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Tema: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

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  1. #1
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    Aunque ya había hablado de ellos, creo que no hay nigún hilo mejor que este para dejar contancia de lo que era el soldado carlista durante la tercera guerra.

    Durante la III Guerra Carlista, los hombres que integraban las fuerzas de Carlos VII tuvieron vivas ocasiones de demostrar al mundo su valía y bravura. Hay que recordar que las fuerzas que lo integraban eran en su mayoría hombres del campo. Sencillas gentes de pueblo que luchaban por su legítimo rey, por los fueros y por la religión. Los republicanos, al contrario, luchaban por consolidarse en el poder, cometiendo mil y un abusos.

    El corresponsal del diario británico The Evening Standard Mac-Graham, “experto en temas miliares, ya que había sido oficial de caballería en la Guardia Real Inglesa” visita nuestro país para servir de testigo y retrasmitir crónicas puntuales y verídicas sobre el acontecer bélico que se vislumbraba en España. Mac-Graham, visitó varios escenarios en primera persona, y tuvo la oportunidad de departir con combatientes y soldados de ambos bandos
    Esto que reproducimos es la impresión que le causó los soldados carlistas que combatieron en aquellas jornadas:

    El ejército carlista es bueno, con inmejorables soldados, pero que deben alcanzar mayor grado de instrucción, trabajar duro y curtirse con las armas. Para ello, bajo las órdenes y cuidado de sus oficiales, estos voluntarios podrán adquirir un aspecto y disciplina de perfectos soldados en el corto plazo de tres meses, máxime cuando empiezan a llegar oficiales jóvenes, procedentes del Ejército republicano, que desean servir bajo la bandera de D. Carlos. Los soldados carlitas son hombres duros, resistentes, decididos, de constitución física más robusta que los soldados de infantería inglesa, y también superior a la de nuestros Highlanders, y son el tipo de hombres que van a donde se les mande, sin rechistar ni presentar objeciones

    “Con la bayoneta son iguales o mejores soldados que cualquier ejército del mundo. Yo, que los he visto en acción, y recojo la opinión de otros periodistas, reconozco que son impetuosos y testarudos. Tienen fama de echar mano rápida al acero, cuando, durante la batalla, hay oportunidad de lucha cuerpo a cuerpo, arrollando al enemigo, saltando sus trincheras, con todo ímpetu, llegando a convertirse en veteranos en poco tiempo de campaña”.

    Libro que por supuesto recomiendo encarecidamente a todos aquellos que posean un espíritu tradicionalista, y que deseen que éste título entre a formar parte de su biblioteca “carlista” imprescindible.
    Conócete, acéptate, supérate.
    (San Agustín)

  2. #2
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    COSME DAMIÁN CHURRUCA

    Los ingleses vencieron en Trafalgar, vaya si vencieron, y para celebrarlo edificaron en Londres una plaza que llevara dicho nombre, para gloria de sus héroes, y para vergüenza de nuestros marinos, que fueron los que se llevaron la peor parte en este asunto.

    Podríamos resumirlo de la siguiente manera. El Sr. Villeneuve, gabacho él, cae en desgracia ante los ojos de su “amado” emperador, Napoleón. Para congraciarse decide destruir a la armada británica que se encontraba por los alrededores del Estrecho. Pide para ellos el mando de la flota combinada franco / española, y ante los consejos contrarios de la marinería española (Gravina, Churruca, etc) de no salir al encuentro en aquella ocasión, pues todo era desfavorable para las armas en combate, el muy inepto se lanza a la persecución y encuentro de los barcos ingleses.

    El resultado es desastroso para los españoles. No porque con ello se perdiese la hegemonía de los mares, pues aunque el revés fue importante, España contaba todavía con gran capacidad de maniobra y buques suficientes, sino porque en aquel combate murió lo mejor de la oficialidad y de la marinería de la época. España no podría ya recuperar esas pérdidas jamás. De todas formas, frente a la desgracia y la adversidad, se pudieron observar ejemplos de valentía y bizarría sin igual. El ejemplo de Churruca es incuestionable.

    Su navío, el San Juan Nepomuceno fue atacado por cinco navíos enemigos, uno de ellos de tres puentes, los cuales cayeron sobre el San Juan, que rompió el fuego cerca de las doce y media, recibiendo sucesivamente la colosal lluvia de fuego y acero de todos ellos, por la mura de babor. Dos de estos pasaron adelante, los otros tres quedaron batiéndole, a saber, dos de ellos por babor y el Dreadnougth de tres puentes, por la mura de estribor. El fuego de estos navíos duró hasta las dos, según lo permitía la flojedad del viento; pero a dicha hora estaba ya el Dreadnougth al costado del san Juan a medio tiro de pistola, los otros dos le batían por la aleta y popa a menos de tiro de pistola. Para esa hora se habían unido ya los otros dos navíos que con anterioridad habían rebasado al San Juan.

