida por el valenciano Ramón Vicente Richart, puso en marcha en febrero de 1816. Se le conoce como del triángulo porque acentuaban el secretismo actuando en grupos de tres personas. Cada uno de los conjurados tenía que buscar el apoyo de otros dos, a los que sólo él conocía y así sucesivamente. De modo que si caían en manos de la policía no pudiesen delatar más que a dos personas.


    En el mecanismo conspiratorio, estaban implicados militares y civiles, muchos de ellos masones ya que la masonería contribuía muy activamente en la difusión del liberalismo, pero debido al secretismo no podemos saber exactamente quien estaba detrás. El objetivo era asesinar a Fernando VII en una casa de citas y posteriormente proclamar la constitución de 1812. Además de Richart, pudieron participar en el intento de regicidio, Espoz y Mina, Rafael de Riego , Juan Díez Porlier y luis Lacy, pero esto se supo después, ya que en su momento era complicado de verificar, precisamente por su caracter esencial. El plan consistía en matar al rey de España cerca de la Puerta de Alcalá, cuando se dirigía durante sus paseos nocturnos a la cita habituales de su “vida privada”. Muchas noches salía el Rey de Palacio, disfrazado y sin más compañía que Chamorro y el duque de Alagón, dirigiéndose a casa de una hermosa andaluza llamada «Pepa la Malagueña», donde debía ejecutarse el plan del regicidio , en la habitación de aquella mujer, donde era fácil penetrar. La conspiración fue descubierta por una traición, cuya consecuencia fue la detención del director de la conspiración, el general Richard y un total de 50 sospechosos. Fueron juzgados y declarados culpables de traición y condenados a la pena de muerte sólo dos, el propio Richart, y su colaborador, Baltasar Gutiérrez, pues el mecanismo del triángulo impidió que se conociese quienes estaban implicados. La solidaridad entre los conjurados funcionó y el silencio en los interrogatorios hizo que a pesar de ser detenidos unos 50 sospechosos, como hemos dicho antes, no se pudiese imputar a muchos.
    El 6 de mayo de 1816 fueron ahorcados y posteriormente decapitados en la Plaza de la Cebada de Madrid. Conviene recordar este sitio, para más adelante, pues volverá a ser testigo de otro suceso importante.

    En un escrito de la época, se dice lo siguiente:
    »El mismo duque (se refiere al duque de Alagón), el conde de Puñonrostro (Juan José Matheu y Arias Dávila. 1802-1836. XII conde de Puñonrostro. Firmante de la Constitución de Cádiz, la Regencia lo nombró diputado suplente por Quito, de donde era natural), gentil hombre de cámara, y otros palaciegos, presumidos de graciosos, en las conversaciones familiares, procuraban con chistes y palabras lisonjeras persuadir a Fernando que nadie era capaz de sorprender su perspicacia.
    »No era fácil que el Rey pudiese presumir ni aún remotamente que éstos y otros palaciegos en aquella misma ocasión lo engañaban, pues entonces fue, cuando lograron para sí y para otros, empleos, dignidades, distinciones y la particular gracia con que S.M. premió su fidelidad mal entendida, con la cesión de una parte del territorio de las Floridas, en la que fueron considerados Alagón, Puñonrostro y D. Pedro Vargas, tesorero particular de S. M.; pero estos miserables, sin tener conocimiento alguno del estado de los negocios, y confiados únicamente en sus intrigas y manejos clandestinos, se vieron poco tiempo después, y cuando menos lo pensaban, privados de esta propiedad, lo que se verificó en virtud del tratado hecho con los Estados-Unidos, que S. M. ratificó en 25 de Octubre de 1820, a cuyo favor dió y donó en toda propiedad y soberanía la Florida Oriental y Occidental, anulando expresamente las tres concesiones hechas a favor del duque de Alagón, Puñonrostro y Vargas.»


    Estos eran, entre otros, los miembros de la "Camarilla", y decimos entre otros porque hubo algunos más, y de las más bajas escalas de la sociedad, pero por carecer de renombre e importancia, nos hemos limitado en poner aquí a algunos de los más importantes, para hacernos una idea de cómo funcionaba el gobierno del Deseado Fernando VII. Lo cierto, es que en la tertulia del regio Alcázar se despachaban asuntos de Gobierno, se elevaba o se decretaba la caída de altos funcionarios, se preparaban aventuras galantes, se repartían prebendas o cargos a políticos, se escuchaban delaciones y se premiaba a los delatores pues los tertulianos se denunciaban también entre sí, y se imponían castigos de puño y letra del rey.

    La popularidad real disminuyó de forma progresiva, y el malestar producido originó varias sublevaciones que fracasaron, pero triunfó la de 1820, que se conoce vulgarmente como la sublevación de Riego, de la que más adelante hablaremos, y que dio pie al Trienio Constitucional.

    Otra prueba de la nefasta actuación del gobierno de Fernando VII en esta época, es la política internacional, en cuanto a la defensa de los intereses de España, ya que se puede catalogar de desorientada. Prueba de ello fue la negociación llevada a cabo en el Congreso de Viena por el enviado de Fernando VII Pedro Gómez Labrador, Marqués de Labrador (Valencia de Alcántara 1772 - París 1850). Don Pedro Gómez Labrador fue un diplomático y noble español que representó a España en el Congreso de Viena (1814-1815). Labrador no consiguió los objetivos diplomáticos que se le encomendaron, que pasaban por restaurar en el trono de las antiguas posesiones españolas de Italia a los Borbones, que habían sido depuestos por Napoleón, y de restablecer el control de España sobre las colonias americanas, las cuales se habían rebelado durante la invasión napoleónica de España.


    El Marqués de Labrador ha sido casi universalmente condenado por los historiadores por su incompetencia en el congreso, en el cual España no logró ninguna de sus metas diplomáticas. En algunos libros de historia aparece que fracasó debido a: "... Su mediocridad, su carácter altivo y su total subordinación a los caprichos del círculo íntimo del rey, es decir, a la Camarilla, por lo que no consiguió nada favorable. El Duque de Wellington lo refirió como "el hombre más estúpido que he visto en mi vida". Lo único que consiguió fue el desprecio hacia los intereses españoles, como eran los derechos relativos a la devolución de Luisiana y el reconocimiento de las posesiones americanas. Su decadencia política se vio evidenciada posteriormente debido a su apoyo al Carlismo.

    No es nuestra intención formar aquí capítulo aparte, o adosado al principal sobre el papel de este hombre en lo que se refiere al famoso Congreso de Viena, pero, intentando hacer justicia histórica, es preciso mencionar que si realmente no se consiguió nada en el mencionado Congreso, no debemos juzgar como culpable absoluto al ilustre extremeño, prueba de ello puede servirnos tomando como base algunos documentos del Fondo documental del Marqués del Labrador. En un artículo de la revista La España, fechado el día 11 de septiembre de 1855 y Conservado en este fondo documental, se hace referencia al papel del Marqués en el Congreso de Viena y queda claro de que el Marqués defendió sus tesis con gran energía y patriotismo, pero no pudo hacer todo lo que le hubiera gustado, por las presiones recibidas desde la corte española:

    “La Revista invoca el grande interés que tendrá España en que su voz sea escuchada el día en que se trate de un nuevo arreglo territorial en
    Europa. Títulos más poderosos que ninguna otra nación nos asistían cuando en 1815 se hicieron los tratados de Viena, y sin embargo, sabido es el
    triste papel que representamos en aquel congreso. El espíritu de partido ha vulgarizado la especie de que los diplomáticos españoles sacrificaron
    vergonzosamente los intereses de su patria, y éste es un error manifiesto. El Marqués de Labrador, de cuya capacidad podrá haber muchos que duden,
    pero cuyo patriotismo está al abrigo de toda sospecha, hizo cuanto pudo para sacar el partido a que tan justamente tenía derecho España. No sólo
    abogó con energía en pro de los intereses que representaba, sino que protestó todos los actos y decisiones que consideraba perjudiciales, y llevó su
    tenacidad hasta tal punto que, por su negativa, estuvieron mucho tiempo abiertos los protocolos, y no los hubiera firmado de no haber recibido
    orden expresa de la corte de Madrid. Era tan grande la insistencia del Marqués, que fatigado un día Lord Wellington de sus repetidas protestas, le
    dijo en tono un tanto burlón, que hablaba como si fuera el embajador de Carlos V, a lo cual contestó Labrador con notable oportunidad «Si yo fuera,
    señor duque, embajador de Carlos V, no hablaría tanto, pero en cambio haría más de lo que ahora puedo hacer «. Con tan significativa respuesta
    queda explicado el Congreso de Viena por lo que respecta a España”.


