El papa Siricio, que reinó entre 384 y 399, decretó el celibato para los clérigos. De todos modos, ya sabemos por su propios escritos (capítulo 7 de la 1ª espístola a los Corintios) que San Pablo era célibe, y hay testimonios desde muy antiguo de la observancia del celibato en los sacerdotes, empezando por el mismísimo San Pedro a pesar de ser un hombre casado.

Que ha habido papas indignos es cosa sabida y nunca negada por la Iglesia. Los papas son hombres y por lo tanto pecadores. Lo mismo los ha habido santos que los ha habido verdaderamente impresentables. Incluso más de uno se habrá condenado, aunque solo Dios lo sabe. Pero eso no compromete la infaliblidad papal, del mismo modo que un sacramento es válido aunque el sacerdote que lo administre esté en pecado mortal. Creer lo contrario es herético. Lo que se conoce como donatismo.

En cuanto a la papisa Juana, es una leyenda rechazada por todos los historiadores serios, pero los protestantes siempre la han utilizado contra la Iglesia Católica. La primera mención que se conoce es del dominico Jean de Mailly y es del siglo XIII. Más tarde en el mismo siglo, su compañero de orden Etienne de Bourbon incorporó la fábula en un tratado sobre los dones del Espíritu Santo. Según la leyenda, una mujer deseosa de aprovechar oportunidades que en aquellos tiempos no estaban a la disposición de la mujer se vistió de hombre, adoptó el nombre de Juan el Inglés, emprendió camino a Atenas acompañada de su amante y cursó estudios superiores. Más tarde se trasladó a Roma, donde enseñó ciencias y llegó a alcanzar gran prestigio académico. Con el tiempo llegó a ser notaria en la Curia y terminó ascendiendo al cardenalato. A la muerte de León IV fue elegida papa, ocultando su feminidad tan perfectamente como nuestra Monja Alférez. Habiendo quedado embarazada de uno de sus amantes (¿no quedamos en que disimulaba totalmente que era mujer y nadie lo sabía?), le vinieron los dolores de parto en medio de una procesión entre San Pedro y la basílica de Letrán y dio a luz a un varón. Con gran escándalo, se interrumpió la procesión. A partir de ahí hay varias versiones de la leyenda: según una murió en el acto; según otra, la arrastraron por la ciudad atada a un caballo y luego la lapidaron; y en otra la destronaron y encerraron obligándola a hacer penitencia. Y aun en otra se afirma que su hijo llegó a ser obispo de Ostia.

Ya en el siglo XIV, Eneo Silvio en sus epístolas y Platina en su Vitae pontificum desacreditaron la historia con métodos histórico-críticos. En el siglo XIV, eruditos como Panvinio en su Vitae pontificum, Aventino en su Annales Boiorum y Baronio corroboraron la falsedad del relato. Incluso algunos eruditos protestantes como Blondel y Leibniz la encontraron carente de fundamento, si bien ya desde la época de Juan Hus los herejes han esgrimido contra la Iglesia esta leyenda creyéndola cierta, y aun hoy en día goza de bastante popularidad en Norteamérica.

Pasemos a demostrar la falsedad de la historia:

Para empezar, la papisa Juana no figura en el Liber Pontificalis, que es la enumeración de todos los papas desde San Pedro con indicación de la fecha en que reinaron. De acuerdo con la leyenda, Juana habría sucedido a León IV, pío varón al que se atribuyen varios milagros y que falleció el 17 de julio del año 855, tras lo cual fue elegido Benedicto III. La elección de este último dio lugar a una controversia, ya que el emperador bizantino estaba empeñado en que se eligiera a su hijo Anastasio, que había sido excomulgado. Los ejércitos imperiales invadieron la Ciudad Eterna, asaltaron el palacio de Letrán y encarcelaron al Sumo Pontífice. Pero los fieles de Roma se negaron a aceptar a Anastasio y liberaron al Papa, que tomó posesión de su cargo el 29 de septiembre de 855. No obstante, el sucesor de Pedro perdonó a Anastasio y terminó nombrándolo abad. La efigie de Benedicto III aparece junto a la del emperador Lotario del Sacro Imperio Romano en monedas acuñadas antes de septiembre de 855, corroborando que desde su elección como Papa ya había sido reconocido como tal. Así que ya no queda lugar para la papisa, que supuestamente ocupó el solio pontificio durante dos años.

En segundo lugar, no hay ninguna mención de ella hasta el siglo XIII, a pesar de que un suceso tan escandaloso como aquel en que quedó al descubierto que era una mujer tendría que haber dado pie a bastantes más testimonios y relatos. Sin embargo, hubo un silencio de cuatro siglos.

Por último, podemos mencionar que San Roberto Belarmino afirma que la leyenda tuvo su origen en Constantinopla con el objeto de desacreditar la legitimidad del Papa. No olvidemos que con la decadencia de Roma y de la mitad occidental del imperio romano el patriarca oriental pensaba que debía ser la cabeza de la Iglesia, siendo esta una de las razones que condujeron al cisma de 1054.

Baronio apunta la posibilidad de que la leyenda tuviera origen en el carácter afeminado del papa Juan VIII (872-882), aunque esta tesis está también en entredicho.

Y por supuesto, las feministas también han tomado a la papisa como bandera, claro.