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Tema: El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

  1. #1
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    El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

    Fuente: Boletín de Orientación de la Comunión Tradicionalista, Número 37, 12 de Noviembre de 1944, páginas 1 – 3.



    EL PRINCIPIO DEL FIN



    Cuando en un régimen político se incrusta un sistema esencialmente diverso, se mete con él el germen de disgregación, porque, al no poder ser asimilada la esencia nueva, se paraliza la acción política, se atasca el carro del gobierno y viene la corrupción y la muerte. Sin buscar ejemplos más lejanos, esta misma generación ha visto cómo la Dictadura destruyó el régimen liberal de la monarquía constitucional, y luego cómo la entrada de la CEDA en el gobierno republicano paralizó la vida política de la República. En ninguno de los dos casos se debió esta paralización a intenciones expresas de los hombres de los sistemas incrustados, sino a que su sistema era contrario a la esencia del régimen imperante.

    Lo mismo ocurre en España en este momento. Se optó aquí por un sistema totalitario. No vamos a repetir lo que tantas veces hemos dicho de que esta opción se hizo a espaldas de la España del 18 de Julio. Consignamos simplemente el hecho de que es escogido aquel sistema. Se siguió una moda; no un modo de ser nacional. Ahora la presión de las corrientes extranjeras más próximas y más intensas rechaza aquel sistema y lo condena. Este régimen ve el error cometido; para sobrevivirse él y sus personas se intenta una pirueta y se quiere colocar a esta situación en línea con los sistemas democráticos de las potencias que van llevando la mejor parte en la lucha. En vez de escarmentar con la lección y buscar el camino de lo genuinamente nacional, se sigue de nuevo la moda traída de fuera. Y de este modo, se vuelve otra vez a incrustar un sistema opuesto al régimen establecido. Las consecuencias volverán a ser fatalmente las mismas antes dichas de corrupción y destrucción de la totalidad del régimen.

    Sin previo aviso se ha lanzado el Generalísimo por este camino. No sabemos quién le habrá aconsejado la nueva postura, pues no se concibe que un acto de esa naturaleza y de tamaña gravedad se haga por cuenta propia sin asesoramientos múltiples y reiterados. Menos, todavía, en una pretendida “democracia orgánica”. Si el impulso ha partido del Ministerio de Asuntos Exteriores, ha quedado en evidencia su desacierto. No podemos menos de recordar la noble figura del conde de Jordana, que supo mantener a España en una digna neutralidad a lo largo de anchos períodos tormentosos. Ya el instinto popular le achacaba a él el éxito que otros se apuntaban, y hoy se ve que su prudencia era aún mayor de lo que se sospechaba, pues a poco de faltar él se ha dado este mal paso.

    Porque pensando en los países de fuera se han hecho las famosas declaraciones [1]; y la repulsa ha sido unánime y tremenda. No ya sólo de Alemania, de quien era natural esperarla, sino también de Inglaterra y los Estados Unidos. La prensa de estos dos países ha dicho cosas furibundas. El diario conservador Daily Mail, por ejemplo, dice: «La impertinencia de esta proposición (la de pedir un puesto en la Conferencia de la Paz) deja sin aliento. Mucho tendríamos que buscar para encontrar una desvergüenza más descarada. El Jefe español ve que su amigo Hitler está condenado a perecer irremisiblemente, y busca, por lo tanto, encamarse sobre las espaldas de los aliados. Pero su modo de hacerlo es insufrible… El pueblo británico no olvida la importante ayuda prestada al Reich por la España de Franco. Sin el wolframio español y sin otras materias primas, la situación de Alemania hubiese sido muy difícil. Estos recuerdos estorbarán mucho a Franco en un porvenir no muy lejano y el Jefe del Estado español, al suscitarlos, se ha perjudicado grandemente. Nos permitimos sugerir que para bien suyo debería permanecer [callado] de ahora en adelante». Si esto dice uno de los diarios conservadores, los liberales, y, sobre todo, los laboristas se despachan a su gusto y arremeten contra Franco y sus declaraciones. También los periódicos neoyorkinos respiran de la misma manera, al igual que lo hacen las radios de los dos países. Todos combaten al Jefe del Estado español; muchos llegan al insulto y hasta a la injuria; hay, sin embargo, una nota común, y es que la campaña se dirige personalmente contra Franco y no contra la nación española como tal.

    Aparte ya de esa repercusión que han tenido en el extranjero las declaraciones, debemos decir, con la autoridad que tenemos y que nadie nos puede discutir, que LAS DECLARACIONES NO RESPONDEN AL ESPÍRITU DEL 18 DE JULIO.

    La guerra española no la hizo este o aquel general, ni siquiera el ejército. Fue un levantamiento que revistió por necesidad un carácter militar, pero cuyos fines últimos eran esencialmente políticos; es decir, fundamentalmente civiles. No se trataba de una conquista, ni siquiera de hacer violencia a unos hombres para expulsarlos de la patria. Eso era lo accesorio. Lo fundamental era desterrar unos procedimientos políticos perniciosos, derruir unas doctrinas y unos sistemas que resultaban fatales para la vida de la nación y, por lo tanto, crear y construir otros nuevos. ¿Quién tenía que decir cuáles eran esos sistemas y cómo se había de llegar a ellos? La misión del ejército y sus representantes había sido principalmente la de ayudar con su fuerza a la buena causa, y ésa la había cumplido ya con gran eficacia. Pero la futura orientación política de la nación, libre ésta ya de sus enemigos, debía quedar encomendada a aquéllos que mantenían las doctrinas y los sistemas más opuestos a los derrocados; los que no han fracasado en política y han venido acusando año tras año durante más de un siglo los errores y los fracasos de los demás. Los que defienden la verdad política y demuestran, por su pervivencia, que sólo ella es la verdad: Los requetés de la guerra; la Comunión Tradicionalista.