    Ante el fuego reiterado de los barcos ingleses, la cubierta del Nepomuceno parecía un infierno. Astillas de madera volaban por doquier, los palos y la gobernabilidad del barco inutilizados. Y el humo y el fuego haciendo presa de cada uno de los rincones de aquél glorioso navío. Los ingleses no daban crédito a lo que estaban viendo. En situación similar, lo normal es que un capitán se hubiese rendido ante la superioridad numérica y a la sobrada potencia de fuego, más el San Juan, al mando de Churruca, disparaba e incluso parecía en ocasiones que estaba a punto de vencer la situación.

    Mas de cien muertos de su tripulación sembraba la cubierta del barco. A ellos había que sumarles los heridos, que aún en las penosas condiciones en las que se encontraban no cejaban de disparar y de cubrir las bajas que se iban multiplicando a su alrededor Y en aquella jornada, una bala de cañón disparada con mano demoníaca, segó la pierna del bravo Churruca, más no terminó ahí el combate. Atendido por sus suboficiales y algunos marinos, aún siguió dando órdenes, mientras repetía a sus subordinados, que el San Juan no se rindiera hasta que el dejara este mundo.

    No se sabe el tiempo exacto que duró aquella proeza, más es signo de hombría y devoción por el deber más allá de lo humano.

    Muerto el valeroso Churruca, el barco se rindió. Fue apresado por los ingleses, quienes rindieron honores al cadáver del bravo capitán que tanta guerra les había dado. El buque apresado fue conducido a Gibraltar, (roca de la vergüenza para los españoles) y aún lo consiguieron reparar, pues bajo el nombre abreviado de San Juan (sin el Nepomuceno) serviría a las órdenes de la bandera británica algunos años más.

    Quizás el que mejor cuenta esta historia no es un historiador, que los hay y muy buenos, sino el escritor decimonónico Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales. Recomiendo al que no haya leído este pasaje que lo lea, pues es edificante el ver el ejemplo de estos héroes tan denostados por las políticas pacatas y miopes de los gobernantes bajo cuya bota estamos ahora sometidos.
    Conócete, acéptate, supérate.
    (San Agustín)

  3. #3
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    Churruca los tenía tan grandes que los llevaba con carretilla.

    Perdonad la expresión pero es lo primero que me ha salido tras leer lo que has puesto sobre Churruca. Sabia que era valiente y que luchó en Trafalgar como un leon español.

    "El vivir que es perdurable
    no se gana con estados
    mundanales,
    ni con vida deleitable
    en que moran los pecados
    infernales;
    mas los buenos religiosos
    gánanlo con oraciones
    y con lloros;
    los caballeros famosos,
    con trabajos y aflicciones
    contra moros".

    http://fidesibera.blogspot.com/

  4. #4
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    Pues si Churruca era grande y "los llevaba en carretilla", mira a los últimos de Baler. Esos si que los tenían en su sitio.

    Es una lástima que ya no quede en España gente que sea capaz de recordar a estos héroes y sus hazañas. El intentar llevarlos al olvido es el mayor deshonor y agravio que se le puede hacer a una nación y a sus gentes.

    ¿A quien quieren qué recordemos estos petimetres como héroes nacionales, a Almanzor? ¿A Tarik? ¿Tal vez a D. Julián? o ¿A Bellido Dolfos? Raza de traidores.

    LOS ÚLTIMOS DE BALER

    El ministro de la Guerra llamó locos de remate a los defensores de Baler cuando el teniente Martín Cerezo rechazó a los emisarios españoles, (...) porque Martín Cerezo no cree en ellos ni en que la guerra haya terminado”.

    Los últimos de Baler”, o “Los Últimos de Filipinas” es otro de tantos ejemplos dados por los saldados españoles a lo largo de la Historia. En este suceso concreto se mezclan la locura y la determinación, el miedo y el desconocimiento, pero ante todo, la sensación para el que lo lee, de “España no se rinde mientras haya un español que la defienda”. Hoy no sé si esas afirmaciones serían muy ciertas si llegara el caso y hubiera que llevarlas a la práctica, y no porque dude de la hombría de nuestros soldados, sino porque creo que el sujeto español está muy desnaturalizado y desarraigado de su verdadero ser.

    Al principio no se consideró a estos defensores como “héroes” más bien los tildaron de locos, fanáticos, medrosos a las represalias que pudiesen acontecerles..., más bien pronto pasaron de “locos de remate” a ser héroes, tan necesarios para elevar la moral del país, que había quedado destrozado por los efectos del 98.

