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Tema: "Un buen indio es un indio muerto"

  1. #21
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    Cool Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Cita Iniciado por tautalo Ver mensaje
    ..............el Indio que no dejó ni una planta de coca sin comérsela, para decir la gilipollez que podéis escuchar aquí.
    .............................................................................................
    ¡Menudo patán salido de la choza, fumado y petado, está hecho el indio este!................

    ¡Me muero de risa!

    Mi honor, la lealtad,

    mi fuerza, la voluntad,
    mi fe, la catolicidad,
    mi lucha, la hispanidad,
    mi bandera, la libertad,
    mi arma, la verdad,
    mi grito... ¡despertad!
    mi lema... ¡¡Conquistad!!

  2. #22
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    La deportación de indígenas en EEUU a través del Indian Removal Act de 1830.

    En ese país no hubo inclusión ni asimilación; solo deportación y muerte.







    https://www.facebook.com/77125717629...type=1&theater

  3. #23
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Rosenblat también tiene las nacionalidades argentina y venezolana.

    La fuente es su reconocida obra La población indígena y el mestizaje en América.




    https://www.facebook.com/77125717629...type=1&theater

  4. #24
    Uquelele está desconectado Miembro novel
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    A ver, este tipo de posts anti-blancos y anti occidentales me enervan, primero que los colonizadores americanos encontraron muy pocos indios en el norte, y a pesar de que muchas personalidades despreciaban a los indios, y muchos con justa razon, no hubo ningun incidente que demostrara una intencion genocida, recordad que fue Bartolome de las Casa, y la iglesia catolicas, los verdaderos propulsores de la leyenda negra.

    Desmontando el mito del genocidio "Nativo Americano" durante la colonización - Burbuja.info - Foro de economía

  5. #25
    Avatar de Mexispano
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"


  6. #26
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Wounded Knee. 125 aniversario

    La deleznable y falsa «batalla» en la que el Séptimo de Caballería asesinó a decenas de bebés indios

    El 29 de diciembre de 1890, este regimiento asesinó a sangre fría a más de 300 hombres, mujeres y niños que habían intentado huir de una reserva de nativos


    El Séptimo de Caballería es recordad por batallas como la de Little Bighorn (arriba)

    Una unidad heroica cuyos soldados no titubeaban cuando se les ordenaba lanzarse a la carga contra un grupo innumerable de indios. Gracias a los largometrajes de Hollywood, así es como vemos en la actualidad al popular Séptimo de Caballería. Un regimiento norteamericano que fue creado a mediados del siglo XIX para –en plena expansión hacia el Oeste de los Estados Unidos a costa de la tierra de los nativos- defender las fronteras entre los estados de los «blancos» y los de los «pieles rojas». Sin embargo, y a pesar de que la pequeña pantalla nos ha transmitido que esta unidad era un ejemplo del respeto hacia los indígenas, la realidad era bien distinta. Y es que, sus soldados cometieron todo tipo de excesos contra este pueblo. El 29 de diciembre de 1890 se sucedió, precisamente, uno de los más famosos cuando un destacamento de estos jinetes asesinó a sangre fría a casi 300 siouxs -la mayoría mujeres y niños desarmados- cerca del arroyo de Wounded Knee, en Dakota del Sur. El acto suscitó tal vergüenza que fue «vendido» por el gobierno como una batalla decisiva para detener una presunta revolución.
    La explicación de cómo se sucedió esta triste masacre, así como las causas que la provocaron, es uno de los múltiples temas que se pueden leer en «Pieles Rojas. Encuentros con el hombre blanco» (Edaf, 2015), el último trabajo de Victoria Oliver -Doctora en Geografía por la Universidad Complutense-. El libro es, en esencia, un estudio pormenorizado de los encuentros que las más de 200 tribus americanas tuvieron con el hombre blanco desde que Colón pisó el Nuevo Mundo en 1492. «En EE.UU. hay miles de libros sobre tribus americanas, pero en España casi nada. Mi obra habla del encuentro de los exploradores con los “pieles rojas”. Es un libro de historia que muestra como los exploradores y los pioneros iban descubriendo las tribus. Cada capítulo se corresponde con una región de América y explica, por orden cronológico, los momentos en que los conquistadores se toparon con los lugareños», determina la autora en declaraciones a ABC.

    Edaf

    A pesar de que el cine nos ha vendido que la conquista del «Far West» se realizó hace siglos y siglos, la realidad es que comenzó a materializarse hace apenas 200 años. Sus orígenes se remontan a la época en la que Napoleón Bonaparte fue desterrado a la isla de Elba tras ser vencido en Waterloo. Aquellos días de 1815, décadas después de que los primitivos Estados Unidos se independizasen de Inglaterra a base de fusil y cañón, fueron en los que el país comenzó a expandirse por el norte de América a costa, en primer lugar, de España (a la que se le compró Florida en 1819). Posteriormente, allá por los años 30, el presidente Andrew Jackson puso sus ojos en las tierras del oeste de Norteamérica, unas extensas llanuras que podían ser cultivadas y aprovechadas por los nuevos colonos que llegaban desde Europa ansiosos de asentarse en el Nuevo Mundo.

    Lo cierto es que el presidente sabía lo que se hacía, pues aquel territorio prometía dinero fácil. «Las tierras despertaban la admiración, envidia y codicia de los anglosajones, ya que no solamente eran extensas, sino fértiles y ricas tanto para el cultivo como para la ganadería. […] Para muchos estadounidenses el territorio se encontraba desaprovechado y era improductivo, por lo cual era necesario que el pueblo norteamericano se expandiera e hiciera un efectivo uso de esas tierras. El derecho natural blanco al uso de esa tierra estaba muy arraigado», explica la historiadora María del Rosario Rodríguez Díaz en su obra «A. Jackson. La conquista del Oeste y la regeneración india». Todo aquel frenesí colonizador se terminó acrecentando todavía más en los años posteriores cuando se corrió la voz de que, en algunas regiones indígenas, se había encontrado oro y todo tipo de minerales. El hecho movilizó a miles de «hombres blancos».
    Con todo –y para desgracia de los norteamericanos- el Oeste era habitado por sus originales pobladores: los indios. Un pueblo formado por decenas y decenas de tribus a las que no les hizo demasiada gracia compartir sus tierras con los nuevos pobladores. «Los indios de las grandes llanuras y de las montañas rocosas ofrecían un obstáculo formidable contra el establecimiento de los blancos. Los más fuertes y guerreros de las tribus eran: los sioux, los pies negros, los crow, los cheyenne y los arapahoe en el norte; los comanches, los kiowa, los ute y los cheyenne, los apaches y los arapahoe del sur. Eran jinetes veloces, admirablemente armados y que vivían de los millones de búfalos que vagaban en libertad», explica Jaime Márquez Morant –Graduado en Historia por la Universidad de Málaga- en su investigación «Historia de los Estados Unidos de América en el SXIX».

