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Tema: Las Memorias de Alfonso Carlos

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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Miércoles 21 de septiembre de 1870.


    MIERCOLES 21 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Por la mañana, al despertarnos, tuvimos el gusto de ver llegar al mismo cuartel del Macao a los zuavos de la tercera y de la cuarta del primero. Estos pobres, desde la brecha donde habían sido hechos prisioneros la víspera, cuando nosotros en Puerta Pía, los llevaron hasta la plaza del Pópolo entre los insultos de toda la canalla, y hoy (miércoles) temprano los trajeron al Macao, pasando por el Corso, plaza Colonna y Termini. Con mucho gusto nos saludamos entre prisioneros; y el traernos aquí estos otros zuavos nos dio a conocer que no nos iban a fusilar, sino que sufriríamos la misma suerte que todos los demás. Sin embargo, yo no me quise dar a conocer a los italianos, pues era muy fácil que sabiendo quién era me infiriesen algún insulto más, y pasé como todos los demás oficiales.


    Con estas Compañías prisioneras llegaron cuatro oficiales de Zuavos, es decir, los Capitanes Coessin y Desclée, el Teniente Van der Kerkowe y el Subteniente Bonvalet, además, el ayudante Nini, de nuestro Batallón. Nos contaron todos los insultos y malos tratos que habían padecido, que eran mayores de los nuestros, especialmente por haberles hecho atravesar toda Roma. A cada momento iban trayendo zuavos prisioneros, de varias Compañías, encontrados en la ciudad.


    Por unos zuavos de la quinta del segundo supimos cómo fue el abandono de Puerta Pía, antes de nuestra llegada allí. En esa Puerta estaba para defenderla la quinta del segundo, que se batió duramente toda la mañana del día 20. A las nueve y media de la misma recibieron orden de retirarse a Termini, para hacer allí una fuerte defensa cuando entrasen los italianos. Al momento se retiró la quinta del segundo, abandonando la Puerta Pía, pues los artilleros habían muerto, quedando inutilizadas ya las dos piezas pontificias en la Puerta. La misma retirada la ejecutaron las Compañías que estaban en el Macao (a la derecha de Puerta Pía). Estando nosotros en Puerta Salara, vinieron a decir al Comandante Troussures que la Puerta Pía estaba abandonada, y como el Comandante no sabía nada de las órdenes que había recibido la quinta del segundo, mandó enseguida a mi Compañía a Puerta Pía.


    Los italianos cometieron la infamia de seguir bombardeando la ciudad, a pesar de haber cesado el fuego a las diez las tropas pontificias, y que sólo quedábamos luchando las Compañías de Zuavos que desde la Puerta Pía ocupábamos la Villa Bonaparte hasta la Puerta Salara. Nosotros teníamos derecho a seguir defendiéndonos, mientras que el enemigo continuaba bombardeando y, sobre todo, porque no sabíamos nada de lo había pasado ya en los diversos puntos de la ciudad.


    A las diez de la mañana ya se había firmado en la Villa Albani una capitulación entre el General Cadorna, Comandante del cuarto cuerpo del ejército italiano, y el General Kanzler, para la entrega de la ciudad de Roma. Pero los italianos no cumplieron con la capitulación hecha, y, lo que es peor, siguieron haciendo fuego hasta las once, una hora después; por lo cual, el bombardeo de Roma duró seis horas. La Puerta Pía sufrió horriblemente: las estatuas de mármol fueron rotas, y hasta pedazos enormes de mármol de la Puerta fueron hechos trizas. El bombardeo fue terrible, aunque duró pocas horas. Yo tenía en mi Compañía a un prusiano que se había batido en Koniggratz el año 1866, y me dijo que durante aquella batalla no había oído tanto cañonazo como aquí en el sitio de Roma.


    En la mañana del día 21 vimos entrar en la plaza, delante del cuartel del Macao, toda la artillería italiana, y más tarde los artilleros italianos fueron a tomar las piezas pontificias y las trajeron también aquí a esta gran pradera. No podíamos menos de quedar sumamente afligidos al ver las hermosas piezas de Su Santidad, en gran parte regalo de los católicos de Bélgica, caídas en manos de semejantes bribones.


    El Gobierno italiano debía pagar a los oficiales prisioneros tres francos diarios, según las órdenes del General Cardona; pero, en lugar de hacerlo así, se ve que alguien se los guardó, porque en los tres días que estuvimos en la prisión sólo nos pagaron el primero. Naturalmente, no quisimos tocar monedas que nos venían de nuestros enemigos, y las dejamos también el primer día, sin tomarlas. Durante el día de hoy dieron a los zuavos prisioneros un pedacito de pan galleta, y otro de queso, para cada uno. Nosotros, los oficiales, mandamos hacer un poco de comida en la cantina del cuartel, y así comimos algo durante el día. Después de mediodía trajeron muchos más soldados pontificios, de todos cuerpos, a nuestra prisión del Macao. Hubo varios italianos que, al oír el nombre del Macao, nos preguntaron si era ese el famoso campo del Mac-Mahón. Se ve que la instrucción de esta gente no era muy profunda.


