Fuente: El Príncipe Requeté, Ignacio Romero Raizábal, Santander, 1965, páginas 41 – 45.
VIII
LA TENTACIÓN DE LA FRONTERA
Despacio, suavemente, sin ruidos de motor, parose el coche como si le faltara gasolina.
Habíamos quedado en la misma curva del cruce.
Frente a nosotros, a distancia de pocos metros, una pareja de gendarmes paseaba esperando el relevo, con el rostro enmascarillado por un aburrimiento francamente internacional.
Junto a ellos, la línea de Frontera podría hacer pensar en un paso a nivel o en un obstáculo de concurso hípico.
Un poco más allá, tras una paralela separación, la vigilancia vertical de un poste con la Bandera roja y gualda en la punta.
Y las boinas bermejas de tres o cuatro requetés con fulgores de llamas vivas.
Felipe dijo, limpiándose los lentes con el pañuelo, con inocente parsimonia:
– Dancharinea.
Luego pisó la puesta en marcha y el auto, lento y dócil, tomó la bifurcación a la derecha, por donde continuaba el camino francés, como si nadie le guiase. Como un caballo que anda por una senda conocida. Mientras el conductor, hablando para sí, murmuraba:
– Y ahora vamos a darnos una vuelta ante la geografía que se tiene que aprender «mi sobrino», para que no se equivoque mañana.
Comenzaba a caer la tarde. El jugoso paisaje, tan rico en praderías amortiguaba la intensidad de sus húmedos verdes, y las cumbres de los montes de nuestra izquierda, cicatrizados de calvicies calizas, se amorataban con resplandores de un violeta maravilloso.
Íbamos en silencio, mas los cuatro viajeros, de hablar en alta voz de lo que estábamos pensando, hubiéramos hablado de lo mismo. E imaginaba, sin mirar atrás, a los dos augustos hermanos con las miradas fijas en aquellas montañas.
Por distraer los pensamientos, eché mano de una vulgaridad oportuna.
– ¡Qué maravilla de colores! Pero si esto lo viésemos en un cuadro, lo encontraríamos absurdo.
El Príncipe Javier, que es un afortunado paisajista, precisó:
– Porque no sería, seguramente, «esto».
Pero el Príncipe Gae no quiso distraerse.
– ¿De manera que esos montes son de Navarra? ¡Si se puede ir a ellos en un par de minutos!
Tío Felipe, sin dejar el volante, volvió su rostro, sonriendo.
– No hay que impacientarse, «sobrino». Mario ya está en San Sebastián y mañana podrá volver a hablar en italiano con su amigo Gae.
– Lo que va a pasar hasta entonces, si no se desahoga con nadie…
– Pero todo está prevenido. Mi cuñado Luis Zuazola tiene un ejemplar de «La Divina Comedia» en su salsa original.
– ¡Sí que la hiciste! Voy a encontrarme al pobre Mario con cuarenta de fiebre.
Cerca de Ascain, junto al frontón abierto donde brota el recuerdo de Pierre Loti, que en aquel rinconcillo descansaba de sus viajes por el Oriente, Don Javier señaló, a la izquierda, una casita perdida en pleno campo, en un repliegue del terreno, a la falda de la montaña.
– ¿Os acordáis? –nos dijo.
Era un gracioso caserío blanco, con las maderas exteriores pintadas en verde, donde pasaba el Rey un mes o dos al año recibiendo visitas clandestinas en los tiempos de la conspiración. Nosotros recordábamos haber estado allí no hacía mucho. A mediados del 35. Pensando en bien distintas aventuras de las que preocupaban a las derechas españolas, que prendían ilusiones y proyectos patrióticos con alfileres de escrutinios y caciques rurales. Proyectos e ilusiones que pulverizaría, como una urna gigantesca de un soez cachavazo, el triunfo electoral de las izquierdas en febrero.
La fantasía se nos emborronaba. ¿Sólo hacía alrededor de un año de aquello? ¿Y sólo un año que los tradicionalistas, de 21 diputados en las Cortes del 33, no pudimos volver a sacar más que nueve, perdiendo doce puestos… y que los Falangistas no consiguieron ver el triunfo de un solo candidato, ni que fuera incluido José Antonio en ninguna de las coaliciones de derechas?
