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Tema: "Un buen indio es un indio muerto"

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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Joel Elliott: el error que llevó al oficial más sádico del 7º de Caballería a ser mutilado por los indios cheyene

    El 27 de noviembre de 1868, este oficial decidió perseguir a las mujeres y a los niños que huían de un campamento nativo aniquilado por el famoso regimiento estadounidense

    Su sed de sangre llevó al militar a caer en una terrible trampa. Aislado, fue atacado por varias tribus cercanas. Su cuerpo fue hallado jornadas después congelado y mutilado




    Interpretación artística del Séptimo de Caballería - Vídeo: La batalla en la que Caballo Loco aniquiló al sanguinario 7º de Caballería


    Manuel P. Villatoro

    @ABC_Historia

    Actualizado: 23/01/2018 16:37h



    «Dos agujeros de bala en la cabeza, uno en la mejilla izquierda, la mano derecha cortada, el pie izquierdo casi cortado […], una profunda herida en la ingle derecha, profundos cortes en las pantorrillas de ambas piernas, el dedo meñique de la mano izquierda cortado y la garganta cortada». La crudeza del forense a la hora de enumerar las barbaridades perpetradas por los indios contra el mayor Joel Haworth Elliott es sólo comparable al sadismo que este alto oficial del Séptimo Regimiento de Caballería destiló, de la mano del teniente coronel George Armstrong Custer (más conocido como «Cabellos largos» por las tribus locales), contra los nativos americanos a partir de 1867.

    Y es que, aunque es cierto que Elliott no fue la cabeza visible de la estrategia del gobierno norteamericano para expulsar a los nativos de sus tierras a base de espada (ese triste honor correspondió a personajes como el presidente Andrew Johnson y el mismo Custer), sí atacó por orden de «Cabellos largos» varios campamentos de nativos como el ubicado en las cercanías del río Washita (en Oklahoma). De hecho, este oficial fue asesinado por los indios mientras perseguía a un grupo de mujeres y niños desarmados que huían del temible Séptimo de Caballería.

    ¿Justicia? ¿Barbarie? Bajo la perspectiva actual es difícil saberlo. Sin embargo, la realidad es que su trágica muerte conmocionó a la sociedad y justificó la estrategia del terror utilizada por el Ejército de los Estados Unidos contra los legítimos pobladores de Norteamérica.

    Con todo, en Europa la historia de Elliott ha sido ensombrecida por la del propio Custer, cuyas decisiones llevaron a la virtual aniquilación del Séptimo de Caballería en la popular batalla de Little Bighorn (acaecida a finales de junio de 1876). La temeridad y las ansias de gloria de «Cabellos largos», quién buscaba el favor de sus superiores para auparse hasta la poltrona de la Casa Blanca, lograron que las peripecias de este oficial -un versado veterano de la Guerra Civil norteamericana- pasasen a un segundo plano.


    Pacifista

    Según afirma el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos en su dossier « Washita Battlefield. Mayor Joel H. Elliott», nuestro protagonista vino al mundo el 27 de octubre de 1840 en Indiana en el seno de una familia cuáquera. Así lo corrobora también Dan L. Thrapp en su obra « Encyclopedia of Frontier Biography», donde especifica que «nació en Centerville, cerca de Richmond» y vivió en la granja familiar hasta «el 28 de agosto de 1861», día en que se alistó en la Compañía C del Segundo Regimiento de Caballería de Indiana. Así pues, accedió a la unidad (fiel al ejército de la Unión) como soldado raso apenas cuatro meses después de que comenzara la Guerra Civil norteamericana. Y todo, a pesar de que su familia le inculcó siempre unos valores pacifistas.




    Elliott- HAWORTH ASSOCIATION


    A partir de entonces, Joel Elliott combatió en varias de las batallas más famosas de la Guerra Civil. Entre ellas destacaron la de Shiloh en abril de 1862 (la cual se saldó con 23.000 bajas después de que los confederados atacasen por sorpresa a los unionistas cerca de Tennesse); la de Perryville en octubre de ese mismo año (con más de 7.000 bajas) o la de Stones River en diciembre (donde se produjeron unas 24.000 bajas). Durante este período sufrió dos heridas menores y una que a punto estuvo de costarle la vida. «En la batalla de Brice's Cross Road, el 10 de junio de 1864, una bala le impactó en el pulmón izquierdo en Guntown», explica la Haworth Association en su artículo « Joel Haworth Elliot».

    Poco antes (en abril de 1863, atendiendo a la «Encyclopedia of Frontier Biography») nuestro protagonista había sido nombrado capitán del Primer Regimiento de Caballería de Indiana. Un cargo que le duró poco y que le catapultó poco después hasta el Séptimo Regimiento de Caballería de Indiana (diferente al futuro y popular Séptimo de Caballería de Custer). A esta unidad llegó como segundo teniente, pero fue ascendido rápidamente por su arrojo. «En la batalla de Verona, Mississippi, capturó 4.000 armas y destruyó mucho material. Todo eso le permitió acabar la guerra como capitán», se determina en la obra mencionada.


    Contra los indios

    Tras la Guerra Civil (1865), el destino de Elliott se vio ligado a la política del presidente Andrew Johnson. El mismo político que -tras conquistar o anexionarse territorios como Texas, México y Oregón- estableció que la expansión de los Estados Unidos se veía drásticamente frenada por los nativos americanos. Un pueblo que se asentaba en el centro del continente y que impedía la conexión por tierra de los dos extremos del país.

    Decidido a unificar el territorio, el presidente ordenó al ejercito expulsar a los indios hasta reservas apartadas en las que no entorpeciesen los intereses de la nueva nación. Algo que, por descontado, no gustó ni una pizca a los hombres del penacho de plumas, que se armaron para resistir por las bravas el empuje de los hombres de las barras y las estrellas.

    En el marco de esa tensa situación se creó el mítico Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos. Una unidad cuya misión (entre otras tantas) era la de asegurar las fronteras y evitar que los nativos acabasen con los buscadores de oro y las caravanas que se adentraban en sus tierras. «Constituido el 28 de julio de 1866, el 7º Regimiento de Caballería se organizó formalmente el 21 de septiembre en […] Kansas», explican los autores de « The Encyclopedia of North American Indian Wars, 1607–1890. A Political, Social, and Military History». En la misma obra se señala que, desde sus inicios, la unidad fue conocida como « Garryowen» por adoptar esta marcha irlandesa como himno.




    Mayor Joel H. Elliott - NPS.GOV


    El mando del Séptimo de Caballería se le otorgó al mediocre Custer, ilustre a pesar de ser el último de su promoción y de haberse hecho tristemente famoso en la Guerra Civil por usar con demasiada ligereza a sus hombres para acabar con el enemigo a toda costa. No en vano, Ed Rayner y Ron Stapley le definen en su libro « El rescate de la historia» como un oficial «enérgico y nada escrupuloso […] que despreciaba a los indios y esperaba alcanzar una victoria espectacular sobre ellos para dar mayor impulso a su carrera».

    «Cabellos largos», por su parte, llamó a filas a Elliott por considerarlo «un soldado curtido por una amplia experiencia en el campo del servicio».

