Inventos españoles (11). El cóctel molotov
Por Pablo Martín Sánchez
El 13 de septiembre de 2010 apareció en esta revista mi último artículosobre inventos españoles, en el que acababa asegurando que «el mejor invento de todos no es otro que la imaginación». Ahora, tras un silencio de medio año, retomo la tarea de un modo explosivo: con un artículo sobre el cóctel molotov. ¿Cómo?, se preguntarán por enésima vez los seguidores de esta serie. ¿Cómo va a ser un invento español con ese nombre siberiano? Y mi respuesta será, como siempre, impasible: cojan el Manual del perfecto terrorista, de Mathias Énard, y sorpréndanse de lo que allí se dice sobre ese «cóctel grandioso y exótico llamado Molotov, un nombre que no remite a su desconocido inventor español, sino al general ruso que lo plagió». Cuando lo hayan hecho, vuelvan a leerme a mí, que les pondré los puntos sobre las íes.
La fecha en que se acuña el término no ofrece lugar a dudas. El Oxford English Dictionary confirma que la primera vez que se utilizó fue en 1940, en Finlandia, tras el ataque de la aviación rusa y las posteriores declaraciones del primer ministro Viacheslav Mijailovich Scriabin, alias Molotov, en las que aseguraba con un cinismo sobrecogedor que sus aviones no habían atacado a nadie, sino que se habían limitado a mandar alimentos. «Si vosotros ponéis la comida —le respondió algún militar finlandés más cínico todavía—, nosotros pondremos el cóctel». Y lanzó la bomba que acabaría adoptando el apodo del primer ministro ruso.
Pero los finlandeses no fueron los primeros en ofrecer tan sencillo aperitivo, que no necesita más ingredientes que una botella de cristal rellena de líquido inflamable, un trozo de tela a modo de mecha y un objetivo claro contra el que estrellar la rabia. De hecho, el Diccionario de la Real Academia Española empezó definiendo el cóctel molotov como una «bomba incendiaria de fácil construcción», aunque desde su vigésima primera edición se ha esforzado un poco más y asegura que se trata de un «explosivo de fabricación casera, generalmente una botella provista de mecha». Y, claro, ante bomba tan elemental, resulta difícil adjudicarle una sola paternidad. Hay quien hace remontar su origen hasta el último tercio del siglo xix, como Walter Laqueur en Una historia del terrorismo, donde explica que los irlandeses emigrados a Estados Unidos idearon una primera versión del popular artefacto: un «recipiente de zinc que contenía siete litros de gasolina controlado por un reloj adosado que lo prendía y hacía arder a una hora prefijada». No es por ser purista —pues he de confesar que en cuestión de explosivos entiendo menos que nada—, pero ponerle un temporizador a un cóctel molotov me parece tan impropio como echarle cacahuetes a una paella.
En cambio, la descripción que hace Nicholas Rankin en su libro Crónica desde Guernica ya se acerca más a la idea que uno tiene de los cócteles molotov, al asegurar que en la Guerra Civil española «se lanzaban botellas de gasolina con un trapo en llamas envolviendo el cuello». La misma tesis defiende Antony Beevor, historiador y ex militar británico, quien en su ensayo La guerra civil española sostiene taxativamente que «el cóctel molotov fue inventado por la Legión Extranjera aquel otoño [de 1936] cuando atacaba tanques rusos en las afueras de Madrid». Aunque para argumentos irrefutables sobre la paternidad del cóctel, ninguno como el que da el maestro artificiero del libro de Mathias Énard: «Es bastante simple, y como todo lo que procede de España (tan conocida por sus bebidas), terriblemente eficaz».
De todos modos, en esto de las paternidades más vale andarse con tiento, no vaya a ser que algún día la cosa nos explote entre las manos.
https://cvc.cervantes.es/el_rinconet...4032011_01.htm
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