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Tema: España e Inglaterra

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    Avatar de Mexispano
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    Re: España e Inglaterra

    Nelson: así forjó Inglaterra el falso mito del almirante que vapuleó al Imperio español

    A pesar de que la historia habla de él como un revolucionario de las técnicas militares, el británico no inventó la táctica que usó contra la armada combinada y era demasiado arrojado


    Vídeo: El error que provocó la derrota naval más dolorosa de España ante Inglaterra - ABC


    Manuel P. Villatoro

    Actualizado:10/05/2019 08:31h


    Un hombre valiente, de un ingenio desconocido para la época y un arrojo encomiable. Nadie lo niega. Pero también un adúltero (se acostaba con la mujer de un famoso noble que le creía su amigo), un marino que fue derrotado en repetidas ocasiones por los españoles, y un soldado demasiado temerario al que no le importaba poner en riesgo una flota entera si así lograba doblegar al enemigo. Horatio Nelson es considerado a día de hoy como uno de los grandes hitos de la historia naval de Gran Bretaña. Para ello tuvo a su favor el haber salido vencedor de batallas aparentemente imposibles y, sobre todo, el haber muerto heroicamente en la contienda de Trafalgar luchando contra la flota franco española de Churruca y Lucas. Y todo eso, después de haber servido a sus compañeros la victoria en bandeja de plata. Sin embargo, tan cierto como estos datos es que su leyenda fue engrandecida por los cronistas ingleses quienes, ávidos de encumbrar a este almirante de la «Royal Navy», le dieron a conocer ante el mundo como un experto en humillar a los buques de su majestad católica.

    Ahora, desde ABC nos hemos propuesto revisar las batallas de este gran héroe británico. Un personaje cuyo entierro se celebró sin escatimar un céntimo y que se produjo después de que el marino falleciese combatiendo contra el navío de línea «Redoutable» de Jean Jacques Etienne Lucas -más conocido por medir menos de 1,50 metros de altura- en la batalla de Trafalgar. Los ingleses, en 1805, hicieron de su fallecimiento una heroicidad increíble afirmando que había tenido la valentía de dirigirse a la cabeza de una columna de navíos contra la formación enemiga. No obstante, y aunque su táctica resultó revolucionaria para la época, tampoco es mentira que su vanidad le hizo lanzarse el primero contra los aliados y no cubrirse -a pesar de ser todo un icono para sus paisanos- mientras sus hombres luchaban a sangre y cañón contra galos y españoles.


    Primeros años

    Nuestro protagonista, cuarto hijo de Eduard Nelson (un conocido predicador) y Catalina Suchling, vino a este mundo el 23 de septiembre de 1758 en Burnham-Thorpe, un minúsculo pueblo ubicado en el condado de Norfolk (al oeste del país). Llamado Horatio en conmemoración del popular poeta romano, el futuro gran almirante inglés no se sintió nunca demasiado atraído por los estudios o por las artes, por lo que –después de haber terminado de aprender lo básico en la escuela de Norwich- entró en la marina de manos de su tío materno, un tal Suchling (según parece, los «enchufes» estaban a la orden del día en la «Royal Navy»). El calendario se había detenido por entonces en 1770, y su destino fue el navío de 64 cañones «Razzonable». Con todo, aquel primer trabajo era demasiado aburrido incluso para un nuevo grumete como Horatio, por lo que su familiar le acabó mandando a hacer las Indias Occidentales en un barco mercante.

    «Volvió de allí en el mes de junio de 1772, y se unió otra vez en Chatan al Capitán Suchling, su tío, quien mandaba entonces el navío “Triunfo”, en donde le hizo instruir en el pilotage, trasbordándole unas veces a un paquebot o otras a una lancha que iba desde Chatan a Londres, y de Swin hasta Nort-Foreland», explica Juan López Cancelada (un periodista español contemporáneo de Nelson) en su obra «Vida del Vicealmirante Nelson», una traducción de las memorias del propio marino. Todo aquel viaje para arriba, y viaje para abajo, le valió al británico para ir curtiéndose en el manejo de las olas y en el manejo de un barco en costas peligrosas. Algunos historiadores, de hecho, se atreven a decir que Inglaterra le debe a estos trayectos el haber forjado a un marino de la pericia de Horatio.




    Horatio Nelson


    Su primera gran aventura la vivió pocos meses después, en 1773, año en que tuvo el honor de acompañar al capitán Phipps en un viaje a través del Polo Septentrional para hallar una ruta hacia el Norte de América. La decisión sorprendió soberanamente a su tío quien, cuando su sobrino entró en la marina, dijo lo siguiente de él: «¿Qué pecado habrá cometido Horace para que tenga que ingresar en la Marina? Lo mejor que le podrá pasar es que, cuando entre en combate, una bala de cañón le vuele la cabeza». Sus palabras no eran crueles, sino realistas, pues aquel niño era enjuto, extremadamente delgado y «debilucho». Con todo, el adolescente se hizo un hueco en la expedición. «En el momento más crítico del viage fue nombrado Comandante de un bote de cuatro remos para ir con 12 hombres a romper el hielo y reconocer las canoas», añade el experto español. Se dice, incluso, que mató un oso polar para enviar la piel a sus padres como regalo.

    Con todo, hasta entonces Nelson solo había surcado las olas, pero no se había enfrentado a ningún enemigo borda con borda. Para eso hubo que esperar hasta meses después, en el momento en el que fue destinado al «Seahorse» en el Océano Índico. Sobre su cubierta entró en combate por primera vez y puso a prueba su entrenamiento. Para su suerte, mantuvo la cabeza sobre los hombros. Aunque poco después su penoso estado de salud (probablemente padeció malaria) provocó que tuviese que ser enviado de vuelta a casa. Se dice que en aquellos meses perdió tanto peso que, cuando llegó a las islas, tan solo era un saco de huesos andante (algo que, curiosamente, se repitió en varias ocasiones durante su vida debido a su precario estado de salud perpetuo). A su vez, y según explica la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial en su dossier «Enfermedades y muerte y Horatio Nelson», durante su recuperación sufrió una fuerte depresión de la que nunca terminaría de salir.

