Vamos Baqueano, que se leer y escribir.Gracias por tu consejo de que me instruya.No comparto tus ideas en parte, pero no te ofusques muchacho. Todos aprendemos de todos.
Un abrazo Fabio
Vamos Baqueano, que se leer y escribir.Gracias por tu consejo de que me instruya.No comparto tus ideas en parte, pero no te ofusques muchacho. Todos aprendemos de todos.
Un abrazo Fabio
Si volvés a leer, te vas a dar cuenta que en ningún momento me ofusqué. sin embargo, al leer tu respuesta me da la impresión de que no entendiste lo que te quise decir.Iniciado por Reggio
Comparto lo de que todos aprendemos de todos. Yo, sobre todo más de lo de los demás que lo que yo pueda aportar. Pero confieso que tu respuesta es muy dificil de entender, y me cuesta seguir con ella un hilo de discusión sobre el tema.
Me gustaría que pudieras aportar algo al punto de vista ese que sostiene lo contrario de lo que nos han aportado Ordoñez y Mmorillo, para plantear una discusión objetiva y civilizada.
Biografías como la de Hernán Cortés me dejan sin respiración, sin habla... Qué coraje, qué tesón, qué prohombres producía nuestra patria!!! ¿nos quedará algo de esto en la España actual?
Hernán Cortés, pecador y apóstol
La vuelta de Quetzalcóatl
Antiguas tradiciones de México, según el noble mestizo Fernando de Alva Ixtlilxochitl, hablaban de Quetzalcóatl, «hombre justo, santo y bueno», que en tiempo inmemorial vino a los aztecas «enseñándoles por obras y palabras el camino de la virtud, y evitándoles los vicios y pecados, dando leyes y buena doctrina». Predicó especialmente en la zona de Cholula, y «viendo el poco fruto que hacía con su doctrina, se volvió por la misma parte donde había venido, que fue por la de oriente», asegurando antes de irse que «en un año que se llamaría ce ácatl volvería, y entonces su doctrina sería recibida, y sus hijos serían señores y poseerían la tierra». Quetzalcóatl «era hombre bien dispuesto, de aspecto grave, blanco y barbado». Su nombre, literalmente, «significa sierpe de plumas preciosas; por sentido alegórico, varón sapientísimo». Más tarde, en Cholula «edificaron un templo a Quetzalcóatl, a quien colocaron por dios del aire» (Historia de la nación chichimeca cp.1). El año aludido, ce ácatl, era el 1519.
Bernardino de Sahagún, por otra parte, recogiendo informes de los indios, cuenta que el año calli, es decir 1509, fue en México un año fatídico, en el que se produjeron extrañas señales, misteriosos y alarmantes presagios: se incendia el cu de Huitzilopochtli, sin que nadie sepa la causa, atraviesa los cielos un cometa desconocido, se levantan las aguas de México sin viento alguno, se oyen voces en el aire... «Moctezuma espantóse de esto, haciendo semblante de espantado», procura la soledad, interroga a adivinos y astrólogos (VIII,6)... Es el año 1509.
Un día, finalmente, según la Crónica mexicana de Fernando de Alvarado Tezozómoc, se presenta ante Moctezuma un macehual, un hombre del pueblo, comunicando con el mayor respeto que en la orilla del mar de oriente «vide andar en medio de la mar una sierra o cerro grande, y esto jamás lo hemos visto». Verificada la increíble noticia, confirman al tlatoani que, efectivamente, «han venido no sé que gente, las carnes de ellos muy blancas,y todos los más tienen barba larga» (León-Portilla, Crónicas indígenas cp.2).
Una vez más los nigrománticos defraudan al tlatoani: «¿qué podemos decir?», y éste, perdiendo ya los nervios, manda arrasar sus casas y matar sus familias. «Se juntaron luego, y fueron a las casas de ellos, y mataron a sus mujeres, que las iban ahogando con unas sogas, y a los niños iban dando con ellos en las paredes haciéndolos pedazos, y hasta el cimiento de las casas arrancaron de raíz» (cp.2).
Moctezuma, hombre profundamente religioso, como guardián del reino y del culto, «quedó lleno de terror, de miedo. Y todo el mundo estaba muy temoroso. Había gran espanto y había terror. Se discutían las cosas, se hablaba de lo sucedido... Los padres de familia dicen: ¡Ay, hijitos míos! ¿Qué pasará con vosotros?... ¿Cómo podréis vosotros ver con asombro lo que va a venir sobre vosotros?... Moctezuma estaba para huir, tenía deseos de huir; anhelaba esconderse huyendo, estaba para huir. Intentaba esconderse»... Pero los blancos barbados se aproximan más y más a Tenochtitlán, y el tlatoani «no hizo más que esperarlos. No hizo más que resignarse; dominó finalmente su corazón, se recomió en su interior, lo dejó en disposición de ver y de admirar lo que habría de sucedir» (cp.4).
Ya toda resistencia a lo que fatalmente había de suceder era inútil. «Había vuelto Quetzalcóatl. Ahora se llamaba Hernán Cortés» (Madariaga, Cortés 27).
Hernán Cortés (1485-1547)
Extremeño, nacido en 1485 en Medellín, de padres hidalgos, inició Cortés sus estudios en Salamanca, los dejó pronto, dicen que bachiller, y en 1504 se embarcó para las Indias. Escribano en Santo Domingo, dado a sus negocios, fue siempre «algo travieso con las mujeres», como dice Bernal Díaz (cp.204). Refiere Francisco Cervantes de Salazar, que estando un día enfermo -digamos, de un cierto mal-, soñó Cortés «que había de comer con trompetas o morir ahorcado», y así lo dijo a sus amigos (2,17: Madariaga 71). Presiente extrañamente la acción y la gloria.
A los 26 años está en Cuba, como secretario del gobernador Velázquez, al mismo tiempo que cría ganado, mostrando sus dotes de empresa. Alcalde de Santiago a los 33 años, siendo uno de los hombres más prósperos y mejor relacionados de la isla, se hace con el mando de una expedición autorizada, más o menos, por Velázquez, y financiada en gran parte por el propio Cortés. Recala primero en Trinidad, y el 10 de febrero de 1519, se hace a la vela hacia México con once navíos, quinientos ochenta soldados y capitanes, cien marineros, dieciséis caballos y diez cañones. Era el año ce áctl de la era mexicana.
Bernal, soldado y compañero, describe a Cortés como alto y bien proporcionado, dando en todo señales de gran señor, «de muy afable condición en el trato con todos sus capitanes y compañeros», algo poeta, latino y elocuente, «buen jinete y diestro de todas las armas», «muy porfiado, en especial en las cosas de la guerra», algo jugador y «con demasía dado a las mujeres». Era, por otra parte, hombre muy religioso. «Rezaba por las mañanas en unas Horas e oía misa con devoción. Tenía por su muy abogada a la Virgen María Nuestra Señora», y era limosnero, sumamente sufrido, el primero en trabajos y batallas, sumamente alerta y previsor (cp.204).
Mendieta, conociendo las flaquezas de este Capitán, señala sin embargo que él fue ciertamente elegido por la Providencia divina para «abrir la puerta y hacer camino a los predicadores de su Evangelio en este nuevo mundo», en aquellos años trágicos en que media Europa, conducida por Lutero, se alejaba de la Iglesia, «de suerte que lo que por una parte se perdía, se cobrase por otra». De hecho, Lutero emprendió en 1519 su predicación contra la Iglesia, y en ese año inició Cortés la conquista de la Nueva España. También señala Mendieta otra significativa correspondencia: «el año en que Cortés nació, que fue el de 1485, se hizo en la ciudad de México [en realidad en 1487] una solemnísima fiesta en dedicación del templo mayor [el de Huichilobos], en la cual se sacrificaron ochenta mil y cuatrocientas personas» (Historia III,1).
Conductor de una altísima empresa
En las Instrucciones que el Gobernador Diego Velázquez dió en Cuba a Hernán Cortés, cuando éste partía en 1518 hacia México, la finalidad religiosa aparece muy acentuada entre los varios motivos de la expedición: «Pues sabéis, le dice, que la principal cosa [por la que] sus Altezas permiten que se descubran tierras nuevas es para que tanto número de ánimas como de innumerable tiempo han estado e están en estas partes perdidas fuera de nuestra santa fe, por falta de quien de ella les diese verdadero conocimiento; trabajaréis por todas las maneras del mundo... como conozcan, a lo menos, faciéndoselo entender por la mejor orden e vía que pudiéredes, cómo hay un solo Dios criador del cielo e de la tierra... Y decirles heis todo lo demás que en este caso pudiéredes» (Gómez Canedo 27).
Este intento estaba realmente vivo en el corazón de Cortés, que en el cabo San Antonio, antes de echarse a la empresa, arengaba a sus soldados diciendo: «Yo acometo una grande y hermosa hazaña, que será después muy famosa, que el corazón me da que tenemos de ganar grandes y ricas tierras, mayores reinos que los de nuestros reyes... Callo cuán agradable será a Dios nuestro Señor, por cuyo amor he de muy buena gana puesto el trabajo y los dineros..., que los buenos más quieren honra que riqueza. Comenzamos guerra justa y buena y de gran fama. Dios poderoso, en cuyo nombre y fe se hace, nos dará victoria» (López de Gómara, Conquista p.301).
También el franciscano Motolinía considera la conquista como guerra justa y buena, sin que por ello apruebe los excesos que en ella se hubieran dado. Así, en su carta a Carlos I, en 1555, defendiendo contra las acusaciones de Las Casas el conjunto de lo hecho, recuerda al Emperador que los mexicanos «para solenizar sus fiestas y honrar sus templos andaban por muchas partes haciendo guerra y salteando hombres para sacrificar a los demonios y ofrecer corazones y sangre humana; por la cual causa padecían muchos inocentes, y no parece ser pequeña causa de hacer guerra a los que ansí oprimen y matan los inocentes; y éstos con gemidos y clamores clamaban a Dios y a los hombres ser socorridos, pues padecían muerte tan injustamente, y esto es una de las causas, como V. M. sabe, por la cual se puede hacer guerra».
Es ésta una doctrina del padre Vitoria, como ya vimos (54), formulada en 1539. En nuestra opinión, es hoy ésta la razón que se estima más válida para justificar la conquista de América. Actualmente las naciones, según el llamado deber de injerencia, se sentirían legitimadas para entrar y sujetar a un pueblo que hiciera guerras periódicas para someter a sus vecinos y procurarse víctimas, y que sacrificara anualmente a sus dioses decenas de miles de prisioneros, esclavos, mujeres y niños.
Primera misa en Cozumel
Cortés y los suyos, llegados a la isla de Cozumel, en la punta de Yucatán, en su primer contacto con lo que sería Nueva España, visitaron un templo en el que estaban muchos indios quemando resina, a modo de incienso, y escuchando la predicación de un viejo sacerdote. Allá estuvieron mirándolo, cuenta Bernal Díaz, a ver en qué paraba «aquel negro sermón»...
Melchorejo le iba traduciendo a Cortés, que así supo que «predicaba cosas malas». Se reunió entonces el Capitán con los principales y por el intérprete les dijo «que si habían de ser nuestros hermanos que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos, que eran muy malos y les hacían errar, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas. Y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio, y una cruz. Y se les dijo otras cosas acerca de nuestra santa fe, bien dichas».
El papa, sacerdote, y los caciques respondieron que adoraban «aquellos dioses porque eran buenos, y que no se atrevían ellos hacer otra cosa, y que se los quitásemos nosotros, y veríamos cuánto mal nos iba de ello, porque nos iríamos a perder en la mar». No conocían a Cortés, al decir esto. «Luego Cortés mandó que los despedazásemos y echásemos a rodar unas gradas abajo, y así se hizo. Y luego mandó traer mucha cal, y se hizo un altar muy limpio» donde pusieron una cruz y una imagen de la Virgen, «y dijo misa el Padre que se decía Juan Díaz, y el papa y cacique y todos los indios estaban mirando con atención» (cp.27).
Métodos apostólicos tan expeditivos -¡y tan arriesgados!- se mostraron sumamente eficaces para manifestar a los naturales la absoluta vanidad de sus ídolos, y recuerdan los procedimientos misioneros empleados en la Germania pagana por San Wilibrordo y sus compañeros, cuando, con el mismo fin, destruyeron santuarios paganos y se atrevieron a bautizar en manantiales tenidos por sagrados. Tiene razón Madariaga cuando dice que «no hay quien lea este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe: la madre y el niño, símbolos de ternura y debilidad, en vez de los sangrientos y espantosos dioses» (133). En Cozumel se inició la evangelización de México.