    En resumidas cuentas, queda aquí de manifiesto que el verdadero culpable fue quien condujo la política exterior e interior de España, que bien pudo ser el propio rey, directamente, o la Camarilla a la que hemos aludido en el presente capítulo, pero no debemos obviar la responsabilidad directa de la toma de decisiones. En una de sus cartas, fechada el 20 de mayo de 1815, sobre el Congreso de Viena, Labrador dice lo siguiente:

    “... Los ministros de cuatro potencias que se creen árbitros de la
    Europa, se reunían y reúnen casi diariamente, pero lo que tratan o no lo
    sabemos los demás o lo sabemos por contrabando... He notado que los
    ingleses miran a Londres como el centro del Universo, y quieren que sea su
    gobierno el tribunal de apelación hasta del Congreso Europeo...”.
    Última edición por Aingeru; 13/10/2013 a las 18:44

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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    OPOSICIÓN Y CAÍDA DEL ABSOLUTISMO


    La caída del régimen absolutista, no podría explicarse sólamente por una simple pérdida de la popularidad, ya que esto, visto desde un ángulo más analítico e historiográfico y menos pasional, sería absurdo. Primeramente, entrarían en consideración los llamados ideólogos, partidarios por principios y convicciones del régimen liberal-constitucionalista, que en su mayor parte pertenecían a una clase social media, y de una cierta capacidad intelectual y profesional de cierta consideración, entre los que se encuentran, como no podía ser menos, la plana mayor de la facción liberal de las Cortes de Cádiz, junto con sus más allegados colaboradores. Ya hemos visto en el capítulo anterior cómo Fernando VII había hecho partícipes de su sexenio absolutista a hombres de ideal liberal como Martín Garay o León y Pizarro, con lo cual, de alguna manera, se podría desmentir el apelativo de "represión brutal" que se puede interpretar en algunos autores sobre esta época, por lo menos, en esta parte del reinado del Deseado Fernando VII, ya que las condenas impuestas a los encarcelados oscilaba entre los dos y ocho años de cárcel, en su mayor parte, y un importante número del resto, quedaron el libertad, incluso, como hemos visto, ocupando cargos en la Administración absolutista. Pero a decir verdad, aquéllos que habían luchado tanto por traer a España un Nuevo Régimen en el que creían ciegamente en contra de ese pasado glorioso que como vimos en el capítulo EL PASADO GLORIOSO DE LA DECADENCIA tantas desgracias ocasionó, no podían, como era lógico pensar, conformarse con una imposición forzosa, ingobernable y desastrosa teniendo en cuenta lo que hemos visto hasta el momento, y menos, de una manera autoritaria y absolutista, ya que paulatinamente y desde el principio de la restauración fernandina, el movimiento liberal se pone a trabajar desde una posición que en principio podríamos tildar de débil, pero no cabe duda de que se trata de hombres inteligentes, que saben ganar alianzas provechosas, como podrían ser gentes de negocios, cosa que en un principio, llama la atención de que en sus primeros albores de las Cortes de Cádiz, hubiera un número casi insignificante del mundo comercial o mercantil, aunque esto no quiere decir que el proyecto constitucional fuera rechazado de pleno por esta clase social, es sólo que más bien se prefería a gentes de letras, clérigos, juristas, abogados, profesores o catedráticos, en vistas de darle un impulso más intelectual y una gran capacidad oratoria para la hora de convencer.






    Entre las mujeres, que aunque su presencia no estaba "legalizada", por así decirlo, en el ámbito constitucional, se encuentran María Magdalena Fernández de Córdoba y Ponce de León, Margarita López de Morla y Virués, figura pública notable en Cádiz a principios del siglo XIX, era la promotora de una de las tertulias políticas de Cádiz de signo liberal o María del Carmen Silva, Lisboeta de nacimiento, y como se define a si misma, española por elección, editora de El Robespierre español, Doña María Tomasa Palafox y Portocarrero, duquesa de Medina Sidonia y Marquesa de Villafranca, mujer ilustrada, pintora, y semilla de la igualdad, entre otras dignas señoras.




    Ahora bien, en este momento al que nos referimos, posterior al primer descalabro Constitucional, el papel moneda se convierte en protagonista indispensable frente a la facilidad de palabra intelectual. Prueba de ello, sin lugar a dudas, fue la primera, y casi anecdótica, de Espoz y Mina (en realidad, su verdadero nombre era Francisco Espoz Ilundáin), participante también en la conspiración del Triángulo, de la que antes hemos hablado, quien encabezó una conspiración en Pamplona (1814),en la que un grupo de gentes del comercio respaldó la empresa en un intento fallido de proclamar la Constitución de 1812. Fracasada la intentona, tuvo que refugiarse en Francia.




    Los comerciantes de La Coruña, respaldaron y financiaron el intento de Juan Díaz Porlier en 1815, quien solicitaba la convocatoria de Cortes elegidas por el pueblo, las cuales deberían tener la libertad de realizar en la mencionada constitución los cambios que exigía la situación, pero fue traicionado por un grupo de 39 sargentos del 6º Regimiento de Marina comprados por un agente infiltrado en la columna que el mandaba, detenido y ahorcado en La Coruña en el Campo da Leña (actualmente Plaza de España, donde existe una estatua suya) el 3 de octubre de 1815, o la burguesía de negocios catalana, quien apoyó el intento de Luis Lacy y Gautier, quien junto a Milans del Bosch Arquer se pronunciaba a favor de la Constitución española en 1817. Fue hecho prisionero y murió fusilado en el castillo de Bellver de Palma de Mallorca el 5 de julio de 1817. mientras que Milans lograba escapar.


    Como vemos, es mucho más normal la participación en este tipo de conjuras de personas de la burguesía mercantil que de la industrial, posiblemente favorecidas por la doctrina liberal del libre cambio, que ofrecía mejores prespectivas al comercio. De todas formas, y analizando un poco el contexto de esta oposición al régimen absolutista, fuera aparte del innegable hecho de que era una política de fracaso, como hemos visto, más que nada por la difícil situación económica que era lamentable. La decadencia de la agricultura, fruto de 5 años de guerra y la crisis económica mundial. La restitución de los poderes de la nobleza y de la Mesta que provocó el malestar campesino. El inicio de la emancipación de las colonias americanas que era un amplio mercado que ayudaba a equilibrar la balanza comercial. La quiebra financiera: 850 millones de reales de gastos frente a sólo 650 millones de reales de ingresos y 12.000 millones de deuda pública, y la inoperancia del Absolutismo, cosas que ya han quedado explicadas en el capítulo anterior sobre los ministros y la camarilla.




    En resumen, tenemos ya, por tanto, los que podríamos denominar como tres elementos que configuran la insurrección u oposición violenta contra el Antigüo Régimen, que son, por un lado, los intelectuales del Liberalismo, que proporcionan el ideal, por otro lado, los que aportan el dinero, que son los hombres de negocios, más concretamente, como hemos podido ver, los comerciantes, y por último, la fuerza armada del sistema, es decir, los militares.






