Revista FUERZA NUEVA, nº 120, 26-Abr-1969
LA UNIDAD DE DESTINO
Gustavo Thibon
Creemos que en la vida de las sociedades como en la de los individuos, hay un cierto número de leyes inmutables. La unidad de destino es la primera de estas leyes: allí donde desaparece, las agrupaciones humanas llegan a ser la proa de la esclerosis y de la anarquía. Sin duda, las leyes que registran la vida social no se imponen de una manera tan inmediata y tan brutal como las de la vida orgánica: una colectividad en la que los miembros no están ligados entre sí por la unidad de destino sucumbe menos rápidamente que un cuerpo privado de aire, pero su asfixia, con ser más lenta, no es menos segura.
¿Qué es la unidad de destino?
El destino del individuo es la unión de los acontecimientos que afectan a la existencia de este individuo. Se puede decir, incluso, que hay unidad de destino entre dos o más hombres repartiendo espiritual o materialmente la misma existencia, los que están sumidos en los mismos riesgos o persiguen los mismos intereses.
Pero estas indicaciones quedan muy vagas y se prestan a equívocos. Nos parece capital distinguir entre dos formas muy diferentes de la unidad de destino.
A) LA UNIÓN DE PARECERES
Hay, en un sentido, unidad de destino entre un campesino de la Provenza y uno de la Picardía, entre un obrero metalúrgico de las factorías Fiat y uno de las Renault, entre un marinero que trabaja en un barco que navega por el Pacífico y uno ocupado en una línea mediterránea, etc. Todos estos hombres aparecen en la misma clase social, hacen los mismos trabajos y tienen poco más o menos el mismo género de vida. Sus destinos se parecen. Es, sobre esta unidad de pareceres sobre las que se apoyan ciertos movimientos sociales como las ligas obreras o patronales y, sobre todo, la ideología de clase.
B) LA UNIDAD DE INTERDEPENDENCIA O DE SOLIDARIDAD RECÍPROCA
Por común que sea su destino, los hombres de los que nos ocupamos quedan profundamente separados los unos de los otros. Tanto el campesino ve su cosecha destruida por inundación como el obrero de Fiat es víctima de una catástrofe, como el marinero del Pacífico se hunde con su barco, el campesino provenzal, el obrero metalúrgico y el marinero que navega por el Mediterráneo, no estarán nunca directamente afectados. Tomemos, por el contrario, dos campesinos asociados que explotan la misma granja, o el conductor y el mecánico de un mismo tren, o dos marineros a bordo de un mismo barco, estos hombres no viven más que el uno como el otro, viven el uno para el otro: su destino no es solamente parecido, es solidario.
Más que eso, esta solidaridad de destino no implica necesariamente su parecido: el grumete y el capitán a bordo del mismo barco, el obrero y el patrón de una empresa, el súbdito y el príncipe en un Estado bien constituido, ocupan situaciones sociales muy diferentes y no viven de la misma forma; sin embargo están íntimamente dependientes el uno y el otro: grumete y capitán, obrero y patrón, súbdito y príncipe padecerán o morirán juntos si la nave zozobra, si la empresa se hunde o si la nación sufre reveses.
Esta unidad de destino entre seres que, a través de su diversidad de situación, quedan enteramente dependientes los unos de los otros, confiere a las agrupaciones humanas su carácter orgánico. Así, en un cuerpo que vive, los órganos más diversos por su naturaleza y por su función viven, se desarrollan, sufren y mueren juntos.
El ejemplo tipo de tal comunidad es la de la familia, en la que la estructura misma implica, entre los diferentes seres que la componen, un ritmo de cambios casi tan íntimos y tan continuos como entre los miembros de un mismo cuerpo. La familia constituye la comunidad orgánica por excelencia. Es, por otra parte, significativo constatar que toda forma de sociedad queda sana y viable en la medida que se parece a la familia: no es casual que la palabra patrón derive de la palabra padre, que al rey se le llame padre del pueblo y que a la Iglesia se la llame madre de los fieles (la comunión de los santos en el seno de la Iglesia es la forma más alta de la unidad de destino…) De pasada notamos que, mucho más que los lazos de sangre, es la interdependencia de destino lo que hace la unidad familiar. La experiencia prueba que los lazos de parentesco más estrechos no son suficientes para mantener unidos a los seres que viven alejados los unos de los otros y que no practican la inter-ayuda cotidiana. La vieja sirviente que ha vivido siempre en la casa y que ha educado a los niños está siempre más cerca de nosotros que un pariente lejano. Más vale tener un amigo cerca que un pariente lejano, dicen los campesinos.