La fantasía se nos emborronaba con un baile de confusas imágenes, como cuando se gradúan los prismáticos. Sólo veíamos con claridad, pero con una claridad deslumbradora, la firmísima decisión de Fal Conde de no quererse presentar diputado, y al que no conseguimos convencer, gracias a Dios, en aquel caserío haría un año poco más o menos.
Recuerdo algunas de sus frases como si fueran máximas que aprendí en la niñez. Aunque no a todas las extraje su verdadero significado de momento, por tener yo otra idea y, tal vez, por estar rebozadas de ironía con tonillo andaluz, como las profecías bíblicas en metáforas.
– No seas inocente. Créeme que es mejor para todos que yo no sea diputado.
– Se necesita que el Delegado de la Comunión se siente en el Congreso.
– Se necesita todo lo contrario. ¡Pues sí que es porvenir que le sigan a uno los periodistas como a una cupletera! Lo que se necesita es hacer requetés. Seguir la farsa electoral, que va a ser un fracaso de las derechas, pero hacer requetés. ¡Eso sí que se necesita! Escogidos y dispuestos a todo.
– Y que a ti te conozcan.
– ¡Al revés! Cuanto a mí menos me conozcan, mejor. Lo necesario es que los chicos sean más cada día, y que tengan pistolas y que intensifiquen su instrucción militar. ¡Eso es lo que se necesita!
Pero la voz de Don Javier espantó la bandada de recuerdos, revolviéndome otros. Decía al conductor:
– ¡Con qué ilusión hicisteis la obra dentro de la casita el pobre Pepe Zuazola y tú! ¿Cómo sigue tu cuñado?
– Enfermo y escondido, Señor. Igual que mi sobrino Luis, aunque éste no esté malo…
Pepe Zuazola, hermano, como Luis Zuazola, de la mujer de Felipe Llorente, era uno de esos ejemplares estupendos que suele dar en abundancia la cantera carlista. Hombre práctico en la vida ordinaria, como era propio y hasta razón de oficio en un Agente de Bolsa de la Babel de los negocios bilbaínos, habitaba en el mundo de la política en esa estratosfera romántica y sentimental cuyo desierto y uso, como el yermo a los ermitaños, no ha discutido nadie a los cruzados de la Tradición. Así, y por eso, era como Indalecio Prieto (al que tirara con un tintero a la cabeza en una sesión de la Diputación de Vizcaya, al oírle blasfemar, siendo ambos diputados provinciales) le preguntaba un día, a los dos años de venir la República: «Pero, señor Zuazola, ¿cuándo me va a pedir algún favor?». Pues Pepe Zuazola, hacía una semana, al arder las casas contiguas al refugio donde estaba escondido en Bilbao, se levantó del lecho agarrado del brazo de su madre, que ya tenía ochenta años, cantando en pleno incendio, a media voz, el Oriamendi.
El otro, aquel sobrino «de verdad» a quien se acababa de referir Felipe Llorente, era hijo de una hermana de su mujer, Luis Lezama Leguizamón. Que por ser Jefe Señorial de los carlistas vizcaínos, se negó en todo instante a salir de Vizcaya y prefirió su problemático escondite, a pesar de haber sido condenado a muerte en consejo de guerra por los rojos separatistas. Como prefirió, al principio, esconderse a escapar de Bilbao con un hermano en una avioneta propia. Y como entonces se nos negaba a que le rescatásemos en una operación secreta, desde donde estaba escondido, precisamente porque su cargo le imponía la obligación de seguir en la brecha.
Anochecido, al pasar por una aldeíta, paró el coche. Don Javier quiso detenerse unos minutos en la casa de un viejo amigo de Don Alfonso Carlos. Un sacerdote vasco-francés, carlista de abolengo, que fue feliz con la visita. Especialmente cuando, a pesar de lo impropio de la hora, se le aceptó un pellizquito a un sabroso pastel casero de manzanas y abrir una botella de un viejo y excelente «Enrique IV».
Don Javier y Don Cayetano querían ver, por lo que nos dijeron, no sé qué documento antiguo que conservaba el sacerdote en otra habitación, y nos dejaron solos. Felipe, entonces, alzó la copa, casi solemnemente, para contemplar al trasluz el venerable caldo. Yo le imité, sonriendo. Aspiramos, después, la exquisita fragancia. Y brotó el brindis.
– Por que todo nos salga bien.
¡Con qué razón dice la Biblia que el vino alegra el corazón del hombre! Estábamos contentos.
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