Los cofres de arena
(Leyenda del Cid)
La mayor parte de España ha sido incorporada por el rey Fernando I a su corona. Parar ello guerreó incesantemente con moros y con reyes vecinos. Y en todas partes el pendón de Castilla, guiado por el Cid, ha salido triunfante y victorioso. Su voz pesa cual ninguna en los consejos y ha añadido al cognomen famoso otro timbre de gloria: le llaman Mío Cid Ruy Díaz, el Campeador.
El rey Fernando, viejo de días, llegó a trance de muerte. Y en tal trance, el amor a sus hijos, más que el bien de sus reinos le impulsó a partir entre ellos los Estados ganados. Mucho siente el reparto el mayor, D. Sancho, el que hereda Castilla, quien jamás otorgó ni consintió semejante dislate. Y, en efecto, apenas muerto D. Fernando se niega a respetar el testamento paterno. El Cid le ha aconsejado cumpla la voluntad del difunto rey. No quiere alcance a su señor la maldición con que el padre del príncipe quiso asegurar el testamento.
D. Sancho no hace caso y el Campeador, vasallo leal, cumple con su deber, acatando la decisión del soberano y conduciendo las tropas castellanas al triunfo. García pierde Galicia y Portugal; Alfonso se queda sin León y huye a Toledo; Elvira entrega a Toro. Pero Zamora, herencia de doña Urraca, el solo rincón que a falta al venturoso rey de Castilla para reunir de nuevo los Estados de su padre, exige un cerco en regla. Los días de D. Sancho, a pesar de todos estos éxitos están cumplidos y en el cerco de Zamora, famoso por los lances y peripecias, por el heroísmo de los defensores, encuentra el rey de Castilla la muerte en plena mocedad. Vellido Dolfos se finge desertor de la ciudad; logra la confianza de D. Sancho y le mata a traición, tirándole un venablo por la espalda. El Cid persigue al traidor a todo correr de Babieca, mas habíase olvidado calzarse las espuelas y Vellido llega salvo a los muros de Zamora, cuyas puertas se abren para acogerle. “¡Oh malhaya el caballero -dirá el Campeador, despechado- que sin espuelas cabalga!”
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Allá en Toledo, en la corte morisca de Alimenón el Grande, vivía el desterrado rey Alfonso. Un mensajero de doña Urraca voló a comunicarle la muerte de D. Sancho. Y Alfonso presentóse en Zamora a sentarse en los tronos vacantes por muerte de su hermano. Leoneses y asturianos, gallegos y portugueses recibiéronle sin obstáculos por señor. No así los castellanos. Juntáronse los nobles y acordaron no reconocerle sin que antes jurase “no haber sido ni consentido”, no haber tenido parte en la muerte de D. Sancho, hermano suyo. Mas ¿quién osaría tomarle el juramento? A la postre, ninguno se atrevió sino el Cid.
En Santa Águeda de Burgos, en el altar donde juran los hijosdalgo, está el Rey de Castilla conjurado por Rodrigo. Las juras eran tan fuertes que Alfonso, espantado, no quería otorgarlas. Al fin juró, pero enojado por aquella decisión del Cid -y acaso recordando que era Rodrigo el autor de las derrotas sufridas por él cuando perdió el reino a manos de D. Sancho – le destierra de la corte. Rodrigo vive con doña Jimena en sus casas de Vivar. Es el “Señor de sus vasallos, padre y amigo de todos. Don Alfonso, como estaba sañudo y airado contra él, manda al héroe castellano abandonar el reino en el plazo perentorio de nueve días.
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El Cid abandonó sus palacios de Vivar y caminó hacia Burgos. Doña Jimena y sus hijas, chicas en años, están en el monasterio de San Pedro de Cardeña, bajo el amparo de la santa casa. Con el Campeador van doscientos caballeros de su alfoz. Todos son hidalgos y parientes y todos abandonan su hacienda por seguir a Mío Cid Ruy Díaz. La carta del rey conminando con grandes castigos a aquellos que le acojan, le ha precedido y cuando llega a Burgos halla cerradas todas las puertas. Varones y mujeres por las ventanas entornadas miran el paso de la comitiva, marcial y seria, y de todos los labios se escapa, con un suspiro, el justo comentario: “Dios qué buen vassallo si oviesse buen señor”.
El Campeador se dirigió a su ordinaria posada. La encontró fuertemente cerrada. Nadie responde a las voces. Una niña de nueve años se asomó a la ventana: -Marchad, Campeador, el que en buena hora ciño espada. El rey lo ha vedado. Nos dará muerte y perderemos los haberes si osamos acogeros. Marchad, buen Cid, en nuestro mal no ganáis nada.
-¡En marcha! -ordenó El Cid a su mesnada. Y atravesando Burgos puso sus tiendas a orillas del Arlanzón.