    Así lo denotan las palabras que él mismo escribió posteriormente en su diario: «Después de profundas meditaciones en las cuales deseé en más de una ocasión arrojarme por la borda, una racha súbita de patriotismo se encendió en mí y comprendí que pertenecía al Rey y a mi País. Mi mente se complació con la idea y exclamé: "Me parece muy bien, y con la ayuda de la Divina Providencia superaré todos los peligros hasta convertirme en un héroe"». Ese episodio se sucedió antes de recibir su nuevo destino el 24 de septiembre de 1776, cuando fue enviado al «Wolcester» bajo las órdenes del capitán Robinson. Según escribe el cronista español, nuestro protagonista se hizo tan conocido encima de aquel buque que el mismo Robinson solía afirmar que «estaba tan descansado quando Nelson entraba de quarto [hacía su guardia] como si entrase el más antiguo oficial que se hallaba a bordo de su navío».




    Horatio Nelson


    En apenas dos años vivió dos ascensos. El primero, en 1777, cuando fue elevado a la categoría de teniente. El segundo, en 1779 (el 11 de julio), año en que –con apenas 20 primaveras- se convirtió en el capitán más joven de la «Royal Navy». En los meses posteriores se dedicó a luchar contra la piratería y el contrabando que asolaban las posesiones británicas en las Américas. Un trabajo que –según dicen las malas lenguas- le costó ser licenciado con media paga allá por 1787. Y es que, molestó al oficial equivocado señalándole que hacerse rico en contra de las normas de Su Graciosa Majestad iba en contra de la corona. Oficialmente, sin embargo, se dijo que le apartaban debido a que la paz había llegado a las aguas. Con todo, aquel no fue el único disgusto que tuvo que aguantar su «carcasa» (como solía llamar a su cuerpo) ya que, durante aquellos días, padeció nuevamente una severa depresión acompañada de tensión nerviosa y ansiedad al ser rechazado por la hija de un clérigo. Regresó a la marina allá por 1792, cuando se le dio el mando del «Agamemnon», de 64 cañones.


    San Vicente: la torpeza le hace Vicealmirante

    Si existe una batalla reseñable de entre las decenas que libró Horatio Nelson, esa es la del Cabo San Vicente. Y es que, en ella se ganó sus galones como Vicealmirante gracias a su valentía y arrojo. No obstante, tan cierto como la gallardía que mostró aquel día fue la ineptitud del almirante español –José de Córdova- y su mal planteamiento de la contienda que se avecinaba. Una estupidez que, a corto plazo, favoreció que Horatio obtuviese sus medallas. Para entender esta contienda es necesario retroceder en el tiempo hasta el siglo XVIII. Por entonces España se había convertido ya en la «Espagne» debido a que –más por obligación que por interés- había tenido que ponerse a las órdenes de la «France» para no ser invadida por sus militares. A su vez, nuestro país se había visto obligado a sumar a su lista de enemigos a Gran Bretaña, eterna contraria de los galos.

    Deseoso de lucir bien ante sus nuevos «amos»,Manuel Godoy (Manolito para los ciudadanos, valido de Carlos IV y, según se rumorea, amante oficial de la reina) ordenó a la flota hispana salir viento en popa, y todo lo demás, hacia el sur de Portugal. El objetivo era acabar con un convoy de apenas 10 navíos de guerra británicos (según le habían dicho sus espías) al mando de John Jervis, un almirante sesentón muy «british» él. Para asegurarse la victoria puso al mando al tal Córdova de 27 navíos de línea y otros tantos buques menores. Pero, vaya con el preferido de los reyes, prefirió que salieran zumbando (o navegando) antes que pertrecharse adecuadamente, por lo que los bajeles adolecían de tripulación, víveres y entrenamiento. Fuera por lo que fuese, el hispano llegó a aguas de Cartagena a finales de enero y, en los primeros días del mes siguiente, partió hacia el Cabo San Vicente, donde esperaba hallar a su enemigo.




    Rescate Santísima Trinidad (museo naval)


    El 14 de febrero, día de San Valentín, las flotas se encontraron entre una espesa bruma frente al Cabo San Vicente. Sin embargo, no fue en las condiciones que Córdava hubiese preferido, Y es que, cuando se divisó la primera vela inglesa, la armada hispana navegaba en tres vagas columnas con muchos huecos entre barco y barco (la primera, de cinco bajeles, en vanguardia; la segunda, de dos buques escorados que habían sido enviados a explorar y, finalmente, la última y principal formada por el resto). Esto era algo sumamente peligroso para los españoles, pues impedía concentrar el fuego a la hora de cañonear al enemigo y permitía que los contrarios metiesen hasta la cocina (entre los cascarones rojigualdos) sus propias máquinas de matar. ¿La razón de tan absurda maniobra? El mandamás hispano dejó libertad a sus hombres para moverse sin orden alguno pensando que, con tanta gente como llevaba, era imposible que perdiese la contienda.

    Los «british» aprovecharon el error y formaron para dar hasta en la toldilla a los españoles. Mal empezaban las cosas para los nuestros. Y todo, por la torpeza de Córdova. Un hombre, por cierto, que –según parece- debió hacerse aguas mayores cuando vio el desorden que reinaba en su armada y que el enemigo se dirigía hacia ella, pues ordenó a voz en grito hacer virar a sus buques en redondo para cubrir los huecos que había entre navío y navío. Esta inesperada solución fue todavía peor, ya que –debido a la niebla- los cinco navíos ubicados en vanguardia no vieron las señales y se alejaron todavía más (si cabe) del grupo principal. Jervis se relamió y, sabedor de que tenía las de ganar con aquel caos reinando, puso proa hacia el centro de las dos columnas restantes. A las 11 de la mañana comenzó el cañoneo con la siguiente estampa: la mayoría de los navíos británicos enfrentándose a solo 6 españoles del grupo principal que habían conseguido unirse para resistir a los contrarios.