    No le faltaba razón a Custer, aunque los historiadores coinciden en que, bajo el liderazgo de «Cabellos largos», Elliott dejó salir de su interior toda la barbarie que atesoraba contra los nativos americanos. «En las llanuras demostró ser un oficial celoso y despreciable bajo las órdenes de Custer», explican los autores de «Encyclopedia of Frontier Biography».

    «En las llanuras demostró ser un oficial celoso y despreciable bajo las órdenes de Custer»
    Ejemplo de ello es que nuestro protagonista persiguió ferozmente, el 7 de julio de 1867, a un grupo de desertores hasta dar buena cuenta de ellos. «Siguió la pista de seis huidos a pie, uno murió, dos fueron heridos y el resto arrestados. Él informó de que el fallecido iba a disparar contra él, pero el resto afirmaron que el hombre estaba de rodillas pidiendo clemencia por su vida cuando fue asesinado por el segundo teniente William W. Cooke», añaden los autores de la mencionada obra.

    Con todo, su experiencia permitió a Elliott hacerse con el mando del Séptimo de Caballería cuando Custer fue procesado y suspendido del mando (labor que comenzó entre agosto y octubre de 1867, atendiendo a las diferentes fuentes de información utilizadas).
    Invierno sangriento

    La campaña de presión del Ejército de los Estados Unidos, no obstante, se vio retrasada debido a dos factores principales que explica pormenorizadamente el historiador y periodista Jesús Hernández (autor del blog « ¡Es la guerra!») en su obra « Las 50 grandes masacres de la historia»: «Por entonces, los indios contaban con dos claras ventajas sobre el Ejército. Una era su táctica de guerrilla, favorecida por su gran conocimiento del terreno y su facilidad para vivir sobre él. La otra era su mayor movilidad; al ser capaces de trasladar sus campamentos con cierta agilidad, resultaba difícil capturarlos o perseguirlos».




    Olla Negra


    Por entonces el odio hacia los nativos americanos no conocía ya límites. Así lo demuestran afirmaciones como las del general William T. Sherman («Hay que actuar con fervor vengativo contra los sioux, incluso hasta la exterminación de todos sus hombres, mujeres y niños») o la más popular «El único indio bueno es el indio muerto» (atribuida a multitud de personajes).

    De esta guisa, el general Philip Sheridan (gran valedor de Custer) se decidió a dar un golpe decisivo a los nativos que les obligara a retirarse a las reservas. «El general Sheridan creyó haber encontrado el Talón de Aquiles de su enemigo; al llegar el invierno, las tribus solían replegarse a unos campamentos fijos, ofreciendo así un blanco estable que el Ejército podría atacar de manera planificada. La “Estrategia invernal”; como se le denominó al plan de Sheridan, consistía en que los regimientos saliesen a buscar esos campamentos de invierno para destruirlos», explica Hernández en su libro.




    Custer, el odiado y amado líder del Séptimo de Caballería - ABC


    En su obra « Breve historia de los indios norteamericanos», Gregorio Doval corrobora esta afirmación: «El plan de Sheridan encaraba los dos mayores problemas del ejército. Primero, la dificultad de contrarrestar las tácticas de guerrilla de los indios […]. Segundo, su superior movilidad».

    Para dirigir esta búsqueda y destrucción de los campamentos, Sheridan escogió a su preferido: Custer. Oficial al que le devolvió el mando del Séptimo Regimiento de Caballería. «Los ecos de las proezas de Custer durante la Guerra Civil aún resonaban, por lo que esa decisión fue considerada acertada. Aunque durante el conflicto logró ascender a general con tan solo veinticinco años, tras la guerra su graduación fue reducida a la de teniente coronel», completa Hernández.

    Bajo la promesa de un ascenso rápido, «Cabellos largos» se dispuso a perpetrar la sangrienta «Estrategia de invierno» para ganarse el favor de Norteamérica. «Quería emprender cuanto antes su carrera política hacia la Casa Blanca y necesitaba con urgencia victorias militares que le avalasen», destaca Doval. Y todo ello, de la mano del mayor Elliott.


    Batalla

    A mediados de noviembre de 1868, con el frío sacudiendo sus casacas, Custer y Elliot partieron hacia las llanuras con su cruel objetivo en mente. Su «enemigo» (si es que puede llamarse así) no tardó en aparecer en forma de una pequeña tribu itinerante de indios cheyenes que se había instalado a orillas del río Washita. El poblado, dirigido por Cazo Negro (nombre traducido también como Caldera Negra u Olla Negra), estaba formado principalmente por mujeres y niños y no era hostil.

    «Cazo Negro advirtió a los suyos de que no debían ser pillados por sorpresa […]. En lugar de esperar a que vinieran los soldados a por ellos, él acudiría a su encuentro al frente de una delegación para hacerles ver que el poblado cheyene era pacífico. La nieve era abundante y caía ininterrumpidamente, pero tan pronto como las nubes abandonaran el cielo, se pondría en marcha», explica Dee Brown en su documentada obra « Enterrad mi corazón en Wounded Knee».




    Batalla de Washita - STEVEN LANG


    Para su desgracia, desconocía la misión del Séptimo de Caballería. El 26 de noviembre, Custer y Elliott arribaron a las cercanías del campamento y prepararon el ataque. «La columna se dividiría en cuatro unidades, que atacarían desde cuatro ángulos distintos, convergiendo en el centro del poblado», añade Hernández. El asalto comenzó una hora antes del amanecer, y al son de «Garryowen» (pues Custer había hecho acudir a los músicos de la unidad para que la interpretaran mientras cargaban).

    De nada valieron las banderas blancas y las señales de paz. En pocos minutos, y tras acabar con los pocos conatos de defensa con los que se toparon, el poblado quedó reducido a cenizas. «De los 103 indios que murieron en el ataque, tan solo 11 de ellos eran guerreros», completa el historiador español en su obra. Brown reduce este número a 10.


    Error fatal

    La crueldad del Séptimo de Caballería no se detuvo en la aniquilación del campamento cheyene. Ávido de sangre, Elliott dirigió a una veintena de sus hombres (las cifras varían entre 16 y 18 dependiendo de los historiadores) contra los hombres, mujeres y niños que habían logrado escapar de aquel desastre. Las fuentes también difieren a la hora de señalar si lo hizo o no con el consentimiento de Custer, aunque la teoría más extendida es la que recoge el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos. Según desvela este organismo en su dossier sobre nuestro protagonista, «pidió voluntarios para perseguir río abajo a los indios que escapan de la aldea» sin contar con su superior.

    Aquel fue un error que acabó con su vida. Tras una breve persecución, los pocos soldados de Elliott se toparon con decenas de guerreros de varios campamentos cercanos. «Custer cometió un error de tal calibre que sus consecuencias le persiguieron el resto de su vida. Como no se había molestado en hacer un reconocimiento de los alrededores del poblado, no se dio cuenta de que aquel solo era uno más de una serie de campamentos cheyenes. Cuando el mayor Joel Elliott salió a perseguir a los supervivienets con una pequeña partida de soldados, los guerreros de uno de estos campamentos le tendieron una emboscada», desvela Doval.




