IX. ESPÍRITU DE LA ESPAÑA VISIGODA
- En el umbral de la nueva época
El sentido universalista, verdaderamente católico y cristiano, que hemos descubierto en el genio de la raza, al estudiar su actuación durante el Imperio, en sus dos fases, la pagana y la cristiana, perdura y da nuevos y más lozanos frutos al producirse la irrupción de los bárbaros que, dispersando la romanidad y descentralizándola, vino a convertirse en poderoso coeficiente del nuevo imperialismo cristiano, que tuvo su culminación en plena Edad Media.
Para castigar las abominaciones de la Roma Imperial y el delito de sangre cometido en la persona de los mártires, Dios arrojó sobre ella un enjambre de bárbaros. La confusión entonces fue enorme.
El sobresalto y la desorganización, motivados en el Imperio con la acometida de los bárbaros, y que se adueñó particularmente de su cabeza, dio lugar a movimientos aislados de reacción y autónoma defensa en cada una de las provincias que formaban en aquel organismo ingente. Nadie pensó ya en Roma, sino que cada provincia y pueblo miró sólo a la propia conveniencia, procediendo contra el invasor según que las necesidades del momento y lugar lo exigían.
España, que vio rodar por su suelo como una tromba a la tempestad de vándalos, suevos, alanos y silingos, hacia el año 409, acaudillados por Genserico, sintió restallar sobre sus carnes al azote de la barbarie, que le hizo derramar sangre y gemir bajo el yugo de aquella gente hirsuta.
Los suevos, vándalos y alanos llevaron la destrucción, el incendio y la devastación más espantosa hasta los últimos confines de la Península, donde se produjo, como consecuencia, un hambre horrorosa y, para remate, una terrible peste.
Y no sólo los devotos de la idea imperial fueron blanco de las iras de sus enemigos, sino, de manera particular, los seguidores de la catolicidad cristiana, pues las nuevas tribus salvajes, por ser arrianas, unían al natural feroz y sanguinario, el odio de secta, tremendo, como dice Menéndez y Pelayo, en ánimos incultos.
2. La invasión visigoda
Pero la providencia destinaba a la posesión de España y para sillares de la nueva estructuración social y política que en ella iba a realizarse, a un pueblo no tan feroz y menos inculto que el de vándalos, suevos, alanos y silingos.
Los visigodos, capitaneados por Ataúlfo, llegaron a Barcelona el año 416 y, en un forcejeo que duró hasta Eurico, se adueñaron de casi toda la Península, derramándose por toda ella, a excepción hecha de Galicia, donde los suevos mantuvieron con alternativas un reino injerto; y penetrando en la Galia, donde establecieron corte en Arlés, independizáronse totalmente de Roma, fundando la monarquía visigoda, a través de la cual vamos a ver surgir la verdadera y auténtica nacionalidad y patria española.
Desde ese momento, si los españoles no se sienten todavía godos, tampoco siguen sintiéndose ya romanos. Conservan de Roma las costumbres, la civilización, el espíritu, pero éste busca asiento y punto de referencia, no en la capital del Imperio, sino en la propia tierra, donde surge una autonomía militar y política.
España no se hace bárbara con los bárbaros, sino que inyectando en éstos su cultura, establece una unidad de credo y de espíritu, por encima de las diferencias sociales, basada en la catolicidad del pensamiento.
Acaso debieron sufrir en el primer momento los hispanorromanos la persecución de sus conquistadores, de quienes no sólo la sangre, sino el espíritu de secta les separaba; pero a la larga, nuestra espiritualidad más honda y la cultura abiertamente superior, nos convertirá de vencidos en vencedores. La Gotia no absorbe a España, sino España a la Gotia, modificándola según su ideal católico.
Si la monarquía visigoda no logró la unidad política más a tiempo, y (el arriano) Eurico vio escindido sus dominios por el franco Clodoveo, que los atacó en nombre del sentido católico de su monarquía, lo debió a que desde el primer momento no se compenetró con el espíritu universalista y católico que latía en nuestra sangre.
No obstante, gracias a la penetración que el elemento cultural latino hizo bien pronto en la nueva raza salida de la selva germánica, la recia espiritualidad española transformó a un pueblo hirsuto y bárbaro en la monarquía más floreciente y culta del Occidente europeo, y en la corte más romana de cuentas surgieron del cataclismo que abatió al Imperio.