    Así se reconocía en los primeros meses ilusionados de la guerra, antes de que ambiciones mezquinas bastardeasen el buen espíritu. Pero luego se truncó la buena marcha que se llevaba y comenzó la persecución contra los que representamos la genuina España. Los momentos de más aguda persecución contra el carlismo han coincidido, como era natural, con la iniciación de los caminos más desviados del auténtico bien de España. Se desterró a D. Manuel Fal Conde en plena guerra, para, al poco tiempo, proceder a la desdichada constitución del Partido Único. Otro destierro del Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, éste a Ferrerías, fue en el verano de 1941, con la disculpa de unas cartas en que insistía en el tema de que España no debía abandonar la postura de neutralidad. Era en el momento en que en las alturas pareció bien cambiar tan digna postura por la No Beligerancia, que ahora pesa como invisible fantasma sobre estas declaraciones. Los errores más graves de esta situación han sido acompañados siempre de persecución a los requetés. Se ha querido acallar con medidas duras la protesta nacional contra la desviación del espíritu de nuestra Cruzada.

    A nosotros, por lo menos, no se nos ha engañado. Desde el principio ha quedado patente que, ni nosotros éramos totalitarios, ni el totalitarismo era compatible con la España tradicional. Pero lo sorprendente de esta nueva postura es que burla y engaña a los mismos que parecían acaparar los favores del poder. El zapatazo que se le da a la Falange y a todo lo que venía representando es espantoso. Frente a su sistema rígidamente jerárquico, de nombramientos verticales de arriba y abajo, se invoca ahora la democracia. El partido se nutrió de cosas italianas y alemanas, –saludos, nombres, emblemas, instituciones–, y ahora se reniega de todo aquello. Existe una Junta política y un Consejo, y no se convoca a éste, ni se consulta en forma a aquélla, para el cambio de postura; y hasta la misma División Azul, combatientes que el Partido tomó como suyos propios y exaltó hasta por encima de los mismos voluntarios de nuestra Cruzada, sufre los rigores del cambio de orientación. ¿Cómo es posible que pueda quedar un solo falangista con dignidad en puesto de mando, después de que se le ha dado la vuelta completa a la Falange, y lo que queda para el porvenir no se parece en nada a lo que nos han venido contando en todos estos años? No es hacer ningún favor a los falangistas puros, el decir que una de sus principales características era la de ser antidemocráticos. ¿Cómo pueden compaginar sus doctrinas de siempre con estas novedades? Si después de esto no se nota una retirada en masa de aquéllos que teníamos por idealistas, habrá que convenir que no hay en Falange más que hombres corrompidos, que se ponen la camisa azul únicamente como se ponen la gorra los recaudadores de consumos: para justificar el derecho a cobrar.

    Porque esta nueva situación que crean las declaraciones, –e insistimos en el tema por su enorme gravedad–, es la apostasía oficial del espíritu del 18 de Julio, y gravísima injuria que se causa a los que en aquel alzamiento murieron. No puede interpretarse así lo que aquello representó, ni llevar a esta desembocadura el camino que entonces se trazó. Estas declaraciones no son más que consecuencia natural de los errores llevados a cabo por la situación imperante. Se olvidó la conveniencia de España y se vivió al dictado de otros países, confundiendo el agradecimiento hidalgo por su ayuda a nuestra causa, con la supeditación política y la copia de sus sistemas, que ha enajenado la voluntad popular. Con todo ello se ha creado una situación difícil, sin posible remedio por parte de los actuales gobernantes. Y buscándoselo, impremeditadamente, han ido a caer en el extremo contrario del anterior. ¡Nunca en el centro conveniente que acuse la personalidad española!

    Y ya la cosa no tiene remedio. ¿Cómo van a aceptar amistad los que ven tan patente la deslealtad a la amistad anterior? ¿Cómo es posible dentro de España que el país siga unos cambios tan bruscos? ¿Cómo puede concebirse una Falange democrática?

    Desengáñense los gobernantes y quienes les aconsejan. La actual situación ha entrado ya en barrena. No es posible casar la democracia con el Partido Único. No se trata ya de hacer una cosa mala de dos buenas. En este caso las dos son malas, y, juntas, explosivas. Esto se va ya. Y, por esto, es precisa nuestra nueva llamada, que venimos haciendo desde hace meses una y otra vez. NO HAY MÁS QUE UN SISTEMA PARA SALVAR ESTA SITUACIÓN CAÓTICA: EL SISTEMA TRADICIONAL DE ESPAÑA, QUE ESTÁ TAN LEJOS DEL TOTALITARISMO OPRESOR COMO DE LA DEMOCRACIA ANÁRQUICA. Aún estamos a tiempo para llegar a él, y todos los síntomas lo indican como lo único posible.

    Dentro del campo del 18 de Julio no han quedado más que dos fuerzas organizadas: la de la Falange, que debe toda su vida a su situación privilegiada y al apoyo oficial; y la Comunión Tradicionalista, que, a pesar de las persecuciones y de la dificultad de comunicación, mantiene en pie sus cuadros, suma hoy más requetés que antes del Alzamiento, y ha exigido de sus hombres durante estos años una labor callada de estudio de los problemas políticos, que ha cuajado en numerosos proyectos de disposiciones fundacionales de órganos constitutivos de su sistema orgánico. Hoy la Comunión Tradicionalista está preparada para asumir el poder.

    Fracasada, pues, totalmente, una de estas fuerzas, la Falange, que no ha convencido de la eficacia de su sistema ni a su mismo Jefe, la otra es la que debe entrar a gobernar.

