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Tema: Hª lengua 11: La lengua española en el Siglo de Oro

  1. #1
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    Hª lengua 11: La lengua española en el Siglo de Oro

    La Lengua en el Siglo de Oro.

    Creaciones del siglo XVII. Madrid, centro intelectual del Imperio. Escritores principales de la época. El Quijote. Formación lingüística de Cervantes. Ambiente lingüístico hacia 1605 y 1615. La dualidad realista e idealista en el Quijote: lenguaje de Sancho: lenguaje e ideario de Don Quijote. Fórmula cervantina del estilo. Lope de Vega y sus ideas sobre el estilo. Góngora y su influencia en el español. El lenguaje culterano. El conceptismo: sus características. La filología en el siglo XVII: Aldrete, Covarrubias. la cuestión de la ortografía. Propagación del español en Francia: costumbres españolas de Luis XIII; difusión de la literatura española: el teatro, la novela, la mística; maestros de español en Francia; hispanismos del francés. Propagación del español por Africa: el habla de los moriscos y su reproducción en el Teatro clásico; su castellano escrito; la unidad nacional y racial hispanomusulmana. Felipe IV y la lengua española.

    Proviene de aquí: Hª lengua 10: La lengua española, lengua universal

    En el primer tercio del fastuoso siglo XVII, reinando Felipe III (1598-1621) y Felipe IV (1621-1665), se producen las obras culminantes de nuestra Literatura, redactadas sobre la base del español modelado en los años de Felipe II. Cervantes forja la novela realista moderna, que se hace universal. Lope crea un Teatro nuevo, que Europa entera acoge. Góngora lleva a sus últimos límites el lenguaje de Arte, en una poesía de ascendencia garcilasiana y herreriana.

    Madrid, que ya con Felipe II había adquirido el rango de capital de España, se convierte ahora en el centro intelectual del Imperio en declive, adquiriendo así un crédito literario que no ha de perder ya en lo sucesivo.
    Madrileños son entonces los escritores más famosos: Lope de Vega (1562-1635), Miguel de Cervantes (1547-1616, nacido en Alcalá de Henares), Francisco de Quevedo (1580-1645), Tirso de Molina (1571-1648), y, el más joven de todos, Pedro Calderón de la Barca (1600-1681). Vecino de Madrid es el mejicano Juan Ruiz de Alarcón.
    Todos mantienen una estrecha relación con los demás poetas de la Península: en Andalucía, la escuela que fundara Herrera brilla aun con Luis de Góngora, en Córdoba, y con Arguijo, Jáuregui, Rioja y Rodrigo Caro en Sevilla; en Valencia se desenvuelve un Teatro del que Guillén de Castro es uno de los principales autores; en Toledo escribe su obra histórica el Padre Mariana; aragoneses son los hermanos Argensola –residentes en Madrid no poco tiempo-, y el gran escritor Baltasar Gracián (1601-1658).

    De todos los libros producidos entonces, ninguno, desde luego, tiene tan grande trascendencia para la Historia de la Lengua, como “el Quijote”, ya que Cervantes nos dio en él la más espléndida muestra de lenguaje perfecto, a la vez que la más exacta fórmula del bello estilo.
    No es “el Quijote” el fruto de un escritor que hubiera vivido al margen de los problemas lingüísticos. Cuando en 1605 –en la madurez de su vida- la entrega a la imprenta, lleva ya Cervantes muchos años preocupado de la eterna cuestión del lenguaje, la de la preferencia entre lo natural o lo artificioso.
    Su primera novela, “La Galatea” (1585), la comienza declarándose, en actitud herreriana, partidario del enriquecimiento del español, contra “los que en la brevedad del lenguaje antiguo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana”. Admirador de Herrera y Medina, ha leído tantas veces aquel prólogo imperialista de la lengua, que a sus casi sesenta años se le escapan varias de las frases de ambos. Cervantes se ha empapado de la cultura del Renacimiento y conoce bien los libros que se escribieran por los años del Emperador, entre ellos, el Diálogo de la Lengua, de Juan de Valdés, que ha leído indudablemente con afición intensa.

    Ahora, en los primeros años del siglo XVII, el planteamiento del problema continuaba latente. Góngora, más que nadie, con su originalidad poética y lingüística, venía desencadenando pasiones en torno a su arte. El ambiente de censura contra el lenguaje modernísimo era cada vez más denso. Lo cual no impedía que la ley fijada por Herrera se cumpliese con creces, ya que ese vocabulario cultista, que desde Garcilaso se va forjando, veníase incorporando a la lengua general, inundando, poco a poco, la prosa, el púlpito (Fr. Hortensio Félix Paravicino) y el diálogo de la vida cotidiana.