    Según cuenta Leguineche en un artículo publicado en “El noticiero de Manila” el 3 de junio de 1899, el editorialista escribe: “Lo único que hay en Baler es una leyenda, y como tal, rodeada de misterios. No nos parece vulgar y corriente una defensa tan heroica. Entre tanto, los defensores de la cabecera del Príncipe están demostrando al mundo entero que todo eso de “la leyenda ha concluido”, “pasaron ya aquellos tiempos”, “la raza ha degenerado” es música, pura música. Qué pregunten a los sitiadores de Baler si ha degenerado la raza”.

    Cerezo no cree que España haya perdido la guerra, y allí, sitiado en aquella iglesia junto a sus hombres, rumia el desastre y no puede creerse que España haya perdido un imperio de más de 300 años en tan poco tiempo. El capitán Antonio Santos quedó al frente de la trinchera enemiga que tenía cercado a los españoles. En un determinado momento ocurrió esto que transcribo a modo de profecía visionaria.

    Se les había permitido a los españoles salir a recoger unas naranjas que había en el huerto. Esa táctica era permitida por el mando sitiador pretendiendo de esta manera ablandar a los defensores. Es entonces cuando se produce esta conversación:

    “-Ríndanse –insistía Santos-. Todos los destacamentos de Luzón lo han hecho.
    -Me admira lo que nos dice. Nosotros somos cincuenta y hasta la fecha no han conseguido nada. ¿Cómo entonces han podido entregarse tantos y tan poderosos destacamentos?. No lo creo, no las líen tan gordas.
    -Los americanos son nuestros amigos, -añadió ahora el capitán sublevado-, Nos darán la independencia y sólo nos piden una indemnización por los gastos que han tenido al venir en nuestra ayuda.
    Minaya escuchó entonces el pronóstico del capitán Las Morenas:
    -Seréis desgraciados si contáis con la ayuda de los norteamericanos. Esos amigos os harán esclavos. Os ayudarán ahora, pero no tardará en pesaros esa ayuda. Lloraréis pero ya no habrá remedio.
    -Señor Las Morenas –preguntó el capitán-, ¿en qué quedamos, se entregan ustedes , o no?
    -Que ¿en qué quedamos? Muy sencillo. Ustedes se retiran a sus trincheras y nosotros nos quedamos en nuestra iglesia. Conque ¡adiós! Y pasadlo bien”.

    El resultado de aquella epopeya fue gratificante, al menos, para los que salieron con vida de aquella defensa. El presidente Aguinaldo decretó un Artículo Único en homenaje a los Cazadores españoles “Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas, no serán considerados como prisioneros, sino, por el contrario, como amigos, y en su consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlac a 30 de Junio de 1899. El presidente de la República, Emilio Aguinaldo. El Secretario de Guerra, Ambrosio Flores”.

    Que hubiera sido de España si no hubiese tenido por desgracia la de tener tan malos regidores y políticos. Su gente, los españoles de a pie, nunca dudan ni flaquean ante la adversidad; sus ministros y sus políticos, son de lo peor que hemos tenido, salvando honrosas excepciones. Dios nos libre de ellos por los siglos de los siglos.
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    (San Agustín)

  5. #5
    tautalo está desconectado Uno más... que no se rinde
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    No comparto muchos de los juicios de valor de este texto que presento, pero me parece interesante, no obstante. Si hay alguien que lo pudiera mejorar o enmendar, pues mejor.

    El Alcázar de Toledo

    En enero de 1943, cuando a través de cablegramas y del testimonio de algún alto mando del VI Ejército alemán evacuado en avión de la Bolsa de Stalingrado, Hitler supo de las ideas de sus generales favorables a la rendición, se negó. Dentro de su negativa, exigió de sus militares que Stalingrado fuese, literalmente, el Alcázar el ejército alemán. Esta anécdota demuestra hasta qué punto el máximo mandatario nazi admiraba la gesta del cuartel toledano y conservaba su historia en la cabeza, como demostración del valor que había, según él, de tener todo militar: resistir hasta el último suspiro.

    El Alcázar de Toledo, en efecto, fue, sin duda alguna, el mayor de los mitos del bando golpista en la guerra civil. Sería estúpido decir que perdiendo la batalla de El Alcázar, la República perdió la guerra, pues cuando Franco liberó al coronel Moscardó (hay que ser precisos: Franco le nombró general, pero mientras defendía el Alcázar, Moscardó era coronel) aún quedaba mucha guerra. Pero también es cierto que la suerte de este asedio fue jodida para la moral republicana y, sobre todo, enormemente alimenticia para la moral franquista.