    Santísima Trinidad


    Además de todos los fallos que ya había cometido, cuando comenzó la batalla Córdova no logró enviar órdenes concisas a sus capitanes, lo que provocó que muchos barcos se estorbasen. El «San José» y al «San Nicolás» (dos de ellos) llegaron incluso a embestirse, algo que fue aprovechado por Nelson para lanzarse al abordaje del segundo sin oposición y ganarse sus medallas sobre el «Captain». «Habiéndose enredado en aquella confusión, desmantelados ambos, y habiendo caído los aparejos y velas por el costado, delante de las baterías, tuvieron que suspender sus disparos para no incendiarse con ellos, y quedaron sin defensas. (…) En esta disposición abordó Nelson con el“Captain” al “San Nicolás”, entrando por popa», explica el historiador y marino Cesáreo Fernández Duro en su recopilación de las principales batallas navales españolas.

    Nelson acabó entonces con los defensores del navío y usó este como plataforma para pasar al siguiente, el «San José», que estaba a su lado. «Rendido el bajel, sirvió de puente a los ingleses para pasar al inmediato “San José”, no desembarazado aún, y que no estaba tampoco en estado de prolongar la defensa. El general Winthuysen, mutilado en el combate de la Leocadía por una bala de cañón, acababa de ser despedazado por otra, y siete oficiales y 149 individuos de todas clases, muertos o heridos, henchían la cubierta», completa el español. Aquellos dos combates le valieron la victoria a Gran Bretaña, además del ascenso a Vicealmirante a Horatio.


    Aboukir y los errores galos

    La segunda contienda que hizo que el apellido Nelson fuese reconocido en toda Inglaterra fue la acaecida en la bahía de Aboukir. Una batalla cuyo origen se remonta al 19 de mayo de 1798. Fue precisamente esa jornada cuando 32.300 hombres, 13 navíos de línea y más de 300 buques menores partieron del puerto de Tolón hacia Egipto comandados por el mismísimo Napoleón (entonces un prometedor general, pero aún no un Emperador). El objetivo de este gigantesco contingente era conquistar la tierra de los faraones y, una vez asentado en la región, tomar la India para fastidiar –cuanto más se pudiera mejor- la que era una de las colonias más prósperas de Gran Bretaña. Un plan que, sobre el papel, parecía impecable. Y es que, además de un gigantesco ejército, el «Pequeño corso» contaba con uno de los buques más grandes del mundo construidos hasta la fecha: el «L’Orient». Este coloso sumaba 120 cañones que podían disparar balas de hasta 15 kilos.

    Sin embargo, Inglaterra no estaba dispuesta a permitir las correrías del enano francés, así que envió para contrarrestarle a su flota del Mediterráneo a las órdenes de un viejo conocido nuestro: Nelson. Este, armado con más paciencia que buques, se dedicó a buscar a la flota francesa para enviarla al fondo del mar pues, sin ella, Napoleón perdería el único enlace con su querida «France». «Durante semanas, la escuadra británica recorrió el Mediterráneo, tocando en posibles objetivos de desembarco, desde Siracusa hasta Morea», explica Julio Gil Pecharromán (Profesor de Historia Contemporánea de la UNED) en su dossier «Napoleón en Egipto. Sólo fue un sueño». Ola para arriba, ola para abajo –y mientras los «british» peinaban los mares- los galos llegaron a la costa egipcia a finales de junio y desembarcaron sus fuerzas en los tres principales puertos de la zona: Alejandría, Damietta y Rosetta.




    Batalla de Abukir


    Por su parte, y tras meses de búsqueda, Nelson recibió durante el verano noticias de que la flota gala se hallaba en Alejandría. Viento en popa dirigió sus barcos hacia allí y, ya sea gracias a la providencia o a la suerte, se topó de bruces con ella a finales de julio de 1798 en la bahía de Aboukir –al noroeste de la susodicha Alejandría-. La batalla estaba a punto de sucederse. «Nelson sabía que, sin su escuadra, el ejército expedicionario perdería todo contacto con la metrópoli y que ello comportaría en el fracaso de la estrategia oriental de Francia», añade el experto español en su dossier.

    Al amanecer del 1 de agosto, los 13 navíos galos estaban anclados en el interior de la bahía de Abukir por orden de su almirante, François-Paul Brueys D'Aigalliers. La situación no era la idónea para mantener una contienda, pues Napoleón se había marchado tierra adentro con una buena parte de las tripulaciones de los navíos para reforzar sus fuerzas. Con todo, el mandamás gabacho había ideado un plan que consideraba perfecto para resistir cualquier posible ataque enemigo. «Brueys ordenó formar un semicírculo bastante regular, y nuestros 13 navíos formaban una línea semicircular paralela a la rivera», explica el cronista de la época Adolphe Thiers en su obra «Historia de la Revolución francesa». De esta forma, el marino lograba que uno de los lados de sus buques (el de babor, en este caso) no pudiese ser rodeado por los contrarios por estar protegido por la costa. A su vez, estableció que se echara el ancla para, así, evitar los bamboleos provocados por la marejada, los cuales solían derivar en errores fatales a la hora de apuntar.

    ¿Un plan infalible, verdad? Eso creía él. Sin embargo, la forma de llevarla a cabo, no. Y es que, el almirante francés cometió un error fatal al amarrar la flota, pues no lo hizo lo suficientemente cerca de la costa y dejó una gran área entre la playa y sus barcos. Un espacio en el que se podían «colar» los buques enemigos para rodear por ambas bandas a los «cascarones» franceses y atraparles entre dos fuegos. «Cuando fondeas y te defiendes al ancla sabes que tienes que cumplir dos condiciones: que no te envuelvan por la costa (que no haya calado entre tu barco y tierra) y que no se estorben unos barcos a otros. Los franceses no cumplieron ni una ni otra. Fondearon lejos de tierra pensando en que con eso va a ser suficiente para acabar con los ingleses», explica, en declaraciones a ABC, Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil, 2014).