    Al mediodía, o poco después, vinieron a nuestra prisión varios señores de la Embajada de Bélgica y de la de Francia, para ver si necesitábamos algo; y sólo por medio de éstos supimos todo lo que había pasado en Roma mientras antes nada sabíamos absolutamente. Nos dijeron que la víspera, después de la capitulación, todas las tropas pontificias se habían retirado a la ciudad Leonina; que Su Santidad seguía en Roma, y no quería marchar de ninguna manera, quedándose en el Vaticano como prisionero. Supimos que por la mañana, en la plaza de San Pedro, las tropas pontificias habían capitulado con las debidas formalidades y entregado sus armas a los italianos, y que Su Santidad había dado la última bendición desde su ventana a sus tropas, y después de ésta se había desmayado, por la gran pena que le dio esa despedida.


    Supimos que el infame General Biscio quería que se entregasen los zuavos prisioneros al furor del pueblo; pero que Cadorna se opuso a esta crueldad, y que el Gobierno nos enviaría a nuestros países.


    Por medio de un señor ataché de la Embajada de Francia o Bélgica envié un billetito a mi casa, a Manuel<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->, para pedir que me trajese ropa de paisano, pues nada tenía en la prisión. Además envié a casa mi revólver, quedándome con mi sable. Poco tiempo después Manuel logró llegar hasta la puerta de la pradera del Macao, a pesar de muchos insultos, piedras y salivazos que le tiró la canalla que le veía venir para vernos. El buen Manuel me trajo un saquito con ropa de paisano, dinero y pasaporte. También me trajo una carta de mi querida mamá, que leí en la prisión con mucho gusto, y fue la primera que recibí desde muchísimo tiempo; ésta tenía la fecha del 17. Por la tarde vino a verme el buen Marqués de Villadarias.


    Todo el día fueron viniendo soldados pontificios prisioneros. Muchos de ellos eran de los que habíamos visto en Termini la víspera, y que capitularon ese día en el mismo punto. Con éstos llegaron seis o siete zuavos de mi Compañía, de los que habían marchado de Puerta Pía antes de que nos cogiesen. Por la tarde ya éramos unos 1.000 soldados pontificios en la prisión, y unos 12 oficiales. Los soldados se ocuparon todo el día en destruir todo lo que encontraban en ese cuartel, diciendo que así, a lo menos, no gozarían de ello las tropas italianas; destruyeron uniformes, cajas, ropas, etc; en fin, todo lo que encontraron.


    Por la tarde empezaron todos los prisioneros a cantar el Himno de Pío IX, a despecho de las tropas italianas que estaban alrededor del cuartel, y, como aquellos eran muchos, también el ruido era muy fuerte. Los oficiales italianos hablaron bastante con nuestros oficiales de Zuavos y también con nuestros soldados; pero como éstos sabían más que ellos, tenían que dejar las disputas a la mitad. Yo procuré hablar lo menos posible, para no darme a conocer. Después, varias veces mandé callar a nuestro Sargento mayor Kersabieck y otros zuavos, señores franceses, porque se ponían a disputar con los oficiales italianos y se exaltaban bastante en la discusión.


    Los oficiales italianos querían persuadirnos que ellos tenían todo el derecho de tomar a Roma, pues decían que donde hay religión y curas no hay civilización ni progreso de ninguna manera; después decían que ellos también eran cristianos, pero que veían las cosas como eran realmente. Para probar su derecho sobre Roma, un oficial italiano decía a mi Teniente Dereley que si los prusianos fuesen ya dueños de París y lo restante de Francia estuviese en manos de los franceses, a ver si no era justo que los franceses fuesen a atacar a París y echasen de allí a los prusianos. A lo cual contestó el Teniente Derely muy bien, diciendo que si, al contrario, los prusianos fuesen ya dueños de toda la Francia y no quedase en manos de los franceses más que la ciudad de París, a ver si sería justo que los prusianos fuesen a atacar al mismo París y echar los últimos franceses que allí quedaban. A esta contestación tan clara, el oficial italiano tuvo que callarse.


    Otros oficiales italianos hablaron también mucho; pero todos tenían, como es natural, principios horribles y enteramente antirreligiosos, mientras que entre los soldados de línea se veía que había buena gente del campo. A ningún soldado prisionero dejaban salir de la puerta de la prisión, delante de la cual estaban dos centinelas italianos. Ya se puede figurar, con tanta gente en un cuartel que no es muy grande, lo que sería con respecto a suciedad. Nuestro cuarto de oficiales confinaba con un pequeño corredor que conducía a cierto lugar (¡). Este corredor se había vuelto un canal, y ya corría este canal dentro de nuestro cuarto, pasando por debajo de la puerta y, por consiguiente, el olor en nuestro cuarto no era el de rosas.


