La Lengua en el Siglo de Oro.

Creaciones del siglo XVII. Madrid, centro intelectual del Imperio. Escritores principales de la época. El Quijote. Formación lingüística de Cervantes. Ambiente lingüístico hacia 1605 y 1615. La dualidad realista e idealista en el Quijote: lenguaje de Sancho: lenguaje e ideario de Don Quijote. Fórmula cervantina del estilo. Lope de Vega y sus ideas sobre el estilo. Góngora y su influencia en el español. El lenguaje culterano. El conceptismo: sus características. La filología en el siglo XVII: Aldrete, Covarrubias. la cuestión de la ortografía. Propagación del español en Francia: costumbres españolas de Luis XIII; difusión de la literatura española: el teatro, la novela, la mística; maestros de español en Francia; hispanismos del francés. Propagación del español por Africa: el habla de los moriscos y su reproducción en el Teatro clásico; su castellano escrito; la unidad nacional y racial hispanomusulmana. Felipe IV y la lengua española.

Proviene de aquí: Hª lengua 10: La lengua española, lengua universal

En el primer tercio del fastuoso siglo XVII, reinando Felipe III (1598-1621) y Felipe IV (1621-1665), se producen las obras culminantes de nuestra Literatura, redactadas sobre la base del español modelado en los años de Felipe II. Cervantes forja la novela realista moderna, que se hace universal. Lope crea un Teatro nuevo, que Europa entera acoge. Góngora lleva a sus últimos límites el lenguaje de Arte, en una poesía de ascendencia garcilasiana y herreriana.

Madrid, que ya con Felipe II había adquirido el rango de capital de España, se convierte ahora en el centro intelectual del Imperio en declive, adquiriendo así un crédito literario que no ha de perder ya en lo sucesivo.
Madrileños son entonces los escritores más famosos: Lope de Vega (1562-1635), Miguel de Cervantes (1547-1616, nacido en Alcalá de Henares), Francisco de Quevedo (1580-1645), Tirso de Molina (1571-1648), y, el más joven de todos, Pedro Calderón de la Barca (1600-1681). Vecino de Madrid es el mejicano Juan Ruiz de Alarcón.
Todos mantienen una estrecha relación con los demás poetas de la Península: en Andalucía, la escuela que fundara Herrera brilla aun con Luis de Góngora, en Córdoba, y con Arguijo, Jáuregui, Rioja y Rodrigo Caro en Sevilla; en Valencia se desenvuelve un Teatro del que Guillén de Castro es uno de los principales autores; en Toledo escribe su obra histórica el Padre Mariana; aragoneses son los hermanos Argensola –residentes en Madrid no poco tiempo-, y el gran escritor Baltasar Gracián (1601-1658).

De todos los libros producidos entonces, ninguno, desde luego, tiene tan grande trascendencia para la Historia de la Lengua, como “el Quijote”, ya que Cervantes nos dio en él la más espléndida muestra de lenguaje perfecto, a la vez que la más exacta fórmula del bello estilo.
No es “el Quijote” el fruto de un escritor que hubiera vivido al margen de los problemas lingüísticos. Cuando en 1605 –en la madurez de su vida- la entrega a la imprenta, lleva ya Cervantes muchos años preocupado de la eterna cuestión del lenguaje, la de la preferencia entre lo natural o lo artificioso.
Su primera novela, “La Galatea” (1585), la comienza declarándose, en actitud herreriana, partidario del enriquecimiento del español, contra “los que en la brevedad del lenguaje antiguo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana”. Admirador de Herrera y Medina, ha leído tantas veces aquel prólogo imperialista de la lengua, que a sus casi sesenta años se le escapan varias de las frases de ambos. Cervantes se ha empapado de la cultura del Renacimiento y conoce bien los libros que se escribieran por los años del Emperador, entre ellos, el Diálogo de la Lengua, de Juan de Valdés, que ha leído indudablemente con afición intensa.