Esta segunda forma de la unidad de destino nos parece infinitamente más importante y más fecunda que la primera. Es el principio vital, el alma de las sociedades. Igual que el corazón de Pedro está más unido al cerebro de Pedro que al corazón de Pablo, de la misma forma, el niño está más cerca de su padre y de su madre que de los otros niños, el grumete está más cerca del capitán que manda el barco donde él trabaja que de los grumetes de otros barcos, el campesino de tal pueblo está más cerca del herrero de su pueblo que de los campesinos de otra región, etc.
En resumen, la verdad común de destino puede incluir la semejanza de los destinados (hay, como hemos visto, unidad de destino entre los obreros de una mismo factoría y los campesinos de un mismo pueblo), pero no la exige; exige, por el contrario, la solidaridad orgánica la existencia de lazos vitales entre los hombres.
La prueba más palpable de la importancia vital de esta comunidad de interdependencia reside en el hecho de que, por todas partes donde tiende a abolirse, las sociedades no tardan en dislocarse. Las monarquías y los regímenes feudales se hundieron desde que los monarcas y los señores no han vivido con el pueblo y para el pueblo; el patrón que no comparte los intereses de los obreros llega a ser diferente u odiado; los jefes militares que viven lejos de sus soldados agotan el entusiasmo y la disciplina de los ejércitos, etc. El absentismo que, en todos los dominios, ha causado tan grandes estragos no es otra cosa que el rehúso de la unidad de destino. Desde que los hombres no se sienten más dependientes los unos de los otros en el seno de la unidad que los sobrepasa (familia, empresa, nación, Iglesia, etc.) se agrupan en fracciones inorgánicas que se devoran recíprocamente.
La comunidad de destino es el barómetro de la vitalidad y de la estabilidad de las sociedades.
Beneficios de la comunidad de destino
La comunidad de destino presenta numerosas ventajas psicológicas que influyen favorablemente sobre la vida social.
Por lo pronto favorece el amor, que es el alma de toda unidad social. Está claro que nosotros amamos más fácilmente al ser que vive a nuestro lado y que comparte nuestras alegrías y nuestras tristezas que a un extranjero. La solidaridad crea un clima favorable para la simpatía. Para limitarnos a un solo ejemplo, cuántos franceses que, por su clase social o sus funciones, viven ajenos y casi impermeable los unos a los otros, han tendido a conocerse y a amarse en la vida común de las trincheras en el 1914-18 y en los campos de prisioneros durante la última guerra.
Enseguida -y estas dos realidades no hacen nada más que una- neutraliza el egoísmo, lo doblega al servicio del bien común, llega a hacer un factor de unión de un estado de ánimo que, tomado en sí mismo, es un agente universal de separación. La interdependencia, en efecto, crea casi automáticamente la inter-ayuda. Los comerciantes de nuestros pequeños burgos de antaño, en los que la prosperidad dependía únicamente de la clientela de los campesinos del lugar, sabían, para cuidar el porvenir, consentir largos créditos a las familias honestas y necesitadas. Los días de granizo, los he visto escrutar el cielo con más angustia que a los cultivadores; no ignoraban que su importe de trabajos estaba supeditado al capricho de los elementos. El empleado de correos o el profesor, por el contrario, sin ser moralmente inferiores a los comerciantes, veían caer el granizo con indiferencia: su paga mensual, su “standard de vida” no estaban afectados. Cuando La Fontaine escribe: “Si tu vecino acaba de morir, Es sobre ti sobre quién cae la carga…”, estos versos presuponen la existencia de destinados solidarios. En el límite, cada uno de los dos hermanos siameses no tiene necesidad de lecciones de moral para amar a su prójimo como a él mismo.
