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Tema: Los Ramones (Ernesto Giménez Caballero)

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  1. #1
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    Re: Los Ramones (Ernesto Giménez Caballero)

    Otro Ramón más, que no pareció gustarle a Giménez Caballero

    "Ramón Pérez de Ayala

    A RAMÓN Pérez de Ayala siento dedicarle breve recuerdo porque me costaba dificultad leerlo a causa de su cultismo grecolatino de discípulo de jesuítas, a los que atacaría luego su demoledor A.M.D.G. Y por su anglosajonismo, que procuraba disimular escribiendo de toros y de sainetes puro en boca y buen coñac.

    Recuerdo que, examinando yo de literatura en mi cátedra del Cardenal Cisneros, se presentó un hijo suyo. Al oír su nombre le invité a que hablara de la literatura de su padre. «Podré decirle poco. No me gusta.» Le di un sobresaliente."
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  2. #2
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    Re: Los Ramones (Ernesto Giménez Caballero)

    El quinto Ramón:

    Juan Ramón

    Ya lo dijo la Ley del Manu: ¿Quién es mi enemigo? Mi vecino. Y también Juan Ramón Jiménez en lo que tenía de indostánico con su barba esquiva. Y quizá el secreto de su altísima Poesía haya sido ese de la DISIDENCIA, hasta de sí mismo. Como la más dolorosa de las vecindades. («¿Necesito yo acaso I de algún vivo en la vida? / ¡Olvido! ¡Soledad tan gratos / aquí despierto!»)

    Contó en la «Residencia de Estudiantes» el ilustre puertorriqueño Jaime Benítez los dramáticos escapismos de Juan Ramón por los hospitales psiquiátricos de Estados Unidos. Hasta que Zenobia tomó la decisión de llevarle a Puerto Rico y hacerle vivir en casa de un médico español, el doctor Madrid, cuya terapéutica consistió en soltarle por la explanada de la Universidad entre estudiantes que le rodeaban y aclamaban: «¡el Poeta!, ¡el Poeta!»

    Tal como ahora una publicación «A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ» con portada lapidaria, editada por el «Aula cultural» del Consejo Superior de Investigaciones y el Instituto de Cooperación iberoamericano y orquestada con cien voces españolas clamando: «¡El Poeta!, ¡el Poeta a los cien años de su nacer!»

    Cuando el 15 de abril en 1927 me decidí a visitarle en Madrid para explicarme esa «fobia vecinálica» tomé muchas precauciones. No asustarme. Persignarme. Y reducirle —poéticamente— a la familia de los lepidópteros. Buscando su espiritrompa. Como supremo Lírico de España.

    Recién mudado de casa (una de las mudas inevitables que hace la larva de la seda periódicamente), tenía aún en desorden su rincón y se excusaba. (Recuerdo que su voz salía de un oboe metido en un profundo pozo seco.) Y esa voz se le enredaba en la espiritrompa que, al fin, descubrí en su capilaridad bucal, en su barba, donde los lepidópteros poseen radicadas —según los entomólogos— las células selectivas del gusto. Y sólo entonces comprendí que su manía era la de un solitario inmerso en un huevo de oro, evitando que nadie se acercara a perturbar su morada mágica. No consintiendo vecindad alguna.

    Me he tenido que mudar de casa porque en la anterior tenía un Magistrado que tiró un tabique y penetró en mi cuarto... Y lo peor fue antes en otra mansión con otro vecino que tocaba pared por medio todo el día la pianola y al encontrármelo por la escalera me preguntaba si me molestaba... Al fin encontré un piso que me gustaba pero el vecino era un novelista, Académico que se creía un hidalgo (Ricardo León), pero que tomaba por las mañanas aguardiente en calzoncillos... Ahora sólo me molesta, en el piso de abajo un emblema de burguesía pudiente e intolerable...

    Una tarde vino a visitarme Juan Ramón a La Gaceta Literaria, donde colaboró con honrosa asiduidad. Y se quedó extasiado de mi piso que daba al romántico Cementerio de San Nicolás, cuyos cipreses se mecían (como la acipresada barba juanramoniana) tras la calle cerrada, por una larga valla. (Calle de Canarias, 41.) ¡Parece un plateau de cine! Y además los obreros del taller al salir no me molestarían porque parecen aquellos de cuando el Cine empezó con Pathé Freres...