    Hasta más allá de la vida del propio Franco, uno de los principales periódicos franquistas se llamó así: El Alcázar.

    El coronel Moscardó tenía, en 1936, 58 años de edad. Si alguien tuvo la oportunidad clara de librarse de la guerra, fue él. El 18 de julio estaba en Madrid, concentrado, como se dice hoy, con el equipo de deportistas españoles que estaba a punto de volar a las Olimpiadas de Berlín, ésas en las que el puto negro Jesse Owens le amargó a Hitler la pública celebración de la superioridad de la raza aria. Moscardó era director de la Escuela de Gimnasia de Toledo y en calidad de tal formaba parte de la expedición olímpica. Con haberse quedado ahí, sin hacer nada, probablemente le habría bastado. Pero es que Moscardó estaba mosqueado, y no es juego de palabras. Era uno de esos militares que no tenía nada que agradecerle a la República y a su a ratos acertada, a ratos vacilante, política militar.

    El 5 de abril de 1929, o sea un año antes de la llegada de la República, Moscardó había ascendido a coronel. O sea, ya tenía tratamiento de usía (así me lo enseñaron en la mili: de usted hasta teniente coronel, usía los coroneles y los generales y tenientes generales, vuecencia) y estaba en el vestíbulo de ser general, que es lo que quiere ser todo militar de carrera, claro. No obstante la República, algunos meses después, en su lucha contra la inflación de mandos del ejército, anuló aquella real orden, con lo que Moscardó fue, junto con muchos otros, degradado de facto. Aunque fue repuesto después al empleo de coronel, ya no lo perdonaría.

    Por lo demás, Moscardó no mandaba sobre rifles o morteros, sino sobre muchachos que se dedicaban a saltar sobre plintos o a tratar de parecer ucranianos colgados de las anillas; nadie, por lo tanto, se había acordado de él: ni Mola lo contactó para ganarlo para el alzamiento ni a la República le importó un carajo de qué lado pudiese estar. Quizá por eso, porque Moscardó era un militar experimentado y lo sabía (había guerreado en Marruecos y antes incluso, con apenas 21 años, en Filipinas), tomó el camino de Toledo y, una vez allí, asumió la comandancia militar de la plaza; él estaba destinado en la ciudad y el mando le correspondía por antigüedad. Inicialmente se hizo pasar por leal con el orden establecido, pero pronto se le vieron maneras. Cuando Madrid le ordenó que trasladase a la capital un millón de cartuchos que estaban en el polvorín toledano, puso mil pegas y se los quedó.

    Aunque Madrid era una ciudad netamente frentepopulista, el Toledo de 1936 era francamente golpista. Tenía una honda tradición monárquica y, sobre todo, religiosa, consecuencia de que en Toledo residiese la sede primada de España. Como en muchas partes de España, la ausencia de grandes concentraciones de trabajadores fabriles hacía que el fiel de la balanza, una vez producido el golpe, fuese la guardia civil, que tenía en la ciudad unos 600 hombres, al mando del teniente Romero Balart. El mismo día 18 apenas hay incidentes, tan sólo un ataque a un cuartelillo de la guardia civil obrado por un grupo de obreros que se ha concentrado primero en Zocodover, y se ha calentado tras escuchar en Unión Radio las soflamas de la diputada comunista Dolores Ibárruri, Pasionaria. En la noche del 18 al 19 diversos militares y, sobre todo, cadetes de la Escuela Militar de Toledo suben, la mayoría de Madrid, a la ciudad.

    En ese momento, Moscardó hace planes. Han quedado, tras el golpe, del lado de la República todos los territorios cercanos: Madrid, Guadalajara, Cuenca o Ciudad Real. Esto supone que, según sus cálculos, las tropas alzadas tardarán por lo menos quince días en contactar con Toledo. Sin embargo, al oír en la radio las noticias sobre el difícil avance franquista en Badajoz, se da cuenta de que tal vez la lucha llevará más tiempo. La clave estaba, pues, en conseguir alimento; y en no dejar salir el millón de cartuchos.

    En Madrid, las milicias populares tenían armas, pero poco que disparar con ellas. Durante dos días, Moscardó recibió innumerables llamadas exigiendo la salida de los cartuchos. Primero dijo que necesitaba una orden firmada y sellada; cuando ésta llegó, adujo que no tenía camiones, y de Madrid le enviaron cuarenta. Con estas tonterías, el coronel de gimnastas ha conseguido que den las siete de la mañana del día 21 de julio, momento en el que, sin poder disimular más, Moscardó declara el estado de guerra en el patio del Alcázar, declaración que las tropas repiten por las calles de Toledo; en ese momento, hay una columna de milicianos avanzando ya desde Madrid hasta Toledo.

