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Tema: Otegi, delincuente en la calle

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    Re: Otegi, delincuente en la calle

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    Re: Otegi, delincuente en la calle

    La violencia según Otegi

    POR GERMÁN YANKE

    Arnaldo Otegi lleva diez años de máxima actualidad desde que, poco antes y en previsión de que fuera encarcelada en noviembre de 1997 la Mesa Nacional, pasó a formar parte junto a Joseba Permach de la nueva gestora de Herri Batasuna. Diez años. En aquel momento, los líderes de los principales partidos políticos se llamaban José María Aznar, Joaquín Almunia, Julio Anguita, Jordi Pujol, Xabier Arzalluz, Carlos Garaikoetxea… Todos ellos se han retirado ya de la política. Sólo Josep-Lluis Carod Rovira, de los aún activos, llevaba unos meses como secretario general de ERC, aunque no fue presidente de esa formación hasta 2004. La relación de nombres, que revela ya el pasado de los partidos con representación en el Congreso, da idea de la continuidad en el liderazgo de Batasuna en estos últimos diez años.

    Veterano del mundo etarra
    No era nuevo Otegi en el mundo etarra. Perteneció a ETA P-M y fue de los que no quisieron abandonar la violencia cuando esa rama de la banda decidió disolverse y pasar a la política. Pasó por la cárcel por el secuestro del empresario Luis Abaitua. Desde 1995 era parlamentario de HB al sustituir a Begoña Arrondo. Poco después pasaba al primer plano de la organización ilegalizada en 2002. En estos diez años, el portavoz de Batasuna ha dado muestras de una habilidad dialéctica indudable con la que ha conseguido que, en determinados sectores, el inamovible discurso político haya sido visto como un cambio.

    Esta percepción ha alcanzado en los últimos meses un nivel distinto, en el marco del llamado «proceso de paz» impulsado por Zapatero, que incluso llegó a definirle como «hombre de paz». Algunas de sus declaraciones recientes han sido presentadas como muestras de que, por utilizar una expresión al uso, «algo se mueve» en la «izquierda abertzale». No es menor la importancia que se quiere dar a estas declaraciones, ya que hasta el mismo presidente concibe sus gestos políticos como un modo de «ganar voluntades» entre las personas del entorno etarra «que están a favor del fin de la violencia y de que se logre la paz».

    Esta misma semana, Arnaldo Otegi ha sido de nuevo protagonista al ser absuelto, tras una rocambolesca detención y traslado a la Audiencia Nacional al no haberse personado voluntariamente en el juicio, ya que el fiscal retiró la acusación en la misma vista. El procesamiento respondía a las palabras del portavoz de Batasuna en el funeral de la etarra Olaia Kastresana en el cementerio de San Sebastián en 2001. No es este el lugar adecuado para relatar el debate jurídico —como el que se ha desarrollado entre los magistrados del tribunal y el fiscal— sobre la calificación penal de esa intervención, pero sí creo oportuno recordar su contenido y su significación política. Otegi, en su reconocimiento a la etarra, rinde homenaje —aun negando que sea apología de nada— a los terroristas que, según sus palabras, contribuyen a que se reconozca que «el derecho a la libre determinación», algo «fundamental» para dar paso a «un cambio político».

    La consideración del terrorismo como un elemento para conseguir el reconocimiento de lo que se presenta como «un derecho» es una constante en la ideología totalitaria de Batasuna y en la doctrina reiterada por Otegi, como no podía ser de otro modo. Plantear la barbaridad moral de este modo permite, seguramente, la ficción de intentar justificarse éticamente: un fin que justifica y un medio al que ETA se vería obligada, porque no hay otro para conseguir ese objetivo. Y permite, asimismo, con una falacia en la que Otegi es maestro, añadir que se es consciente del dolor que el terrorismo produce, que lo ideal sería lograr esas aspiraciones por otros medios… que se trata, en definitiva, de una violencia «obligada», de «respuesta» a la del Estado, que es «estructural» y la causa de todos los males.

    En esa deleznable posición intelectual, que ningún demócrata aceptaría, es en la que encaja la afirmación —hecha el día anterior al juicio en la Audiencia Nacional—, de que ETA no pretende «imponer un Estado independiente mediante la lucha armada», que sería «un error» añade, sino que utiliza la violencia porque «no existen condiciones democráticas para un proyecto independentista». Si hay quienes quieren ver en este tipo de expresiones un avance hacia posiciones no violentas deberían acudir al psiquiatra. Si hay quienes ven un cambio —aunque sea en el planteamiento de dos opciones, la violenta y la política—, además de degradarse a sí mismos, se equivocan.

    Yo mismo tuve la oportunidad de entrevistar a Otegi apenas unos meses después de que fuera nombrado portavoz de Batasuna, en 1998. Nada ha cambiado. En aquella ocasión ya dijo que «ETA es una organización que a nuestro entender está al servicio de un proyecto nacional que se llama Euskal Herria», que la violencia era de «respuesta» y que, independientemente de las distintas sensibilidades en HB, «nunca vamos a considerar a ETA una organización terrorista». El problema, como ahora, está siempre en el otro lado —que es el Estado y la democracia, no se olvide—, el que se niega a crear el escenario para la autodeterminación. Y, para los buscadores de novedades, esta frase de aquella conversación: «Si ETA tuviera la tentación de emplear la violencia para imponer un modelo político y social, seríamos los primeros en denunciarlo».

    Coincidencia total con ETA
    Diez años de coherencia y de coincidencia con la banda. Diez años en los que la palabrería —que responde a un concepto totalitario de la política— jamás ha condenado ni se ha apartado del terrorismo. «Optó por la política» en Anoeta, dicen los buscadores de perchas para dar carta de naturaleza a un cierto entendimiento con Batasuna. Pero la citada proclama es exactamente lo mismo: cambiar el «marco jurídico» para superar el «conflicto», evitar la exigencia de la ley y discutir con Batasuna la autodeterminación y con ETA «la desmilitarización del conflicto». Si esto es optar por la política… «Pero reconoció el dolor de las víctimas», insisten. Bueno, como si la alternativa fuese negarlo. Vuelvo al encuentro del 98: «La lucha armada convulsiona socialmente, genera convicciones políticas diferentes, pero no debería ser en ningún caso una dificultad añadida al proyecto real de construcción nacional». ¿Dónde está el cambio? ¿Dónde lo razonable? ¿Dónde, antes y ahora, el rechazo y la condena del terror?

    http://www.abc.es/20070325/opinion-f...703250954.html

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