    Una deportación masiva


    Pero los norteamericanos ya habían decidido que, tarde o temprano, aquellas vastas llanuras serían suyas. Así pues, y tras la llegada de Jackson a la poltrona, comenzó la expansión (primero sutil y luego masiva) de los colonos americanos hacia el Oeste del país. En los años siguientes, por lo tanto, ambas culturas tuvieron que convivir juntas. La relación, como cabía esperar, no terminó siendo agradable. Así lo demuestra el que el presidente estableciera en el Congreso que los nativos –a los que consideraba bárbaros y salvajes- se encontraban por debajo de los blancos a nivel social y legal (aunque por encima de los negros). Entendiendo que no se merecían las tierras que el destino les había regalado, comenzó una campaña para expulsarles hacia regiones ubicadas todavía más al Oeste. «En 1830 se promulgó la “Removal Bill”, la ley de Remoción de Indios, por medio de la cual se disponía su traslado a reservas asignadas, donde podrían vivir y desarrollarse de acuerdo a sus costumbres», añade la experta en su obra.
    Según explicó el presidente, aquello se hacía para favorecer que la cultura india no se perdiera y pudiera practicarse en regiones acotadas. Estas, por descontado, solían ser menos fértiles y ricas en minerales que las que ya poseían. Sin embargo, la realidad era bien diferente, pues lo que se pretendía era legalizar la expulsión de los nativos de sus tierras y que, a través de las mismas, pudieran cruzar miles de colonos. Por otro lado, y además de las deportaciones, el Gobierno también recurrió a los tratados legales para obtener las tierras en las que creía que había oro o cuya importancia era determinante para establecer una ruta mercantil. Y, si esto no funcionaba, entonces se expropiaba por la fuerza. Todo valía para arrebatar las tierras a sus legítimos propietarios. «Si no funcionaban la presión y el soborno, entonces se dividía el territorio indio en asignaciones privadas individuales. Se comprendía bien que con ellas se les restaría fuerza a las organizaciones indias y los terrenos pronto pasarían a manos de los anglosajones», explica Rodríguez.


    Un indio sostiene la cabellera de un soldado fallecido- Wikimedia

    Cuando todo aquello fallaba, comenzaba la expulsión mediante los fusiles o las amenazas, algo a lo que muchas tribus indígenas terminaron por responder con las armas. A partir de entonces, muchos grupos de nativos se dedicaron a acabar con la vida de todo hombre, mujer o niño anglosajón que pisaba sus tierras. Y todo ello, de una forma cruel. «Solían escalpar (quitar la cabellera) a los muertos y, además, eran famosos por matar lentamente a sus enemigos», determina Oliver. Para cuando llegó 1835, aquella barbarie ya había hecho mella en el Este de los Estados Unidos. Así lo demostró el mensaje que envió ese mismo año Jackson a sus conciudadanos: «Todos los anteriores experimentos para mejorar las condiciones de los indios han fallado. Ahora parece confirmarse el hecho de que no pueden vivir en contacto con una comunidad civilizada y próspera. Épocas de infructuosos esfuerzos nos han llevado al convencimiento de este principio para la intercomunicación con ellos».

    El odio a los indios se generaliza


    Con el paso de los años el Oeste no fue el único territorio que contribuyó al ensanchamiento de Norteamérica. Un claro ejemplo fue la unión en 1845 de Texas (independiente de los Estados Unidos desde 1838) y, posteriormente, la anexión de varias regiones de México. Dos décadas después, entre 1861 y 1865, este expansionismo se vio frenado por la llegada de la Guerra Civil entre los estados del Norte y los del Sur. Sin embargo, tras la finalización de esta contienda, las ansias de conquista volvieron de una forma renovada. Y es que, tras lograr la adhesión de algunos territorios de la costa oeste del país como Oregón, el gobierno se percató de que la región india se interponía en la comunicación de los dos extremos del país. Norteamérica, por tanto, se dispuso a conquistar aquella zona nativa -ubicada en el centro del continente- y encerrar en reservas a todos los nativos que aún se hallasen en libertad.


    Territorio EEUU (gris); territorio indio (verde)- YouTube

    Este deseo de conquista se vio favorecido por la aparición de oro en las montañas de Dakota, territorio que había sido cedido, en principio, a la tribu sioux por ser sagrado para sus miembros. Cuando el vil metal está de por medio, no hay trato que valga, que debieron pensar los miembros del gobierno norteamericano. Por su parte, y hasta el penacho de plumas de verse asediados una y otra vez por el «hombre blanco», algunos nativos se armaron creando grupos de resistencia. El más famoso de ellos fue el que estuvo al mando de Caballo Loco, un líder cuyo valor era reconocido por todos sus iguales. «Hasta el año 1861, los indios habían sido relativamente pacíficos, pero es en ese año cuando vieron sus territorios de caza invadidos por frenéticos y crueles mineros que llegaban en millares. A esto debemos añadir la llegada de colonizadores blancos y el trato poco satisfactorio que les daba el gobierno», completa el historiador en su dossier.
    Una vez más la violencia se generalizó. Los indios se armaron y, a base de arco, flecha y tomahawk, se dispusieron a rechazar al enemigo. Sin embargo, en este caso Estados Unidos reaccionó creando unidades como el Séptimo Regimiento de Caballería. Alumbrado en 1868, a este grupo de militares se le asignó el objetivo de proteger a los anglosajones en la frontera entre Estados Unidos y las regiones nativas. Un fin heroico que, para desgracia del gobierno americano, se vio manchado por los múltiples actos desalmados que cometieron sus componentes contra la población indígena. Todos ellos, por cierto, ordenados por su líder, George Armstrong Custer (un inepto militar que, además de sádico, se graduó el último de su promoción en la academia de West Point). Este oficial se hizo rápidamente famoso por sus ataques al amanecer en contra de poblados de indígenas y por no dejar que ninguno de sus enemigos (ancianos, mujeres y niños en muchos casos) escapase con vida. Un mal menor, que pensaban sus superiores, si con ello tenían garantizado expulsar a sus enemigos de allí y deportarles a las reservas.


