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Tema: Joaquín Costa y la vigencia de su análisis

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    Re: Joaquín Costa y la vigencia de su análisis

    Joaquín Costa suscitó una reunión extraordinaria de la Cámara Agrícola del Alto Aragón en Barbastro y ese 13 de noviembre (1898) se hizo público un mensaje, redactado por él, en que la propia Cámara dirigía a las demás del país, a las de Comercio, a las ligas de productores, gremios,sindicatos, círculos de labradores, industriales y comerciantes de toda España.

    El documento es demasiado largo, no ya para reproducirlo, sino para comentarlo siquiera, aquí, en todas sus partes. Tiene un amplio preámbulo, que es un dictamen sobre lo sucedido, y un más amplio conjunto de capítulos sobre temas y reformas concretas.

    Parte de la base de que el ’Desastre’ ha borrado del mapamundi “la mitad de España, la otra mitad se ha borrado a sí propia, en un suicido lento”. No queda nada. En consecuencia, “nos hallamos en pleno períodoconstituyente. Y es elemental que nos preguntemos, repuestos ya de la sorpresa, cómo nos hemos de constituir”.

    Lo primero que sugiere es nada menos que “una total rectificación de nuestra historia”. Y esto es significativo. Costa no habla tan sólo, como los demás, de una crisis política, de partidos, sino de los efectos de unas constantes seculares. Han sido, en concreto, “dos accidentes históricos, el desembarco de Colón en la Península con su lotería del Nuevo Mundo y el matrimonio de doña Juana con sus expectativas en la Europa central”, los que hicieron germinar en España las ansias del imperio que la distraerían durante cuatro siglos de cualquier actitud coherente con su pobreza natural.

    “Con un suelo semi-africano y una población medieval, no era posible constituir una nación moderna, por el tipo de las de la Europa central. Pero esto no lo vieron los fundadores de la nacionalidad, ni lo hemos visto todavía nosotros.” Hacía falta, por tanto, empezar desde los cimientos. “El hado, los sucesos, acaban de plantearnos el problema de fundar a España otra vez, como si nunca hubiese existido”; porque, si mal se hallaba en 1895, peor se encuentra tras la guerra. Antes de estallar las guerras ultramarinas, todos los políticos (Sagasta y Cánovas por delante) hablaban ya de la necesidad de cercenar los gastos del Estado para ajustarlos a la realidad. “Por desgracia, ni tuvieron ese valor ni abandonaron el poder.” Y luego, “durante cuatro años, la guerra se ha estado tragando un canal de riego cada semana, un camino cada día, diez escuelas en una hora, en media semana los cuarenta y cuatro pueblos creados por Olavide y Aranda en los valles de Sierra Morena...”.

    Los remedios generales tenían que ser drásticos. Primero, cambiar de gobernantes. “Necesitamos en el gobiernos ‘impersonales’: Bismarcks, injertos en San Francisco de Asís, con más de San Francisco que de Bismarck.” Y, como los partidos históricos no han de renunciar por sí mismos al monopolio del poder, se hace preciso “que nos organicemos en partido nacional, en partido regenerador, con sus periódicos, sus comités y sus asambleas, un programa desarrollado y gacetable, a fin de reclamar su inmediata realización de los Gobiernos que se formen de los demás partidos, mientras conservan fuerza para constituirlos y los constituyan, a pesar nuestro, y caso de que se nieguen o que lo demoren, reclamar el poder en la misma forma que ellos y con igual derecho cuando menos”.

    La parte programática del documento describía un proyecto de “Política reductora o simplificadora, “sumarísima”, “modesta, callada, de recogimiento”, “Política reparadora y, por tanto, para la blusa y el calzón corto, principalmente”, “Política tradicionista”, basada en la evolución de “la historia y la costumbre”, pero no en la idealización de la propia historia: al contrario, con “doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar”.

    No es posible, según decía, enumerar todo lo que se proponía al respecto. El programa se articulaba en quince epígrafes. Comenzaba por insistir en una de las reivindicaciones que se le atribuyen como principal aportación: “lo que se ha llamado con cierta relativa exactitud -dice- ‘política hidráulica’.” Había que levantar pantanos y canales y desenvolver una política de “Colonización de las tierras adquiridas por este título” (mediante el “cambio del derecho perpetuo al agua por una parte alícuota del suelo regable”, “juntamente con las [extensiones] de dominio público enclavadas en la zona regable”). El planteamiento de Costa desarrollaba en realidad, en este punto, el esbozo agrarista del Acta de Loredán y de hecho su autor entraría en relación con varios agraristas católicos en los meses siguientes.

