VII. LA HUELLA ESPIRITUAL DE ESPAÑA EN LA ROMA CRISTIANA
- El cristianismo en España
Si España se adaptó con tanta facilidad a la manera universal de Roma es porque esa manera cuadraba muy bien con el genio peculiar de la raza ibérica. Recibimos de Roma, con el bautismo de la cultura, el sello de una común fraternidad basada en el saber, como luego recibiríamos por Cristo, de esa misma Roma, el bautismo sobrenatural, basado en caridad y gracia.
Dios dispuso, en efecto, que a través de la unidad de lengua, de ley y de ciudadanía, por los caminos que Roma había trazado para llevar a todas partes con sus legiones el mensaje de una primera catolicidad, nos llegase también, a nosotros y a los demás, la unidad de la nueva fe, el evangelio de la común fraternidad no basada en carne ni en voluntad de varón, ni siquiera en saber sencillamente, sino en la filiación con Dios, en la gracia divina que se derramaría en nuestros corazones por la caridad de Cristo.
Y si, como observó Menéndez y Pelayo, no parece que el politeísmo romano hiciera muchos progresos en nuestra patria, ello se debió en parte, sin duda, al antecedente unitario y universalista de la raza ibérica, hecha para vivir en función de unidad católica, explicándose así la rápida difusión y el acogimiento benévolo que en nuestro suelo obtuvo el mensaje de la catolicidad basada en Cristo, que, allá para el siglo II, según San Jerónimo, se había ya casi hecho dueño absoluto de nuestros padres, que supieron mantenerlo con bravura y bizarría, cantadas insuperablemente por el vate de los mártires, el gran español Prudencio, el que, sintiéndose romano de patria y español de sangre, hacía de ambos sentires una síntesis en la gran unidad católica, no reñida ni con el saber, ni con la sangre, ni la nacionalidad.
Tanta fama adquirió España al servicio del Imperio que, como antes recordábamos, San Pablo Apóstol quiso reservarse, y la realizó, la evangelización de nuestra patria. Nada sabemos en concreto de sus correrías apostólicas, que tan honda transformación estaban destinadas a causar en nuestra patria, pero fácilmente podemos suponer la emoción con que nuestros pueblos recibirían una embajada que tan bien sonaba en vidas hechas a sentir la armonía en unidad de credo y de amor, de aspiración y destino que demostraron los españoles en la convivencia y apropiación de la esencia universal de Roma.
“La Historia -escribe el maestro-, que con tanta fruición recuerda insípidas genealogías y lamentables hechos de armas, apenas tiene una página para aquellos héroes que llevaron a término en el suelo español la metamorfosis más prodigiosa y santa. Imaginémonos aquella Bética de los tiempos de Nerón, henchida de colonias y de municipios, agricultora e industriosa, ardiente y novelera, arrullada por el canto de sus poetas, amonestada por la severa voz de sus filósofos; paremos mientes en aquella vida brillante y externa que en Córdoba y en Híspalis remedaba las escenas de la Roma imperial, donde entonces daban ley de gusto los hijos de la tierra turdetana, y nos formaremos un concepto algo parecido al de aquella Atenas donde predicó San Pablo. Podemos restaurar mentalmente el agora (aquí foro), donde acudía la multitud ansiosa de oír cosas nuevas, y atenta escuchaba la voz del sofista o del retórico griego, los embelecos o trapacerías del hechicero asirio o caldeo, los deslumbramientos y trampantojos del importador de cultos orientales. Y, en medio de este concurso y de estas voces, veríamos la de algunos espíritus nuevos generosos, a quienes Simón Bar-jona había confiado el alto empeño de anunciar la nueva ley al peritus iber de Horacio, a los compatriotas de Porcio Latron, de Balbo y de Séneca, preparados quizá a recibirla por la luz que da la ciencia, duros y obstinados acaso, por el orgullo que la ciencia humana infunde, y por los vicios y flaquezas que nacen de la prosperidad y de la opulencia”. (Hª de los Heterodoxos).
