Fue la Homilía de la coronación de Juan Carlos en los Jerónimos (27 de Noviembre de 1975: alabadísima en su momento por todos los aperturistas que anhelaban dar carpetazo final al franquismo: alabada tanto por la oposición izquierdista como liberal, ya republicana como monárquica.
Los del “bunker” (vaticano-segundistas sin saberlo, ignorantes en encíclicas papales y teología) no pudieron responder nada; Guerra Campos (como vaticano-segundista acérrimo) tampoco dijo ni pío...
La verdad es que tirar de textos preconciliares para criticarla sólo se lo hubieran podido permitir teólogos tradicionalistas de mons. Lefebvre (por entonces inexistentes en España). Así pues todo el mundo (“taranconianos” y antitaranconianos”) tuvo que tragar aquello, aunque muchísimos vieran que aquella homilía, cuando menos, era "muy moderada y evasiva”.
Todo su enfoque interno es, por supuesto, exclusivamente vaticano-segundista. Dicha homilía fue el “buque insignia” de la Iglesia española durante bastantes años, a ella apelarían los obispos para juzgar, aplaudir o condenar en materia político social.
Yo no soy nadie en materia teológica (...aunque para los "teólogos" que pululan por ahí, me basto de sobra…), pero con simple sentido común y con encíclicas preconciliares en mano se pueden comprobar sus barbaridades sobre todo por omisión. La crítica a Tarancón es, por supuesto, al Vaticano II en que él se inspira. Extraigo de ella sólo los párrafos directamente relacionados con la doctrina católica:
“Homilía pronunciada por el cardenal-arzobispo de Madrid-Alcalá, mons. Vicente Enrique y Tarancón, durante la “misa de Espíritu Santo”, celebrada el día 27 de noviembre de 1975, en la iglesia de San Jerónimo el Real.
“Majestades, ilustrísimas representaciones extranjeras, presidente del Gobierno, presidente de las Cortes, excelencias, hermanos:
….
“…Lo mismo ocurre en la Iglesia: son muchos los que tienden la mano hacia ella pidiéndole lo que la Iglesia no tiene ni es misión suya dar, porque no dispone de nada de eso. La Iglesia sólo puede dar mucho más: el mensaje de Cristo y la oración.
Ese mensaje de Cristo, que el Concilio Vaticano II actualizó y que recientes documentos del Episcopado español han adaptado a nuestro país, no patrocina ni impone un determinado modelo de sociedad. La fe cristiana no es una ideología política ni puede ser identificada con ninguna de ellas, dado que ningún sistema social o político puede agotar toda la riqueza del Evangelio ni pertenece a la misión de la Iglesia presentar opciones o soluciones concretas de gobierno en los campos temporales de las ciencias sociales, económicas o políticas. La Iglesia no patrocina ninguna forma ni ideología políticas, y si alguien utiliza su nombre para cubrir sus banderías, está usurpándolo manifiestamente.
La Iglesia, en cambio, sí debe proyectar la palabra de Dios sobre la sociedad, especialmente cuando se trata de promover los derechos humanos, fortalecer las libertades justas o ayudar a promover las causas de la paz y de la justicia con medios siempre conformes al Evangelio. La Iglesia nunca determinará qué autoridades deben gobernarnos, pero sí exigirá a todas que estén al servicio de la comunidad entera; que respeten sin discriminaciones ni privilegios los derechos de la persona; que protejan y promuevan el ejercicio de la adecuada libertad de todos y la necesaria participación común en los problemas comunes y en las decisiones de gobierno; que tengan la justicia como meta y como norma, y que caminen decididamente hacia una equitativa distribución de los bienes de la Tierra. Todo esto, que esconsecuencia del Evangelio, la Iglesia lo predicará, y lo gritará si es necesario, por fidelidad a ese mismo Evangelio y por fidelidad a la patria en la que realiza su misión.
A cambio de tan estrictas exigencias a los que gobiernan, la Iglesia asegura, con igual energía, la obediencia de los ciudadanos, a quienes enseña el deber moral de apoyar a la autoridad legítima en todo lo que se ordena al bien común.
Para cumplir su misión, señor, la Iglesia no pide ningún tipo de privilegio. Pide que se le reconozca la libertad que proclama para todos; pide el derecho predicar el Evangelio entero, incluso cuando su predicación pueda resultar crítica para la sociedad concreta en que se anuncia; pide una libertad que no es concesión discernible o situación pactable, sino el ejercicio de un derecho inviolable de todo hombre. Sabe la Iglesia que la predicación de este Evangelio puede y debe resultar molesta para los egoístas, pero que siempre será benéfica para los intereses del país y la comunidad. Este es el gran regalo que la Iglesia puede ofreceros. Vale más que el oro y la plata, más que el Poder y cualquier otro apoyo humano…"
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