Revista FUERZA NUEVA, nº 520 25-Dic-1976
UN CABALLERO CRISTIANO
A BLAS PIÑAR
(Eulogio Ramírez)
“Respetado y querido Blas:
Tú sabes -cuantos me conocen o me leen saben- cuán parco soy en elogios, cuán avaro de felicitaciones, de honores y de parabienes a personas públicas, por más que lo merezcan.
Hoy, no. Cuando muchos debieran haber defendido a Dios y a España en la más alta ocasión, en la más esforzada y crítica ocasión por lo que ha pasado España en los últimos treinta y siete años; cuando a muchos españoles nos parece que es en el aislamiento y en la soledad en donde han querido dejarte como único abogado de los derechos de Dios y como uno de los pocos tribunos de España, en esa cima parlamentaria del 16 de noviembre, es a ti sobre todo a quien hay que rendir, junto a José María Fernández de la Vega, los honores de adalid de la España eterna, de la que acepta la ley de Dios y, con ella, la alianza de Dios.
Los unos, por ancianos venerables, los otros por valetudinarios impotentes, los de más allá por cobardes, los de acullá por ciegos o por oportunistas, yo no sé por qué me vienen a las mientes aquellas palabras que antes oíamos al final de cada misa, como testamento del único soberano de España y del universo, escrito por San Juan, incoando su Evangelio: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Naturalmente, salvadas las distancias existentes entre el Verbo de Dios y tú, criatura de Dios, el gesto es el mismo: “Él… era la luz de los hombres. La Luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron”.
Portavoz de la España eterna
Tú has llegado al “rostrum” del hemiciclo en que se ventilaba el porvenir de España; eras portador de la luz y portavoz de la España eterna, de los valores y creencias de la España eterna, de lo único que en la Historia merece el nombre de España. Y te dirigiste, no sólo a la Ponencia, sino a los señores procuradores y al presidente no imparcial, sino parcial hombre de partido (Torcuato Fdez Miranda), en lo tocante a la España debatida. Te has dirigido a los dos presidentes (Carlos Arias, Adolfo Suárez) que un día creyeron o simularon creer y nos hicieron creer en esa España eterna, cuando eran lugartenientes del Jefe Nacional del Movimiento y Caudillo de España por la gracia de Dios y por el mismo rito que entronizó a algunos de nuestros reyes medievales. Y te has dirigido a los procuradores de las Cortes españolas. Pero sólo te ha escuchado y secundado la inmensa e imponderable minoría de los procuradores leales a lo que motivó el 18 de Julio.
Tú eras portador de la luz, tú has presentado un alegato o “enmienda a la totalidad”, demostrativa hasta la evidencia, de lo que reconoce hasta la “oposición democrática”: los que quieren sustituir España por un proyecto de vida en común absolutamente distinto de lo que configura a España a través de la Historia, que no es justo seguir llamando España. Tú has demostrado que los “reformistas” (cripto-rupturistas, renegados del Movimiento Nacional y del franquismo) pretenden sustituir el “pacto nacional” por el “contrato social” o pacto liberal, que disgrega España en luchas intestinas (de regiones, de clases sociales, de etnias, de lenguas, de ideologías, de partidos, de religiones, etc.). Tú has puesto de manifiesto que, como diría Eugenio d’Ors, autocrítico catalán, al “eón de Roma” (de la unidad a toda costa) iba a suplantarlo el “eón de Babel” (la tendencia a la disgregación, ínsita en toda colectividad humana).
Todo el honor para el paladín solitario
Eras, pues, la luz, en medio de aquellos procuradores a oscuras, entre perplejos, confusos y amedrentados. La única luz inspirada en el cristianismo. El único que ha tenido agallas para desafiar a todos y desafiarlo todo, por divinas, no por humanas razones. Para ti, pues, sólo para ti tiene que ser el honor de los españoles de todos los tiempos que hayan podido contemplar tamaño espectáculo como el de una patria antes gloriosa, y hoy malbaratada, pignorada y vilipendiada por una mayoría que ha querido sentar las mismas bases que, de modo recurrente, conducen los españoles a la guerra civil desde 1808, y sólo honrada por una minoría de dirigentes y tal vez por una mayoría silenciosa y pretendida del pueblo, al cual le ocultan esos dirigentes el triste y bochornoso espectáculo del hemiciclo estos días; una mayoría del pueblo que tal vez no quiera que otra vez los franceses y los afrancesados, los fanáticos de la Revolución liberal (francesa, británica o americana) le secuestren a su Majestad Católica, sustituyéndola por una Campechana Liberalidad, aunque esta vez no sea hermana de Napoleón Bonaparte.