    En la Guerra de la Independencia, la intervención de los militares fue algo tardía, debido a la fidelidad al régimen establecido como norma fundamental, por lo que en un principio contó mucho y de forma fundamental el ejército irregular, cuya base eran las guerrillas que tanto daño hicieron al ejército imperial de Napoleón, y de la que salieron grandes hombres y mujeres que llevaron a cabo verdaderas hazañas de heroísmo, y debido a ello, y al entusiasmo de los guerrilleros y la euforia de las victorias, se llevaron a cabo ascensos no demasiado acordes con la normativa militar, y es que cabe recordar que aunque las Cortes de Cádiz suprimieron las pruebas de nobleza (para ingresar en las Academias militares era preciso hasta entonces demostrar pruebas de nobleza en el Antiguo Régimen) los ascensos de estos valientes guerrilleros no se llevaron a cabo de una forma demasiado legal, por decirlo así, aunque la regencia o las mismas Cortes de Cádiz no tuvieron más remedio que reconocer los méritos y las jerarquías militares alcanzadas por métodos irregulares, para a su vez, reconocer el mérito de estos audaces que estaban salvando a la nación.


    Una vez finalizada la Guerra, se planteó un problema, y es que no se sabía bien qué hacer con estos guerrilleros que se habían elevado a las más altas cimas de la Jerarquía Militar, pues algunos eran analfabetos, y con un sentido de la disciplina no demasiado acorde con el profesionalismo y el espíritu militar, recordemos que por ejemplo, Espoz y Mina era un campesino navarro, que apenas sabía leer, El Empecinado era jornalero y carbonero en un pueblo de Valladolid, Juan Díaz Porlier era un ocurrente idealista cadete que se hacía pasar por sobrino del Marqués de la Romana y hombres como Palafox, Castaños, Eguía o Elío por ejemplo, profesionales de carrera, tuvieron puestos clave al regreso de Fernando VII, y a los que venían de esa milicia irregular (Guerrilleros) se les rebajó un grado o dos en la escala, y fueron destinados a guarniciones de provincia. Esto provocó un descontento generalizado en esta parte del ejército (guerrilleros), prueba de ello, es que todas las intentonas militares sin excepción que se realizaron durante el denominado sexenio absolutista contra el absolutismo de Fernando VII están dirigidas por hombres de esta nueva rama del ejército.


    A lo largo del ya mencionado sexenio, se produjeron como se ha podido ver varios intentos de rebelión, o si se quiere, pronunciamientos en favor de la Constitución de 1812, o incluso de intento de rapto del rey en la Conspiración del Triángulo, es decir, que aparte de aparte de Espoz y Mina, Juan Díaz Porlier, el del propio Vicente Richart, la del mismo Conde de Montijo con el llamado Gran Oriente de la masonería española, cosa que sorprendió mucho a Fernando VII ya que en parte le debía la corona, de hecho, no fue detenido hasta 1819, casi tres años después. Poco después llegó la de Lacy, en Cataluña, la de Torrijos y Van Halen en Murcia, la de Polo en Madrid o la de Vidal en Valencia, que fallaban por la falta de apoyo popular o la de incluso entre los propios soldados que se negaban a obedecer a sus superiores.
    Entre los años 1814 y 1820, no transcurre un año sin que se produzca un pronunciamiento, o un conato de tal, pero no sería cierto afirmar que el hecho, refleja un intenso malestar generalizado desde el principio. Posiblemente lo fue al final, pero desde el principio, los impulsos son ciertamente individuales, y luego de ciertos grupos politizados, ligados casi siempre a las sociedades secretas, que supieron ganarse de forma muy hábil a la oficialidad joven e inquieta para la causa revolucionaria. El caso es que todas bajo la Revolución liberal fueron fracasando, pero hubo una, la última, a comienzos de 1820, que inesperadamente, consiguió triunfar. Nos referimos por supuesto, al Pronunciamiento de Rafael de Riego.






    Por primera vez, la soldadesca secunda el movimiento de sus jefes, y es que el ejército acantonado en las cercanías de Cádiz, destinado para marchar a América con el fin de intentar aplastar el movimiento separatista o de independencia de nuestras colonias, se sublevó el 1 de enero de 1820 a las órdenes del Comandante don Rafael de Riego, en Cabezas de San Juan, proclamando la Constitución de 1.812.




    En un acto calificado de solemne y brillante de parada militar , Riego emite el siguiente bando:


    " Las órdenes de un rey ingrato que asfixiaba a su pueblo con onerosos impuestos , intentaba además llevar a miles de jóvenes a una guerra estéril , sumiendo en la miseria y en el luto a sus familias. Ante esta situación he resuelto negar obediencia a esa inicua orden y declarar la constitución de 1812 como válida para salvar la Patria y para apaciguar a nuestros hermanos de América y hacer felices a nuestros compatriotas. ¡Viva la Constitución!"


    Los insurgentes trasatlánticos, en particular los argentinos, enviaron a Cádiz varios agentes con instrucciones muy concretas, las cuales trataban de ganarse a la oficialidad para la causa revolucionaria, y fomentar el temor a la aventura, hablando de barcos podridos, naufragios inevitables, de ratas que devoraban los pies de quienes dormían a bordo y de una "guerra a muerte" sin remisión y sin prisioneros. Lo cierto es que por muy ilusorias que pudieran parecer las amenazas, surgieron efecto, teniendo en cuenta que la mayor parte del trabajo, lo llevaron a cabo las logias gaditanas tales como "El Soberano Capítulo" y "El Taller Sublime", ganándose la simpatía de la oficialidad, entre la que se encontraban los "héroes de la isla" Riego, Quiroga, Arco Agüero y López Baños. El batallón Galicia, los siguió al completo, unos 5.000 hombres de los 20.000 que componían el ejército expedicionario.






    Aunque en un principio fracasó el intento de extender el movimiento a otras plazas de Andalucía, tampoco las tropas leales al rey hicieron demasiado por comprometerse. Todo fue algo parecido a una espera para ver cómo se resolvían los acontecimientos, hasta que el Coronel Acevedo respaldó el pronunciamiento en la Coruña. La rebelión se propagó a varias ciudades, aparte de la Coruña, fueron también en Pamplona, Barcelona, Cádiz y Madrid, donde los motines callejeros desconcertaron al monarca y a sus ministros. El conde de la Bisbal (Enrique José O'Donnell y Anethan), se sublevó al frente de las tropas que le había confiado el gobierno para sofocar el movimiento y el general Ballesteros, llamado por el gobierno para dirigir las tropas leales, hizo lo mismo. Aquí es importante reseñar un acontecimiento sobre este militar, Francisco Ballesteros, quien anteriormente había sido destituido en el Ministerio de la Guerra, debido a su caída en desgracia por culpa de la camarilla clerical de la corte y es que si bien es cierto que el 7 de julio de 1822, con su victoria sobre la guardia real se evitó la caída de la Constitución, como se verá, hay que decir que en su entrevista con el rey, en el Palacio Real, cuando se le ofreció para dirigir las tropas leales a la monarquía absoluta, en la entrevista no ha trascendido nada, pero lo que si es cierto es que después de la misma, el rey se resignó a jurar la Constitución de 1812 y publicó un manifiesto ya conocido (10 de marzo de 1820) en el que decía: "Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional", famosas palabras que retratan el dolo y el perjurio.



    Ballesteros, es nombrado Capitán General de Madrid después, dando pruebas de acrisolado liberalismo, formando parte de la sociedad de los "Comuneros", es enviado después por lel gobierno liberal para combatir a los cien mil hijos de San Luis, pero se retiró sin luchar hasta la batalla de Campillo de Arenas (Jaén). Tuvo que capitular el 21 de agosto de 1823, sin que se sepan los motivos ocultos que lo movieron, o los secretos compromisos adquiridos en su entrevista con el monarca.


    En la imagen, el manifiesto de Fernando VII.