La unidad de España, que era bajo la idea imperial de identificación absoluta con el espíritu de Roma, y que no podía dar margen a ningún atisbo de nacionalidad o patria propiamente dicha, sometidos como estaban todos a una legislación y un mando que no reconocía más que ciudadanos romanos, fue con el Cristianismo, y a medida que perdía vigor la fuerza cohesionante del Imperio, adquiriendo, dentro de la nueva catolicidad predicada por los emisarios de Dios, un matiz menos difuso, y orientándose al solar patrio.
La gracia, que venía a hacer nuevos hombres, haciéndoles comulgar a todos en unidad de amor y de fe, pero sin negar lo bueno de la Naturaleza ni las diferencias de personalidad, venía también a constituir la personalidad espiritual de los pueblos, dentro de la universalidad y comunidad de credo y de disciplina.
Cristo es un valor universal realizado en muchos supuestos, pero en identidad de bautismo y con mejoración de su naturaleza. Su religión, al echar la semilla de una nueva civilización y unidad más alta, basada en amor y luz, hace posible la conjugación de lo singular en lo universal, sin que esto anule a aquello.
Más, así como no todos los individuos ofrecen las mismas disposiciones a la operación de la gracia, así tampoco todos los pueblos son idénticos en la facilidad de adaptación a la nueva espiritualidad predicada y nacida de Cristo. Radicalmente, todos son capaces de conocerla y de poseerla; próximamente, unos están mejor dispuestos que otros a recibirla. Aquí juega papel importante lo que llamaríamos genio particular de las naciones. Las hay tendentes de suyo al unitarismo religioso político, de pensamiento o de acción, y las hay en sentido inverso. Hay pueblos que aman la línea recta, aborrecen las medias tintas, y los hay que gustan de lo tortuoso, de lo difuso, ambiguo y desvaído.
Al aparecer Jesús sobre la tierra, el mundo estaba en la mejor disposición para recibir la semilla de la buena nueva. La unidad política y jurídica que le diera Roma favorecía la difusión de la sobrenatural doctrina, y la cultura por ella expandida capacitaba a los oyentes para entenderla. Estas buenas disposiciones debían gozar puesto de privilegio entre nuestras gentes, cuando en los confines de la Bética resonó la palabra de los apóstoles del Crucificado.
Sólo así se explica la difusión rápida del Cristianismo, que al descender de lo alto no mató los gérmenes de la antigua civilización ni alteró el modo racial o territorial de las naciones, sino que lo mejoró y adaptó a la nueva inserción que en el tronco humano se hacía, sin quebrar las ramas o cortar las flores diferentes de cada nacionalidad. (...)
2. La semilla de la unidad católica
La doctrina salvadora predicada por Jesucristo, al terminar el siglo IV se confesaba ya hasta los últimos rincones de la Península.
A salvo la gratuidad del beneficio divino y la merced que únicamente se debe al Señor, no puede negarse que fue el genio de la raza el que hizo tan fácilmente asimilable la unidad católica que se nos traía.
Todo el ímpetu que pusiera el pueblo ibero para apoderarse y difundir el espíritu universalista que representaba la cultura romana, lo puso luego para asimilarse y sustentarse con la nueva universalidad traída por el Cristianismo.
Todo el esfuerzo combinado de los emperadores y leguleyos de Roma no pudo desarraigar de los pechos españoles la semilla de la alta espiritualidad que los heraldos de la Cruz vertieran en ellos. Todas las provincias españolas recibieron su bautismo de sangre; pero, como cantó Prudencio, a cada golpe de granizo brotaban nuevos mártires.
Del siglo III parecen haber sido los primeros, y ya en la profesión de fe de nuestros atletas, como observa acertadamente el padre Zacarías Villada, aparece el sentido de catolicidad, que nuestros confesores querían dar a su martirio por la fe.