    Custer y el Séptimo de Caballería en Little Bighorn


    Usando una estrategia habitual, Elliott ordenó a sus hombres que descabalgasen y atasen sus caballos entre ellos. A continuación, los escasos soldados del Séptimo de Caballería formaron un semicírculo y se defendieron de sus innumerables enemigos.

    ¿Qué hizo Custer cuándo se percató de la contienda? Al parecer, nada. «El intercambio de disparos entre el grupo de Elliott y los indios fue escuchado en la lejanía por Custer, quien fue apremiado por sus hombres para que diese la orden de acudir en su auxilio. Pero Custer, que aún estaba paladeando la victoria, no quiso arriesgarse a entablar un choque con los indios de incierto desenlace», determina Hernández.

    La mayoría de autores (entre ellos Doval, Brown o el organismo oficial estadounidense) corroboran que «Cabellos largos» prefirió recoger a los prisioneros que había hecho y olvidarse de su subordinado para no empañar su «gran victoria». Así pues, los arapajos (tribu a la que pertenecían los asaltantes, según se afirma en «Enterrad mi corazón en Wounded Knee») y los cheyenes dieron buena cuenta de los norteamericanos.


    Venganza y controversia

    Dos semanas después de aquella masacre, Sheridan y Custer hallaron los restos de Elliott y sus hombres dos millas corriente abajo. Todos ellos estaban terriblemente mutilados.

    «El mayor tenía dos orificios de bala en el cráneo y otro en la mejilla; además le habían cortado los genitales, una mano, y el dedo meñique de la otra, y presentaba cortes de cuchillo en todo el cuerpo», señala Hernández. Los autores de «Encyclopedia of Frontier Biography» desvelan, por su parte, que uno de los torsos de los fallecidos soldados del Séptimo de Caballería jamás fue encontrado.




    El Séptimo de Caballería se defiende en círculo de los nativos - The Encyclopedia of North American Indian Wars


    Aquel descubrimiento prendió la mecha de la controversia en la sociedad estadounidense y dentro del propio Séptimo de Caballería. La unidad se dividió en dos: los que apoyaban la decisión de su superior, y los que le criticaban por haber abandonado a sus hombres.

    «Cabellos largos», por su parte, se defendió ante sus compatriotas afirmando que había enviado a una partida a las órdenes del mayor Myers en busca del grupo, pero que regresó sin noticias. La puntilla a este incendio la puso el capitán Benteen, amigo de Elliott y enemigo del teniente coronel, al culpar a Custer de lo sucedido.

    Más allá de esta controversia (que quedaría lapidada tras la derrota y muerte de Custer en Little Bighorn), el mayor fue inhumado irónicamente en la misma zona que odiaba. «Elliott fue enterrado en Fuerte Arbuckle, en territorio indio», añade el autor de «Encyclopedia of Frontier Biography». A día de hoy, su cruel gesta y su muerte son narrada en Oklahoma, donde se puede visitar el campo de batalla de Wishita.




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    Fuente:

    https://www.abc.es/historia/abci-joe...a&vtm_loMas=si

  2. #42
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    El asesinato a «bayonetazos» de Caballo Loco, el jefe indio que humilló al 7º de Caballería

    El 5 de septiembre de 1877, el jefe indio que venció a los norteamericanos en Little Big Horn fue traicionado y murió a manos del Ejército de los Estados Unidos

    Manuel P. Villatoro

    @ABC_Historia

    Actualizado: 11/06/2018 13:21 h




    Caballo Loco - Vídeo: CAROLINA MÍNGUEZ


    Un genio militar que logró vencer a Custer en Little Big Horn (una batalla acaecida el 25 de junio); un líder carismático que dirigió a sus hombres contra los «wasichus» (hombres blancos) que querían conquistar las tierras de los pieles rojas y, además, un bravo guerrero que se lanzaba contra sus contrarios al grito de «¡Hoka Hey!» («¡Hoy es un buen día para morir!»).

    Caballo Loco fue un jefe indio que cambió la historia de los Estados Unidos al infligir al país una de las mayores derrotas del Siglo XIX. Sin embargo, no murió como un bravo guerrero debe y como él hubiera querido: combatiendo hasta desfallecer contra sus enemigos. Por el contrario, dejó este mundo un 5 de septiembre de 1877 después de que un soldado del ejército norteamericano le clavara una bayoneta a traición, y por la espalda.


    El potro se hace caballo

    Caballo Loco vino al mundo en los territorios que hoy ocupa Dakota del Sur (al norte de los Estados Unidos) en 1842. Su infancia fue controvertida pues, como explica el divulgador histórico Gregorio Doval en su obra « Breve historia de los indios norteamericanos», su madre falleció cuando él no era más que un niño. Fue entonces cuando su padre (un «hombre medicina» llamado también Caballo Loco) decidió tomar en matrimonio a su hermana para que el pequeño no creciese solo. Con todo, a nuestro protagonista no le afectó el destino de su progenitora y creció sano y fuerte. «Antes de cumplir los doce años ya había matado su primer búfalo y montaba su primer caballo», explica Doval.

    Durante aquellos años fue testigo de algunas de las matanzas más cruentas que el ejército norteamericano perpetró contra los indios con el objetivo de que abandonaran los territorios en los que habían vivido desde siempre y se encerraran en reservas. «Con dieciséis años adoptó el nombre de su padre y participó por primera vez como guerrero en una incursión exitosa, pero en la que fue herido en una pierna», completa el experto. A partir de ese punto Caballo Loco se fue ganado la lealtad de su tribu a base de arco y hacha, pues demostró su valor y su valía como guerrero primero, y general después, en todo tipo de combates contra los norteamericanos.

    Sin embargo, su gran victoria se sucedió en Little Big Horn (batalla cuyo aniversario se celebrará mañana). Aquel día, un Caballo Loco convertido ya en jefe de los siouxs oglala acabó, junto a Toro Sentado, con el Séptimo de Caballería del mal llamado general Custer (pues era teniente coronel). Un hombre enviado por los EE.UU. para obligar al jefe indio a pasar el resto de su vida lejos de territorios que, desde siempre, habían sido de su tribu. Con todo, lo cierto es que Cabellos Largos (como le conocían los nativos) no solo no consiguió vencer a aquellos pieles rojas, sino que murió con sus hombres tras lanzarse como un verdadero cafre con poco más de 200 jinetes contra 1.200 nativos.


    La derrota tras la victoria

    Sangre y balas para los indios que asesinaron a Custer. Tras la derrota de Little Big Horn Estados Unidos comenzó una campaña de venganza contra los nativos que habían acabado con la vida de Cabellos Largos. Una tormenta de muerte apoyada por la población, ávida de sangre, y realizada con la excusa de confinar a los nativos en reservas. Como ya había sucedido meses atrás, las persecuciones y matanzas de pieles rojas se generalizaron.

    No importó demasiado a la ciudadanía -poco ducha en táctica militar- que el oficial se hubiese lanzado de bruces y sin ninguna posibilidad contra un poblado que superaba ampliamente a su Séptimo de Caballería. Los norteamericanos, el ejército. y el gobierno de las barras y estrellas querían derramar sangre para desquitarse. Por eso fue por lo que el gobierno ordenó a oficiales como el general George R. Crook o el Coronel Miles (más conocido como Chaqueta de Oso Miles) que se dedicasen a hostigar durante meses a todo aquel con penacho de plumas que se cruzara frente a sus fusiles.