    428px-Fernando_VII_jura_la_constitucion.png

    Hay que decir que Fernando VII, tuvo muchas opciones de reprimir esta sublevación que se fue generalizando poco a poco, pero parece ser, según muchas versiones, que quiso evitar el peligro de una guerra civil, aunque posteriormente se tomaran medidas que poco tenían que ver con la búsqueda de la paz, como veremos más adelante. Con este golpe de estado, termina el gobierno absolutista desarrollado por Fernando VII durante la primera etapa de su reinado, y se establece un gobierno liberal, es el denominado Trienio Liberal: 1820-1823, o Trienio Constitucional, como hemos dicho anteriormente, y del que en el siguiente capítulo hablaremos.

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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

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    EL TRIENIO CONSTITUCIONAL

    Cabe recordar los que en un principio fueron los parámetros en los que se basó la Constitución de 1812 de la primera época, por llamarlo de alguna manera, para compararlos con los de esta segunda, para que poco a poco, vayamos desgranando la declaración de derechos que, posiblemente tal vez por oportunismo, aparece repartida a lo largo de la Constitución, y comprobar que en ninguna de las dos etapas se resolvieron los problemas de los que adolecía la Nación, ni los resolvió tampoco el gobierno absolutista durante la primera época de su reinado, llamada sexenio absolutista. De esta declaración de intenciones, pues no la podríamos definir de otra manera, se desprenden la libertad civil, propiedad y demás derechos legítimos según su artículo 4, además de la libertad de imprenta (131), igualdad ante la Ley (248) y derecho de petición (373). La soberanía Nacional que recoge el artículo 3 es uno de los que mayores suspicacias atrae por parte de las líneas absolutistas además de la división de poderes, confiando el legislativo a las Cortes con el rey (15), el ejecutivo al propio rey (16 y 170) y el judicial a los Tribunales (17 y 242). La colaboración de la Corona en las tareas legislativas se realiza en virtud de la iniciativa legal (171), y del veto suspensivo, durante dos legislaturas, de los proyectos aprobados por las propias Cortes (142 a 152).

    Fuera de estas intervenciones que en realidad tienen un alcance limitado, la capacidad de decisión pertenece a las Cortes en cuya composición predomina la burguesía, y se excluye asimismo a quienes no tengan una cierta posición económica al exigir a los diputados una renta anual procedente de bienes propios (art.92). Este último artículo, parece chocar de forma especial con el propio ideal del liberalismo, pues si se declara como principio fundamental la igualdad de derechos, parece algo controvertido que se exija una cierta riqueza para acceder a la representación en las Cortes, en cierto sentido la búsqueda de una sociedad justa no casa con la exigencia de que se debe tener cierta posición económica. Las órdenes del monarca, deberán estar suscritas por el ministro del ramo correspondiente, al que se declara responsable de su gestión ante las Cortes, y aquí surge el otro de los principales problemas con los partidarios del absolutismo, además de que en lo referente a las relaciones del rey con las Cortes, se establece que el monarca no podrá impedir, suspender ni disolver sus sesiones.
    El llamado Trienio Constitucional (1820-1823), o Trienio Liberal, es una de las etapas más complicadas del siglo XIX en España, y se podría decir que por primera vez, entraba en vigor plenamente la Constitución española de 1812, y lo hace con incertidumbre y no carente de problemática, igual que lo hizo al principio de su nacimiento y al igual que lo hizo después del mismo la restauración de la monarquía absoluta. Primeramente, ya no era una unión liberal como lo fue en sus principios.

    La crisis de la economía nacional, en aquel año de 1820, pasaba por su peor momento, además de que las antiguas colonias americanas, aprovechaban la debilidad de la gran metrópoli para afianzar su independencia, en contra de lo que pensaron los ingenuos revolucionarios liberales, y pronto sobrevino la primera guerra civil de la historia contemporánea de España, que provocó una intervención extranjera, símbolo, una vez más, de la impotencia del pueblo español por resolver sus propios problemas.


    Pero empecemos por el principio. No podemos hablar en términos constitucionales de instauración, si no de restauración, ya que se hizo en nombre de algo previo, que ya se había declarado en su momento, y, precisamente aquí, surge la primera controversia, la familia liberal, se divide en dos facciones, los moderados y los exaltados, o doceañista y veinteañistas, con el tiempo, estas dos facciones representarían al partido moderado, los primeros, y al partido progresista, los exaltados. Los moderados o doceañistas fueron los que asumieron el poder, también eran llamados gaditanos, o facción templada, intentando un cambio con la corona, es decir, los “doceañistas” pretenderán modificar la Constitución buscando una transacción con el Rey. Para ello, defendieron la concesión de más poder al monarca y la creación de una segunda cámara reservada a las clases más altas, pero los exaltados o veinteañistas pretendían una ruptura con el Antiguo Régimen, pedían simplemente la aplicación estricta de la Constitución de 1812. Así empezaron los partidos políticos. La división liberal, se produce precisamente por eso mismo, ya que los que suben al poder no son precisamente los que hicieron y pelearon la revolución, si no los antiguos idealistas patriarcas del liberalismo español, los hombres de las Cortes de Cádiz, y a esto se limitó su capacidad legislativa en un primer momento, su acción se redujo a reproducir al pie de la letra todos y cada uno de los decretos de las Cortes de Cádiz de 1812, estuvieran o no conformes con los nuevos tiempos, con lo que podemos decir que no fueran demasiado originales, aunque de forma general el gobierno liberal restableció gran parte de las reformas de Cádiz: la supresión de señoríos jurisdiccionales y mayorazgos, de los gremios, de las aduanas interiores, desamortizaciones de tierras de monasterios, libertad de creación de industrias, abolición de la Inquisición, restablecimiento de las libertades políticas y de los ayuntamientos constitucionales, modernización de la política y la administración bajo los principios de la racionalidad y la igualdad, la amnistía de los firmantes del Manifiesto de los Persas y el cierre de las Sociedades patrióticas, la «Ley de reforma de comunidades religiosas» (1820), mediante la que se suprimen los monasterios de algunas órdenes religiosas y los conventos y colegios de las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Montesa y Alcántara; se prohíbe fundar nuevas casas religiosas o aceptar nuevos miembros. Y concedía cien ducados a todos los religiosos y monjas que desearan abandonar su orden.



    Crearon la Milicia Nacional, cuerpo de voluntarios de clases medias urbanas para garantizar el orden y defender las reformas constitucionales, hay que decir que las más drásticas de todas estas medidas se tomaron en la última fase del Trienio Liberal liderado por los exaltados o veinteañistas, van a aplicar una política claramente anticlerical: expulsión de los jesuitas, abolición del diezmo, supresión de la Inquisición, desamortización de los bienes de las órdenes religiosas... Todas estas medidas trataban de debilitar a una poderosísima institución opuesta al desmantelamiento del Antiguo Régimen. El enfrentamiento con la Iglesia será un elemento clave de la revolución liberal española. La división de los liberales introdujo una gran inestabilidad política durante el Trienio, asimismo, hay que volver a recordar que los diputados liberales españoles concibieron la nación como un sujeto indivisible, compuesto exclusivamente de individuos iguales, al margen de cualquier consideración estamental y territorial. Solo en ella, la nación, de forma exclusiva e indivisible, recae la soberanía, a diferencia de lo postulado por los realistas (en el rey y las Cortes) o los diputados americanos (en el conjunto de individuos y pueblos de la monarquía). Tal idea de nación suponía suprimir los estamentos y los gremios, eliminando los privilegios y fueros y las diferencias territoriales que existían entre los españoles. La nación española no sería ya un agregado de reinos o provincias con códigos diferentes, aduanas y sistemas monetarios y fiscales propios, sino por el contrario un sujeto compuesto exclusivamente de individuos formalmente iguales, como soporte de la unidad territorial legal y económicamente unificada.


