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Tema: El concilio del papa Juan

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    Re: Respuesta: El concilio del papa Juan

    La libertad religiosa de la "Dignitatis Humanae" es contraria a la doctrina de la Iglesia Padres del Concilio V2 silenciados

    28 INTERVENCIONES

    EN DEFENSA DE LA FE CATÓLICA

    HECHA POR OBISPOS FIELES A LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

    DURANTE EL VATICANO II

    Sintetizamos algunos discursos de prelados católicos, hechos en el Vaticano II, que no fueron oídos, ni atendidos por los que regían las comisiones conciliares entregadas por los “papas” a enemigos de la fe: 1. Cardenal Eurico Dante, de la Curia Romana

    “La Declaración sobre la libertad religiosa insinúa que la Religión Católica debe ser propagada por el Derecho común. Es lo que, en el siglo pasado, afirmaron Lamennais y Montalembert, según los principios del Liberalismo. La Declaración de la Revolución Francesa afirmaba: ‘Nadie puede ser perseguido por causa de sus opiniones religiosas, a no ser que la manifestación de ellas perturbe el orden público’. Son equívocos los límites de ese derecho. En el Estado Cristiano, los términos paz, derecho de los ciudadanos, moralidad pública tendría sentido honesto y racional. En los no cristianos, sin prescindir tal vez del Derecho natural, el sentido será genérico; ellos podrán ser instrumentos de tiranía contra la Iglesia. En el Estado comunista, el sentido será diferente; los limites impuestos serán contra el Derecho Natural”. 2. Cardenal Alfredo Ottaviani, de la Curia Romana

    “Siempre tuvo vigencia en la Iglesia la doctrina según la cual nadie debe ser obligado a la Religión católica. Pero es exagerado afirmar quien erra de buena fe merece estima y honra. Es digno de tolerancia, de caridad; no de honra. Debemos hacer una Declaración sobre la libertad de los que profesan la Revelación divina; no apelar solo a los derechos naturales, sino también a los sobrenaturales. Debemos obedecer más a Dios que a los hombres. Aquí no estamos en un Congreso de Filosofía Natural sino en un Concilio de la Iglesia Católica; queremos profesar la verdad ca*tólica. Debemos tener siempre presente que nuestra consciencia tiene el deber de conformarse con la ley divina universal. No me agrada la afirmación de la incapacidad de los hombres del Estado para juzgar sobre la verdadera religión. Por ese principio deberían ser anulados nuestros concordatos. No me agrada la afirmación sobre la libertad de propaganda de las falsas religiones”. 3. Cardenal Alfredo Ottaviani, de la Curia Romana (Segundo discurso)

    “Fundamentar la libertad religiosa en la dignidad del hombre significa colocar a la Iglesia de Cristo en la misma condición que las falsas religiones. La Decla*ración debe tratar de la verdadera Iglesia, la de Cristo; no de cualquier otra. No existe igualdad entre lo verdadero y lo falso; entre la consciencia cierta y la errónea. La Declaración coloca en el mismo plano elementos contrarios. Ella recomienda que pueda ser tolerado. No es prerrogativa de la dignidad humana enseñar el error. Se debe distinguir entre la coacción física, la moral y la obligación. La obligación es impuesta por Dios y por la Iglesia. Las citas hechas de las Escrituras fueron hechas en sentido unilateral. El Magisterio de los papas no fue considerado. En este asunto se debe respetar una jerarquía de valores;“obedecer antes a Dios que a los hombres”. 4. Cardenal Ernesto Ruffini, arzobispo de Palermo

    “Es necesario distinguir entre libertad física o psicológica y libertad moral. Solo a la verdad compete la libertad moral. Como la verdad es solamente una, una sola es también la religión verdadera. Solo a esta compete “per se” el derecho a la libertad. El Concilio no puede urgir únicamente la observancia de los artículos 18-20 de la Declaración de los Derechos Humanos sobre la libertad de culto para individuos y sociedades, para la paz social. Las autoridades civiles tienen la obligación de prestar el culto debido a Dios, dentro de los límites permitidos por las circunstancias. Ellas tienen el deber de defender, de auxiliar y de favorecer la religión verdadera. No basta afirmar que nada impide que la autoridad civil en determinadas circunstancias, reconozcan jurídicamente una religión. La Declaración debe ser rehecha totalmente”. 5. Cardenal Giuseppe Siri, arzobispo de Genova

    “No podemos defender lo que va contra el proceder de Dios; la Declaración reivindica la libertad religiosa para todas las comunidades religiosas, lo mismo para las que estánlejos del orden natural y lo contradicen. Dios tolera, mas no aprueba el abuso de la libertad. Él lo castiga. Como sucesores de los Apóstoles, tenemos que defender a ley divina. La Declaración no puede ser aceptada porque concede libertad religiosa para todos”. 6. Cardenal Arriba y Castro, arzobispo de Tarragona, España

