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Tema: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Las Fervencias

    (Leyenda castellana)

    Buen monarca y buen guerrero, pero rudo cruel, astuto, feroz y sanguinario; tal era el Rey de Aragón, Alfonso I el Batallador. Tuvo el gran pensamiento político de reunir todos los reinos cristianos españoles -al menos Castilla, unida entonces a León, con Aragón- en una monarquía única y fuerte. Mas su matrimonio con Dª Urraca, reina de Castilla, a causa del carácter ligero y liviano de ella y de la dureza y brusquedad de él, lejos de producir la ansiada unión de ambos Estados, fue un semillero de disgustos, discordias intestinas y guerras civiles.

    Complicaron la situación al intervenir en las contiendas los partidarios del príncipe heredero de Castilla -el que luego se llamó Alfonso VII el Emperador-, hijo del primer matrimonio de Dª Urraca con Raimundo de Borgoña, la actitud del obispo Gelmírez y la de los condes de Portugal. Fue uno de los períodos de mayor anarquía, más tristes y desgraciados del reino castellano.

    Episodio de estas luchas es el dramático suceso que se conoce con el nombre de las “Fervencias”, impregnado del ambiente de la tierra castellana con sus hondas virtudes raciales de lealtad, honor, decisión y arrojo.

    ****
    Allá por el año 1113, los caballeros de Ávila, deseosos de poner término a las luchas que originaba el desdichado reinado de Dª Urraca y valladar a las ambiciones del Batallador, abrigaban el propósito de trasladar a su ciudad desde Simancas, donde estaba, al príncipe Alfonso Raimúndez con el fin de proclamarle rey.

    Alfonso I de Aragón, al tanto de estos propósitos, envió un embajador a Ávila, pidiendo le recibiesen en la ciudad con obediencia de súbditos. Blasco Jimeno, alcaide a la sazón, contestó al mensaje del aragonés, haciéndole saber que los caballeros abulenses le recibirían cordialmente e incluso le ayudarían en la guerra contra el moro; pero que se opondrían con todas sus fuerzas y se le mostrarían enemigos, si intentaba apoderarse del príncipe niño, jurado y reconocido por ellos como heredero de Castilla.

    Decidido el monarca aragonés a llevar adelante sus proyectos, acampó en las cercanías de la ciudad con poderoso ejército, cuando ya estaba el príncipe dentro de sus muros. En seguida envió nuevo mensaje a Blasco Jimeno. Era el mensajero uno de los mejores capitanes de su séquito y el alcaide le recibió rodeado de los más destacados caballeros.

    -Castellano -dijo el embajador-: mi rey y señor me envía a manifestaros que corren rumores por el reino de que el infante D. Alfonso ha muerto; si es así, os pide le franqueéis las puertas de la ciudad, y le reconozcáis como soberano. En otro caso os ruega que os dignéis mostrárselo y promete y empeña su palabra real de, cerciorado de la falsedad del rumor, levantar el campamento y alejarse de Ávila.

    -Decid a vuestro soberano -contestóle Jimeno- que el rey de Castilla, mi señor D. Alfonso, se encuentra sano y bueno y que todos los caballeros avileses estamos juramentados para dar la vida en su defensa, si fuera necesario. No nos negamos a que el rey de Aragón penetre en Ávila a condición de que lo haga con sólo seis acompañantes, aunque vengan armados.

    Y como el mensajero iniciara un gesto, acaso desconfianza, añadió el leal alcaide:

    -Escuchad todavía: los abulenses ofrecemos sesenta personas, escogidas entre las principales familias, en rehenes. Permanecerán en vuestro campamento hasta que retorne a él el rey con su séquito. Pero ha de obligarse, so pena de ser tenido por perjuro, felón y fementido, a devolvernos los rehenes intactos y sin agravio alguno.

    El mensajero se mostró conforme; las dos partes -el capitán en nombre y con autorización de su rey- juraron fidelidad a lo pactado.

    Poco después, mientras el monarca aragonés se acercaba a las murallas de Ávila, acompañado de sus mejores guerreros, dejaban la ciudad los rehenes y se encaminaban, en derechura, al campamento.

    ****
    Blasco Jimeno salió al encuentro del soberano aragonés:

    -Yo creo, buen Blasco -dijo éste, tras las obligadas cortesías- que vuestro rey es vivo y sano. Conque no es menester entrar en la ciudad. Bastará le traigáis para mostrármele o, al menos, que lo hagáis desde lo alto de la muralla.

    Recelaron los de Ávila alguna celada y subieron al rey niño al cimborrio de la catedral, no queriendo mostrarle desde muy cerca. Vióle el aragonés; a caballo, como estaba, hizo al joven príncipe respetuoso saludo, que el niño contestó con igual comedimiento, y, tras despedirse de los caballeros avileses, retornó al campamento.

    El Batallador iba ciego de cólera. Habían fracasado sus planes ante el tesón y la lealtad de aquellos castellanos. Sin pensarlo más, por una de las reacciones brutales propias de su carácter, mandó degollar a todos los rehenes La ira lo llevó hasta el punto de hacer hervir las cabezas de aquellos infelices, confiados a su lealtad y a su palabra, para enviarlas, como escarmiento, a las poblaciones del reino.

    El sitio donde tuvo lugar la tragedia se llamó, desde entonces, las Ferventias, por haber sido fervidas -como se decía a hervir en el viejo idioma de Castilla- allí las cabezas.



    ****
    Apenas se supo en Ávila la terrible nueva, Blasco Jimeno, al frente de más de dos mil caballeros, seguida de una hueste de guerreros muy numerosa, salió de la ciudad para retar al rey de Aragón. Le alcanzó en Fontiveros. Blasco se adelantó hasta colocar su caballo frente al de Alfonso I de Aragón. Y le retó por cruel, infame, alevoso y perjuro. En su furor, llevó las cosas tal vez demasiado lejos. Los mismos caballeros avileses estaban espantados y llenos de estupor por la dureza de las palabras de Blasco.

    De pronto, Alfonso dijo en voz baja algo a uno de los capitanes y éste desenvainando la espada lanzó su brioso corcel sobre el valiente alcaide, descargándole furiosa estocada. Blasco Jimeno se defendió: atravesó al agresor con la lanza, hirió a unos cuántos más; al fin, cayó acribillado a estocadas y lanzazos. Las dos huestes se aprestaban a embestirse, pero la intervención de varones prudentes logró que se apartaran sin combatir.

    ***
    En el lugar donde ocurrió esta segunda tragedia se levantó humilde ermita. Cuando después aquel príncipe niño llegó a ser un gran rey de Castilla y León, Alfonso VII el Emperador; cuando con la espada ganó tierras y laureles, premió la lealtad de los abulenses con grandes exenciones y privilegios. Desde entonces, Ávila se llamó “de los caballeros” y ostenta en su escudo la figura del rey-niño asomado a una almena.

    Última edición por ALACRAN; 22/11/2021 a las 14:21
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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