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Tema: El tradicionalista Marcelino Oreja Elósegui, asesinado por izquierdistas (1934)

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    El tradicionalista Marcelino Oreja Elósegui, asesinado por izquierdistas (1934)

    Marcelino Oreja Elósegui fue padre de Marcelino Oreja Aguirre, ministro en gobiernos de Adolfo Suárez (UCD) entre 1976 y 1980.

    Revista FUERZA NUEVA, nº 468, 27- Dic- 1975

    Marcelino Oreja Elósegui, asesinado por los partidos democráticos

    Marcelino Oreja Aguirre publicó el pasado 7 de septiembre [1975] un anodino artículo titulado “Cinco de octubre”. No obstante, tales líneas tienen el valor de rememorar, con filial devoción, la fecha del 5 de octubre de 1934, en que fue asesinado por los partidos frentepopulistas, en Mondragón, su glorioso e inolvidable padre, prócer del tradicionalismo español Marcelino Oreja Elósegui. Aunque sea en envoltura harto frágil el contenido no tiene precio. Nos viene a recordar que, en octubre de 1934, los partidos democráticos de la República, desbridados por su derrota electoral, organizaron en Cataluña, en Asturias, en las provincias vascas, unas jornadas sangrientas, con salpicaduras en toda España. Sólo en Barcelona costaron 46 muertos y 117 heridos.

    TESTIMONIO

    Federico Urrutia, en «Informaciones», el 26 de octubre de 1934, reseñaba así lo sucedido en Asturias: “España no merece el nombre de nación en el concierto de los pueblos civilizados mientras un solo marxista ande por sus caminos con la bandera en alto y el rencor en el alma todavía. Pese a cuanto diga la prensa de los miserables, y pese a cuanto se quiera ocultar, yo desafío a cuantos nieguen los bárbaros crímenes cometidos por el ejército revolucionario a venir a estas tierras, en donde verán en cada casa y en cada repliegue de la montaña la sombra de un asesinato. Paso, pues, a la verdad, y oigan quienes quieran escuchar, como yo escuché de millares de labios. Aquí se han violado mujeres y aun niñas de siete años. Se han asesinado a cuchilladas hermanas de la Caridad. Se ha bombardeado la Cruz Roja, atestada de heridos. Se han asaltado y destrozado todos los domicilios y comercios. Se han sacado los ojos a sacerdotes. Se han tenido prisioneros durante seis días sin comer, bajo la amenaza de la muerte continuamente. Se han despedazado guardias civiles, cuyos despojos han sido colgados en los ganchos de las carnicerías y cuyas cabezas han sido expuestas en los escaparates, en unión de carteles en que se anunciaba que se vendía carne de cerdo. Se han quemado vivos, después de colgados, a mozalbetes seminaristas, atados de pies y manos. Se ha puesto a los detenidos por delante de las barricadas, amarrados en montones, para parapetarse de los disparos de las tropas leales a España. Se han volado edificios con dinamita en cuyo interior estaban refugiadas docenas de mujeres y de niños. Se ha intentado volar el edificio del Hospital, lo que no han podido realizar gracias al esfuerzo de los heroicos salvadores. Se ha fusilado sin cesar, día y noche, durante una semana eterna, a cientos de detenidos, y alguno ha sido atado a las colas de caballos robados, después de ser rociado con petróleo y encendido…

    ESPELUZNANTE

    En «El Debate» del 4 de noviembre de 1934, bajo el título “El ataque a la Guardia Civil, primer objetivo de los revolucionarios de Asturias” se publicó una información espeluznante sobre la vesania de los activistas de los partidos políticos de izquierda en contra de la Guardia Civil. Fueron asesinados en aquellos días 79 guardias civiles en Asturias. Y es en «El Debate» en 26 de octubre, donde se analiza cómo toda la subversión criminal de octubre de 1934 procedía de los partidos políticos. En «El Debate» se pudo leer:

    Tal vez conviniera a la política española una izquierda que fuera instrumento de Gobierno; pero no hay una izquierda que sea instrumento de Gobierno. Es un hecho que puede dar lugar a lamentaciones o a regocijos, pero es un hecho… Por esa conducta se explica la situación a que han venido a parar las izquierdas españolas. No se puede ser instrumento de Gobierno cuando se está en actitud revolucionaria permanente; no pueden ser hombres de Gobierno los que continuamente se contradicen y desdicen, sin saber jamás, ni ellos ni sus adversarios ni sus partidarios, a qué atenerse; no son partidos nacionales los que sólo aceptan las instituciones cuando les agradan y regañan infantilmente con ellas cuando no les dan gusto. Ofrecen todas las características de una secta; ellos, los puros, los iniciados, los privilegiados; la ley no cuenta con ellos, aunque ellos la hayan hecho; para ellos, el usufructo total y permanente del poder. Naturalmente el país los elimina y se desentiende de ellos. Carecen por eso mismo las izquierdas de sentido nacional y de masa. Posponen la nación a la doctrina, los afanes de expansión y de grandeza a las intriguillas interiores. Pretende pasar por jacobinos y olvidan que en el jacobinismo auténtico hay un sentimiento nacionalista exagerado y un centralismo excesivo. Las izquierdas españolas, por el contrario, llevadas de su inclinación natural, conciertan alianzas con los enemigos de la unidad de España y viven con los votos que les prestan los socialistas. Pasados los momentos de ebullición y de confusión política, quedan así reducidas a lo que en realidad son: unos cuantos señores, todos jefes, diputados unos, con votos en parte o totalmente ajenos, ni diputados siquiera otros. Y nada más: ni doctrina nacional, ni programa español, ni lógica en sus manifestaciones, ni gente que les valga. Cuando se advierten en tan lastimoso trance echan la culpa a las derechas, las acusan de traidoras, intentan ponerse en su camino. Ni hicieron ni permiten que los otros hagan. No sabe uno discernir si todo ello es simple puerilidad o perversión”.

    (…)

    UN MÁRTIR: MARCELINO OREJA ELÓSEGUI

    En los hechos de octubre de 1934, además de tanta bacanal de odio y muerte –también subvencionada por naciones de Europa-, fue asesinado un diputado, elegido por sufragio universal, representante de Vizcaya: Marcelino Oreja Elósegui. Había nacido en Ibarralengua (Vizcaya), en 1894. Indalecio Prieto había soplado al gobernador civil de Vizcaya: “Cuidado con los pasos de Oreja. Es el enemigo número uno de la República en Vizcaya”. Había sido amigo de Vázquez de Mella y había bebido en sus doctrinas insobornables. No obstante, Marcelino Oreja, vinculado con la Editorial Católica, fue enviado por la misma a Nueva York para estudiar técnicas administrativas y periodísticas. Marcelino Oreja había salvado la Universidad de Deusto de la rapiña socialista. Y fue en todo momento un incansable propagandista del ideal carlista. Su hermano, Ricardo Oreja Elósegui, tuvo que rectificar a la prensa republicana de Madrid sobre las motivaciones de su asesinato. Recogemos la parte más importante de dicha carta:

    “¿Cómo ocurrió el hecho? Voy a explicarlo. Eran las ocho de la mañana, cuando cinco obreros caracterizados por sus exaltadas ideas, obreros de la Unión Cerrajera, en cuya fábrica ostentaba mi hermano la alta dirección, se presentaron en su casa armados de pistolas, escopetas y bombas de mano, llamando al timbre y manifestando a su esposa, que acudió ante ellos, la absoluta necesidad de que les acompañara el fallecido, pues, de lo contrario, se encargarían a la fuerza de ello, penetrando en su domicilio. Mi hermano, que al alborear esa mañana creyó notar cierta anormalidad en el pueblo, por haberse apagado la luz de madrugada y oír un tiro, rezó en primer término el santo rosario con su familia, y al requerimiento indicado acudió solícitamente al llamamiento, sin pretender la menor huida, presentándose ante aquel tribunal, que sin salir todavía del portal de la casa le registraron, a él, que jamás llevó arma alguna, pues le bastaba el continuo deseo de una conciencia que se esforzaba por servir a Dios. Una vez retenido y con las pistolas en el pecho, fue llevado por las calles de Mondragón, a la Casa del pueblo, donde, al poco rato, en unión de los señores Rezusta y Azcoaga, administrador éste de la fábrica, quedaron solos en un local totalmente aislado, bajo la inspección de aquéllos, con prohibición terminante de dirigirse la palabra. Así continuaron hasta cerca de la una, en que en un local próximo a ellos, y previa discusión en alta voz, se decidió la muerte, para cuyo cumplimiento, a las dos de la tarde, les ordenaron siguieran a la misma cuadrilla que apresó a mi hermano, para ser conducidos a un monte próximo. Dominada, sin embargo, la impaciencia de los verdugos en un huerto al que da salida por la parte trasera de la Casa del Pueblo, y al saltar, por orden de ellos, una pequeña tapia que conduce al camino vecinal y monte, lo hizo primero el administrador, intentando seguir mi hermano, quien, al instante, recibió un tiro de pistola en la columna vertebral, calibre nueve, que conservo; otro en la cabeza, con destrozo de la masa encefálica; un tercero en la mano y un cuarto tiro, éste de escopeta, en el brazo derecho, cayendo allí en medio de un charco de sangre y con los brazos en cruz, perdonando a sus enemigos…

    “¿Interesa a usted conocer la causa de la muerte de mi hermano? A obreros que trabajan en la fábrica actualmente, como antes digo, comiendo diariamente el pan, aparte de mercedes particulares que él hacía, desvelándose por implantar la doctrina social católica, bastó este hecho, matizado con una vida práctica de profunda piedad religiosa, para que despertara el deseo de venganza, a satisfacer a la primera ocasión en una revuelta pregonada y alentada hace mucho tiempo por parte de la prensa, que sugería al pobre obrero ver cercano su ideal… Y aquí traigo a la memoria un recuerdo íntimo que testimonia lo que acabo de afirmar. El primer día de Cortes llegó a mi casa, entregándome, al despedirse, un crucifijo análogo al que tiene sobre su mesa y que, como regalo de boda, lo adquirió para su querido amigo señor Gil Robles. Al dorso de este crucifijo grabó él estas palabras del capítulo VI, versículo 27, del Evangelio de San Lucas, que dice así: Empero vosotros amad a vuestros enemigos; haced bien, y prestad no esperando nada a cambio, y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque El es bondadoso para con los ingratos y perversos. He aquí condensado todo lo que era mi hermano, en reivindicación de cuya memoria hago este relato”.

    Marcelino Oreja Elósegui fue víctima de los partidos de izquierda, del Partido Socialista y de los nacionalistas vascos. Es cosa pública que, desde septiembre de 1934, Aguirre y sus muchachos habían pactado con la Esquerra Republicana. Y que simultaneaban las armas del «Turquesa» para los socialistas de Asturias, a las órdenes de Prieto, y las armas para la Esquerra Republicana. Y sobraba la gallardía, la honradez y la consecuencia de un vasco indiscutible como Marcelino Oreja Elósegui, tradicionalista cien por cien, o sea, católico, enemigo de la democracia inorgánica y fidelísimo a las más sagradas legitimidades. A sus cuarenta años, virilmente, ya nos lo gritaba para los que tropiezan, por enésima vez, con la misma piedra.

