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Tema: Historia del carácter y psicología españolas: su permanencia a través de los siglos

  1. #1
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    Historia del carácter y psicología españolas: su permanencia a través de los siglos

    “DE PSICOLOGÍA ESPAÑOLA”

    Conferencia de don Miguel S. Oliver (Publicado en ‘La Vanguardia’, año 1914)
    1. El asunto

    2. Fondo aborigen
    3. Las supervivencias
    4. Tradición espiritual
    5. La España moderna y el siglo XVII
    6. Concreción del carácter
    7. “Hispania Victrix”
    8. La arrogancia nacional
    9. Espadas y golillas
    10. Lo caballeresco y lo picaresco
    11. La sombra del Santo Oficio
    12. Revisiones y valoraciones
    13. Literatura terapéutica en el siglo XVII y XVIII
    14. El problema en pies; dualismo peninsular

    ***

    1. El asunto

    El encargo que me trae aquí, señores, es el de hablaros sucintamente de la psicología de los pueblos hispánicos. ¿Qué es el pueblo español? ¿Hasta qué punto es susceptible de ser reducido a unidad histórica o dónde radican sus diferencias y variedades? ¿Qué caracteres distinguen a ese conjunto y de qué factores ha dependido su formación?...

    He aquí otros tantos problemas, el examen de cada uno de los cuales requeriría, por sí solo, un curso completo, enlazados como vienen con cien arduas cuestiones, hipótesis, misterios y francos enigmas de la paleontología, de la antropología, de la prehistoria. Ni el tiempo ni mi competencia permiten intrincarme en semejante Dédalo, aunque fuese tomando la vía de extractar y exponer doctrinas ajenas. La psicología de un país, proceda de donde proceda, del hombre o del ambiente, hay que deducirla de la historia; y a los tiempos históricos tendré que concretarme, renunciando a entrar en disquisiciones o conjeturas anteriores a ellos. Prescindamos, pues, no sin disgusto, de toda interpretación previa fundada en el dato paleontológico, en el valor,—hoy tan controvertido y realmente tan controvertible,—de la braquicefalia o la dólicocefalia, en la primacía que unos atribuyen al factor étnico y conceden otros al geográfico, tal vez con más razón. Si, como se ha dicho, la moral es principalmente «un hecho geográfico», también lo será toda la psicología colectiva, y a esa dirección provisional nos acogeremos para entrar en materia...
    Última edición por ALACRAN; 23/01/2019 a las 12:20
    Donoso dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Historia del carácter y psicología españolas: su permanencia a través de los sigl

    2. Fondo aborigen

    Bajo la denominación genérica de iberos, o de celtíberos después de la invasión celta, los geógrafos y escritores antiguos comprenden el conjunto de tribus o gentes que poblaban el territorio peninsular en la época de las primeras inmigraciones históricamente conocidas. Por largo tiempo se las creyó de procedencia -aria o indo-europea; mas después ha prosperado grandemente la teoría de su origen afro-semita, apoyada en la semejanza de sus rasgos sociales y fisiológicos con los de la población establecida al otro lado del Estrecho,—kábilas del Atlas, tuaregs, bereberes,—y en la sospecha de una antigua unidad continental entre ambos territorios, que vino a romperse más tarde.

    Belicosa é indócil, sobria y jovial esa población, no corrió la misma suerte en una y otra parte de los mares. Conservó allí su independencia o se retiró a los montes para resguardarla, mientras aquí hubo de sufrir el aluvión de todos los pueblos colonizadores o conquistadores: fenicios, griegos, cartagineses, romanos. Y, no obstante, aun sometida a las más duraderas y vigorosas dominaciones, aun atacada y trabajada por los más activos disolventes de la historia, esa acción corrosiva no llegó nunca a su meollo. Pulió la corteza; dulcificó sus aristas más exteriores, espiritual y geográficamente consideradas; reblandeció el borde marítimo o litoral, pero dejó inmune o casi inmune todo el resto.