    “Solamente la Iglesia de Cristo tiene el derecho y el deber de predicar el Evangelio de Cristo. Es ilícito el proselitismo de los no católicos. Debe ser impe*dido por la Iglesia y por la autoridad civil, de acuerdo con el bien común. Que el Concilio no decrete la ruina del Catolicismo donde él es la única religión. Si todas las religiones son iguales, se debe concluir que ninguna de ellas es de interés. La religión verdadera no debe ser impuesta por la fuerza. Los no católicos tienen apenas un derecho a un culto privado”. 7. Cardenal Thomas Cooray, arzobispo de Colombo, Ceilán

    “Nuestro deber es defender la libertad de acuerdo con la verdad. Los límites del derecho a la libertad religiosa se originan de la verdad objetiva. Contra ella no puede existir derecho a la libertad de acción ‘per se’, ni ‘in re physica’, mucho menos, en materia dogmática. La norma del hacer moral y la norma jurídica solo tiene valor si es fundada en la verdad objetiva. Esto para conservar intacta la doctrina de la Iglesia Católica sobre la única verdadera religión, sobre l a única Iglesia de Cristo”. 8. Cardenal Michel Browne, de la Curia Romana

    Cardenal Michel Browne a la dcha. de la foto

    “En abstracto, es evidente que no son iguales los derechos sociales funda*dos en la consciencia individual recta, pero errónea, y en la consciencia individual recta y verdadera. Se resuelve así la dificultad deducida de la Encíclica ‘Pacem in terris’ (de Juan XXIII,). Pio XII, en la Alocución a los prelados de la sagrada Rota, en 1945, enseñó una norma doctrinaria diferente de la que está en la Declaración. La libertad de consciencia en la sociedad no se funda en derechos de una consciencia individual; se funda en el bien común universal. 9. Dom Frederico Melendro, arzobispo de Huai-ning, China

    “La libertad religiosa no contribuye a la unidad de los cristianos. En la Declaración el orden objetivo queda subordinado al orden subjetivo. Los hombres son apenas ‘convidados’ a abracar la fe; ellos están obligados a esto por precepto divino”. 10. Dom John Ambrose Abasolo y Legue, arzobispo de Vijayapuran, India

    “En materia religiosa la cuestión es más de deber que de derecho. Es de los deberes para con Dios que se deducen los derechos del hombre. No toda consciencia goza de los mismos derechos. Los derechos de una consciencia verdadera y recta son superiores a los de una consciencia invenciblemente errónea”. 11. Dom Gregorio Modrego y Causaus, arzobispo de Barcelona

    “El ejercicio de la libertad solo puede ser de acuerdo con las exigencias de la dependencia de Dios. No se puede concebir verdadero derecho natural a la libertad fuera de esos límites. El bien máximo de la sociedad es adherirse a la verdad religiosa. El Estado no puede ser indiferente a los errores en doctrinas religiosas. La Escritura citada por la Declaración no prueba el derecho natural a la plena libertad religiosa.Los textos citados solo se refieren a la religión verdadera. El Antiguo Testamento prohibió el culto de los ídolos; y estableció penas severas para los transgresores de esa ley. El Magisterio de la Iglesia Católica siempre insistió a los gobiernos contra la propagación de religiones no católicas”. 12. Dom Juan Carlos Aramburu, arzobispo de Tucuman, Argentina

    “Si el poder civil puede prohibir el ejercicio de la religión, por razón del orden público y no por las razones de la religión verdadera, de la verdadera paz publica, la legítima y natural, puede también, a su libre arbitrio, juzgar que la paz pública es perturbada ycondenar la predicación de la religión verdadera como ilegítima. En países comunistas y paganos eso ocurre. El poder civil podría juzgar ilegítima la acción misionera de la religión verdadera de Jesucristo”. 13. Dom Custodio Alves Pereira, arzobispo de Lorenzo Marques, Mozambique

    “La Declaración coloca la verdad y el error en el mismo nivel. La Iglesia de Cristo, Maestra de la Verdad, no puede ser colocada en la misma línea que las religiones falsas. La Declaración es un absurdo. Ella equivale a declarar que la Iglesia verdadera, la de Cristo, es una entre muchas falsas existentes en el mundo. No se puede admitir que negar ese derecho a la libertad religiosa sea injuria hecha al hombre”. 14. Mons. Segundo García de Sierra y Méndez, arzobispo de Burgos, España