    Perseguidas y apaleadas, a muchas tribus indias no les quedó más remedio que marcharse de sus casas y convertirse en nómadas. Casi se podría decir que el remedio fue peor que la enfermedad pues, con la llegada del frío, se hizo imposible para jefes como Caballo Loco dar de comer a sus hombres, mujeres y niños. Gregorio Doval señala en su obra lo difícil que fue durante ese tiempo para los indios conseguir alimentos. El historiador estadounidense Dee Brown es de la misma opinión, la cual hace patente en « Enterrad mi corazón en Wounded Knee» al señalar que el «frío y el hambre se habían hecho insoportables».


    La primera traición

    Al final, la falta de un trozo de carne que llevarse a la boca, el insoportable viento gélido que en aquellas fechas les helaba los huesos, la escasez de municiones con las que enfrentarse a los contrarios, y las promesas de sus enemigos de que solo querían parlamentar, hicieron que Caballo Loco se dejase convencer por sus consejeros y aceptase reunirse con los casacones para pactar una solución a aquella persecución malsana que iba a acabar con su tribu. Para entonces, de hecho, no le parecía tan mala la idea de que les cediesen una reserva.

    Lo cierto es que Caballo Loco no estaba del todo conforme con la decisión de parlamentar la posible retirada de su pueblo, pero no le quedó más remedio que hacerlo, por lo que se preparó para llamar a la puerta -bandera blanca en mano- del mismísimo campamento del coronel Miles. «Ocho fueron, entre jefes y guerreros, los que se prestaron voluntarios para acudir al fuerte con bandera de parlamento», explica Brown.

    Expuesto y sabiendo que podía ser aniquilado, Caballo Loco se personó junto a sus hombres frente a las puertas de la plaza. Y todo parecía ir bien... hasta que unos mercenarios (indios como ellos, por cierto, pero a las órdenes de los «hombres blancos») les vieron llegar y les tirotearon como si se trataran de conejos. Cinco de los hombres del séquito se fueron con el Gran Espíritu (murieron baleados, vaya), pero nuestro protagonista tuvo suerte y logró salir ileso. A partir de ese momento, la poca fe que le quedaba a este jefe indio se esfumó. Aquellos bigotones no eran gente de fiar, por lo que decidió que lo que le tocaba era volver al campamento, hacer el petate, y poner pies en polvorosa.


    Su última batalla

    Pero Miles no estaba dispuesto a dejar escapar a Caballo Loco, un líder cuya importancia era crucial para la moral de los nativos, así que llamó a sus hombres para perseguir a los indios y acabar con ellos de una vez.

    «El militar les dio alcance el 8 de enero de 1877 en Battle Butte. Caballo Loco apenas tenía munición para defenderse, pero contaba con algunos jefes guerreros extraordinarios que, recurriendo a sus argucias y audaces tácticas, lograron extraviar primero, y castigar después, a los soldados mientras el grueso de la fuerza india ponía tierra de por medio atravesando las Wolf Mountains», explica Brown.

    Durante esa batalla, la última de este jefe indio, sus hombres lograron que el pomposo ejército de los Estados Unidos se retirase a base de arco, flechas e ingenio (pues la munición era algo escasa). Con todo, el frío también ayudó a que Miles saliese por piernas y se dirigiese hacia su campamento. Había sido traicionado por el hombre blanco pero, al final, Caballo Loco había salido victorioso.


    La rendición de un héroe

    Pie sobre pie, y todavía con 900 siouxs oglala junto a él, Caballo Loco logró llegar hasta el noroeste de los Estados Unidos, a las tierras del río Powder. Una zona que podría haber sido idílica para él de no ser porque el Ejército de los Estados Unidos andaba pisándole los talones descalzos. Las semanas siguientes continuaron entre el hambre, el frío y la desesperación para los nativos. Y todo ello, aderezado con los tejemanejes que se traía el general Cook quien, al ver lo que le estaba costando acabar con aquellos siouxs, ofreció grandes ventajas políticas a otros jefes indios a cambio de que convenciesen a Caballo Loco, de una santa vez, de que lo mejor era rendir las armas y retirarse a una reserva.

    La efectividad de su llamada fue innegable, pues algunos líderes tribales como Cola Moteada o Nube Roja trataron de hallarle para convencerle de que, a pesar de todo, el hombre blanco no era tan malvado como parecía. Nube Roja fue el que encontró a Caballo Loco y le transmitió que, a pesar de que el general Crook estaba hasta el sombrero de él, le ofrecía una retirada honrosa en una reserva cerca del río Powder.

    «Los 900 oglalas supervivientes se estaban muriendo de hambre […] los guerreros carecían de munición y los caballos parecían sacos de huesos. La promesa de una reserva en el territorio del Powder era todo cuanto hacía falta para que, por fin, Caballo Loco ofreciera su capitulación», explica Brown. La oferta fue demasiado tentadora para el líder indio, que terminó pasando por el aro y rindió el hacha el 5 de mayo de 1877 en Fort Robinson. «El último de los jefes guerreros de los sioux acababa de convertirse en un indio más de las reservas; desarmado, sin caballo, sin autoridad sobre los suyos y prisionero de un ejército que jamás había logrado vencerle en el campo de batalla», completa el experto. Lo cierto es poco más podía hacer.


    La reserva debida

    Capitular ante el hombre blanco no terminó con las penurias de Caballo Loco. Y es que, el paso de las semanas demostró al jefe indio que Crook no tenía demasiadas intenciones de darle, ni a él ni a su tribu, una reserva en la que asentarse en el territorio prometido. De hecho, el general terminó obligando a los siouxs oglala a asentarse en un campamento cercano a su fuerte para tenerles controlados.

    Aún así, a partir de entonces el feroz guerrero se mantuvo fiel al acuerdo al que había llegado con aquel sujeto ataviado con tres estrellas y procuró que sus hombres no participaran en escaramuzas contra el ejército de los Estados Unidos. Con todo, de tonto no tenía una pluma del penacho y, en palabras de Doval, sus esperanzas de que el militar cumpliera con los dicho no tardaron en desvanecerse en el aire. «Caballo Loco hacía caso omiso de todo cuanto le rodeaba; él y sus hombres vivían solo pensando en el día en que Tres Estrellas Crook cumpliera su promesa», determina Brown.

    La situación llegó a ser tan tensa que Crook (desconocemos si para ganar tiempo o no) ofreció a Caballo Loco viajar hasta Washington para entrevistarse con el presidente Rutherford B. Hayes. El tema a tratar: la cesión de la reserva. El jefe indio se negó.

    «Él bien sabía cuanto ocurría a los jefes que acudían a la gran capital: volvían gordos y relucientes a causa de la buena mesa y del confort del gran padre blanco, y toda traza de bravura y temple había desaparecido de sus personas. Observaba los cambios experimentados por los mismos Nube Roja y Cola Moteada que, conscientes de aquello, sentían animosidad hacia el jefe más joven», destaca el experto. Esta falta de respeto al hombre blanco no hizo más que tensar unas relaciones que, ya de por sí, andaban más tirantes que la cuerda de un arco similar a los que habían utilizado en sus buenos tiempos los nativos.