    Inextinguible tendencia al clan primitivo; hostilidades fronterizas y de vecindad, de unos grupos geográficos contra otros; repugnancia a la coordinación y solidaridad del conjunto; fiero espíritu de independencia, pero localizado y comarcal; heroísmo inaudito para defenderla, con la temeridad más que con el valor y con el valor más que con la cautela inteligente o reflexiva; ineptitud para los grandes esfuerzos que exigen concentraciones supremas: he aquí unos rasgos que se exacerban o se atenúan pero que no se borran jamás a través de nuestra historia. La formación de un verdadero patriotismo español ha luchado y lucha todavía contra esas irreductibles sedimentaciones milenarias. En algún momento pareció que iba a conseguir la unidad orgánica por la cual ha suspirado siempre: mas entonces se trató de un principio exterior y ajeno a la raza misma, como es el principio religioso. Rota esta cohesión al influjo del espíritu moderno, apareció nuevamente la índole fragmentaria de cosa inconstituida, que se había propuesto disciplinar y regir. Después de lo cual España ha vuelto a ser, poco más o menos, la España «sin pulso» de que hablaba Silvela o la «tribu con pretensiones» a que, en horas de desaliento, se refería, con irreverente amargura, un publicista agriado también.

    Despojando a esa frase de todo su sabor de blasfemia o denuesto, transportándola a la región del puro conocimiento científico, nos daría tal vez la justa noción del fenómeno peninsular a través de las épocas: un pueblo, un conjunto de pueblos que oscila constantemente entre la gens primitiva y la nación organizada, entre las solicitaciones de su atavismo y las de una plena civilización, de la cual adquiere las formas, los atributos exteriores, la capacidad y la elevación de los individuos, mas no acaba de admitir definitivamente y de una vez la estructura orgánica y total ni ha alcanzado hasta ahora (1914) poder bastante para universalizar lo propio y convertirlo a su vez en plena civilización, en corriente europea.

    Por algo estuvo esta raza dotada como ninguna de una fuerte acentuación de rasgos y de una resistencia a perderlos que desconcierta todavía a los más perspicaces observadores. Basta comparar lo que acaba de escribir el Dr. Schulten acerca de los campesinos de la Meseta central, con lo que escribieron más de veinte siglos antes Estrabón y los demás geógrafos, historiadores y poetas de la antigüedad. A través de dos mil años, aquel fondo o estrato primitivo se conserva casi intacto todavía. En las grandes crisis, como acontece en el orden telúrico después de las grandes avenidas o sacudimientos, descúbrese y aparece descarnada a flor de tierra, la granítica raigambre secular. Una levadura acre y violenta trasmite, a lo largo de tantas centurias, la identidad substancial del tipo indígena; y sus modalidades más preeminentes resurgen también con insólita tenacidad.


    3. Las supervivencias

    Las historias más elementales divulgan en todos los países el recuerdo de Sagunto, el de Numancia. Son éstas como dos concreciones o formas específicas del patriotismo férvido: pero limitado y local, del heroísmo sui generis de nuestras ascendientes remotas. Contra Aníbal los saguntinos, contra las invictas legiones de Roma los de Numancia, ofrecieron el espectáculo de su resistencia indomable, de su temeridad que no vacila, ante el poder, el número ni la gloria, de su bárbaro y sublime apego al tosco recinto en que se guarecen y guarecen a sus mujeres, a sus niños y a sus ancianos. Con ellos se sepultan entre llamas y bajo los escombros que aparecerán un día, calcinados, a la mirada atónita del investigador en la sorpresa de las excavaciones. Y esto ocurre 219 y 137 años antes de Jesucristo.