En las horas en que, como decía León Bloy, “toda grandeza se ha exiliado en el fondo de la Historia” y ya apenas si se ve otra cosa que vil codicia –“raíz de todos los males”, como creemos con San Pablo- afán de bienestar y de dinero -que lo característico de nuestro tiempo, como observaba Ortega, es que ahora impera soberanamente, como nunca, el dinero-, hay que reconocerte todos los honores, porque, además, tus adversarios no los estiman. Sólo puede estimar, perseguir y conseguir el auténtico honor aquel que sea un auténtico caballero cristiano, como ha demostrado un monárquico genuino, el único monárquico razonable y hoy posible, el monárquico como lo fue Georges Bernanos, el monárquico católico.
Voluntad de comunión con la España eterna
Querido Blas, tú has defendido en las Cortes a la España eterna en esta ocasión, a la España confesadamente católica, y por eso te rendimos honores y te guardamos gratitud y reconocimiento lo que de eterno hay en España: los católicos de la Iglesia triunfante y militante de España, los héroes, los mártires y los santos -hoy por algunos desdeñados-, que componen el patrimonio de esa España que, si algún día muriera, no podría decirse que murió sin honor. Porque -lo explicó muy bien un historiador positivista y racionalista como lo fue Ernesto Renan, en el que se inspiró Ortega y, a través de él, José Antonio-, España no es sólo ni principalmente un proyecto de vida en común para el presente y para el futuro, sino más bien la voluntad de tener glorias pasadas, la voluntad de enorgullecerse de los arquetipos de españoles pasados o fenecidos: de José Antonio Primo de Rivera, de Ramiro de Maeztu, de Francisco Franco, de Víctor Pradera, de la legión de héroes y de mártires de nuestra Cruzada, de Santa Teresa, de San Ignacio, de San Hermenegildo, de San Eulogio, mártir en Córdoba por enseñar la fe católica a una doncella, de tantos y tantos otros santos, reyes, doctores, soldados, frailes, literatos, etc. Gran parte de este honor y gratitud les cabe, asimismo, a los procuradores que, como Fernández de la Vega, Fernández Cuesta y otros, han defendido o han apoyado con su voto negativo (59 votos), otra reforma política que permitiera la hegemonía de esa España eterna y la sumisión de la España liberal o marxista.
Procede ahora el examen de conciencia
¿Ha sido vencida otra vez España por la Europa infiel a Cristo? ¿Hemos perdido una batalla de la guerra inacabada?
Hay en la historia, como notaba Giambattista Vico, “corsi” y “ricorsi”, un movimiento pendular. Por eso, como decía el mismo historiador Renan, “aquel que quiera tener razón en el futuro debe resignarse a estar pasado de moda en el presente”.
Ahora (1976) parece sobrevenir a España la moda liberal. Pronto pasará el sarampión liberal nuevamente y, si Dios fuera servido en evitarnos las checas y las fosas de Paracuellos y los (comunistas) “archipiélagos Gulag” o “universos concentracionarios”, la vieja encina de que hablaba Maeztu, sofocada por la hiedra, volverá a crecer y a fructificar, así que perciban los españoles que el liberalismo es el suicidio, la vuelta al pasado bochornoso, cruento, estéril y caduco en todo el mundo.
Ahora, a nosotros nos toca hacer el examen de conciencia. Nada de estériles nostalgias y mucho de bisturí que saje el absceso purulento que ha conseguido postrarnos. ¿No lo crees así?
