Un repaso a las más famosas leyendas históricas españolas
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Gala Placidia (año 390-450 d. C)
(Leyenda layetana)
Gala Placidia, alma piadosa, cultivada, refinada y artista era hija de un emperador romano, Teodosio el Grande, hermana de dos Emperadores, Arcadio y Honorio, primera reina de la nueva monarquía gótico española, amada apasionadamente por cuántos la rodearon, parecía destinada a una vida feliz, brillante y placentera. Y sin embargo… Su figura, nimbada por la belleza y el dolor, llega hasta nosotros como un hálito de tristeza y melancolía, envuelta en atroz tragedia de odio, envidia y crueldad bárbaras…
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El más importante tributo que España dio a Roma fue, según la expresión de un poeta latino, el gran número de emperadores españoles, ilustres regidores del Imperio. Así el excelso Trajano, el celoso Adriano, Marco Aurelio, el filósofo y su hermano adoptivo, asociado por él al mando Lucio Aurelio Vero, pertenecientes a la dinastía Antonina, de los buenos días de esplendor. Y cuando el poderío romano vacilante se desmoronaba ante el empuje de los pueblos bárbaros, que desbordaban ya por las fronteras, fue también un español ilustre el que con mano firme le sostiene: Teodosio el Grande contuvo durante su mando la invasión de los bárbaros del Norte. Tenía condiciones de gobierno excepcionales. Pero desgraciadamente para Roma murió cuando más falta hacía, dejando dividió el Imperio entre sus hijos Arcadio y Honorio.
A Arcadio cupo en suerte el Oriente; a Honorio el Occidente, bajo la tutela del general vándalo Estilicón. La muerte de Teodosio fue como la señal esperada por los pueblos bárbaros para las invasiones. Los godos bajaron a las campiñas de Italia. Derrotados por Estilicón se contuvieron, de momento. Radagasio, caudillo de varias hordas, sufre la misma suerte y sus gentes se refugian en las Galias (Francia) y en España. Es cuando saltan el Pirineo los suevos, vándalos y alanos. Estilicón ha muerto víctima de la traición y cobardía de Honorio y ya nadie puede contener las invasiones.
Alarico I lanza, otra vez, a los godos sobre Italia; asalta y saquea Roma y “como si su destino hubiera sido tan solo clavar su espada en las puertas del Capitolio”, muere al poco tiempo. Otro miembro de la familia Balta, sagrada entre los godos, Ataúlfo, le sucede en el mando. Y Honorio para alejar aquel peligro constante, pacta con Ataúlfo. Los godos, al servicio de Roma, lucharán contra los otros invasores de las provincias imperiales. La prenda de este pacto será Gala Placidia, la hermosa hermana del emperador, de quien prendióse Ataúlfo.
Y Gala Placidia se sacrificó por la Patria. Acaso renunció a algún amor juvenil ilusionador. Se casó con el jefe godo. La boda tuvo mezcla del refinamiento decadente del Imperio y de la bárbara pompa de los pueblos nuevos recién enriquecidos. Ataúlfo se presentó vestido a la romana y seguido de cincuenta mancebos que ofrecían a la bella desposada azafates llenos de joyas y pedrerías preciosas procedentes del saqueo de Roma... Y fue así como los godos, guiados por Ataúlfo -que tal vez sintió, igual que Alarico, una voz interior que le gritaba: Anda a dominar a los otros bárbaros invasores de España y funda allí una monarquía poderosa- pasaron el Pirineo, y fue así también como el jefe godo, con su mujer Gala Placidia, estableció su corte en Barcelona.
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Los visigodos estaban más civilizados que los otros invasores del Imperio. Los prolongados años de contacto con los romanos, el haber sido tropas auxiliares de varios emperadores, y, sobre todo el cristianismo -aunque herético- que profesaban, dulcificaron un tanto sus costumbres, romanizándolos superficialmente. En el fondo quedaba, no obstante, el espíritu belicoso, acostumbrado a imponer su ley por el hierro y el fuego y mal avenido con la paz, la tranquilidad y el sosiego.