    Pues bien: dos mil años después,—ya lo observaba así el malogrado hispanista Martín Hume,—ese patriotismo sui generis, esa extraña y fiera pugnacidad celtíbera rebrotan, con todos sus horrores, atributos y sublimidades, de entre los muros de Zaragoza y Gerona, cercadas por las huestes de Napoleón. Y si, de los caudillos que fueron nervio de aquellas resistencias o pesadilla de Roma: pastores como Viriato, régulos como Indíbil, y hasta romanos iberizados como Sertorio, trasladamos bruscamente la atención para fijarla en «guerrilleros» tales como Mina y el Empecinado, la identidad substancial que señalaba hace poco tendrá que pareceros evidente.

    En Madrid, visitando el Museo del Prado un gran lienzo atrae la mirada con hórrida, indeclinable atracción: los fusilamientos del 3 de Mayo, de Goya. En este lienzo, ante el piquete de ejecución, destaca a la izquierda, entre cadáveres y heridos de las descargas anteriores, la figura emocionante y crispada de un hombre —el clásico chispero— con los brazos abiertos, el rostro dilatado por horrible mueca, el pecho ofrecido a las balas, las guedejas en desorden y como chamuscadas por el fogonazo. Y, no obstante, esa figura no revela miedo ni terror: esa figura es la más enérgica reducción pictórica que yo recuerde de la intrepidez, del fanatismo patriótico, de la rebeldía salvaje al yugo extranjero. La mano del artista, guiada por no sé qué revelaciones infusas, dejó allí un trasunto a la vez psicológico y plástico, a la vez actual y eterno, de todos los caracteres y fierezas ancestrales. Y en esa expresión del odio contra los invasores de 1808, en ese ceño inolvidable, en esos cabellos copiosos y alborotados, parecen revivir, con misteriosa supervivencia, el odio, los rasgos y la acentuación étnica pronunciadísima de los que Tácito había descrito ya como colorati vultus et torti plerumque crines.

    Posible es también que, a guisa de observadores que desean documentarse, algunos de nosotros se interesen por otro orden de manifestaciones: el baile, el canto, los espectáculos indígenas. Si la casualidad os pone una noche ante un tablado, su presencia de alguno de esos ejemplares selectos y representativos de la juglaresa o danzatriz española, —digamos, por ejemplo, Pastora Imperio, descubriréis algo esencial, que viene de más lejos y, como un violento perfume de civilizaciones ya olvidadas, despierta en nosotros la reminiscencia de no sé qué ritos sexuales perpetuando-, a travésdel tiempo, el enigmático enlace de la muerte y la voluptuosidad. Esa mujer tipo es también una alta revelación de estirpe. En sus pobladas cejas de ébano, en los carbúnculos de sus pupilas, en la leve tinta de azafrán disuelta bajo su piel, en sus flexiones de pantera elegante y elástica, en la túrgida trepidación de su carne pesando sobre el coturno sonoro, se advierte el producto de una de esas razas de fuerte graduación espirituosa, resistentes a la fusión, al desgaste y a la amalgama. No penséis en Carmen ni en Merimée. No penséis siquiera en Esmeralda ni en Cervantes. Podéis remontar hasta Roma el río de lo pasado y buscar, en los poetas y satíricos del Imperio, en Ovidio, en Juvenal, en Marcial, el cuño anticipado de tan vigorosa medalla, con el chasquido del crótalo y el crujiente espasmo de las bailadoras ibéricas:

    Nec de Gadibus improbis, puellae
    vibrabunt sine fine prurientes
    lascivos docili tremore lumbos.

    Y así otra porción de rasgos y supervivencias, con las cuales se puede constituir una verdadera serie. Oyendo no ha mucho a un ilustre profesor la explicación de esas sorprendentes pictografías y dibujos rupestres, del tipo de los de Altamira, admiraba en la proyección las líneas del toro primitivo, asunto principal de no pocas escenas y alegorías de caza, poco a poco transformada en juego. Por la bravura y el ímpetu, dijérase que el bruto estilizado en las rocas hace miles de años, acababa de saltar a la arena, en una de nuestras modernas plazas. Y si acudís a ellas para satisfacer una invencible curiosidad de viajero, fácil es que el toreador de nuestros días os explique el renombre de los bestiarios ibéricos, llamados con preferencia a Roma para el execrable esplendor de los juegos del circo...