    Aquel imperdonable fallo le costó la batalla a los franceses pues, cuando Nelson hizo su aparición con su flota ese mismo día, se percató claramente de que, si envolvía a los navíos galos por su lado izquierdo en lugar de lanzarse contra ellos por el centro, lograría que dos de sus buques se enfrentasen únicamente a uno enemigo cada vez. Así lo hizo, y logró una victoria que fue sumamente aplaudida en su país al no perder ni un bajel y hacer estallar por los aires al «L’Orient». Sin embargo, autores como San Juan consideran que –aunque demostró gallardía y tenacidad en el ataque- simplemente se aprovechó de un error enemigo. «En Aboukir hizo algo de manual. Es cierto que Nelson les pasó por encima atenazándoles y solo dejó dos barcos vivos, pero venció más por errores franceses que por aciertos ingleses. Los franceses violaron las normas para combatir al ancla, y cuando el enemigo se dio cuenta ya era tarde. Se aprovechó de un error», completa.

    Por otro lado, cabe destacar que Nelson sufrió en Aboukir un ataque de pánico después de que un proyectil le impactase en la cabeza, encima de su ojo bueno. De hecho, la herida fue de tales dimensiones que fue bajado –durante una buena parte de la contienda- a la enfermería para ser atendido. «Al conducir el ala que atacaba por fuera, resultó herido. Pero no era un cobarde, le bajaron para que le tratasen pensando que era una herida mortal, pero resultó que no le pasaba nada serio más allá de que era una herida muy fea, pero sufrió un ataque de pánico», destaca San Juan.


    El falso mito de Trafalgar

    Si en el Cabo San Vicente comenzó a ser conocido y en Aboukir demostró sus dotes como estratega, en la batalla de Trafalgar fue en la que Nelson logró convertirse en una leyenda para Gran Bretaña. El origen de esta contienda se remonta a la alianza entre Napoleón Bonaparte (Emperador de Francia desde 1804) y Manuel Godoy (valido de Carlos IV) que España no tuvo más remedio que firmar a comienzos del S.XIX. Por entonces, la que antes era una pequeña obcecación del «Pequeño corso» -desembarcar con su ejército en las costas británicas para acabar con su Graciosa Majestad- se había convertido ya en toda una obsesión que pretendía llevar a cabo. Por ello, el «Empereur» había ordenado formar una flota combinada gala e hispana de 32 navíos (15 «rojigualdos» y 18 napoleónicos) con la que pretendía trasladar, a través del Canal de la Mancha, un gigantesco ejército desde el norte de Francia al sur de Gran Bretaña.

    Pero el plan salió horriblemente mal, pues Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve (el almirante al mando de la flota combinada) se vio cercado por Nelson en octubre de 1805 cerca del Cabo Trafalgar (en aguas de Cádiz) por los 27 navíos de nuestro protagonista, Horatio Nelson, quien estaba dispuesto a saltarse el té para no ver su país convertido en «gabaché». Ambas flotas se enfrentaron a cañonazos el día 21 desde buena mañana. La armada combinada, como era habitual, formó una extensa línea con la que cañonear por una banda a los buques enemigos que se aceran hasta ella. La lógica decía que Nelson tendría que hacer lo mismo. Es decir, alinearse en paralelo con ella para, borda con borda, darse de «zurriagazos» hasta el acabose. Sin embargo, el marino inglés prefirió apostar por una estrategia más novedosa: dividió sus fuerzas en dos columnas y se dirigió en perpendicular hacia el enemigo.




    Batalla de Trafalgar


    La idea de Nelson –que se puso a la cabeza de una de las dos columnas sobre su «Victory»- era cortar la línea enemiga por el centro y, así, hacerse que sus buques se enfrentaran en superioridad numérica a los de la armada combinada. Era un plan similar al que había realizado en Aboukir. Sin embargo, comprendía muchos riesgos. Para empezar, llegar en perpendicular desde la banda implicaba recibir una ingente cantidad de cañonazos antes siquiera de poder estar cerca del contrario. Con todo –y en parte debido a la ineptitud del almirante francés- el destino jugó a su favor y la estrategia salió a pedir de boca, pues las dos hileras cumplieron su objetivo sin sufrir daños severos y terminaron aplastando a la flota hispano francesa.

    Aquella estrategia le convirtió en toda una leyenda e hizo que muchos le definieran como un genio de la táctica. Sin embargo, la realidad es que, por mucho que los británicos le hayan hecho pasar a la Historia como un revolucionario, Nelson usó una idea que ya existía y habían utilizado otros tantos marinos antes que él y que se vio facilitado por la torpeza de su contrario, el almirante francés. «Es cierto que el plan era letal, pero Villeneuve se lo puso en bandeja. Además, el francés le contestó con una buena maniobra, la de virada por redondo, que le permitió salvar a un tercio de la armada combinada. Pero hay que tener en cuenta que Nelson había copiado esta táctica naval de otros oficiales: Duncan (que era mejor y más veterano que él) y Lord Hood en Tolón. Estos ya la habían utilizado con éxito anteriormente», explica San Juan en declaraciones a ABC.




    Muerte de Nelson en la batalla de Trafalgar


    Por otro lado, el que Nelson muriese en Trafalgar debido a una bala de mosquete (la cual disparó un tirador desde la cofa del navío «Redoutable») permitió que fuese elevado a la categoría de héroe inglés. «La leyenda de Nelson se ha exagerado. Se le ha convertido en un elemento místico, pero no fue el almirante ingles de todos los tiempos. Quizá no esté ni siquiera entre los cinco principales. Sin embargo, todo ha colaborado para hacer que sea una leyenda: desde lo que cuentan los libros, hasta el lugar en el que fue enterrado y cómo. Los imperios necesitan mitos, y Gran Bretaña decidió que Nelson iba a ser su héroe nacional por una serie de casualidades. Tuvo suerte porque Inglaterra tiene otros grandes almirantes como Cunningham, que demostró ser mejor que él», completa el autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil).