    Pedía, además, siempre explicándolo, la simplificación y abaratamiento de los servicios de crédito, titulación, fe pública y registro; el fomento de la exportación; la conversión de “250.000 kilómetros de caminos de herradura en caminos carreteros baratos”, reduciendo en cambio el plan general de carreteras, que resultaban mucho más caras, y no eran necesarias para el tráfico existente; legislación de previsión; protección fiscal a la pequeña empresa; derogación de todas las leyes y disposiciones sobre desamortización civil.

    Respecto a la enseñanza, comenzaba por afirmar que “la mitad del problema español está en la escuela”. No bastaban gentes que supieran leer y escribir, sino hombres formados en lo que hoy denominaríamos una educación integral, con maestros dignificados socialmente que, entre otras cosas, cobraran del Estado y no de los municipios respectivos (que no pagaban o lo hacía tarde y mal con frecuencia). “Menos Universidades y más sabios”. añadía: “han de reducirse las Universidades a dos o tres, concentrando en ellas los profesores útiles de las demás, y crear Colegios españoles [...] en los principales centros científicos de Europa, [...] a fin de crear en breve tiempo una generación de jóvenes imbuidos en el pensamiento y en las prácticas de las naciones próceres”. Sobraba, por supuesto, y en todo caso, la censura del Estado o la Iglesia.

    “Entrar en el presupuesto de gastos como Atila en Roma” era lo que exigía la situación de la Hacienda pública. Pero esto requería, a su vez, desmontar materialmente la Administración.

    Requería en concreto una mezcla de acciones sensatas o suicidas hasta un grado supino: “Supresión de Ministerios, Direcciones, Consejos, Academias, Comisiones, Delegaciones, Obispados, Universidades, Capitanías, Arsenales, etc. Reducción de los gastos militares, disminuyendo el contingente activo del Ejército, amortizando generalatos, cerrando escuelas especiales, etc. Reducción de obligaciones eclesiásticas, de acuerdo con la Santa Sede. Reducción de las Embajadas a una sola en París. Por término medio de cada diez empleados suprimir nueve”.

    Como a casi todos los demás regeneracionistas, no se le pasaba por la mente acabar con el sistema liberal. En el caso de Costa, ni se le ocurría sugerir las reformas del catalanismo, o en alguna frase ambigua de Polavieja o de Silvela sobre el sistema de representación. Por el contrario, en cuanto a los “Derechos políticos”, se imponía el mantenimiento del statu quo. “Ha pasado ya la moda de llamar pestilencia y abominación a la democracia. Valgan poco o valgan mucho, el Parlamento, el Jurado, los derechos individuales y el sufragio universal constituyen una legalidad común a toda Europa, han costado caudales inmensos y torrentes de sangre a dos generaciones; y creemos que sería un atentado contra el país reponerlos al estado de problema y complicar las preocupaciones presentes con otras que no son ya o que no son todavía cuestión fuera de la Universidad o de la Academia.”

    En cuanto a la Administración regional y local, “hay que trasplantar renuevos del árbol de Guernica a todas las comarcas de la Península”.

    La parte más negativa (y menos clara en algunos detalles) era la que atañía a la política exterior. El documento aconsejaba abiertamente el aislamiento casi total, “produciendo a Europa la impresión de un pueblo que hubiese sido tragado por el Océano”. “Ningún ideal nos llama ya en ninguna parte del mundo fuera de la Península.” Haríamos “reír a Europa” alineándonos junto a Francia y Rusia en el sistema de relaciones vigentes; ya “no hay para nosotros cuestión colonial”, ni en África (y Costa había sido una de las cabezas del africanismo español); porque “el planeta entero ha sido ocupado”.

    “No hay tampoco para nosotros cuestión de Portugal”; porque “entrambos [países] dieron las mismas muestras de incapacidad”. “Tampoco hay ya cuestión de América latina”; la guerra hispano-yanqui de 1898 la ha condenado “a desgranarse rápidamente, para ir a caer grano a grano en las ávidas fauces del sajón.” El porvenir se hallaba -decía- en un acercamiento económico y político a Francia. Respecto a las Filipinas (que aún eran españolas en aquel noviembre de 1898), las Carolinas y Marianas, lo mejor era venderlas, arrendarlas, cambiarlas por tierras más próximas o, en último término, abandonarlas.

    En suma de todo y como resultado: una revolución más honda que cualquiera de las que con tanto aparato se han hecho hasta ahora en España...”

    http://www.juntadeandalucia.es/educa...w/rec/3206.pdf
    Última edición por ALACRAN; 23/03/2016 a las 13:37
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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