    En este ambiente de polémica arrebatada, viene a dar una espléndida nota de serenidad Miguel de Cervantes, cuando en Madrid publica la obra soberana de nuestra lengua, “El Quijote” (en 1605 y 1615).
    Dentro del concepto dualista de la vida (idealismo-realismo) que domina en la obra, no cabía eludir el mismo concepto dualista del idioma. En boca de Sancho pone Cervantes el lenguaje natural, con tanta destreza que ante nosotros aparece como la realidad misma. El “Refranero”, supremo valor de ese lenguaje natural, jamás se mostró tan opulento: de labios de Sancho, vigorosa encarnación de la lengua vulgar, brotan los refranes en espontánea y desbordada sucesión, ante el asombro de Don Quijote, que no puede menos de preguntarle: “¿Dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?”

    Al lenguaje de Sancho, Cervantes contrapone el de Don Quijote, haciéndole hablar, unas veces, ampulosa y afectadamente, o sea, cuando llevado de su maniática pasión por los libros de caballería, imita el estilo elevado y presuntuoso de sus héroes; otras veces, en cambio, en un lenguaje perfecto, bella y discretamente artificioso.

    Este último lenguaje no es otro que el llano y florido de Sancho, pero seleccionado, purificado y exornado por el estudio y buen juicio de los discretos. Y discreto es el propio Don Quijote en muchos momentos de su vida, por ejemplo: 1º, cuando le dice al caballero del verde gabán que “todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos (II, 16); 2º, cuando se pone a dar lecciones a su escudero Sancho, “prevaricador del lenguaje”, censurándole sus expresiones plebeyas e incorrectas, o cuando pone límites a su afición abusiva de “cargar y ensartar refranes a troche y moche” (II, 43); 3º, cuando le aconseja el empleo de neologismos, pues aun “cuando algunos no entiendan estos términos (nuevos), importa poco, que (ya) el uso los irá introduciendo con el tiempo (II, 43); 4º, cuando le recomienda “hablar con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala” (II, 43); 5º, cuando sin poner reparos escucha a Sancho, que dice “no hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido”, opinión precisada, poco después, por aquel licenciado partidario de que “el lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, está (no en los de Toledo, sino) en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majadahonda” (II, 19); y 6º, cuando en idéntica actitud escucha de labios del mismo licenciado que “la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso”.

    De esta manera Cervantes ha recordado a sus contemporáneos los principios esenciales que sobre el español y el buen lenguaje nos había legado el siglo XVI: 1º, la obligación de cultivar nuestra lengua, y no la latina, en todo escrito, y mejor, cuanto más sublime sea la materia tratada; 2º, la selección, en su justa medida, dentro del inmenso caudal de nuestra lengua popular; 3º, la necesidad del neologismo; 4º, la obligación de huir de la afectación, tan condenada desde Castiglione y recordada en el “Quijote” con palabras que traen a la memoria las del autor de “El Cortesano”: aquella gravedad reposada en el hablar, que tan bien nos iba a los españoles; 5º, la supeditación de toda modalidad local a una lengua española, por encima de toda diferencia regional, según Herrera precisara; y 6º, la exaltación de un estilo, regido por lo que Isabel la Católica llamaba “buen gusto”, Castiglione y Valdés “buen juicio”, Fray Luis de León “particular juicio” y Cervantes “discreción”.

    Esta “discreción” de Cervantes, plasmada en “El Quijote”, sitúa a su autor como árbitro sumo de la elegancia, entre los dos extremos viciosos del lenguaje –el artificioso y el vulgar-, y sella el Siglo de oro, dándonos por última vez, sutilmente velada bajo el fino humor de sus diálogos, la fórmula clásica e imperecedera de la expresión bella: equilibrio, armonía, justo medio.

  2. #2
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    Hª lengua 11: Lope de Vega, Góngora y Quevedo

    Esa fórmula fue también la de nuestro gran poeta Lope de Vega, que, por haber sobrevivido a Cervantes, alcanza aquellos años del 1615 al 1630 en que más enconada fue la polémica por la exaltación de uno y otro estilo. Es entonces cuando Góngora y Quevedo, en abierta oposición, defienden cada uno los opuestos extremos del estilo artificioso y del natural.
    Lope, en aquellos años, es el paladín de la pureza castellana, a la vez que defiende el discreto artificio en el lenguaje, siempre que sea por necesidad y por ornato. Bien claramente define su actitud en 1622, cuando nos dice:

    “No niego la exhornación,
    ni las figuras las niego,
    la moderación alabo
    y los excesos condeno.”