    Para el experto español, está claro además el por qué estuvo tan bien considerado en el siglo XVIII Nelson en la «Royal Navy». «Era un capitán combativo, y eso se premiaba y se consideraba mucho en la marina inglesa del siglo XVIII porque anteriormente adolecía de ellos. Se buscaban oficiales agresivos, y él era uno de ellos. También tuvo la suerte de que coincidió en el tiempo con almirantes de gran valía como Duncan o Jervis. Estos inventaron muchas tácticas que él pudo aprovechar y mejorar y que le ayudaron en su carrera. Además, llegó en una época en la que contaba con unos subordinados muy preparados y geniales. Si juntas todo esto con que era un niño prodigio y con que tuvo una muerte gloriosa y heroica, te sale como resultado un personaje con bastante valía y te permite crear un mito. Pero no podemos olvidar que tenía muchos defectos. Entre ellos, era poco reflexivo y se arriesgaba mucho. Cantidad de veces su barco acaba desarbolado porque era demasiado arrojado», finaliza.



    Tres preguntas a José Luis Olaizola, autor de «De Numancia a Trafalgar»

    1-¿Qué opinión le genera, más de 200 años después, Horatio Nelson?

    Nelson fue un almirante que tuvo momentos brillantes, pero también protagonizó actuaciones catastróficas. Algunas de ellas son muy conocidas, como Cádiz o Santa Cruz de Tenerife. Además no tuvo demasiado éxito en su obsesión de cortar el comercio que existía entre las colonias y la Península. Lo curioso es que tuvo la enorme suerte de haber triunfado y muerto en la batalla de Trafalgar, lo que le convirtió en un hito.


    2-¿Se ha engrandecido demasiado su mito?

    Nelson era un buen marino. Sabía lo que se hacía. Pero la leyenda que se ha creado sobre él es excesiva. Era bastante peor marino que algunos capitanes españoles como Churruca pero, desde siempre, los anglosajones han sabido vender mejor a sus héroes. Nosotros hemos tenido marinos insignes como Juan Sebastián Elcano, que atravesaron mares y conquistaron regiones, pero no sabemos darlos a conocer. Nelson no se merece el excesivo heroísmo que le atribuyen ahora.


    3-¿Sabemos en España dar a conocer a nuestros marinos más relevantes?

    El problema de España es que no intentamos desarrollar nuestra propia historia. Tenemos cierto complejo de inferioridad en lo que se refiere a estos temas. Un ejemplo es que no ensalzamos a los marinos vascos del XVI y el XVII por temas políticos. Los ingleses y los americanos, por el contrario, han sabido dar a conocer a sus héroes durante la historia. Siempre han vendido bien su imagen.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.abc.es/historia/abci-nel...f2XfFxsJrQcaGE

  2. #462
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    Re: España e Inglaterra

    ¿Cuánto vale un Shakespeare comparado con el Siglo de Oro español?

    Para Octavio Paz, el único mexicano que ha recibido el Nobel de Literatura; el teatro hispano del Siglo de Oro es único en Occidente y el pensamiento de Racine o Shakespeare son meros balbuceos, obras como La vida es sueño, El mágico prodigioso o El condenado por desconfiado son emblemáticas, el teatro hispano es más original, más universal, con el tema central del hombre y la gracia de Dios.

    Es lamentable que a la fecha no se lea tanto a los escritores del Siglo de Oro porque nuestro español sea extremadamente pobre, lo que hace que el lenguaje usado por Calderón de la Barca o Góngora sea incomprensible, sino porque ahora no nos interese ya más esa oposición entre el libre albedrío y predestinación divina, entre amor y fe. A diferencia del teatro griego en que se le dice si al destino, en el teatro áureo-hispano (si es que se nos permite el vocablo), los héroes dicen no al destino y refuerzan el libre albedrío.

    Octavio Paz nos sigue diciendo que «Tamerlán, Macbeth, Fausto y el mismo Hamlet pertenecen a una raza blasfema, que no tiene más ley que sus pasiones y deseos... Los héroes de Shakespeare y Webster están solos, en el sentido más radical de la palabra, porque sus gritos se pierden en el vacío.... El hombre se vuelve juguete del azar... En el mundo de Shakespeare, el azar reemplaza a la necesidad».

    Paz mismo nos dice que Shakespeare es absolutamente moderno, pero ello no hace al Siglo de Oro premoderno, además, La vida es un sueño es una comedia, no una tragedia; La vida es un sueño es una defensa del libre albedrío del ser humano ante Dios mismo. Mientras Shakespeare pone en boca de su héroe: «Ser o no ser, esa es la pregunta», Calderón de la Barca cuestiona: «¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad?».

    Podemos seguir haciendo muchas comparaciones, porque mientras Shakespeare reza que «El amor no mira con los ojos, sino con el alma», Quevedo nos deleita diciendo que el amor «Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente». En ese prolífico Siglo de Oro, dos novohispanos se abrieron camino, sor Juana Inés de la Cruz, con su poema «Primero sueño» reflejando el afán humano por conocer; mientras que Juan Ruíz de Alarcón nos deja una obra moralizante fascinante de una calidad inigualable en que nos dice: «¿No ves que no tengo amor y me hiela el menor frío?».

    Para finalizar, mientras Shakespeare nos dice que «La vida es una historia contada por un idiota, una historia llena de estruendo y furia, que nada significa», Calderón nos cuestiona y nos responde a la vez: «¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».