    Estamos ya en la antevíspera del derrumbamiento de este régimen. Piensen todos los españoles honrados que no se trata ya de apuntalarlo. Se cae arrastrando a todo el que se ponga debajo para aguantarlo. Hay que tener preparada la sustitución, que no puede ser más que la que agrupe a toda la España sana. Ésa es la solución tradicionalista. Nosotros no excluimos a nadie de nuestro llamamiento ni establecemos castas entre los españoles por cosa tan nimia como el color de una camisa. No se trata, como podrían pensar algunos, de sustituir un Partido por otro, y que donde hay hoy un falangista esté mañana un requeté. Se trata de implantar un régimen que dé entrada a todos los españoles honestos y patriotas. Hay un puesto para todo el que quiera colaborar en la tarea de levantar nuestra patria. Porque nuestro régimen es amplio, de libertad y de justicia.



    [1] Nota mía. Declaraciones de Franco a la Prensa, publicadas el 7 de Noviembre de 1944.

    Primer cambio político de Franco (1945).PDF

  2. #2
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    Re: El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

    Fuente: Tiempos Críticos. Monarquía Popular, Número 12, Diciembre de 1948, páginas 3 y 8.



    CUENTO HISTÓRICO


    LA METAMORFOSIS DEL RÉGIMEN


    Hoy vamos a regalar los oídos de nuestros amables lectores con la narración de una historia rigurosamente verídica, que tiene la ventaja de deleitar la fantasía y excitar la imaginación con todas las apariencias de los cuentos de las mil y una noches.

    Érase un país, llamado España, a donde había entrado un tropel de serpientes venenosas procedentes de Francia, de Inglaterra y de Rusia. Las cuales serpientes inocularon el virus ponzoñoso de sus glándulas a una buena porción de habitantes de este hermoso país. Pronto vinieron a las manos en reñida y sangrienta pelea los habitantes sanos y los envenenados, de la cual pelea triunfaron en toda línea los sanos.

    Entre los sanos los había muchos que estaban también envenenados, aunque por un veneno aparentemente más suave y benigno, que es el que traían las serpientes de Inglaterra y Francia. Al triunfar el bando de los hombres sanos, no cuidaron de matar o expulsar a los que, estando envenenados, se sentaban con ellos a comer en el mismo festín de la victoria. Y no solo fue así, sino que los envenenados quisieron coger, y cogieron, el fruto copioso del árbol de la victoria y se lo repartieron entre sí. Cogieron, además, las riendas del poder, en unión de unos pocos hombres sanos y de muy buena voluntad, sólo para desconcertar a los cándidos. La mayoría de los ciudadanos indemnes y limpios, que eran, además, los que más ardientemente lucharon contra los envenenados, fueron violentamente echados fuera, y algunos ingresaron en oscuras mazmorras para evitar que molestasen con sus lamentos y entorpeciesen la labor de envenenamiento que se propusieron los que, con el nombre de sanos, ocupaban el poder.

    A la cabeza de este poder estaba un valiente general, que era quien más había figurado en la batalla. Este general al principio no tenía ninguna enfermedad, pero poco a poco, y con el contacto de los hombres envenenados que le rodeaban, acabó por envenenarse casi del todo, aunque no completamente por la misericordia de Dios.

    Este general, rodeado de toda clase de gentes, en su mayoría podridos por el morbo de que hablamos al principio de la historia, empezó a gobernar al país con toda suerte de medidas, unas sabias, otras menos sabias, bien que pronto se vio su intención de ir arrinconando a aquéllos que, por estar completamente sanos, molestaban a los que estaban completamente envenenados, aunque recubiertos con brillantes apariencias de falsa bondad y mentida buena fe.

    El general de nuestra historia, y los que le hacían la corte y le incensaban hasta impedirle la visión clara de lo que ocurría en torno suyo, eran muy sabios y muy duchos en el arte de hablar y, más aún, en el de engañar. Decían cosas muy agradables al oído; siempre hablaban de Dios, del Santo Evangelio y de la Iglesia católica. Casi cada día gritaban que el país que ellos gobernaban sería cada vez más católico y más próspero, y también decían que la causa de los males que sufría el país era una enfermedad llamada “liberalismo”, que duró más de un siglo. Se metían con los reyes de la dinastía liberal, y no dejaban en paz al parlamentarismo, al que llamaban “la peste del siglo XIX”.

    La ocupación de este famoso general, que era muy trabajador, consistía en hacer discursos, muchos discursos. En todos ellos decía casi siempre lo mismo: que España se había casi podrido por culpa del liberalismo y de la masonería; que la historia del liberalismo era la de las desgracias de su país. Total, que nunca dejaba en paz al liberalismo.

    Malas lenguas decían que esta manía del general al liberalismo no era sincera, sino que era una tapadera para encubrir su odio a la libertad. Y que ésta sí que le molestaba, puesto que, de haber un poco más de libertad, todos le dirían las cosas claras, le cantarían las verdades del barquero, y se tendría que marchar avergonzado de sus muchos desaciertos. Estas malas lenguas añadían que dicho señor estaba pegado al palacio desde el que gobernaba, como si las paredes de este palacio fueran de “Kola”. Y que cuando alguien intentaba despegarle, se ponía a rabiar como un chiquillo.

    Los hombres que rodeaban al famoso general tenían una manía que sobresalía sobre todas las demás, y era la de dar coces a los que se les acercaban a darles consejos. Ellos eran los gobernantes perfectos que jamás se equivocaban. No se equivocaban, por supuesto, cuando blasonaban con palabras de su religiosidad y del espíritu católico que informaba su obra de gobierno; no se equivocaban tampoco cuando, con los hechos y en la práctica, obraban lo contrario de lo que antes proclamaban con la boca. Ni se equivocaban, ¡claro está!, cuando se cruzaban de brazos, impasibles ante las consecuencias inevitables de su ineptitud, no por negada menos cierta.