    Al hablar de las medidas desamortizadoras de este periodo, cabe decir que , los gobiernos liberales del Trienio tuvieron que hacer frente de nuevo al problema de la deuda que durante el sexenio absolutista (1814-1820) no se había resuelto. Y para ello las nuevas Cortes revalidaron el decreto de las Cortes de Cádiz del 13 de septiembre de 1813 mediante el decreto de 9 de agosto de 1820 que añadió a los bienes a desamortizar las propiedades de la Inquisición española recién extinguida. Otra novedad del decreto de 1820 sobre el de 1813 era que ahora en el pago de los remates de las subastas no se admitiría dinero en efectivo sino sólo vales reales y otros títulos de crédito público, y por su valor nominal (a pesar de que su valor en el mercado era muy inferior). Por eso Francisco Tomás y Valiente lo consideró como el decreto "más extremista" de los que vinculaban desamortización con deuda pública.
    A causa del bajísimo valor de mercado de los títulos de la deuda respecto de su valor nominal, "el desembolso efectivo realizado por los compradores fue muy inferior al importe del precio de tasación (en alguna ocasión no pasó del 15 por ciento de este valor). Ante tales ventas escandalosas, hubo diputados en 1823 que propusieron su suspensión y la entrega de los bienes en propiedad a los arrendatarios de los mismos. Uno de estos diputados declaró «que por defecto de la enajenación, las fincas han pasado a manos de ricos capitalistas, y éstos, inmediatamente que han tomado posesión de ellas, han hecho un nuevo arriendo, generalmente aumentando la renta al pobre labrador, amenazándole con el despojo en el caso de que no la pague puntualmente». Pero no obstante aquellos resultados y estas críticas, el proceso desamortizador siguió adelante, sin modificar su planteamiento.

    En términos generales hay que decir que las medidas de desamortización tuvieron como consecuencia final la consolidación del régimen liberal. Pero sus sombras fueron muy importantes. No se produjo un aumento significativo de la producción agraria y la propiedad se concentró más, por lo que el escaso desarrollo agrario impidió una profunda revolución industrial. Se recaudó menos dinero del previsto pues la mayor parte de las compras se hicieron en Deuda Pública y esta se devaluó pronto, hubo bastante corrupción. En definitiva, la desamortización no cumplió las grandes esperanzas de realizar una profunda reforma agraria, ni condujo a la industrialización. Pero la desamortización fue inseparable de las dificultades de consolidación de un Estado liberal amenazado por los partidarios del Antiguo Régimen y con unos ingresos fiscales absolutamente insuficientes para hacer frente a los gastos, pero para comprender la importancia y el alcance de las medidas desamortizadoras pueden servir de orientación las cifras dadas por García Ormaechea y que fija la superficie sometida a señoríos eclesiásticos y órdenes militares en 9.093.400 aranzadas, lo que equivale a un 16'5 por 100 del total de la superficie cultivada. Aunque a estas cifras haya que añadir las correspondientes al clero secular, y los bienes de propios, baldíos y comunales, difíciles de calcular, no cabe duda de que las distancias con respecto a las dadas para la nobleza eran considerables. Quizá sólo cabría resaltar el hecho de que las propiedades eclesiásticas, muy inferiores en cantidad respecto a las nobiliarias, eran sin embargo, mejores en calidad.

    Godoy ya se planteó en su momento la desamortización una finalidad estrictamente económica como era la de sufragar los gastos de la guerra y amortizar la creciente deuda pública.
    Pero una cosa es el planteamiento y otra la realización que, según Richard Herr, vino a ser un reparto de tierras a bajos precios entre la nobleza, altos cargos de la administración y amigos de Godoy. Se puede decir que el rendimiento de la operación fue más bien escaso entre 1.430 y 1.600 millones de reales. Pero tal vez más importante que el éxito financiero fue que no creó una nueva clase social, ni reforzó el poder de la burguesía, sino al contrario vino a aumentar la prepotencia de la aristocracia. Por otra parte dejó a los beneficiados e institutos benéficos en la miseria y a los campesinos que venían trabajando dichas tierras en una situación más inestable y precaria.

    En tiempos de José I tuvo unas características muy especiales. Nacida a imitación de la francesa, no pudo superar las dificultades planteadas por la guerra y terminó en una farsa sin sentido. La mayoría de los conventos y monasterios fueron clausurados y sus propiedades repartidas entre los ministros y fieles servidores del rey incluso sin que llegaran siquiera a subastarse.

    Con el triunfo del pronunciamiento de Riego y la instauración de la Constitución de 1812 es lógico que se restableciera la legislación emanada de las Cortes de Cádiz. Efectivamente el decreto de la Regencia de 13 de septiembre de 1813 se convirtió después de una breve discusión en las Cortes, en la ley de 9 de agosto de 1820. Las primeras Cortes del Trienio se declaraban así fieles seguidoras de sus predecesoras las de Cádiz. No es por ello de extrañar que siguiendo el camino marcado por los diputados doceañistas, reintegrados a la vida política tras varios años de encarcelamiento o exilio, aprobarán rápidamente la ley con la finalidad de amortizar la deuda pública, aumentar la base burguesa del nuevo régimen y propiciar en alguna medida la mayor participación ciudadana en la desamortización al admitir el pago en dinero lo que al mismo tiempo beneficiaría al erario y, finalmente, reformar el clero regular. Si en un principio los diputados estuvieron obsesionados por el peso de la cuantiosa deuda pública, estimada en 14.000 millones de reales, y por la defensa de la propiedad individual para ampliar la base burguesa, pronto surgiría entre ellos un grupo de exaltados liberales entre los que destacaban Sancho, Díaz del Moral y Ezpeleta que reclamarían la atención del Congreso sobre la proyección social de la desamortización. Así el valenciano Sancho defendió los beneficios que reportaría al país la posibilidad de que el pago de las fincas se hiciera en cinco años con el recargo de un interés módico. Díaz del Moral, Ezpeleta y Cepero llevaron más allá la proyección social al pedir que en las subastas se debía dar preferencia a los colonos o inquilinos, por el precio en que fuera rematada la finca. Sin embargo, estas proposiciones fueron consideradas por los diputados como inadmisibles por varias razones, entre otras, porque ello supondría el origen de innumerables fraudes y pleitos y porque era un privilegio para los entonces arrendatarios y enfiteutas (la enfiteusis es el derecho real por el cual se entrega en forma perpetua o por largo tiempo el dominio útil de un inmueble, reservándose el propietario su dominio directo a cambio del pago de un canon o pensión anual que le efectúa el enfiteuta) y lo que es más relevante Romero Alpuente replicó que podía significar el que la nación se quedara sin tierras y además con la deuda.

    Pero pronto cambiaría la postura del gobierno y de las Cortes. A primeros de marzo de 1821 el ministro de Hacienda Canga Argüelles daría la voz de alarma ante la inestabilidad política y del hundimiento de la economía, escasos rendimientos de las exacciones fiscales, depreciación de la deuda y propondría una serie de medidas encaminadas a aumentar la base popular del régimen mediante la concesión de largos plazos para el pago de las fincas y la aceleración de la venta por la simplificación de los trámites. En un esfuerzo por favorecer a los colonos, Alvarez Guerra propuso un mes más tarde el que las propiedades eclesiásticas les fueran concedidas en censo redimible.
    Estas nuevas orientaciones se vieron plasmadas en el decreto de 29 de junio de 1821 por el que se volvía a insistir en la subdivisión de las fincas y la venta de las pequeñas (valoradas en menos de 6.000 reales) por dinero metálico pagando dos terceras partes de su tasa o todo en diez años. Así mismo se daba la oportunidad a los colonos de los bienes del clero regular de convertirse en propietarios pagando la valoración oficial en veinte años, con recargo del uno por ciento, de interés anual.