3. El testimonio de los mártires recogido por Prudencio
Hacia el año 258 tuvo lugar en Tarragona el martirio de Fructuoso y sus diáconos Auspicio y Eulogio, cuyo proceso verbal auténtico, por dicha conservado, pone en labios del santo obispo este testimonio: “Yo debo acordarme de toda la Iglesia católica esparcida de Oriente a Occidente”, del que San Agustín se valió luego para hacer resaltar la idea de universalidad que en él se incluye “tan en armonía con la idea de catolicidad predicada por Jesucristo y sus apóstoles”. Y ¿quién no conoce aquella magnífica profesión de fe, muy española por muy católica, que hiciera San Paciano al dirigirse a un tal Semproniano, a quien molestara la denominación de cristiano que el santo obispo se diera?: “No te inquietes, hermano -le dijo-. Mi nombre es cristiano y mi apellido católico. Aquél me personifica y éste me muestra. Con aquel soy probado, con éste, señalado”.
¡Y qué bien supo recoger Prudencio estos testimonios de sangre que dieran nuestros mártires por la idea y el sentir católico, que será la normativa de nuestra acción a través de la Historia! ¡Qué españoles son sus versos, por el nervio, el fuego, la unción y la férrea coraza que encubre un corazón que, como ningún otro, supo sentir la suave y cálida emoción que produce la sangre!
Prudencio, que amaba y veneraba a la Roma imperial como a madre de la catolicidad política y de tierra, la amaba todavía más como a cabeza de la catolicidad religiosa fundada en comunión con el espíritu.
Grande es la gloria que, según él, cabe a Roma por haber dispuesto al mundo con la unidad política a recibir la unidad de fe, que a través de las vías imperiales iba a extenderse hasta los últimos confines del mundo conocido; pero mayor es todavía la que le compete por haber sido escogida para centro y foco radiador de la nueva catolicidad pontifical. Prudencio es la gloria más grande de toda la poesía cristiana bajo el Imperio y de toda la Edad Media, hasta llegar a Dante. De él dijo Vives, en el De tradentis disciplinis, libro III, que tiene muchas cosas que compiten en gracia y elegancia con las mejores de la antigüedad y algunas que las superan.
Su españolismo lo ha estudiado muy bien Lorenzo Riber, en un trabajo aparecido en Acción Española (números 68 – 69, 1935), como encuadrado en el universalismo y patria espiritual que era Roma. De él entresaco estos párrafos: “Prudencio, que, como hemos visto, es un verdadero español por alguno de sus defectos, lo es aún más por sus cualidades, y nadie ha de maravillarse que un tan fuerte país como el nuestro imprima en sus hijos aquel indeleble sello que los teólogos llaman carácter. Prudencio la ama con afecto hipérbolico. Para él, España es una tierra bendita, poblada de unos hombres sobre quienes reposa apacible la mirada de Dios: -Hispanos Deus adspicit benignus-.
“España es ya en Prudencio lo que será en todo el curso de su historia: la devota, la católica España… Este candente españolismo de Aurelio Prudencio resuélvese en su obra en un patriotismo superior, en el amor de la “romanidad”, palabra creada por Tertuliano, y sentimiento asimilado por todos los grandes poetas del tiempo de Prudencio. ¿Quién pudiera creerle tan romano después de haberle visto tan español? Todos los poetas contemporáneos celebran el beneficio de la unidad romana… Pero a los dos grandes poetas romanizados (Claudiano y Rutilio), al africano y al galo, supera, en fervor de romanidad y en adhesión a aquella Roma onde Christo é Romano… Aurelio Prudencio es español, pero español de Roma; de aquella Roma en donde Cristo es romano y de quien Lorenzo es cónsul perpetuo. Perder esta suerte de romanidad es caer en la barbarie y en la abyección… España y Roma, patria y fe, ya son en Aurelio Prudencio, consustanciales”.
4. La España romana y la cultura europea
Este carácter de señera españolía, encuadrado en la gran catolicidad espiritual representada por Roma, aparece en todos los españoles de aquella época. ¿Quién no sabe de Osio, el gran obispo de Córdoba, el instrumento de la conversión de Constantino, por la que la corona quedó rematada con la cruz, y la espada se puso al servicio de la fe? ¿Quién no sabe de su actuación en los Concilios, sobre todo en el de Nicea, por la que una profesión de fe se pone hoy en labios de toda la catolicidad?