    Todos los cronistas convienen en afirmar que, durante los primeros años de gobierno, el general y los que le rodeaban no hacían sino despotricar contra los gobernantes que les precedieron y, sobre todo, contra su sistema, al que, entre otras cosas, llamaban “caduco”. Y son estos mismos cronistas, y otros historiadores de menos monta, los que se empeñan en aseverar, con documentos y pruebas harto elocuentes, que, lentamente primero, y con todo descaro después, los secuaces del general acabaron por adoptar, en líneas generales, el mismo sistema al que poco antes calificaron de “caduco”.

    Los documentos en que sustentan sus afirmaciones llegan a formar grandes montones en los archivos destinados a escribir la historia del país. Hay, entre ellos, muchos periódicos y revistas dispuestos cronológicamente para mejor construir la gráfica de la obra gubernativa de estos señores, no sin razón llamados “envenenados”. En lugar preferente está la llamada, en lenguaje vulgar, prensa “oficial”, por más que los contemporáneos aseguran que toda la prensa, y los periodiquillos todos, eran publicados conforme al mismo molde “oficial”. Pues bien, en esta prensa de los primeros años se ve repetido, con mucha frecuencia, y en tono enfático, la palabra “Estado totalitario”, “autoridad”, “orden”… Y en tono muy despectivo, y casi grosero, los vocablos de “liberalismo”, “monarquía liberal y parlamentaria”, “sufragio universal inorgánico”…, etc. En todos los artículos y editoriales es fácil advertir un ademán retórico y altisonante, que demuestra la seguridad con que emitían tales afirmaciones, y la pedantería con que se sentían autorizados para sentar doctrina en todas las materias.

    Ya en fecha más próxima a nuestros tiempos, y por un proceso evolutivo impuesto forzadamente, según se deduce por noticias de carácter internacional, desaparece casi del todo la palabra “totalitario”, y otra que tiene con ella estrecho parentesco y que se titula “falangismo”. Ya no se habla tanto de la Iglesia Católica, ni se menciona para nada la palabra “Cruzada”, que era antes muy usada, aunque con un sentido un poco exclusivista. Ni por casualidad se hace referencia a los gloriosos mártires y héroes de la dura guerra fraguada entre los sanos y los podridos. Tampoco se habla de “Imperio”, en ninguna de las muchas acepciones que llegó a tener este concepto en los días inmediatos a la victoria, por desgracia más espectacular que efectiva, sobre los enemigos de la sanidad espiritual y del verdadero bien del país de nuestra historia. Todas estas palabras, y otras muchas de imposible enumeración, fueron desapareciendo del “argot” periodístico, que venía a ser el mismo “argot” de los organismos oficiales, o poco menos.

    En una tercera fase, ya más moderna y muy próxima a nuestros días, los archivos y documentos que serán excelente material para reconstruir la verdadera historia de este país grande y heroico, registran una nueva nomenclatura y un vocabulario nuevo, el cual, como el anterior, refleja el pensamiento oficial, y únicamente el pensamiento oficial, ya que nunca quiso representar otra cosa la prensa y sus adláteres informativos. Bien. Pues en esta prensa archivada, vense nuevas palabras, o mejor, las mismas que en la primera fase, pero en otro tono enteramente distinto; tan distinto, que es de signo contrario. Y así, se habla de democracia con cierta simpatía; se habla de dinastías y de personas, antes desprestigiadas, con mucha simpatía, con demasiada consideración. El “liberalismo” ya no es una enfermedad, sino que es una medicina. El “totalitarismo” ya no es solución sino un mal, y grave mal (¡hay que seguir la corriente y los dictados del extranjero!). La integridad de la fe y la unidad católica, que eran principios inconcusos en el fervor de la lucha contra los “envenenados”, pasa a ser objeto de revisión y detenido examen. Los enemigos que antes eran dos: el Liberalismo, y su consecuencia lógica el comunismo (¡aquí no hay paradoja, señores!), se reducen a uno solo, el comunismo, que es el que da más miedo y afecta más al bolsillo y a la integridad personal. Los alardes de independencia y de autarquía, se transforman, por ensalmo, en coqueteos con las naciones y potencias que atentaron siempre, y atentan todavía hoy, contra la dignidad y la soberanía del país. Aquí no hay imperio, ni independencia, ni glorias nacionales, ni reivindicaciones históricas, ni voz de los muertos, ni mandato de Dios, ni exigencias de la historia. Todo esto ha desaparecido en el nuevo diccionario, para ser sustituido por expresiones que antaño –no muy lejos– hubieran justificado un expediente de “depuración”, de aquéllos que terminaban en “misteriosa” “liquidación” (?).

    Y reaparecen en escena personajes de los calificados de “funestos” por los mismos que ahora se codean con ellos. Atrofiada la memoria, perdida la dignidad, no hay más problema que salvar el pellejo frente al comunismo, aunque este pellejo cueste lo más caro y lo más valioso a los españoles.