    Al anochecer, nuestros soldados pontificios se pusieron a hacer tanto ruido, que los oficiales italianos se enfurecieron y amenazaron con hacer fusilar a algunos si no callaban. Cantaban el Himno de Pío IX y otras canciones. A las diez de la noche todos se quedaron tranquilos. Nosotros, los oficiales dormimos vestidos, sobre colchones, en el suelo, en ese cuarto que apestaba.


    <!--[if !supportFootnotes]-->
    <!--[endif]--><!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> Manuel Echarri, español que fue estudiante de Medicina y fiel servidor de Carlos V, Carlos VI y del Infante Don Alfonso.

    Simancas tradicionalista

  2. #22
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Carta de Su Santidad al General Kanzler la víspera de la toma de Roma


    CARTA DE SU SANTIDAD AL GENERAL KANZLER LA VISPERA DE LA TOMA DE ROMA


    “Señor General:


    Al momento que va a consumarse un gran sacrilegio y la mayor de las injusticias y que las tropas de un Rey católico, sin provocación y sin la menor apariencia de cualquier motivo, están rodeando con sitio la Capital del Orbe Católico, me veo antes de todo precisado de dar las gracias a V., Señor General, y a todas nuestras tropas por el generoso comportamiento que hasta ahora han tenido, por el cariño que han demostrado hacia la Santa Sede y por el deseo de consagrarse enteramente a la defensa de esta capital.


    Quiero que estas palabras sean un solemne documento que certifiquen la disciplina, la lealtad y el valor de las tropas al servicio de esta Santa Sede.


    Ahora, por lo que toca al tiempo que deberá durar la defensa, me veo en la precisión de mandar que ésta no consista más que en una protesta que sirva para constatar la violencia, y nada más: es decir, que deberán abrirse los preliminarios para la rendición al momento en que quede abierta la brecha.


    En momentos en que toda Europa deplora las numerosísimas víctimas, consecuencia de una guerra entre dos grandes naciones, no pueda decirse que el Vicario de Jesucristo, a pesar de ser injustamente atacado, tolere un grande derramamiento de sangre. Nuestra Causa es la de Dios, y nosotros depositamos en Sus manos toda nuestra defensa.


    Bendigo muy de corazón a V., Señor General, y toda nuestra tropa.


    Desde el Vaticano, 19 de septiembre de 1870.


    Pío Papa IX”

    Simancas tradicionalista

  3. #23
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Orden del día con la cual el General Kanzler se despidió de sus soldados.

    ORDEN DEL DIA CON LA CUAL EL GENERAL KANZLER SE DESPIDIO DE SUS SOLDADOS


    “Oficiales y soldados:


    Ha llegado el momento en que debemos separarnos y abandonar el servicio de Su Santidad. Roma ha sucumbido; pero gracias a vuestro valor, a vuestra fidelidad y a vuestra unión, ha sucumbido con honor.


    Alguno se quejará tal vez de que no hayamos llevado más lejos la resistencia; pero una carta de Su Santidad, que publico a continuación, os explicará todo.


    Este testimonio del augusto Pontífice será un consuelo para todos y la mejor recompensa que en las actuales circunstancias podemos obtener.


    Debo haceros conocer que habiendo sido disuelto el Ejército por fuerza mayor, se ha dignado Su Santidad relevaros de vuestro juramento de fidelidad.


    Adiós, queridos compañeros de armas; acordaos de vuestro jefe, que conservará eternamente le agradable recuerdo de todos vosotros.


    Roma, 20 de septiembre de 1870.


    El general pro-ministro,
    H. Kanzler.”

    Simancas tradicionalista

  4. #24
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Jueves 22 de septiembre de 1870.

    JUEVES 22 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Nos despertamos por la mañana en la misma prisión, a pesar de habernos dicho la víspera que debíamos marchar durante la noche. Por fin nos anunciaron que marcharíamos, de fijo, por la tarde, pero no sabíamos adónde ni qué cosa iban a hacernos. Toda la mañana fueron trayendo prisioneros a nuestra prisión, en donde nos hallábamos ya reunidos 1.500 hombres; por consiguiente muy apretados y muy mal. Había varios zuavos enfermos con fuerte calentura, pero más querían quedar allí que ir al hospital. Y tenían razón, porque varios soldados enfermos que iban al hospital fueron asesinados en las calles de Roma por la canalla, o, cuando menos, insultados o heridos. Además, el populacho de emigrados romanos asaltaron el hospital militar de Santo Spirito queriendo matar allí a todos los zuavos enfermos o heridos que encontrasen; y fueron las tropas italianas las que, a viva fuerza, se opusieron a esta infamia. Nosotros no tuvimos, en total, más que unos 30 zuavos entre muertos y heridos en Roma, pero en el hospital había un número bastante grande de zuavos y otros soldados pontificios enfermos.


