Cardenal Cañizares: ¿al César lo que es de Dios?
Bruno, el 20.07.16 a las 9:36 PM
Hace un par de días, asistimos a una nueva edición de los grotescos episodios políticos de opereta que periódicamente se repiten en España. Mostrando una completa falta del sentido del ridículo, el Partido Socialista reclamó que se cancelara una Misa que se iba a celebrar en la Catedral de Valencia, por la peregrina razón de que iba a ser ofrecida por el eterno descanso de Francisco Franco.
Un servidor, que disfruta siendo políticamente incorrecto, habría respondido a esa petición con una escueta nota en la que se recordara que el Partido Socialista fue el instigador y ejecutor, entre otros, de la última persecución sangrienta que se ha producido contra el catolicismo en España, con un saldo de más de seis mil obispos, sacerdotes y religiosos martirizados y un número indeterminado de seglares muertos por la fe. Si me sintiera particularmente cruel, habría añadido que precisamente la Catedral de Valencia fue quemada en 1936 y que más de 200 obras de arte de la misma están en paradero desconocido desde entonces, y aprovecharía para preguntar por cualquier noticia que pudieran tener de ellas los autores de la petición.
El Arzobispado de Valencia, con más tacto y diplomacia, publicó un comunicado en el que indicaba que los fieles ofrecen Misas en sufragio por los difuntos que quieren, que la diócesis no podía rechazar esos sufragios y que la parroquia catedral era autónoma en esos temas. Junto con esas aclaraciones, muy pertinentes y a las que no tengo nada que objetar, el Arzobispado ofreció otras consideraciones bastante más cuestionables, que, a mi entender, convendría haberse ahorrado.
En el comunicado, se indicaba que “ante todo debe quedar manifiestamente claro (sic) la defensa de la democracia del Arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares”. También se decía que “en estos tiempos” “no puede haber cuestionamiento posible” (sic) de la democracia y se recordaba que el Arzobispo fue “testigo directo y actor de la labor que realizaron tanto los hombres de Iglesia como los actores políticos del momento, en favor de la conciliación de todos los españoles” “en los difíciles años de la transición democrática”, que nos trajeron “la convivencia entre los españoles, la difusión de los derechos humanos, el bien común, y el establecimiento de libertades en verdadera armonía”.
No contento con eso, el autor del comunicado proclamaba la “adhesión absoluta a los principios democráticos” del cardenal Cañizares y, en consecuencia, declaraba “inadmisible generar ni una sombra de duda sobre las convicciones democráticas del Arzobispo de Valencia”. Por si no había quedado claro, se decía que, unos días antes, “el Cardenal Arzobispo volvió a insistir en su papel como defensor de la democracia”. Finalmente, el comunicado terminaba con un párrafo en el que se que se rechazaba una vez más que alguien “ponga en duda la defensa de la Diócesis de Valencia de la democracia”.
¿Ante todo debe quedar “manifiestamente clara” la “defensa de la democracia” por parte del Arzobispo de Valencia? ¿Ante todo? Digo yo que, ante todo, deberá quedar manifiestamente claro que cualquier obispo hará lo que crea en conciencia que es la Voluntad de Dios, digan lo que digan todos los políticos y votantes de la tierra, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. ¿Qué pinta un obispo “defendiendo la democracia”? Más bien tendrá que defender la fe católica y a sus fieles de los lobos. ¿Qué sentido tiene afirmar que no debe haber “ni una sombra de duda sobre las convicciones democráticas del Arzobispo? No debe haber ni una sombra de duda sobre las convicciones católicas del Arzobispo. Sus convicciones democráticas no le interesan a nadie. Al leer este tipo de afirmaciones, la conclusión inmediata que queda en la mente de los fieles es que lo más importante es la democracia y ser buenos demócratas. Si lo primero son las convicciones democráticas, es inevitable que las convicciones católicas se relativicen.
Sacerdote guillotinadoNo sé qué pretende expresar el autor del comunicado con la palabra “absoluto”, pero en ningún caso puede tener un obispo una “adhesión absoluta a los principios democráticos”. La “adhesión absoluta” se debe a Dios y nada más que a Dios. Si la democracia y sus principios usurpan este papel, se convierten en un ídolo que destruye al ser humano. Este tipo de lenguaje recuerda poderosamente a los sacerdotes juramentados, es decir, a aquellos que, durante la Revolución Francesa, juraron fidelidad a los principios del nuevo régimen según la Constitución Civil del Clero, que sometía a la Iglesia al Estado. En contraste, el clero refractario, fiel a la primacía de los mandatos de Dios, se vio obligado a exilarse o a vivir en la clandestinidad.