    * * *


    He aquí la historia “inacabada” de este país. Falta el epílogo, que suele ser lo más interesante. Nosotros, que estamos rodeados de profetas, hemos acabado por aprender el don de la profecía. E, iluminados por él, auguramos el término de la historia que hemos ofrecido hoy a nuestros lectores de una manera que quizá asombre por su sencillez. Nuestra historia, señores, acabará más pronto de lo que muchos creen, de la siguiente manera: O LOS ENVENENADOS QUE HOY DOMINAN ACABAN CON LOS SANOS, O SE LEVANTAN EN PIE LOS SANOS ANTES DE SER PISOTEADOS Y HUNDEN EN EL FONDO DE LOS ABISMOS A LOS ENVENENADOS.
    Kontrapoder dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

    EL PRINCIPIO DEL FIN


    Cuando en un régimen político se incrusta un sistema esencialmente diverso, se mete con él el germen de disgregación, porque, al no poder ser asimilada la esencia nueva, se paraliza la acción política, se atasca el carro del gobierno y viene la corrupción y la muerte. Sin buscar ejemplos más lejanos, esta misma generación ha visto cómo la Dictadura destruyó el régimen liberal de la monarquía constitucional, y luego cómo la entrada de la CEDA en el gobierno republicano paralizó la vida política de la República. En ninguno de los dos casos se debió esta paralización a intenciones expresas de los hombres de los sistemas incrustados, sino a que su sistema era contrario a la esencia del régimen imperante.

    Lo mismo ocurre en España en este momento. Se optó aquí por un sistema totalitario. No vamos a repetir lo que tantas veces hemos dicho de que esta opción se hizo a espaldas de la España del 18 de Julio. Consignamos simplemente el hecho de que es escogido aquel sistema. Se siguió una moda; no un modo de ser nacional. Ahora la presión de las corrientes extranjeras más próximas y más intensas rechaza aquel sistema y lo condena. Este régimen ve el error cometido; para sobrevivirse él y sus personas se intenta una pirueta y se quiere colocar a esta situación en línea con los sistemas democráticos de las potencias que van llevando la mejor parte en la lucha. En vez de escarmentar con la lección y buscar el camino de lo genuinamente nacional, se sigue de nuevo la moda traída de fuera. Y de este modo, se vuelve otra vez a incrustar un sistema opuesto al régimen establecido. Las consecuencias volverán a ser fatalmente las mismas antes dichas de corrupción y destrucción de la totalidad del régimen.

    Sin previo aviso se ha lanzado el Generalísimo por este camino. No sabemos quién le habrá aconsejado la nueva postura, pues no se concibe que un acto de esa naturaleza y de tamaña gravedad se haga por cuenta propia sin asesoramientos múltiples y reiterados. Menos, todavía, en una pretendida “democracia orgánica”. Si el impulso ha partido del Ministerio de Asuntos Exteriores, ha quedado en evidencia su desacierto. No podemos menos de recordar la noble figura del conde de Jordana, que supo mantener a España en una digna neutralidad a lo largo de anchos períodos tormentosos. Ya el instinto popular le achacaba a él el éxito que otros se apuntaban, y hoy se ve que su prudencia era aún mayor de lo que se sospechaba, pues a poco de faltar él se ha dado este mal paso.

    Porque pensando en los países de fuera se han hecho las famosas declaraciones [1]; y la repulsa ha sido unánime y tremenda. No ya sólo de Alemania, de quien era natural esperarla, sino también de Inglaterra y los Estados Unidos. La prensa de estos dos países ha dicho cosas furibundas. El diario conservador Daily Mail, por ejemplo, dice: «La impertinencia de esta proposición (la de pedir un puesto en la Conferencia de la Paz) deja sin aliento. Mucho tendríamos que buscar para encontrar una desvergüenza más descarada. El Jefe español ve que su amigo Hitler está condenado a perecer irremisiblemente, y busca, por lo tanto, encamarse sobre las espaldas de los aliados. Pero su modo de hacerlo es insufrible… El pueblo británico no olvida la importante ayuda prestada al Reich por la España de Franco. Sin el wolframio español y sin otras materias primas, la situación de Alemania hubiese sido muy difícil. Estos recuerdos estorbarán mucho a Franco en un porvenir no muy lejano y el Jefe del Estado español, al suscitarlos, se ha perjudicado grandemente. Nos permitimos sugerir que para bien suyo debería permanecer [callado] de ahora en adelante». Si esto dice uno de los diarios conservadores, los liberales, y, sobre todo, los laboristas se despachan a su gusto y arremeten contra Franco y sus declaraciones. También los periódicos neoyorkinos respiran de la misma manera, al igual que lo hacen las radios de los dos países. Todos combaten al Jefe del Estado español; muchos llegan al insulto y hasta a la injuria; hay, sin embargo, una nota común, y es que la campaña se dirige personalmente contra Franco y no contra la nación española como tal.

    Aparte ya de esa repercusión que han tenido en el extranjero las declaraciones, debemos decir, con la autoridad que tenemos y que nadie nos puede discutir, que LAS DECLARACIONES NO RESPONDEN AL ESPÍRITU DEL 18 DE JULIO.

    La guerra española no la hizo este o aquel general, ni siquiera el ejército. Fue un levantamiento que revistió por necesidad un carácter militar, pero cuyos fines últimos eran esencialmente políticos; es decir, fundamentalmente civiles. No se trataba de una conquista, ni siquiera de hacer violencia a unos hombres para expulsarlos de la patria. Eso era lo accesorio. Lo fundamental era desterrar unos procedimientos políticos perniciosos, derruir unas doctrinas y unos sistemas que resultaban fatales para la vida de la nación y, por lo tanto, crear y construir otros nuevos. ¿Quién tenía que decir cuáles eran esos sistemas y cómo se había de llegar a ellos? La misión del ejército y sus representantes había sido principalmente la de ayudar con su fuerza a la buena causa, y ésa la había cumplido ya con gran eficacia. Pero la futura orientación política de la nación, libre ésta ya de sus enemigos, debía quedar encomendada a aquéllos que mantenían las doctrinas y los sistemas más opuestos a los derrocados; los que no han fracasado en política y han venido acusando año tras año durante más de un siglo los errores y los fracasos de los demás. Los que defienden la verdad política y demuestran, por su pervivencia, que sólo ella es la verdad: Los requetés de la guerra; la Comunión Tradicionalista.