    Manuel Echarri vino también el día 22 a verme, para traerme algo, y logró entrar en el cuartel o prisión nuestra gracias a una tarjeta de un oficial italiano (Sandri), que había estado de guardia en dicha prisión el primer día, y que por recuerdo nos había dejado su tarjeta. Mucho me alegré de ver al excelente Manuel, y le encargué telegrafiara a mamá que estaba prisionero sin novedad, y que volvería, tal vez, por Suiza a Graz. Además le encargué que hiciera las maletas y marchase a Graz, lo más pronto posible, con todas mis cosas. Él lo hizo así, marchándose el sábado por Ancona y Trieste , y llegando felizmente con todo a Graz.


    A las once, poco más o menos, vimos pasar toda la artillería italiana, que recibió la orden de marchar de Roma; ésta era muy numerosa. Los oficiales de Artillería italiana son los más finos de todo el ejército, y también con nosotros fueron muy amables. Los fusiles de los italianos son malos, pues tiene los antiguos fusiles de aguja de los prusianos. En cambio, la Artillería italiana está muy bien montada. Un zuavo de mi Compañía (el clarín Bigelli) dijo algunas palabras de insulto que los oficiales italianos oyeron, y entonces le hicieron detener al momento y le ataron a la reja, fuera de la prisión, con las manos detrás de las espaldas, y al sol, lo que era bastante cruel, y allí le dejaron por espacio de dos horas. A otros soldados pontificios también les hicieron lo mismo.


    Durante el día tuvimos en nuestra prisión la agradable visita de Madame Kanzler (esposa del General Ministro de la Guerra), la cual tuvo el valor de venir sola desde San Pedro, en donde estaba su marido, únicamente para visitar a los prisioneros. Cambió moneda a todos los que querían. Estuvo un rato allí con nosotros, y fue ella la que nos dio las mayores y más exactas noticias de lo que hacía Su Santidad y de lo que sucedía en Roma. Nos trajo para leer la capitulación del ejército pontificio, hecha entre el General Cadorna y el General Kanzler (que yo copié), y así vimos cómo los italianos no habían cumplido con esta capitulación. Trajo también la carta que Su Santidad había escrito al General Kanzler la víspera del ataque de Roma, para mandarle que al momento que la brecha fuese abierta se pusiese la bandera blanca y se concluyese la defensa. Esta carta (que copié también) nos explicó todo lo que había sucedido la antevíspera, y que antes no pudimos comprender. De este modo se ve que si nos hemos tenido que rendir tan pronto fue únicamente para cumplir las órdenes de Nuestro Soberano, porque los deseos de todos los soldados, y en particular de nosotros los zuavos, eran muy distintos.


    Supimos los horrores que se habían cometido en Roma contra algunos pobres zuavos aislados. Algunos fueron muertos cruelmente, arrastrándolos; otros, ahorcados en los faroles; a otros les arrancaron los ojos, etc. Ésta era la civilización que los italianos decían que habían traído a Roma.


    Las gentes de Roma


    Algunos oficiales pontificios que quisieron ir a sus casas para salvar y coger un poco de dinero y alguna ropa para el viaje, fueron atacados en sus propias casas por canallas de emigrados en gran número, y apenas se salvaron con el auxilio de oficiales del ejército italiano, que se pusieron delante para protegerlos. Hay que reconocer que varios oficiales italianos se condujeron muy bien, protegiéndonos. La mayor parte de los oficiales y todos los soldados de Zuavos perdieron todo lo que tenían, que quedó en los cuarteles, lo que la canalla saqueó al momento. Y eso que había en los zuavos señores muy ricos, y todos los demás también tenían un poco de dinero. Estos pobres se vieron precisados a abandonar Roma, marchando en completa miseria, y condenados así a sufrir en el viaje, hasta llegar a sus casas, en los diferentes países.


    Varios oficiales de Zuavos fueron heridos en la ciudad por el pueblo y estuvieron en peligro de perder hasta la vida en estos primeros días de verdadera revolución. Yo no quise moverme del cuartel del Macao, y me hallé muy contento de ello, a pesar que otros saliesen de allí para comer mejor, quedando escarmentados. Bajo palabra de honor podían salir los oficiales de ese cuartel, pero nadie aseguraba que la gente no los insultase o matase por las calles. Yo comí algo en la prisión, y por la noche los zuavos españoles encontraron en un rincón unas patatas, que cocieron y las comimos juntos en la misma cazuela, todos con las manos. A los soldados prisioneros les dieron hoy galleta y queso y un poco de carne salada, que olía a podrida en su mayor parte.