Igualmente inadecuada es la idea de que no se puede cuestionar la democracia. Nada tiene esa afirmación de católica y, por lo tanto, es inadmisible que el Arzobispado la exponga como propia en un comunicado público. Recordemos lo que dice el Catecismo (1901) sobre este tema: “La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta”.
Según la división aristotélica clásica, retomada por la escolástica, existen básicamente tres tipos de regímenes políticos: monarquía (el gobierno de uno), aristocracia (el gobierno de los mejores) y república (el gobierno popular). La Iglesia, que se mueve por criterios espirituales y no políticos, admite en principio como legítimos los tres tipos de gobierno y no se mete a elegir entre ellos, sino que acepta la autoridad legítima y constituida, sea cual fuere. Por eso, cumpliendo el cuarto mandamiento, la Iglesia primitiva rezaba por el Emperador romano, en la Edad Media los católicos rezaban por los distintos reyes, en Estados Unidos se reza por el Presidente y en Omán se reza por el Sultán.
Me da igual, francamente, que el autor del comunicado y el propio Arzobispo sean partidarios del sinarquismo, la democracia orgánica, el Archiduque Carlos o el Dux de Venecia, pero lo que no parece de recibo es que utilicen sus cargos en la Iglesia para defender sus opiniones políticas. El Arzobispado de Valencia no debe meterse en ese tema, que no le compete, y menos con esas afirmaciones claramente disparatadas. La Diócesis de Valencia no tiene como misión la “defensa de la democracia”, sino la santidad del pueblo de Dios. Privadamente, un arzobispo puede tener las opiniones que desee sobre la organización política española, pero no debe proclamarlas públicamente como tal arzobispo, porque lo que le corresponde es pastorear el rebaño de Cristo, más allá de opciones políticas prudenciales.
También parecen fuera de lugar esos elogios tan exagerados a la Transición, teniendo en cuenta los resultados de la misma. Las afirmaciones del comunicado serían exageradas fuera cual fuese el régimen político en cuestión, pero aún resultan más extemporáneas cuando se refieren a un régimen cada vez más anticristiano. El mismo artículo del Catecismo que citábamos antes recuerda que “los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto”. Una definición que, en sus tres elementos, viene indudablemente como anillo al dedo a nuestra actual democracia relativista y liberal,cuyas leyes vulneran gravísimamente la ley natural, el orden público y los derechos fundamentales.
Cada día difícilmente puede un católico discutir esto. Basta recordar la introducción del divorcio, la práctica destrucción del matrimonio, la promoción estatal y escolar de la anticoncepción y la antinatalidad práctica, la experimentación con embriones, más de cien mil niños abortados al año, el “derecho” al aborto y al “matrimonio” homosexual, las leyes tremendamente inicuas en el ámbito de la sanidad y la educación, la práctica anulación de la objeción de conciencia, la obligación para los centros católicos de enseñar contra la doctrina católica, la desprotección de las familias, la libre pornografía omnipresente, la falsificación-anulación de la historia y de la identidad de España (especialmente en todo lo relacionado con el Catolicismo), el relativismo moral en la escena pública y un largo etcétera. Un sistema que ha traído todo esto no puede ser glorificado, y menos con esa rotundidad, en un comunicado archiepiscopal.
En esos casos, resulta aplicable el número 1903 del Catecismo:
“La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia. “En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa” (PT 51)”.
También San Juan Pablo II habló de casos como el nuestro:
“Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Juan Pablo II, Centesimus Annus, 46).
¿Qué sentido tienen, pues, los exageradísimos elogios a nuestro sistema político actual? ¿Realmente podemos pensar los católicos que se ha logrado “la convivencia entre los españoles, la difusión de los derechos humanos, el bien común, y el establecimiento de libertades en verdadera armonía”? Estamos acostumbrados a este tipo de afirmaciones y no nos sorprenden, porque corresponden a la moda del momento y a los dogmas implícitos de nuestra época, pero los cristianos debemos recordar siempre que estamos en el mundo, pero no somos del mundo, porque somos ciudadanos del cielo.
Todo esto, por supuesto, no debe hacernos olvidar que el Cardenal Cañizares supo defender la familia públicamente hace un par de meses, a pesar de la presión ideológica, política y mediática en su contra (Dios se lo pague). Con ello, dio ejemplo de una firmeza a la que desgraciadamente no estamos muy acostumbrados en España. Precisamente para no echar por la borda esa firmeza contra el error, conviene que tanto Su Eminencia como los demás obispos revisen sus comunicados, de modo que, junto a la enseñanza de la Iglesia, no contengan dogmas políticos extraños a ella, para no dar al César lo que sólo le corresponde a Dios.
Cardenal Cañizares: ¿al César lo que es de Dios?
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