3. Godos e hispanorromanos
El Cristianismo, lo único que quedara en pie, sin mengua, en la catástrofe horrenda del Imperio romano, del que heredó cuánto podía servir para enriquecer a los demás pueblos que ahora iban a llegar a la mayor edad, fue el asilo a que se acogieron ciencia y cultura, moral y arte; el espíritu, en una palabra, que va a poner orden en el caos de gentes que se ponían en movimiento, pero sin saber adónde ni para qué.
Por lo que toca a los visigodos, el imperio que con ellos levantará Eurico (466-484) se extendía ya por toda la Península hasta la Galia Aquitania. No se daba en él aún libertad para la idea religiosa. Y este poderoso rey arriano manchó, según parece, sus manos en la sangre de los mártires católicos, al menos en la Galia, y no llegó a equiparar en derechos ciudadanos a vencedores y vencidos.
Los monarcas que le sucedieron se ingeniaron en limar asperezas, tratando de alcanzar la unidad jurídica, siempre tan necesaria para la estabilidad de un reino. Pero la diferencia religiosa era un obstáculo insuperable a la tan deseada unidad.
En Alarico (484-507) y en el llamado Breviario Aniano se hallan ya leyes comunes para godos e hispanorromanos, pero esta comunidad no se realiza partiendo de un principio que igualaba a los dos pueblos, sino legislando sobre la base de privilegios de casta.
Cuando Leovigildo (571-586) subió al Poder, comprendió que la situación de sus dominios no podía ser estable, mientras los espíritus anduvieran desunidos. Hombre enérgico y de cultivado ingenio, con cultura aprendida de los hispanorromanos, se forjó un ideal de gobierno lo más parecido al de la antigua Roma.
Quiso, ante todo, la unidad de tierras, y acabó con el reino suevo de Galicia, abatiendo a los rebeldes en todas partes; quiso la unidad jurídica y ciudadana, y para prueba de ello comenzó por contraer matrimonio con una española, yendo contra la legislación vigente; quiso la unidad política, y promovió una organización estatal semejante a la del Imperio romano, copiando el ceremonial de la corte; quiso, por último, la unidad religiosa, mas no la consiguió, por intentarla en sentido opuesto a la catolicidad, que estaba de Dios había de ser el aglutinante y determinante de la nacionalidad española. No podía, en este caso, salir triunfante lo que doctrinalmente es disyunción, como el arrianismo, de lo que significa unidad e identidad: el dogma católico.
Leovigildo, que triunfó en todos sus demás intentos, fracasó en este último, por partir de una alteración de valores.
Este error lo pagó caro. Su derrota era segura, pero entre tanto la sangre y la guerra civil (siempre entre nosotros ésta adopta un matiz religioso) corrió por toda la Península. El vasallo y el hijo (Hermenegildo) se rebelaron contra el monarca y el padre; éste hizo del súbdito vencido un mártir de la fe católica, y por este martirio, la unidad de la patria iba a forjarse en el fuego de la caridad que enciende la verdad católica.
Mérito grande fue el de los hispanorromanos por haber conseguido adueñarse poco a poco, con las armas que presta el espíritu, del corazón y de la inteligencia de aquella raza bárbara, pero que traía un nuevo impulso, capaz de dar nueva fisonomía a la cultura de Europa.
Mérito fue también de ellos el haber levantado una monarquía florentísima, émula de Bizancio, y en la que aparecía, cambiado los tiempos y personas, todo el esplendor del fenecido Imperio.
Hasta la lengua oficial era la de Roma, si bien, para expresar toda la novedad de la patria que iba a surgir, se venía gestando un nuevo lenguaje, digno, como diría Carlos V, de hablarse por todo el mundo y a propósito para hablar con Dios.
La vieja cultura grecolatina, asimilada y aquilatada por el Cristianismo, pasó de los españoles a los godos, y éstos pusieron el vigor y el aliento de un pueblo joven para tratar de reproducirla en sus obras.
Es la misma melodía, pero parece nueva al ser reproducida por una nueva orquestación. Es la misma voz que, después de resonar en un templo romano, ahora resuena en un templo gótico.
España, que dio carácter a la literatura de Roma en su última fase; que procuró al Imperio días de gloria, que ninguna otra provincia igualó; que bajo la espada de Trajano dilató al máximo sus confines, bajo Adriano puso en el trono al emperador más culto, y con Osio preparó en Constantino el primer emperador que ciñó corona rematada en cruz, acabando, por contera, al subir Teodosio, con el paganismo como doctrina moral y jurídica imperante, estaba en disposiciones inmejorables para realizar en la nueva edad que comienza la idea de una monarquía en que la espada quedará consagrada, puesta al servicio de la Cruz.