    El mismo día 21 y el 22 se producen los primeros bombardeos republicanos sobre el Alcázar. El 22 llega la columna de milicianos. Las puertas del establecimiento siguen abiertas hasta la noche de aquel día, en que Moscardó las cierra; no las volverá a abrir hasta que llegue Franco.

    Dentro del Alcázar quedaron: 100 jefes y oficiales, 800 guardias civiles, 150 miembros de la tropa de la Academia militar; 40 de tropa de la Escuela de Gimnasia; 200 miembros de Falange y de Acción Popular (el partido de Gil-Robles); 550 mujeres y 50 niños. Para defenderse, contaban con 1.200 fusiles, dos piezas de artillería de 7 milímetros, 13 ametralladoras, 13 fusiles ametralladoras y un mortero. Además de los 800.000 cartuchos que lograron traer de la Fábrica de Armas tenían 50 granadas rompedoras, 50 granadas de mortero, cuatro cajas de granadas de mano, unos 100 petardos de trilita y un detonador.

    Los víveres escasearon desde un principio. Dado que el golpe de Estado había sido en periodo vacacional, el economato del Alcázar no tenía casi de nada. Agua, sin embargo, tenían de sobra, porque el fuerte tenía varios pozos aljibes. Con objeto de economizar, no se fabricaba pan y, de hecho, los inquilinos tomaban el trigo agorgojado que se guardaba para el ganado. Sin embargo, hubo un golpe de suerte porque, cerca del establecimiento, se descubrió un depósito de 2.000 sacos de trigo, propiedad de un banco (siempre me he preguntado para qué narices quería un banco acopiar 2.000 sacos de trigo, pero supongo que es otra historia). La carne estaba estrictamente racionada, ya que cada día que se comía carne los inquilinos se apiolaban un equino entero. Cuando finalizó el asedio, sólo quedaban vivos cinco mulos y el mejor caballo de competición que había en el Alcázar, que había sido respetado hasta el final.

    La resistencia del Alcázar es, de hecho, un mito; ya hemos visto cómo concitaba incluso la admiración de Hitler, a quien le costaba admirar a los militares de carrera y, en general, las gestas de otros. Sin embargo, como siempre en los mitos, hay, como mínimo, una parte de truco. Ciertamente, el Alcázar resistió. Pero también es cierto que las tropas republicanas, al mano del general Riquelme, no organizaron un ataque al fuerte desde el primer día, como el mito nos quiere hacer creer. La República trató, básicamente, de negociar con Moscardó, negociación que llegó a su punto más alto a las nueve de la mañana del día 9 de septiembre de 1936 (cuando, por lo tanto, habían pasado muchos más de los quince días que Moscardó había calculado), cuando se presentó en la denominada puerta de Capuchinos del Alcázar Vicente Rojo, que llegaría a jefe del Estado Mayor de la República. Según el testimonio de Rojo, éste cumplió la misión encomendada, entregar a Moscardó una oferta de rendición, con escaso ánimo; sabía que no la aceptaría, es más, había advertido a los mandos que, de estar él en la posición de Moscardó, tampoco lo haría. Según Javier Fernández López (General Vicente Rojo: mi verdad, Zaragoza, Mira Editores, 2004), uno de los dos militares que fueron comisionados para hablar con Rojo, el capitán Alamán, le rogó que protegiese a su esposa y sus dos hijas, que estaban en Madrid; cosa que Rojo hizo, acogiéndolas en su domicilio del número 50 de la calle Guzmán el Bueno.

    La liberación del Alcázar por parte de las tropas franquistas no fue fruto de un acuerdo total. Había generales, como Yagüe o Kindelán, que eran más partidarios de avanzar directamente hacia Madrid, pasando de la plaza toledana, que tenía una obviamente menor importancia estratégica. Franco, sin embargo, valoró el elemento de moral y propaganda que supondría auxiliar el Alcázar sin que hubiese sido tomado por las tropas republicanas, las cuales hicieron de todo, hasta provocar incendios, para debelar la voluntad de los sitiados. Sin embargo, tampoco se lo tomaron demasiado en serio, pues estamos hablando de los primeros tiempos de la guerra, aquéllos en los que no existía, propiamente, un ejército republicano como tal. De hecho, el número de combatientes contra el Alcázar variaba mucho, entre 1.000 y 5.000 personas, con puntas los fines de semana; lo cual demuestra que había mucho combatiente-turista.