    Custer y el Séptimo de Caballería- Wikimedia

    En 1876 este abyecto militar se encontró con la horma de su zapato cuando, mientras asaltaba lo que -según creía- era una pequeña aldea india, tanto él como sus hombres perecieron ante un innumerable ejército enemigo. Aquella masacre (conocida como la de Little Bighorn por el lugar en el que se celebró) hirió profundamente el orgullo de los estadounidenses y provocó que aumentase todavía más el odio contra los ya vilipendiados indios. «Después del desastre de Little Bighorn y de la derrota del general Custer, los Estados Unidos quedaron traumatizados. El ejército, como respuesta, empezó a acosar a las tribus indias con tal contundencia que, al año siguiente, la mayoría acabaron en reservas. En ellas, los nativos vivían en condiciones miserables por lo que, siempre que podían, se escapaban para hacer la guerra contra los blancos por su cuenta», explica, en declaraciones a ABC Oliver.

    La «Danza de los espíritus»


    A pesar de la victoria de Little Bighorn, la presión militar del ejército de los Estados Unidos acabó diezmando a la tribu de Caballo Loco. Este, sin otro remedio, tuvo que rendirse en 1877 y, por primera vez en toda su vida, aceptar un pacto con el «hombre blanco» según el cuál sería recluido en una reserva. Con todo, los americanos tenían otros planes para supersona. «Sospechaban de él y, a pesar de que estaba confinado y no tenía capacidad de actuación, decidieron eliminarlo. Para ello, le convocaron a una reunión en Fort Robinson (en Nebraska) con la intención de asesinarle. Él se presentó, en principio, sin recelo, pero pronto descubrió que le habían preparado una encerrona. Entonces se rebeló contra sus captores mientras le sujetaban y gritó “Otra trampa de los blancos, dejadme morir luchando”. Al final, un soldado le clavó su bayoneta por la espalda. Murió esa misma noche», añade la historiadora española a este periódico.
    En palabras de Oliver, los siouxs se entristecieron tanto por la muerte de su líder que adoptaron una nueva religión conocida como la «Danza de los Espíritus». Predicada por un chamán de Nevada llamado Wowoka, esta creencia se basaba en realizar un baile milenario que, según decían los brujos, podía hacer volver a los muertos del otro mundo. «Wowoca llegó a vivir desde pequeño en una granja con una familia cristiana y blanca. Después, y sin saber por qué, regresó con su tribu en la reserva del Valle Mason (también en Nevada). A los 30 años tuvo una enfermedad que le provocó severas alucinaciones el día de año nuevo. Durante aquella enfermedad, Wowoca dijo que Dios había hablado directamente con él para decirle que los indios estaban destinados a dominar la Tierra y que los búfalos regresarían a las campiñas. Sin embargo, para ello todos los nativos debían bailar una danza solemne. Según Wowoca, tras el baile los espíritus de sus antepasados entrarían en sus cuerpos y les harían inmortales a las balas», destaca la experta.


    Varios indios bailan la «Danza de los espíritus»- Wikimedia

    Los sioux (la mayoría ubicados en la reserva de Standing Rock –Dakota del Sur-) fueron añadiendo a esta religión un toque más bélico con el paso de los años. Uno de los más drásticos fue el instaurado en los años 80, pues por entonces esta tribu afirmaba que los bailarines tenían que comprometerse a asesinar a los blancos para que los antepasados entraran en sus cuerpos. Con todo, esta variación no fue la más sanguinaria. «En aquella reserva había también un jefe llamado Alce Moteado que le añadió otras particularidades a la danza. Una de ellas era que las viudas debían morir bailando para que los espíritus de sus maridos volvieran a la vida y luchasen por su pueblo», determina Oliver. Todas estas creencias no tardaron en llegar a los oídos del Ejército de los Estados Unidos, que decidió hacer válida aquella frase tan repetida por entonces de «el único indio bueno es el indio muerto» atrapando al líder de la reserva para dar ejemplo. Este no era otro que Toro Sentado, famoso por su arrojo y por ser uno de los compañeros de Caballo Loco.
    El 15 de diciembre de 1890, el ejército se dispuso a arrestar a Caballo Loco dentro de la reserva para, posteriormente, interrogarle en dependencias militares. «Esta misión corrió a cargo de una policía india nativa seleccionada de entre gente muy leal al gobierno. Los encargados fueron 43 agentes indios que, seguidos a cierta distancia de un destacamento de soldados, llegaron a la choza de Toro Sentado y le pidieron que se entregase», destaca Oliver. Sabedor de que poco podía hacer ante los agentes, el líder (de unos 60 años y con pocas ganas de iniciar una revuelta) se entregó. Sin embargo, cuando el destacamento salió de la cabaña del nativo, se dio de bruces con una turba formada por siouxs dispuestos a enfrentarse con ellos para evitar la marcha de su jefe. «Cuando Atrapa al Oso, uno de los indios alborotados, hirió a un policía, un agente disparó a Toro Sentado en la cabeza. Entonces se inició un combate que se cobró la vida de ocho indios y otros tantos militares», destaca la experta.

    La huida de Alce Moteado

    Cuando las barbas de tu vecino veas cortar… Todos conocemos el dicho. Y es seguro que el jefe Alce Moteado (apodado Bigfoot o Pie Grande) también pues –a la vista de que el gran guerrero Toro Sentado había fallecido de aquella cruel forma- decidió reunir a sus seguidores y poner sus pies descalzos en polvorosa el 15 de diciembre de 1890. Su objetivo, así como el de los aproximadamente 400 nativos que partieron con él (la gran mayoría mujeres y niños pequeños), era llegar hasta la reserva de Pine Ridge para ponerse bajo la protección de Nube Roja. Este era otro de los grandes guerreros indios que, entre 1866 y 1868, había presentado batalla (y vencido en varias ocasiones, todo sea dicho) al ejército de los Estados Unidos en Wyoming y Montana. Pero esta era una huida que el Séptimo de Caballería no estaba dispuesto a tolerar. Así pues, horas después de conocer la noticia una unidad de este regimiento partió para interceptarlos.


    James Forsuth- Wikimedia

    «Tras tres días de marcha [el 28 de diciembre] los soldados encontraron a esa partida de indios», explica el historiador y periodista Jesús Hernández en su obra «Las 50 masacres de la historia». Los perseguidores no eran más que un destacamento de jinetes dirigido por el Mayor Whitside, pero con eso bastó para asustar a los indefensos nativos y obligarles a ser escoltados hacia una posición ubicada cerca del río Wounded Knee. Una vez en la zona se les ordenó que acampasen y que preparasen sus armas, pues deberían entregarlas al día siguiente. Tras ello, y según les dijeron, serían llevados hasta un tren que los deportaría a Oklahoma, en Nebraska. «Esa misma noche llegó el coronel James Forsyth con el resto del Séptimo de Caballería e instaló cuatro cañones ametralladores en las cercanías», explica Oliver. El 29 de diciembre de 1890, en una mañana fría repleta de nieve, los soldados se dispusieron a desarmar a los nativos. Una turba que, aunque podía parecer peligrosa, apenas contaba con hombres armados.