En Toledo, en efecto, va a nacer un Estado teocrático semejante al del pueblo de Israel, en el que el monarca es ungido por los ministros del Santuario y el trono se compromete a defender y velar por los derechos de la Iglesia católica. La monarquía al servicio de la religión, la espada al servicio de la Cruz, la Hispanidad, por decirlo así, que hace de la catolicidad bandera, blasón, destino y empresa.
4. Consagración oficial del espíritu español
En aquella hora solemne en que Recaredo, llevando la representación de todo un pueblo, abjuró de la herejía arriana y entró a formar en la unidad católica, que era la sustancia de nuestra cultura, se echaron las bases de nuestra verdadera y auténtica nacionalidad, surgió la hazaña creadora de la patria viviendo y obrando en catolicidad de espíritu y acción.
La nacionalidad española se formó con sentido genuinamente católico, profundamente religioso, con el doble carácter de universalidad que la Iglesia y la razón adunadas pudieron crear.
Ese memorable 8 de mayo de 589 fue día de justificada alegría no sólo para España, sino para la catolicidad entera. Bien lo sintió ya entonces San Leandro cuando, en su memorable discurso, decía en aquella solemnidad: “Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate formando un solo cuerpo con Cristo… No llores, no te aflijas porque temporalmente se apartaron de ti algunos que hoy recobras con grande aumento... ¿Cómo dudas que todo el mundo habrá de convertirse a Cristo y entrar en una sola Iglesia? La caridad juntará a los que separó la discordia de lenguas… No habrá parte alguna del orbe, ni gente bárbara a donde no llegue la Cruz de Cristo… ¡Un solo corazón, un alma sola!... De un hombre procedió todo el linaje humano para que pensase lo mismo y amase y siguiese la unidad…”
“Aquellos que concebiste les has dado a luz”, dice también el Santo en esa magnífica oración que por tan alta manera supo interpretar el espíritu universal humano y civilizador del Cristianismo.
Y es que, a la verdad, la Gotia estaba ya en España ganada para Cristo, desde el momento en que consintió en recibir de sus manos la cultura y la vida del espíritu.
San Martín Dumiense había realizado la conversión de los suevos, y, en secreto, en la misma corte de Leovigildo se procesaba el catolicismo, y hasta aparece un embajador católico en Francia.
San Leandro fue el nuevo Osio de este segundo Constantino. No más que bendiciones puede merecer la acción desarrollada por la Iglesia Católica, lo mismo para convertir y civilizar al pueblo godo, que para dar un sentido teocrático a la nueva monarquía.
No por ello se hundió el trono visigodo, sino, precisamente, por todo lo contrario. Cuando los enemigos de la unidad, representados por judíos y militares con resabios heréticos, maquinaron en contra del sentido católico imperante en la monarquía, en especial en los tiempos de Witiza y sus hijos, “o quienes quiera que fuesen los traidores que abrieron a los árabes las puertas del Estrecho”.
Fue el olvido de lo que les había hecho ser para la Historia, fue la infracción de la ley de unidad católica que les imponía la tradición, lo que precipitó a los godos en el abismo que se tragó a su monarquía. “La raza que se levantó para recobrar palmo a palmo el suelo nativo era hispanorromana; los buenos visigodos se habían mezclado del todo con ella. En cuanto a la estirpe de los nobles que vendieron a su patria, Dios la hizo desaparecer el océano de la Historia”, como dijo Menéndez y Pelayo.
5. La cultura visigótica
Comparando el estado cultural del pueblo visigodo con el de los restantes pueblos de Occidente, levantados sobre la romanidad, no puede por menos de advertirse la superioridad no sólo militar y política de la monarquía fundada por Ataúlfo, sino también la social y literaria.
Realizada la abjuración de Recaredo, que “vino a doblar la frente para levantarla con inmensa gloria ante aquellos obispos, nietos de los vencidos por las hordas visigodas, esclavos suyos, pero grandes por la ley del entendimiento y por el brillo incontrastable de la fe”, la fusión entre hispanorromanos y godos se hizo rápidamente, se españolizaron todos y se creó un Estado lleno de sabiduría con un Fuero Juzgo, superior a los códigos de las demás naciones.
En ninguna parte aparece por entonces una serie de lumbreras del saber comparables a las que ofrece España en esos siglos de hierro y que expanden su luz con amplio sentido de catolicidad y de cultura enciclopédica. Liciniano nos ofrece, en las pocas cartas que de él se conservan, demostración palmaria del saber, no solo teológico-escriturístico, sino también de fino análisis psicológico, en su doctrina del alma continente y no contenida. San Leandro, San Isidoro, San Braulio, Tajón, San Eugenio, San Ildefonso y San Julián son nombres que aún se recuerdan con respeto.