    LO QUE INTENTABAN ASESINAR

    El frentepopulismo, los partidos políticos, intentaban la destrucción definitiva de España. Marcelino Oreja Elósegui compartía con Víctor Pradera su repugnancia a los partidos políticos. Y suscribía lo que el también víctima de la anti-España. Pradera, contundentemente había afirmado: “Deben desaparecer los partidos políticos como instrumentos de gobierno y elementos de representación nacional. Representa a la nación lo que en ella es permanente, y bajo algún aspecto se identifica en su propio interés con el interés nacional. Por eso el tradicionalismo, al separar el gobierno de la representación, hizo aquél función de la soberanía, y entregó ésta a los cuerpos de la nación (corporaciones), a los del Estado y a las clases sociales. Y de la manera más sencilla resolvió el problema político de la organización del Estado, que coronó con el Señor que no se nos muera. Pero lo hizo no de modo místicamente revolucionario, sino serenamente racional. España sabe hoy por dolorosa experiencia a dónde conduce la captación revolucionaria de la frase de San Francisco de Borja”.

    Marcelino Oreja Elósegui sintonizaba con Luis Hernando Larramendi, que definía así los partidos políticos: “¿Qué son los partidos políticos sino camarillas? Sí, es el régimen de las camarillas absolutas. Y aun dentro de los partidos, que son camarillas, hay siempre infinitas camarillas más”.

    Y con Domingo Tejera, que abiertamente escribía: “El país está ya harto de parlamentarismo, de política vacía, de tópicos mitinescos, necesita y requiere paz y trabajo. Para que eso exista es preciso que la Patria no se divida en castas, clases y jirones geográficos. Tiene que haber unidad en todo, comenzando por la unidad religiosa, fundamento esencial de toda grandeza de nuestra historia y base imprescindible para el bienestar futuro”.

    Y con la entonces guapísima María Rosa Urraca Pastor –hoy todavía juvenil señora…- cuando asentaba: “No, no tiene autoridad para continuar en el poder quien ayer manchó su mano izquierda con la sangre de la Guardia Civil, y hoy, para mantener el orden tiene que manchar la derecha con sangre del pueblo…”


    EL RECUERDO DE JOSÉ ANTONIO

    Por esto en la sesión necrológica celebrada en las Cortes el 9 de noviembre de 1934, en memoria y homenaje de Marcelino Oreja Elósegui, José Antonio Primo de Rivera pudo pronunciar unas palabras cinceladas en el profundo conocimiento que tenía del diputado asesinado por los partidos políticos de la República: “Que se una al dolor de la cámara el doble homenaje de las palabras que he de decir, que serán muy pocas, y el homenaje profundo, respetuoso, del silencio a que volveré en seguida, el silencio es quizá el mejor tributo que podemos pagar a aquellas vidas ejemplares, como la de nuestro compañero Oreja Elósegui. Hay, por lo menos, dos facetas en que nos brinda inagotables enseñanzas. Fue Marcelino Oreja, de una parte, el hombre de la tarea callada de todos los días; fue, de otra parte, el hombre que durante la tarea albergaba en su corazón un ideal de los más hondos, de los más completos y de los más difíciles. Aquella existencia silenciosa fue solo una tarea inacabable en un taller pulcro y ordenado, iluminado apenas por una lucecita perenne, que era la luz de su ideal. ¡Bienaventuradas estas vidas que nos sirven de ejemplo, hasta que llega el instante en que la Suprema Providencia dispone que lo que era apenas resplandor se convierta en luz inefable de gloria, y lo que era tarea de todos los días se convierta en inacabable descanso!

    José Antonio sabía que el ideal del tradicionalismo era totalmente incompatible con los partidos políticos. Porque los partidos políticos, las sociedades anónimas políticas, los grupos bancarios al servicio de intereses inconfesables son inconciliables con España y con el bien del pueblo. Y por esta causa fue inmolado Marcelino Oreja Elósegui…

    Jaime TARRAGÓ

    Revista FUERZA NUEVA, nº 468, 27- Dic- 1975

    Última edición por ALACRAN; Hace 2 semanas a las 17:38

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