    Si los ánimos ya estaban candentes, terminaron por ponerse al rojo vivo en agosto. Fue entonces cuando llegaron noticias hasta Caballo Loco y sus hombres de que la tribu de los nez percés («narices agujereadas») había entrado en guerra con el ejército de los Estados Unidos. Aquello no era algo excesivamente raro, pero lo que sí lo fue es que los norteamericanos solicitaran a los oglalas que se alistaran en sus filas para servir como exploradores. El jefe indio, al que solo le quedaba el respeto de los miembros de su tribu, instó a que nadie participara en aquella absurda contienda generada por el hombre blanco. Sin embargo, el 31 de agosto su ánimo fue destruido cuando multitud de jóvenes guerreros pieles rojas decidieron vestir el uniforme azul de la caballería para servir a las órdenes del presidente.


    Las incógnitas de su captura

    A partir de este punto la historia de Caballo Loco es algo confusa y varía atendiendo a las fuentes a las que se acuda. Brown, por ejemplo, afirma que se sintió tan «asqueado» al ver como sus hombres le desobedecían y se unían al ejército norteamericano, que decidió abandonar sin permiso el campamento en el que vivía para regresar a sus tierras ubicadas en el río Powder.

    «Cuando Tres Estrellas Crook se enteró de la nueva, por medio de sus espías, ordenó que ocho compañías se desplazaran inmediatamente al campamento de Caballo Loco, situado a pocos kilómetros de Fort Robinson, para hacerlo prisionero. Sin embargo, el jefe indio fue advertido por unos amigos, y los oglalas se dispersaron en todas direcciones», explica el experto. Según su versión, el jefe indio huyó hacia la reserva de un viejo amigo, Toca las Nubes. Un lugar en el que fue encontrado y capturado posteriormente.

    No obstante, esta no es la única teoría sobre su captura. Doval afirma en su obra que Crook detuvo a Caballo Loco basándose en la idea de que estaba organizando una rebelión contra los Estados Unidos. «El general ordenó su arresto aprovechando que [Caballo Loco] había abandonado el fuerte para llevar a su esposa enferma junto a sus padres», determina el español.

    Por su parte, la página web del gobierno de los EE.UU. dedicada a la memoria de este jefe indio aporta una versión totalmente diferente: «En 1877, Caballo Loco fue bajo bandera blanca a Fort Robinson. Las negociaciones con los líderes militares de los EE.UU. estacionados en el fuerte se rompieron. Los testigos culparon de ello a los traductores, que no transmitieron bien lo que quería decir Caballo Loco. El jefe fue detenido y llevado a la cárcel».


    Una muerte a traición

    La llegada al fuerte de Caballo Loco no es la única parte de la vida de este jefe indio que ha generado más controversia. Ese honor corresponde a su muerte, la cual se sucedió poco después de que fuera capturado por los estadounidenses. La versión más extendida sobre su fallecimiento es que corrió a cargo del ejército norteamericano y que sucedió a traición.

    «Los soldados lo hicieron prisionero y le comunicaron que sería llevado a Fort Robinson para entrevistarse con Tres Estrellas. Una vez en el fuerte, le dijeron que era demasiado tarde para ver a Crook aquel día, de modo que se le puso bajo la vigilancia del capitán James Kennington y de uno de los policías de la reserva. Este no era otro que Pequeño Gran Hombre [su antiguo amigo]», explica el experto.

    Siempre en palabras de este historiador, estos dos sujetos llevaron al jefe indio sin que este lo supiera hasta la puerta de una celda en la que nuestro protagonista inició un forcejeo. «El lance duró unos pocos segundos; alguien gritó una voz de mando y el soldado de guardia, William Gentles, hundió su bayoneta en el abdomen de Caballo Loco», completa. Al final, Caballo Loco falleció esa misma noche, el 5 de septiembre de 1877.

    De esta teoría es partidaria también Victoria Oliver (autora de « Pieles rojas» -Edaf-), según explicó a ABC hace algunos meses: «Sospechaban de él y, a pesar de que estaba confinado y no tenía capacidad de actuación, decidieron eliminarlo. Para ello, le convocaron a una reunión en Fort Robinson (en Nebraska) con la intención de asesinarle. Él se presentó, en principio, sin recelo, pero pronto descubrió que le habían preparado una encerrona. Entonces se rebeló contra sus captores mientras le sujetaban y gritó “Otra trampa de los blancos, dejadme morir luchando”. Al final, un soldado le clavó su bayoneta por la espalda».


    Otras teorías

    Nuevamente, la web dedicada al memorial de Caballo Loco aporta una versión totalmente diferente. Los autores de esta página gubernamental son partidarios de que murió combatiendo arma en mano.

    «Cuando se dio cuenta de que los comandantes estaban planeando encarcelarlo, luchó y sacó su cuchillo. Pequeño Gran Hombre, amigo y compañero guerrero de Caballo Loco, trató de detenerlo. Entonces, un guardia de infantería le dio una estocada exitosa con una bayoneta. Hirió de muerte el gran guerrero. Caballo Loco murió poco después de la herida. Hay diferentes teorías sobre la fecha de su muerte, algunos afirman que fue el 5 de septiembre de 1877, y otros, que el 6 de septiembre».

    Lo que sí está claro es que el mayor jefe indio que conoció Estados Unidos falleció, como bien señala el historiador Thomas Powers en su obra « The killing of Crazy Horse» triste por ver en lo que se habían convertido las tribus indias.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.abc.es/historia/abci-ase...video.historia

  3. #43
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    El indio Gerónimo hablaba español

    Las mentiras de las películas del Oeste conectan con otra maniobra de distracción: la que tapa a los responsables del exterminio nativo de EE UU




    El líder apache Gerónimo conduce en 1904. Junto a él viajan otros tres hombres nativos. CORBIS / GETTY IMAGES


    MARÍA ELVIRA ROCA BAREA







    Es bastante fácil encontrar a un español o un mexicano que, si le preguntas quién es Gerónimo, no acierte a contestar algo. Esto con independencia de su nivel cultural o de que tenga estudios superiores. Como mínimo sabrá decir que es un indio que sale en las películas de vaqueros. O algo así. Pero va a ser muy difícil tropezar con alguien en uno u otro país que sepa que Gerónimo hablaba español y que conozca siquiera aproximadamente la verdadera historia de este apache y los bendokes, su tribu; de Cochise y los chiricaguas, de Mangas Coloradas, Victorio, Pósito Moragas, Irigoyen, Ponce… Todos ellos jefes indios en las guerras apaches contra Estados Unidos, uno de los conflictos más sangrientos en la historia de este país en su conquista del Oeste. Aunque en realidad la insurrección apache había comenzado antes, tras la independencia de México. Parece que en la época virreinal no hay conflictos destacables y que los apaches vivían razonablemente integrados dentro del imperio.