Ataúlfo eran más culto que los otros de su raza. Tenía espíritu de gran señor. El amor a su esposa, romana espiritual y artista, la convivencia con ella, le transformaron en un hombre refinado y pacífico, más amante del progreso y de las dulzuras de la paz que del torbellino, los atropellos y las crueldades. de la guerra. Siete hijos le había dado Gala Placidia; había muerto el hijo primogénito y el dolor de esta pérdida unió más a los dos esposos. Ataúlfo -el que quiso antes borrar de la tierra el nombre romano- se romanizó totalmente. Pero ya no fue el monarca sagrado -el Balta- en quien su pueblo confiaba; perdió el amor de su gente; la traición hizo lo demás. Una conjuración de nobles, acaudillados por el ambicioso Sigerico, le quitaba el trono y la vida, asesinándolo en su propio palacio.
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Sigerico no solo representaba el espíritu intransigente y belicoso de los godos, estaba poseído por un odio furioso a todo lo romano y por una envidia vil de su antecesor; los seis hijos de Ataúlfo y Placidia -el mayor contaba doce años- cayeron por el puñal de los sicarios del nuevo monarca. La hermosa romana sufrió asimismo vejaciones atroces. Arrastrada a presencia de Sigerico y obligada a besar la sandalia del bárbaro, el mismo rey, asesino de su esposo y de sus hijos, le anunció la terrible humillación que la preparaba: formaría en el cortejo que recorrería las calles de la ciudad para la proclamación del nuevo soberano, e iría desnuda totalmente, montada en un caballo negro delante del carro de combate del triunfador. -Así quedará memoria eterna de mi venganza -agregó Sigerico- y Roma recibirá a la vez la noticia de la muerte de tu marido y la de tu vergüenza al ser expuesta en público a la ciudad de Laye (Barcelona).
Ni las lágrimas ni los ruegos de la bella Placidia conmovieron el duro corazón de Sigerico. El bárbaro ultraje se verificó: Gala Placidia, apenas cubierto su hermoso cuerpo con una larga cabellera de oro, fue paseada por las calles de Barcelona sobre un caballo negro. Detrás iba en su carro de guerra el nuevo rey visigodo; seguía el cortejo real fastuoso y bárbaro. Al final del recorrido, el caballo que conducía a la infeliz ex reina, fustigado furiosamente, fue abandonado con la preciosa carga en las calles solitarias, ahora temerosas las gentes de provocar la cólera del nuevo e injusto rey.
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Por fortuna, Sigerico sólo reinó ocho días. Cayó víctima del acero de los mismos caudillos que le ayudaron a asesinar a Ataúlfo y a los cuales había horrorizado la crueldad y sed de venganza del que ellos elevado al solio. Las legiones romanas empezaron a moverse desde las Galias contra los godos. Las guiaba un buen general, Constancio, movido por el estímulo de libertar a Gala Placidia y vengar el atroz ultraje. Constancio adoraba a Gala desde la juventud y Honorio, el Emperador, le hizo la promesa de casarle con su hermana, si la libertaba, y de asociarle al mando con el título de Augusto. Walia, el sucesor de Sigerico, comprendió que le convenía pactar con los romanos. Devolvió la libertad a Gala Placidia, entregándola a Constancio. Recibió en cambio la Aquitania y continuó guerreando con los otros pueblos bárbaros invasores de España, por cuenta de Roma.
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La hermosa viuda de Ataúlfo, recibida con ternura por Honorio, casó de nuevo con Constancio, el amor de su juventud, asociado por su cuñado al Imperio como Augusto. Más tarde ocupó el solio imperial durante la minoridad de su hijo -habido en el matrimonio con Constancio- Valentiniano III. Heredera de las altas cualidades del gran Teodosio, dotada de una firmeza de ánimo que sus desgracias y las del Imperio habían fortalecido, Placidia poseyó el arte de escoger buenos generales y rodearse de ministros hábiles. Sostuvo así durante su mando el edificio en ruinas del Imperio Romano y logró desviar el peligro de la invasión de Atila.
Pero ni la ternura de su nuevo esposo, ni el cariño de sus hijos, ni los cuidados del gobierno lograron borrar del todo el recuerdo de la bárbara tragedia. De vez en cuando, una sombra de tristeza y de dolor nublaba la clara mirada de sus ojos garzos… Recordaba los horribles días del final de su reinado sobre los visigodos, el terrible camino recorrido por las calles de Barcelona una tarde de agosto del año 415. Tragedia amasada por el odio, la envidia y la crueldad, episodio doloroso que, rebotando de siglo en siglo, recogido por el pincel de los artistas e inmortalizado en lienzos famosos ha llegado hasta nosotros, nimbando la hermosa figura de la hija de Teodosio de un aire de simpatía al par que de melancolía dulce y atrayente…
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