    Franco avanzó por Extremadura, una vez que consiguió cruzar el Estrecho, para conseguir a través de allí conectar sus ejércitos del sur (él mismo) y del norte (Mola). Que lo consiguiera con tanta rapidez, apenas unas semanas, fue un golpe mortal para la República, por mucho que luego la guerra durase tres años. Con Extremadura conquistada y teniendo en cuenta que en Portugal sonaban campanas fascistas, el ejército franquista podía avanzar, como aquel que dice, con la espalda contra la pared (la frontera portuguesa) sin temer ataque alguno por ese flanco (más bien todo lo contrario). Fruto de esa estrategia relativamente cómoda fue la toma de Talavera de la Reina, enclave de gran importancia para garantizar la subida de los ejércitos del sur hacia Madrid; de hecho, la pérdida de Talavera hundió al último gobierno burgués de la República, el gobierno Giral, que fue sustituido por Largo Caballero; los partidos obreros ya no abandonarían el gobierno de la República en el resto de la guerra, cosa que fue así, entre otras razones, para insuflar moral a los milicianos de izquierdas tras la pérdida de Talavera.

    Una vez en Talavera, Franco tenía tres alternativas: avanzar por el curso del río Alberche y tratar de tomar El Escorial, para así crear un nuevo contacto con el ejército del Norte y poder drenar tropas a mogollón hacia Madrid para tomarla; avanzar hacia Maqueda y luego hacia Madrid siguiendo más o menos el trazado de la actual autovía de Extremadura; o desviarse hacia la derecha, liberando Toledo y avanzando hacia Madrid sólo después de haber perfeccionado esta acción. Aquí el que sabe de tácticas y cosas de ésas no soy yo, sino Inasequible. Aún así, y a despecho de que me desmienta, yo creo que la estrategia más acertada hubiera sido la primera.

    Según los testimonios contemporáneos, Franco dudó mucho, pero finalmente decidió ir a Toledo valorando, como se ha dicho, el efecto propagandístico de liberar a unos resistentes que se habían hecho bastante famosos dentro y fuera de España. No fue, por lo tanto, la compasión hacia los sitiados; fue que le venía bien desde el punto de vista de la propaganda.

    Francisco Largo Caballero, que tenía tan claro como Franco el elemento propagandístico del Alcázar, estuvo el 20 de septiembre en Toledo exigiendo que el fuerte cayese sí o sí. Pero se quedó con las ganas. El día 26, los franquistas cortaron la conexión por carretera entre Toledo y Madrid. El 27 por la mañana atacaron y los milicianos abandonaron la plaza. No se hicieron prisioneros e, incluso, milicianos que estaban heridos en sus camas de hospital fueron asesinados. Incluso, en los postreros momentos de la batalla se produjo un sacrificio horroroso.

    Era el 30 de septiembre y habían pasado, por lo tanto, tres días desde la llegada de los franquistas a Toledo. En un seminario de la ciudad, no obstante, resistía una treintena de milicianos, a pesar de que el edificio estaba ya medio en llamas y acosado por legionarios.

    La Legión trató de romper la enorme puerta del seminario al estilo de la Edad Media, usando una viga de hierro como ariete. Sin embargo, los republicanos dispararon desde las ventanas y mataron a dos soldados. Finalmente, los atacantes rompieron la puerta y entraron. Ante ellos, sólo quedaban siete supervivientes. Uno de ellos se apoyó en la pared y se pegó fríamente un tiro en la boca. Tres más intentaron huir y fueron apresados. Los otros tres comenzaron una resistencia inútil por los pasillos hasta que se encerraron en una habitación al final del segundo piso. Cuando los atacantes iban a entrar, los tres milicianos hicieron estallar una bomba Lafitte, que los destrozó.

    Dentro de la habitación, escrito con carbón en la pared, los legionarios encontraron el siguiente texto:

    Manuel Gómez Cota, miliciano de Izquierda Republicana de Madrid, el día 27 se hizo cargo de este Seminario. Después de luchar duramente con el enemigo y poner en libertad a mujeres, niños y ancianos, decidimos incendiar el edificio. Son las cinco de la tarde. El incendio sigue: sólo quedamos nosotros.

    Manuel Gómez, jefe de los Leones Rojos.
    Tomás Parques, Sargento.
    Eduardo Ruiz, Socialista.
    ¡Viva Azaña! ¡Viva la República!



    Según nos cuenta Fernández López, el 9 de septiembre de 1936, el día que Rojo se presentó a parlamentar en el Alcázar, nació un niño dentro del fuerte. Ese niño recibió el nombre de Restituto del Alcázar y sería utilizado por la propaganda franquista en tiempos posteriores. Con el tiempo, Restituto siguió su destino puesto que ingresó en la Academia General Militar y se hizo, por lo tanto, militar de carrera. Sólo que el guión cambió puesto que, siendo capitán, Restituto ingresó en la Unión Militar Democrática, la UMD, que fue el primer germen de defensa de la democracia en el ejército franquista.