    Y, en efecto, muchas son las veces que ha condenado Lope en sus obras el lenguaje excesivamente artificioso. Sobre todo en los años que van desde 1620 hasta 1634, en los que rara es la obra donde no deje de atacar a los innovadores exagerados. A ellos se dirige en 1620, en la ocasión solemne de celebrar la beatificación de San Isidro, en una justa poética, diciéndoles:

    “Y pues está, nuestra lengua,
    ya, con tan honradas galas,
    no la vistáis de remiendos
    con ignorante arrogancia:
    mirad que al cielo se queja
    la pureza castellana
    que esté en Getafe el conceto
    y en Vizcaya las palabras.”

    No podemos olvidar, en fin, entre sus censuras aquel soneto famoso, publicado por él en 1630 y titulado “A la nueva lengua”:

    “- Boscán, tarde llegamos. ¿Ay posada?
    - Llamad desde la posta, Garcilasso.
    ¿Quién es? - Dos caualleros del Parnaso.
    - No ay donde nocturnar palestra armada.
    - No entiendo lo que dize la criada.
    Madona, ¿qué dezís? – Que afecten passo,
    que obstenta limbos el mentido Ocaso
    y el Sol depinge la porción rosada.
    - ¿Estás en tí, muger? –Negóse al tino
    el ambulante huesped.- ¡Que en tan poco
    tiempo tal lengua entre cristianos aya!
    - Boscán, perdido auemos el camino,
    preguntad por Castilla, que estoy loco,
    o no auemos salido de Vizcaya.”

    Lope, en sus críticas del nuevo lenguaje, nada, desde luego, satirizaba tanto como la oscuridad. Para él, admirador de la claridad de los antiguos, los cultivadores del nuevo lenguaje llegan a no entender siquiera lo que dicen:

    “- ¿Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo?
    - ¡Y cómo si lo entiendo! – Mientes, Fabio,
    que yo soy quien lo digo, y no lo entiendo!”

    El creador de aquella nueva lengua de artificio era don Luis de Góngora y Argote (1561-1629). Este gran poeta, en 1613, dos años antes de que Cervantes imprimiera su segunda parte del Quijote, enviaba, desde Córdoba sus dos poemas las “Soledades” y el “Polifemo”. Con ellos, principalmente creaba una poesía, iluminada por el mundo grecolatino y plasmada en un lenguaje nuevo, un lenguaje de Arte, espléndidamente recargado de palabras brillantes y selectas y de hermosas imágenes sugestivas y sensuales.
    Sus palabras, sin embargo, no eran absolutamente originales en la forma, pues Góngora recogía en su mayoría las del lenguaje artificioso de los siglos XV y XVI, utilizándolas con un arte maravilloso, que nadie hasta entonces había sabido poseer.

    El estilo de Góngora –en realidad, inimitable- se hizo general entre los literatos, contra los cuales, más que contra el maestro, iban dirigidas las críticas punzantes de Lope de Vega y de tantos otros partidarios del estilo discreto. Los gongoristas, para imitar a su maestro, buscaban voces muy remotas del habla del vulgo; castellanizaban no pocas francesas e italianas y muchísimas latinas; calcaban frases y giros latinos; preferían los periodos largos y con hipérbaton a las cláusulas cortas; recurrían siempre al lenguaje figurado, para expresarse mediante rodeos y metáforas que resultaban extravagantes y descomedidas; hacían gala, finalmente, de una erudición mitológica que paraba en pedantería.

    El lenguaje renovador y latinizante de Góngora iba siendo además remedado, no ya sólo por los literatos, sino también por las gentes en general: damas y caballeros tenían a gala hablar con las palabras y el hipérbaton que los culteranos ponían de moda.
    El teatro de entonces refleja con gran frecuencia, y en tono de burla, el ambiente culterano de aquella sociedad: en un entremés cuéntase, por ejemplo:

    - Yo conocí a un galán que dijo a un paje,
    comiendo en un convite habrá dos días,
    por decir “echa un poco y a menudo”,
    “licoriza por átomos en tropa”,
    y el paje astuto le quebró la copa...

    Mas, a pesar de las críticas, este lenguaje prosperó, y la lengua española acabó por aceptar los cultismos que tanto se censuraban. Y las voces nuevas entraron entonces en el español en cantidad tal, que al culteranismo debe nuestra lengua mucho de su moderna fisonomía: voces que hoy son del dominio general como fulgor, joven, candor, neutralidad, adolescente, pira, harpía, cisura, petulante, palestra, meta, arrogar, presentir, ceder, construir, erigir, ostentar, impedir, alternar..., eran entonces utilizadas tan sólo por los culteranos. En “La Filomena” da Lope de Vega como voces nuevas en 1621: boato, asunto, activo, recalcitrar, morigerar, selecta, terso, culto, embrión, correlativo, recíproco, concreto, abstracto, diablo, épico, positivo.
    Palabras consideradas por Quevedo como indignas del español y propias, más bien, de una “jerigonza o cultilatiniparla”. (“Aguja de navegar cultos. Con la receta para hacer “Soledades” en un día...”)