    “La Declaración no puede ser aprobada e su substancia, por su método y por sus principios. Ella pretende conciliar el derecho exclusivo de la Iglesia verdadera, con una libertad a todos, para anunciar la verdad revelada. El derecho de la Iglesia Católica se funda en su misión divina y en la verdadera dignidad del hombre. Uno es de derecho sobrenatural y otro es de orden natural. Es oportunismo querer fundar ese derecho en los deseos de libertad del mundo actual. La Declaración favorece el Indiferentismo y el Estado neutro. Ella es contraria a la doctrina católica. Ella concede los mismos derechos al proselitismo para los errores y al proselitismo a la verdad. Este asunto debe ser tratado no para agradar a los hombres; sino para agradar a Dios”. 15. Mons. Marcel Lefebvre, arzobispo Superior de la Congregación del Espíritu Santo

    “La libertad no es absoluta; no puede ser ejercida indiferentemente para el bien o para el mal. Y debe distinguirse entre actos religiosos internos y externos. Los externos están subordinados a los poderes civiles. El dictamen de la consciencia no es el criterio último de la moralidad objetiva de los actos humanos. Las normas de la Moral están vinculadas a los preceptos religiosos. Presentar la voz de la consciencia individual como la voz de Dios coloca en peligro el celo de la Iglesia ligado a la fe universal. 16. Mons. Marcel Lefebvre (segundo discurso)

    “Esta doctrina de la Declaración tuvo inicio en los filósofos Hobbes, Rousseau, Locke… Los papas – especialmente Pio IX y León XIII – condenaron esta doctrina de la Declaración. Las aprobaciones que ella recibe de los no-católicos son significativas. Cae por tierra la argumentación de la Declaración con la definición de los conceptos de libertad, de consciencia, de dignidad del hombre. Ellas no pueden ser definidas con relación a ley divina. Solo la Iglesia verdadera tiene derecho a la libertad religiosa porque solo ella confiere dignidad al hombre. A las falsas religiones, es necesario examinar las cir*cunstancias, caso por caso”. 17. Mons. Adam Kozlowiecki, arzobispo de Lusaka, Zambia

    “No se puede aceptar un valor vago atribuido a la dignidad humana. Él se presta a interpretaciones en sentido contrario a la verdadera Iglesia. No se puede insistir en el derecho a libertad del hombre sin acentuar los derechos del Dios verdadero sobre el hombre”. 18. Dom Antonio de Castro Mayer, obispo de Campos, Brasil

    “La Declaración peca en puntos fundamentales como la igualdad de derechos entre religiones falsas con la verdadera. Solo la verdadera tiene el derecho de ser profesada públicamente. Los derechos no son los mismos. La naturaleza humana, cuya dignidad se invoca, se perfecciona solo con la adhesión al verdadero bien; la dignidad humana no es salvaguardada por la adhesión al error, aún de buena fe. Las relaciones entre la religión verdadera y la sociedad civil se rigen por la ley natural y por la ley positiva revelada por Dios. Ora es ley de Dios que todos abracen la religión verdadera. Luego, el estado no puede favorecer las religiones falsas. Nadie es condenado sino por su propia culpa. La Declaración extiende, latitudinariamente, el Derecho a la verdad y a los errores. Coloca el bien común como perfección del hombre, y a la libertad de los errores como auxilio para esa perfección. Ella concibe la dignidad del hombre de modo falso: pretende, erróneamente, la libertad de acción por derecho y no por mera posibilidad ontológica. La Declaración coloca un estado cuya estructura jurídica no se deriva de la verdad natural, ni de la verdad revelada que manifiesta las leyes de Dios y, de modo positivo, concede derechos a las religiones falsas”. 19). Dom Giovanni Canestri, Obispo auxiliar de Roma

    “La Declaración debe ser corregida en muchos puntos para que no cause equívocos y no tenga consecuencias funestas. Contiene afirmaciones inexactas, genéricas, superfluas, obscuras. No se puede condenar cualquier proselitismo; sino el ejercido de modo deshonesto. Debería proclamar, de modo inequívoco, el Derecho de la Iglesia en cuanto religión verdadera”. 20. Dom Anastasio Granado García, Obispo auxiliar de Toledo

    “Es nueva en la Iglesia la doctrina según la cual todos los grupos religiosos tienen estricto derecho de propagar sus doctrinas, sean ellas verdaderas o falsas. La doctrina tradicional afirma que solo existe derecho para la verdad y que el error puede ser tolerado. Esta nueva doctrina se opone directamente a la doctrina de Pio XII en la Alocución ‘Ci riesce’. Ella pasa, ilícitamente, del orden subjetivo al objetivo. Ella contradice el propio concepto de libertad religiosa que expone”. 21. Dom Angelo Teniño Saiz, Obispo de Orense, España