Tabasco y la victoria de la Virgen
El 12 de marzo de 1519 fondean en Tabasco, al oeste de Yucatán, y a los requerimientos y teologías de los españoles, los indios responden esta vez con una lluvia de flechas. Los estampidos de las armas españolas y sus caballos les hicieron cambiar de opinión, y también, según López de Gómara, la intervención de Santiago apóstol a caballo, que el bueno de Bernal Díaz niega con ironía (cp.34).
Ya en tratos de paz, Cortés les pide a los indios dos cosas: la primera, que vuelvan a las casas los que huyeron, como así se hizo; y «lo otro, que dejasen sus ídolos y sacrificios, y respondieron que así lo harían». En seguida, Cortés les habló del Dios verdadero, de la santa fe, de la Virgen, «lo mejor que pudo». Los de Tabasco se declararon dispuestos a ser vasallos de Carlos I, y ofrecieron presentes de oro y veinte mujeres, entre ellas Doña Marina, que, con otros, se bautizó; ella conocía la lengua de Tabasco y la de México. Finalmente, se hizo un altar, y los indios, muy atentos, vieron aquellos guerreros barbudos vestidos de hierro adoraban una cruz de maderos, hacían procesión con ramos festivos, y se arrodillaban ante «una imagen muy devota de Nuestra Señora con su hijo precioso en los brazos; y se les declaró que en aquella santa imagen reverenciamos, porque así está en el cielo y es Madre de Nuestro Señor Dios». Al lugar se le puso el nombre de Santa María de la Victoria (cp.36).
Todo esto llegaba a oídos de Moctezuma, el cual «despachó gente para el recibimiento de Quetzalcóatl, porque pensó que era el que venía», y a sus mensajeros les instruyó con cuidado: «veis aquí estas joyas que le presentaréis de mi parte, que son todos los atavíos sacerdotales que a él le convienen» (Sahagún 12,3-4). El tlatoani azteca «no podía comer ni dormir», y envió hechiceros que probaran con los españoles sus poderes, pero fue inútil. Entonces «comenzó a temer y a desmayarse y a sentir gran angustia» (12,6-7).
Los españoles se hacen a la mar, siempre hacia México, llegan a San Juan de Ulúa, fundan Villa Rica de la Vera Cruz, nombre significativo, que une el oro al Evangelio de Cristo...
Cempoala y los calpixques aztecas
Llega un día a los españoles una embajada de totonacas, con ofrendas florales y obsequios, enviada por el cacique gordo de Cempoala -así llamado en las crónicas-. El cacique en seguida, «dando suspiros, se queja reciamente del gran Montezuma y de sus gobernadores», y Cortés le responde que tenga confianza: «el emperador don Carlos, que manda muchos reinos, nos envía para deshacer agravios y castigar a los malos, y mandar que no sacrifiquen más ánimas; y se les dio a entender otros muchas cosas tocantes a nuestra santa fe» (Bernal cp. 45).
Pero el cacique gordo y los suyos estaban aterrorizados por los aztecas, y «con lágrimas y suspiros» contaban cómo «cada año les demandaban muchos hijos e hijas para sacrificar, y otros para servir en sus casas y sementeras; y que los recaudadores [calpixques] de Montezuma les tomaban sus mujeres e hijas si eran hermosas, y las forzaban; y que otro tanto hacían en toda aquella tierra de la lengua totonaque, que eran más de treinta pueblos».
En estas conversaciones estaban cuando llegaron cinco calpixques de Moctezuma, y a los totonacas « desde que lo oyeron, se les perdió la color y temblaban de miedo». Pasaron, majestuosos, ante los españoles aparentando no verlos, comieron bien servidos, y exigieron «veinte indios e indias para sacrificar a Huichilobos, porque les dé victoria contra nosotros» (cp.46). Cortés, ante el espanto de los totonacas, mandó que no les pagaran ningún tributo, más aún, que los apresaran inmediatamente.
Cuando lo hicieron, en seguida se difundió la noticia por la región, y «viendo cosas tan maravillosas y de tanto peso para ellos, de allí en adelante nos llamaron teúles, que es dioses, o demonios» (cp.47). Entonces los totonacas, con el mayor entusiasmo, resolvieron sacrificar a los recaudadores, pero Cortés lo impidió, poniendo a éstos bajo la guardia de sus soldados. Y por la noche, secretamente, liberó a dos de ellos, para que contasen lo sucedido a Moctezuma, y le asegurasen que él era su amigo y que cuidaría de los tres calpixques restantes...
El terror que los guerreros y recaudadores aztecas suscitaban en todos los pueblos sujetos al imperio de Moctezuma era muy grande. De ahí que la acción de Cortés, sujetando a los calpixques en humillantes colleras que los totonacas tenían para sus esclavos, fue la revelación de una verdadera libertad posible.
Murmuraciones y temores
Acercándose ya a Tlaxcala, algunos soldados que en Cuba habían dejado haciendas, metidos más y más en el corazón de México, temiendo por sus propias vidas, comenzaron a murmurar en corrillos, recordando que habían ya perdido 55 compañeros desde que iniciaron la expedición. Aunque reconocían que Dios hasta ahora les había ayudado, pensaban «que no le debían tentar tantas veces», sino que convenía regresar a Veracruz y replegarse en el territorio totonaca, al menos hasta que Velázquez les enviara refuerzos. Finalmente, todo esto se lo dijeron a Cortés abiertamente.
«Y viendo Cortés que se lo decían algo como soberbios, les respondió muy mansamente», y después de recordar las grandes hazañas cumplidas entre todos, con él siempre en la vanguardia -lo que era innegable-, les añadió: «He querido, señores, traeros esto a la memoria, que pues Nuestro Señor fue servido guardarnos, tuviésemos esperanza que así había de ser adelante; pues desde que entramos en la tierra en todos los pueblos les predicamos la santa doctrina lo mejor que podemos, y les procuramos de deshacer sus ídolos. Encaminemos siempre todas las cosas a Dios y seguirlas en su santo servicio será mejor... [Él ] nos sostendrá, que vamos de bien en mejor». Por otra parte, si retrocedieran, Moctezuma «enviaría sus poderes mexicanos contra ellos [los totonacas], para que le tornasen a tributar, y sobre ellos darles guerra, y aun les mandara que nos la den a nosotros» (cp.69).
No había otra sino seguir adelante.
Tlaxcala
Extrañamente los tlaxcaltecas, deponiendo su primera actitud belicosa, pronto vinieron a paz con los españoles, y se hicieron sus mejores aliados, en buena parte porque ya no querían soportar más el yugo de los mexicanos. Los caciques principales le dijeron a Cortés que, de cien años a esta parte, ellos estaban empobrecidos, arruinados y aplastados por el poder mexicano, sin sal siquiera para comer, pues Moctezuma no les daba opción para salir a conseguir nada (cp.73). Y así estaban todas las provincias, tributándole «oro y plata, y plumas y piedras, y ropa de mantas y algodón, e indios e indias para sacrificar y otras para servir; y que es tan gran señor que todo lo que quiere tiene, y que en las casas que vive tiene llenas de riquezas y piedras y chalchiuis [piedras verdes], que ha robado y tomado por fuerza, y todas las riquezas de la tierra están en su poder» (cp.78).
También allí Cortés, después de tranquilizarles, realizó sus acostumbradas misiones populares: exposición de la fe, deposición de los ídolos, instalación de la cruz y de la Virgen Madre «con su precioso hijo», misa, bautismos, y prohibición absoluta de sacrificios rituales y comer carne humana. Y cuenta Bernal Díaz:
«Hallamos en este pueblo de Tlaxcala casas de madera hechas de redes y llenas de indios e indias que tenían dentro encarcelados y a cebo, hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar: las cuales cárceles las quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban ir a cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y de allí en adelante en todos los pueblos que entrábamos lo primero que mandaba nuestro capitán eran quebrarles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comúnmente en todas estas tierras los tenían» (cp.78).
Eran estas cárceles de dos clases: el cuauhcalli, jaula o casa de palo, y el petlacalli o casa de esteras. Con estas acciones Cortés hacía efectivas aquellas palabras que había dicho al cacique de Cempoala: que los españoles habían venido a las Indias «a desfacer agravios, favorecer a los presos, ayudar a los mezquinos y quitar tiranías» (López de Gómara, Conquista 318).
Guerra en Cholula
Diecisiete días llevaban en Tlaxcala, y había que ir pensando en continuar hacia México. Pero de nuevo comenzaron las murmuraciones entre algunos soldados, pues les parecía, dice Bernal Díaz, «que era cosa muy temerosa irnos a meter en tan fuerte ciudad siendo nosotros tan pocos». Los más fieles de Cortés «le ayudamos de buena voluntad con decir «¡adelante en buena hora!». Y los que andaban en estas pláticas contrarias eran de los que tenían en Cuba haciendas, que yo y otros pobres soldados ofrecido teníamos siempre nuestras ánimas a Dios, que las crió, y los cuerpos a heridas y trabajos hasta morir en servicio de Nuestro Señor Dios y de Su Majestad» (cp.79). Y emprendieron la marcha.
Los tlaxcaltecas, cuando vieron a los españoles decididos a seguir hasta México, les pusieron muy sobre aviso contra las cortesías y traiciones de Moctezuma, que no se fiaran en nada, y también intentaron persuadirles de que no fueran por Cholula, porque allí «siempre tiene Montezuma sus tratos dobles encubiertos» (cp.79). Sin embargo, el 13 de octubre de 1519 la pequeña armada de Cortés se encaminó hacia Cholula, acompañados por unos 500 cempoaleses y unos 6.000 tlaxcaltecas, que hubieran querido ir muchos más, pues eran enemigos feroces de los cholultecas.
Cholula, con sus centenares de teocalis, venía a ser un centro religioso de suma importancia, y allí estaba precisamente el gran teocali dedicado a Quetzalcóatl. También allí Cortés y los suyos hicieron a su modo las misiones populares acostumbradas. Reunidos todos los caciques y papas, «se les dio a entender muy claramente todas las cosas tocantes a nuestra sante fe, y que dejasen de adorar ídolos y no sacrificasen ni comiesen carne humana, ni usasen las torpedades que solían usar, y que mirasen que sus ídolos los traen engañados y que son malos y que no dicen verdad, y que tuviesen memoria que cinco días había las mentiras que les prometió, que les daría victoria cuando le sacrificaron las siete personas, y que les rogaba que luego les derrocasen e hiciesen pedazos» (Bernal cp.83).
Como otras veces, el mercedario padre Olmedo hubo de moderar los ímpetus de Cortés contra los ídolos, haciéndole ver que «al presente bastaban las amonestaciones que se les ha hecho y ponerles la cruz». Y ahí quedó la cosa, pero no sin antes quebrar y abrir las casas-jaula, «que hallamos que estaban llenas de indios y muchachos en cebo, para sacrificar y comer sus carnes. Les mandó Cortés que se fuesen adonde eran naturales», y amenazó duramente a los chololtecas que no hicieran más sacrificios ni comieran carne humana.
Así las cosas, pronto supieron los españoles que los chololtecas, por mandato de Moctezuma, tramaban una celada para matarles. Reunió entonces Cortés a los caciques, y les mostró que sabía lo que preparaban: «Tales traiciones, mandan las leyes reales que no queden sin castigo». En efecto, el castigo fue una gran matanza.
«Estas fueron -escribe Bernal- las grandes crueldades que escribe y nunca acaba de decir el obispo de Chiapas, fray Bartolomé de las Casas, porque afirma [en la Brevísima Relación] que sin causa ninguna, sino por nuestro pasatiempo, y porque se nos antojó, se hizo aquel castigo... siendo todo al revés, y no pasó como lo escribe». Y añade: «Unos buenos religiosos franciscanos fueron a Cholula para saber e inquirir cómo y de qué manera pasó aquel castigo..., y hallaron ser ni más ni menos que en esta relación escribo, y no como lo dice el obispo. Y si por ventura no se hiciera aquel castigo, nuestras vidas estaban en mucho peligro..., y que si allí por nuestra desdicha nos mataran, esta Nueva España no se ganara tan presto» (cp.83; +J. L. Martínez, Cortés 232-236).
El mestizo Muñoz Camargo, en su Historia de Tlaxcala, al comentar estos sucesos, señala que «tenían tanta confianza los cholultecas en su ídolo Quetzalcohualtl que entendieron que no había poder humano que los pudiese conquistar ni ofender, antes [entendían] acabar a los nuestros en breve tiempo, lo uno porque eran pocos, y lo otro porque los tlaxcaltecas los habían traído allí por engaño [?] a que ellos los acabaran».