    Frente a los culteranos alzáronse los conceptistas, sobre todo el enemigo de Góngora, Quevedo, y más tarde, Baltasar Gracián, para rendir culto a la idea, al concepto, a la agudeza de ingenio: si el culteranismo era copioso en palabras, el conceptismo venía a ser henchido de ideas, lacónico, sin otro lema que éste de Gracián: “Más obran quintas esencias que fárragos.”

    Esta predilección por la idea no implicaba, como parecería natural, indiferencia por el lenguaje, pues los conceptistas crearon también un modo de expresión particularísimo que refleja preocupaciones de superación estilística, cuando no es mero resultado de la difícil adaptación a la palabra del sutil o violento ejercicio intelectual. De todos modos, el lenguaje del conceptista es obra meditada, que se nutre de expresiones opuestas a las del culterano: en vez de emplear léxico cultista, usa voces populares, llegando a veces a reproducir hasta los vocablos groseros del pueblo bajo; en vez de innovar introduciendo extranjerismos, crea dentro del castellano, por derivación y composición, nuevos vocablos (algunas veces burlescos); en vez de componer con hipérbaton períodos largos, como los de las estrofas gongorinas, los conceptistas, Gracián más que ninguno, utilizan las cláusulas sueltas y concisas; en vez de las imágenes insólitas y de las metáforas atrevidas, usan tan sólo de comparaciones precisas, en las que enfrentan dos ideas que por su contraposición hacen inteligible un concepto.

    En vez de la erudición falsa y pedantesca, propia del culterano, el conceptista aspira a poseer una cultura sólida, de la que no hace alarde, (caso de Quevedo como demuestra en su “España defendida y los tiempos de ahora”, 1609). Característica principal de los conceptistas es además auxiliarse en su expresión de atributos o símbolos que llaman “emblemas”, “jeroglíficos” y “empresas” (...”son la pedrería preciosa, el oro del fino discurso”; Gracián, “Agudeza...”).
    Y, en fin, como ambiente general de su estilo, el conceptista pone una fuerte nota de humorismo, lograda principalmente con el juego de las ideas y de las palabras, con las antítesis, paradojas, con los equívocos agudos.

    En conjunto, el lenguaje de los conceptistas acercábase, en cierto modo, al gran estilo de la época imperial, sobre todo, al estimar en mucho el lenguaje natural y, también, al aprender en el Refranero algo de su técnica estilística, por ejemplo, la concisión, y la oposición de ideas dentro de una frase. Ahora bien, esa concisión y exacerbación del ingenio les llevó a desviar o extremar el gran estilo antiguo, para caer, a veces, en el vicio de la oscuridad.

  3. #3
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    Inicio de la filología; difusión del español en Francia

    Durante el siglo XVII, la lengua española fue objeto de importantes estudios. En 1606, el malagueño Bernardo de Aldrete (1560-1641), canónigo de Córdoba, admirado por Lope, publica su obra “Del origen y principio de la lengua castellana o romance que hoy se usa en España”, primera historia científica de los orígenes remotos de nuestra lengua.
    La obra toda ella está orientada hacia el fin de demostrar el origen latino del español, pues había quien, como Gregorio López Madera, alto personaje de la Corte, sostenía la peregrina teoría de que nuestra primitiva lengua fue ya el español, al que no pudieron exterminar los romanos.

    Aldrete sienta por vez primera, con mayor o menor precisión las leyes fonéticas que rigieron la evolución del latín español, comparando además la estructura de nuestro idioma con otros romances. Aldrete, hoy olvidado, es por eso, el precursor de la moderna filología, no ya sólo en España sino en toda Europa.
    Es más, Aldrete, aunque con las naturales deficiencias de todo precursor, ha concebido su estudio de la lengua, considerando a ésta, no como un fenómeno puramente fisiológico, cual lo hace la moderna filología, sino también como una faceta de la Literatura y de la Cultura, que no es visible científicamente si no se la estudia en un todo armónico.
    La obra de Aldrete tuvo eco en el siglo XVIII y primeros años del XIX, cuando Mayans, Sarmiento, Garcés, Vargas Ponce y Martínez Marina insisten en el estudio de la Lengua.

    Obra importantísima en la historia de la filología fue también el Tesoro de la lengua castellana o española, el más antiguo diccionario etimológico de nuestro idioma, que, en 1611, dio a la estampa, en Madrid, Sebastián de Covarrubias.