    Sin embargo, estas medidas quedaban anuladas al aplicarse sólo en el caso de que las fincas no tuvieran postor en deuda pública. Estaba claro que tanto los diputados de Cádiz, como los del Trienio, en sus medidas desamortizadoras no iban más allá de una Reforma agraria liberal. Por otra parte era comprensible en un sector social tan preocupado por la propiedad privada individual y por la amortización de una deuda pública cada vez más apabullante y, además, era lógico que la burguesía, a la que había costado tanto conquistar el poder, tratara de consolidarse en él a costa del clero regular, de los colonos y pequeños y medianos propietarios rurales. Los remordimientos fueron escasos, por no decir nulos, a pesar de las protestas de los colonos. Las consecuencias más importantes de la Desamortización de 1820- 1823 fueron, en el aspecto económico, el poder amortizar parte de la deuda pública, si bien su enorme cantidad sepultó los posibles efectos beneficiosos de la operación.



    En cuanto al término de la división liberal, no hay que mirar esta división entre doceañista y veinteañistas como una división generacional, ya que no existía por así decirlo un diferencia en edad, pues doceañistas como Argüelles, Toreno o el propio Martínez de la Rosa son realmente tan jóvenes como Riego, Quiroga o Antonio Alcalá Galiano ( hijo del marino Dionisio Alcalá Galiano, muerto en la batalla de Trafalgar) que representan a los veinteañistas. El término doceañista proviene del arraigo a los constitucionalistas de las Cortes de 1812, y el de veinteañistas de la Revolución de 1820, por lo tanto ni unos ni otros representan épocas distintas. Sí existe una diferencia en cuanto a la cultura y las formas, es decir, los hombres que toman el poder, los que forman el primer gobierno como Argüelles, Canga, García Herreros, Pérez de Castro fueron diputados constituyentes doceañistas, que en su mayor parte intelectuales, educados en el ámbito dieciochesco de la Ilustración prerrevolucionaria, cultos, teóricos y dotados de una espléndida facilidad de palabra que manejan las ideas con soltura, cosa que admiraban los veinteañistas, pero que ya no entendían, ni participaban de ello. Entre éstos últimos, los veinteañistas, se encontraban militares como el propio Riego, Quiroga, López Baños, Evaristo San Miguel, y otros civiles como el propio Antonio Alcalá Galiano, comerciantes como Istúriz, Romero Alpuente o Álvarez Mendizábal, que no eran gente inculta, pero ninguno frecuentó la Universidad, y eran de una educación algo mediocre y de un nivel social inferior a los doceañistas. Los veinteañistas eran gentes que habían conspirado en las logias y en los regimientos, habían arriesgado sus vidas para triunfar casi de milagro, eran más activos e inquietos, más aventureros, algo más parecido a lo que luego se llamaría el Romanticismo, en definitiva, contrarios a la parte doceañista que luego representaría el conservadurismo liberal, o el liberalismo conservador.


    Se formó, pues, el primer ministerio constitucional, presidido por un hombre que se encontraba, como otros, en prisión, integrado por doceañistas ilustres que como hemos dicho, algunos pasaron desde los presidios desde los que cumplían injusta condena, y en su mayoría habían participado en las Cortes de Cádiz.
    Eran propietarios, grandes comerciantes e industriales. Defendían la participación de la Corona en el proceso reformista, el sufragio censitario y unas cortes de doble cámara. El rey, que nunca acató con sinceridad el régimen constitucional, llamaba a sus ministros "los presidiarios", Agustín de Argüelles, apodado "El Divino", fue el primero a quien el Rey le había nombrado ministro de la Gobernación, para su sorpresa. En el mismo Gabinete estaban Pérez de Castro, Canga Argüelles, García Herreros, Antonio Porcel y Pedro Agustín Girón, el Marqués de las Amarillas. Fernando VII denominó a este primer Gobierno liberal, como ya se ha comentado, el de "los presidiarios", ya que todos menos Girón habían sido presos políticos después de 1814. El Ejecutivo se mantuvo entre junio de 1820 y marzo de 1821, ni siquiera un año, después vinieron otros doceañistas presididos por Martínez de la Rosa, (llamado «Rosita la pastelera» por su espíritu conciliador). Esta facción moderada gobernó hasta 1822.


    Durante aquellos meses Argüelles y el resto del Ministerio tuvieron que enfrentarse a la tensión y a la violencia tanto de los que, a su izquierda, creían que la revolución no había terminado, los exaltados, como de los que, a su derecha, pretendían la vuelta al absolutismo, los realistas. El mismo Argüelles confesó que tenían que gobernar "conteniendo la revolución".





    Tanto este gobierno, el de Argüelles, como los presididos por Felíu, Martínez de la Rosa, Bajardí, y el de don Evaristo San Miguel trataron de acreditar el gobierno constitucional pero se encontraron no sólo obstaculizados por las pasiones políticas de los propios liberales que ya se encontraban divididos, si no por la más grave de las dificultades, que fue la resistencia del rey y los absolutistas. El rey boicoteó de forma sistemática las reformas liberales, tanto en la primera legislatura (9 de julio de 1820 a 9 de noviembre de 1821), como en la segunda de 1822-1823. Por ejemplo, vetó la ley de abolición del régimen señorial en 1821 y 1822,
    aprobándose muy tarde en mayo de 1823, de manera que no tuvo ningún efecto para el campesinado. De hecho, el nombramiento en el mes de noviembre de 1820 del nuevo capitán general de Castilla la Nueva, José de Carvajal, sin el refrendo del Secretario de Despacho, como era preceptivo, significó la primera infracción del monarca a la Constitución. Trataba despectivamente a sus ministros, derramaba el oro en conjuras anticonstitucionales, levantaba partidas que se titulaban Ejércitos de la Fe, que alentados por las conspiraciones del rey y espoleados por la grave crisis económica pronto surgieron movimientos de protesta contra el gobierno liberal en Madrid.



    Para más penurias que sumar, aparecieron nuevas sociedades secretas, los Comuneros, a cuyo frente se hallaba Riego, y era una sociedad secreta cuyo nombre, Comuneros, lo toman de la sublevación del siglo XVI. La sociedad trataba de ser una alternativa radical a los masones, y entre sus ideales estaban los de tratar de rescatar las luchas por las libertades. Su pensamiento puede catalogarse de democrático radical y republicano. Contaron con un periódico con el significativo nombre de El eco de Padilla, y tenían su propio himno, el himno de Riego, que era el himno que cantaba la columna volante del entonces Teniente Coronel Rafael de Riego tras la insurrección de éste contra Fernando VII el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan, aunque también había quien cantaba el Trágala, que fue la canción que los liberales españoles utilizaban para humillar a los absolutistas tras el pronunciamiento militar, a principios del Trienio Liberal. También apareció la sociedad de los carbonarios, que aspiraban sobre todo a la libertad política y a un gobierno constitucional. Pertenecientes en gran parte a la burguesía y a las clases sociales más elevadas, se habían dividido en dos sectores o logias: la civil, destinada a la protesta pacífica o a la propaganda, y la militar, destinada a las acciones armadas, también hubo nobles entre sus miembros, y también aparecieron ciertas sociedades patrióticas modeladas al estilo de los clubs de la Revolución francesa, como la del Café de Lorenzini (Puerta del Sol), o La Fontana de Oro, aunque posteriormente fueron suprimidas para evitar algaradas como ocurrió con la aparición de Riego en Madrid, con el argumento de no ser necesarias para el ejercicio de la libertad.
    Más influyentes que las sociedades patrióticas fueron las sociedades secretas entre las que destacó la masonería que, como reconoció en su tiempo el marqués de Miraflores, perdió su objetivo filantrópico para sustituirlo exclusivamente por el político.