Ser cristiano y ser español es la misma cosa
Nos habíamos dormido en los laureles de la paz de Franco, olvidando que se nos convidaba, por el hecho de ser españoles, a vivir demediados entre la condición del monje y la connaturalidad del soldado. Tú ya recuerdas los tiempos en que la Acción Católica Española, en que tú eras un paladín, editaba las lecciones que sobre el “Ser y vida del caballero cristiano” pronunció el filósofo y moralista que, siendo católico y exiliado en París durante nuestra guerra, fue agraciado con una visión mística de Jesús y se hizo sacerdote, después de haberse convertido, Manuel García Morente. “España -decía García Morente- es el único país de la Tierra en donde ser cristiano y ser español es una y la misma cosa; porque España es el único país de la Historia donde no puede haber, ni ha habido, ni hay diferencia alguna entre la constitución moral y religiosa y la constitución histórica nacional” … “Por eso, al proponeros que seáis caballeros cristianos, no os propongo más que una cosa: que seáis buenos e íntegros españoles (…) la nación no es ninguna cosa material; es una cosa espiritual”. Por eso, cuando se quiere que cambie esa “cosa espiritual”, dejando de ser lo que fue, habría que cambiarle también su nombre.
El caballero cristiano no ha muerto ni puede morir
Tu gesto fiero en las Cortes, querido Blas, ha sido no más que un singular, un preclaro testimonio y como exponente de que el caballero cristiano no ha muerto ni puede morir en España. Y ha sido también el primer destello o luminaria de la ruta que los hombres que sientan a España como “esa cosa espiritual” y esa solidaridad con las glorias del pasado, habremos de seguir, primero, penitentes y, luego, humildes y con noble servidumbre cristiana, aunque ufanos y orgullosos siempre de nuestra fe. Después de todo, como advertía Menéndez y Pelayo en el epílogo de los “Heterodoxos”, ésa es nuestra grandeza, no tenemos otra. ¿Qué grandeza tienen los liberales españoles, los marxistas españoles, los luteranos y los agnósticos españoles?
Estos demócratas sustraen la verdad de esa sesión al pueblo soberano
Ya hemos visto que aquellos que, gobernantes o negociantes de la información, se llenan la boca o la pluma de palabrería liberal y de invocaciones a la soberanía del pueblo y a la participación del pueblo, ni siquiera han querido que el pueblo sea testigo, en directo y en diferido -ahora que la radio y la televisión lo permiten- de las intervenciones de todos cuantos procuradores, de uno y otro lado, progubernamentales o antigubernamentales, han querido hablar en las Cortes Españolas estos días en que se ha querido enterrar la España eterna por el “procedimiento de urgencia”. Ni siquiera la prensa de intereses privados, capitalistas o marxistas, ha ofrecido al pueblo español soberano los textos íntegros, aunque sumarísimos, de los alegatos, réplicas y contrarréplicas de la sesión de ruptura entre el Estado nacional y el Estado liberal.
Se pretende que el pueblo decida (Referendum para Ley Reforma política, Dic. 1976) sobre una materia cuya sustanciación se ha querido sustraer al pueblo. ¿Cómo y dónde puede conocer el pueblo español soberano todo cuanto concierne al grave asunto sobre el que ha de decidir, requisito indispensable, según el mismísimo Rousseau, según el sentido común y la práctica jurídica, para que el juzgador sentencie y se pronuncie con conocimiento de causa?
Constitución política ignorante de la ley de Dios
Tú, Blas, has invocado en aquel recinto profano, el Santo nombre de Dios y la Ley divina a la que debe atenerse toda ley humana. Por eso de ti puede afirmarse ahora que has obrado conforme debe hacerlo el caballero cristiano. Obrad de tal suerte -enseñaba el cardenal Suhard- que los hombres, cuando quieren explicarse vuestra chocante vida, no tengan más remedio que buscar a Dios, que creer en Dios para explicársela.
Pues bien, “el Dios sin el cual en vano edifican la casa aquellos que la construyen”, según dice el Salmista, el Dios que, como dice el mismo Salmista, “alegra nuestra juventud eterna”, sin duda, querrá resucitar en España, si es que no ha decidido ya precipitar el Apocalipsis -signos del cual no faltan hoy, con falsos profetas, con clérigos corrompidos y descreídos, con señales en el cielo y en la tierra. (…)
Eulogio RAMÍREZ |
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