    Estimación especial entre los otros estudios relativos a la Lengua, que por entonces se publicaron, merecen asimismo los que versaban sobre la ortografía, materia muy debatida a la sazón, pues existían sobre ella dos tendencias: una, propia de los que seguían el consejo de Nebrija: “Tenemos que escribir como pronunciamos e pronunciar como escribimos”; otra, la que Juan de Robles, en 1631, formulaba en estos términos: “La etimología enseña con qué letras se ha de escribir... las mismas que los vocablos que los engendraron, para que vayan siempre conservando la memoria de su nacimiento y de sus progenitores”.
    Atendiendo al primer criterio, muchos escribían, como la mayoría de las gentes del anterior siglo XVI, ecelso, conceto, escritor, ojeto, efeto, dotrina, dotor, letor, dino, es decir, tal como pronunciaban, y sin hacer caso de la etimología.
    El más acérrimo defensor de la escritura fonética fue el catedrático de Salamanca y colector de refranes, Gonzalo de Correas, quien pretendió imponer una ortografía fonética. La portada de su obra basta para darnos idea de cual era su intento, pues todo el libro iba compuesto de la siguiente manera: Ortografía kastellana nueva y perfeta. Dirixida al Prinzipe Don Baltasar... i la tabla de Kebes al Konde Duke, traduzidos de griego en kastellano, por el Maestro Gonzalo Korreas, Katedrátiko... en la Universidad de Salamanka etc...

    En cambio, los culteranos, atendiendo al latín, restablecían los grupos de consonantes xc, pt, bj, ct, gn, y escribían, y hasta decían algunos: excelso, concepto, objeto, efecto, digno.
    Sin embargo, en algunas palabras análogas, la reacción cultista no acabó surtiendo efecto: luto decimos y no lucto; fruto y no fructo; escrito y no escripto. Casos hay también en que la palabra se ha desdoblado, ej: signo y sino.

    En ambos criterios se inspira, por cierto, nuestra moderna ortografía, aunque sin sujetarse a ninguno de ellos de manera rigurosamente científica, pues escribimos abogado con b, viniendo de advocatum con v, y reproducimos, por ejemplo, con una misma letra g dos sonidos bien distintos, como gente y gasa.
    Un último criterio existe en la ortografía de hoy, que es el de la costumbre: por tradición ponemos en algunas palabras h, que no es etimológica, puesto que en tal caso sería f, ni es fonética, ya que no reproduce la h aspirada de antaño. El valor principal de nuestra actual ortografía se funda, finalmente, en su estabilización, no conseguida hasta nuestros días. Por eso, todo intento de reforma tiene que ser contraproducente.

    La difusión del castellano continuó durante esta época, especialmente en los medios cultos de Europa, donde su aprendizaje se imponía, aunque sólo fuera como instrumento para conocer nuestra Literatura, que en el primer tercio de aquel siglo se mantenía en todo su apogeo.
    Mas en ninguna nación se puso tan en boga el estudio de nuestra lengua como en Francia, cuando en 1615 se efectuaban las bodas de Ana de Austria, hija de Felipe III, con Luis XIII, y de Isabel de Borbón, hermana del rey de Francia, con el que había de ser nuestro Felipe IV. El mismo rey francés infundía en sus súbditos la afición a las cosas de España, pues “el día que quiere hacer ostentación de su grandeza al mundo –observaban entonces- se honra y autoriza con todo lo que viene de España: si saca un hermoso caballo, ha de ser de España; si ciñe una buena espada, ha de ser española; si viste honradamente, el paño ha de ser de España; si bebe vino, ha de venir de España...” (Carlos García, “La oposición y conjunción de los dos grandes luminares de la tierra, Paris, 1617). Y no menos entusiasmo mostraba por nuestra lengua, que estudiaba con afán meses antes de casarse con la infanta española (A. Lefranc, Louis XIII a-t-il appris l’espagnol? Paris, 1930).
    Nada de extraño tenía, por tanto, que la corte francesa se españolizase hasta tal punto, que Balzac dijese entonces de los cortesanos : s’ils eussent été nés a Madrid ou à Toledo, ne pouvaint être meilleurs espagnols”.

    En aquel ambiente, nuestra literatura se difundió con profusión y hasta llegó a nutrir y modelar a la francesa. El teatro francés (que luego la posterior España del siglo XVIII tomaría como patrón) se desarrolló imitando el de España, genial creación, principalmente, de Lope de Vega, “Fénix de los ingenios”, “Monstruo de la Naturaleza”, el poeta quizá que más ha escrito en el mundo.
    A la inmensa cantera de nuestras comedias acudieron los dramaturgos franceses, unos para imitarlas y otros para hacerlas suyas. Corneille compuso “Le Cid”, después de inspirarse en “Las Mocedades”, de Guillén de Castro; para “Don Sanche” se inspiró también en el “Palacio confuso”, de Lope, y hasta “Horace” y “Heraclius” proceden de fuentes españolas. Molière escribió conociendo profundamente nuestro teatro, aunque a través de traducciones italianas; y Rotrou, Scarron, Quinault, Tomás Corneille y otros muchos saquearon a placer el repertorio escénico de España.