    Me faltó tiempo para ofrecerle mi propio apartamento. Convirtiéndome, por tanto, en vecino que huye... Pero quizá aquel ofrecimiento me valió la altísima consideración de incluirme en sus Españoles de tres mundos. Aún le veo sentado en la butaca de níquel y sarga negra que dibujó el polaco Jahl, junto a mi mesa también funcionálica, y que por timbre tenía una esbelta bocina deliciosa de auto y detrás el cartel de «L'Étoile du Nord».

    Aún le veo. Pero ya no le volví a ver más. Porque se lo dejé al insigne Benítez para que fuera a recogerle el Premio Nobel —1956— y se lo trajera a Zenobia, que lo recibió ya en agonía mientras él arrancaba flores, flores y las derramaba temblando sobre el lecho de esa muerte que había sido su Vida (Su Esposa como Musa). ¡Su única Vecina sin mudanza] («¿Cómo era, Dios mío, cómo era? ¡Y sólo quedó en mi mano la forma de su huida!») (...)
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
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  3. #3
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    Re: Los Ramones (Ernesto Giménez Caballero)

    Ramón (inaugurando el 900)

    Me interrogo a mí mismo.

    —Ramón Gómez de la Serna no era de la generación del 27, ¿verdad?

    —Pero un gran inspirador suyo, así como Ortega fue su apadrinador desde La Gaceta Literaria. Ramón se vanagloriaba de no pertenecer a generación alguna: «No tengo generación. No soy de ninguna generación —dijo una vez—: soy el creacionista natural.»

    —¿Y era cierto? —

    No. Precisamente Ortega le encasilló a Ramón con su famosa tertulia de Pombo en «la última generación o barricada liberal».

    —¿La última?

    —Así lo proclamó Ortega: «Al menos en Poesía, son ustedes la última generación liberal y esta Sagrada Cripta de Pombo, donde se alojan, la última barricada. Han derribado ustedes los postreros, casi impalpables, reductos de la tradición literaria...

    —Entonces la generación del 27 o de la Gaceta, ¿qué fue?

    —Sigamos escuchando la definición orteguiana: «Más allá (de Ramón) me parece estar viendo otros hombres, más jóvenes, en quienes un sentido de la vida, ya nada negativo, comenzará a pulsar. Amantes de las jerarquías, de las disciplinas, de las normas, comenzarán a juntar las piedras nobles para erigir una nueva tradición y alzar una futura Bastilla...»

    —¿Y Ortega, el máximo índice liberal de España, pudo expresarse así?

    —Y más que eso. En el inolvidable banquete que le ofreciera Ramón en Pombo por 1941: «El liberalismo —afirmó Ortega—, por su esencia misma, tiene los días contados. No es una actitud definitiva que se baste a sí propia. Cuando no quede un títere tradicional con cabeza, el liberalismo no hallará de qué liberarnos y se reabsorberá en su nada originaria.»

    —Un poco exagerado...

    —De acuerdo. Pues siempre queda algo que derribar. Por lo menos la generación precedente. Además, Ramón fue un precursor nuestro, como él mismo lo sintió: «Aquello que yo atisbé en no sé qué lejana estrella una noche de lunatismo fue esto que ahora comienza a triunfar y a ser fórmula de arte de toda una generación» (la del 27).

    —¿Y cuál, ese precursor atisbo?

    —El descubrimiento de la metáfora como átomo poético, como energía nuclear de la poesía. Y que llamó «Greguería». No en vano escribió como un Einstein de la literatura, aquella novela hoy llevada ya a la T.V. El dueño del átomo. En rigor cada novela ramoniana no era sino greguerías en reacción. Atomizaciones de las cosas. La generación del 27, con su exaltación de Góngora, fue la que logró, al fin, fisionar la metáfora y descubrir sus protones y neutrones y desarrollarla en cadena.

    —¿Cómo veía usted a Ramón?

    —Pues así: como un ciclotrón, en explosión continua, alimentado por su pipa y la hélice de su corbata, con patillas y pelo de bucles nucleares. Grueso, estallante en trajes de rayas como calibres, con una voz disparada, atronadora, y unos rasgos de nariz y boca aleonados, voraces, dignos de su nombre aumentativo y mayúsculo: Ramón.

    —¿Alguna otra visión menos ciclotrónica de Ramón?