    Una cruel masacre


    Con los esperados refuerzos cubriéndoles las espaldas (así como las cuatro ametralladoras pesadas) el Séptimo Regimiento de Caballería entró el 29 de diciembre en el campamento temporal que los indios habían levantado en Wounded Knee. Tras los pertinentes saludos (más ceremoniales que por respeto) los soldados solicitaron a los nativos que entregasen cualquier arma que tuvieran en su poder. Los tensos indígenas accedieron... ofreciendo a aquellos «hombres blancos» apenas 38 fusiles. Un número irrisorio para defender una muchedumbre como la que allí se reunía. El truco no surtió efecto. Al instante, los militares se adentraron en lo más profundo del recinto y, espadas y pistolas en ristre, se dispusieron a buscar entre las pertenencias de aquellas personas cualquier utensilio que pudiese ser usado en su contra. Sus sospechas se materializaron enseguida al descubrir todo tipo de hachas, escopetas y filos entre sus aperos y dentro de sus cabañas. La situación se ponía peliaguda por momentos.
    Fue en ese instante de tensión cuando saltó finalmente la chispa que detonó el barril de pólvora (esto es, la paciencia de los militares). «Se cuenta que, durante el registro, un indio sordo llamado Coyote Negro comenzó a forcejear con un militar para que no le quitase su rifle debido a que era una auténtica reliquia de familia. En ese forcejeo, al parecer, el rifle se disparó», explica Oliver. Como era de esperar, el tiro acabó con la paciencia de los soldados, que se pusieron en guardia, desenfundaron e iniciaron un tiroteo en el que las ametralladoras del Séptimo de Caballería dieron buena cuenta de una gran cantidad de mujeres, niños de todas las edades (incluso recién nacidos) y, en último término, hombres. Por su parte, algunos nativos devolvieron las balas, aunque en una cantidad irrisoria. No hubo tregua ni se atisbó bondad. La caballería modélica de Norteamérica no se apiadó de los indefensos presentes.


    Los soldados, junto a las ametralladoras usadas en la matanza- Wikimedia

    Cuando cesó el fuego y se disipó el humo de los disparos la situación era dantesca. Así la describió posteriormente el jefe Caballo Americano: «Había una mujer con un bebé en sus brazos que fue asesinado. Una madre fue derribada con su bebé; el niño sin saber que su madre estaba muerta trataba de llamarla. Las mujeres que huían con sus bebés murieron juntas. Dispararon a través de la mayoría de ellas. Posteriormente los soldados gritaron que todos los que no estuvieran muertos se presentasen ante ellos y que estarían a salvo. Muchos niños pequeños salieron de sus lugares de refugio y, tan pronto como llegaron hasta los soldados, fueron masacrados allí mismo». El jefe Pie Grande tampoco salvó la vida. Fue asesinado en su tienda mientras se recuperaba de un pulmonía que le había postrado durante todo el viaje.
    Aunque las cifras varían, Oliver es partidaria de que aquella jornada fallecieron 90 indios, así como 200 mujeres y niños. 51 quedaron, a su vez, gravemente heridos. En cuanto a los soldados, dejaron este mundo 25 y 39 fueron heridos. La mayoría, curiosamente, por el fuego de sus propios camaradas desde retaguardia. La situación se agravó con la llegada de la noche. «Aquella noche, una tormenta de nieve cubrió la pradera y muchos de los indios heridos que todavía yacían en el suelo murieron en la oscuridad a consecuencia del frío», explica, en este caso, Hernández. El Séptimo de Caballería, por su parte, custodió a todos los supervivientes que pudiesen andar hasta Pine Ridge, a donde llegaron horas después con 4 hombres y 47 mujeresy niños. Todos ellos, dañados de una forma u otra. Según se cuenta, cuando los nativos fueron atendidos en la iglesia, pudieron leer un irónico letrero con la siguiente leyenda: «Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad».


    Fosas excavadas en el lugar de la masacre- Wikimedia


    En los días posteriores, después de que un temporal atacase la zona, la prensa logró acceder a Wounded Knee y ver con sus propios ojos cientos de cadáveres todavía sin enterrar. Y es que, aunque el Séptimo de Caballería había intentado ocultar las pruebas de lo sucedido, sus unidades de «limpieza» todavía no habían podido acceder a la región. No se pudo hacer nada para evitar que se fotografiasen los cuerpos congelados por el frío invernal. Sin saber como actuar, el Ministerio de la Guerra norteamericano decidió afirmar que el ejército se había limitado a responder con las armas a un levantamiento militar sioux. «Aunque en principio se acusó a James Forsyth de actuar con “ciega estupidez y conducta criminal” y se le destituyó, finalmente el Gobierno presentó la matanza como un levantamiento y una batalla épica. No solo eso, sino que se le concedió la medalla de honor a los soldados que más indios mataron aquel día», añade la experta en declaraciones a ABC.


    Cuatro preguntas a Victoria Oliver


    1-¿Se sabe cómo reaccionó el Séptimo de Caballería cuando se supo la noticia de la masacre?

    Se mostraron orgullosos de haber vengado a sus compañeros muertos en Little Bighorn. El problema es que se generó una gran controversia porque era difícil hacer creer a la opinión pública que aquello había sido una batalla. Pero se logró parcialmente.


    2-¿Hasta que punto fue grave el maltrato de los nativos por parte del ejército americano?


    En el Siglo XIX la represión que hizo el ejército norteamericano de los indios fue terrible. Hay que tener en cuenta que en 1890 estamos hablando de un ejército moderno y democrático, pero antes, cuando no lo era, fue todavía peor. Los indios habían sido tan crueles que el ejército sentía un gran odio hacia ellos. Era relativamente normal. Al haber tanto odio, todo se justificó. Se llegó a decir que el único indio bueno era el indio muerto. Y estas frases eran aplaudidas.


    3-¿Existen muchas investigaciones sobre las tribus indias en España?


    En EE.UU. hay miles de obras sobre tribus americanas, pero en España casi nada. Mi obra habla del encuentro de los exploradores con los pieles rojas y sus diferentes tribus. Los que lean el libro van a encontrar una investigación seria. Lo he escrito igual que si hubiera escrito sobre los griegos, los egipcios o los íberos. Al decir pieles rojas se piensa en literatura, pero lo he hecho con total seriedad y mediante fuentes inglesas de la época (para los territorios de Virginia y Massachusetts), españolas (cuyos cronistas estuvieron en el sur de Estados Unidos) y franceses.


    4-¿Quién “sale ganando” en su libro, los nativos o los colonos?


    He intentado ser absolutamente objetiva en mi libro. He hablado bien y mal de los europeos y de los indios.