Martín Antolínez, el burgalés de pro, no tiene en nada las amenazas del rey. Aquella noche abastecióles de vianda abundantemente, que en Burgos nadie atrevíase a venderles cosa alguna.
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Tan pobre marcha el Cid al destierro que no tenía haberes con que mantener a los suyos. Y, con consejo de Martín Antolínez, ideó una estratagema para proveerse de dineros. Llenó dos grandes arcas de arena; cubriólas de guadalmecí bermejo y fueron bien claveteadas, con clavos dorados. El burgalés trajo al campamento a Raquel y Vidas, dos judíos de la ciudad. Y sobre la fe de que las arcas contenían el tesoro del Cid, hicieron el trato. Los judíos dieron a Mío Cid tres mil marcos de plata y se quedaron en prenda con las arcas, a condición de que, si dentro de un año Ruy Díaz no devolvía el dinero, podían disponer a su antojo del tesoro…
Y así, provisto de haberes por esta estratagema a que le forzó la necesidad, Rodrigo levantó las tiendas y caminó a San Pedro de Cardeña, donde estaba Jimena. “Confiaba el Cid en Dios y en su buena ventura que pronto podría devolver el préstamo, antes que se descubriese engaño de la prenda”.
El Cid se despidió de Jimena y de sus hijas con el mismo dolor con que “la uña se arranca de la carne”.
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Ha llegado la hora. Martin Antolínez se le incorpora con cien caballeros burgaleses que voluntariamente quieren acompañar al Campeador. El Cid se arranca con dolor y esfuerzo de los brazos de Jimena. Da una orden. La mesnada, silenciosa y triste cabalga. Se alejan.
Cabalgan ya de prisa. La mesnada va creciendo. Caballeros y peones se le juntan, orgullosos de ser mandados por el Campeador. Y así, por las artes de “malos mestureros” hubo de dejar Castilla el Mío Cid. Ruiz Díaz y marchar de la tierra para ganar su pan en las ajenas.
Trabajosa y dura fue la vida del desterrado. Batallaba por necesidad, pero “una vez puesto en la silla”, Castilla se ensancha “al paso de su caballo”. Han probado el esfuerzo de su brazo los moros de Zaragoza y de Levante, el rey aragonés y hasta el Conde de Barcelona. Su fama crece y se agranda. La sola pisada de Babieca infunde favor a los enemigos. Y leal, con lealtad castellana envía a D. Alfonso, su señor natural, las llaves de las ciudades que conquista y hace poner en los castillos las armas del rey que le desterró. Nada de esto conmueve a Alfonso, que está en el culmen de la gloria: sus ejércitos han plantado las tiendas en las mismas puertas de Sevilla, ha bañado su caballo en las aguas de Tarifa; ha conquistado Toledo y ha hecho avanzar las fronteras del reino a la línea del Tajo...
Pero pronto declina la fortuna de Alfonso. Los almorávides invaden España. El poder de los invasores es inmenso. Su imperio se extiende más allá del Sahara. “Siete meses de camino tenía a lo largo y más de cuatro meses a lo ancho, según contaban las caravanas que lo cruzaban. Alfonso VI no logró resistirlo. Cosecha fracaso tras fracaso. Es vencido en Sagrajas, en Jaén, en Consuegra, en Uclés...
Solo el Cid sabe vencer a estos terribles invasores. Les arranca Valencia, la codiciada ciudad y, desde ella, contiene por el Este, el formidable empuje de los nuevos ejércitos africanos. Muchos pueblos y castillos más de los moros están en poder de sus mesnadas. Todos los que acompañaron al destierro se enriquecieron sobremanera. Y él era grande y rico más que cuántos señores había en España.
El Cid, desde Valencia, envía a Alvar Fáñez con un presente de cien caballos enjaezados con sendas espadas pendiendo en los arzones para el rey de Castilla. Lleva encargo de solicitar permiso del rey y traer a Valencia, a fin de que gocen aquel bienestar, con tanto esfuerzo ganado, a Jimena y a las hijas del héroe, ya mozas garridas.
Martín Antolínez, acompaña a Minaya. Ha de cumplir una misión, sagrada para el Campeador: rescatar unas arcas que, empeñadas quedaron allá en Burgos, bajo la fe de la palabra de Rodrigo.
-"Andad, Martín Antolínez -dijo el que en buena hora ciño espada- y pagad a los honrados judíos Raquel y Vidas los tres mil marcos de plata que me prestaron. Les daréis mil marcos más de logrería. Y habéis de rogarles de mi parte perdonen el engaño de los cofres, pues lo hice acuciado de mi gran necesidad y, aunque contienen arena solamente, miren bien que “quedó soterrado en ellos el oro de mi verdad y la fe de mi palabra”.
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