    “En el campo de la Religión, en primer lugar, es necesario saber si Dios habló claramente, indicando la manera de ser venerado por los hombres. Es in*juria a Dios someterlo a la razón humana; los que creen en Dios y aceptan su Palabra a los que no creen. La Declaración debe ser radicalmente reformada porque esta fundada en la equiparación de todas las religiones en la sociedad. Si, para el bien común de la Iglesia, fuera conveniente conceder mayor libertad en materia religiosa, esto debe ser hecho según la genuina doctrina de la Iglesia y no según los principios falsos de un Hu*manismo que, en materia religiosa, considera al hombre como la norma suprema”. 22. Dom Ubaldo Evaristo Cibrián Fernández, prelado nullius de Coro-Coro, Bolivia

    “La Declaración no puede ser aprobada. Ella no se funda en principios doctrinarios verdaderos. O, por lo menos, no son expuestos rectamente. Ella procede de modo demasiadamente filosófico y racionalista. Ella ignora o menosprecia el Magisterio ordinario de la Iglesia; de modo princi*pal, el del Pontífice Romano. Ella confunde la verdad absoluta de los principios como su aplicación práctica”. 23. Dom Juan Bautista Velasco, Obispo (expulsado) de Hsiamen, China

    “La Declaración contradice la doctrina secular de la Iglesia. Está im*pregnada de Legalismo. Puede causar el Pragmatismo, el Indiferentismo, el Naturalismo religioso. Enseña, en materia de Fe, el Subjetivismo. No distingue entre los Derechos de la verdad y los del error. No les dieron oído a las observaciones de los padres conciliares que, en consciencia, acreditan la falsedad de los principios fundamentales de la Declaración”. 24. Dom Emilio Tagle Covarrubias, Obispo de Valparaíso, Chile

    “En la Declaración se encuentran contradicciones. Ella muestra favoritismo excesivocon relación a las religiones falsas. Causa el peligro del Indiferentismo y del liberalismo. Solo la religión verdadera tiene derecho la libertad religiosa. Las falsas, según las circunstancias de hecho y las exigencias del bien común, pueden apenas ser toleradas”. 25. Mons. Abilio Del Campo y de La Bárcena, Obispo de Calahorra, España

    “La Declaración tiene sentido de humanismo naturalista. Ella no define, la verdadera dignidad del hombre. En la presente economía de la salvación, no se debe hablar de la naturaleza humana como tal, por la elevación al estado sobrenatural. La Declaración no habla de los Derechos de Dios. La libertad religiosa, proclamada y reconocida en las Constituciones civiles, son hechos que no pueden regir los principios doctrinarios de la Iglesia. El Concilio católico no toma esas Constituciones como fuentes de la doctrina católica. Si los católicos tienen el derecho y el deber de defender la Fe católica, no se puede conceder a los acatólicos el derecho de enseñar. La Declaración favorece el Subjetivismo religioso y la Moralidad de Situaciones, dado que Religión y Moral están ligadas íntimamente. Condenar toda coacción en materia religiosa es peligroso para el ambiente de la familia, para la educación cristiana de los hijos, el tesoro del cristianismo guardado durante siglos”. 26. Dom Primo Gasbarri, Obispo administrador apostólico de Grosseto, Italia

    “La Declaración abre camino al Liberalismo, el Laicismo, el Indiferentismo, el Irenismo, el Existencialismo, la Ética de Situaciones. Ella no distingue entre el Derecho verdadero, en armonía con el derecho natural y el Derecho positivista. Ella atribuye el mismo Derecho a la verdad y al error. Ella no está de acuerdo con la Doctrina tradicional de los Sumos Pontífices”. 27. Mons. Thomas Muldoon, Obispo auxiliar de Sídney, Australia

    “La Declaración trata del aspecto jurídico-civil de la cuestión, pero omite el aspecto teológico-moral. Los católicos tendrán dificultad en aceptarla; los no-católicos harán falsas interpretaciones”. 28. Mons. Paulo Muñoz Vega, Obispo auxiliar de Quito, Ecuador

    “La Declaración carece de fundamento teológico; mira la situación de pluralismo religioso, en abstracción jurídico-filosófica, deja de lado la realidad sobrenatural y las consideraciones teológicas. Mira apenas el aspecto jurídico-social. La Declaración no tiene la característica de documento de un Concilio católico. Ella debe definir el derecho del hombre a la libertad prometida por Cristo y garantizada por Dios. El Derecho a la libertad religiosa tiene por fin facultar al hombre seguir su vocación sobrenatural”. Este compendio de palabras de los cardenales, arzobispos y obispos cató*licos demuestra, de modo super-evidente, la herejía del Vaticano II y de sus papas. Esta Declaración es la base del Ecumenismo, de la Colegialidad, del culto del hombre, de la misa popular. Ella muestra la herejía del Indife*rentismo religioso y, base de la herejía del Agnosticismo, común a todos esos errores. Estos y otros obispos no fueron oídos! Más no es la mayoría numérica de votos que altera la fe universal de la Iglesia. La autoridad de esos prelados fieles demuestra, de modo clarísimo, la naturaleza falsa del Vati*cano II y de sus papas. El conjunto de esas palabras forma un discurso irrefutable al ser meditado por todos. Ella aclara las herejías del Vaticano II y de sus papas. Muestra que tal Concilio e obra de los miembros de las so*ciedades secretas, que son enemigas de la Iglesia y del Estado Católico. “De ningún modo es lícito defender la libertad religiosa como se fuera uno de los derechos que la naturaleza dio al hombre”.(León XIII — Encíclica Libertas)

    Padres del Concilio V2 silenciados | Tradición Digital
    Alejandro Farnesio, Montealegre y Pious dieron el Víctor.

