Según cuenta Alfredo Amestoy en su crónica del diario "El Mundo" ( El falangista que fusiló Franco ) hubieron 70 personas heridas. Son muchas personas heridas.... y como tu dices, uno no puede ir por ahí, y menos aún en tiempos de paz (1942), nada menos que con una granada de mano por la calle, como si llevara una bolsa de castañas asadas... y mucho menos lanzarla a un lugar donde hay una gran concentración de gente, por mucho que éstas gritaran cosas que a uno le molestan.
Me parecería razonable el enfado, e incluso que éste hubiera llevado a unos cuantos roces y bofetadas mutuas entre ellos, a lo sumo... pero de ahí a terminar lanzando una bomba contra una multitud de gente que sale de una iglesia en un acto multitudinario, va un trecho muy largo... demasiado largo, diría. De todas maneras, la condena a muerte de Dominguez quizás fué excesiva, dado que no hubieron muertos (según cuenta esta crónica, al menos...). Había que castigarlo, sí, sin duda alguna, pero el castigo no podía ser el paredón. Hasta el Sr. Obispo de Madrid pidió clemencia.... sin resultados.
De todas formas, el general Varela lo tomó como un atentado directo contra su persona y contra el ejército, por lo que Franco aprovechó esos sucesos para reafirmar su poder, aprovechándose del pulso que existía entre el Ejército y los falangistas. Estos sucesos, además, le costaron el puesto a tres ministros muy influyentes por aquellos días: a Valentín Galarza (Ministro de Gobernación), a Serrano Suñer (el famoso cuñadísimo) y al propio general Varela (Ministro del Ejército por aquellos días) que le salió el tiro por la culata.
Cuenta Alfredo Amestoy que su viuda le explicaba cómo "Juan José Domínguez llegó al extremo de negarse a aceptar una fuga que se había preparado. «Se consiguieron», explica Celia (su viuda), «dos millones de pesetas para comprar a dos funcionarios de prisiones.Tenían un barco para la huida, que hundirían para simular un naufragio. Los guardianes estaban dispuestos, pero era tal el pavor que le entró a Jorge Hernández Bravo, por las represalias que podrían tomar contra él, que mi marido renunció a perjudicarle con la fuga». Ese gesto, le honra...
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