    La deleznable y falsa «batalla» en la que el Séptimo de Caballería asesinó a decenas de bebés indios
    Mexispano dio el Víctor.

  7. #27
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    DEPORTACIONES MASIVAS DE INDÍGENAS BAJO LA PRESIDENCIA DE ANDREW JACKSON

    Durante la década de 1830, la brutal política contra los indios del gobierno federal presidido por Jackson condujo al traslado forzoso de unos 100.000 indios a miles de kilómetros de su lugar de origen. Los semínolas fueron expulsados de Florida, los cherokees y los creeks de Georgia y Alabama, los choctas de Misisipi, y las tribus de los sauk y los fox de Illinois y Wisconsin. El gobierno federal y los distintos estados no quisieron o no pudieron llevar a la práctica de modo organizado la injusticia que habían decidido y dejaron morir de hambre y enfermedad a miles de indios por el camino. La meta de este trail of tears (sendero de lágrimas) era la región declarada territorio indio, situada al oeste de Misisipi y Misuri, en el actual estado de Oklahoma.

    En las décadas de 1860 y 1870 los ferrocarriles transcontinentales comunicaron California con el Este. Las gigantescas manadas de bisontes de las grandes praderas fueron exterminadas sistemáticamente. "Buffalo Bill", William Cody, conquistó la fama de haber matado 4.280 bisontes en 17 meses y habérselos vendido a los cocineros de las brigadas que construían el ferrocarril. Con la desaparición de los bisontes, los indios nómadas de las llanuras perdieron la base material de su existencia. Desde 1851, su espacio libre, igual que el de los indios de las praderas y el de los desplazados forzosamente hacia las mismas, se había reducido cada vez más. En las tres décadas de implacable guerra a los indios (1864-1890) y de incontroladas epidemias las tribus fueron diezmadas y sus zonas de asentamiento reducidas a reservas cada vez más estrechas.


    Fuente: Los Estados Unidos de América, Willi Paul Adams.





    ________________________

    Fuente:

    https://www.facebook.com/photo.php?f...type=3&theater

  8. #28
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Del día en el que el Gobierno norteamericano confinaba a los indios en reservas



    Luis Antequera 31 enero 2014


    Ulysses Grant

















    Tal día como hoy, 31 de enero del año 1876, hace pues hoy 138 años redonditos, expiraba el plazo concedido por el Gobierno de los Estados Unidos presidido por el republicano Ulysses S. Grant, ordenando a todos los indígenas del país trasladarse a la reserva india de Flandreau Santee en Minnesota.

    En 1870 los jefes indios Mahpiua Luta (Nube Roja) y Sinte Galeshka (Cola Manchada) se habían entrevistado en Washington con el Presidente Grant, obteniendo la concesión a permanecer en las tierras del río Platte, con tan mala suerte de que un año después se descubre oro, y miles de blancos invaden las tierras indias. En 1875 una comisión intenta comprar a los indios Paha Sapa, pero los indios no la venden. Se decide entonces ocupar los territorios por la fuerza, momento en el que los indios reciben el ultimátum para integrarse en las reservas. Pocos días después, Crook, Terry y Sheridan organizan una ofensiva a gran escala e inician una nueva guerra.






    Sinte Galeshka (Cola Manchada) Mapiua Luta (Nube Roja)



    Es por eso que he elegido esta fecha para poner de relieve un dato que acostumbra a olvidarse cuando se compara lo que fue el proceso de colonización americana por los españoles, y lo que fue ese mismo proceso cuando realizado muchos años después por los británicos.

    Pues bien, en los Estados Unidos de Norteamérica la población indígena presente en el país a la llegada de los colonos ingleses asciende hoy, a duras penas, a un 1% del total, confinada, a lo que se ve, en reservas. El proceso de mestizaje de esas poblaciones con las poblaciones europeas llegadas al país con posterioridad es prácticamente inexistente, nulo.

    En el país en el que los colonizadores y evangelizadores españoles estuvieron más tiempo, Méjico, -llegados por cierto prácticamente un siglo antes que los primeros colonizadores ingleses a Norteamérica, por lo que habrían tenido más tiempo para arrinconar y hasta eliminar las comunidades preexistentes-, la población de blancos puros apenas alcanza un 15% de total; la de indios puros es sensiblemente mayor, alcanzando un 18%; y, el dato más relevante, la población mestiza asciende a… ¡¡¡un 66% del total de la población mejicana, es decir, prácticamente dos tercios de la entera población!!!

    ¿Con qué cara, díganme Vds., con qué caradura, nos dan lecciones de colonización y de respeto a las poblaciones indígenas los británicos, y con qué cara de idiotas las aceptamos los españoles?


    ________________________

    Fuente:

    Del día en el que el Gobierno norteamericano confinaba a los indi - religionenlibertad.com

  9. #29
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    El artículo, inicial, tiene su importancia desde un punto vista del anglosajón, en menor medida, como se sabe, en la óptica castellano-sajona.

    Nos aparece la imagen de Gálvez, general del Ejército Continental ( Continental Army ) que antes de la Independencia de EUA combatía a las tribus amerindias salvajes y criminales de indios y de blancos. Cuando se dijo algo relacionado ´ A la solución final ´ parece que ya quedó claro por algunas investigaciones alternativas que Hitler poseía más de 150.000 judíos en su Ejército Alemán, su chófer fue designado Ario Honorario del Año. Acaso la esposa de Goebbels -Iniciador de los Programas del Fomento de la Familia aria- era judía por parte de padre, donde había generales judíos y otros cargos militares de la SS también había gente de color ( negros y judíos ).

    Alcanzando éste punto de vista amplio, debemos de reconocer que no se puede comprender la colonización con la evangelización, por de pronto los españoles no conquistaban en nombre de su raza o reyes, siempre en nombre de Roma, y sus dominios, como se sabe, eran Pronvincias, éstas con los mismos derechos que uno de Madrid ( que por aquel entonces era aldea, s. XV ).

    Analizando algunos aspectos de la Historia, y al tratar éstos ciclos de la Humanidad, casi siempre aparece la mano insurrecta de la pluma materialista, que, sin extrañar acude a la llamada comparativa de sus intereses, en ello, otorgar unas observaciones de territorios que no disponían de las mismas protecciones universales que sí garantizaban los dominios de España.

    ¨ Un buen indio ¨ podría ser la ¨ Dama de Castilla ¨ en época de Cortés pero ésta no era Isabel de Castilla, aunque también reina, y vieron entonces ya en esos siglos la necesidad de que los españoles ¨ no hicieran sangre ¨ con lo que descubrían. Sabemos que los amerindios, determinados Imperios antes de la llegada de los españoles a Colombia ( América ) tenían esclavos y, que, éstos ( por los esclavos ) tenían a su vez esclavos, es decir : esclavos de esclavos. Algo insólito e innovador en la incertidumbre de lo inhumano. Naturalmente, éste tipo de cuestiones han sido censuradas por determinados gobiernos y épocas para eso mismo : ¨ No hacer sangre ¨ .