    Para que el lector se ubique es necesario que sepa que más de un tercio de lo que hoy es Estados Unidos fue en algún momento de su historia parte del imperio español. Estados Unidos ocupó en 1848 el 52% del territorio mexicano. Estamos hablando de más de dos millones de kilómetros cuadrados, o sea, la superficie de España multiplicada por cuatro. En esa franja aproximadamente estaba la Apachería, que es como se denomina la región en la que se asentaron los apaches cuando atravesaron las fronteras del imperio español en el siglo XVIII buscando protección frente a las feroces incursiones de los comanches. Es una pena, pero el paraíso indígena no ha existido nunca más que en los libros. El primer documento que menciona la existencia de los apaches se escribió en Taos en 1702. En 1720 llega allí una embajada apache solicitando permiso para asentarse en el territorio, permiso que es concedido por el gobernador español. Sigue un largo y difícil proceso para acomodar a los apaches en una región donde ya había otros pueblos que no sentían mucha simpatía hacia ellos (El silencio tiene un precio, E. Roca, Revista de Occidente, septiembre de 2018).

    Todo esto va dicho para explicar que la puesta en escena mil veces repetida en el wéstern según la cual los blancos avanzan con sus carretas desde el oeste, por territorio inexplorado y habitado por tribus hostiles que nunca han tenido contacto con el hombre blanco, es completamente falsa, porque obvia la existencia de la verdadera realidad con la que el blanco protestante se tropezó conforme ocupaba la mayor parte de los territorios: un mundo hispanomestizo donde había pueblos y se hablaba español, entre otras lenguas. Más o menos lo mismo que había en Arizpe (hoy, en el Estado mexicano de Sonora), donde Gerónimo nació el 1 de junio de 1821. La localidad fue fundada por el jesuita Jerónimo del Canal, por eso el nombre era frecuente entre los bendokes. Estaban bautizados Gerónimo y sus padres, y se conservan las partidas de bautismo recientemente descubiertas (Apaches. Fantasmas de Sierra Madre, M. Rojas, 2008). Eran sedentarios y productivos, es decir, no se dedicaban a las correrías depredatorias. Eso vino después, cuando entre las autoridades mexicanas y las estadounidenses no les dejaron otra opción para sobrevivir.

    Acaba de publicarse en España Ahora me rindo y esto es todo (Anagrama), del mexicano Álvaro Enrigue. A medio camino entre la reivindicación y el homenaje, Enrigue intenta rescatar del olvido la vida de la Apachería, asombrado de haber descubierto un buen día que Gerónimo era “más mexicano que la salsa verde”. El novelista en cambio no parece asombrarse ni preguntarse por qué ha llegado a la edad adulta desconociendo esta parte de la historia mexicana, que yace en el olvido más profundo. No por casualidad. Se limita a culpar a los yanquis y al wéstern por haber ofrecido, popularizado y exportado una versión completamente falsa de la realidad. Y es cierto: el wéstern es una falsificación, desde La diligencia (1939) hasta Django Unchained (2012), pasando por Kung-Fu. Pero las razones por las cuales Enrigue y la inmensa mayoría de los mexicanos no sabe nada de Gerónimo ni de la verdadera historia de la Apachería no están solo en Estados Unidos. También están en el mismo México y tienen mucho que ver con la persecución implacable a que sucesivos Gobiernos mexicanos sometieron a estas gentes (véase Ignacio Almada Bay y Norma de León Figueroa, Las gratificaciones por cabellera. Una táctica en el combate a los apaches, 1830-1880, Intersticios Sociales 11, 2016, páginas 1-29 —muy interesante—) después de la independencia.

    Puede parecer una exageración considerar que el wéstern forma parte de la leyenda negra, pero con ella comparte dos características esenciales. Primeramente falsifica la realidad histórica por medio de la ficción literaria (cinematográfica en este caso) y la propaganda, y además oculta lo que verdaderamente sucedió operando una gigantesca maniobra de distracción. En realidad, la leyenda negra es eso: una maniobra de distracción, simplona, pero tremendamente eficaz. En este sentido el wéstern conecta con lo que está sucediendo en California, donde le quitan las estatuas a Colón y destrozan las de fray Junípero Serra, una maniobra de distracción WASP (blanco, anglosajón, protestante, por sus siglas en inglés) para tapar a los verdaderos responsables del exterminio de las poblaciones nativas, que no fueron ni Colón ni fray Junípero ni los españoles, como prueba de manera irrefutable una investigación que acaba de ser publicada en la Universidad de Yale (An American Genocide. The United States and the California Indian Catastrophe [Un genocidio americano. Los Estados Unidos y la catástrofe india de California], Benjamin Madley, 2016). El trabajo de Madley es demoledor. Los grandes hombres cuya memoria se venera y se enseña a respetar en las escuelas son los verdaderos culpables. Al día siguiente de haberse incorporado a California a la Unión, el coronel John Frémont, uno de los padres del Estado californiano (tiene calle, plazas, escuelas y hasta una ciudad a la que nadie le quitará el nombre), presentó ante el Senado de Estados Unidos 10 proyectos legales cuyo objetivo era “transferir vastas extensiones de terreno californiano indio a no indios y al nuevo Gobierno estatal” y declaró allí (y así está registrado en el correspondiente diario de sesiones): “La ley española, de manera clara y absoluta, aseguraba a los indios sedentarios derechos de propiedad sobre la tierra que ocupaban. Esto está más allá de lo que este Gobierno puede permitir en sus relaciones con nuestras tribus domésticas” (página 163).


    La verdadera tragedia hoy es que la población hispana compra esta mercancía averiada. Los WASP, cada vez más preocupados por la potencia demográfica hispana que pronto los dejará en minoría en el territorio (el muro de Trump no evitará esto), la fabrican para tapar fechorías y para hacer que estas caigan sobre otros. No es muy distinto de lo que ocurrió en otros siglos. Tiene la ventaja de que, como está sucediendo en vivo y en directo delante de nuestros ojos, quizás ayude a comprender a los que hablan español a un lado y otro del Atlántico cómo se falsifica la historia. Quizás.

    FUENTE
    Mexispano dio el Víctor.



    Imperium Hispaniae

    "En el imperio se ofrece y se comparte cultura, conocimiento y espiritualidad. En el imperialismo solo sometimiento y dominio económico-militar. Defendemos el IMPERIO, nos alejamos de todos los IMPERIALISMOS."







  4. #44
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Categories Historia Posted on 25 Mar, 2017 21 Dic, 2018

    El Incidente de Wounded Knee, la rebelión sioux en pleno 1973


    Dos activistas del AIM/Imagen: PBS


    El 27 de febrero de 1973 medio mundo en general y todo EEUU en particular se quedaba atónito ante la noticia de que los indios habían vuelto a desenterrar el hacha de guerra y ocupado un pueblo de Dakota del Sur.

    La llegada del FBI supuso el enfrentamiento a tiros, algunas bajas y un estado de sitio que se prolongó más de dos meses hasta alcanzar un acuerdo para deponer las armas.

    Fue el llamado Incidente de Wounded Knee, lugar elegido por los rebeldes por su carácter emblemático, ya que allí se había producido una cruenta batalla más de un siglo antes que supuso el final definitivo de la resistencia indígena.