  2. #62
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    Re: Respuesta: El concilio del papa Juan



    El traje nuevo del Vaticano II

    “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis.” Mateo 7, 15-20


    Imaginemos por un momento una boyante empresa, repleta de buenos resultados y con una clientela fiel. Por los lógicos avatares de la vida el gerente fallece, y el sucesor decide convocar un gran congreso interno para actualizar sus productos, y hacerlos más acordes con el mundo moderno. Allí, entre aplausos peloteriles y discusiones, se concreta redefinir su producto estrella, darle un nuevo aspecto, un nuevo y genial envoltorio que piensan será más atractivo para el hombre actual y disparará sus beneficios.


    Desde ese momento, lo que era un negocio próspero y lucrativo, se desinfló en picado en todas las estadísticas al punto de casi desaparecer. Tras fallecer el gerente promotor, su sucesor, lejos de identificar el origen del mal en el clarísimo momento del “congreso”, no se le ocurre otra cosa que exaltar el congreso como fuente de toda esperanza y poniéndose aplicar aún más esas nuevas ideas al producto, adjudicando la caída de resultados a factores “externos”, y así un gerente, y otro, y otro… mientras, los números continúan en descenso imparable.


    ¿A alguien con dos dedos de luces se le podría ocurrir determinar que la caída de la empresa no ha sido culpa directa de tan desastroso congreso y los gerentes que lo pusieran en marcha, ya sea por omisión o acción ?


    Esto es exactamente lo que viene sucediendo en la Iglesia en los últimos 50 años. Creo que a estas alturas los hechos son ya tan clamorosos que hay que estar realmente ciegos, o tener mala fe, para no querer identificar el origen de la crisis. Y el pistoletazo de salida es IN-DIS-CU-TI-BLE: el Concilio Vaticano II.


    Poco importan las intenciones que hubiera o dejara de haber, que siempre han de presumirse buenas. Sinceramente, pasados ya tantos años, da exactamente igual si los textos eran intachables, confusos, ambiguos, ortodoxos, heterodoxos o como queramos llamarlos. El papel lo aguanta todo en este tipo de discusiones. Lo que es indiscutible, señores y señoras, es que ha pasado ya ¡¡medio siglo!! de desviaros con un origen clarísimo en ese punto de partida, y que no cabe más que concluir que lo que quiera que allí pasara, llamémosle y vistamos al santo como queramos, ha sido y provocado un desastre de proporciones épicas. Si directa, indirecta, con bombas de tiempo o nucleares, sinceramente, ya da igual, porque contra hechos no hay argumentos, y los hechos no tienen discusión alguna. Ya no es una cuestión de opiniones, es una mera constatación histórica de hechos, y del origen de los mismos.


    Todos los intentos de demonizar con descalificacionesburdas a quienes señalan este origen, que si neolefebvristas, o neolefebvrianos -que siempre queda mejor por la connotación sectaria de la palabra-, no hacen más que esconder la raíz de la crisis, y pues la solución, y, en la mayoría de los casos, revelan una profunda deshonestidad intelectual de quienes lo dicen.


    Así que adelante, señores, sigamos aplaudiendo y aplaudiendo al Rey desvestido, paseándolo de calle en calle entre guitarras y globos de fiesta. Parece que nadie se atreve a decir lo que todos ven, que ese señor va completamente desnudo, y hay que vestirle… pero nadie lo hace.


    Miguel Ángel Yáñez

    El traje nuevo del Vaticano II | Adelante la Fe

  3. #63
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    Re: Respuesta: El concilio del papa Juan

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Tengo el libro que reseña a continuación Jack Tollers y es verdaderamente excelente. Mejor y de más fácil lectura que el conocido El Rin desemboca en el Tíber, por su estilo más ameno. Tremendamente documentado. Y como es habitual en el profesor De Mattei, sumamente respetuoso en todo momento hacia el Sumo Pontífice (lo que no siempre se puede decir de Tollers, como se puede apreciar en la reseña que sigue a continuación). El libro ya está traducido al castellano, y en estos momentos se está buscando editor. Recemos porque pronto pueda estar en las librerías de los países de habla hispana.