    Esta tarde supimos que todas las tropas pontificias que habían capitulado la víspera en la plaza de San Pedro habían sido conducidas a pie hasta la estación de Macarese, fuera de Puerta Portese, y que de allí habían sido transportadas esta mañana a Civitá Vecchia en el ferrocarril, bajo escolta italiana. El General Kanzler había escrito una carta de despedida, que leyó o dio al ejército pontificio al momento de despedirse de él en la plaza de San Pedro. El General quedó en el Vaticano, al lado de Su Santidad.


    Los oficiales de Zuavos que estaban en mi prisión se hicieron traer alguna ropa de paisano por medio de algún conocido; pero el orden era tan grande en Roma en esos días, que varios coches que traían de estas cosas para los prisioneros fueron parados en medio de la ciudad, robando todo lo que llevaban en ellos. Esto sucedió hasta con un coche de un ataché de la Embajada de Francia. Además, se tiraban las cosas al río si se sospechaba que fuesen para los zuavos. También tiraron al río Tíber esos héroes de brigantes, a una pobre monja que encontraron en la calle. En fin, no se concluiría nunca, si se quisiesen recordar todas las infamias que se cometieron en esos primeros días en Roma.


    Por la tarde del día 22 nos avisaron que, de fijo, marcharíamos a las once de la noche. Mucho nos alegró esta noticia, pues los tres días en esa prisión eran muy largos y ya iban haciéndose insufribles por los muchos que estábamos allí dentro. En nuestro cuarto ya no se aguantaba más por el terrible olor. Desde las ventanas del cuartel veíamos las montañas de Frascati, Rocca di Papa, Albano, etc., y el día era tan claro, que se distinguía cada cosa. No puedo decir la tristeza que nos daba pensar que abandonásemos todos esos puntos deliciosos en manos de esos canallas de italianos. Por la noche nos pusimos a descansar un poco, y a las once ya nos arreglamos para marchar, y, lo mejor que se pudo, se reunieron las Compañías y los diferentes Cuerpos entre ellos. Pero todavía nos hicieron esperar dos horas y media.

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  5. #25
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Viernes 23 de septiembre de 1870.

    VIERNES 23 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Por fin, a la una y media de la madrugada, vinieron a llamarnos para marchar, bajo escolta de un Batallón de línea, que iba desplegado a la derecha y a la izquierda de nosotros. Como era de noche y los italianos llevaban hachas encendidas, todo esto aumentaba la tristeza. La idea de que marchábamos de Roma sin poder ver a Su Santidad, y de que le dejábamos en manos tan horribles como las del Gobierno italiano, era lo más terrible para nosotros, por lo que la tristeza nuestra era muy profunda. Poco a poco llegamos a la estación del ferrocarril de Termini, donde nos aguardaban un inmenso tren especial. Allí hicieron entrar en él a todos, por orden de Compañías: los zuavos, los primeros, y, después, los otros soldados.


    El tren llevaba 2.000 soldados pontificios prisioneros. Como los vagones donde los pusieron eran de los para animales, y los pobres soldados debían quedar de pie, así llenaron cada vagón con 40 hombres. Esta operación de poner los soldados en los vagones duró varias horas, y después subió en el mismo tren un Batallón de línea italiana para escolta. Nosotros, los oficiales, logramos encontrar vagones de segunda clase donde ponernos, aunque muy estrechos. Yo estaba bastante cómodamente en un coupé con mi Capitán y mi Teniente, pero nos hicieron cambiar y ponernos en otro peor. Al entrar en este coupé quedé pasmado de encontrar allí al Teniente de Zuavos Sr. Mauduit, que todos decían había muerto en la brecha. Al verle le manifestamos nuestro estupor, y, al mismo tiempo, nuestra alegría de hallarle vivo, a Dios gracias.


    La guerra había estallado en Europa
    En mi coupé había, además, dos oficiales de Carabineros suizos de Su Santidad, y era muy triste pensar que los dos oficiales de Zuavos, siendo franceses, iban a batirse en Francia contra los alemanes, mientras que los otros dos, que eran del Gran Ducado de Baden, iban a batirse con los alemanes contra los franceses. Entretanto, estaban hablando amigablemente entre ellos para ir luego a luchar unos contra otros.