    Tanto el Imperio Azteca como el Maya conocían el sacrificio* humano ( o inhumano ), pero antes de éstos -hablamos de varios siglos antes de la llegada de España al Nuevo Mundo, Las Indias- ya tenían ¡ esclavos de esclavos ! los amerindios en sus inmensas extensiones dominadas ( América ). No había ni un solo Imperio o pueblo amerindio que no fuere patriarcal y segregaba en la enseñanza a los sexos : desmontando la publicidad de políticas incipientes en Occidente y sus siglas de LGTB para el ejemplo de América y su sociedad precolombina, otra veces dijeron sociedad socialista precolombina, quedando descartada también dicha referencia lingüística ; porque, como se ha comprobado, el sistema general de los pueblos amerindios se basaba en lo que dijere el cacique y sus nobles jerárquicos so pena de asesinar a los que protestaban.

    En realidad un buen indio sería el que llegó a partipar y ¨ contar ¨ las épicas de los españoles en Italia o en Flandes, durante siglos o de forma presencial en la propia batalla contra los que intentaban atacar a Cristo o a su brazo defensor.

    La Masonería se encargaría, poco después de que España ayudase a EUA a liberarse, de destruir la gran labor de España en el Nuevo Mundo, acaso con las carnicerías de Simón Bolívar lo atestiguan ; asesinando a cerca de 1.000 soldados desarmados en un sólo día, incluyendo a mujeres y niños, era ¨ la guerra a muerte ¨ que quiere imitar, hoy, un tal Maduro y sus cuadros en pintura.

    El resto lo complementa La Famosa Propaganda.
    Última edición por SignaSuperVestes; 09/12/2016 a las 08:03 Razón: tengo un teclado que no me quiere

  10. #30
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    'La tierra llora': la obra que desmitifica las sangrientas guerras entre Toro Sentado, Custer y compañía

    El autor del libro narra el conflicto que se desarrolló entre el progreso y el viejo mundo a través del testimonio de los soldados alcoholizados, los guerreros impasibles, los colonos intolerantes o las incomprendidas tribus aliadas con el hombre blanco




    CÉSAR CERVERA

    @C_Cervera_M

    Actualizado:01/12/2017 15:48h


    Oso Flaco se levantó titubeante del suelo cuando el presidente Lincoln preguntó a la embajada de once jefes cheyennes si alguno tenía algo que decir. El 26 de marzo de 1863, el presidente invitó a la Casa Blanca al consejo del pueblo cheyenne encargado de velar por la paz en las Grandes Llanuras. No es que pretendiera escuchar sus quejas. El Gran Padre creía que un paseo por Washington y luego Nueva York, donde fueron expuestos en un museo como si fueran estatuas, convencería a los indios de lo inútil que era luchar contra el poderoso hombre blanco.

    Rodeado de una nube de burócratas, Oso Flaco pidió, balbuceante al principio, que los soldados blancos se abstuvieran de realizar actos violentos contra el territorio indio de Kansas. Como explica Peter Cozzens en «La tierra llora» (Desperta Ferro), Lincoln respondió señalando con tono paternal en un globo terráqueo las numerosas naciones blancas que había en el mundo y, al final, la pequeña franja que eran las Grandes Llanuras incluso dentro de Norteamérica.

    Luego, con gesto grave, el presidente aseguró a los pieles rojas que su raza podía llegar a ser «tan numerosa y próspera como la blanca, si cedían sus tierras y se dedicaban al cultivo». Sobre los pieles blancas que violaban los tratados y a veces se comportaban mal, Lincoln se justificó en que «un padre no siempre logra que sus muchachos se porten bien».


    «No hay hombre blanco que no odie a los indios y no ha habido nunca un verdadero indio que no odiara a los blancos»


    De vuelta a casa, Oso Flaco no pudo llevar consigo ninguna promesa seria de que acabarían las incursiones blancas. Volvió con las manos vacías, a excepción de una medalla de la paz de cobre bañado en bronce y de unos documentos en los que Lincoln renovaba su amistad con el pueblo cheyenne. Cuando un año después, el 15 de mayo de 1864, cuatro columnas de soldados a caballo se presentaron en las tierras de la tribu de Oso Flaco, el jefe indio se adelantó a sus hombres para hablar con el Ejército. Con la medalla de Lincoln visible sobre su pecho y los documentos de paz en la mano, Oso Flaco se dirigió a un sargento, que le saludó con fuego. Su cadáver fue destrozado a balazos.


    Contra la leyenda negra

    Desperta Ferro edita en castellano «La tierra llora», un libro que presenta la actuación de los estadounidenses en su lucha contra los nativos desde un punto de vista estrictamente histórico. Su autor, Peter Cozzens, ofrece un relato documentado de lo que fueron las Guerras Indias sin demonizar a los soldados, pero sin santificar tampoco a los indios. Este experto en temas militares se desmarca así de la leyenda negra que, a partir de 1970, mostró a los indios como las víctimas de un exterminio orquestado por el Gobierno de EE.UU. Una visión incompleta que caló en la opinión pública gracias a libros como «Enterrad mi corazón en Wounded Knee», de Dee Brown.




    Fotografía de Toro Sentado


    El autor «La tierra llora» narra el conflicto que se desarrolló entre el progreso y el viejo mundo a través del testimonio de los soldados alcoholizados, los guerreros impasibles, los colonos intolerantes o las incomprendidas tribus aliadas con el hombre blanco. Un esfuerzo de análisis para comprender las motivaciones que latían detrás del conflicto y liquidar las falsedades que ha extendido el romanticismo de los setenta y el cine patriótico americano.

    Entre ellos, el mito de la unión nativa contra el Gobierno. Durante todo el conflicto reinó una gran división entre tribus, hasta el punto de que la verdadera obsesión de los grandes caudillos como Caballo Loco, Nube Roja o Gerónimo era masacrar a otros nativos antes que combatir a los blancos. El verano anterior a que el jefe Toro Sentado (una mala traducción de «Toro Búfalo se sienta») masacrara al 7.º Regimiento de Caballería de Custer en la batalla de Little Bighorn (1876), los lakotas había estado persiguiendo a sus enemigos shoshones. Sus largas cabelleras eran trofeos muy apreciados, frente al escaso pelo de los blancos, considerados soldados pésimos.