    (continúa)
    Última edición por ALACRAN; 23/01/2019 a las 12:48

  3. #3
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    Re: Historia del carácter y psicología españolas: su permanencia a través de los sigl

    4 . Tradición espiritual

    Pero aun en órdenes mucho más elevados obsérvase un idéntico poder de retención, la misma permanencia de caracteres básicos, nazcan de la supuesta raza primitiva o procedan del factor geográfico, del ambiente. Durante la época de la romanización, España dio al Imperio algo más que el abyecto tributo de esos bestiarios. Diole no sólo grandes césares, sino también famosos oradores, escritores y poetas, hasta el punto de poderse hablar de una escuela colonial o latino-hispánica, como ahora se habla de la hispano-americana, o de la anglo-americana.

    Recordemos los nombres más conocidos: Séneca, Marcial, Lucano, Quintiliano... Pues bien: los historiadores de la literatura latina señalan en ese grupo la facundia, el conceptismo y la verbosidad que tantas veces será reprochada a los ingenios castellanos del siglo XVII. El desorden de su fantasía, el tumulto de su lenguaje alteran la vieja mesura y majestad romanas. Una filiación crudamente estoica, acentuada todavía por rasgos nativos de dureza y frugalidad en oposición al epicureísmo de la metrópoli, viene a dar al substine abstine de la escuela, vislumbres de resignación y ascetismo precristianos; como si en esos escritores España se denunciase a la conquista de la Iglesia futura, como si ya guardasen en germen las doctrinas de renuncia y maceración que encendieron más tarde su espíritu en llamas devoradoras, como si fuese imposible descifrar lo que había en Séneca de anticipación a Quevedo o lo que hubo en Quevedo de reencarnación de Séneca. De Córdoba, por ejemplo, había salido Lucano, con toda la exuberancia y colorismo de su fantasía, y de allí surgieron más tarde Góngora y su famosa escuela.

    Basta con las precedentes observaciones para dejar fijado y conocido el primer lecho de la psicología española, la cual recibe su coloración casi exclusivamente y por partes iguales, de ese remoto atavismo y del nuevo matiz que tomó España al consolidar su unidad en tiempo de los monarcas austriacos. El período visigótico y la dominación árabe, no obstante su importancia o sus materiales vestigios, déjannos el concepto de una desviación o de una mera superposición. Es principalmente en la España antigua o en la España moderna, mucho más que en la medieval, donde deben buscarse, a mi juicio, los elementos psicológicos que nos interesan directamente. El alma popular española que el mundo conoce, con sus violencias pasionales, sus danzas espasmódicas, sus espectáculos sangrientos y sus amores trágicos, forjada viene de muy lejano origen. El alma nacional española, tal como se nos revela actualmente, con su herencia de hidalguías y su menosprecio de las cosas utilitarias, con su instinto de imposición y su intransigencia dominatriz que resiste o se rompe pero no se doblega, cristalizada quedó a inicios del siglo XVI.

    La reconquista, la formación de condados y pequeños reinos independientes, no hace sino corroborar la índole atómica y fragmentaria que parece ser ley de nuestra Península y aun con ellos se presenta un nuevo elemento de complicación: las incursiones francas o carlovingias en el nordeste, que refuerzan la diferenciación de una gran parte del litoral mediterráneo, desde Rosas hasta más allá de Valencia, donde predominan un elemento y un espíritu notoriamente ligures. De modo que, en forma de Iberia y de Celtiberia, de España Citerior y Ulterior, de España Bética, Tarraconense y Lusitana, de conventos, marcas y condados, se perpetúan las tres grandes divisiones que correspondieron, después a Portugal, Castilla y la confederación aragonesa y flotan, imprecisas en sus bordes o limites extremos, pero firmes y perennes en los núcleos de agrupación, a través de miles de años, hasta que semejante mosaico de pueblos adquiere su actual y todavía no bien consolidada estructura.