    La Historia usa, a veces, caminos verdaderamente extraños para ajustarse.

    Fuente original:

    Publicado por JDJ en el blog HISTORIAS DE ESPAÑA


    La admiración mundial sobre la resistencia del Alcázar fue espectacular en la Alemania del III Reich. En las líneas alemanas del frente ruso, Ernst Jünger nos cuenta en sus Diarios, cuando las visitó, que los alemanes habían bautizado como ALCÁZAR una posición que ocupaban, en homenaje a la gesta protagonizada por Moscardó y los resistentes de Toledo.
    Última edición por tautalo; 31/12/2009 a las 17:08


  6. #6
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    En relación con el último post de Tautalo. He oído que con la "maldita" Ley para la Memoria Histórica, los que visitan el Alcázar, no pueden acceder a la famosa reproducción de la llamada telefónica, y no hay nada que recuerde aquel episodio de nuestra Guerra Civil. ¿Es cierto ese detalle? Hace mucho que no he ido por Toledo y no estoy seguro de si es cierto o se trata de un rumor.
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  7. #7
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    Sobre Zumalacárregui:

    Estando en el sitio de cierta ciudad vascongada, sus tropas se quedaron sin víveres excepto huevos y patatas. El gran tomás, pidió a una vieja de la zona que con aquellos ingredientes, cocinara algo para los bravos requetés. La vieja tuvo la idea de crear: La tortilla de patata.

    Dicho manjar, digno de los dioses, fue creado por una vieja para los carlistas. Me gustaría ver la cara de los liberales si conocieran esta historia. Más de uno necesitaría unos golpes en la espalda.

    "El vivir que es perdurable
    no se gana con estados
    mundanales,
    ni con vida deleitable
    en que moran los pecados
    infernales;
    mas los buenos religiosos
    gánanlo con oraciones
    y con lloros;
    los caballeros famosos,
    con trabajos y aflicciones
    contra moros".

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  8. #8
    tautalo está desconectado Uno más... que no se rinde
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    Cita Iniciado por mazadelizana Ver mensaje
    Sobre Zumalacárregui:

    Estando en el sitio de cierta ciudad vascongada, sus tropas se quedaron sin víveres excepto huevos y patatas. El gran tomás, pidió a una vieja de la zona que con aquellos ingredientes, cocinara algo para los bravos requetés. La vieja tuvo la idea de crear: La tortilla de patata.

    Dicho manjar, digno de los dioses, fue creado por una vieja para los carlistas. Me gustaría ver la cara de los liberales si conocieran esta historia. Más de uno necesitaría unos golpes en la espalda.
    Para que se vea: una vieja con huevos y patatas con unos carlistas muertos de hambre hace la TORTILLA DE PATATAS. Los liberales, con todas sus libras esterlinas prestadas por la banca Rothschild... ¿qué vomitivo inventaron?

    Trasladado a nuestra época, pensemos: ellos (PSOE, PP, IU, CIU, PNV, etc.) con todos sus dólares y euros chupados al erario y a sus prestamistas usureros se creen invencibles...

    Nosotros, sin medios de prensa, pero fiando en Dios y unidos sin desalentarnos nunca, podremos tener tirachinas... Pero ay de aquel que se me ponga a tiro... Lo descalabro.





  9. #9
    Avatar de txapius
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    El capitán Antonio Costa, del 5.º escuadrón del regimiento del Algarbe, de la División del marqués de la Romana en Dinamarca.
    Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte
    UNA TUMBA EN DINAMARCA

    Desde hace doscientos dos años, en un lugar perdido de la costa danesa frente a la isla de Fionia, donde siempre llueve y hace frío, hay una tumba solitaria. Tiene una cruz y dos sables cruzados sobre una lápida, y está pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia. De vez en cuando aparece encima un ramo de flores; y a veces ese ramo lleva una cinta roja y amarilla. Esto puede llamar, tal vez, la atención de quien pase por allí sin conocer la historia del hombre que yace en esa tumba. Por eso quiero contársela hoy a ustedes.