    Nuestras comedias llegaron a ser representadas, en Francia, en la propia lengua original, por compañías españolas, que después de recorrer Italia, Cerdeña y Flandes, hacían estancias en Paris. En fin, hasta para dar autoridad a una comedia, nada era mejor que fingir su origen español, como lo hacía Brecourt en “Le jaloux invisible” (1666).
    Y no sólo a Francia nutrió nuestro Teatro, sino que llenó también los de Alemania, Holanda, Italia, donde lo traducía Cicognini, e Inglaterra, sonde Shirley se inspiraba en Tirso de Molina, y Massinger copiaba “Los Baños de Argel”, de Cervantes.

    Otra creación española, la novela, fue de la misma manera admirada e imitada: Mlle. de Scudery y Mme. La-Fayette, para escribir sus novelas, se inspiraron en “Las Guerras de Granada”, de Pérez de Hita. Y la Diana, de Jorge de Montemayor, imitaron, al redactar las suyas, Desportes y Honoré d’Urfé. Muchísimas fueron además las traducciones de novelas: las de Cervantes, en francés podíanse leer ya en 1618; lo mismo que las novelas picarescas, sobre todo el “Lazarillo”, desde 1561.

    Muy leídos fueron también nuestros místicos, cuyas obras son en aquel siglo repetidas veces traducidas por toda Europa. Sólo en Inglaterra, diez veces fue traducido Fray Luis de Granada, durante el siglo XVII. Las infinitas ediciones en castellano, fuera de España impresas, las muchas traducciones de nuestra Literatura, sobre todo francesas, seguían, pues, difundiendo una cultura que el mundo tomaba por modelo.

    A esta difusión correspondía, naturalmente, la del estudio del español, propagado de manera tan intensa que, según decía Cervantes, “en Francia, ni varón ni mujer deja de aprender castellano”. Esta observación que el glorioso escritor hacía en su “Persiles y Sigismunda”, no parece exagerada si se tiene en cuenta la fecha en que está escrito, 1616, o sea un año antes de las bodas reales, cuando quizá por eso estaba más en boga lo español. En 1636, Ambrosio de Salazar (“Espejo general de la Gramática”, Rouen) reducía a una “tertia parte” el número de “cortesanos que saben hablar castellano sin auer estado en España”.

    Uno de los hispanistas franceses que más contribuyó a la difusión del castellano fue César Oudin, secretario e intérprete de Enrique IV, autor de una gramática de resonancia universal. Las imprentas de París, a principios del siglo XVII, no cesaban de lanzar ediciones de esta obra, nunca suficientes para satisfacer el afán de los franceses por conocer nuestro idioma. En una quinta edición (1619), Oudin se lamenta de las muchas impresiones fraudulentas que de su obra se habían hecho, eso sin contar-escribe- “las impresas en Bruselas y en Alemania y los innumerables resúmenes que corren por aquí y por allá”. Este y otros trabajos de Oudin, entre ellos su “Tesoro de las dos lenguas francesa y española”, revelan un profundo estudio de nuestro idioma y literatura.
    Otro profesor célebre de español fue el murciano Ambrosio de Salazar, tipo original por su vida aventurera, que enseñaba el castellano en Rouen y escribió varias obras en español para su enseñanza. (Véase : Morel-Fatio, “Ambrosio de Salazar et l’etude de l’espagnol en France sous Louis XIII, paris, 1901).

    Tan grande afición por nuestro idioma fue causa de la introducción en el francés de algunas voces españolas, como algarade, caramel, capitan, cassolette, camarade, creôle, castagnette, embargo, duegne, galon, guitarre...; en total algo más de doscientas cincuenta palabras.

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    La lengua española entre los moriscos

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    Uno de los últimos episodios de la difusión del español por el mundo tuvo lugar en 1609 con la expulsión de los moriscos, que llevaron consigo nuestra lengua a las tierras africanas a que se acogieron, en las cuales, por cierto, no era del todo desconocida, pues desde mucho se hablaba, aunque sólo fuera entre los cautivos cristianos o por los hebreos sefardíes en sus juderías.
    Refugiados los moriscos en territorio tunecino y marroquí, conservaron tan vivo el recuerdo de su patria, que recitaban de coro poesías de Garcilaso y Lope, cantaban canciones populares españolas y recordaban asuntos y pasajes enteros de las comedias que en los Corrales de España vieron representar.