    5. La España moderna y el siglo XVII

    Resumiendo lo dicho hasta aquí, repitamos que nuestra psicología en cuanto a pueblo tiene sus raíces en las capas más hondas y obscuras de la prehistoria y en cuanto a nación se redondea, funde y reacuña de una vez al salir de la Edad media, en la época imperial, desde los comienzos del siglo XVI hasta la mitad del XVII. Esta reacuñación o fase última es la que esencialmente se mantiene hasta los días del desastre del 98, hasta el siglo XX, sin que apenas la hayan arañado en la superficie transformaciones del mundo tan profundas como la Revolución francesa y los grandes inventos del siglo XIX, transformaciones interiores de tanta apariencia como el triunfo del régimen constitucional.

    En el período imperial pueden señalarse tres etapas o momentos: un prodigioso impulso ascendente, un alto, una caída.

    La primera etapa empieza con los Reyes Católicos, después que hubieron reducido el caos espantoso de Castilla, herencia de Enrique IV. La unión de las dos coronas, la conquista de Granada, remate de la lucha contra los agarenos, el descubrimiento del Nuevo Mundo y las victorias de Italia, constituyen el magnífico preludio de tal leyenda. Y el naciente esplendor se agranda en los reinados de Carlos V y Felipe II, con el imperio, la hegemonía en Europa, la anexión de los Países Bajos, las conquistas de Méjico y el Perú, la incorporación de Portugal.

    Desde Pavía hasta Lepanto la gloria se cobija a la sombra de nuestras banderas, España impone la ley, y el sol realmente no se pone en sus dominios. Pero con la suerte de la Armada Invencible y con el tratado de Vervins (1598) comienza la segunda etapa: no mengua, no retrocede todavía pero su impulso queda detenido; conserva sus posiciones sobre el mapa continental, pero a trueque de convertir en defensiva los antiguos extraordinarios arrestos.

    Con Rocroy (1643), por último, se inicia la tercera etapa: España retrocede y decae desde entonces casi con la misma rapidez que ascendió. Pierde los Países Bajos, se le desmembra Portugal, se traslada a Francia la hegemonía y empieza a dibujarse y tomar vigor el formidable poder marítimo de Inglaterra. Antes de terminar el siglo XVII, de tanto lustre y de tanta grandeza no quedan ya más que gloriosos harapos. El sol se pone en aquellos mermados confines; y los celajes cárdenos y siniestros que pesan sobre el fondo escurialense de las efigies de los últimos Austrias, en los retratos de Velázquez, expresan con más verdad y emoción histórica que libro alguno la lobreguez de esa puesta trágica...

    (continúa)
    Última edición por ALACRAN; 24/01/2019 a las 12:02

  4. #4
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    Re: Historia del carácter y psicología españolas: su permanencia a través de los sigl

    6. Concreción del carácter

    Veamos ahora cómo salió el carácter español de esa reacuñación última, que ha durado hasta nuestros días.—Guicciardini, embajador de la Señoría de Florencia que vino a España en los últimos años de Fernando el Católico (1512-1513) sorprende ya entonces, con su triple penetración de diplomático, de historiador y de humanista casi todos los rasgos esenciales y definitivos de esta nación «que ha estado oscurecida—dice—hasta nuestros tiempos y hoy, no solo la vemos libre de servidumbre, sino que comienza a mandar a las demás.»

    Extractemos ligeramente: los hombres son de carácter sombrío, de color moreno, adustos, de baja estatura (colorati vultus... etc.). Son orgullosos y creen que ninguna nación puede compararse a la suya. Agrádanles poco los forasteros. Muéstranse inclinados a las armas acaso más que ningún pueblo cristiano y son muy aptos para su manejo, a causa de su agilidad y soltura. Estiman en mucho su honor, que anteponen a la muerte. Son más guerreros que militares, y les faltan hombres especialmente entendidos. A pesar de esto, la infantería castellana es reputada de excelente...