    Pasamos varias horas en los vagones dentro de la estación del ferrocarril de Roma, y solamente al amanecer, a las cinco y media, empezó a andar nuestro tren. También éste fue un momento muy triste para nosotros, despidiéndonos de Roma de tal modo. Pero todos pensábamos que pronto volveríamos a echar a esos canallas fuera de la ciudad y dejar otra vez libre a Su Santidad el Papa. Varios soldados pontificios ya dijeron a los italianos que quedarían poco tiempo dueños de Roma, y los italianos se reían entre dientes, como burlándose de los otros; pero no se atrevían a negarlo, pues conocían que no eran tan fácil el poder quedar ellos en la capital. Nos paramos en la estación de Palo a las siete y media. Allí nos apeamos un momento los oficiales, y vimos a muchos compañeros que no habíamos visto desde muchísimo tiempo acá; allí reímos todavía entre nosotros, y cada uno, por broma, daba al otro los títulos con los que nos habían llamado y saludado los señores emigrados romanos y los soldados italianos al entrar en Roma.


    Seguimos luego adelante, y a las nueve y media de la mañana nos paramos en la estación de Civitá Vecchia. Allí nos hicieron bajar a todos. Éste fue un momento de grande confusión; tuve apenas tiempo de saludar a mis compañeros, y ni siquiera logré despedirme de mi Compañía, la sexta del segundo Batallón. Enseguida, los oficiales italianos separaron los zuavos franceses, holandeses, belgas, canadienses e ingleses, unos de otros. Todos fueron repartidos, según su nacionalidad. Yo logré hacer quedar a mi asistente (al zuavo Pablo Sánchez) al lado mío, con mi maleta, mientras los demás de mi Compañía se fueron a otra parte y ya no logré verlos más.


    En estos momentos yo no sabía qué hacer, pero mi deseo era el de salir cuanto antes de Italia. Hubo quien pensó enviarme al cónsul de España; pero yo me opuse, pues ya preveía lo que me hubiera hecho éste. Los pobres españoles zuavos quedaron también sin que nadie se encargase de ellos, pues eran carlistas, y tuvieron mucho que padecer. Mientras yo me encontraba en este apuro, una vieja señora francesa (Madame de Jurien), que yo no conocía hasta entonces, vino a hablarme, pues me conoció no sé cómo. Esta buena señora me dijo que era amiga del cónsul francés de Civitá Vecchia, y que si yo quería, ella se encargaba de hacerme embarcar en un barco francés, “L’Oreneque”, donde iban todos los zuavos franceses como en un depósito, para esperar en el puerto de Civitá Vecchia tres días hasta que llegasen barcos franceses en las mensajerías para llevarles a Francia, y otro barco a vapor de las mensajerías francesas, el “Vatican”, que iba cargado con la Legión francesa de Antibes y unos pocos zuavos franceses. Yo no dudé ni un momento, y pedí embarcarme en el “Vatican”, pues mis deseos eran los de marchar lo más pronto posible de allí. En estos momentos vi al pobre Teniente Tarabini (de Zuavos), el cual estaba muy apurado, pues siendo italiano, los italianos le tenían bajo la vista para no dejarle marchar. Yo hablé entonces a la excelente Madame De Jurien para poder llevar conmigo a Tarabini y a mi asistente, y ella me dijo que se encargaría de todo.


    Vino entonces el cónsul francés de Civitá Vecchia (Mr. H. De Tallenay), me habló de la recomendación que le había hecho Mme. De Jurien, y dijo que podíamos ir enseguida con él hasta el vapor. Al momento (eran las once y media) salimos de la estación Tarabini y yo, con Sánchez; además iban otros franceses con nosotros, y marchamos al puerto de Civitá Vecchia. Afortunadamente íbamos escoltados por soldados italianos, porque si no, Dios sabe los horrores que nos habrían hecho sufrir los habitantes del pueblo. Un gentío extraordinario nos aguardaba en el puerto y nos silbó e insultó con cuanta voz tenía. Llegados allí entramos en una pequeña lancha para ir a bordo del “Vatican”, y mientras estuvimos a la vista toda esa canalla no paró de gritar e insultarnos y lanzarnos piedras.
    También éste fue un momento desagradable; y una despedida como ésta no hizo más que darnos más ganas de volver pronto a Roma y dar a esa gentuza la merecida lección. Por fin, gracias a Dios, a mediodía llegamos a bordo del “Vatican”. Allí encontré a M. Simeón, Teniente de Artillería, que después de la entrega de Civitá Vecchia (donde él se encontraba) había logrado esconderse en una casa de allí y evitar que le enviasen, con los demás prisioneros pontificios de la ciudad, a la fortaleza de Alejandría. Encontré allí al Comandante De Saisy, de Zuavos, con su mujer; al Cap. de Zuavos De Kersabieck, con su mujer (canadesa), y otros pocos zuavos franceses; lo demás todo estaba lleno de oficiales y soldados de la Legión francesa de Antibes.