    Historia del Concilio: el polvo que engendró estos lodos




    Wanderer, acabo de terminar de leer las 600 páginas del libro de Roberto de Mattei sobre la Historia del Concilio Vaticano Segundo (en su versión yanqui del año 2012, Loreto Publications, Fitzwilliam, N.H.—no está traducido al castellano que yo sepa).


    El libro se publicó originalmente en italiano en el año 2010.

    A mí me gusta el género “Recensión de libros”, pero confieso que aquí estoy un tanto amedrentado, quizás más que nada por la brevedad que exige el formato de blog, pero también por la importancia del asunto, la variedad de cuestiones a tratar y otras cositas más, difíciles por otra parte de decir: por ejemplo, de cuánto lugar, cuánto tiempo, cuánto tiempo espiritual (o psicológico) ocupó en nuestras vidas el maldito concilio, cuántas veces no hablamos de él (generalmente pestes, claro está), cómo nuestros enemigos se valieron de él para imponer su maldita agenda, y últimamente como Buela y sus secuaces lo defendían a morir, no sé si acuerdan ustedes, etc. etc.

    Pero, bueno, dejemos eso y vamos al libro.

    Está muy bien. Está mejor de lo que me esperaba. Está excelente. Se trata de un trabajo de inmejorable factura, notable scholarship (aparentemente de Mattei leyó absolutamente todo, fíjense que lo cita varias veces a Meinvielle, créase o no, entre cientos de otros autores que también cita: italianos, alemanes, ingleses, brasileros, yanquis, holandeses y no sé yo cuántos más—yo pensé que se había olvidado de von Hildebrand y su Caballo de Troya, pero también está citado en la pág. 551.

    Es un libro bien escrito, con sabia síntesis (¡sí, créase o no!) y le deja al lector sacar sus propias conclusiones—son contadas las veces en que el autor interpola algún parecer propio (dos o tres veces, me parece, en 600 páginas), no necesariamente le da más espacio a los críticos del Concilio sino más bien al contrario, deja hablar lungo a los cardenales, obispos, teólogos, periti y periodistas progres, aprovechándose de la innumerable cantidad de diarios, memorias y cartas que se han escrito y publicado en las últimas décadas, como por ejemplo, las de Congar, Rahner, Suenens, Helder Cámara, de Lubac, Daniélou, Schillebeeckx, Laurentin, Rynne (Wiltgen), Tisserant, Bugnini, Bea, Ratzinger, Chenu, Murray (John Courtney), Alfrink, Frings, Hans Küng, Casaroli, Dossetti, entre otros muchos. Como fuente para una historia objetiva de lo que pasó, esta incontable cantidad de memorias constituyen el sueño del historiador, no sólo porque rara vez alguno miente o falsifica las cosas cuando las asienta en su diario, o cuando escribe una carta personal, sino porque los diarios de los otros, de los del lado más tradicionalista, confirman lo que dicen los del bando progre. ¿La contra? Bueno, son menos, pero allí también constan los recuerdos de Ottaviani, Bacci, Siri, Gherardini, Lefebvre, Guerra Campos, Ruffini, Luigi María Carli, Antonio de Castro Mayer, Frane Franic, Garrigou-Lagrange, Biffi y algunos más que se me olvidan.
    Insisto, me parece de máxima importancia, porque no son muchos los hechos históricos que se pueden reconstruir con tanta solvencia: en sus recuerdos de cómo sucedieron los hechos, todos, sustancialmente, coinciden.

    La primera conclusión que se desprende de la lectura de este mamotreto es que el Concilio no fue sino el escenario de una guerra furiosa, peleada de cien maneras distintas, recurriendo a toda clase de armas, con ambos Papas indiscutiblemente tomando partido, invariablemente, por el bando progre, que, también indiscutiblemente, ganó y exterminó toda pretensión de oposición, con la inestimable ayuda de los comunistas, los masones, los judíos y los medios masivos de comunicación. Ni hablar sobre lo ocurrido durante las décadas del post-concilio (a la cual el autor le dedica un interesantísimo capítulo final) en el que la reforma litúrgica, los estudios bíblicos, las misiones, los seminarios, las universidades católicas se fueron todas al mismísimo demonio, mientras se imponía la Teología de la Liberación, la lectura de Teilhard de Chardin, la comunión en la mano, el vaciamiento de seminarios, conventos y monasterios (Ecclesia depopulata), el Catecismo Holandés y no sé yo cuántas cosas más—y como perla de muestra resulta muy, muy interesante, ver lo que pasó en Italia, al final del Pontificado de Paulo VI, cuando el gobierno demócrata cristiano presidido por Giovanni Leone y con el primero ministro (amigo personal del Papa) Giulio Andreotti, sacan, el 22 de mayo de 1978, la ley de aborto, firmada por todos los parlamentarios demócrata-cristianos (según cuenta uno de ellos, Tina Anselmi, Paulo VI exhortó a los ministros demócrata-cristianos a que permanezcan en sus puestos aun cuando hubieran firmado esa ley—créase o no).