Tres fueron los acontecimientos principales que tuvieron lugar en el siglo IV, recuerda el padre Villada en su libro El destino de España, y en todas tres cupo a España participación muy importante: la conversión de Constantino, la promulgación del Código teodosiano y el Concilio de Nicea.
Por la primera, España contribuye como la que más a la realización de la idea sacro-imperial que prevalecería a través de los siglos medios.
Por la segunda, toda la legislación romana se codifica en sentido católico, mediante la intervención concorde de un emperador y un Pontífice de origen español: Teodosio y San Dámaso. Por esa promulgación, hecha el 27 de febrero de 380, “es su voluntad que todos los pueblos sometidos a su cetro abracen la fe de la Iglesia romana de San Pedro, declarando a todas las sectas heterodoxas fuera de la ley”.
Por la tercera, o sea, por la redacción del símbolo de Nicea, el genio español aparece iluminado con la luz de la más alta teología, que en Trento y en labios españoles brillaría más tarde con resplandores de cénit.
Osio, teólogo; Teodosio, emperador, y Dámaso, Papa, son la síntesis de la historia española, de nuestra cultura y de nuestra epopeya, que se desarrolla el amparo y en defensa de la fe. “Luz de Trento, espada de Roma y martillo de herejes”, esos son nuestros blasones sobre un fondo de catolicidad inconfundible.
El siglo IV, por consiguiente, señala para España, dentro de la romanidad, la época de más alta y definida expresión del genio unitario y universalista de la raza. La patria de todos los españoles, como en Prudencio, era Roma, a la que se sentían ligados por la comunidad de bienes y de valores, únicos capaces de crear patria, y que todos venían de Roma.
No es pequeña gloria nuestra el que pechos españoles sintieran ya entonces, cuando no se puede hablar de verdadera patria, de una manera tan definida y precisa, los anhelos y los ideales, que luego había de consagrar y convertir en patrimonio histórico nuestro, la hazaña creadora de la patria propiamente española, que nace con el bautismo, que en nombre de la catolicidad recibió en el Concilio de Toledo.
El universalismo que representaba la Roma pagana en el orden político, cultural y jurídico, lo asimiló y mantuvo España con gloria incomparable, lo mismo en la pluma de sus escritores que en la espada de los emperadores nacidos en su suelo.
Y cuando el Cristianismo se fue apoderando poco a poco de todos los valores humanos del Imperio, cuando la Iglesia, a los pueblos insatisfechos con el ideal romano, les ofreció el sublime, representado por la Cruz de Cristo, fue también entonces España la que supo sentirse identificada con la nueva catolicidad de la manera más cumplida, consagrando de nuevo la espada y la pluma al servicio de este universalismo de tipo divino, que iba a hacerse compatible con el particularismo o genio peculiar de cada nacionalidad.
Así se inició la gran empresa en que España iba a poner, a través de la Historia, lo mejor de su sangre y de su espíritu para realizar la misión católica que Dios le había confiado.
La espada al servicio de la Cruz, esto significa, como hemos dicho, la conversión de Constantino. La cultura santificada por la fe, la filosofía al servicio de la teología, eso representan Osio en Nicea y Teodosio con la promulgación del nuevo Código ungido por la gracia del Evangelio. Penetración, en una palabra, del espíritu de Cristo en el organismo social, militar, político de la nueva Europa que llenará la historia de la Edad Media.
Así tenemos que España, que hizo del elemento cultural grecorromano (integrante de la cultura occidental) santo y seña, cuando aún no existía como nación, y que lo promovió como ninguna otra provincia, preparó con su acción en favor de la idea cristiana la configuración definitiva de la cultura europea, que no podrá vivir si no es con dependencia y al influjo de la caridad de Cristo. Desde Teodosio, todo humanismo adopta un sentido y matiz católicos en armonía con la impronta indeleble que sobre la legislación romana impusiera este emperador español, saturándola de esencias evangélicas. ¡Cuánta gloria no nos cabe, pues, en la formación de la gran unidad espiritual que llamamos Occidente!
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