    ¿Cuánto vale un Shakespeare? Pues no vale un Siglo de Oro entero porque en el se codearon hombres de talla jamás igualable, como Lope de Vega (según Cervates era el Fénix de los ingenios, Poeta del cielo y de la tierra, Monstruo de la Naturaleza, aunque Lope no se llevaba tan bien con él), Francisco de Quevedo (o de Quebebo según Góngora), Juan Luis Vives, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, fray Luis de León, Luis de Góngora, Miguel de Cervantes, sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruíz de Alarcón, Tirso de Molina, Inca Garcilaso de la Vega, Carlos de Sigüenza y Góngora, Francisco Suárez, Luis de Molina, Francisco de Vitoria y un largo &c.


    Fuente: Patiño Gutiérrez, C. 2017. La validez del derecho en la escolástica. Desobediencia, iusnaturalismo y libre albedrío en Francisco Suárez. CDMX UNAM.


    Imagen: ilustración surrealista hecha por Grabriel Grün para la edición ilustrada de La vida es un sueño.










    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.facebook.com/gazetamexicana/photos/a.1648637965442806/2207212589585338/?type=3&theater
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    Re: España e Inglaterra

    LA SUPERIORIDAD ESPAÑOLA, RECONOCIDA POR LOS INGLESES






    “Los españoles tienen tal superioridad técnica en los sistemas y en los métodos de fortificar, que esta ventaja les hace capaces de defender y de atacar las ciudades amuralladas con la mitad de los hombres utilizados por otros ejercitos”R. Williams EN A Brief Discourse of War. 1590




    https://somatemps.me/2020/02/26/hisp...-los-ingleses/
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: España e Inglaterra

    Por qué España creó un Imperio y sin embargo Inglaterra no



    Es con la perspectiva del tiempo cuando se puede valorar lo que un Imperio realmente construye. Un Imperio es mucho más que la extensión de su dominio. Y es por eso que el Imperio deja exhausto a quien lo impulsa y lo dirige y hace inviable que se pueda eternizar. Eso sí, si alcanzas a construirlo, cambias el mundo.

    Nace, crece, si lo hace muy muy bien se puede desarrollar durante largo tiempo, aunque termina por debilitarse y morir. En ellos también se aplica la ley natural. Lo importante sin embargo reside en dos aspectos: Por una parte, que sólo unos pocos escogidos (los más preparados y adaptados) alcanzan a convertir su expansión territorial en Imperio y, por otra parte, que para que se mantenga en el tiempo el Imperio debe, en el medio y largo plazo, sí o sí, mejorar la vida de la gente. Roma y su Imperio es un claro ejemplo. La Monarquía Hispánica y el suyo, también. Inglaterra,sin embargo, no.

    Ser Imperio es mucho más que extensión, es cambiar a mejor el mundo. Así que no sólo es extensión también es comercio, exploración, abrir y mantener comunicaciones, cartografiar, sembrar cultura, construir ciudades perdurables (como los 50 Monumentos Patrimonio de la Humanidad levantados por el Imperio Español fuera de la España actual), tejer relaciones y alianzas entre pueblos y sobretodo buscar, en el medio y largo plazo, la mejora de la vida de la gente. Ese va a ser el único modo de poder desarrollarse y mantenerse en el tiempo. Inglaterra no supo hacerlo, España sí.

    El desarrollo de la cultura y el conocimiento es un buen termómetro del desarrollo global de esa gran estructura humana que es un Imperio. Puede darnos una idea clara de la calidad de esa cultura, y cómo se transmite y se incrementa, la existencia de centros de saber en todas las partes de ese Imperio. La creación de Universidades nos ayuda en esa medida.

    El Imperio Español se organizó en virreinos, que durante los siglos que permaneció su estructura, incluso después de la independencia de los territorios americanos, mostró su fiabilidad y su razonable eficiencia. Permitiendo a las nuevas naciones mantener cierta estabilidad interna en el tránsito hacia esa independencia, justo el momento de mayor debilidad. Toda una prueba de fuego.



    El virrey, cabeza visible de la estructura virreinal, era representante del Rey en esos territorios. La función gobernativa y administrativa (también la militar) se asentaba en esta figura que tenia amplios poderes sobre la gobernación y defensa del territorio. Si bien también tenía límites y el propio sistema establecía resortes para evaluar su manera de proceder.

    El Virreino de Nueva España una buena prueba. Comerciaba tanto con Asia como con Europa con un nivel de rentas a la altura de muchos países europeos y, pasados los años, al nivel de la propia España Peninsular. Emitía moneda, tenía universidades, imprenta,…

    La delegación de esas funciones reales permitió a los territorios de la corona española un nivel de autogobierno crucial que necesariamente buscaba el bienestar de la mayoría de la población autóctona (así que entendemos que debía ser sensible a ella) para poder perpetuarse (dado que el número de españoles peninsulares desplazados a esos territorios eran muy pocos). La legislación existente a tal fin da buena muestra de ello.Así, España, replica sus estructuras en la América Española y eso dota a ésta de capacidad ejecutiva, legislativa y judicial en el nuevo continente con ciertos resortes de control que permitían su mejora continua.

    El origen del Estado Moderno: Felipe II ¿Cómo dota España de la estructura necesaria para generar el armazón administrativo y burocrático que distinguía al Estado Moderno del siglo XVI? Pues el origen debemos buscarlo en la apuesta decidida de Felipe II por la Universidad (que puebla las universidades de españoles y extranjeros católicos) y la apuesta contundente de la MMHH por la creación de Universidades que proveen de personal cualificado, a todos los niveles, a la estructura administrativa en los territorios de España, americana y peninsular). Esto fue absolutamente fundamental.

    América: España 23, Inglaterra 0. La cultura y la enseñanza como base del progreso del propio Imperio arroja datos claros: en 1560 había ya en la América Española 7 universidades que junto con las 16 que había en la Península surtían al primer Estado Moderno de gente cualificada para administrar sus territorios. Eso implicará también un intercambio de universitarios entre los Hemisferios que realimentaba los conocimientos y el sistema. Inglaterra no creó ninguna en América del Norte. España creó 23 en América. Eso dice mucho de hasta qué punto España consideraba a América parte de sí misma.