La matanza y la destrucción de ídolos tenidos por invencibles hizo «correr la fama por toda la tierra hasta México, donde puso horrible espanto». En tal ocasión todos «quedaron muy enterados del valor de nuestros españoles. Y desde allí en adelante no estimaban acometer mayores cosas, todo guiado por orden divina, que era Nuestro Señor servido que esta tierra se ganase y rescatase y saliese del poder del demonio» (II,5).
Entrada pacífica en Tenochtitlán
En este tiempo Moctezuma, angustiado por los más negros presagios, se encerró durante días en el Gran Teocali, en ayuno, oración y sacrificios de su propia sangre. Y cambiando de actitud a última hora, envió mensajeros para que invitaran a Cortés a entrar en México. Los embajadores aztecas recomendaron con sospechosa insistencia un camino, pero Cortés no se fió, y en momento tan grave, según escribió después a Carlos I en su II Carta, «como Dios haya tenido siempre cuidado de encaminar las reales cosas de Vuestra Majestad desde su niñez, e como yo y los de mi compañía íbamos en su real servicio, nos mostró otro camino, aunque algo agro, no tan peligroso como aquel por donde nos querían llevar».
Tenochtitlán, la ciudad maravillosa, señora de tantos pueblos, quedaba aislada, como extranjera de sus propios dominios. Allí habitaba Moctezuma, el tlatoani, en su inmenso palacio, con una corte de varios miles de personas principales, servidores y mujeres. Cuando salía al exterior, era llevado en andas, o ponían alfombras para que sus pies no tocaran la miserable tierra, y nadie podía mirarle, sino todos debían mantener la cabeza baja. Tenía recintos para aves, para fieras diversas, e incluso coleccionaba hombres de distintas formas y colores, o víctimas de alguna deformidad que los hacía curiosos. Éste fue el emperador majestuoso que, haciéndose preceder de solemnes embajadas y obsequios, prestó a los españoles una impresionante acogida en Tenochtitlán. Bernal Díaz lo narra con términos inolvidables, en los que admiración y espanto se entrecruzan: «delante estaba la gran ciudad de México; y nosotros aún no llegábamos a cuatrocientos soldados» (cp. 88). Era el 8 de noviembre de 1519.
Cortés y los suyos son instalados en las grandiosas dependencias de las casas imperiales. El tlatoani, discretamente retenido, está bajo su poder, y se muestra dócil y amistoso. Al día siguiente de su entrada en Tenochtitlán, Hernán Cortés visita a Moctezuma en su palacio, y éste, con su corte, le recibe con gran cortesía. El Capitán español está acompañado de Alvarado, Velázquez de León, Ordaz y Sandoval y cinco soldados, entre ellos el que contará la escena, Bernal Díaz (cp.90), más dos intérpretes, doña Marina y Aguilar. Comienza el diálogo y, tras los saludos propios de aquella profunda cortesía tan propia de aztecas como de españoles, Cortés va derechamente al grano.
Cortés empieza por presentarse con los suyos como enviados del Rey de España, «y a lo que más le viene a decir de parte de Nuestro Señor Dios es que... somos cristianos, y adoramos a un solo Dios verdadero, que se dice Jesucristo, el cual padeció muerte y pasión por salvarnos» en una cruz, «resucitó al tercer día y está en los cielos, y es el que hizo el cielo y la tierra». Les dijo también que «en Él creemos y adoramos, y que aquellos que ellos tienen por dioses, que no lo son, sino diablos, que son cosas muy malas, y cuales tienen las figuras [los dioses aztecas eran horribles], que peores tienen los hechos. Que mirasen cuán malos son y de poca valía, que adonde tenemos puestas cruces -como las que vieron sus embajadores [los de Moctezuma]-, con temor de ellas no osan parecer delante, y que el tiempo andado lo verán».
En seguida continúa con una catequesis elemental sobre la creación, Adán y Eva, la condición de hermanos que une a todos los hombres. «Y como tal hermano, nuestro gran emperador [Carlos], doliéndose de la perdición de las ánimas, que son muchas las que aquellos sus ídolos llevan al infierno, nos envió para que esto que ha ya oído lo remedie, y no adorar aquellos ídolos ni les sacrifiquen más indios ni indias, pues todos somos hermanos, ni consienta sodomías ni robos».
Quizá Cortés, llegado a este punto, sintió humildemente que ni su teología ni el ejemplo de su vida daban para muchas más predicaciones. Y así añadió «que el tiempo andado enviaría nuestro rey y señor unos hombres que entre nosotros viven muy santamente [frailes misioneros], mejores que nosotros, para que se lo den a entender». Ahí cesó Cortés su plática, y comentó a sus compañeros: «Con esto cumplimos, por ser el primer toque».
Moctezuma le responde que ya estaba enterado de todo eso, pues le habían comunicado «todas las cosas que en los pueblos por donde venís habéis predicado. No os hemos respondido a cosa ninguna de ellas porque desde ab initio acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos; así deben ser los vuestros, y no cuidéis más al presente de hablarnos de ellos». De este modo transcurrió el primer encuentro entre dos mundos religiosos, uno luminoso y firme, seguro de su victoria en la historia de los pueblos; el otro oscuro y vacilante, presintiendo su fin con angustiada certeza.
La vergonzosa caída de Huichilobos
Una mañana, «como por pasatiempo», fue Cortés a visitar el gran teocali, acompañado por el capitán Andrés Tapia -por quien conocemos al detalle la escena-, con una decena más de españoles. Por las empinadas gradas frontales, ciento catorce, subieron a lo alto de la terraza superior del cu, se aproximaron a los dos templetes de los ídolos, y retirando con sus espadas las cortinas, contemplaron su aspecto horrible y fascinante: «son figuras de maravillosa grandeza y altura, y de muchas labores esculpidas», le escribirá después Cortés al Emperador en su II Carta.
Los ídolos, cuenta Tapia, «tenían mucha sangre, del gordor de dos y tres dedos, y [Cortés] descubrió los ídolos de pedrería, y miró por allí lo que se pudo ver, y suspiró habiéndose puesto algo triste, y dijo, que todos lo oímos: "¡Oh Dios!, ¿por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra? Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos". Y mandó llamar los intérpretes, y ya al ruido de los cascabeles se había llegado gente de aquella de los ídolos, y díjoles: "Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros y a todos, y cría con lo que nos mantenemos; y si fuéremos buenos nos llevará al cielo, y si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; y yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de su Madre bendita, y traed agua para lavar estas paredes, y quitaremos de aquí todo esto".
«Ellos se reían, como que no fuese posible hacerse, y dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tiene a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Huichilobos, cuyos somos; y toda la gente no tiene en nada a sus padres y madres e hijos en comparación de éste, y determinarán de morir; y cata [mira] que de verte subir aquí se han puesto todos en armas, y quieren morir por sus dioses".
«El marqués [Cortés, luego marqués de Oaxaca] dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Muteczuma, y envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, y respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada". Y antes que los españoles por quien había enviado viniesen, enojóse de las palabras que oía, y tomó con una barra de hierro que estaba allí, y comenzó a dar en los ídolos de pedrería; y yo prometo mi fe de gentilhombre que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, y así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos hemos de poner [exponer] por Dios".
«Aquella gente lo hicieron saber a Muteczuma, que estaba cerca de ahí el aposento, y Muteczuma envió a rogar al marqués que le dejase venir allí, y que en tanto que venía no hiciese mal en los ídolos. El marqués mandó que viniese con gente que le guardase, y venido le decía que pusiésemos a nuestras imágenes a una parte [la Cruz y la Virgen] y dejásemos sus dioses a otra. El marqués no quiso. Muteczuma dijo: "Pues yo trabajaré que se haga lo que queréis; pero habéisnos de dar los ídolos que los llevemos donde quisiéremos". Y el marqués se los dio, diciéndoles: "Ved que son de piedra, e creed en Dios que hizo el cielo y la tierra, y por la obra conoceréis al maestro"».
Los ídolos fueron descendidos de buena manera, en seguida se lavó de sangre aquel matadero de hombres, se construyeron dos altares, y se pusieron en uno «la imagen de Nuestra Señora en un retablico de tabla, y en otro la de Sant Cristóbal, porque no había entonces otras imágenes, y dende aquí en adelante se decía allí misa».
Lo malo fue que sobrevino una sequía, y los indios se le quejaron a Cortés de que era debido a que les quitó sus dioses. «El marqués les certificó que presto llovería, y a todos nos encomendó que rogásemos a Dios por agua; y así otro día fuimos en procesión a la torre [del teocali], y allá se dijo misa, y hacía buen sol, y cuando vinimos llovía tanto que andábamos en el patio los pies cubiertos de agua; y así los indios se maravillaron mucho» (AV, La conquista 110-112).
Esa escena formidable en la que Cortés, saltando sobrenatural, destruye a Huichilobos, puede considerarse como un momento decisivo de la conquista de la Nueva España. No olvidemos que Moctezuma era no sólo el señor principal de México, el Uei Tlatoani, sino también el sacerdote supremo de la religión nacional. La primera caída del poder azteca no se debió tanto a la victoria militar de unas fuerzas extranjeras más poderosas, pues sin duda hubo momentos en que los aztecas, fortísimos guerreros, hubieran podido comerse -literalmente hablando- a los españoles; sino que se produjo ante todo como una victoria religiosa. El corazón de Moctezuma y de su pueblo había quedado yerto y sin valor cuando se vio desasistido por sus dioses humillados, y cuando la presencia de los teúles españoles fue entendida como la llegada de aquellos señores poderosos que tenían que venir.
Moctezuma se hace vasallo de Carlos I Cortés, teniendo ya a Moctezuma como prisionero, le trataba con gran deferencia, se entretenía con él en juegos mexicanos, y conversaba con él muchas mañanas, sobre todo acerca de temas religiosos, en los que el tlatoani mantenía firme la devoción de sus dioses. Se acabó entonces el vino de misa, y «después que se acabó cada día estábamos en la iglesia rezando de rodillas delante del altar e imágenes, cuenta Bernal; lo uno, por lo que éramos obligados a cristianos y buena costumbre, y lo otro, porque Montezuma y todos sus capitanes lo viesen y se inclinasen a ello» (cp.93).
Un día Moctezuma pidió permiso a Cortés para ir a orar al teocali, y éste se lo autorizó, siempre que no intentase huir ni hiciera sacrificios humanos. Cuando el rey azteca, portado en andas, llegó al cu y le ayudaron a subir, «ya le tenían sacrificado de la noche antes cuatro indios», y por más que los españoles prohibían esto, «no podíamos en aquella sazón hacer otra cosa sino disimular con él, porque estaba muy revuelto México y otras grandes ciudades con los sobrinos de Montezuma» (cp.98).
En diciembre de 1519, a instancias de Cortés, Moctezuma reune a todos los grandes señores y caciques, para abdicar de su imperio, y pide que todos ellos presten vasallaje al Emperador Carlos I. La reunión se produce sin testigos españoles, fuera del paje Orteguilla, y los detalles del suceso nos son conservados por el relato de Bernal Díaz (cp.101) y por la II Carta Relación de Cortés a Carlos I.
La abdicación del poder azteca tiene por causa motivos fundamentalmente religiosos.
Todos los señores, les dice Moctezuma, deben prestar vasallaje al Emperador español representado por Cortés, «ninguno lo rehuse, y mirad que en diez y ocho años ha que soy vuestro señor siempre me habeis sido muy leales... Y si ahora al presente nuestros dioses permiten que yo esté aquí detenido, no lo estuviera sino que yo os he dicho muchas veces que mi gran Uichilobos me lo ha mandado». Es hora de hacer memoria de importantes sucesos antiguos: «Hermanos y amigos míos: Ya sabéis que no somos naturales desta tierra, e que vinieron a ella de otra muy lejos, y los trajo un señor cuyos vasallos todos eran», aunque después no lo quisieron «recibir por señor de la tierra; y él se volvió, y dejó dicho que tornaría o enviaría con tal poder que los pudiese costreñir y atraer a su servicio. Y bien sabéis que siempre lo hemos esperado, y según las cosas que el capitán nos ha dicho de aquel rey y señor que le envió acá, tengo por cierto que aqueste es el señor que esperábamos. Y pues nuestros predecesores no hicieron lo que a su señor eran obligados, hagámoslo nosotros, y demos gracias a nuestros dioses por que en nuestros tiempos vino lo que tanto aquéllos esperaban».
Todos aceptaron prestar obediencia al Emperador «con muchas lágrimas y suspiros, y Montezuma muchas más... Y queríamoslo tanto, que a nosotros de verle llorar se nos enternecieron los ojos, y soldado hubo que lloraba tanto como Montezuma; tanto era el amor que le teníamos».