    Se llamaba Antonio Costa, y en 1808 era capitán del 5.º escuadrón del regimiento del Algarbe: uno de los 15.000 soldados de la división del marqués de la Romana enviados a Dinamarca cuando España todavía era aliada de Napoleón. Después del combate de Stralsund, la división había pasado el invierno dispersa por la costa de Jutlandia y las islas del Báltico. Al llegar noticias de la sublevación del 2 de Mayo y el comienzo de la insurrección contra los franceses, jefes y tropa emprendieron una de las más espectaculares evasiones de la Historia. Tras comunicar en secreto con buques ingleses para que los trajesen a España, los regimientos se pusieron en marcha eludiendo la vigilancia de franceses y daneses. Por caminos secundarios, marchando de noche y de isla en isla, acudieron a los puntos de concentración establecidos para el embarque final. Unos lo consiguieron, y otros no. Algunos fueron apresados por el camino. Otros, como los jinetes del regimiento de Almansa, recibieron en Nyborg la orden de sacrificar sus caballos, que no podían llevar consigo; pero se negaron a ello, les quitaron las sillas y los dejaron sueltos: medio millar de animales galopando libres por las playas. En Taasing, viéndose perseguidos por los franceses y cortado el paso por un brazo de mar que los separaba de la isla donde debían embarcar, algunos del regimiento de caballería de Villaviciosa cruzaron a nado, agarrados a las sillas y crines de sus caballos. De ese modo, cada uno como pudo, aquellos soldados perdidos en tierra enemiga fueron llegando a Langeland, y 9.190 hombres –sólo unos pocos menos que los Diez Mil de Jenofonte– alcanzaron los buques ingleses que los condujeron a España; donde, tras un azaroso viaje, se unieron a la lucha contra los gabachos.

    Como dije antes, no todos pudieron salvarse: 5.175 de ellos quedaron atrás, en manos de los franceses. Algunos terminarían alistados forzosos en el ejército imperial, en la terrible campaña de Rusia –a ellos dediqué hace diecisiete años la novelita La sombra del águila–. Otros se pudrieron en campos de prisioneros, o quedaron para siempre bajo tres palmos de tierra danesa. El capitán Antonio Costa fue uno de ésos. A causa de la indecisión de sus jefes, el regimiento de caballería del Algarbe perdió un tiempo precioso en emprender su fuga hacia la isla de Fionia, donde debían embarcar. Por fin, cuando Costa, un humilde y duro capitán, tomó el mando por propia iniciativa, desobedeció a sus superiores y se llevó a los soldados con él, ya era demasiado tarde. En la misma playa, casi a punto de conseguirlo, el regimiento fugitivo vio bloqueado el paso por el ejército francés, con los daneses cortando la retirada. Furioso, el mariscal Bernadotte exigió la rendición incondicional, manifestando su intención de fusilar a los oficiales y diezmar a la tropa. Entonces el capitán Costa avanzó a caballo hasta los franceses y se declaró único responsable de todo, pidiendo respeto para sus soldados. Luego, no queriendo entregar la espada ni dar lugar a sospechas de que había engañado o vendido al regimiento llevándolo a una trampa, se volvió hacia sus hombres, gritó «¡Recuerdos a España de Antonio Costa!» y se pegó un tiro en la cabeza.

    Así que ya lo saben. Ésta es la historia de esa lápida pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia, Dinamarca. La tumba solitaria de uno que quiso volver y pelear por su patria y su gente. Reconozco que eso no suena políticamente correcto, claro: pelear. Esa palabra chirría. Tan fascista. Nuestra ministra de Defensa habría criticado, supongo, la intransigencia dialogante del tal Costa –maneras autoritarias y poco buen rollito, misión que no era estrictamente de paz, gatillo fácil–; y monseñor Rouco, nuestro simpático pastor de ovejas, su falta de respeto a la vida humana, empezando por la propia, incluido un serio debate sobre si, como suicida, tenía derecho a yacer en tierra consagrada, o no lo tenía –igual hasta era partidario del aborto, el malandrín–. Lo mío es más simple: el capitán Costa me cae de puta madre. Su tumba solitaria me suscita un puntito de ternura melancólica. Ese cementerio lejano, frente a un mar gris y extranjero. Por eso hoy les cuento su vieja, olvidada historia. Por si alguna vez se dejan caer por allí, o están de paso por las islas del Norte y les apetece echar un vistazo. A lo mejor hasta tienen unas flores a mano.

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  10. #10
    Avatar de Aquilífero
    Aquilífero está desconectado Miembro Respetado
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    Respuesta: Anecdotario de soldados españoles por el mundo

    Genial el artículo de Pérez Reverte. Hace años me leí su "A la sombra del Águila" y me partía de risa con el "Pétit Cabrón" y el Murat que reflejaba el escritor y periodista.

    Lo cierto es que el triste ejército de La Romana tuvo que pasar las de Caín antes de soltarse de la zapa de Napoléon en aquellas frías tierras nórdicas.

    Me ha gustado mucho Txapius la entrada.

    Estoy recopilando para introducir más personajes en este hilo, pero me falta el tiempo.
    Conócete, acéptate, supérate.
    (San Agustín)

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