    Solo el odio entre ambos mundos era compartido. «No hay hombre blanco que no odie a los indios y no ha habido nunca un verdadero indio que no odiara a los blancos», aseguraba el propio Toro Sentado.




    ________________________

    Fuente:

    'La tierra llora': la obra que desmitifica las sangrientas guerras entre Toro Sentado, Custer y compañía
    Última edición por Mexispano; Hace 1 semana a las 22:31

  11. #31
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    La misteriosa mujer del tatuaje azul en la barbilla

    Olive Oatman, de origen mormón, pasó su adolescencia con la tribu mohave y sus tatuajes serían el recuerdo de esta experiencia

    En 1850 la familia Oatman comenzó una travesía por el desierto de Arizona siguiendo los pasos de su pastor mormón, James C. Brewster

    Un grupo de yavapais apalearon a los pioneros hasta la muerte. A todos salvo a dos: las hermanas Olive y Mary Ann, de 13 y 8 años, respectivamente

    Los mohave adoptarían a las niñas y para demostrar su unión con la comunidad, se les tatuó en la barbilla, brazos y piernas, unos dibujos a base de gruesas líneas azules



    Nidia García Hernández

    - Santa Cruz de Tenerife 29/07/2017 - 18:05h




    Retrato de Olive Oatman. (DP)



    Al pensar en los pioneros nos viene a la mente la imagen de aquellos hombres y mujeres dispuestos a cruzar el océano con la esperanza de fundar un mundo nuevo. El problema era que aquel “nuevo mundo” ya existía y había estado habitado durante generaciones por los nativos del lugar: cherokees, apaches, quapaws, siouxs… infinidad de tribus que aprendieron a adaptarse a la salvaje Norteamérica. De hecho, si muchos de estos colonos sobrevivieron fue gracias a las enseñanzas de los indios; un gesto que obtuvo una contrapartida menos generosa (enfermedades, exilio…) y que redujo drásticamente su población.
    La colonización del siglo XIX difícilmente podrá deshacerse de su oscuro legado, pero centrándonos en el punto de vista de los recién llegados, resulta tentador imaginar las sensaciones de aquellos pioneros. El sobrecogimiento de atravesar las llanuras de Nebraska o la impresión de divisar las Montañas Rocosas. El continente norteamericano era inmenso y lleno de contrastes, pero sobre todo, no se parecía a nada de lo que habían visto antes. El impacto de aquellos paisajes tuvo, sin ninguna duda, que emocionarles; aunque no por ello el más ordinario de los días estuviera exento de dureza.

    En 1850 comenzaría la travesía de la familia Oatman, a la que no movía el afán de aventura, sino los designios divinos de su pastor, James C. Brewster. Éste, tras varias disputas, se desvinculó de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y se dispuso a liderar su propia fe. Brewster creía que el lugar sagrado para los mormones no se encontraba en Utah, sino en California, y convencido de ello, condujo a sus seguidores a través del desierto. Al llegar a Santa Fe, casi un año después, la caravana volvió a dividirse. Algunos decidieron asentarse allí, otros continuaron hacia el norte, y los Oatman decidieron alcanzar la desembocadura del Colorado en solitario.




    Ocaso en el desierto de Arizona. (DP)


    A la familia se le advirtió que aquel tramo era estéril y peligroso, pero como suele decirse en estos casos: la fe mueve montañas (y camufla bastante bien los impulsos suicidas). Aquella elección pronosticaba la tragedia, pero Royse Oatman decidió continuar el camino junto a su mujer y sus siete hijos. Para evitar las altas temperaturas, los Oatman viajaban de noche, pero eso no impidió que los bueyes fueran cayendo, a la par que las provisiones, cada día más escasas. Aquel era un páramo seco y sin vegetación, donde ondeaba el aire y la cordura se desvanecía. La situación comenzaba a ser desesperada cuando un grupo de nativos alcanzó el carruaje. Los indios querían comida y tabaco pero la familia no podía prescindir de nada. Sorpresivamente, la negociación derivó en ataque y los yavapais apalearon a los pioneros hasta la muerte. A todos salvo a dos: las hermanas Olive y Mary Ann, de 13 y 8 años, respectivamente.

    Lorenzo, el hermano mayor, fue dado por muerto pero milagrosamente sobrevivió a los golpes. Las niñas, en cambio, se creían completamente solas: sin familia, ni testigos de la masacre. Sus opciones parecían pocas y ahora, además, eran prisioneras de los yavapais. Con ellos recorrieron el desierto durante días, quedando muy debilitadas a causa de la deshidratación y los golpes. El maltrato sufrido durante el trayecto las convencería de su nueva realidad: eran esclavas de los indios.


    La aparición de los mohave

    Las hermanas pasarían un año en cautividad, tratando de sobrevivir a las extremas condiciones del desierto de Arizona. Los yavapais se alimentaban de carne de venado, ardillas o serpiente hervida, pero ellas debían conformarse con los brotes de yuca, raíces o tunas que encontraban. Cualquier queja era rápidamente reprendida, Olive explicaría como “se deleitaban dándonos latigazos injustificados más allá de nuestras fuerzas”.

    Afortunadamente, la suerte de las niñas cambiaría cuando una tribu vecina, los mohave, apareció para hacer negocios con ellos. A los recién llegados les llamó la atención la presencia de las dos niñas blancas y, movidos por la compasión, pactaron un intercambio. Un par de caballos y mantas sirvieron para trasladar a las hermanas a su nuevo destino.

    Los mohave vivían en un valle donde los bosques de álamo y los pequeños campos de trigo contrastaban con las tierras baldías de los yavapais. Olive y Mary Ann pasaron a formar parte de la familia de Espanesay y Aespaneo, un matrimonio que las crió como a sus propias hijas. Para demostrar su unión con la comunidad, se les tatuó en la barbilla, brazos y piernas, unos dibujos a base de gruesas líneas azules. Con este diseño tradicional, los mohave aseguraban el reencuentro de sus miembros en el más allá, y suponía una prueba de su compromiso con las niñas. De hecho, el término que éstos utilizaban para describirlas era “ahwe” que significa “extraño” y no “esclavo” o “cautivo”.




    Caravanas de pioneros. (DP)


    Aparentemente, las hermanas Oatman se integraron totalmente en la comunidad hasta el punto de que, en febrero de 1854, no dijeron nada cuando aparecieron más de cien hombres blancos. Eran topógrafos que estudiaban el terreno buscando trazar una ruta para el ferrocarril desde el río Misisipi hasta el Pacífico. El equipo pasó una semana con los mohave, que fueron descritos como amistosos y serviciales, siempre dispuestos a echar una mano. Puede ser que las niñas, al creer que no les quedaban parientes vivos, hubiesen abandonado por completo la idea de escapar. Pero el afecto con el que Olive siempre relató a su familia mohave pone en duda esta teoría.