Madariaga comenta: «Aquella escena en la Méjico azteca moribunda, en que los hombres de Cortés lloraron por Moteczuma, es uno de los momentos de más emoción en la historia del descubrimiento del hombre por el hombre. En aquel día el hombre lloró por el hombre y la historia lloró por la historia» (319).
Pérdida y conquista sangrienta de México
De pronto, los sucesos se precipitan en la tragedia. Desembarca en Veracruz, con grandes fuerzas, Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador Velázquez para apresar a Cortés, que había desbordado en su empresa las autorizaciones recibidas. Cortés abandona la ciudad de México y vence a Narváez. Entre tanto, el cruel Alvarado, en un suceso confuso, produce en Tenochtilán una gran matanza -por la que se le hizo después juicio de residencia-, y estalla una rebelión incontenible. Vuelve apresuradamente Cortés, y Moctezuma, impulsado por aquél, trata de calmar, desde la terraza del palacio, al pueblo amotinado; llueven sobre él insultos, flechas y pedradas, y tres días después muere, «al parecer, de tétanos» (Morales Padrón, Historia 348). Se ven precisados los españoles a abandonar la ciudad, en el episodio terrible de la Noche Triste.
Los españoles son acogidos en Tlaxcala, y allí se recuperan y consiguen refuerzos en hombres y armas. Muchos pueblos indios oprimidos: tlaxcaltecas, tepeaqueños, cempoaltecas, cholulenses, huejotzincos, chinantecos, xochimilcos, otomites, chalqueños (Trueba, Cortés 78-79), se unirán a los españoles para derribar el imperio azteca. Construyen entonces bergantines y los transportan cien kilómetros por terrenos montañosos, preparando así el ataque final contra la ciudad de México, es decir, contra el poder azteca, asumido ahora por Cuauhtémoc (Guatemuz), sobrino de Moctezuma.
Comienza el asalto de la ciudad lacustre el 28 de julio de 1521, y la guerra fue durísima, tanto que al final de ella, como escribe Cortés en su III Carta al emperador, «ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no en pelear con los indios... [Pero] en ninguna manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de novecientos españoles y ellos más de ciento y cincuenta mil hombres». La caída de México-Tenochtitlán fue el 13 de agosto de 1521, fecha en que nace la Nueva España.
Con razón, pues, afirma el mexicano José Luis Martínez que esta guerra fue de «indios contra indios, y que Cortés y sus soldados... se limitaron... sobre todo, a dirigir y organizar las acciones militares... Arturo Arnáiz y Freg solía decir: «La conquista de México la hicieron los indios y la independencia los españoles»» (332).
Cortés recibe a los doce franciscanos
Ya vimos que Hernán Cortés en 1519, apenas llegado a Tenochtitlán, le anuncia a Moctezuma en su primer encuentro: «enviará nuestro rey hombres mejores que nosotros». Así se cumplió, en efecto. El 17 o 18 de junio del año 1524, «el año en que vino la fe», llegaron de España a México un grupo de doce grandes misioneros franciscanos. Y Cortés tuvo especialísimo empeño en que su entrada tuviera gran solemnidad.
Ya cerca de México, según cuenta Bernal, el mismo Hernán Cortés les salió al encuentro, en cabalgata solemne y engalanada, con sus primeros capitanes, acompañado por Guatemuz, señor de México, y la nobleza mexicana. Y aún les aguardaba a los indios una sorpresa más desconcertante, cuando vieron que Cortés bajaba del caballo, se arrodillaba ante fray Martín, y besaba sus hábitos, siendo imitado por capitanes y soldados, y también por Guatemuz y los principales mexicanos. Todos «espantáronse en gran manera, y como vieron a los frailes descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevaron caballos, sino a pie y muy amarillos [del viaje], y ver a Cortés, que le tenían por ídolo o cosa como sus dioses, así arrodillado delante de ellos, desde entonces tomaron ejemplo todos los indios, que cuando ahora vienen religiosos les hacen aquellos recibimientos y acatos; y más digo, que cuando Cortés con aquellos religiosos hablaba, que siempre tenía la gorra en la mano quitada y en todo les tenía gran acato» (cp.171; +Mendieta, Historia III,12).
«Esta escena, comenta Madariaga, fue la primera piedra espiritual de la Iglesia católica en Mejico» (493).
Pide misioneros
Poco después de la llegada de los Doce apóstoles franciscanos, el 15 de octubre de 1524, escribe Cortés al Emperador una IV Relación, de la que transcribimos algunos párrafos particularmente importantes para la historia religiosa de México:
«Todas las veces que a vuestra sacra majestad he escrito he dicho a vuestra Alteza el aparejo que hay en algunos de los naturales de estas partes para convertirse a nuestra santa fe católica y ser cristianos; y he enviado a suplicar a vuestra Majestad, para ello, mandase personas religiosas de buena vida y ejemplo. Y porque hasta ahora han venido muy pocos o casi ningunos, y es cierto que harían grandísimo fruto, lo torno a traer a la memoria de vuestra Alteza, y le suplico lo mande proveer con toda brevedad, porque Dios Nuestro Señor será muy servido de ellos y se cumplirá el deseo que vuestra Alteza en este caso, como católico, tiene».
En otra ocasión, sigue en su carta, «enviamos a suplicar a vuestra Majestad que mandase proveer de Obispos u otros prelados, y entonces nos pareció que así convenía. Ahora, mirándolo bien, me ha parecido que vuestra sacra Majestad los debe mandar proveer de otra manera... Mande vuestra Majestad que vengan a estas partes muchas personas religiosas [frailes], y muy celosas de este fin de la conversión de estas gentes, y que hagan casas y monasterios. Y suplique vuestra Alteza a Su Santidad [el Papa] conceda a vuestra Majestad los diezmos de estas partes para este efecto. [La conversión de estas gentes] no se podría hacer sino por esta vía; porque habiendo Obispos y otros prelados no dejarían de seguir la costumbre que, por nuestros pecados, hoy tienen, en disponer de los bienes de la Iglesia, que es gastarlos en pompas y en otros vicios, en dejar mayorazgos a sus hijos o parientes. Y aun sería otro mayor mal que, como los naturales de estas partes tenían en sus tiempos personas religiosas que entendían en sus ritos y ceremonias -y éstos eran tan recogidos, así en honestidad como en castidad, que si alguna cosa fuera de esto a alguno se le sentía era castigado con pena de muerte-; y si ahora viesen las cosas de la Iglesia y servicio de Dios en poder de canónigos u otras dignidades, y supiesen que aquéllos eran ministros de Dios, y los viesen usar de los vicios y profanidades que ahora en nuestros tiempos en esos reinos usan, sería menospreciar nuestra fe y tenerla por cosa de burla; y sería tan gran daño, que no creo aprovecharían ninguna otra predicación que se les hiciese».
«Y pues que tanto en esto va y [ya que] la principal intención de vuestra Majestad es y debe ser que estas gentes se conviertan, he querido en esto avisar a vuestra Majestad y decir en ello mi parecer. [Por lo demás] así como con las fuerzas corporales trabajo y trabajaré para que los reinos y señoríos de vuestra Majestad se ensanchen, así deseo y trabajaré con el alma para que vuestra Alteza en ellas mande sembrar nuestra santa fe, porque por ello merezca [a pesar de mis muchos pecados -nos permitimos añadir-] la bienaventuranza de la vida perpetua».
«Asimismo vuestra Majestad debe suplicar a Su Santidad que conceda su poder en estas partes a las dos personas principales de religiosos que a estas partes vinieron, uno de la orden de San Francisco y otro de la orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderes que vuestra Majestad pudiere [concederles y conseguirles], por ser estas tierras tan apartadas de la Iglesia romana, y los cristianos que en ellas residimos tan lejos de los remedios de nuestras conciencias, y como humanos, tan sujetos a pecado».
Todo se cumplió, más o menos, como Cortés lo pensó y lo procuró. Con razón, pues, afirmó después Mendieta que «aunque Cortés no hubiera hecho en toda su vida otra alguna buena obra más que haber sido la causa y medio de tanto bien como éste, tan eficaz y general para la dilatación de la honra de Dios y de su santa fe, era bastante para alcanzar perdón de otros muchos más y mayores pecados de los que de él se cuentan» (III,3).
El emperador promovió también algunos obispos pobres y humildes, como Cortés los pedía, hombres de la talla de Garcés, Zumárraga o Vasco de Quiroga.
Soldados apóstoles de México
La religiosidad de Cortés fue ampliamente compartida por sus compañeros de milicia. Como ya vimos más arriba (76-77), Bernal Díaz del Castillo afirmaba que ellos, los soldados conquistadores, fueron en la Nueva España los primeros apóstoles de Jesucristo, incluso por delante de los religiosos: ellos fueron, en efecto, los primeros que, en momentos muy difíciles y con riesgo de sus vidas, anunciaron el Evangelio a los indios, derrocaron los ídolos, y llamaron a los religiosos para que llevaran adelante la tarea espiritual iniciada por ellos entre los indios.
Pues bien, el mismo Bernal, cuando en su Historia verdadera da referencias biográficas «De los valerosos capitanes y fuertes y esforzados soldados que pasamos desde la isla de Cuba con el venturoso y animoso Don Hernando Cortés» (cp.205), no olvida a un buen número de soldados, compañeros suyos de armas, que se hicieron frailes y fueron verdaderos apóstoles de los indios:
«Pasó un buen soldado que se decía Sindos de Portillo, natural de Portillo, y tenía muy buenos indios y estaba rico, y dejó sus indios y vendió sus bienes y los repartió a pobres, y se metió a fraile francisco, y fue de santa vida; este fraile fue conocido en México, y era público que murió santo y que hizo milagros, y era casi un santo. Y otro buen soldado que se decía Francisco de Medina, natural de Medina del Campo, se metió a fraile francisco y fue buen religioso; y otro buen soldado que se decía Quintero, natural de Moguer, y tenía buenos indios y estaba rico, y lo dio por Dios y se metio a fraile francisco, y fue buen religioso; y otro soldado que se decía Alonso de Aguilar, cuya fue la venta que ahora se llama de Aguilar, que está entre la Veracruz y la Puebla, y estaba rico y tenía buen repartimiento de indios, todo lo vendió y lo dio por Dios, y se metió a fraile dominico y fue muy buen religioso; este fraile Aguilar fue muy conocido y fue muy buen fraile dominico. Y otro buen soldado que se decía fulano Burguillos, tenía buenos indios y estaba rico, y lo dejó y se metió a fraile francisco; y este Burguillos después se salió de la Orden y no fue tan buen religioso como debiera; y otro buen soldado, que se decía Escalante, era muy galán y buen jinete, se metió fraile francisco, y después se salió del monasterio, y de allí a obra de un mes tornó a tomar los hábitos, y fue muy buen religioso. Y otro buen soldado que se decía Lintorno, natural de Guadalajara, se metió fraile francisco y fue buen religioso, y solía tener indios de encomienda y era hombre de negocios. Otro buen soldado que se decía Gaspar Díez, natural de Castilla la Vieja, y estaba rico, así de sus indios como de tratos, todo lo dio por Dios, y se fue a los pinares de Guaxalcingo [Huehxotzingo, en Puebla], en parte muy solitaria, e hizo una ermita y se puso en ella por ermitaño, y fue de tan buena vida, y se daba ayunos y disciplinas, que se puso muy flaco y debilitado, y decía que dormía en el suelo en unas pajas, y que de que lo supo el buen obispo don fray Juan de Zumárraga lo envió a llamar o le mandó que no se diese tan áspera vida, y tuvo tan buen fama de ermitaño Gaspar Díez, que se metieron en su compañía otros dos ermitaños y todos hicieron buena vida, y a cabo de cuatro años que allí estaban fue Dios servido llevarle a su santa gloria»...
Ya se ve que no había entonces mucha distancia entre los frailes apóstoles y aquellos soldados conquistadores, más tarde venteros, encomenderos o comerciantes. Es un falso planteamiento maniqueo, como ya he señalado, contraponer la bondad de los misioneros con la maldad de los soldados: los documentos de la época muestran en cientos de ocasiones que unos y otros eran miembros hermanos, más o menos virtuosos, de un mismo pueblo profundamente cristiano.
Francisco de Aguilar (1479-1571)
Entre los citados por Bernal Díaz, ése buen soldado que llama Alonso de Aguilar, es el que más tarde, tomando el nombre de Francisco, se hace dominico, y a los ochenta años, a ruegos de sus hermanos religiosos, escribe la Relación breve de la conquista de la Nueva España. En su crónica dice de sí mismo que fue «conquistador de los primeros que pasaron con Hernando Cortés a esta tierra». Llega por tanto a México en 1519, con 40 años de edad, y es testigo presencial de los sucesos que ya anciano narra en su crónica. Felizmente conocemos bien su vida por la Crónica de fray Agustín Dávila Padilla, dominico, en la que éste le dedica un capítulo (cp.38: +Aguilar, Apéndice III-A).