    Hombres sutiles y astutos, no se distinguen, sin embargo, en ningún arte mecánico o liberal: casi todos los artífices que hay en la corte del rey son extranjeros. No se dedican al comercio, considerándolo vergonzoso. Prefieren la milicia con mil estrecheces o servir a un grande con mil humillaciones. Ahora se introduce algo de comercio y en varias poblaciones se tejen paños o lienzos, pero la nación, en general, es opuesta a la industria. Los artesanos son intermitentes: trabajan cuando la necesidad les obliga. Los campesinos les imitan y labran menos terrenos de los que pudieran. La pobreza es grande y, a su juicio, no tanto por culpa de la tierra como de los pobladores. Prefieren enviar al extranjero las primeras materias para readquirirlas elaboradas. Viven con mezquindad y todo lo que tienen se lo ponen encima. No son aficionados al estudio; entre los nobles, sobre todo, escasean los conocimientos. A pesar de ser reino tan belicoso, ha sufrido muchas dominaciones, acaso porque tenga mejores soldados que caudillos o por su gran fraccionamiento. No obstante, ahora—dice al final—reducida toda España a la obediencia y al orden, la gloria del país se ha aumentado con el recobro del Rosellón, con la adquisición de Nápoles, con la conquista de buenas plazas africanas y las islas del mar Océano, de las cuales viene oro abundante. «De manera que va adquiriendo lustre en la actualidad

    Tal es el cuadro, tales las grandes líneas que, según Guicciardini, ofrecía España en 1513, es decir veinte años después de coronada su unidad con el remate de la Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Mundo. No se dirá que el retratista adule a su modelo. Acaso no ve o pasa en silencio algunas altas condiciones que estaban fuera de la órbita de comprensión de un político imbuido en las doctrinas de su tiempo; pero, ¿cómo negar que muchos de esos rasgos viven y perduran todavía y que, al liquidar el pasado, en la pérdida de las últimas colonias, nos hemos vuelto a encontrar con ellos?

    Este cuadro dulcifica, a pesar de todo, el que, setenta años antes, en 1445, trazaron de su viaje el caballero bohemio barón de Rosmithal y algunos de sus acompañantes, cuadro curioso principalmente por la fuerte sensación geográfica en él perpetuada. Esa sensación, esa pintura viene a coincidir todavía, mutatis mutandis, con la presente distribución productiva de nuestras regiones: una zona periférica fértil y de tráfico; una planicie central de grandes extensiones desiertas, con pequeños oasis en las cañadas o a la orilla de algún río, como ahora; leguas y leguas de llanura sin más que jaras y romero, alguna casa de adobes, algún vuelo de cigüeñas, algunos toros que se lidian, las fiestas, en la plaza de la ciudad convertidos en tribunas los soportales y que cuestan la vida a uno, dos y hasta cinco hombres. Así lo había ya observado Cánovas del Castillo, el estadista y fautor de la Restauración, en sus Estudios sobre el reinado de Felipe IV.


    7. Hispania Victrix

    La dulcificación que Guicciardini representa respecto de Rosmithal, puede hallarse también en Navaggero respecto de Guicciardini. Andrea Navaggero vino a España como embajador de Venecia unos doce años después que el diplomático florentino. La ascensión prosigue; al triunfo empiezan a suceder la gloria, el esplendor, la conciencia de nuestra superioridad. El César dispone de Europa; y la admiración, la fascinación por este nuevo semidiós, su poder y sus estados se transparenta en cada página y cada línea, no obstante la poca fortuna que obtiene su autor en las negociaciones de la embajada.