    En general, la lengua arábiga la habían olvidado ya (1) mucho antes de su expulsión, pues casi tan sólo la había conservado una parte de los moriscos de Valencia. Su lengua era, pues, la española, que, al decir de Aldrete, “la hablaban tan cortada como el que mejor (2); tanto, que en algunas regiones, como Aragón, los que no los conocían en particular no sabían diferenciarlos de los moriscos. Decían, además –según Aldrete- cosas escondidas y extraordinarias, mucho mejor que muchos de los naturales.” (3)

    Sin embargo, un tipo de morisco existía –perteneciente sin duda a núcleos de población muy modernamente incorporados a la civilización cristiana-, cuyo modo de hablar el castellano era imperfecto y cómico a la vez. Los dramaturgos, sobre todo Lope de Vega, gustaban de sacar a escena este tipo de morisco gracioso o zulemilla, haciéndole hablar en su característico castellano de media lengua, un castellano que –como propio de individuos que lo aprendían en aquellos días- se adaptaba a las características fonéticas y léxicas del árabe. Y así, por influencia del reducido sistema vocálico árabe, confundían las vocales (diciendo, verbigracia, Pemintel por Pimentel, cora por cura, conocemus por conocemos, resistiéndose además a la diptongación: ben por bien, logo por luego).
    Asimismo, por carecer el árabe de p, ñ, y ll, las sustituían por b, ni y li, respectivamente (diciendo bécaros por pícaros, senior por señor, aliá por allá). A la s daban, además, el sonido de x en tal forma, que esa pronunciación influyó en la nuestra (diciendo xastre por sastre) (4). En cuanto a la morfología, por carecer de género el artículo árabe, dábanle una sola forma para todos los géneros (el mula); de la misma manera, por no poseer el árabe más que un solo verbo para ser y estar, confundían uno y otro (diciendo, por ejemplo, “los más de vosotros decendentes estar de ellos”).
    En fin, empleaban la forma arcaica de la conjunción (e por y), y trastornaban las palabras por etimología popular en forma comicísima –como para provocar a risa en las comedias-, diciendo soneto por santo, apóstata por apóstol, sorber por absolver, según afirmaba Quevedo, quizá con exageración.

    Claro es que este modo de hablar, propio de una minoría, no fue, como es natural, el que se oyó al otro lado del Estrecho, donde los moriscos conservaron un castellano puro por tanto tiempo, que en el siglo XVIII un inglés, viajero por tierras tunecinas, escucha en ellas nuestro idioma.

    Como lengua escrita, conservaron también el castellano, sin utilizar siquiera ya las letras del alfabeto árabe que para la transcripción de los sonidos españoles empleaban todavía en el siglo XVI. Con letra española escribieron, en efecto, los literatos moriscos interesantes obras que, por la variedad de sus géneros, constituyen una hijuela de nuestra literatura. Libros doctrinales, novelas moralizadoras, poemas y poesías sueltas, compuestas a imitación de las de nuestros clásicos, extractos y copias de sus versos y comedias, sobre todo de Lope, circulaban profusamente en manuscritos entre los moriscos de Berbería y Marruecos.

    Sus autores, por sus nombres híbridos, denunciaban su origen hispanomusulmán: uno se llamaba Abd al-Karim Pérez, y otro, Bencácim Bejarano. Citemos, en fin, a Juan Pérez Ibrahim Taibili, que había vivido entre estudiantes en Alcalá de Henares, y que ahora escribía en un pueblecito de Túnez un largo poema de polémica religiosa: “Contradicción de la Fe Cristiana”, en octavas reales, precedido de varios sonetos a Mahoma y a los mecenas tunecinos.

    De aquellas gentes españolas, quedan todavía huellas y recuerdos en Túnez y más aún en Marruecos: industrias hispanomoriscas; arquitectura contramudéjar, que reproduce en Salé motivos españoles; cultivos peninsulares, como el del olivo (en Túnez especialmente); apellidos castellanos llevados por moros de Salé y Rabat (Marruecos) y de Testour y Solimán (Túnez); términos españoles de oficios diversos.
    Todos estos vestigios y muchos otros pregonan todavía hoy el origen español de aquel pueblo al que Lope de Vega, admirado por los moriscos, atribuía la profunda convicción de considerarse incluidos, no solo dentro de la unidad nacional, sino también dentro de la unidad de raza.

    Siglo todavía de esplendor para la lengua española fue, en resumen, el XVII. Por eso, durante aquel tiempo, no se borró de la conciencia de los españoles el legítimo orgullo por la excelencia (5) y universalidad de su lengua (6): Felipe IV, al felicitar oficialmente al papa Alejandro VII por su elevación al solio pontificio, lo hacía en castellano y aun se permitía justificar tamaña infracción del protocolo diciendo al Papa que su carta “la hubiera escrito en lengua latina, si en medio de ser la española su hija, no excediese aún a la misma madre en la gravedad de su carácter, precisión de sus lacónicas frases, majestad de sus palabras y en lo peregrino de sus exquisitos y vivaces conceptos”.