Francisco de Aguilar, escribe fray Agustín Dávila, era «hombre de altos pensamientos y generosa inclinación» y «tenía grandes fuerzas, con que acompañaba su ánimo». Ya de seglar se distinguió por la firmeza de su castidad, de modo que «cuando los soldados decían o hacían alguna cosa menos honesta, la reprendía el soldado como si fuera predicador, y se recelaban de él aun los más honrados capitanes». Fue uno de los hombres de confianza de Cortés, el cual le encomendaba «negocios importantes, como fue la guarda de la persona del emperador Moctezuma, cuando le retuvieron en México». Más tarde, «después que la tierra estuvo pacífica, como a soldado animoso le cupo un fuerte repartimiento de indios que le dieron en encomienda», y con eso y con la venta, pronto se hizo rico.
Pero él no estaba para gozar riquezas de este mundo. Él, más bien, «consideraba los peligros grandes de que Dios le había librado, y hallábase muy obligado a servirle», y junto a eso, «acordábasele también de algunos agravios que a los indios había hecho, y de otros pecados de su vida, y para hacer penitencia, tuvo resolución de ser fraile de nuestra Orden». Así las cosas, en 1529, teniendo 50 años, ingresó en los dominicos, que en número de doce, como los franciscanos, habían llegado a México poco después que éstos, en 1526.
El padre Aguilar «ejercitó sus buenas fuerzas en los ayunos y rigores de la Orden. En cuarenta años que vivió en ella, con haber cincuenta que estaba hecho al regalo, nunca comió carne, ni bebió vino, ni quebrantó ayuno de la Orden; que son cosas rigurosas para un mozo, y las hacía Dios suaves a un viejo». Con oración y penitencias lloraba «delante de Dios sus miserias, y quedaba medrado en la virtud, pidiendo a Dios que fuese piadoso. Éralo él con sus prójimos, particularmente con los indios, por descontar alguna crueldad si con ellos la hubiese usado. Los indios de su pueblo (de quienes él se despidió para ser fraile, dándoles cuenta de su motivo) le iban a ver al convento, y le regalaban, trayéndole muy delgadas mantas de algodón, que humildemente le ofrecían, por lo mucho que le amaban».
«Fue muchos años prelado en pueblos de indios con maravilloso ejemplo y prudencia», aunque «nunca predicó, por ser tanto el encogimiento y temor que había cobrado en la religión, que jamás pudo perder el miedo para hablar en público. Aprovechó mucho a los indios, confesándolos y doctrinándolos con amor de padre, reconociéndole ellos y estimándole como buenos hijos». A los noventa y dos años, después de haber sufrido con mucha paciencia una larga enfermedad de gota, que le dejó imposibilitado, «acabó dichosamente la vida corporal, donde había dejado encomienda de indios; y le llevó Dios a la eterna, donde le tenía guardado su premio entre los ángeles».
Elogios de Hernán Cortés
Pero volvamos a nuestro protagonista. A juicio de Salvador de Madariaga fue «Cortés el español más grande y más capaz de su siglo» (555), lo que es decir demasiado, si no se ignoran las flaquezas del Capitán y las maravillas humanas y divinas del siglo XVI español. También elogiosa es la obra Hernán Cortés, escrita en 1941 por Carlos Pereyra. Pero los elogios vienen de antiguo, pues ya en el XVII Don Carlos de Sigüenza y Góngora, escribe el libro Piedad heróica de Don Fernando Cortés, que es publicado mucho más tarde en México, en 1928.
En nuestro siglo, el mexicano Alfonso Trueba, publica en 1954 su Hernán Cortés, libertador del indio, que en 1983 iba por su cuarta edición. Y en 1956, el también mexicano José Vasconcelos afirma en su Breve historia de México que Hernán Cortés es «el más grande de los conquistadores de todos los tiempos» (18), «el más humano de los conquistadores, el más abnegado, [que] se liga espiritualmente a los conquistados al convertirlos a la fe, y su acción nos deja el legado de una patria. Sea cual fuere la raza a que pertenezca, todo el que se sienta mexicano, debe a Cortés el mapa de su patria y la primera idea de conjunto de nacionalidad» (19). Por otra parte, «quiso la Providencia que con el triunfo del Quetzalcoatl cristiano que fue Cortés, comenzase para México una era de prosperidad y poderío como nunca ha vuelto a tenerla en toda su historia» (167).
Otro autor mexicano, José Luis Martínez, en su gran obra Hernán Cortés, más bien hostil hacia su biografiado, ha de reconocer, aunque no de buena gana: «el hecho es que mantuvo siempre con los indios un ascendiente y acatamiento que no recibió ninguna otra autoridad española» (823). Y documenta su afirmación. Cuando en 1529 se le hizo a Cortés juicio de residencia, el doctor Cristóbal de Ojeda, con mala intención, para inculparlo, declaró: «que así mismo sabe e vido este testigo que dicho don Fernando Cortés confiaba mucho en los indios de esta tierra porque veía que los dichos indios querían bien al dicho don Fernando Cortés e facían lo que él les mandaba de muy buena voluntad» (823). Y años más tarde, en 1545, el escribano Gerónimo López le escribe al emperador que «a Cortés no solo obedecían en lo que mandaba, pero lo que pensaba, si lo alcanzaban a saber, con tanto calor, hervor, amor y diligencia que era cosa admirable de lo ver» (824).
Ciertamente, hay muchos signos de que Cortés tuvo gran afecto por los naturales de la Nueva España, y de que los indios correspondieron a este amor. Por ejemplo, a poco de la conquista de México, Cortés hizo una expedición a Honduras (1524-1526), y a su regreso, flaco y desecho, desde Veracruz hasta la ciudad de México, fue recibido por indios y españoles con fiestas, ramadas, obsequios y bailes, según lo cuenta al detalle Bernal Díaz (cp.110).
Por cierto que Cortés, al llegar a México, donde tantos daños se habían producido en su ausencia, no estaba para muchas fiestas; «e así -le escribe a Carlos I- me fui derecho al monasterio de sant Francisco, a dar gracias a Nuestro Señor por me haber sacado de tantos y tan grandes peligros y trabajos, y haberme traído a tanto sosiego y descanso, y por ver la tierra que tan en trabajo estaba, puesta en tanto sosiego y conformidad, y allí estuve seis días con los frailes, hasta dar cuenta a Dios de mis culpas» (V Carta).
Y poco después, cuando la primera y pésima Audiencia, estando recluído en Texcoco, también en carta a Carlos I, le cuenta: «me han dejado sin tener de donde haya una hanega de pan ni otra cosa que me mantenga; y demás desto porque los naturales de la tierra, con el amor que siempre me han tenido, vista mi necesidad e que yo y los que conmigo traía nos moríamos de hambre... me venían a ver y me proveían de algunas cosas de bastimento» (10-10-1530).
Amistad con los franciscanos
Desde el principio los escritores franciscanos ensalzaron la dimensión apostólica de la figura de Hernán Cortés, como en nuestros siglo lo hace el franciscano Fidel de Lejarza, en su estudio Franciscanismo de Cortés y Cortesianismo de los Franciscanos (MH 5,1948, 43-136). Igual pensamiento aparece en el artículo del jesuíta Constantino Bayle, Cortés y la evangelización de Nueva España (ib. 5-42). Pero quizá el elogio más importante de Cortés es el que hizo en 1555 el franciscano Motolinía en carta al emperador Carlos I:
«Algunos [Las Casas] que murmuraron del Marqués del Valle [de Oaxaca, muerto en 1547], y quieren ennegrecer sus obras, yo creo que delante de Dios no son sus obras tan aceptas como lo fueron las del Marqués. Aunque, como hombre, fuese pecador, tenía fe y obras de buen cristiano y muy gran deseo de emplear la vida y hacienda por ampliar y aumentar la fe de Jesucristo, y morir por la conversión de los gentiles. Y en esto hablaba con mucho espíritu, como aquel a quien Dios había dado este don y deseo y le había puesto por singular capitán de esta tierra de Occidente. Confesábase con muchas lágrimas y comulgaba devotamente, y ponía a su ánima y hacienda en manos del confesor para que mandase y dispusiese de ella todo lo que convenía a su conciencia. Y así, buscó en España muy grandes confesores y letrados con los cuales ordenó su ánima e hizo grandes restituciones y largas limosnas. Y Dios le visitó con grandes aflicciones, trabajos y enfermedades para purgar sus culpas y limpiar su ánima. Y creo que es hijo de salvación y que tiene mayor corona que otros que lo menosprecian.
«Desque que entró en esta Nueva España trabajó mucho de dar a entender a los indios el conocimiento de un Dios verdadero y de les hacer predicar el Santo Evangelio. Y mientras en esta tierra anduvo, cada día trabajaba de oír misa, ayunaba los ayunos de la Iglesia y otros días por devoción. Predicaba a los indios y les daba a entender quién era Dios y quién eran sus ídolos. Y así, destruía los ídolos y cuanta idolatría podía. Traía por bandera una cruz colorada en campo negro, en medio de unos fuegos azules y blancos, y la letra decía: «amigos, sigamos la cruz de Cristo, que si en nos hubiere fe, en esta señal venceremos». Doquiera que llegaba, luego levantaba la cruz. Cosa fue maravillosa, el esfuerzo y ánimo y prudencia que Dios le dio en todas las cosas que en esta tierra aprendió, y muy de notar es la osadía y fuerzas que Dios le dio para destruir y derribar los ídolos principales de México, que eran unas estatuas de quince pies de alto» (y aquí narra la escena descrita por Andrés Tapia).
«Siempre que el capitán tenía lugar, después de haber dado a los indios noticias de Dios, les decía que lo tuviesen por amigo, como a mensajero de un gran Rey en cuyo nombre venía; y que de su parte les prometía serían amados y bien tratados, porque era grande amigo del Dios que les predicaba. ¿Quién así amó y defendió los indios en este mundo nuevo como Cortés? Amonestaba y rogaba a sus compañeros que no tocasen a los indios ni a sus cosas, y estando toda la tierra llena de maizales, apenas había español que osase coger una mazorca. Y porque un español llamado Juan Polanco, cerca del puerto, entró en casa de un indio y tomó cierta ropa, le mandó dar cien azotes. Y a otro llamado Mora, porque tomó una gallina a indios de paz, le mandó ahorcar, y si Pedro de Alvarado no le cortase la soga, allí quedara y acabara su vida. Dos negros suyos, que no tenían cosa de más valor, porque tomaron a unos indios dos mantas y una gallina, los mandó ahorcar. Otro español, porque desgajó un árbol de fruta y los indios se le quejaron, le mandó afrentar.
«No quería que nadie tocase a los indios ni los cargase, so pena de cada [vez] cuarenta pesos. Y el día que yo desembarqué, viniendo del puerto para Medellín, cerca de donde agora está la Veracruz, como viniésemos por un arenal y en tierra caliente y el sol que ardía -había hasta el pueblo tres leguas-, rogué a un español que consigo llevaba dos indios, que el uno me llevase el manto, y no lo osó hacer afirmando que le llevarían cuarenta pesos de pena. Y así, me traje el manto a cuestas todo el camino.
«Donde no podía excusar guerra, rogaba Cortés a sus compañeros que se defendiesen cuanto buenamente pudiesen, sin ofender; y que cuando más no pudiesen, decía que era mejor herir que matar, y que más temor ponía ir un indio herido, que quedar dos muertos en el campo» (Xirau, Idea 79-81). Y termina diciendo: «Por este Capitán nos abrió Dios la puerta para predicar el santo Evangelio, y éste puso a los indios que tuvieran reverencia a los Santos Sacramentos, y a los ministros de la Iglesia en acatamiento; por esto me he alargado, ya que es difunto, para defender en algo de su vida» (Trueba, Doce 110; +Mendieta, Historia III,1).
Leonardo Tormos escribió hace años un interesante y breve artículo, Los pecadores en la evangelización de las Indias. Hernán Cortés fue sin duda el principal de este gremio misterioso...
Final
En 1528 visitó Cortés a Carlos I, y no consiguió el gobierno de la Nueva España, pues no se quería dar gobierno a los conquistadores, no creyeran éstos que les era debido. Pero el rey le hizo Marqués del Valle de Oaxaca, con muy amplias propiedades. Cortés tuvo años prósperos en Cuernavaca, y después de pasar sus últimos años más bien perdido en la Corte, después de disponer un Testamento admirable, murió en 1547. Tuvo este conquistador una gran esperanza, ya en 1526, sobre el cristianismo de México, y así le escribe al emperador que «en muy breve tiempo se puede tener en estas partes por muy cierto se levantará una nueva iglesia, donde más que en todas las del mundo Dios Nuestro Señor será servido y honrado» (V Carta).
