Fuente: ¿Qué Pasa?, 8 de Enero de 1972, página 17.


ES NECESARIO Y URGENTE VOLVER A LA TRADICIÓN

La verdad sobre la representación política

Por Mario Núñez


Prescindiendo de los totalitarismos, teóricamente existen dos modos de representación política. El primero corresponde a una sociedad organizada por cuerpos intermedios o cuerpos sociales básicos: familias, municipios, corporaciones profesionales. El segundo corresponde a una sociedad sin organización, en la que los cuerpos intermedios, si existen, no existen en cuanto entes naturales anteriores al Estado y con competencia propia; no existen como cuerpos sociales básicos, sino como creación del Estado o como dependientes de él.

Y decimos que en teoría existen dos modos de representación política, porque en la práctica, en la vida real, ésta tan sólo existe en la sociedad organizada naturalmente por cuerpos intermedios.

En el primer sistema, que no ha de verse necesariamente encarnado en ninguna legislación vigente, las familias, los habitantes de la municipalidad, los profesionales eligen a sus representantes entre personas conocidas, para la defensa de sus intereses concretos, de cuyo cumplimiento responden ante aquéllos. Los representantes lo son, no de una masa de individuos, sino precisamente de esos cuerpos sociales básicos en los que se integran los hombres concretos. Este sistema se desarrolla en una sociedad en la que la centralización no existe; en una sociedad en la que las entidades menores ejercen por derecho propio las funciones que por naturaleza les corresponden. Esto no significa ignorar o despreciar la actividad y la función del Estado, sino que, por el contrario, significa encuadrar la actividad estatal dentro de sus justos límites; pues el bien común temporal (teniendo en cuenta el fin supremo para el que el hombre ha sido creado), fin de la actividad del Estado, requiere necesariamente la existencia de esa organización social corporativa.

En el segundo sistema los llamados representantes son elegidos de manera desorganizada por un cuerpo electoral, por una masa de votantes que en su inmensa mayoría los desconoce, pues no hay vida en común, lazos de unión cotidiana con ellos. Al faltar ese mutuo conocimiento, los candidatos a la elección no conocen tampoco los deseos e intereses de quienes les van a votar; deseos e intereses que por otra parte son imposibles de concretar, ya que ahora no lo son de los hombres concretos agrupados en los cuerpos sociales básicos, sino los de un amorfo conglomerado de individuos.

Por ello, los candidatos se presentan a las elecciones con un programa de cuyo posterior cumplimiento no es posible ni que se hagan responsables de él ni exigir que lo cumplan. En el programa se pretende lo que a juicio del candidato le atraerá mayor número de votos. Por eso el programa es casi siempre ambiguo, abstracto.

Este sistema suele ir unido al sistema de los partidos políticos (sistema que pretende una unión artificial de los hombres agrupados en los partidos, deshaciendo la verdadera unión, fruto de la convivencia y la tradición, que se da en los cuerpos sociales básicos).

Los que aspiran a ser elegidos pertenecen a uno u otro partido y los electores votan en realidad los programas de los correspondientes partidos. Aparte del desconocimiento de los intereses de los votantes anteriormente aludido, el elegido se encuentra en la imposibilidad de ser representante de ellos porque además está ligado en su actuación a lo que disponga la directriz del partido a que pertenece.

En este segundo sistema el fundamento y la función de la representación política se ha invertido totalmente. Los que han sido votados no actúan en interés de los «representados», no son portavoces de sus deseos. Ahora son los electores los que se someten al programa presentado y han de aguantarse con la actividad de aquéllos que resultan elegidos.

Por otra parte, los que resultan elegidos no lo son de los cuerpos sociales básicos, únicos que, como explicaba Vázquez de Mella, pueden ser representados (ya que el hombre en concreto no se representa más que por sí mismo), sino de la totalidad de los electores (incluidos aquéllos que han votado en su contra). Así, la representación política lo es ahora de la nación, del pueblo todo; no existe mandato imperativo alguno; no existe la sujeción de los representantes al cumplimiento de la voluntad de sus representados (personas colectivas, cuerpos intermedios) para aquellas cuestiones de las que habían de entender y resolver como portavoces suyos.

De tal modo que en este sistema realmente no existe representación de ningún tipo porque no es posible ser portavoz de algo que por principio carece de voluntad; pues la nación, entendida como el pueblo desorganizado –la masa– carece de ella. Porque tan sólo se puede ser portavoz de la nación organizada jerárquicamente por cuerpos intermedios, siendo portavoces de estas sociedades menores.

El pretender ser representante de la nación y actuar según la voluntad de ésta no es más que actuar según la propia voluntad o según la del partido a que se pertenezca. Por otra parte, limitar su actividad y concordarla con la voluntad de la nación, de la que se dice que se es representante, es un puro absurdo. Porque la nación, entendida de ese modo, sin organización corporativa, es una pura abstracción. No existe; y si existe es el caos o el totalitarismo.

Del primer sistema, desarrollado en una sociedad realmente cristiana, surgen los Fueros, las libertades concretas, la variedad que caracteriza a la organización social y a la comunidad política nacional.

Del segundo sistema surge el uniformismo, la libertad abstracta, la utopía, la promesa irrealizable y demagógica. En él se ahogan las peculiaridades regionales, las libertades concretas de los hombres.