La obra de San Isidoro, síntesis de toda una edad de tránsito, es un arsenal inmenso donde está reunido el saber antiguo y se asientan las bases sobre que se levantará el nuevo. Santo y sabio, eso debía ser el genio que Dios escogiera para comunicar a pueblos jóvenes, fácilmente maleables, el saber de la antigüedad pagana, sin daño de la piedad cristiana. La enciclopedia de San Isidoro es como la cultura ungida por la santidad.
En el momento en que España empieza a ser como nación, el obispo de Sevilla es como el guión orientador de su inteligencia, pedagogo de la nueva criatura, consejero de la joven monarquía. Siguiendo la trayectoria unitaria y universalista que hemos descubierto en el genio de la raza, trabaja denodadamente por fusionar las dos razas, haciéndolas vivir de una sola fe, con una sola alma y un solo ideal.
Puesto en una época de transición, recoge con brazo de gigante todo el haber cultural antiguo y traza el rumbo a los pueblos nuevos. Él es el primero que siente ya en su plenitud todo el saber y el valer, la tradición y el destino universal de España. En él aparece el primer canto a la patria bendita. (...): “¡Oh España -exclama-, eres la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India; tierra bendita y feliz en tus príncipes! Eres la Reina de todas las provincias. De ti reciben luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el orbe. Tú, la porción más ilustre del Globo. En tu suelo florece con exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo gótico…”
Si habla con loores que suenan a adulación de la raza goda, es porque quiere fundirla en el ideal hispánico, quiere meterla en la entraña de la caridad de Cristo, hacerla vivir de su cultura y de su religión y lanzarla así, confirmada en gracia, a la lucha por la conquista del mundo para el ideal católico.
Nace su entusiasmo por la Gotia del recelo con que miraba a Bizancio que, con sus bases en nuestras costas, era un obstáculo a la unidad territorial y espiritual de España.
San Isidoro no siente a España en romano, como Prudencio la sentía, sino en español. Unidad, armonía orden: tales son, según Menéndez y Pelayo, las tendencias y los caracteres del pensamiento ibérico, que tiene en San Isidoro el más alto exponente científico y el primer gran maestro.
Parece ser nuestro destino estar siempre en primera línea en las épocas cruciales de la Historia. Cuando el Imperio romano agonizaba, los españoles jugaron papel importantísimo en el nuevo sesgo espiritual que demandaba el mundo, y cristalizó la corona imperial. Al caer el turbión bárbaro, no sólo logramos aminorar su fuerza destructora, sino que, venciendo con suavidad la dureza, con la cultura la barbarie, con la santidad la herejía, pusimos a disposición de las nuevas sociedades el patrimonio heredado de Roma, santificado por las manos de San Isidoro, manos episcopales. (... )
En esa España aparecen ya en germen, pero claramente perfilados, los rasgos fundamentales de la Hispanidad: hermanar a todos en Cristo; no hacer diferencias de razas; creerles a todos capaces de salvación y, por ende, de perfección; hacer patria en sentido universal y religioso. (...)
San Isidoro no es, pues, únicamente el conservador de la cultura antigua, el grito de guerra de la ciencia española, que dijo Menéndez y Pelayo, el que dio “unidad de gobierno, unidad de disciplina y unidad de liturgia” a la Iglesia española, sino el primer gran caballero y heraldo de la Hispanidad, que, abroquelado en su fe y afianzado en la tradición, pone manos a la obra de hacer marchar a su patria a la realización de un destino universal. “Recoger, ordenar, unificar, transmitir; he ahí, resumido en cuatro palabras, el ideal de toda su existencia”, según el padre Pérez de Úrbel.
Todos los ramos del saber humano hallaron cabida en su poderosa inteligencia, y de todo nos habla en sus libros. Parece como si hubiera tenido conciencia de la misión histórica que Dios le señalaba. En todo busca la unidad: presenta un texto de la Biblia ya casi perfecto y que fue común en la cristiandad de la Edad Media; sintetiza, aclara y ordena la legislación monástica; la liturgia se unifica por él en nuestra patria y lleva un tinte personal suyo hasta en el nombre; sin ser original en los conceptos, lo es en el método, iniciando el camino que seguirá luego Pedro Lombardo y otros, y mereciendo ser llamado el Santo Tomas de su época por la sistematización que dio en sus libros a la teología; el método de la Catena Patruum es también suyo, y él abre la marcha a los grandes controversistas españoles, como Raimundo Martí, Lulio, etc.