    En fin, en el 2010, de Mattei no podía ver lo que ahora sí (y eso mismo dice): que Bergoglio es la perfecta culminación del Concilio, del “espíritu” del Concilio y de la mar en coche. Esa dileccion por la ambigüedad, ese gusto por lo plebeyo, ese enfermizo odio contra la liturgia decorosa, contra el latín, contra Santo Tomás y todos los Padres… y tantas cosas más, proceden de aquí—600 páginas después, no me queda la menor duda (full disclosure, confieso que nunca tuve muchas).

    Bergoglio es la perfecta encarnación de Vaticano II y es, claro está, la perfecta porquería, no jodamos más.

    Pero es lindo el libro este, entre otras cosas porque termina de una vez y para siempre con el cuento chino ese, de que la decisión de convocar al Concilio fue una inspiración del Espíritu Santo. El Gordo quería que siempre se creyera eso. Sino que es, entre mil otras cosas, sencillamente, mentira. En su propio diario (Juan XXIII, Pater Amabilis: Agende del Pontefice, 25), el Papa cuenta que

    En una audiencia con el Secretario de Estado Tardini, por primera vez, se me ocurrió pronunciar, como por casualidad, la palabra “concilio”, como conjeturando qué cosas un nuevo papa podría proponer como una invitación a un enorme movimiento de espiritualidad para la Santa Iglesia y el mundo entero (pág. 92, el lenguaje deficiente no es culpa del traductor).

    Contra lo que esperaba el Papa, a Tardini la idea le pareció brillante y cinco días después la anunció, el 25 de enero de 1959, en la Sala Capitular de la Abadía de San Pablo Extramuros, a un grupo de cardenales que quedaron estupefactos. Como lo quiere de Mattei:

    Llegados a este punto, resulta necesaria una consideración. En los últimos cinco siglos del segundo milenio, sólo habían tenido lugar dos concilios; Trento y Vaticano Primero. La convocatoria de una asamblea de esa evergadura constituye una decisión que no se puede hacer a las apuradas y e irresponsablemente, sino que más bien supone, profunda reflexión y muchas consultas.

    Sí, bueno, tu abuela, nada de eso. Pero eso sí, quedaría en el mayín popular que la decisión había sido una inspiración del Espíritu Santo y de eso se encargó el propio Papa, como queriendo, de entrada, despachar a quienes tuvieran alguna duda de que comenzaba lo que darían en llamar “la Primavera de la Iglesia” y otras estupideces por el estilo.

    Pero, claro, en estos años se acuñaron varias cosas como estas de la primavera de la Iglesia que resultaron ser armas formidables, imbéciles locuciones de eficacia probada, de influencia demoníaca, como la del “espíritu del Concilio” con las que se hizo, terminada la malhada reunión, toda clase de canalladas, empezando por la reforma litúrgica y la nueva misa de 1969 (prohibiendo, de hecho, durante cuatro décadas, la celebración de la misa tridentina).




    Y claro, es lindo el libro este, porque uno recuerda que se le había asignado un carácter “pastoral”, que Juan XXIII había insistido una y otra vez en que no se definiría ninguna cuestión dogmática y que sólo era para “pastorear” a lo grey. ¿Y bien? Resulta que estuvo prohibido hablar del comunismo. Cuando una tercera parte del mundo padecía el comunismo (especialmente los cristianos), el Cardenal Tisserant acordó en la ciudad de Metz con funcionarios de Moscú que acudirían veedores soviéticos al Concilio con tal de que no se mencionara siquiera al comunismo. Eso lo cumplieron al pie de la letra, Juan XXIII, Paulo VI y la mayor parte de los padres conciliares (no tiene desperdicio la relación que hace de Mattei de la suerte corrida por un petitorio de parte de 435 padres conciliares para agregar una condena al comunismo a la Gaudium et spes: el secretario de la comisión mixta responsable de la preparación del esquema correspondiente, Monseñor Achille Glorieux, hizo desaparecer el petitorio, al cual nadie vio, nunca más (pág. 477). Carli protestó vehemente ante el Cardenal Felici quien a su vez le mandó un memo al Papa Paulo VI. Y este le contestó a Felici, el 15 de noviembre de 1965, con un memo, en el que le dice, entre otras cosas, que semejante declaración no sería consistente con las promesas del Concilio de no meterse en tópicos políticos, de no pronunciar anatemas y de no hablar sobre el comunismo (pág. 479).