    Los llamados Veinteañistas o liberales exaltados, eran en su mayoría jóvenes seguidores de Riego, entre los que estaban el propio Riego, Quiroga, Mendizábal y Alcalá Galiano (hijo).
    Su lema era "Constitución o muerte", es decir pretenden conservar íntegramente la Constitución de 1812 ampliando al máximo el liberalismo, y la monarquía debía limitarse a funciones suplemente ejecutivas. Defienden el Sufragio Universal masculino, Cortes de una sola cámara y libertad de opinión. Gobernaron entre 1822 y 1823, a partir de la Revolución Exaltada, y una vez en el poder (desde el verano de 1822 y presididos por Evaristo San Miguel, primero y Flores Estrada, después) moderan sus actitudes, que hasta el momento habían sido de tensiones, sublevaciones y revueltas, pudiendo calificarse de una Revolución dentro de otra Revolución. Sus principales medidas fueron la Libertad de industria y abolición de los gremios, que restablecían los decretos de las Cortes de Cádiz de 1813, la supresión de los señoríos jurisdiccionales y de los mayorazgos. Sin embargo, los antiguos señores se convierten ahora en los nuevos propietarios y los campesinos en simples arrendatarios que podían ser expulsados si no pagaban sus rentas, la Reforma Fiscal. Se trató de imponer una contribución única sobre la propiedad de la tierra, que no llegó a ponerse en vigor debido a la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis.

    La Política religiosa, estuvo marcada por el anticlericalismo produciéndose la supresión de la Inquisición, expulsan a los jesuitas, redujeron el diezmo al 50% a favor del Estado. De esta forma, pretendía rebajar la deuda pública y ganarse la confianza de los acreedores, y pusieron en venta tierras de los conventos y monasterios de menos de 24 frailes, o en pueblos de menos de 450 vecinos, incluidos los monasterios de Montserrat y Poblet, aunque esta medida no llegó a ser totalmente puesta en práctica, en un año, los 2000 conventos españoles se reducen a la mitad.

    Las consecuencias de toda esta política eclesiástica fueron graves. Los conflictos con Roma, la ruptura de la Iglesia y el Estado Liberal, el desgobierno de las diócesis por la expulsión de ocho Obispos que se opusieron a la aceptación de tales medidas, otros cinco obispos huyeron al ser perseguidos, uno fue apresado y otro asesinado (fray Ramón Strauch, Obispo de Vich). En 1823 había quince diócesis vacantes por defunción, once tenían sus obispos exiliados y seis se hallaban en situación cismática por la designación anticanónica de sus vicarios. También en 1823 se procedió a la expulsión del Nuncio. Además de todo esto, dentro del clero se produjo una escisión interna ya que hubo eclesiásticos liberales radicalizados y, en las listas de unos cuatro mil individuos pertenecientes a la masonería, se encuentran hasta ciento noventa y cuatro eclesiásticos. Por otro lado, hay que decir que la mayor parte del clero realista se radicalizó también, sumándose de hecho o de forma potencial a la insurrección armada de la Regencia de Urgell, produciéndose asimismo algunas divisiones dentro de los propios conventos o de las mismas comunidades fomentándose la discordia. La exacerbación de parte del clero y de los fieles contribuye a revestir de apariencia religiosa la guerra civil de la que seguidamente hablaremos, pues en gran medida, los realistas de entonces se proclamaban defensores de la libertad de la Iglesia y los liberales invocan al carácter pacífico del Evangelio no respetado por los otros. El conflicto estaba servido.


    En cuanto a las Reformas militares, se mejoran los sueldos del ejército y se reforzó la Milicia Nacional, que tras la sublevación de Riego, llegó a contar con 120.000 hombres afiliados. Obligaba a disciplinas, a guardias nocturnas. Con el tiempo se dirigen contra los moderados (no contra los realistas) provocando un ambiente de preguerra civil.


    La mayor libertad de opinión permitió el desarrollo de una potente prensa de signo liberal (La Avispa, El Patriota, El Vigilante Constitucional o el Sabañón) y junto a ellos de panfletos y hojas volanderas.


    En 1822, la situación del país se deteriora y la guerra civil, buscada por los absolutistas y por la
    cada vez más insostenible situación política en que se hallaba la Nación, estalla como un previsible incendio, sus comienzos fueron cuando el 7 de julio se sublevaron los cuatro batallones de la Guardia Real que estaban en el Pardo y entraron en Madrid vitoreando al rey absoluto, pero fue rápidamente aplastada por la Milicia Nacional, que era una guardia cívica creada por el nuevo régimen, como ya se ha comentado, y los enfrentamientos entre la mayoría exaltada de diputados y el gobierno moderado se incrementaron aún más. En medio de la división del liberalismo, se desató esta guerra civil en el verano de 1822 con los levantamientos realistas de Cataluña, Navarra y el País Vasco, de las que hablaremos y nombraremos a algunos de sus protagonistas. En mitad de todo esto, los exaltados o veinteañistas, que ya habían dado muestras de su influencia en el gobierno, accedieron por completo al poder, y el rey se vio obligado a nombrar el 5 de agosto un nuevo gobierno encabezado por Evaristo San Miguel, que si bien, como ya se ha dicho, intentó poner algo de orden en la situación, lo cierto es que la misma se radicalizó de forma brutal, y prueba de ello fue que las represiones contra los realistas fueron en aumento. Un ejemplo fue la de don Matías Vinuesa, cura de Tamajón, acusado de conspirador, fue asesinado a martillazos en la cárcel y su cadáver arrastrado por las calles.

    Por esas fechas se haría tristemente famosa la Tartana de Rotten, así la definiría una publicación de la época:


    " el Brigadier liberal Antonio Rotten, de origen suizo, y de la secta comunera, se excedió en crueldades. Encarcelados en Manresa graves ciudadanos y sacerdotes (uno había 'de ochenta años), pretextó cambiarlos de prisión. Conducidos en tartanas hasta «los tres roures» de La Guardia, asesinaron a los veinticuatro santos varones, a tiros y bayonetazos (17 de noviembre de 1822). El procedimiento de fingir un traslado para llevarles a morir, se vinculó de tal modo en Rotten, que, ya en Barcelona, cobró fatídica fama «la tartana de Rotten".



    La contrarrevolución realista se concretará en la aparición partidas de campesinos fuertemente influenciados por la Iglesia en el País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. Alentados por estas protestas, la oposición absolutista se aventuró a crear Regencia Suprema de España en Urgel, cerca de la frontera francesa. Trataban así de crear un gobierno español absolutista, alternativo al liberal de Madrid. El fracaso de la Regencia de Urgel hizo evidente para Fernando VII y los absolutistas que la única salida para acabar con el régimen liberal era la intervención de las potencias absolutistas europeas, empezaba a plasmarse el ideal de solicitar la ayuda internacional en la intervención del devenir de la historia contra la Constitución de 1812.


    Por ejemplo, en Cataluña la partida más importante era la del llamado "Trapense",(Antonio Marañón “el Trapense”), fraile arrojado y valeroso, con aire de asceta, que llevaba el crucifijo al pecho y al cinto el sable y la pistola, famoso por su crueldad y fanatismo, conquistando un pueblo tras otro y matando despiadadamente a cualquier prisionero liberal. Su más conocida hazaña fue la del asalto y ocupación de Seo de Urgel, en 1822, llevada a cabo por el levantamiento absolutista de Romagosa en contra del Gobierno liberal de Rafael de Riego, a pesar de estar defendida por numerosas tropas y sesenta piezas de artillería.


    Otro famoso puede ser Jerónimo Merino Cob (Villoviado, Burgos 1769 - Alençon, Francia, 1844), conocido como «El Cura Merino», fue sacerdote y guerrillero español, quien no se debe confundir con su contemporáneo Martín Merino, también apodado "el cura Merino".