6. Su influjo en la cultura europea
De su influjo en la cultura general de Europa son testimonio elocuente estas palabras de Menéndez y Pelayo en su discurso sobre San Isidoro: “Por siglos y siglos fue San Isidoro el grito de guerra de la ciencia española… Los libros isidorianos fueron enseñanza asidua en los atrios episcopales y en los monasterios. San Braulio ordenó las Etimologías; Tajón imitó las Sentencias; San Eugenio, los versos; San Ildefonso, el torrente y la copia de los sinónimos; San Valerio, las visiones alegóricas; San Julián, todo. A San Isidoro invocaron los sínodos toledanos.
“Por la fe y por la ciencia de San Isidoro, Beatus et lumen noster Isidorus, como decía Álvaro Cordobés, escribieron y murieron heroicamente los mozárabes andaluces. Arroyuelos derivados de aquella inexhausta fuente son la escuela del abad Spera-in-Deo y el Apologético del abad Sansón… y, finalmente, aquella ciencia española, luz eminente de un siglo bárbaro, esparce sus rayos desde la cumbre del Pirineo sobre otro pueblo más inculto todavía; y la semilla isidoriana cultivada por Alcuino es árbol frondosísimo en la corte de Carlomagno, y provoca allí una especie de renacimiento literario cuya gloria se ha querido atribuir exclusiva e injustamente a los monjes de las escuelas irlandesas…” (1)
- Crítica literaria, 1ª serie, págs. 158-159. Madrid,
7. La cultura visigoda fuera de España
En estas palabras del maestro se alude ya a la influencia de España, mediante la literatura isidoriana, en la corte carlovingia. Bien puede decirse, con Dante, que del ardente spiro d’Isidoro vivió la primera fase de la cultura europea. Las Etimologías se convirtieron en texto ordinario en las escuelas. De ellas se conocen hoy más de mil códices, y los que se hicieron deben ascender al número de diez mil, en esa época. Es que se consideraban como la fuente casi única de poder beber las aguas de la cultura grecolatina, de la que se desconocían casi por completo los textos originales. Si con Carlomagno el centro de la cultura pasa a la corte de los francos, todavía España sigue preponderando ella, y desempeña un papel decisivo en el renacimiento literario promovido por aquel monarca.
El mismo elevado número de códices de la obra isidoriana hace suponer lo intenso de su estudio. Y en el ciclo carlovingio hunde sus raíces en la España visigoda. Alcuino, que es figura relevante en esa época y esa corte, se sirve de San Isidoro, al que cita más de cuarenta veces. Jonás de Orleáns inserta trozos enteros de la obra del obispo sevillano en sus Institutiones. Wubodo se inspira en él al escribir en las cuestiones sobre el Octateuco. Rábano Mauro le utiliza y estudia, revelando en sus escritos de manera clara las influencias del Santo, sobre todo en su libro De Universo, calco, según observa el P. García Villada, de las Etimologías. De la influencia de San Isidoro en los monasterios, principales centros del saber en aquellos tiempos, habla largamente y con acopio de datos, el padre Pérez de Úrbel en su libro Los monjes españoles en la Edad Media, y allí remito al lector.
En cuanto a los Cánones y Colecciones Canónicas, la utilización de los escritos del obispo hispalense es bien conocida. Por no citar más que un hecho, el padre Villada comprueba más de sesenta y seis fragmentos del Santo hispalense en el Decreto, de Graciano.
La mitad de los que promovieron el renacimiento carlovingio son españoles: Félix de Urgel, Claudio de Turín, entre los herejes, y entre los no manchados de herejía, el insigne poeta Teodulfo, autor del himno de las palmas, Gloria Laus et honor... y Prudencio Galindo, adversario de Escoto Erígena.
Hechos son todos estos que demuestran el grado de cultura de los visigodos y el influjo que España ejercía sobre las demás naciones en el aspecto cultural. Todavía siguió derramando su luz por encima de los Pirineos, aún después que el estrépito de las armas quitó a los españoles el reposo necesario para consagrarse al uso de las letras. Por el siglo X florecían en Cataluña matemáticos como Lupilo, Bonfilio y Joseph, y a las aulas de Atón, obispo de Vich, vino a adquirir su extraordinaria ciencia, Gerberto, el que fue luego Papa con el nombre de Silvestre II. Pero no adelantemos los hechos.
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