    — ¡Oh, sí! Su otro medio ser, como él hubiera dicho, respondía quizá a su apellido secreto y materno Puig. A él le gustaba firmarse solamente RAMÓN, ciclotrónicamente. Menos, Gómez de la Serna en la línea señorial y aria de su estirpe montañesa (de la que por cierto procedía el argentino Ernesto Guevara de la Serna —nada de Che—, estirpe de conquistadores y virreyes). Pero Ramón nunca se firmó con el Puig que le mediterraneizaba. Y por el cual parecía a veces un mandolinista napolitano, un batelero griego, un rabassaire catalán, un sultán turco que le hacía preferir mujeres de estirpe oriental como Carmen de Burgos y Luisita Sofovich... Y, a veces, le desvalorizaba la greguería en baratija y quincallería.

    —¿Recuerda alguna greguería de las buenas?

    La Gaceta Literaria le editó una selección entre las que quizá estaba aquella de que «el jabón era el pez más difícil de pescar en el agua», o esa de que «las cintas de los gorros de los marineros van diciendo adiós a todos los mares». O esa otra: «El rayo es una especie de sacacorchos encolerizado...»

    —¿Fue usted contertulio del célebre café de Pombo en la calle de Carretas junto a la Puerta del Sol?

    —No muy asiduo. Pero merecí un banquete como los que ofreciera a Ortega, a Azorín, a Larra y que resultó histórico.

    —¿Por qué?

    —Era el final de 1930 cuando ya la unidad española estaba en crisis presagiándose la revolución en estas nubes literarias, pues el poeta es siempre el precursor o agorero. Tras el discurso de Ramón sobre mí, publicado en la última edición de Pombo, se levantó Antonio Espina y tras unas cáusticas palabras sacó una amenazante pistolita de madera. Entonces, Ramiro Ledesma Ramos, futuro fundador de las JONS (o Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista), respondió con otras palabras más agresivas aún y una pistola de verdad. El jaleo fue terrible. También en ese banquete Rafael Alberti distribuyó unas cuartillas contra algunos colaboradores de La Revista de Occidente.

    —¿Qué otros recuerdos tiene de Ramón?

    —Ramón venía mucho por nuestra imprenta y nuestra casa. Se hizo amigo de toda mi familia. Y nos quería y le queríamos entrañablemente. Asistió a una célebre comida en mi casa de la calle Canarias, 41, que ofrecí por 1930 al conde de Keyserling y tomé en cine y aún conservo en No-Do. Y a laque asistieron Baroja, Menéndez Pidal, Américo Castro, Rafael Alberti, Benjamín Jarnés, José Bergamín, Ramiro Ledesma Ramos, César Muñoz Arconada, Emilio García Gómez, Pérez Ferrero, Rivera Pastor y Ramón. Al final, en la azotea, sobre una chimenea, Alberti empezó a hacer que freía huevos en una sartén y Keyserling a aspirar su olor. Keyserling bebió tanto que a la salida quería a todo trance sacar en brazos a Menéndez Pidal hasta el coche de mi hermano.

    —¿Ramón actuó en una película suya?

    —Sí. En mi documental Esencia de Verbena, hoy también conservado en No-Do y que aún se proyecta como film clásico, o sea, sin envejecer. Hacía de muñeco del pim pam pum con chistera y pipa: y luego de falso torero. Participando también Miguel Pérez Ferrero, Samuel Ros y Joaquín Goyanes. Asimismo actuó en el primer Cine Club español que fundé yo para presentar El cantor de jazz tiñéndose el rostro de negro como si fuera el protagonista Al Jolson.

    —¿Visitaba usted su casa?

    —Su casa pública era el café de Pombo en los sábados por la noche. La privada, un torreón de la calle Velázquez, 4, donde vivía con una muñeca de cera, un farol y las paredes llenas de recortes gráficos de periódicos. Pero llegó la guerra y marchó en 1936 a Buenos Aires, donde ya había estado antes, colaborando desde allí en el diario Arriba en una sección que titulaba «De orilla a orilla».

    —¿Volvió a España?

    —Ramón volvió en 1949 acompañado de su esposa, la escritora argentina Luisita Sofovich. Le recibió Franco, dimos su nombre a la calle donde nació, la calle de las Rejas, cerca del Palacio de Oriente. Le ofrecimos un banquete en el Ritz y celebró las últimas reuniones de Pombo antes de que se transformara en un comercio de valijas y baúles. Ese café, fundado a fines del XVIII y a donde asistieran Goya, Fígaro, José Bonaparte, Prim, Sagasta, cuando aún se llama «Café y Botillería de Pombo».

    —¿Qué más recuerda usted de su estancia en Madrid?