Y tuvo también conciencia humilde de su propia grandeza, atribuyendo siempre sus victorias a la fuerza de Dios providente. Francisco Cervantes de Salazar refiere que oyó decir a Cortés que «cuando tuvo menos gente, porque solo confiaba en Dios, había alcanzado grandes victorias, y cuando se vio con tanta gente, confiado en ella, entonces perdió la más de ella y la honra y gloria ganada» (Crónica de la Nueva España IV, 100; +J.L. Martínez 743).
Esta misma humildad se refleja en una carta a Carlos I escrita al fin de su vida (3-2-1544): «De la parte que a Dios cupo en mis trabajos y vigilias asaz estoy pagado, porque siendo la obra suya, quiso tomarme por medio, y que las gentes me atribuyesen alguna parte, aunque quien conociere de mí lo que yo, verá claro que no sin causa la divina Providencia quiso que una obra tan grande se acabase por el más flaco e inútil medio que se pudo hallar, porque sólo a Dios fuese atributo» (Madariaga 560).
Tomado de Hechos de los Apóstoles de América, del padre José María Uraburu
http://www.mercaba.org/FICHAS/gratis...merica_200.htm
Última edición por Hyeronimus; 23/04/2007 a las 00:22
Yo humildemente creo, (hermanos que nos llamamos en Cristo) y lo creo sin menoscabo del valor, la audacia y el coraje de aquellos Conquistadores, pues al correr por mis venas pura sangre española,no puedo sustraerme a la fascinación que me producen sus hazañas, como tampoco mí moral de cristiano me permite echar un velo sobre lo que también tuvieron de negativo, que fue mucho.
La biografía de Cortés que nos presenta Ordóñez, aunque mucho más extensa, es un calco de la que a mí un día me enseñaron en la escuela,
(aquella escuela del brazo en alto, ya saben) Pero luego, tuve y tengo acceso a otras biografías que circulan por ahí (y no precisamente hablo de la leyenda negra) ¡no, no! Sino biografías escritas por autores objetivos, que dan a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar.
Y, en muy cierto que al César de aquellos tiempos Cortés le dio lo que era suyo, (no todo) pero le dio.
Sin embargo, (y al decirlo lo siento) No creo que a Dios pudieran satisfacerle mucho sus dádivas; ya que Cortes, como todos los conquistadores de la historia y, no solo de la española, tenía las manos manchadas de sangre inocente.
¡Y no me vengan ahora diciendo que tal empresa mereció la pena en aras de la evangelización!
Porque ¿En qué parte del los evangelios ha leído ustedes que Cristo enviase a sus discípulos a evangelizar con la espada en la mano...?
¡Con la espada en la mano se va a nuevas tierras a buscar otra cosa, señores!
Pues a ver cómo me explicas que el Rey concediera, a pedido del propio Cortés, títulos nobiliarios a los caciques indios a los que había librado de los sanguinarios aztecas. Que esos sí que eran sanguinarios y hacían sacrificios humanos y esclavizaban a otros indios y se los comían. Todo documentado. ¿Y qué chorrada es esa de que Cristo no envió a los apóstoles a evangelizar espada en mano? ¿Qué tendrá que ver? Los "doce apóstoles" (los otros, los primeros franciscanos que llegaron a México), así como todos los otros misioneros que llegaron detrás eran frailes, no soldados. Evangelizaban con la cruz, no con la espada (aunque hubiera sido necesario primero abrir camino a los misioneros con la espada). (Si no fuera por Cortés, los aztecas también se habrían merendado a los misioneos.) Cortés no fue un santo, pero si no vas a saber distinguir lo que es leyenda negra, infórmate mejor. Por cierto, no sé a qué colegio fuiste pero yo también estudié en aquella época y en aquellos a los que yo fui al menos no había nada de brazo en alto. Es más, mi queja es que no se nos dio suficiente formación patriótica. La denostada Formación del Espíritu Nacional que yo conocí en el bachillerato no consistía más que en una serie de perogrulladas sobre la vida en sociedad y una fría exposición de la democracia orgánica. Ojalá nos hubieran dado una verdadera formación del espíritu nacional, verdadera formación patriótica, verdaderos argumentos contra la insostenible leyenda negra, motivos para enorgullecernos de ser españoles, contribuciones de España a la historia y la humanidad. Un verdadero curso de hispanidad que hubiera vacunado a la gente contra tantas tonterías como se escriben.
Citas:
1.- “Muy bueno el verso, pero es para manual. Cortés se lavaba las manos con sangre, y no la de el. Seguramente sirvió a los intereses hispanos, pero a Dios ni por un minuto (perspectiva de un católico, el que soy y a mucha honra). Lo mejor: el silencio.
Un saludo argentino y americano. Fabio Regio”
Ser católico y pro leyenda Negra (una mentira largo tiempo ha desembozada) no junta ni pega.
Desembarazarse del legado español es un suicidio espiritual (que indefectiblemente desemboca en material), es renegar de la Fe y de toda la tradición cristiana occidental que no nos vino sino por España. O sea, el Catolicismo en su más perfecta expresión.
Alguien nada sospechoso de ortodoxia lo decía, todo santo tiene algo de español.
2.- “¡Y no me vengan ahora diciendo que tal empresa mereció la pena en aras de la evangelización!
Porque ¿En qué parte del los evangelios ha leído ustedes que Cristo enviase a sus discípulos a evangelizar con la espada en la mano...?
¡Con la espada en la mano se va a nuevas tierras a buscar otra cosa, señores!”
Si mal no entiendo quieres decir que la Conquista es injustificable. Una obra de misericordia heroica de tamaña envergadura ha merecido no sólo el elogio unánime de los Pontífices sino que ha sido objeto de admiración de todo hombre intelectualmente honesto.
La peor de las fechorías que pudiese haber cometido alguno de los conquistadores resulta insignificante ante la grandeza de la obra realizada por España, formal y materialmente, porque el propósito de Evangelizar estas tierras no fue otro más destinado a ornamentar la galería universal de las buenas intenciones; se tradujo en una operación sin parangón en la Historia. Un puñado de hombres a miles de kilómetros de su Señor, sin otro testigo que su conciencia y a costa de sacrificios indecibles, cumplieron la palabra empeñada e hicieron de una tierra cruel y salvaje digno tierra cristiana, una ciudad con Dios y Ley, transformaron a millones de salvajes en personas.
Si aquello no mereció la pena no sé que cosa lo merezca.
EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM
Última edición por CRISTIÁN YÁÑEZ DURÁN; 07/04/2009 a las 03:52 Razón: corrección ortográfica
Muy buena puntualización hermano Cristián, yo por mi parte seré más elemental y escueto en mi intervención y por supuesto muchísimo menos brillante.
Cortés fue un genio militar comparable a Alejandro o César, si en vez de ser español hubiera sido inglés o francés todo el mundo le tendría por un portento, uno de esos personajes singulares que de vez en cuando aparecen en el devenir histórico, seguramente su tratamiento por la “historia oficial” (hecha sobre todo por anglosajones) hubiera resultado más positiva, vamos, me apuesto un céntimo de euro en ello ¡¡Pero amigo!! Nació español, se jorobo el invento, para que queremos más, "la fregamos", que dicen los venezolanos. Pues nada, el extremeño ilustre no pasa de ser un tipo sanguinario que sólo le interesaba el oro, “genocida” y demás mandangas “leyendanegristas” manidas anti españolas. En definitiva, nada nuevo bajo el Sol.![]()
Última edición por Val; 07/04/2009 a las 10:30
Caro Sisebuto:
Ya sé por dónde vas. Y la verdad, es que cansa.
" No me digan que..."; hombre, quién eres tú para decirnos a nosotros que no defendamos el propósito evangelizador que alumbró a la Conquista. ¿ Que ésta tuvo defectos ? Claro, iban seres humanos, no ángeles. Seres humanos con los cojones muy bien puestos. Personas como Alonso de Ojeda que se arriesgaron y hasta se llegaron a arruinar, esta es otra de la sed de oro, cuando muchos con sus propias expediciones se quedaban con lo puesto y ni eso. Lógicamente, no tenían esa mentalidad comodona y burguesa que caracteriza a nuestros días, aunque nosotros no podamos entender que no tenemos la razón y que en otro tiempo hubo quien tenía otra mentalidad, y que esa mentalidad es la natural y no la del materialismo histórico/dialéctico.
Dices no sé qué del brazo en alto....Pues verás, yo soy carlista, no alzo el brazo, pero a priori, ¿ no puede ser un historiador bueno si alza el brazo, quiere decirse, si tiene tendencias falangistas o lo que sea ? ¿ Eso ya automáticamente lo descalifica como un perverso dogmático ? Yo he visto los manuales de Historia de mis padres, son de la época del franquismo, y con todos sus defectos, ya quisieran muchos haber tenido una formación historiográfica así en comparación con la porquería de sistemas antieducativos que se han ido propagando con la ¿ democracia ?, en nombre de la igualdad y el progreso. Los falsos dogmas....
Esta biografía está muy mal escrita. Mezcla de mis apuntes y copias de otras biografías. No tiene nada de valor más que el de la vergüenza ajena en verdad.
Pero vuelves a lo mismo: " Es que yo leo libros...."; claro, los demás, aparte de alzar el brazo y caer en dogmas que dañan a España, no hacemos nada. Ni conocemos otras versiones. A mí el titulillo de Historia me lo dieron en una tómbola, también. Y ni conozco otras versiones más que las que me interesan.
Sobre muchos quids de la cuestión conquistadora, yo te recomendaría Las Casas, visto de costado, de Enrique Díaz-Araujo. También te recomendaría Hispanidad y Leyendas Negras de Antonio Caponnetto o Historia de la Leyenda Negra Hispanoamericana de Rómulo Carbia. Y tantos otros....
Pero es curioso que los que cargáis contra prohombres como Cortés nunca os planteéis el imperialismo sanguinario de Moctezuma. Nunca os plantéeis que Cortés entre aliado con tlaxcaltecas, que fuera bien recibido por los mayas del Yucatán ( Acosados por los itzaes ), o que tarascos, otomíes o zapotecas también lo apoyaran, como apoyaron chancas, mochicas o cañaris a Pizarro. Aquí el imperialista sanguinario sólo resulta ser el blanquito de turno, y más, si es un católico español, que encima, es un hipócrita asesino que no quiere de veras el Evangelio, que en su autenticidad sólo compartes tú y muy pocos más. O que la esclavitud, desde luego muy criticable y condenada por la Iglesia en dos bulas ( Una en el XVII y otra en el XVIII, recogidas por el historiador colombiano Luis Corsi Otálora, otro gran defensor del legado hispano-católico, y de cómo indios y negros lucharon con los realistas frente a Bolívar ), fue desarrollada por los propios jefes negros y hasta hoy. La feria no hay que contarla según le va a uno, cómo tú pareces querer achacarnos. Y tú, que tanto criticas los ¿ dogmatismos ?, al final te fabricas el tuyo propio, con un criterio partidista que yo veo relamido. Y con esto, no te digo que yo sea la pera limonera tampoco. Pero es que ya cansa.
Mis más sinceras disculpas si he molestado a alguien.
Jamás lo pretendí, como tampoco quisiera ser un incordio entre ustedes.
Yo vine a estos foros buscando a los españoles auténticos, esos españoles de los que hoy está tan necesitada nuestra Patria, y que no sé donde se habrán metido.
Al principio creí que podrían ser ustedes, pues a pesar de nuestras diferencias, reconozco que muchas cosas tenemos en común.
Sepan que yo no desdeño nuestra Historia. Leyendo las cartas de Cortés al Emperador Carlos a veces se me saltan las lágrimas.
¿Cómo negar la valentía de estos hombres conquistadores?
Pero ¿Cómo no reconocer también sus ambiciones desmedidas y sus hechos; no siempre acordes con el espíritu cristiano?
Sí, yo he leído la historia ¡la negra y la blanca! La que unos usan miserablemente, es cierto, para denigrar y ensombrecer las gestas de España. Y la que los otros para subliminarlas en demasía.
Por eso, apelo a mi sentido común para intentar comprenderla y dejarla en su justa medida. ¿que puedo estar equivocado? ¡Pues claro! Pero, al menos, me equivoco yo, sin comulgar con ruedas de molino que me alargen otras manos, quizá parciales.
¡Ay! Si todos hiciéramos lo mismo...