    Aunque las Guerras Indias que ensangrentaron la historia de la joven nación estadounidense ya declinaban en la última década del siglo XIX, con los pueblos nativos derrotados y recluidos en áreas concretas, persistía en el hombre blanco cierto temor a un nuevo brote.

    Por ello enseguida se intentaba atajar lo antes posible cualquier signo que pareciera indicarlo. Por esa razón, la difusión entre varias tribus de una especie de movimiento religioso que prometía un resurgir de los pueblos indios y se manifestaba en ceremonias poco tranquilizadoras para los colonos, llevó a las autoridades a intervenir: Toro Sentado, que era el líder espiritual, acabó asesinado durante su detención y sus seguidores lakotas reconcentrados en el campamento de Wounded Knee, situado en la reserva de Pine Ridge, en el invierno de 1890.




    El jefe sioux Pie Grande, herido y congelado en Wounded Knee, 1890/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    El famoso Séptimo de Caballería se encargaba de su custodia. El 29 de diciembre, al proceder a incautarles las armas a los indios, un viejo guerrero sordo se negó a entregar su rifle. Éste se disparó durante el forcejeo y desató el pandemónium: los soldados, que ya estaban con los nervios al límite por lo delicado de su misión, abrieron fuego sobre todo lo que se movía mientras los lakotas hacían otro tanto.

    En medio del caos cayeron muertos o heridos hombres, mujeres, niños e incluso fueron alcanzados varios soldados, en buena parte por el fuego de sus propios compañeros. Al acabar el incidente prácticamente todos los lakotas habían sido exterminados; no se saben las cifras exactas pero se calcula que hasta trescientos indios cayeron, de los que sólo un tercio eran guerreros, mientras que el Séptimo tuvo veinticinco muertos y una treintena de heridos.

    Se entiende, pues, el simbolismo del lugar para los insurrectos de 1973, protagonizado de nuevo por lakotas oglala integrados en el AIM (Movimiento Indígena Americano).

    El motivo de la protesta era la acusación que hacían contra Richard Wilson, el presidente tribal, al que atribuían casos de corrupción, así como hacer visible públicamente su queja sobre la demora continua por parte del gobierno en el desarrollo práctico de los tratados.

    Es decir, venía a ser una continuación de la situación decimonónica. Tres semanas antes había fracasado el intento de la OSCRO (Oglala Sioux Civil Rights Organization) por llevar las denuncias por medios jurídicos. Wilson continuaba en su cargo, reprobado por sus tintes autoritarios y su nepotismo; se le reprochaba que, en connivencia con el BIA (Bureau of Indian Affairs), manejaba a su antojo la concesión de empleos en la reserva beneficiando a unos sobre otros, siempre en perjuicio de los de raza pura (él no lo era) porque éstos, fundamentalmente oglalas, tendían a no querer participar en los programas gubernamentales y rechazaban la autoridad oficial en favor de la autogestión.

    A todo eso había que añadir la mísera situación económica de la reserva, donde los indios eran dueños de la tierra pero su uso dependía en parte del ejecutivo y éste se mostraba lento en pagarles los arrendamientos agrarios a colonos, además de imponer el uso minero de una parte importante, cediéndoselo a compañías privadas.

    El ambiente era de irritación y ante algunos brotes violentos, Wilson creó una especie de milicia personal, los GOON (Guardians of the Oglala Nation), con la que imponía el orden por la fuerza y atacaba a los opositores.

    La situación se degradó aún más y muchos indios se retrajeron de participar en las elecciones. El citado fracaso de la OSCRO en llevar al presidente a juicio y la protección oficial que se le ofreció a éste se unieron al descontento por la violenta represión de una manifestación contra el asesinato de un indio por motivos raciales en la ciudad de Buffalo Gap y que acabó en batalla callejera.

    La tensión acumulada terminó por estallar. Así, encabezados por Russell Means (muy popular hoy por haber interpretado a Chingachgook en El último mohicano), Dennis Banks y Carter Camp, los líderes del AIM, unos doscientos sioux ocuparon Wounded Knee, pequeña localidad de unos cientos de habitantes.




    Un sioux en Wounded Knee, 1973 / Foto: History


    Las fuerzas del orden -US Marshals y FBI- rodearon el lugar ese mismo día, ya que estaban en situación de alerta desde días atrás ante la posibilidad de que ocurriera algo, obteniendo la colaboración inmediata de los GOON. Se estableció un cordón alrededor del sitio durante diez días, pasados los cuales se levantó para facilitar el movimiento de la gente; sin embargo, ello permitió que se unieran más efectivos a los indios, pues para entonces todo el país estaba pendiente del asunto.

    Aprovechando esa atención masiva, sus portavoces declararon que Wounded Knee pasaba a ser territorio oglala independiente, exigiendo negociar directamente con el secretario de Estado (el equivalente al ministro de Exteriores en EEUU). Paralelamente, una delegación viajó hasta Nueva York para solicitar el reconocimiento de la ONU, que lo denegó.

    De esta forma, el cerco al pueblo se cerró de nuevo, incorporando vehículos blindados, apoyo aéreo y refuerzos de la Guardia Nacional. Como cabía esperar, hubo tiroteos entre ambos bandos que produjeron las primeras víctimas: un marshall quedó paralítico por un disparo, a lo que contestaron dos francotiradores policiales matando a sendos activistas, un cherokee y un oglala.

    Las balas perdidas también alcanzaron a otros indígenas y a un periodista, a la par que un activista por los derechos civiles desapareció en medio del lío sin dejar rastro (se apunta a que asesinado al ser considerado un infiltrado del FBI). Y es que en las inmediaciones se fue asentando una multitud para apoyar las reivindicaciones indias y ayudar en su abastecimiento, porque la línea de actuación gubernamental fluctuó entre el intento de negociación -un esfuerzo que desempeñó, sobre todo, el fiscal Harlington Wood Jr- y la demostración de fuerza, plasmada en el corte de suministros a Wounded Knee (electricidad, agua, víveres y medicinas).

    Como también se prohibió el acceso a la prensa, nadie tenía muy claro qué pasaba en el lugar; sólo que la situación se deterioraba por momentos con un recrudecimiento de la violencia que se plasmó en las bajas reseñadas.

    El 26 de abril se registró un tercer fallecido, indio también, que decidió a los ancianos indígenas a poner fin al conflicto. Los insurrectos se las arreglaron para escabullirse y así, después de setenta y un días de cerco, las fuerzas gubernamentales entraron en Wounded Knee haciéndose con su control.

    Los daños ocasionados por aquella batalla urbana no quedaron plenamente restañados hasta los años noventa, pero las consecuencias más trascendentes no fueron las físicas. La opinión pública tomó partido mayoritariamente por los indios y muchos famosos manifestaron públicamente su solidaridad, siendo el caso más mediático el de Marlon Brando, que rechazó ir a recoger su Óscar por El padrino enviando en su lugar a una actriz de ascendencia apache.




