Los Ramones (españoles) fueron seis personajes de letras, la ciencia o cultura que marcaron la primera mitad del siglo XX español: Ramón y Cajal, Ramòn Menéndez Pidal, Ramón del Valle Inclán, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna. Leamos su retrato, según Ernesto Giménez Caballero
Comienza por Ramón y Cajal:
"Ramón y Cajal
Tras la televisión que nos actualizó —con interpretación perfecta de Marsillach— a quien nunca dejó de estar presente en España y en el mundo desde que muriera en Madrid un 17 de octubre de 1934, don Santiago Ramón Cajal, se preparó una exposición de sus recuerdos y un ciclo de disertaciones en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. He escrito Ramón Cajal, como él se firmaba, sin la internominal y como tengo prueba por la dedicatoria con que me honró en sus Recuerdos de mi vida, tercera edición, Madrid, 1923: «Al doctor Giménez Caballero en testimonio de cordial amistad. S Ramón Cajal.» (Aun cuando en la portada del libro apareciera impresa la y copulativa, bajo la dirección de mi domicilio, escrito también por su mano.)
—Nunca dejó de ser actual, don Santiago —me afirma don Pedro Manzano, conservador del Museo Cajal, al írmelo mostrando en su sede de Velázquez, 44—. Tan actual que no se ha superado ninguno de sus fundamentales descubrimientos, como la Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, publicado en 1897. Y el funcionamiento anatómico de la neurona, célula motora de ese sistema; en suma, sobre el neuronismo. Cualquier especialista en el mundo que quiera operar sobre el sistema nervioso tiene que consultar antes a Cajal.
Mientras me habla el ilustre celador de ese museo, voy esparciendo mis ojos. Ante todo sobre su elemental y pobre mesa de trabajo, sus microscopios, sus fotografías, sus condecoraciones, sus premios...
—Esa medalla del Helmholtz es superior en mérito a esa otra del Nobel. Quizá no llegan a media docena los que la posean.
—Yo vi esa mesita de trabajo en activo y tras ella, sentado, don Santiago. Una mañana de febrero de 1926, allá en su «laboratorio de investigaciones biológicas del doctor Cajal», donde el Museo del doctor Velasco, final de Alfonso XII, y que antes, al fundarse por 1901, creo se instaló en un hotel de la calle Ventura de la Vega (debió de ser el Inglés, donde Rizal pronunciara su primer discurso en 1884). Junto al laboratorio vivía, y creo que sigue, su familia. Y él trabajaba en el sótano, ante esa mesita, cuando rehusó la fastuosidad del Instituto Cajal en el Cerrillo de San Blas, junto al Observatorio y la Escuela de Ingenieros. Pues bien, yo estaba por esa fecha de 1926 en la tertulia de la Revista Occidente, y uno de los contertulios, el físico don Blas Cabrera, contó cómo en otra tertulia, la del Café Suizo, a la que don Santiago asistía, un día increpó para que se dejara de vaguedades científicas y pusiera la tenacidad que él en su Histología. Y a él le debo hoy el Instituto de Física que acaba de regalarnos Rockefeller ¡y hasta un pensionado alemán, el doctor Bechert!
Entonces le rogué a mi admirado guanche que me presentara a don Santiago. Y a los pocos días me avisaron para verlo una mañana en su laboratorio. (Eran los momentos en que otro Ramón —Franco— acababa de volar a Buenos Aires desde Palos, gran éxito para el Gobierno Primo de Rivera y en que dimitió en Francia Arístides Briand.) Me abrió la puerta un hombre manco e inquisitivo. Le dije mi nombre y estar citado con don Santiago. «Yo soy Tomás. Sígame.» Subimos por una escalera en espiral desvencijada, oliendo a patatas fritas. «Yo vivo aquí.» Y señaló una puerta de donde salía ese olor. Que se confundió con otro menos confortante, el de palomina, de un desván con palomas, ratones en jaulas, mesas, carpetas, revistas, ficheros. Llegamos a otra puerta, que me abrió y era el laboratorio. Tictac de dactilografía. Blusas blancas. «Y ¿por qué los focos bulbares?» «¿Y el artículo de la Monatschrift?» «Avisar a Tello»... Y allá, al fondo, don Santiago. Que al verme se levantó de esta misma mesa y se quitó las gafas bajo un gorro de quinto que evocaba la Cuba de su heroísmo y de su malaria.