    (1) “Con auer sido, pocos años ha, tan usada la lengua i letra arauiga, no sólo entre nosotros es ninguno el uso della, mas entre los mismos que descienden de los araues, con ser tan gran número, es mui raro el que la sabe: tanto, que en Córdoua, donde ai muchos, oi ninguno la sabe sabiendo la nuestra”. (Aldrete, Del Origen,.. III, XVIII.)

    (2) “Los moriscos que vinieron a Córdoba, no sabían otra lengua, los más dellos, que la suya, que sacaron de Granada; maxcaban la nuestra, y no se alargaban en razones; no hizieron nueva lengua, y mucho menos sus hijos, que nos la ganaban en bachillerías, y la cortaban como los que más bien la hablan de los nuestros. Con curiosidad alguna vez los oí y consideré que dezían refranes y agudezas, alcançando cosas escondidas y estraordinarias, mucho mejor que muchos de los naturales. Tal vez me causó admiración, que nunca creí llegaban a tanto”. (Aldrete, “Varias antigüedades de España, Africa y otras provincias”. I, c. XIII )

    (3) Los moros “que quedaron en lugares apartados con poco trato i comunicación con los christianos conseruauan su lengua aráuiga sin aprender la nuestra; mas los que de veras abraçaron la fe, i emparentaron con christianos viejos, la perdieron. Los que después de la rebelión del año 1569 fueron repartidos en Castilla y Andaluzía, meçclados con los demás vezinos, an recibido nuestra lengua, que en público no hablan otra ni se atreuen; sólo algunos pocos, que biuen, de los que se hallaron en aquella guerra, hablan la suia en secreto. Los hijos y nietos destos hablan la castellana tan cortada como la mejor, si bien otros de los más endurecidos no dexan de boluer a la lengua aráuiga. Lo mismo es en Aragón: los que no los conocen en particular no diferencian esta gente de la natural. En el reino de Valencia porque biuen en lugares de por sí, conseruan la lengua aráuiga. Bien clara es y manifiesta la causa porque se han aplicado tan mal a nuestra lengua, que es la auersión que casi les es natural que nos tienen i no digo más, pero creo que está se perderá con el tiempo. Júntasse a su voluntad el estar excluidos de las honras, cargos públicos, i el no procurar emparentar con castellanos ni tenerles afición” (Aldrete, “Del origen...”, I, XIII)

    (4) “La s tiene el sonido mui cercano a la x, porque esta letra vale lo que ç i s... De capsa, roseo, sagma, Salone, sapone, semis, sepia, Setabi, Simone, simia, sinapi, succosus, Sucro, dezimos caxa, roxo, xaima, Xalón, xabón, xeme, xibia, Xátiva, Ximón, ximia, xenabe, que la dezimos mostaza, xugoso, Xúcar. Parece pegado de los araues que de ordinario, los de aquella lengua, mudan la s en x, i a las passas dicen paxas.” Aldrete, Del origen, II, XII.
    Este pasaje tiene su precedente en otros de Nebrija y de Valdés. Aldrete atribuye además a los moriscos un especial ceceo en este pasaje, comentado ya por Navarro Tomás en su estudio “La frontera del andaluz”: “En la guerra del reino de Granada en la rebelión de los moriscos, a los aljamiados que no habían desde niños aprendido nuestra lengua y su pronunciación, para conocerlos, les hazían decir çebolla, y el que era morisco decía xebolia, no porque no pudiese ni supiese pronunciar la ç, que es frecuentissima en su lengua ... sino el uso de trocar una letra por otra no lo podían corregir”

    (5) “Han levantado nuestros españoles tanto el estilo, que casi han igualado con el valor la elocuencia, como emparejado las letras con las armas sobre todas las naciones del mundo. Y esto de tal suerte, que ya nuestra España, tenida un tiempo por grosera y bárbara en el lenguaje, viene hoy a exceder a toda la más florida cultura de los griegos y latinos”. Fray Jerónimo de San José, “Genio de la Historia”, 1651.

    (6) “Su extensión es sin comparación más que la latina, porque fue y es común nuestra castellana española a toda España, que es mayor que un tercio que Italia. Y hase extendido sumamente en estos 120 años por aquellas muy grandes provincias del Nuevo Mundo de las Indias Occidentales y Orientales, a donde dominan los españoles, que casi no queda nada del Orbe universo donde no haya llegado la noticia de la lengua y gente españolas”. Gonzalo Correas, Arte grande de la lengua castellana, 1626.

    Historia de la lengua española (J. Oliver Asín)

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