A mi me costaría muy poco convertirme en un forero modosito, nada polémico que encajara muy bien en este grupo que forman ustedes;
pero eso no sería honrado por mi parte.
¿Qué opinas tú, Ordóñez?
Nos dedicamos a tirarnos florecitas los unos a los otros, alabándonos mutuamente nuestro escritos (a veces superfluos) sin discutir en nada
y aceptando como inmutables las numerosas teorías, citas y alegatos de otros autores extraños al foro, a los que solemos recurrir cuando tenemos alguna duda y que muchos de los cuales pertenecen a intelectuales mediocres, cuando no parciales, que suelen ser más tontos que capirote.
Desde luego que, si es ésto lo que se pretende en este foro, debo admitir que me equivoque al entrar.
P.D. Ordóñez, ¡Nunca fui falangista! El brazo lo alzaba en la escuela, siendo un niño, porque me obligaban. Pero, concuerdo contigo en que, en aquella escuela, aunque con la historia amañada (igual que hoy) la moral cristiana y la educación que nos enseñaban era ¡Pero que muy superior a la que enseñan hoy a los niños españoles!
Un saludo
En absoluto, esto no es un grupo de autoapoyo, es un foro de debate. Mientras éste sea bien fundado, argumentado y con estilo (es decir, ni insultos ni desprecios por parte de nadie) puede ocurrir. Si alguien falta a esto (calidad o estilo) será borrado y/o amonestado, sea del "bando" que sea.
Aquí corresponde hablar de aquella horrible y nunca bastante execrada y detestable libertad de la prensa, [...] la cual tienen algunos el atrevimiento de pedir y promover con gran clamoreo. Nos horrorizamos, Venerables Hermanos, al considerar cuánta extravagancia de doctrinas, o mejor, cuán estupenda monstruosidad de errores se difunden y siembran en todas partes por medio de innumerable muchedumbre de libros, opúsculos y escritos pequeños en verdad por razón del tamaño, pero grandes por su enormísima maldad, de los cuales vemos no sin muchas lágrimas que sale la maldición y que inunda toda la faz de la tierra.
Encíclica Mirari Vos, Gregorio XVI
Perdona, pero este foro es todo lo contrario: Es un continuo debate y halagos hay muy pocos.
sin discutir en nada
y aceptando como inmutables las numerosas teorías, citas y alegatos de otros autores extraños al foro, a los que solemos recurrir cuando tenemos alguna duda y que muchos de los cuales pertenecen a intelectuales mediocres, cuando no parciales, que suelen ser más tontos que capirote.
No sé a quiénes te refieres con esto. Yo te he dado ejemplos de muy buenos intelectuales hispanoamericanos, el que tú los desconozcas ya es otra cosa; y, espero equivocarme ( Como siempre ), pero espero que ese comentario no vaya por esos autores a los que hago referencias, porque ya quisieras tú ( Como yo ) llegarle a la suela de los zapatos. La misma lectura de Díaz Araujo ( Con un sinfín de textos recopilados por su parte ) te puede hacer llegar una idea de lo importante que fueron las espadas de la Conquista para la Misión. ¿ Qué cometieron excesos ? Es que no fueron ángeles, fueron hombres, que muchas veces hasta arriesgaron vidas y haciendas por Dios, la Patria y el Rey.
No he dicho que hayas sido falangista. Ni que eso tampoco fuera una desgracia. No te entiendo muy bien, la verdad.
exacto!! Solo un error, no hubo unos sacrificio como tales por sed de sangre demoníaca, soy mexicano, estudioso de la América pre-hispana, y te diré que la idea de la sangre parte de que el corazón es la flor mas hermosa de todas, y según sus mitos y tradiciones orales casi todas, los dioses le dieron la vida al hombre con su sangre, lo mínimo que podían hacer ellos era derramar la suya en agradecimiento.De hecho, los encomenderos españoles cuando notaban una insurrección o descontento que los pusiera en peligro, los amenazaban con ponerlos en manos de caciques indígenas, los cuales vaya que eran un tanto mas crueles, pero ya no los sacrificaban, ya eran cristianos... de nombre al menos,la practica era muy propia de los mexicas, aunque recientemente puede notarse que en ningún escrito nativo se habla de el sacrificio ritual, solo en codices o libros hispanos y mexicanos actuales Como ves no eran salvajes que corrían desnudos decapitando a placer, se olvida que la nobleza quedo en su lugar aristócrata, y que en efecto, se les dio el titulo occidental de nobles, la prueba es que a la fecha los herederos de Motecuzoma, o Moctezuma II como seguramente lo conoces mejor, tienen aun el titulo de condes si no me equivoco.
El gobierno de México, les retiro una pensión y ahora esperan se les devuelva. Saludos desde México. Y no, no apoyo la leyenda negra contra Hispania, como tampoco contra el Anáhuac, asi se le llamaba a la parte media del actual México y significa el único mundo. Esa era su concepción.
RAÍCES: Hernán Cortés, el fundador de México
El conquistador español es un personaje admirable y figura fundamental en la historia del país, con un legado que perdura en el tiempo.
domingo, 07 de diciembre de 2014
Hernan Cortes.bmp
Hernán Cortés, fundador de México y descubridor de Baja California.
El 2 de diciembre de 1547, a la edad de 62 años, moría Hernán Cortés, el fundador de México y conquistador de los aztecas.
Se acaban de cumplir 467 años de este hecho. Desde luego, al ser Cortés una figura fundamental en nuestra historia- sin él no se podría explicar nuestro país- bien vale una reflexión, sobre todo considerando que su figura siempre ha sido polémica; pero no ha sido una polémica natural, sino inducida por cuestiones ideológicas.
Comento esto porque hace unos días se inauguró en Madrid una importante exposición sobre la figura de Cortés, organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Real Academia de la Historia de España.
Se trata de la primera muestra dedicada a Cortés, al menos en España, ya que los mismos españoles no habían querido hacer una exposición sobre nuestro personaje debido a la polémica que lo envuelve, lo cual podría significar problemas.
Sin embargo cada vez más hay académicos que se han alejado de dichas controversias, intentando ver la figura de Cortés en su verdadera dimensión, tratando de analizarla y comprenderla desde el punto de vista del siglo XVI, no del XXI como muchos pretenden juzgarla.
UNA HISTORIA DE CONQUISTAS
Martín Almagro, historiador de la Universidad Complutense, arqueólogo, miembro de la Real Academia de Historia y uno de los organizadores de esta muestra, comenta que "el hombre es un ser colonizador, la historia humana es la historia de las colonizaciones”, y a esto hay que agregar que casi siempre, la historia de las colonizaciones tiene que ver con la historia de las conquistas.
Casi toda la historia de la humanidad es la historia de conquistas, incluso hasta nuestros días. A esto hay que agregar que en el siglo XVI, cuando Cortés conquistó a los aztecas y dio principio a México, los derechos humanos no existían, tampoco el derecho internacional, las naciones se regían bajo la ley de la conquista, es decir, la ley del más fuerte. Esto incluso entre los indios de América.
Los aztecas fueron uno de los mejores ejemplos de nación conquistadora, sólo que se toparon con los españoles, quienes tuvieron la fuerza y la inteligencia suficiente para vencerlos.
Al conquistar a los aztecas, los españoles no conquistaron México; lo que si hicieron fue formar México, fundarlo, y darle una serie de tradiciones, valores y principios que aún siguen rigiendo en la actualidad, como las instituciones, la lengua, la religión, entre muchas otras.
Además de esto, los españoles promovieron el mestizaje, tanto racial como cultural, por lo que nuestro país empezó a crecer con sus propias características, surgidas de este mestizaje.
PROPAGANDA ANTIESPAÑOLA
La polémica en torno a Cortés tiene al menos dos orígenes o vertientes. Uno de ellos surge de la famosa "Leyenda Negra”, esto es, a raíz de los grandes logros que la corona española logró desde fines del siglo XV y a lo largo de todo el siglo XVI. Italia, Francia, Holanda, Alemania e Inglaterra fomentaron una campaña en contra de ella, en la que se incluyó la conquista de América. El éxito de dicha campaña fue muy significativo; ha tenido y aún tiene repercusiones en ambos lados del Atlántico.
Esta campaña inició con las críticas exageradas de fray Bartolomé de las Casas, las que fueron y han sido deformadas precisamente como elemento clave de la Leyenda Negra.
La otra vertiente de la polémica sobre Cortés, la que se da en nuestro país, tiene su origen en ideologías políticas. Han sido varios los gobernantes mexicanos que intentaron denostar la figura de Cortés con fines de exaltar el nacionalismo y de justificarse ellos mismos en el poder. Esto surgió desde los inicios mismos de las luchas de independencia, con Hidalgo. Después fue un argumento utilizado por los liberales durante el porfirismo y más adelante también lo utilizaron los revolucionarios triunfantes, sobre todo a partir de Álvaro Obregón.
VISIONES CAMBIANTES
La historia oficial, a partir de Obregón, es la que sigue rigiendo, y uno de sus postulados ha sido siempre la de denostar la figura de Cortés, deformando totalmente su actuación.
Actualmente ya existe una importante corriente de historiadores, tanto en México como España y otros países, que ha dado a la figura de Cortés una visión más objetiva y real, alejada de ideologías o posiciones políticas.
En el año 2019 se cumplirán 500 años del nacimiento de México. La fundación de nuestro país se da en el momento en que Hernán Cortés y sus hombres fundan la Villa Rica de la Veracruz, es decir, el 10 de julio de 1519, fecha en que Cortés y sus hombres deciden quitarse de la autoridad del gobernador de Cuba Diego Velázquez, y establecer el primer ayuntamiento en territorio continental de América.
Nace así la hoy ciudad de Veracruz y junto con ella lo que al año siguiente se nombrará como la Nueva España, es decir, México. Veracruz fue la primer ciudad de lo que hoy es nuestro país.
A partir de ahí Cortés fue expandiendo la Nueva España, hasta hacerla una gran región. Entre otras regiones que fue incorporando a nuestro territorio se encuentra la península de Baja California, que descubrió desde fines de 1533 y que intentara, sin éxito, colonizar entre 1535 y 1536.
¿Y EL NACIONALISMO?
Cortés es uno de los grandes personajes de la humanidad, fue un conquistador, pero también un fundador, un creador, y lo que formó ha perdurado en el tiempo, como es nuestro gran país. Sin lugar a dudas es un personaje admirable, al cual México debería tenerlo en mejor lugar.
De hecho, lo iniciado por Cortés llegó a ser tan grande como más del doble de lo que actualmente tiene nuestro país, pero los mexicanos, sobre todo los del siglo XIX no supieron honrar esa herencia que fueron dilapidando hasta que perdimos gran parte de lo que éramos.
Actualmente, seguimos despilfarrando de manera irresponsable nuestras herencias, tanto naturales como culturales y permitimos que nuestro país sea objeto de todo tipo de saqueos. Al propiciar ese desprecio por nuestros orígenes, al seguir negándonos a cerrar esa herida de la conquista y seguir denostando a quienes nos formaron, empezando por Hernán Cortés, al seguir negándonos a reconciliarnos con nosotros mismos, estamos destruyendo nuestra herencia desde sus mismas raíces.
No por nada la inundación de Walmarts, Costcos, McDonald's, carreras Baja’s, y muchísimas otras aberraciones que nos han ido desdibujando como mexicanos y que se han incrementado a partir de las políticas neoliberales.
Deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro pasado hispano, de como este país nació, como fue creciendo y se formó a lo largo de la colonia.
Cortés fue un gran personaje, y quien marcó un nuevo rumbo entre el Nuevo y el Viejo Mundo. En estos tiempos ya resultan totalmente anacrónicas la forma en que aún se toma en México la figura de Cortés.
Escrito por Carlos Lazcano en Google+
Fuente:
RAÍCES: Hernán Cortés, el fundador de México - El Vigia
Gran aporte de los compañeros de Mitófago.
Y no solo fundó el Hospital de Jesús de Nazareno (que aún subsiste y donde aún yacen sus restos), sino también donó fondos para la escuela de idiomas de Oaxaca, donde los misioneros se dedicaron a estudiar las lenguas indígenas para facilitar la evangelización. También contribuyó a la fundación de un convento de franciscanos, pues su celo misionero y cristiano era ferviente y sincero. Honor a él.