    Las chicas continuaron llevando una vida pacífica entre los nativos hasta que una hambruna terminó con la vida de Mary Ann. Su muerte −junto a la de muchos otros miembros de la tribu− fue consecuencia de una inundación que destrozó las cosechas. Olive trató de conseguir comida para su hermana, incluso fue con varios de los mohaves a buscar alimento a las montañas pero Mary Ann, que nunca se había recuperado totalmente de sus marchas forzadas a través del desierto, falleció a su regreso. La comunidad se dispuso a preparar la ceremonia de cremación cuando Olive los detuvo. Quemar a los muertos suponía una atrocidad según sus creencias mormonas, por eso pidió enterrarla y aunque esta idea contradecía las costumbres del poblado, la dejaron hacerlo. Olive eligió para ello una zona del jardín, aquel que su nueva familia les había regalado, justo a su llegada.


    De vuelta a la civilización

    Olive tenía 19 años cuando un miembro de la tribu quechan se presentó en el poblado con un mensaje del gobierno. Las autoridades de Fort Yuma habían oído rumores acerca de una mujer blanca que vivía con los nativos, y el comandante exigía su devolución o conocer los motivos por los que ella no deseaba volver.




    Retrato de Olive Oatman, a su vuelta a territorio del hombre blanco.


    Oatman no sabía que durante años su hermano había estado batallando en California, pidiendo ayuda a cualquiera que se cruzase en su camino y exigiendo justicia a las autoridades locales. Pero nunca pasó nada. “Aprendí”, reflexionó Lorenzo, “que los hombres no van a través de las llanuras a rescatar cautivos entre los indios”. El hermano superviviente llegó a escribir una editorial en el periódico Los Angeles Star donde detallaba la tragedia y describía la indiferencia que había recibido.

    La publicación llegó al Fort Yuma, en Arizona, donde un indio llamado Francisco afirmó conocer el paradero de la joven. Así, éste partió al poblado con la intención de negociar la liberación. La familia mohave se negó en un principio a entregar a Olive y trató de engañar a Francisco alegando que la chica no era blanca, sino de “una raza de personas muy parecidas a los indios, que vive lejos de la puesta de sol”. Habían tintado la piel de Olive con tierra y le pidieron que hablase en un idioma inventado. “Ellos esperaron a escuchar mi absurdo galimatías y presenciar el efecto convincente sobre Francisco. Pero hablé con él en inglés. Le dije la verdad y lo que me habían ordenado hacer”, explicaría Oatman posteriormente.

    La tribu comenzó a sopesar su afecto por Olive frente al temor de las represalias por parte del gobierno de Estados Unidos, que había amenazado con destruir el poblado, si la chica no era entregada. Los mohaves terminaron por aceptar el trato y Olive inició el viaje de veinte días hasta Fort Yuma acompañada, eso sí, de Topeka (su hermana adoptiva). Al llegar al fuerte, fue rápidamente cubierta pues iba desnuda de cintura para arriba. Regresó a los vestidos victorianos, aquellos que no daban tregua a la piel, y a la vista sólo quedó el tatuaje azul de su barbilla como recordatorio de su tiempo con los mohaves.

    El retrato que la inmortalizó fue tomado cuando tenía unos 20 años. El puritanismo de la época sólo permitía mostrar el tatuaje de su cara pero se simularon la líneas que Olive llevaba marcadas en brazos y piernas con los dibujos que cruzan las mangas y el bajo de la falda. La imagen aparecería en la portada de La cautividad de las niñas Oatman, el libro escrito por Royal B. Stratton, con el que la joven daría a conocer su experiencia. No obstante, tenemos que tener en cuenta la influencia de la estricta moralidad del momento, lo que convierte la lectura del libro de Stratton en una versión tergiversada de la realidad donde los nativos son descritos como unos “bípedos degradados”. El autor obvia el afecto que Olive sentía por su familia adoptiva y se centra en destacar las virtudes de la sociedad blanca respecto a la indígena, tachada de inútil, vaga y pagana. Al fin y al cabo, la historia de una blanca secuestrada por salvajes era el argumento perfecto para perpetuar la expulsión y matanza de los aborígenes que estaba teniendo lugar.




    Retrato de miembros de la tribu yavapais y una integrante de la tribu mohave. (CA)


    Susan Thompson, amiga de Olive, declararía años más tarde que parecía como si Oatman estuviese “en duelo” tras su regreso. Corrían rumores de que la joven tuvo varios hijos con los mohave pero ella siempre negó cualquier acercamiento sexual con los indios. Curiosamente, con el tiempo se descubriría que su apodo en la tribu era Spantsa, lo que se puede traducir como “vagina podrida” o “vagina rota”; una expresión de cariño, acorde al peculiar sentido del humor de la tribu. Los historiadores encuentran distintas teorías para el mote, pudiendo referirse a su falta de higiene entre colonos e indios (los últimos tenían la costumbre de bañarse todos los días), o bien al hecho de que era activa sexualmente. Posteriormente se ha especulado con la posibilidad de que el apodo hiciese referencia a su infertilidad, ya que aunque Olive se terminaría casando con un rico banquero, John B. Fairchild, nunca tuvieron hijos propios y terminaron adoptando una niña.




    Retrato de Irataba, líder tribal de los mohaves. (DP)


    Tampoco pareció olvidar a su tribu, y estando ya casada, no dudó en aprovechar la visita de Irataba a Nueva York. El líder tribal de los mohaves ejercía como orador representando a su pueblo y Olive acudió a reencontrarse con él. Éste le contó que su hermana adoptiva, Topeka, aún la echaba de menos y esperaba su regreso. Un acercamiento que fue descrito por la joven como “una reunión entre amigos”, desarmando por completo su papel de captores.

    Oatman abandonó rápidamente el circuito de conferencias del libro y pasó las siguientes décadas de su vida luchando contra la depresión y sus crónicos dolores de cabeza. En las raras ocasiones que salía de casa, se cubría con velos para evitar ser reconocida por su tatuaje. Terminaría muriendo a los 65 años de un ataque al corazón y con su muerte, desapareció también la posibilidad de conocer la verdad de su historia. Dejó como única certeza la tragedia de haber perdido a su familia una y otra vez: primero, con la masacre de sus padres y hermanos por los yavapais, y después, al ser arrancada de su segunda familia, los mohaves. Actualmente, su apellido Oatman da nombre a una ciudad de Arizona que forma parte de la ruta 66, cerca del río Colorado y del lugar donde Olive, con mayor probabilidad, experimentó lo más parecido a la libertad.





    ________________________

    Fuente:

    https://www.eldiario.es/canariasahor...670183304.html

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