    Marie Louis Cruz, luego Sacheen Littlefeather, sustituyendo a Marlon Brando/Foto: Alchetron


    Asimismo los cabecillas de la revuelta fueron procesados en 1974 por agresión y conspiración pero resultaron absueltos debido a mala praxis de la fiscalía, que había solicitado repetir el juicio al sufrir uno de los doce jurados un derrame cerebral, aún sabiendo que los otros once votaron a favor de la inocencia; la apelación confirmó esa decisión judicial.

    Entretanto Richard Wilson, el causante indirecto de los sucesos, no sólo siguió en el cargo sino que lo renovó entre acusaciones de fraude electoral e intimidación a los votantes, con decenas de agresiones a los opositores; no se fue hasta 1976.



    Fuentes:

    Wounded Knee 1973. A Personal Account (Stanley David Lyman)

    / Ghost Dancing the Law. The Wounded Knee Trials (John William Sayer)

    / Hippies, Indians, and the Fight for Red Power (Sherry L. Smith)

    / Wikipedia.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.labrujulaverde.com/2017/...-en-pleno-1973

  5. #45
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Daguerreotypes of the Destruction of a Native American Mound in St. Louis, Missouri (1850s/1860s)

    Publicado el 14 abr. 2019

    A collection of daguerreotypes showing the gradual destruction of the burial mound known as Big Mound which was built by Native Americans of the Mississippian Culture between 1000-1450 CE in what is today St. Louis, Missouri. The dirt from the mound was used to build the North Missouri Railroad along the Mississippi River. The photos were taken between 1852-1869 by photographer Thomas Easterly.
    Source: Missouri History Museum.





    https://www.youtube.com/watch?v=Z2DFGz_CyKo

  6. #46
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    Re: Respuesta: "Un buen indio es un indio muerto"

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    El verdadero genocidio de California que desmonta parte de la Leyenda Negra española

    California ha pedido oficialmente perdón por los crímenes cometidos contra la población indígena por parte de los colonos norteamericanos. Cuestión que devuelve al primer plano las grandes diferencias entre el modelo de colonización anglosajón y el español, el cual logró preservar la cultura nativa a través de las misiones franciscanas

    Irene Mira Serrano Madrid Actualizado 25/06/2019


    El Gobierno de California pidió perdón la semana pasada por el genocidio que el estado llevó a cabo contra los nativos americanos a mediados del siglo XIX. Según el historiador Benjamin Madley, de la Universidad de California de Los Ángeles (UCLA), en menos de treinta años la población indígena se desplomó de 150.000 a 30.000 aproximadamente, debido a la matanza efectuada por los colonos que ansiaban hacerse con el oro local.

    Los nativos tenían una rica y larga historia (cientos de miles de personas que hablaban hasta 80 idiomas poblaron el área durante siglos) cuando Estados Unidos irrumpió en California, en 1848, para hacerla de su propiedad y convertirla en un nuevo estado. El nuevo gobierno favoreció a los nuevos ciudadanos en su reclamación de hacerse con el oro de las tierras tribales.

    Con la excusa de que los «salvajes» suponían una gran amenaza para la soberanía estadounidense, el gobierno no dudó en establecer una ley que permitía a los colonos blancos arrestar a los nativos y tomar la custodia de sus hijos. Esto condujo a un sinfín de abusos y a la esclavitud de decenas de miles de personas.


    Peter Hardenman Burnett, primer gobernador de California

    El primer gobernador californiano, Peter Hardenman Burnett, incitó aún más el conflicto cuando, en 1851, declaró ante los legisladores estadounidenses que «debe esperarse a que se siga librando una guerra de exterminio entre las razas hasta que la raza india se extinga».

    Hardenman gastó el dinero público en armar a las milicias locales contra los nativos americanos, además de pedir ayuda al Ejército de EE.UU. De esta forma, cometieron grandes masacres tribales acabando, incluso, con poblaciones enteras, como los 400 nativos Pomo que fueron asesinadas, en 1850, por la Caballería de Estados Unidos y los voluntarios locales.


    La colonización española de California


    Una forma de actuar que se aleja mucho del modelo previo al nacimiento de EE.UU. A los españoles se les acusa precisamente de genocidas y de explotar a los indios desde los incondicionales de la Leyenda Negra española, pero fue gracias a ellos que las comunidades indígenas de California sobrevivieron hasta que la fiebre del oro y la llegada del ferrocarril arrasaron con un mundo que, a ojos anglosajones, requería una buena dosis de modernidad.

    Ilustración publicada en la obra «Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junipero Serra», escrita por Fray Francisco Palou en 1787

    Para entender los orígenes de California hay que remontarse al periodo colonial español. El establecimiento de los hispanos en la Alta California comienza en 1768, tras la expulsión de los jesuitas por Carlos III, y con la llegada de los franciscanos, llamados para iniciar el establecimiento de nuevas misiones y participar en la tarea evangelizadora de los indígenas como parte de un plan de integración para incluirlos en la sociedad colonial. En su labor fundadora, los franciscanos establecieron 21 asentamientos, que fueron la base de lo que hoy es California (como San Diego, San Francisco, Monterrey o Santa Bárbara), donde acogieron a miles de indios.

    La historia y cultura de los nativos pervivieron gracias a las misiones españolas. La situación empezó a deteriorarse después con la fiebre del oro y la incorporación de California a EE.UU. en 1850

    Cuando los religiosos hicieron pie en aquellas tierras, los nativos californianos eran aún pueblos de cazadores-recolectores. Para conseguir su transformación cultural, se dedicaron a enseñarles cómo avecindarse en la misión y a aprender a cultivar. Una tarea que implicaba todo un sistema educativo de los preceptos básicos del cristianismo católico para, a continuación, conducirlos a adquirir nuevas formas de vida y nuevos valores que hicieran de los poblados indios comunidades capaces de integrarse en la sociedad colonial.

    El cuerpo jurídico de las Leyes de Indias ordenaba respetar e incluso a aumentar las tierras indias de cultivo, y velaba por que nunca fueran explotados laboralmente y por que se les hiciera justicia. Fray Junípero Serra, fundador de la mayoría de estas misiones, se mantuvo firme a estos mandatos, tanto que su severa actitud frente a las autoridades militares en defensa de los indígenas le llevaría a desafiarse más de una vez con los comandantes. Una forma de ser y de estar que contrasta fuertemente con el revisionismo historiográfico anglosajón que le acusa en los últimos años de tolerar abusos contra los indios.


    Misión de San Diego de Alcalá,, en California. Siglo XIX

    La historia y cultura de los nativos pervivieron gracias a las misiones. La situación empezó a deteriorarse después: primero, tras el abandono y desmantelamiento de las misiones; y, posteriormente, con la fiebre del oro y la incorporación de California a Estados Unidos en 1850. Un gran número de ciudadanos estadounidenses desbordaron con su presencia la región y los indígenas vieron desaparecer casi todos los derechos que se habían conservado bajo el mandato español y mexicano. En contra de la creencia extendida en EE.UU., la cultura indígena y su gente no desapareció con las misiones, sino que, en realidad, los verdaderos genocidas fueron los colonos que destruyeron este modelo con el objeto de hacerse con el oro de esta región.


    https://www.abc.es/historia/abci-ver...3_noticia.html


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