¿Jesús abandonado por el Padre Eterno?
Publicado el 20 Mayo, 2008 Autor Pedro Rizo |

El artículo anterior ha suscitado un comentario en el que se pretende hay correspondencia entre el supuesto abandono de Jesús en la cruz y la interpelación a Dios hecha por algunas personas en queja a su impasibilidad ante las diversas calamidades que afligen a los hombres. Lo considero un buen tema para el artículo de hoy.
Señales de la divinidad de Jesús las hay en abundancia en los Evangelios pero pocas tan dramáticas como sus palabras en la cruz. Podemos destacar aquellas en que trata al Padre con matices de familiaridad inconcebibles: “Abba”, papá; o esas otras con las que le pide perdone a los que no sabían lo que estaban haciendo. El tema de hoy es la frase que mayor perplejidad suele despertar entre el común de los bautizados: «Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46) Así que vamos a analizarla según la enseñanza tradicional de la Iglesia.
Tenía yo casi veinte años cuando presencié una proyección de diapositivas sobre la famosa Sábana Santa, conservada en Turín, y de la que se disponen pruebas históricas, arqueológicas, botánicas, médicas de que fue la misma que envolvió el cuerpo de Jesús en su sepultura. Treinta años después escuché a un médico describir desde su enfoque profesional la concordancia de las manchas del lienzo con la anatomía del cuerpo que las originó. Entre otras cosas destacó que a aquel ajusticiado, para nosotros Jesús, al permanecer colgado de unos clavos en estudiado tormento que le provocara la asfixia, se le hacía muy trabajoso completar frases. Por eso Jesús se dirigía a sus oyentes con palabras inaudibles, pasando del susurro a la voz en grito. Esto nos revela por qué no todos los testigos le entendían. Precisamente la frase que nos ocupa. Fue dicha en arameo: «Eloí, Eloí, lamá sabakhthani», y ya algunos de los presentes entendieron que llamaba a Elías. Si esto es así con los directos espectadores del drama del Gólgota, adónde llegaría la confusión de no existir la guarda de la Iglesia y sus biblias comentadas de antes del Concilio Vaticano II.
También nosotros, como los que entendieron Eloí como Elías, hemos de ver el error garrafal de los que dicen que Cristo, al recitar esas palabras manifestó la queja amarga del despego de Dios. Error muy probablemente abrigado por quienes le niegan su naturaleza divina, de modo que hacen así un negocio redondo: convierten un elemento probatorio en argumento contrario.
Sin embargo… La cosa cambia diametralmente cuando descubrimos que esas palabras son el comienzo del mesiánico Salmo 21, de David, que refiere el padecimiento que habría de pasar el Hijo del hombre, y que empieza con tales palabras. Salmo que concuerda con Isaías 53, 3 y su descripción del “siervo de Yahvé, cuya lectura recomiendo al lector. Francamente, a quién se le ocurriría lamentarse de un tal abandono recitando un salmo. Nadie hace una cosa así en la espontaneidad del dolor; es absurdo. Y más aún en Jesucristo, llamando Dios al que siempre llamó Padre.
Pero volvámonos al crucificado y mirémosle otra vez ahogándose por el estiramiento de los brazos y el peso de su cuerpo que no le deja meter aire en los pulmones. Era bien sabido de los miles de crucificados de aquel tiempo, a los que se les ponía a los pies una especie de misericordia donde apoyarse, con el doble fin de aliviar la asfixia y dilatar la tortura. Un Jesús en estado casi comatoso, ya bien azotado y maltratado por especialistas hasta los límites legales. Contemplémosle colgado, como res en la cámara de un matadero, de unos enormes clavos que le traspasan muñecas y pies desgarrándole tendones con un dolor paralizante… Miremos su nariz rota de un porrazo, un labio partido, el ojo izquierdo que no puede abrir quizás por la bofetada de Caifás, o de cualquier soldado de la noche anterior. Un hombre al que la sangre riega su cara, por la corona de espinas que le perfora la frente.
Y examinemos que es en esa situación de extrema tortura cuando Jesús intenta decir algo a los que pasan por delante de Él y le insultan, curiosean y se burlan. Tiene que ser muy importante lo que les está diciendo desde lo alto de la cruz y en esa tortura. Tanta que apenas si puede hacerlo en versos sueltos. Y lo que oyen los presentes es el inicio del Salmo 21, de David. Algo que sólo se explica por el deseo de auto-señalarse ante el pueblo judío, sabedor de las profecías sobre el “varón de dolores”: “Miradme, yo soy ése que describen vuestros libros sagrados…”
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
[…]
Pero yo soy gusano, que no hombre;
oprobio humano y mofa de la plebe.
Todos los que me ven de mí se burlan,
chasquean los labios, la cabeza agitan;
-En Dios confía, que Él le haga libre,
pues que tanto le ama venga Él a salvarlo.
[…]
Entre malhechores me veo cercado,
mis manos y mis pies me han traspasado,
y puedo ya contar todos mis huesos.
Míranme ellos, y viéndome se gozan;
mis ropas se reparten
y acerca de mi túnica echan suertes.»

Cuando David escribía este salmo no podía referirse a un crucificado.
La exclamación en la cruz es cosa muy diferente a que el Papa interpele a Dios delante de los hornos crematorios por el llamado holocausto judío. No es lo mismo.

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