    De los demás extranjeros que entonces siguen a nuestra corte o divulgan cosas de España se desprende la misma luz: Pedro Mártir de Anglería, Marineo Sículo, Baltasar Castiglione, autor de El Cortesano. Dos imperios inmensos en las Indias se añaden a la corona cesárea. López de Gómara decora el frontispicio de su Historia de la Conquista de Méjico con este arrogante lema: Hispania victrix. La embriaguez de la dominación rebosa del mismo lenguaje castellano, que se hincha para proclamar la fórmula inflexible de su cesarismo teocrático:

    una ley, un imperio y una espada,
    y palpita bajo las corazas de los arcabuceros del duque de Alba, camino de Flandes. Son los famosos, invencibles infantes castellanos: la flor de los tercios de Milán, de Nápoles, de la Goleta. Pedro de Bourdeille, señor de Brantôme, vuela en posta a Turena para ver pasar esa tropa gentil que deslumbra al mundo: tous vieux et aguerrys soldatz tant bien en poinet d'habillements et d’armes, la plus part d’orées et l'autre de gravées, qu'on les prenoit plustot pour capitaines que soldatz... Et eussiez dict que c'estoint des princes tant ilz estoint rogues et marchoient arrogamment et de belle grace.

    La moda sigue al poderío, y la imitación de las costumbres y las letras a la victoria de las armas. El español se convierte por un momento en la lengua elegante por excelencia, y la aprenden y enseñan en París las gentes más distinguidas y los profesores o humanistas más expertos. Pícase todo el mundo de hablar un poco á la cavalliére por reflejo de la gloria española, y se tiñen de españolismo los hábitos y los caracteres. La tradicional ojeriza literaria de nuestros vecinos de la otra parte de los Pirineos—aquella ojeriza que el mismo Morel-Fatio hace arrancar de las narraciones de los peregrinos que iban a Santiago de Compostela por el «camino francés» y aun de los primeros monjes de Cluny venidos para la reforma eclesiástica—ofrece entonces una tregua, y la diatriba se convierte en influencia y en imitación.

    Al españolismo de Brantôme en el siglo XVI, corresponderá todavía el de Corneille en el XVII, y aún el de Lesage en el XVIII. Y hasta las mismas rodomontades y espagnolades de los satíricos y parodistas tendrán más de simpatía que de acrimonia en aquel instante.

    (continúa)
    Última edición por ALACRAN; 28/01/2019 a las 12:06

  5. #5
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    Re: Historia del carácter y psicología españolas: su permanencia a través de los sigl

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    8. Espadas y golillas

    También en esa primera mitad del siglo XVII aparecen los rasgos sociales que han de perdurar: parasitismo, militar o civil; abogadismo y papeleo.

    Felipe II, «rey papelista», viajaba, y le seguían carros cargados de expedientes. Espadas y golillas lo llenaban todo, entonces. La corte era una gran covachuela, con sus nubes de pretendientes, con sus continuas pragmáticas y órdenes mandando extrañar a los mendigos, los postulantes, a los forasteros; con su abandono o menosprecio de las profesiones útiles, con su famoso trío de iglesia, mar o casa real, en que las familias nobles e hidalgas, y el mismo pueblo a imitación de ellas, compendiaban todas sus aspiraciones y anhelos en este mundo. Una familia que se estimara buscaba ante todo para sus hijos una posición oficial (milicia, magistratura, administración, hacienda, aduanas), y sólo en último término acude a las profesiones libres y a la iniciativa particular.

    Entonces también apareció organizada y completa la literatura castellana, y a dicha época y condensación se refieren los rasgos y generalizaciones bajo los cuales es conocida en el mundo. Esa literatura ofrece a la atención del psicólogo tres puntos de vista principales: como expresión de la realidad contemporánea, como expresión de la idealidad nacional y como ejecución o manera artística en sí misma. Y de todas maneras y en los tres sentidos indicados, ninguna se hallaría más diferenciada ni de mayor color de localidad, ninguna más nacional y aparte.

    Última edición por ALACRAN; 29/01/2019 a las 12:18

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