    Y los ingleses ¿por qué no alcanzaron a construir un Imperio? Lo intentaron pero no supieron, sencillamente. Se quedaron en nivel ‘colonias’ y también les salió mal.

    El proto-Imperio inglés de América del Norte fue un fracaso. Lo explica muy claramente Elvira Roca en su «Imperiofobia y Leyenda negra» (de la que aconsejamos su lectura) que con palabras más acertadas viene a decir que no se trata de llegar a un sitio y decir que ya eres un Imperio, hay que saber construirlo, dotarlo de estructura y dinámica de desarrollo.

    Un motivo fundamental para el fracaso es que no supieron crear una estructura funcionarial que soportara la administración de ese intento-de-Imperio. Tampoco enviaron de manera masiva gente formada a América para hacerlo crecer. No tenían tantas universidades en Inglaterra para generar ese cuerpo funcionarial (o/y no se preocuparon por tenerlas). Tampoco las quisieron crear en sus territorios de América del Norte, que tuvo que esperar a 1779 (3 años después de la Declaración de Independencia) para empezar la sacar sus primeros universitarios.

    Los ingleses en América: un poco más que los vikingos porque estuvieron más tiempo. Y mira que tenían cerca el modelo a seguir pero no supieron. No conocían el «mundo de frontera» como lo llama Elvira Roca que explica, de nuevo con mejores palabras, que los anglos acostumbrados a la vida de isla no son capaces de interactuar con otras razas y pueblos, así que los suplantan. Todo lo contrario que los españoles del siglo XV (con la reconquista). Esa incapacidad para moverse en ese «mundo de frontera» y crear objetivos comunes entre los propios del territorio y los recién llegados fue una de las claves para que su proto-Imperio Americano fuera un fiasco. No supieron evolucionar el concepto de colonia.




    Ni cultura, ni moneda en el «proto-Imperio» inglés: muriendo antes de nacer.
    Así que, entre su llegada, digamos, intencionada en 1640 (por cierto huyendo por persecución religiosa entre protestantes, el Mayflower) y la independencia de los Estados Unidos, en 1776, se puede contabilizar que el proto-Imperio inglés duró 140 años. En ese siglo y medio escaso no crearon ninguna universidad, y se prohibió acuñar moneda en la Inglaterra americana para evitar su progreso. Toda una declaración de falta de intenciones. No supieron ni quisieron mejorar la vida de la gente y por eso, a las primeras de cambio, la Inglaterra Americana se independizó. Hola Estados Unidos.

    Por cierto, en aquel momento ninguna ciudad de la Inglaterra Americana podía hacerle sombra a las pobladas y pujantes ciudades de la España Americana que les servían de ejemplo. Los hechos cantan para todos, sólo hace falta querer escuchar.

    La Expansión Colonial inglesa 200 años después que llevaron a la India, Suráfrica o Australia, volvieron a repetir el proceder. De nuevo los echaron de allí con los años pero para entonces habían afilado (a peor) el método creando una estructura administrativa propensa a seguir conectada con la Metropoli (la Commonwealth) aunque para eso convirtieran el racismo en una forma de gobierno. Así que por favor, a esa manera de hacer de los ingleses de aquellos siglos llámenlo ustedes como quieran pero no lo llamen Imperio, hace de más a Inglaterra sin merecerlo.

    Resumiendo…el Imperio Español se basa en Virreinos y no en colonias. Término, este último, en nuestra opinión, mal utilizado para referirse a la América Española y muy usado por los amantes de la Leyenda Negra para hacer de menos a España sin ésta merecerlo. No les hagan el juego.

    El Camino Español


    Fuentes:
    «Imperiofobia y Leyenda Negra» https://laamericaespanyola.wordpress...rica-espanola/





    https://www.xn--elcaminoespaol-1nb.c...inglaterra-no/

    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: España e Inglaterra

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    Las ‘fake news’ derrotaron a la Armada Invencible

    La BBC emite un reportaje admitiendo el mayor bulo de la historia de Inglaterra y cómo el mito de la batalla ha sido utilizado por monarcas, artistas y políticos hasta la actualidad




    VICENTE G. OLAYA


    Madrid - 13 MAR 2020 - 00:30CET


    Ni Isabel I de Inglaterra arengó a sus tropas desde las riberas del Támesis, en Tilbury, antes de enfrentarse a la Armada Invencible –que ni siquiera se llamaba así– en 1588, ni Drake hundió la flota de Felipe II –apresó un barco que estaba dañado porque había colisionado con otro–, ni el monarca español intentó invadir Gran Bretaña porque odiase a la reina inglesa. Todo es absolutamente falso como ha reconocido hace unos días la serie televisiva de la BBC Royal History’s Biggest Fibs(Los mayores bulos de la historia real), presentado por la historiadora y periodista Lucy Worsley. Es más, Inglaterra intentó un contraataque un año después –la llamada Contra Armada, mayor que la Invencible– y terminó en un absoluto fracaso: más de 20.000 bajas, tres cuartas partes del contingente militar. Pero lo ocultaron.

    El año pasado el historiador Luis Gorrochategui –autor del libro Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra, publicado por el Ministerio de Defensa y en inglés por Bloomsbury– defendió en el primer congreso internacional La Armada Española de 1588 y la Contra Armada Inglesa de 1589 que la reina de Inglaterra había perdido su particular guerra contra Felipe II. Afirmó que toda la versión oficial inglesa era completamente falsa. De proa a popa. Y que, además, se ocultaba que la Contra Armada británica fue un desastre absoluto con miles de muertos en mar y tierra. La BBC, a raíz de esa polémica, encargó el reportaje que forma parte de una miniserie de tres capítulos sobre falsedades históricas. Su conclusión es que el relato oficial de lo ocurrido con la Armada Invencible fue “un poderoso legado que fue manipulado por monarcas, artistas y políticos [británicos] durante siglos”.