—¿Qué quiere usted preguntarme? —me dijo mientras me acercaba a un balcón con azotea y del que se divisaba la estepa manchega y se oían pitos de trenes...—. Leo sus artículos en El Sol y leí sus Notas marruecas.
(Me quedé anonadado y por el momento guardé silencio.) Evocándole en el Café del Prado frente al Ateneo, leyendo en solitario, tomando notas, urdiendo sus «Charlas de Café». Pero ahora se me aparecía con ojeras descarnadas, perfil helénico, atlético, y estatua de sí mismo como un Esquines de Herculano, con aquella cabeza que Victorio Macho reprodujera y está hoy en su museo revelando lo que debió de ser la Hélade de un Sócrates o un Galeno o la Roma de un Séneca. A mí me sonaba el nombre de Cajal (cahal) a hebraico. Pero no: era el perfecto ario, el indoeuropeo pirenaico, el arquetipo de Gobineau, el hombre ascendente que profetizara Nietzsche cuando anunciaba que Dios había muerto para dar paso a otra divinidad: la humana. La de este Hombre que había superado por sí mismo la coz mortal de un mulo en la frente, una tuberculosis aguda, el feroz paludismo cubano, la pobreza, la familia numerosa y, sobre todo, la mezquindad del Estado español ante la Ciencia.
—Mi pregunta es ésta, don Santiago: ¿Es posible la investigación científica en España?
—Es una pregunta que en silencio se la debieron ya hacer, Cervantes, Quevedo, Fajardo y, con más decisión, Azara. Iba la vida, la persecución... Ahora... El que quiera trabajar en firme puede hacerlo. Lo malo es que hay poca gente con firmeza de intención, con la gran virtud de la tenacidad.
—¿Es usted del parecer de Rey Pastor a propósito de nuestro pasado entre las ciencias exactas?
—Sin restricción. Quien haya leído a un Villarroel, un ilustrado de casi ayer, que desdeñaba las matemáticas por la astrología...
—Para usted, ¿cuándo empezó España a figurar algo en la ciencia europea?
—Desde finales del XVIII, con Azara. Azara, sí, fue un gran Hombre...
—Paisano suyo, don Santiago, otro aragonés robinsónico...
—Para la clasificación de las especies naturales hemos tenido gente. Lo que escaseó fue la investigación profunda, original. Y los Gobiernos, más costistas que Costa, sólo respondiendo algo cuando suena la palabra «escuela». Pero no pasan de ahí en su ayuda... (Se miró la punta de las botas.) Hasta ahora nadie ha hablado con atención aquí de mis Reglas y consejos sobre investigación científica, del capítulo «Deberes del Estado». Páginas que son la historia más perfecta de la decadencia española.
—¿Y su Instituto al que el Rey dio su nombre?
—Psh, qué sé yo... Le hace a uno sentirse monumento nacional. Ya sabe aquello de «Homenaje en puerta, menosprecio a la vuelta».
—¿Y el otro Instituto, el de Física?
—Ése es un hecho. Los Rockefeller son los verdaderos humanistas de hoy, al destruir fronteras y unificar la Ciencia. Con ellos pocas bromas caciquiles, o se trabaja e investiga o lo cierran. No sólo fundan en Estados Unidos, sino por toda Europa... Europa está entrando en decadencia y América terminará por apoderarse de ella...
Le llamaron en ese momento. Me pidió disculpas y que seguiríamos hablando. Y ofreció enviarme los Recuerdos de su vida. A los dos días me los mandó con esa su firma autógrafa de «Ramón Cajal» sin la y copulativa. Pero Cajal con páginas tan decisivas para un español que ese libro se hace sacro. Y se transforma en Biblia nacional (mi libro de cabecera)."
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