    Yo no sé como hace de Mattei para escribir sobre todo esto sin que se le note el enojo. Juro que yo no podría: ¡las “promesas” del Concilio! Pero, ¿qué carajo?

    Y así ¿no? También estaba prohibido hablar del diablo ni del infierno, claro está, que eso no sería muy “pastoral”, ¿no?, por supuesto que no. Con todo, de Mattei documenta cosas lindas, como la intervención del Patriarca Latino de Jerusalén, Mons. Alberto Gori, de la Orden de Frailes Menores, cuando se discutía el esquema De Ecclesia:

    La omisión de mencionar con una referencia clara la posibilidad de una infelicidad eterna me parece inaceptable, tratándose de un concilio ecuménico, cuya incumblencia es la de recordar íntegramente la doctrina en asunto de tanta importancia para todos los seres humanos, y especialmente para los católicos.

    Así como se define la existencia del Juicio y del Cielo, así también debe afirmarse sencillamente la certeza de una eterna infelicidad para quienes hayan menospreciado la amistad con Dios.

    Y a mí me parece que se requiere esto por tres razones:

    La primera es que indiscutiblemente para el cristianismo la existencia del infierno constituye una verdad revelada. El mismo Salvador, que por cierto sabía más que ningún otro acerca de cuál sería el mejor método para postular su doctrina, y que a la vez era la bondad misma encarnada, sin embargo muchas veces, de manera clara y apasionadamente, proclamó la existencia y la eternidad del infierno. En la sección preliminar de este capítulo escatológico, junto con lo que se afirma sobre la existencia de un Juicio y de una eterna felicidad, debe incluirse una referencia explícita a esa verdad revelada que las complementa, esto es la certeza de que existe la posibilidad de una infelicidad eterna.

    La segunda razón por la que es necesario recordar esta verdad explícitamente, es la enorme importancia que tiene esta horrorosa posibilidad para todos los seres humanos. En verdad, los hombres que sienten tan poderosa la atracción de la concupicencia al punto tal que podrían verse inducidos a menospreciar la amistad divina, por cierto que necesitan verse disuadidos del pecado con el temor de la eterna infelicidad que amenaza a todo pecador no arrepentido.

    La tercera razón por la que debe hacerse una mención expresa de esto es porque nuestro tiempo lo requiere especialmente. Y esto porque el deseo prevaleciente en todas partes de una vida mejor en términos materialistas y el hedonismo desenfrenado que caracteriza a nuestros contemporáneos, disminuye gravemente, a los ojos de muchos, el valor de la amistad divina y el sentido de pecado. Y como consecuencia de esto la existencia del infierno, la posibilidad de una eterna infelicidad, son nociones que les resultan ajenas, que ni siquiera consideran, o que piensan como materia inapropiada para considerar, contra la que batallan con más y más ímpetu por creerlas nociones contrarias a la cosmovisión moderna. Como muchos han destacado, son muy pocos los predicadores que hoy en día se atreven siquiera a mencionar estas cosas y prefieren callarlas. Pero como resultado de este temor de los predicadores, mucho me temo que la mayoría de los fieles van a concluir que constituye una doctrina obsoleta sobre algo que, al final, no es real. Y de esta manera se promueve la corrupción de las inteligencias y de la moral.

    Por tanto urjo fehacientemente, venerables hermanos, que el texto propuesto para el artículo 48 sea brevemente afirmado, conforme a las palabras de la Biblia, pero esto muy claramente, junto con la referencia al Juicio, presentando la alternativa ante la cual se halla todo ser humano, esto es, una eterna felicidad o una eterna infelicidad (págs. 360-361).

    Ya sé, Wanderer, la cita es larga por demás y esta recensión, casi, casi, que no entra en ningún blog. Me extralimité. Pero necesitaba destacar qué clase de tipos, qué clase de cosas, fueron las derrotadas en Vaticano II (y como todos los que deliberadamente niegan el infierno… allí van).
    El Vaticano II, claramente se desprende de este libro, fue una guerra, y nosotros la perdimos (por lo menos durante este medio siglo que le siguió).

    Y una última apostilla: se desprende de este libro que uno de los agentes más furiosamente progresista, eficaz como pocos y sumamente joven era el Padre… Ratzinger. Yo no sé cómo nunca hizo un mea culpa formal por su actuación durante el Concilio, pero que se lo hayan devorado sus hijos, no me sorprende para nada.

    Y diría algo peor todavía: que se embrome.

    Perdimos la guerra, Wanderer, pero que no se diga que no hubo guerra, eso nunca, que no hay guerra, sino más bien lo de Teresa la Grande:

    Todos los que militáis
    debajo de esta bandera,
    ya no durmáis, no durmáis,
    pues que no hay paz en la tierra.


    Atentamente,
    Jack Tollers








    The Wanderer
    Última edición por Hyeronimus; 15/12/2016 a las 20:45

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