    A este último, como ya hemos avisado, no hay que confundirlo con Martín Merino y Gómez (Arnedo, 1789 - Madrid, 7 de febrero de 1852), llamado el cura Merino o el apóstata, fue un religioso español y activista liberal, hijo de una familia de labradores castellanos del Valle de Arnedo, a principios del siglo XIX ingresó en un convento franciscano de Santo Domingo de la Calzada, que abandonó al estallar la guerra de independencia para unirse a una partida de guerrilleros que actuaba en la provincia de Sevilla; se ordenó como sacerdote en 1813 en Cádiz; al terminar la guerra volvió al convento hasta 1819, fecha en la que debido a sus ideas liberales se exilió en Agens (Francia).
    En 1821 regresó a España y se secularizó; en 1822 fue amonestado por increpar e insultar al rey Fernando VII y poco después tomó parte en los sucesos de julio de ese mismo año en Madrid, por lo cual estuvo preso durante unos meses, fue más conocido por haber llevado a cabo un intento de regicidio contra la reina Isabel II en 1852, quien se salvó de una cuchillada gracias a las ballenas de su corsé, y por cuyo atentado fue ejecutado. Este hombre no podría considerarse más que un pobre loco de la época.
    Imágen de Martín Merino:

    Martín Merino.jpg

    En este estado de cosas y de sucesos que se iban agrandando hasta constituirse en un problema de gran magnitud, dio comienzo lo que sería la primera guerra civil de la historia contemporánea de España. A las guerrillas realistas, de las cuales ya hemos comentado alguna, cabría añadir la de Manuel Adame de la Pedrada, más conocido como El Locho, la de Pedro Zaldívar o Pedro José Bernabé Zaldívar Rubiales, que luego se uniría a la de El Locho, la de Ignacio Alonso de Cuevillas, la de Agustín Saperes o Saperas, más conocido como "El Caragol", o la de Joaquín Ibáñez, el barón de Eroles, en total, podrían llegar a identificarse unas cuatrocientas partidas insurrectas. Lo cierto es que se trata de una guerra civil generalizada, difusa, pero sin organización, y se trata de aunar aquel movimiento de protesta dotándolo de organización mediante la Junta de Bayona, presidida por Eguía, primero, y la Junta de Toulouse dirigida por el marqués de Metaflorida, Bernardo Mozo de Rosales, que desembocó finalmente en la Regencia de Urgell por medio de Don Joaquín de Ibáñez Cuevas y de Valonga, Barón de Eroles, marqués de la Cañada, capitán general del Ejército y del Principado de Cataluña, abogado, miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, Caballero de la Orden de Carlos III y de la Cruz Laureada de la Militar de San Fernando, comendador de la Orden de San Luis y oficial de la Legión de Honor del reino de Francia, guerrillero y vocal de las Regencias de Urgel y Madrid. El intento de este último por regularizar la guerra, resultó un completo fracaso, teniendo en cuenta que también en el bando realista se escinde en dos facciones, los ultras, o realistas puros, y los aperturistas, más moderados, aunque esto no fuera causa principal del fracaso de regularización de la guerra, la causa fue que las tropas estaba mal pertrechadas, carentes de bases, de mandos experimentados y de una auténtica instrucción militar.


    En la imagen, el cuadro de Goya Duelo a garrotazos o la riña. Es una de las Pinturas negras que Francisco de Goya realizó para la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que el pintor adquirió en 1819. Esta pintura ha sido vista desde su creación (1819-1823) como la lucha fratricida entre españoles; en época de Goya las posiciones enfrentadas eran las de liberales y absolutistas. El cuadro fue pintado en la época del Trienio Liberal y del ajusticiamiento de Riego por parte de Fernando VII, dando lugar al exilio de los afrancesados, entre los que se contó el propio pintor. Por esta razón el cuadro prefigura la lucha entre las Dos Españas que se prolonga en el siglo XIX entre progresistas y moderados, y en general en las posturas antagónicas que desembocaron en la Guerra Civil Española.

    Duelo a garrotazos, de Goya..jpg


    Ateniéndonos a las referencias de algún historiador, podemos definir aunque no de una forma totalmente generalizada, esta guerra civil es un enfrentamiento entre el campo, y la ciudad, ya que el liberalismo es un fenómeno eminentemente urbano y patrimonio de la burguesía, aunque si bien resultaría erróneo decir que todos los ciudadanos de núcleos importantes de población piensan en liberal. Por el contrario, el campo mantiene con mayor apego la fidelidad a las viejas tradiciones, prueba de ello es que es en el medio rural donde el clero cumple un papel muy importante en el control de las mentalidades colectivas, debido al malestar por las medidas anticlericales tomadas por el liberalismo más reaccionario al final del Trienio Constitucional, y el fracaso de la política de desamortización eclesiástica que causaron gran malestar en la gente del campo, y en el propio clero en sí. Resumiendo lo que dio de sí esta guerra, podemos decir que el gobierno moviliza las exiguas tropas de que dispone por todo el territorio, pero la resistencia no deja de ser puntual. De esta manera, el centro está defendido por Enrique José O’Donnell, I Conde de La Bisbal (Donosita-San Sebastián, Guipúzcoa, 1776-Montpellier, Francia, 1834). Asturias y Castilla son territorios de Pablo Morillo, y Francisco Espoz y Mina (Idocín, Navarra, 1781-Barcelona, 1836) resiste en Cataluña. Pero esta contención pronto se manifiesta ineficaz, dejando el camino libre hasta Andalucía. El Gobierno y las Cortes recurrirán al cambio de sede que ya practicaran en la Guerra de la Independencia. Se declara incapacitado al monarca, quien es retenido en Cádiz, lugar donde acabarán refugiándose. En 1823, los dos bandos están agotados, y la guerra civil parecía ya endémica cuando de pronto, vino a cambiarlo todo una intervención extranjera.




    Más que una revolución frustrada, podríamos definir el final de esta etapa como una derrota militar, de la que hablaremos en algún capítulo más adelante, y una represión política brutal. La propia diferencia entre los constitucionalistas que acabó en una división traumática, así como una contrarrevolución interna, apoyada por sectores proclives al Antiguo Régimen y los campesinos perjudicados por las medidas liberales, así como el clero, unido a una creciente desconfianza de las clases propietarias de la burguesía que apoyaban al régimen liberal por la falta de profundidad y convencimiento en el mensaje contribuyeron al fracaso de la tentativa constitucional, falto de una administración efectiva en manos de funcionarios carentes de preparación. Se ha dicho que el carácter efímero de la Constitución de 1812 radica en su carácter excesivamente teórico y por su racionalismo utopista. Sin duda el articulado del texto es farragoso e incluso contiene contradicciones y no recoge una declaración completa de derechos, entre otros el derecho de reunión y de asociación, que fueron objeto de debate en las Cortes del Trienio y en la prensa. Aún así, es referente de libertad durante una época de absolutismo heredada de un Antiguo Régimen y arraigada en una sociedad acostumbrada a una tiranía secular, por lo que sería injusto sostener que aquellos liberales fueran todos malos políticos porque fueron incapaces de sostener y afianzar el constitucionalismo, sabiendo como hemos visto, el cariz de la fuerza que se encontraron en frente, pero también es justo decir que no se detuvieron a contar con el apoyo del pueblo llano, o por lo menos, de la mayor parte de la sociedad.

    Merece la pena subrayar el papel de la masonería en esta época de revoluciones, levantamientos, pronunciamientos tumultos conspiratorios, a la que contribuyen los cuatro mil oficiales ex prisioneros de guerra en Francia, donde habían asimilado las ideas políticas del liberalismo. Algunos habían ingresado en las logias militares masónicas. La Masonería fue, por supuesto, un canal de comunicación entre liberales y militares durante aquel periodo, y de un modo concreto en la fase conspiratoria del alzamiento de 1820, pero cabe aclarar que principalmente, no fuero esto los militares de carrera, como ya se ha explicado anteriormente en este mismo capítulo, resaltando, sobre todo, la masonería gaditana. También, como se ha visto ya, la masonería tuvo su papel dentro, incluso, de la propia Iglesia.

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