    Así se reconocía en los primeros meses ilusionados de la guerra, antes de que ambiciones mezquinas bastardeasen el buen espíritu. Pero luego se truncó la buena marcha que se llevaba y comenzó la persecución contra los que representamos la genuina España. Los momentos de más aguda persecución contra el carlismo han coincidido, como era natural, con la iniciación de los caminos más desviados del auténtico bien de España. Se desterró a D. Manuel Fal Conde en plena guerra, para, al poco tiempo, proceder a la desdichada constitución del Partido Único. Otro destierro del Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, éste a Ferrerías, fue en el verano de 1941, con la disculpa de unas cartas en que insistía en el tema de que España no debía abandonar la postura de neutralidad. Era en el momento en que en las alturas pareció bien cambiar tan digna postura por la No Beligerancia, que ahora pesa como invisible fantasma sobre estas declaraciones. Los errores más graves de esta situación han sido acompañados siempre de persecución a los requetés. Se ha querido acallar con medidas duras la protesta nacional contra la desviación del espíritu de nuestra Cruzada.

    A nosotros, por lo menos, no se nos ha engañado. Desde el principio ha quedado patente que, ni nosotros éramos totalitarios, ni el totalitarismo era compatible con la España tradicional. Pero lo sorprendente de esta nueva postura es que burla y engaña a los mismos que parecían acaparar los favores del poder. El zapatazo que se le da a la Falange y a todo lo que venía representando es espantoso. Frente a su sistema rígidamente jerárquico, de nombramientos verticales de arriba y abajo, se invoca ahora la democracia. El partido se nutrió de cosas italianas y alemanas, –saludos, nombres, emblemas, instituciones–, y ahora se reniega de todo aquello. Existe una Junta política y un Consejo, y no se convoca a éste, ni se consulta en forma a aquélla, para el cambio de postura; y hasta la misma División Azul, combatientes que el Partido tomó como suyos propios y exaltó hasta por encima de los mismos voluntarios de nuestra Cruzada, sufre los rigores del cambio de orientación. ¿Cómo es posible que pueda quedar un solo falangista con dignidad en puesto de mando, después de que se le ha dado la vuelta completa a la Falange, y lo que queda para el porvenir no se parece en nada a lo que nos han venido contando en todos estos años? No es hacer ningún favor a los falangistas puros, el decir que una de sus principales características era la de ser antidemocráticos. ¿Cómo pueden compaginar sus doctrinas de siempre con estas novedades? Si después de esto no se nota una retirada en masa de aquéllos que teníamos por idealistas, habrá que convenir que no hay en Falange más que hombres corrompidos, que se ponen la camisa azul únicamente como se ponen la gorra los recaudadores de consumos: para justificar el derecho a cobrar.

    Porque esta nueva situación que crean las declaraciones, –e insistimos en el tema por su enorme gravedad–, es la apostasía oficial del espíritu del 18 de Julio, y gravísima injuria que se causa a los que en aquel alzamiento murieron. No puede interpretarse así lo que aquello representó, ni llevar a esta desembocadura el camino que entonces se trazó. Estas declaraciones no son más que consecuencia natural de los errores llevados a cabo por la situación imperante. Se olvidó la conveniencia de España y se vivió al dictado de otros países, confundiendo el agradecimiento hidalgo por su ayuda a nuestra causa, con la supeditación política y la copia de sus sistemas, que ha enajenado la voluntad popular. Con todo ello se ha creado una situación difícil, sin posible remedio por parte de los actuales gobernantes. Y buscándoselo, impremeditadamente, han ido a caer en el extremo contrario del anterior. ¡Nunca en el centro conveniente que acuse la personalidad española!

    Y ya la cosa no tiene remedio. ¿Cómo van a aceptar amistad los que ven tan patente la deslealtad a la amistad anterior? ¿Cómo es posible dentro de España que el país siga unos cambios tan bruscos? ¿Cómo puede concebirse una Falange democrática?

    Desengáñense los gobernantes y quienes les aconsejan. La actual situación ha entrado ya en barrena. No es posible casar la democracia con el Partido Único. No se trata ya de hacer una cosa mala de dos buenas. En este caso las dos son malas, y, juntas, explosivas. Esto se va ya. Y, por esto, es precisa nuestra nueva llamada, que venimos haciendo desde hace meses una y otra vez. NO HAY MÁS QUE UN SISTEMA PARA SALVAR ESTA SITUACIÓN CAÓTICA: EL SISTEMA TRADICIONAL DE ESPAÑA, QUE ESTÁ TAN LEJOS DEL TOTALITARISMO OPRESOR COMO DE LA DEMOCRACIA ANÁRQUICA. Aún estamos a tiempo para llegar a él, y todos los síntomas lo indican como lo único posible.

    Dentro del campo del 18 de Julio no han quedado más que dos fuerzas organizadas: la de la Falange, que debe toda su vida a su situación privilegiada y al apoyo oficial; y la Comunión Tradicionalista, que, a pesar de las persecuciones y de la dificultad de comunicación, mantiene en pie sus cuadros, suma hoy más requetés que antes del Alzamiento, y ha exigido de sus hombres durante estos años una labor callada de estudio de los problemas políticos, que ha cuajado en numerosos proyectos de disposiciones fundacionales de órganos constitutivos de su sistema orgánico. Hoy la Comunión Tradicionalista está preparada para asumir el poder.

    Fracasada, pues, totalmente, una de estas fuerzas, la Falange, que no ha convencido de la eficacia de su sistema ni a su mismo Jefe, la otra es la que debe entrar a gobernar.