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HERNÁN CORTÉS
POR SERAFÍN FANJUL
En el restaurante de carretera prestas atención a tu oído e identificas la voz de Rocío Dúrcal cantando una ranchera. Recuerdas que, hasta hace pocos años, la música más vendida en gasolineras y similares era la popular mexicana, dato bien escondido por las casas discográficas, aunque en la actualidad sabe Dios cómo andarán los gustos de los españoles, abducidos y ausentes entre móviles, tabletas y otras maquinillas matamarcianos, sin espacio para identidades sentimentales y subterráneas. Retrocedes en el tiempo --no demasiado-- y rememoras lugares de Michoacán irrenunciables en tu vida: Pátzcuaro, Tzintzunzan, Quiroga, Santa Clara... Fuera de la postal turística, cobres, carnitas, ebanistería, instrumentos musicales, olivos mucho más que centenarios plantados dizque por el mismísimo Tata Vasco [de Quiroga], cuando quiso aplicar entre los indígenas la Utopía terrena, con eficacia y sin estridencias, al contrario que Las Casas, obra liquidada definitivamente en 1856 y 1859 con las leyes de Desamortización y Reforma. Y sin olvidar, entre los mismos olivos, el cartel --tan hispano-- que advierte contra prácticas fisiológicas indeseables en el entorno.
Es difícil insistir en argumentos que, de puro conocidos, se han convertido en tópicos fuera de las imágenes y usos de consumo de masas de nuestra época, ni fabricados ni difundidos desde España. Tópicos gastados que dejan de serlo y resurgen vivos y fuertes en cuanto salimos del rebaño y observamos los hechos. Y los disfrutamos. En nuestro auxilio acude la exposición «Itinerario de Hernán Cortés» en la Fundación Canal de Madrid, cuyo comisario, el académico Martín Almagro Gorbea, ha conseguido transmutar ante nuestros ojos el Viejo Mundo en el Nuevo, tomando como hilo conductor la vida y peripecia histórica de Hernán Cortés. Desde los grandes conquistadores de la Antigüedad (Alejandro, César), con mejor suerte que el de Medellín (esta es la primera exposición a él dedicada en el mundo), hasta la sociedad del México virreinal y en los albores de la independencia. Organizada bajo los auspicios de la Real Academia de la Historia de Madrid, la muestra ha conseguido la colaboración generosa y desinteresada («pa´ conquistar corazones no hay mejor que un mexicano», proclamaba orgullosa Lola Beltrán) de diversas instituciones culturales de México, y no se me enojen si olvido alguna: Museo Nacional de Antropología, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Museo Soumaya, Museo de Historia de Chapultepec, Sitio Arqueológico de Tecoaque... Piezas prehispánicas valiosísimas, documentos del mismo Cortés, armamento de la época, mobiliario, vestidos, croquis, audiovisuales, acercamiento del visitante a las terribles penalidades que se padecían en los viajes transoceánicos del tiempo y que tan magistralmente describió el gran historiador mexicano José Luis Martínez, narración objetiva --y nada complaciente con Cortés-- de las vicisitudes de la conquista. La exposición, en suma, intenta contestar a la pregunta «¿qué tenemos que ver con México?» Y viceversa. Pregunta cada vez más acuciante, tanto por ser parte de nuestra cultura y nuestra historia (y nosotros de la de ellos) como por la actual deriva hacia la nada que lleva España. Y no me digan que incurro en catastrofismo o hablo mal de nuestro país: tan sólo es insoportable que nos larguen semejantes regañinas quienes están propiciando nuestra irrelevancia y desaparición como sujeto histórico.
Y Tecoaque, la soberbia y efectista presentación de los vestigios aztecas encontrados en esa población, donde los hallazgos arqueológicos vienen a corroborar los luctuosos acontecimientos narrados por Cortés en su Tercera Carta-relación --perennemente negados por indigenistas e historiadores de la misma línea--, incluido el dramático grafito de Juan Yuste («Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste») mientras esperaba para ser sacrificado y devorado por los Caballeros Águila y Jaguar. Dice Cortés: «Mandé [a Gonzalo de Sandoval] que destruyese y asolase un pueblo grande, sujeto a esta ciudad de Tesuico (...) porque los naturales me habían matado cinco de caballo y cuarenta cinco peones que venían de la Villa de la Vera Cruz a la ciudad de Temixtitlán [Tenochtitlán], (...) al tiempo que esta vez entramos en Tesuico hallamos en los adoratorios o mezquitas de la ciudad los cueros de los cinco caballos con sus pies y manos y herraduras cosidos y en señal de victoria, y ellos y cosas de los españoles ofrecidos a sus ídolos, y hallamos la sangre de nuestros compañeros y hermanos derramada y sacrificada por todas aquellas torres y mezquitas, fue cosa de tanta lástima...» La ferocidad de los aztecas contestada con los implacables escarmientos de los hispanos y sus aliados tlaxcaltecas, la parte cruda de toda conquista y objeto único de atención (junto con la codicia) de los mexicanos ya independientes al recordar a Cortés durante casi dos siglos y que indujo a proscribir su memoria como parte integrante de la personalidad mexicana, hsta el extremo de que el historiador norteamericano del siglo XIX William Prescott no pudo incluir en su obra (The History of the Conquest of Mexico) la ubicación de los restos de Cortés porque Lucas Alamán, su depositario, temeroso de actos de vandalismo, no quería indicarla y aun hoy en día se hallan de tapadillo en la capilla del Hospital de Jesús, primero de América y fundado por el mismo Cortés en las inmediaciones del Zócalo. Y lo que más asombraba a Prescott --que no era precisamente un hispanófilo-- era el rencor hacia los españoles entre su misma progenie: «Uno pensaría que los mexicanos [criollos] se consideran descendientes de los indios y no de los españoles». Como se ve, nuestros tiernos charnegos separatistas no están descubriendo nada nuevo aunque crean lo contrario.
Dentro de seis años se celebrarán los dos siglos de la independencia de México; en ellos mucho cambió el paísy mucho guarda del pasado: expolio de la mitad de su territorio por Estados Unidos («No se pueden modificar fronteras a punta de pistola», nos alecciona Barack Obama, al parecer mal conocedor de la historia de su país), imperios, revoluciones, guerras civiles, reorientación laica, desarrollismo económico, reemplazo del paternalismo virreinal y eclesiástico por el capitalismo más descarnado y aceptación normal y amistosa de los españoles aunque persistan las reticencias en la vida oficial o algunos prejuicios más por causas sociales de origen nacional (los famosos venancios, los abarroteros hispanos). Y entre los más notables desencuentros, sorprende que en un gran país como es México no se haya superado la persecución del recuerdo de Cortés: dedicarle una simple estatua se conviete en conflicto nacional, de suerte que el Monumento al Mestizaje (Zócalo de Coyoacán, en 1982) terminó escondido en el Jardín Xicoténcatl por las protestas ciudadanas y --que sepamos-- sólo existen dos bustos del conquistador: uno en su casa de Cuernavaca, donde Diego Rivera se explayó a gusto y de forma feroz en el mural de la veranda trasera, y otro en el ya citado Hospital de Jesús. Poca cosa para la trascendencia del extremeño, al que ha tocado el papel de chivo expiatorio de cuantos abusos cometieron --o se dice que cometieron-- los pinches gachupines en su tierra. Ojalá que actos culturales como el que reseñamos contribuyan a cicatrizar heridas para las cuales el tiempo no bastó. ¡Y que viva México!
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"Cuando considero, amigos y compañeros míos, cómo nos ha juntado en esta isla nuestra felicidad, cuántos estorbos y persecuciones dejamos atrás y cómo se nos han desecho las dificultades, conozco la mano de Dios en esta obra que emprendemos, y entiendo que en su altísima providencia es lo mismo favorecer que prometer los sucesos. Su causa nos lleva y la de nuestro rey, que también es suya, a conquistar regiones no conocidas, y ella misma volverá por sí, mirando por nosotros. No es mi ánimo facilitaros la empresa que acometemos; combates nos esperan sangrientos, facciones increíbles, batallas desiguales en que haréis menester socorreros de vuestro valor, miserias de la necesidad, inclemencias del tiempo y asperezas de la tierra, en que os será necesario el sufrimiento, que es el segundo valor de los hombres y tan hijo del corazón como el primero, que en las guerras más sirve la paciencia que las manos y quizá por esa razón tuvo Hércules el nombre de invencible, y se llamaron trabajos sus hazañas.
Hechos estáis a padecer y hechos a pelear en estas islas que dejáis conquistadas; mayor es vuestra empresa, y debemos ir prevenidos de mayor osadía; que siempre son las dificultades del tamaño de los intentos. La Antigüedad pintó en lo más alto de los montes el templo de la fama, y su simulacro, en lo más alto del templo, dando a entender, que para hallarla, aún después de vencida la cumbre, era menester el trabajo de los ojos. Pocos somos, pero la unión multiplica los ejércitos, y en nuestra conformidad está nuestra mayor fortaleza; uno, amigos míos, ha de ser el consejo en cuanto se resolviere; una, la mano de la ejecución; común la utilidad y común la gloria en lo que conquistare. Del valor de cualquiera de nosotros se ha de fabricar y componer la felicidad de todos. Vuestro caudillo soy, y seré el primero en aventurar la vida por el menor de los soldados. Más tendréis que obedecer en mi ejemplo que en mis órdenes; y puedo aseguraros de mí que me basta el ánimo para conquistar el mundo entero, y aún me lo promete el corazón con no sé qué movimiento extraordinario, que suele ser el mejor de los presagios. Así, pues, a convertir en obras las palabras; y no os parezca temeridad esta confianza mía, pues se funda en que os tengo a mi lado, y dejo de fiar de mí lo que espero de vosotros".
Hernán Cortés
ANTONIO MORENO RUIZ
ORACIÓN DE HERNÁN CORTES A LOS SOLDADOS
El religioso e historiador Francisco López de Gómara (1511-1566) en su obra “Historia General de las Indias y Vida de Hernán Cortes” nos muestre el discurso que Hernán Cortes dirigió a sus hombres antes de partir hacia la inmortalidad. Unos pocos españoles, pobres y arruinados en busca de una nueva vida y de la honra escucharon al extremeño antes de embarcarse el 10 de febrero de 1519 (18 según Gómara) desde Cuba hacia el Yucatán.
"Es cierto, amigos y compañeros míos, que todo hombre de bien y animoso quiere y procura igualarse por propias obras con los excelentes varones de su tiempo y hasta de los pasados. Así es que yo acometo una grande y hermosa hazaña, que será después muy famosa; pues me da el corazón que tenemos que ganar grandes y ricas tierras, muchas gentes nunca vistas, y mayores reinos que los de nuestros reyes. Y cierto, más se extiende el deseo de gloria, que alcanza la vida mortal; al cual apenas basta el mundo todo, cuanto menos uno ni pocos reinos. He aparejado naves, armas, caballos y demás pertrechos de guerra; y además de esto, muchas vituallas y todo lo que suele ser necesario y provechoso en las conquistas. Grandes gastos he hecho yo, en los que tengo puesta mi hacienda y la de mis amigos. Pero me parece que cuanto menos tengo de ella, lo he acrecentado en honra. Se han de dejar las cosas pequeñas cuando se ofrecen las grandes. Mucho mayor provecho, según en Dios espero, vendrá a nuestro Rey y nación de esta nuestra armada que de todas las de los otros. Callo cuán agradable será a Dios nuestro Señor, por cuyo amor he puesto de muy buena gana el trabajo y el dinero. Dejaré aparte el peligro de vida y honra que he pasado haciendo esta flota, para que no creáis que pretendo de ella tanto la ganancia cuanto el honor; que los buenos quieren mejor honra que riqueza. Comenzamos guerra justa y buena y de gran fama. Dios poderoso, en cuyo nombre y fe se hace, nos dará victoria; y el tiempo traerá el fin que de continuo sigue a todo lo que se hace y guía con razón y consejo. Por tanto, otra forma, otro discurso, otra maña hemos de tener que Córdoba y Grijalva; de la cual no quiero discutir por la estrechez del tiempo, que nos hace apresurar. Empero, allí haremos así como viéremos; y aquí yo os propongo grandes premios, mas envueltos en grandes trabajos. Pero la virtud no quiere ociosidad; por tanto, si quisiereis llevar la esperanza por virtud o la virtud por esperanza, y si no me dejáis, como no dejaré yo a vosotros ni a la ocasión, yo os haré en muy breve espacio de tiempo los más ricos hombres de cuantos jamás acá pasaron, ni cuantos en estas partidas siguieron la guerra. Pocos sois, ya lo veo; mas tales de ánimo, que ningún esfuerzo ni fuerza de indios podrá ofenderos; que experiencia tenemos de cómo siempre Dios ha favorecido en estas tierras a la nación española; y nunca le faltó ni faltará virtud y esfuerzo. Así que id contentos y alegres, y haced igual el suceso que el comienzo.”
BELLUMARTIS HISTORIA MILITAR
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