A propósito de la presentación de Ágora, de Alejandro Amenábar
Las muertes de Hipatia
Desde la Ilustración, la ideología progresista ha tratado de neutralizar el influjo del cristianismo en Occidente. Para ello ha recurrido con frecuencia a la canonización laica, e incluso a la confección de un martirologio propio. No caracterizan, desde luego, a estos procesos de glorificación secular el apego a la realidad histórica ni el compromiso con la verdad...
Instantánea del último festival de Cannes
Entre los siglos IV y V de nuestra era, vivió en la más culta y agitada metrópoli del Imperio oriental la hija del científico Teón, un académico imbuido de la religiosidad pagana. Su hija Hipatia, sin embargo, habiendo atendido con aprovechamiento a las enseñanzas de su progenitor, manifestaba desapego por los aspectos teúrgicos y culturales de la gentilidad helénica, inclinándose en su lugar por el platonismo. Y así se distinguió entre sus conciudadanos, recibiendo la veneración de sus discípulos y el respeto del resto de los griegos, lo mismo paganos que bautizados. Mas un infausto día de la Cuaresma de 415, en que volvía a casa en su carruaje, fue sorprendida por una horda de cristianos iracundos quienes, tras arrastrarla al Caesareum de Alejandría y despojarla allí de su vestidura, la mataron con cascotes de teja, quemando luego los restos de su cuerpo. Debía de rondar los sesenta años.
Los modernos exaltan a una Hipatia que bien podría ser otra enteramente ajena a aquella de la que testimoniaron los antiguos. O tal vez su fantasma. Esta Hipatia -la que nos quieren vender con la película de Amenábar- aparece como la bellísima directora de la Biblioteca alejandrina que encarna los ideales de la autonomía científica, el progreso racional y la liberación de las mujeres; militancia que pagó entregando su vida a las caníbales tinieblas cristianas, lo que hoy la convierte en mártir de la ciencia, el helenismo, la perspectiva de género, o la combinación que se desee.
¿Reconocerían Sinesio, Olimpio, Herculiano y los demás alumnos de Hipatia a su reverenciada maestra en ese personaje? Sea lo que fuere, lo cierto es que las muertes de Hipatia han sido muchas desde el siglo XVIII. De entre los que las han perpetrado destaca el gran Gibbon, en su Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano (1776-1789). La tesis que vertebra esta monumental obra, que ve en el cristianismo al verdugo de la civilización clásica, conduce también a presentar a una Hipatia comprometida con los valores de la religión antigua. Inseguro es igualmente el camino que traza Voltaire en su Diccionario Filosófico (1764), donde un odioso san Cirilo azuza a los fanáticos cristianos contra la mujer sabia. Voltaire contribuye además a crear el halo de voluptuosidad que envuelve a Hipatia, pese a que las fuentes sostienen de modo inequívoco que se mantuvo virgen hasta su muerte, en línea con el idealismo neoplatónico.
Hipatia en el mundo moderno
El siglo XIX no le irá a la zaga al de las Luces en su contribución a las metamorfosis de Hipatia: el escritor anticatólico inglés Charles Kingsley da a la imprenta su novela sobre la pensadora, y en los ambientes franceses cunden los versos de Leconte de Lisle, deplorando el sacrificio de la platónica Afrodita a manos del vil galileo. Ya en el XX, Bertrand Russell encabeza una turbamulta de autores cuya dudosa versión hallará en los ochenta un altavoz planetario: la serie televisiva Cosmos, del astrónomo estadounidense Carl Sagan, de ideología cientifista y antirreligiosa.
El fin de Hipatia
Las circunstancias de la muerte de Hipatia debemos buscarlas en los sucesos que removieron Alejandría al menos desde dos o tres años antes. Cirilo sucedió en el Patriarcado a su tío, el animoso Teófilo, el 18 de octubre de 412; la votación del pueblo le prefirió frente a la candidatura del arcediano Timoteo, apoyado incluso por el jefe de la guarnición militar de Egipto.
El celo madrugador y la enérgica resolución de Cirilo en la defensa de las prerrogativas episcopales le acabaron enfrentando con el Prefecto imperial Orestes, llegando estas desavenencias a dividir a la urbe misma. Un conciliábulo de cristianos febriles cree haber identificado el obstáculo que se interpone entre ambas personalidades: el gobernador visita muy frecuentemente a la filósofa. El desgraciado resto ya lo sabemos. La muerte de Hipatia sacudió la ciudad y Orestes abandonó Alejandría para siempre.
Los asesinos de la hija de Teón posiblemente habían hecho el razonamiento correcto: la obstinación del Prefecto, un recién llegado, sólo podía deberse a los consejos de Hipatia. Como sugiere Maria Dzielska, de la Universidad Jagellónica, la filósofa pudo haber abandonado su exquisita neutralidad para aglutinar un partido en el intento de frenar el creciente predominio político del arzobispo y sus parciales. No se trataría, pues, de una mera rivalidad entre cristianos y paganos, porque en el partido secular militaban también cristianos, como el propio Orestes.
En los mismos años en que arrebataron la vida a Hipatia y en la misma África, densos celajes se ciernen sobre los cristianos; diócesis enteras quedan huérfanas de sus pastores, que huyen abrumados del terror vándalo. Y en Hipona, junto a Cartago, resiste un anciano Agustín que, escribiendo bajo el shock de saber la Ciudad maestra de pueblos impíamente saqueada y a una nube de alaricos prestos a cruzar el mar, se esfuerza por convencer al mundo de que la Historia tiene sentido, y es de esperanza, porque, pese a los misteriosos pesares, la gobierna la Providencia.
Miguel Ángel García
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