Ahora, en los primeros años del siglo XVII, el planteamiento del problema continuaba latente. Góngora, más que nadie, con su originalidad poética y lingüística, venía desencadenando pasiones en torno a su arte. El ambiente de censura contra el lenguaje modernísimo era cada vez más denso. Lo cual no impedía que la ley fijada por Herrera se cumpliese con creces, ya que ese vocabulario cultista, que desde Garcilaso se va forjando, veníase incorporando a la lengua general, inundando, poco a poco, la prosa, el púlpito (Fr. Hortensio Félix Paravicino) y el diálogo de la vida cotidiana.

En este ambiente de polémica arrebatada, viene a dar una espléndida nota de serenidad Miguel de Cervantes, cuando en Madrid publica la obra soberana de nuestra lengua, “El Quijote” (en 1605 y 1615).
Dentro del concepto dualista de la vida (idealismo-realismo) que domina en la obra, no cabía eludir el mismo concepto dualista del idioma. En boca de Sancho pone Cervantes el lenguaje natural, con tanta destreza que ante nosotros aparece como la realidad misma. El “Refranero”, supremo valor de ese lenguaje natural, jamás se mostró tan opulento: de labios de Sancho, vigorosa encarnación de la lengua vulgar, brotan los refranes en espontánea y desbordada sucesión, ante el asombro de Don Quijote, que no puede menos de preguntarle: “¿Dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?”

Al lenguaje de Sancho, Cervantes contrapone el de Don Quijote, haciéndole hablar, unas veces, ampulosa y afectadamente, o sea, cuando llevado de su maniática pasión por los libros de caballería, imita el estilo elevado y presuntuoso de sus héroes; otras veces, en cambio, en un lenguaje perfecto, bella y discretamente artificioso.

Este último lenguaje no es otro que el llano y florido de Sancho, pero seleccionado, purificado y exornado por el estudio y buen juicio de los discretos. Y discreto es el propio Don Quijote en muchos momentos de su vida, por ejemplo: 1º, cuando le dice al caballero del verde gabán que “todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos (II, 16); 2º, cuando se pone a dar lecciones a su escudero Sancho, “prevaricador del lenguaje”, censurándole sus expresiones plebeyas e incorrectas, o cuando pone límites a su afición abusiva de “cargar y ensartar refranes a troche y moche” (II, 43); 3º, cuando le aconseja el empleo de neologismos, pues aun “cuando algunos no entiendan estos términos (nuevos), importa poco, que (ya) el uso los irá introduciendo con el tiempo (II, 43); 4º, cuando le recomienda “hablar con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala” (II, 43); 5º, cuando sin poner reparos escucha a Sancho, que dice “no hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido”, opinión precisada, poco después, por aquel licenciado partidario de que “el lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, está (no en los de Toledo, sino) en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majadahonda” (II, 19); y 6º, cuando en idéntica actitud escucha de labios del mismo licenciado que “la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso”.

De esta manera Cervantes ha recordado a sus contemporáneos los principios esenciales que sobre el español y el buen lenguaje nos había legado el siglo XVI: 1º, la obligación de cultivar nuestra lengua, y no la latina, en todo escrito, y mejor, cuanto más sublime sea la materia tratada; 2º, la selección, en su justa medida, dentro del inmenso caudal de nuestra lengua popular; 3º, la necesidad del neologismo; 4º, la obligación de huir de la afectación, tan condenada desde Castiglione y recordada en el “Quijote” con palabras que traen a la memoria las del autor de “El Cortesano”: aquella gravedad reposada en el hablar, que tan bien nos iba a los españoles; 5º, la supeditación de toda modalidad local a una lengua española, por encima de toda diferencia regional, según Herrera precisara; y 6º, la exaltación de un estilo, regido por lo que Isabel la Católica llamaba “buen gusto”, Castiglione y Valdés “buen juicio”, Fray Luis de León “particular juicio” y Cervantes “discreción”.

Esta “discreción” de Cervantes, plasmada en “El Quijote”, sitúa a su autor como árbitro sumo de la elegancia, entre los dos extremos viciosos del lenguaje –el artificioso y el vulgar-, y sella el Siglo de oro, dándonos por última vez, sutilmente velada bajo el fino humor de sus diálogos, la fórmula clásica e imperecedera de la expresión bella: equilibrio, armonía, justo medio.