    Worsley recuerda que la “derrota de la armada española es a menudo tomada como la coronación del mayor logro de la Isabel I, un momento dorado que define la historia de Inglaterra, un momento que convirtió a sir Francis Drake y a la reina virgen en iconos del principio del imperio británico. Pero esta historia está llena de exageraciones, de distorsiones y de grandísimos bulos”.

    Este falso relato comienza cuando la reina y Drake jugaban a los bolos en Plymouth y fueron avisados de la llegada de los 130 barcos españoles. Drake, según la leyenda, se giró hacia Lord Howard, comandante de la armada británica, y afirmó: “Nos queda tiempo para acabar la partida y golpear a los españoles”. Sin embargo, explica Worsley, “es una auténtica fabulación”. A pesar de ello, este relato entró en los libros de historia 150 años después.

    La historia de la Armada española, sostiene el documental, “fue manipulada desde el principio”. Se plasmó como una “batalla personal” entre dos enemigos, Felipe e Isabel. “Se ha descrito como si Felipe II odiase a Isabel, pero olvidando que fue durante cuatro años rey de Inglaterra, y que la auténtica rival de Isabel era María, su medio hermana, la católica reina de Escocia”.

    En 1558, cuando Isabel llegó al trono devolvió el reino a la fe protestante, pero la Corte estaba dividida. “El Papa entonces pidió a Felipe II que declarase la guerra a Inglaterra, pero este lo rechazó, hasta que Drake comenzó a asaltar puertos y ciudades españolas” sin una declaración de guerra. "Isabel, además, envió 6.000 soldados para respaldar la revuelta protestante en los Países Bajos, lo que significaba apoyar a los que se habían rebelado contra España. “Isabel provocó la reacción española”, señala la historiadora.

    A finales de julio de 1588, la Armada llegó a las costas inglesas. “Básicamente se difundió que se trataba de un enfrentamiento entre Goliat y un pequeño perro valiente que quería evitar que se llenasen de sangre las calles de Londres”. Pero ni siquiera fue la flota más grande enviada contra Inglaterra. “Fue mayor la de los normandos en 1066 y la de los franceses de 1545. La flota española tenía problemas de suministro y de enfermedades, por lo que su comandante, el duque de Medina Sidonia, le pidió al rey retrasar la partida [desde A Coruña], pero Felipe II se lo negó”.

    Gracias al temporal desatado durante la batalla, que hacía colisionar a los barcos españoles, Drake consiguió capturar uno, el Rosario. “Fue el cantautor Thomas Deloney quien puso letra a las canciones que magnificaban la captura”, afirma en el reportaje Christopher Marsh, de la Universidad Queen Elisabeth de Belfast. “Sí, fue una fake news, pero está basada en hechos reales. Se magnificó el poder de la Armada española ante un pequeño perrito, y no se dice que el Rosario había chocado con otro barco español”. Aun así, en la versión oficial inglesa, los británicos atacan a los españoles, hunden sus barcos y estos, aterrados o dispersados por los vientos, parten hacia Escocia e Irlanda mientras la reina lanza un discurso a sus tropas desde las costas de Tilbury. “Pero este famoso discurso está lleno de agujeros temporales. Cuando lo pronunció [si es que lo hizo], la batalla ya habría acabado y la armada española ya se había marchado”.

    Fue un poeta llamado James Aske, autor del poema Isabel triunfante, el que sitúa a Isabel en Tilbury antes de la batalla. Sin embargo, el bardo no hace referencia alguna al supuesto discurso, sino que este aparece por primera vez 35 años después. Lo escribió un capellán que había estado en Tilbury. “A pesar de ello, el discurso de la reina entró en la historia –'Yo puedo tener el cuerpo de una débil y endeble mujer, pero tengo el corazón y el estómago de un rey'– y se ha repetido en discursos y hasta en anuncios de apoyo, por ejemplo, a la selección femenina inglesa de fútbol”. La Armada española, en realidad, perdió 22 barcos y la mayoría fue por el temporal. “Pero este hecho fortuito también fue aprovechado por los ingleses para explicar que Dios estaba de su lado, del lado protestante”, señala en el reportaje.

    “El término Armada Invencible fue inventado, además, por los ingleses, los españoles jamás lo utilizaron, aun así se imprimieron numerosos panfletos señalando que Felipe II la denominaba de esa manera. Los soldados ingleses que participaron en la batalla nunca fueron recompensados y se amenazó con la cárcel a quien reclamase la paga. La mitad de los hombres que lucharon contra los españoles murieron de enfermedades o de hambre”, dice Worsley, que recalca que la realidad es que España siguió dominando los mares otros 50 años.

    La “victoria" se ha utilizado como aglutinante nacional en momentos de crisis políticas o militares. En 1592, Lord Howard Effigham encargó unos grandes tapices para conmemorarla. Los colocó en su casa para representar la “victoria a gran escala [cada uno media 36 metros cuadrados]”. En 1616, se los vendió al rey Jaime y este los colgó en Westminster, con lo que ya formaron parte “de la mitología inglesa”. Siglos después, en época de la reina Victoria –con el imperio en su auge– se levantaron numerosas estatuas en recuerdo de Drake e Isabel por todo el país. Winston Churchill y Margaret Thatcher también redactaron discursos patrióticos utilizando el mismo falso recurso.

    La historia, no obstante, no acaba ahí. Isabel envío en 1589 180 naves –50 más que la Invencible– contra las costas españolas. El desastre fue absoluto. Más de 20.000 muertos y heridos de los 27.667 que componían la expedición. Pero hoy los ingleses han olvidado esta historia. "Por eso, la Armada Invencible permanece inspirando un mito nacional que tranquiliza en tiempos de crisis”, continúa la historiadora, y el “drama nos da confianza para creer en nosotros mismos”. “¿Nuestra propaganda fue mejor?”, pregunta Worsley a Gorrochategui en el reportaje. A lo que este responde: “Yes, absolutely”.



    https://elpais.com/cultura/2020-03-1...vencible.html0

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