    En el barco me encontraba en mala posición, pues no siendo francés no tenía nada que ver allí, y me miraban de mal ojo. Entonces encontré al excelente monsieur de Puget (ex secretario del Coronel Allet), sargento de Zuavos, que volvía a Francia con su mujer. Este buen señor me dijo que se encargaba de hacerme quedar en aquel vapor. Me llevó a su camarote juntamente con Tarabini y Sánchez, pues a todos nos miraban mal, ya que íbamos todavía con los uniformes de Zuavos y no éramos franceses ninguno de los tres. Después nos recomendó Mr. De Puget que quedáramos en el camarote hasta que marchase el vapor. Varias veces vino el camarero del buque al camarote, queriéndonos hacer salir de allí; por último, a la fuerza, nos hizo subir diciendo que aquel vapor no era para nosotros. Entonces el buen Mr. De Puget se encargó de hacernos volver a su camarote y de tomar para nosotros los billetes, como para cualquier otro, mientras, no siendo franceses, no lo podíamos lograr; además dio una gratificación al camarero para que no nos importunase, como así sucedió.





    Estos momentos fueron también muy malos para nosotros y el pobre Conde Tarabini, que siempre temía que vendrían a buscarle los italianos al vapor. Efectivamente, a muchos que estaban en nuestro buque los hicieron desembarcar y pasar al otro, “L’Oreneque”, y lo mismo nos hubiera sucedido a nosotros si no hubiésemos estado tan disimuladamente en aquel camarote. Quedamos escondidos debajo de las camas, cubriéndonos con trajes de paisanos. De ningún oficial de Zuavos pude despedirme, ni siquiera de mi Teniente Derely; pero el buen Capitán Gastebois vino al “Vatican” para despedirse de mí, volviendo luego al “Oreneque”. Nos contó que el ex Comandante pontificio de la plaza Civitá Vecchia (italiano) fue al vapor francés “Oreneque” para hacer desembarcar a todos los zuavos que allí estaban y que no eran franceses; pero el Cónsul francés se condujo admirablemente y protestó, diciendo que debía haber pensado éste antes que una vez en un barco francés estaban en territorio francés y nadie podía sacarlos de allí. Gracias a esta hermosa conducta del Cónsul se marchó el ex Comandante de la plaza sin lograr lo que quería, y ya no vino a nuestro vapor, el “Vatican”, para sacarnos, como hubiera hecho si hubiese logrado sus pretensiones en el “Oreneque”.


    Efectivamente, muchos zuavos que no eran franceses aprovecharon el barco francés para salvarse, entre ellos los italianos que no querían quedar en Italia, donde los iban a obligar a servir a ese gobierno infame. En el camarote sacamos la poca ropa de paisano que teníamos y nos vestimos lo mejor que pudimos Tarabini y yo.


    Antes de marchar el vapor subimos sobre el puente para despedirnos de Civitá Vecchia. Desde allí pude ver otros barcos cargados de zuavos que iban a Génova, para ser enviados después, Dios sabe cómo, a sus países. Vi también a varios españoles de mi Compañía, y desde lejos los saludé con mi pañuelo.


    Finalmente, a las cuatro de la tarde, nuestro vapor salió del puerto de Civitá Vecchia. La mar estaba muy mala, y yo, por miedo del mareo, y además para no hacerme ver en el barco, bajé a mi camarote, y en lugar de comer, pues era la hora de la comida, me eché vestido sobre la cama, y a los pocos minutos me quedé profundamente dormido.

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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Sábado 24 de septiembre de 1870.




    SABADO 24 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    A las ocho de la mañana me desperté; pero quedé en mi camarote. La mar era muy mala, y todos se habían mareado durante la noche, mientras yo había dormido. Tarabini dio vestidos suyos de paisano a Sánchez, que se los puso de cualquier manera, y ya estábamos los tres hechos unos paisanos.


    Nuestros vestidos de zuavos y nuestras espadas los atamos juntos y entregamos todo al Sr. Pascal (jefe del Comité de Zuavos franceses), que nos prometió enviárnoslo todo desde Marsella a Austria. Mi espada era la de mi abuelo Carlos V. A las seis y media de la tarde ya se veía la ciudad de Toulon; pero tuvimos que dormir fuera del puerto, pues estaba ya cerrado a esa hora.


    La mar era ya buena.

    Simancas tradicionalista

  7. #27
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Domingo 25 de septiembre de 1870.