La democracia moderna, inflexiblemente autoritaria, a pesar de su enemistad con el dogma y la verdad, ha elevado a la categoría de dogma y verdad inmutable el que la ley sea expresión de la voluntad general. Ha implantado demagógica y totalitariamente (pues se ha ido apoderando poco a poco de la facultad de entender los hombres por sí mismos, sin que, por otra parte, y aquí está lo verdaderamente aterrador, éstos sean conscientes de ello) el sistema de los partidos políticos y el sufragio general inorgánico. Donde aún no lo ha conseguido, trata de implantarlo, y desgraciadamente lo va realizando «eficazmente», pues la sociedad de masas es el caldo de cultivo apropiado para ello.

Así se suprime, aun cuando se empeñen en decirnos lo contrario, la única representación política posible. Por otra parte, juega papel importante en esta ausencia de verdadera representación política la tecnocracia, ya sea por supresión o por impedir su restauración, pues ¿cómo van a permitir los «organizadores», los tecnócratas, que los cuerpos sociales básicos vengan a discutir sus «planes»?

El padre de familia, el trabajador, el empresario o el profesional, cada hombre en concreto, así como los municipios y las corporaciones profesionales, quedan al margen y sus derechos suprimidos. Frente a ellos, los partidos, cada partido según alcance el poder (o la tecnocracia), y dentro de ellos sus dirigentes (o los tecnócratas), se han sustituido a sí mismos en los derechos de aquéllos.

Ya no hay un bien común único que permita, promueva y contribuya al desarrollo integral y efectivo de los hombres concretos (para lo que es necesario la existencia de los cuerpos sociales básicos), sino diversos «bienes comunes»; tantos como partidos o como realizaciones tecnocráticas. El bien común y su consecución son sustituidos por la volubilidad, el cambio sin sentido verdadero, el cambio por el cambio, el retroceso. No es posible ya una política que, viviendo en el presente, mire al mañana apoyándose en el pasado.

Los partidos para mantenerse en el poder han de realizar espectaculares logros materiales, basados frecuentemente en la demagogia y en el fomento de los apetitos más bajos del hombre. Lo que un partido realizó o intentó y en cuya consecución trabajaba es considerado nocivo por el siguiente que llega al poder y, por tanto, destruido. Cada partido que va alcanzando el poder se embarca en la consecución de finalidades distintas y contradictorias respecto a los que le han precedido; de ello surge la anarquía y la ruina nacional.

Pese a todo ello, la propaganda, en contra del sistema corporativo, único realmente humano, continúa cantando no se sabe qué excelencias (y sí, en cambio, cuántas desgracias) del sistema de los partidos y del sufragio general inorgánico. Estamos en la época del «despotismo democrático» o «tecnocrático», o de ambos a la vez. ¿Cuándo y cómo acabarán?

Se impone una vuelta atrás, una vuelta a la Tradición, y de acuerdo con ello restaurar e instaurar la civilización cristiana, la ciudad católica, ya que de lo contrario acabará en el más terrible de todos los totalitarismos, que se implantará cuando la sociedad, por absorción de todas sus funciones por el Estado, no pueda funcionar por carecer de vida propia.

Ahora bien, esta revitalización de la sociedad por medio de sus cuerpos sociales básicos no puede lograrse desde arriba, y desde fuera por el Estado, por medio de leyes imperativas. Ha de ser una creación propia de la sociedad misma, de sus cuerpos sociales: incrementándose sus funciones allí donde aún subsistan los cuerpos sociales básicos como tales y fomentando la vida de estas células sociales donde esté más apagada; permitiendo y ayudando el Estado a que ello sea posible, pero sin pretender imponerlo mediante leyes imperativas, pues por ser esos cuerpos sociales fruto de la convivencia natural, todo lo que desde fuera se hiciera imperativamente conduciría al fracaso. Y ello porque, a pesar de la mejor voluntad, ni la descentralización, ni el regionalismo, ni el sociedalismo (como Vázquez de Mella lo llamaba), o como se quiera designar a la vida real y efectiva de la sociedad por la de sus cuerpos sociales, no puede conseguirse por voluntad imperativa estatal.

El Estado ha de limitarse a que ello sea posible, para lo cual debe fomentar las iniciativas privadas y nunca sustituirse en su lugar, y tampoco pretender crear él los cuerpos sociales básicos o cuerpos intermedios, ya que desde ese momento dejarían de serlo. En definitiva, cumplir realmente el principio de subsidiariedad en toda la actividad estatal.

Solamente mediante este cumplimiento por parte del Estado conseguirá éste el bien común temporal y existir al mismo tiempo, por ir unido a él, la verdadera y única representación política, cuyo olvido y desprecio por parte de nuestros gobernantes, cegados por las teorías «europeizantes», hizo decir a Ramiro de Maeztu: «Hace doscientos años que el alma se nos va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros mismos…». Si no queremos seguir presenciando «el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por garrulos sofistas…, en vez de cultivar su propio espíritu…, hace espantosa liquidación de su pasado…», como dijo Menéndez Pelayo, es necesario una vuelta a la Tradición, en cuya doctrina y práctica se encuentra realmente la verdadera representación política.