    —Paseó conmigo y asistió a una velada de mi «Cripta de Don Quijote» o de los «Libertadores de América», en el Antiguo Café de Levante, donde instauré los bronces de Bolívar, San Martín, Rodríguez de Francia, O'Higgins, Martí, Rizal, Hidalgo, Rubén.

    —¿También ese venerable café acaba de desaparecer, es cierto? —El café se transformó simbólicamente en una zapatería: «Los Guerrilleros.» (¡Oh Manes de los Libertadores!)

    —¿En Buenos Aires le visitaba usted?

    —Siempre que venía a Asunción (Paraguay). Apenas llegaba a la capital porteña llamaba a su teléfono 474775 de la calle Hipólito Irigoyen, 1947. Me citaba y subía en ascensor a su nuevo torreón bonaerense empapelado de grafías periodísticas como el de Madrid, sin camas, con sofases y en vez de una muñeca de cera, una mujer de verdad, Luisita.

    —Dicen que era muy celoso.

    —Le salía el fondo turco de que antes hablé. Por cierto que una de las veces de mi paso organizamos una conferencia juntos, proyectándose mi film Esencia de Verbena, donde él actuaba. Resultó un gran éxito.

    —¿Estuvo Ramón en Paraguay?

    —Él me dijo que sí. Y que recordaba la calle Palma y un hotel al pie del cual por la noche cantaban las ranas. Eso debió de ser por 1931. Luego yo aquí he preguntado y me dijeron que estuvo en el Hotel Hispano-americano, hoy Colonial y que efectivamente en la calle Palma, mal empedrada, cuando llovía había sapitos y sapotes. Y que Ramón dio tres conferencias en el cine Granados y una charla en la «Sociedad España». Aún recuerda Emilio Saguier Aceval que llevaba unos cuellos anchos y una corbata de nudo muy grueso. Yo le invité varias veces a la Embajada como huésped de honor y me prometió venir por el río, pues en avión, a pesar de su vanguardismo, no montaba nunca.

    —¿Dónde murió?

    —Murió en Buenos Aires a las 11 menos 5 minutos de la noche del sábado 12 de enero de 1963. Ramón había nacido el 3 de julio de 1888 a las 7,20 de la tarde. El cronista Félix Centeno —que también murió después— calculó que Ramón vivió 74 años 6 meses 3 horas y 35 minutos. Su cadáver se trasladó a Madrid, recibiendo un entierro nacional y popular. El cuadro de Solana sobre Pombo fue adquirido por el Museo de Arte Moderno y el velador por el Museo Romántico. Y luego, poco tiempo después, llegarían a Madrid desde Buenos Aires en el Cabo San Vicente, tres cajas con 2.320 kg de cosas ramonianas que se distribuirían quizá a nuevos museos españoles.

    —¿Cuál fue su mejor libro?

    —En rigor todos eran el mismo: la greguería con un fondo de Madrid, o Francia, o Portugal, o Italia, o Argentina, las tierras que él recorriera y simbolizaba en La Nardo, La Quinta de Palmyra, El Torero Caracho, Piso Bajo... Pero donde la greguería adquirió más trascendencia fue en dos temas: uno muy madrileño: El Rastro y otro muy universal: El Circo.

    —¿Cree que se le ha hecho justicia a Ramón?

    —No. Mereció el Premio Nobel y sólo recibió a última hora el Premio March. Él jamás aspiró a premio alguno. Era de una generosidad fabulosa en su pobreza. Regalaba los libros. Inundaba a los amigos de cartas afectuosas, escritas en papel amarillo y tinta roja como la bandera de España, compartía su comida con escritores más pobres aún. Su amor y su espiritualidad le hicieron alejarse de las gentes en los últimos tiempos para que no le vieran morir. Ni cómo se consumía su pletórica humanidad tal como lo había entrevisto en su Automoribundia. Entre otras cosas dejó unas páginas inéditas sobre Dios que se publicaron en Mundo Hispánico, en su número 320.

    —¿Qué epitafio merecería Ramón Gómez de la Serna?

    —Quizá aquel que él mismo —anticipándose al Apolo XI— transcribió bajo el cuadro de Pombo y del que fue autor el dibujante uruguayo Barradas:

    Ramón
    con eso que tiene de pepón
    nos conduzca en su tartana
    decorada por Solana
    a una Luna, de cartón.
    Última edición por ALACRAN; 06/10/2022 a las 13:08
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