La marca España
JUAN MANUEL DE PRADA
Llegada a este estado de postración, a España sólo le resta vender su «marca» en el extranjero. Pero, ¿qué «marca» puede vender España?
HAN montado con gran ringorrango un archipampanato, el Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España (las mayúsculas que no falten), con la muy loable intención de promocionar la «imagen externa» de España, o de combatir la propaganda negativa que sobre España circula en el extranjero. En realidad, sobre España siempre circuló en el extranjero una propaganda negativa o leyenda negra; y hasta podría afirmarse sin temor a equivocarnos que, cuanto más negativa era la propaganda, más grande era España. Sólo cuando los españoles nos creímos esa propaganda negativa o leyenda negra y la interiorizamos empezamos a ser chiquitines, como les ocurre siempre a los acomplejados; y en esta fase de la historia hemos llegado a creérnosla tanto que directamente nos hemos hecho insignificantes. En cierta ocasión, el colombiano Vargas Vila le recomendó a un jovenzuelo Ruano:
-Hágase fuerte en sus vicios, sea orgulloso y administre y exalte sus defectos. Es el modo de triunfar. ¿A que nadie le recomienda a usted eso? Porque el deseo de todo el mundo es debilitar a quien puede hacer algo. Así, le dirán que sea bondadoso, para vivir a costa de su bondad; que sea modesto, para que no les haga sombra; que cultive sus virtudes, por miedo a que pueda cultivar sus vicios. Sea usted orgulloso y, sobre todo, oiga bien lo que le digo: siembre odios por doquier. El odio da vida al que es odiado.
En aquel consejo de Vargas Vila, bajo su apariencia bárbara o tremebunda, latía un fondo de verdad incuestionable, porque lo que el enemigo te señala como vicio es lo que constituye tu mejor virtud; y, reprimiendo ese presunto vicio, a la postre sólo consigues debilitarte, renunciar a tu verdadero ser, que es tanto como convertirte en un fantasma. O en una «marca», que es el único consuelo que le resta a España, una vez que se ha desprendido de todos los presuntos «vicios» que la adornaban, para evitar el odio de sus enemigos. Pero es ley infalible que quien deja de sembrar odios por procurarse un amor mendicante sólo consigue a cambio dar lástima; y esto le ocurre a España: dejó de ser todas las cosas que la hicieron grande, pensando que estaba renunciando a sus vicios, y ahora ya sólo puede aspirar a que le pasen piadosamente la mano por el lomo, como a un caniche desdentado y capadín; y, aun eso, con la condición de que cumpla sus «compromisos internacionales», o sea, de que apoquine.
Llegada a este estado de postración, a España sólo le resta vender su «marca» en el extranjero. Pero, ¿qué «marca» puede vender España? Por un lado, está la España de charanga y pandereta, con su pintoresquismo depauperado, que es lo nos quedó una vez que fuimos despojados de nuestra grandeza; una España como parque temático del tipismo, que es la que mola allende nuestras fronteras, porque nada congratula más a quienes han querido desprestigiarte mediante la parodia que verte resignado a desempeñar la parodia que ellos mismos urdieron. Y, por otro lado, está la España impostada y mariconil que trata de «homologarse» al mundo, con cocina de diseño, fútbol de tiquitaca, arquitectura de Moneo y placas solares arrasando el paisaje, que tiene menos interés que una visita guiada a un campo de alfalfa. Con estas dos Españas falsorras, metidas en el túrmix del sincretismo, tratan de hacer una «marca» fashion/fusión que mejore nuestra «imagen externa». Tal vez logremos captar cierta condescendiente benevolencia, que es lo máximo que pueden conseguir quienes renunciaron a su primogenitura por un plato de lentejas.
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