    Estamos ya en la antevíspera del derrumbamiento de este régimen. Piensen todos los españoles honrados que no se trata ya de apuntalarlo. Se cae arrastrando a todo el que se ponga debajo para aguantarlo. Hay que tener preparada la sustitución, que no puede ser más que la que agrupe a toda la España sana. Ésa es la solución tradicionalista. Nosotros no excluimos a nadie de nuestro llamamiento ni establecemos castas entre los españoles por cosa tan nimia como el color de una camisa. No se trata, como podrían pensar algunos, de sustituir un Partido por otro, y que donde hay hoy un falangista esté mañana un requeté. Se trata de implantar un régimen que dé entrada a todos los españoles honestos y patriotas. Hay un puesto para todo el que quiera colaborar en la tarea de levantar nuestra patria. Porque nuestro régimen es amplio, de libertad y de justicia.



    [1] Nota mía. Declaraciones de Franco a la Prensa, publicadas el 7 de Noviembre de 1944.

    Primer cambio político de Franco (1945).PDF
    Vamos a ver, respecto al fondo del artículo, parece atacarse al régimen de Franco (al existente en 1944) por su giro y nuevas concomitancias a favor de los aliados (EEUU e Inglaterra) tras el declive y previsible derrota de la Alemania de Hitler. Critica el articulista tanto la "anterior" simpatía de Franco hacia Hitler como la "nueva" simpatía hacia el bando Aliado. Ambas le parecen mal...

    Debe aclararse que como, efectivamente Hitler ayudó al Bando nacional en la Guerra civil (entre otras cosas, el bando de los carlistas...) España tenía que seguir pagando esa deuda monetaria a Alemania: en eso consistía la exportación de wolframio que tan mal le parece al articulista. (Aunque él parezca presuponer que la gente del 18 de Julio habría ganado la guerra civil de todos modos, sin ayuda de Alemania y casi casi hasta sin Ejército).

    La neutralidad española de Franco en la II Guerra Mundial se basaba en un difícil equilibrio entre un bando y el otro. Frente a la Alemania de Hitler que llegaba hasta los Pirineos, Franco amagaba con favorecer a Inglaterra; y frente a una invasión de España por los Aliados amagaba con volcarse a Hitler. Franco pudo haber conquistado Gibraltar... y no lo llegó a hacer, exportaba también a Inglaterra... Churchill respetó siempre a Franco del que nunca habló mal, etc.

    Franco hasta 1943 desconfió de quien podría ganar aquella guerra y por eso no se atrevió a embarcarse en ningún bando. No tiene nada de extraño que desde 1944 jugara la baza de los Aliados (no de la URSS) y que gente de dicho bando recordara los sustos que Franco pudo darles. Pero la neutralidad, como mal menor lo conllevaba.

    En vez de escarmentar con la lección y buscar el camino de lo genuinamente nacional, se sigue de nuevo la moda traída de fuera
    ¿De veras imagina el articulista que el bando Aliado habría aceptado a España con un Franco volcado al tradicionalismo o con un personaje carlista en el poder?

    No podemos menos de recordar la noble figura del conde de Jordana, que supo mantener a España en una digna neutralidad a lo largo de anchos períodos tormentosos.
    Pero ¿en qué quedamos? "Digna neutralidad" o régimen pro-hitleriano?

    El Jefe español ve que su amigo Hitler está condenado a perecer irremisiblemente, y busca, por lo tanto, encamarse sobre las espaldas de los aliados. Pero su modo de hacerlo es insufrible… El pueblo británico no olvida la importante ayuda prestada al Reich por la España de Franco. Sin el wolframio español y sin otras materias primas, la situación de Alemania hubiese sido muy difícil. Estos recuerdos estorbarán mucho a Franco
    Sin la ayuda del Reich, me da que la España del articulista habría sido en 1944 bastante pero que bastante roja, y me da que este artículo no lo hubiera podido publicar.

    Si esto dice uno de los diarios conservadores, los liberales, y, sobre todo, los laboristas se despachan a su gusto y arremeten contra Franco y sus declaraciones. También los periódicos neoyorkinos respiran de la misma manera, al igual que lo hacen las radios de los dos países. Todos combaten al Jefe del Estado español; muchos llegan al insulto y hasta a la injuria; hay, sin embargo, una nota común, y es que la campaña se dirige personalmente contra Franco y no contra la nación española como tal.
    ¿Arremetían también contra él cuando pudo tomar Gibraltar y volcarse con Hitler? ¿A que estaban calladitas y meándose de miedo?

    La misión del ejército y sus representantes había sido principalmente la de ayudar con su fuerza a la buena causa, y ésa la había cumplido ya con gran eficacia. Pero la futura orientación política de la nación, libre ésta ya de sus enemigos, debía quedar encomendada a aquéllos que mantenían las doctrinas y los sistemas más opuestos a los derrocados; los que no han fracasado en política y han venido acusando año tras año durante más de un siglo los errores y los fracasos de los demás. Los que defienden la verdad política y demuestran, por su pervivencia, que sólo ella es la verdad: Los requetés de la guerra; la Comunión Tradicionalista.
    Bueno, bueno, no está claro que responderían a eso tu prensa londinense o neoyorquina ni tus Churchills o Roosevelts... ¿eh?
    DOBLE AGUILA y Pious dieron el Víctor.
    "...Tras las escuelas liberales vienen las socialistas
    con su teoría de las insurrecciones santas y los delitos heroicos...
    el nuevo evangelio del mundo
    lo están escribiendo presidiarios
    ...
    el mundo no tendrá sino lo que se merece
    cuando sea evangelizado por los nuevos apóstoles..."
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  4. #4
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    Re: El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

    Sin la ayuda del Reich, me da que la España del articulista habría sido en 1944 bastante pero que bastante roja, y me da que este artículo no lo hubiera podido publicar.
    Alacran, no deja de tener cierta ironía esta afirmación suya en particular, ya que el artículo de marras sólo pudo ver la luz precisamente en uno de los boletines pertenecientes a la prensa clandestina de la Comunión.