    DOMINGO 25 DE SEPTIEMBRE DE 1870



    A las cinco de la mañana nos pusimos en movimiento, y a las seis y media ya estábamos dentro del puerto de Toulon; pero hubo que dar un gran rodeo a causa de los muchos torpedos que se hallaban delante del puerto, cosa natural en estos tiempos de guerra. Aquí teníamos otra dificultad, y era que todos los que venían con nosotros iban a ingresar al momento en masa en el Ejército francés, y nosotros temíamos que si desembarcábamos con ellos nos obligarían a seguirles. Pero la Virgen nos ayudó. Y por medio del Sr. Pascal logramos apearnos en una pequeña lancha, en compañía del mismo. Bajamos a tierra, a la aduana; pero como no teníamos bagajes ni ropa militar, ni nos miraron siquiera; entonces no hicimos más que despedirnos del Sr. Pascal y de algún zuavo francés que allí había, y tomando un coche, Tarabini, Sánchez y yo fuimos directamente a la estación del ferrocarril, como faltaba una hora para salir el tren, quisimos, antes de todo, dar a gracias a Dios por los favores que nos había hecho, y tomamos un guía que nos llevó a la iglesia más cercana. Rezamos un poco allí; pero no hubo tiempo de oír misa (aunque era domingo), porque nos habían aconsejado que parásemos en Toulon lo menos posible, pues había la cantonal en aquel entonces allí. Y tuvimos suerte, pues a otros soldados y oficiales pontificios que se pasearon por la ciudad poco después, vestidos malamente de particular, los tomaron por espías prusianos y los encerraron en una prisión por varios días.


    A las ocho y media salimos dichosamente de Toulon por ferrocarril para Valence, donde pensábamos pasar la noche; pero en Marsella, donde nos paramos media hora, vimos a un hermano de un zuavo francés, que nos contó los horrores que estaban haciéndose allí, y nos recomendó siguiéramos adelante hasta Grenoble. Efectivamente, desde Valence, sin pararnos, seguimos hasta Grenoble, donde tuvimos que pasar la noche, porque el tren no continuaba. A las nueve y media de la noche llegamos los tres a Grenoble, y fuimos a descansar en una pequeña fonda. Allí, por primera vez desde muchísimos días que no lo podíamos conseguir, logramos desnudarnos y dormir en buenas camas, que nos parecieron deliciosas, y dormimos magníficamente.

    Simancas tradicionalista

  8. #28
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Lunes 26 de septiembre de 1870.

    LUNES 26 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Sin que nadie nos observase, salimos por el ferrocarril de Grenoble a las seis de la mañana, y pasando por Chambery (donde nos detuvimos dos horas) y por Culoz, llegamos a la frontera de Suiza. Aquí era otro punto dudoso para nosotros. Tarabini y yo teníamos pasaportes austriacos, pero Sánchez no tenían ninguno. Un gendarme francés vino a pedirnos los pasaportes en Bellegarde, y yo le hice creer que en mi pasaporte iba inscrito un criado conmigo; el gendarme lo creyó, pues no comprendía el alemán. Antes se alarmó algún tanto creyéndonos prusianos; pero viendo que nuestros pasaportes eran austriacos, no dijo nada más. Pasamos por un largo túnel, que duró nueve minutos en ferrocarril, y ya estábamos en Suiza.


    Éste fue un momento delicioso para nosotros y de verdadera alegría. A las cuatro llegamos a Ginebra. Me despedí de Tarabini, que quería pasar algunos días allí y luego marchar a Innsbruck; puse un parte telegráfico para mamá anunciándole mi feliz llegada, y enseguida proseguí adelante con Sánchez, en ferrocarril, y llegué a la estación de la Tour de Peliz el lunes 26 de septiembre, a las siete y media de la tarde. Fui a casa de mi hermano, llegando de sorpresa. Quedé allí siete días muy alegremente, y, después, por Wartegg, Viena y Frohsdorf, en compañía del Marqués de la Romana y de su hijo el Vizconde de Benaesa, me vine felizmente a Graz, cerca de mi querida mamá.


    Graz, 4 de octubre de 1870.


    Alfonso de Borbón y de Austria Este,
    Infante de España,
    Alférez de Zuavos pontificios.

    Simancas tradicionalista

  9. #29
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    76º aniversario muerte Rey Alfonso Carlos

    Madrid / Viena / Roma / Torun, 29 septiembre 2012
    . En la festividad de la Dedicación de San Miguel Arcángel se cumple el LXXVI aniversario de la muerte en el exilio en Viena de S.M.C. el Rey Don Alfonso Carlos, el verdadero Alfonso XII.

    La página dedicada a Don Alfonso Carlos en la red social Facebook
    recoge desde días atrás las memorias que el entonces Infante Don Alfonso escribió sobre su participación en la defensa de Roma y del Papa Rey Pío IX contra la invasión italiana (1870), y que ha venido publicando el cuaderno de bitácora Simancas tradicionalista. También aparece en la misma página el artículo sobre el gran rey fallecido en 1936 que ha publicado el profesor Jacek Bartyzel (bien conocido de los lectores de FARO) en Polonia Christiana.

    Agencia FARO
    CLAMOR dio el Víctor.

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