    Evidentemente, es una ingenuidad creer que un artículo medianamente crítico hacia Franco y su dictadura pudiera aparecer abiertamente en alguna de las pocas revistas o periódicos públicos que la Comunión logró salvar del expolio originado por el Decretazo mendizabalesco del 19 de Abril del 37.

  5. #5
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    Re: El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

    Cita Iniciado por Martin Ant Ver mensaje
    Alacran, no deja de tener cierta ironía esta afirmación suya en particular, ya que el artículo de marras sólo pudo ver la luz precisamente en uno de los boletines pertenecientes a la prensa clandestina de la Comunión.

    Evidentemente, es una ingenuidad creer que un artículo medianamente crítico hacia Franco y su dictadura pudiera aparecer abiertamente en alguna de las pocas revistas o periódicos públicos que la Comunión logró salvar del expolio originado por el Decretazo mendizabalesco del 19 de Abril del 37.
    Me refería a que, de haber ganado la guerra el bando rojo no habrían tenido tales boletines carlistas, ni aun clandestinamente, contenido viable ni lectores (aniquilados o huidos) a quien dirigirse, obviamente. Si había texto noticiable, boletines y lectores sería porque la represión no era tan dura.

    La expresión "dictadura franquista" es, cómo no, de Vd: no me ha parecido encontrarla en los textos enviados.

    De todos modos, es llamativa la angelización por Vd. del tradicionalismo-carlismo, dando por hecho que, de haber llegado a imponerse, hubiera triunfado por su propia virtud al modo de Cristo y de los santos, y no hubiera tenido disidentes ni enemigos, ni hubiera sido tachado de dictadura y hubiera carecido de aparato policial y represivo.

    ¿Se nos dirá quizá que, como encarnaba las esencias de las Españas, todo disidente se habría arrepentido, caído arrodillado en éxtasis... o en caso contrario hubiera debido ser reprimido "con todo derecho"? ¿Qué hubiera pasado con los falangistas, alfonsinos, etc. ¿libertad de participación política, de expresión... o, más bien, represión y exilio?
    Me temo, en definitiva, que el modelo represivo "tradicionalista" no hubiera distado mucho del, tan denostado por Vds., modelo represivo franquista.

    ¿Y cómo habrían catalogado los demás países demócratas del entorno a semejante régimen tradicionalista? Como "democracia", y modelo de derechos humanos... segurísimo que no; luego el cerco internacional habría estado garantizado y la "transición a la democracia", asimismo... imparable.
    Última edición por ALACRAN; Hace 1 semana a las 15:58
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  6. #6
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    Re: El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

    ¿Y cómo habrían catalogado los demás países demócratas del entorno a semejante régimen tradicionalista? Como "democracia", y modelo de derechos humanos... segurísimo que no; luego el cerco internacional habría estado garantizado y la "transición a la democracia", asimismo... imparable.

    Desde luego, habida cuenta de la fascinación de algunos personajes "carlistas" (incluídos miembros de la Casa Real y el propio heredero) por cosas como el Socialismo Autogestionario y el modelo de de Estado Federal inspirado en la Yugoslavia de Josip Broz ("Tito"), es muy posible que esa "transición imparable" hubiera desembocado en democracia; pero "democracia popular" al estilo de los países firmantes del Pacto de Varsovia; allende el Berliner Mauer.

    PD: El actual príncipe holandés, reconocido oficialmente por el resto de la realeza europea como Jefe de la Casa Borbón-Parma (y que se autodenomina "carlista"), ha visto como los tribunales de justicia han dado la razón a su hijo primogénito nacido fuera del matrimonio (pero buscado expresamente por sus padres) con una hijastra del conde de Van Resteren-Limpurg. Parece que el chico (no sin razón) reclamó sus derechos de tratamiento, ya que su padre contrajo matrimonio civil y después desigual con una señorita perteneciente al estado llano.

    https://www.youtube.com/watch?v=uIYxuYYtnwo

    https://carlismo.es/sobre-la-boda-de...-borbon-parma/
    Última edición por DOBLE AGUILA; Hace 1 semana a las 02:02
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  7. #7
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    Re: El paso de la primera a la segunda etapa de la dictadura franquista (1945)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Me refería a que, de haber ganado la guerra el bando rojo no habrían tenido tales boletines carlistas, ni aun clandestinamente, contenido viable ni lectores (aniquilados o huidos) a quien dirigirse, obviamente. Si había texto noticiable, boletines y lectores sería porque la represión no era tan dura.
    Pues me parece más clara su afirmación inicial (citada por mí) que esta "explicación" de la afirmación.

    Mi comentario sólo tiene sentido si se entiende esa afirmación inicial de usted (citada por mí) en su sentido obvio, a saber: que de haber ganado la guerra el bando rojo los legitimistas españoles no habrían podido publicar (publicar abiertamente, se sobreentiende) un artículo del estilo del que aparece transcrito en el primer mensaje de este hilo. De ahí mi aclaración de que no se trataba de un artículo estampado en una publicación de la prensa abierta o pública de la Comunión, sino en un impreso de su prensa clandestina.

    La expresión "dictadura franquista" es, cómo no, de Vd: no me ha parecido encontrarla en los textos enviados.
    El término "dictadura" para referirse de manera genérica al periodo político franquista no es mío, sino lugar común en la bibliografía legitimista española. No tiene, en sí, sentido peyorativo, y se utiliza indistintamente junto con otros términos como "régimen franquista", "sistema franquista", "Estado franquista", etc...
    Última edición por Martin Ant; Hace 1 semana a las 23:56

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