-Un estado social es sano en la medida que tiende a disminuir la tensión entre el interés y el deber; es malsano en la medida que tiende a agravarlo
A los que por inquietud de elevación y de pureza moral pretendieran lo contrario, nosotros responderíamos: ¿prefieren la nada a la imperfección? La supresión de la comunidad de destino, creando una situación donde la inter-ayuda y la inquietud del prójimo no son posibles más que bajo la forma de un desinterés heroico, constituye lo peor de los lazos sociales, pues ella (la comunidad) conduce de hecho a librar a las masas humanas, que no se componen de héroes ni de santos, a todos los remolinos de un egoísmo sin contrapié.
El sentimiento de la comunidad de destino permite también al individuo pasarse en el tiempo y en el espacio: lo inclina hacia empresas a largo plazo que son como gérmenes de eternidad en la vida de las sociedades. Obras como la construcción de catedrales, donde la elaboración milenaria de la liturgia implicaba una continuidad viviente entre los individuos en el espacio y las generaciones en el tiempo; en épocas en que esta continuidad se abolió, los hombres dispersan sus esfuerzos y no producen más que obras de corto aliento, sin lazo y sin unidad.
Condiciones de la comunidad de destino
LA JERARQUÍA Y LA DIVERSIDAD DE LOS ORGANISMOS SOCIALES constituyen una de las bases de la comunidad de destino. Tomemos nuestra comparación biológica. Los órganos de un cuerpo no son iguales entre ellos; algunos tienen “privilegios”: el cerebro, por ejemplo, descansa más que el estómago, y éste más que el corazón o los pulmones y son precisamente estas “desigualdades” las que convergen hacia un punto común, creando la unidad del organismo. Lo mismo es para un cuerpo “social”: su idea está fundada sobre la desigualdad y la jerarquía de las funciones; ha habido épocas, como la Edad Media, donde las diferencias sociales habían sido llevadas a su suprema expansión y los hombres han vivido más profundamente su comunidad de destino. La alegría de un pueblo en el nacimiento de un niño real, la participación de todas las profesiones, de todas las clases, en la construcción de una catedral o la salida para una Cruzada atestiguan bastante esta unanimidad social.
Ha quedado demasiado olvidado en nuestro siglo XX, de vulgaridad igualitaria, que las desigualdades y los privilegios no son apenas nada para provocar choques o revolucionar a los miembros inferiores de la jerarquía. Mientras que la unidad persiste la desigualdad no es hiriente. En las épocas sanas del feudalismo, el siervo doblegado de la gleba no estaba envidioso del señor que, sin trabajar con sus manos, defendía todo el feudo con la espada: que el corazón que late sin descanso no necesita el descanso nocturno del cerebro. He conocido aún algunos viejos aldeanos que hablaban con un acento de arrogancia personal de la nobleza y del lujo del señor del lugar. Es que esta nobleza y este lujo estaban en el seno de algo que les pertenecía; allí participaban en el alma de esta realidad viviente que era la comunidad aldeana.
La necesidad nace, por otra parte, de la ruptura de la unidad de destino. Allí donde hay unión no puede haber necesidad, pues todo se hace con el prójimo y es la mejor manera de triunfar. La necesidad nace y se agranda a medida que el lazo vital se relaja y que el individuo, alejado de estas fuentes, reduce el universo a sí mismo.
La unidad de destino no tiene nada que ver con el igualitarismo; es, si cabe, su antídoto. Allí donde existe verdaderamente la disciplina social más cerrada no engendra la revuelta. Los viejos servidores de la antigüedad obedecían más estrictamente que los empleados de casa actuales, pero había unidad de destino entre ellos y entre sus amos, formaban parte de la casa que los guardaba hasta la muerte. Incluso en el ejército: los poderes de los oficiales sobre los soldados son infinitamente más intensos en tiempo de guerra, porque los jefes comparten la suerte de sus hombres, mientras que en tiempo de paz, por relajada que sea la disciplina, no existe ninguna igualdad entre el destino del soldado, civil trasplantado al cuartel, y el oficial que lo manda. Es en tiempo de paz relajada cuando el antimilitarismo florece más.
La existencia de pequeños grupos humanos relativamente estables en el tiempo y en el espacio nos parece ser una condición no menos esencial que la comunidad de destino. Pero la comunidad de destino no trae sus frutos más que cuando realmente el sentimiento de “nosotros” está en el ánimo de todos. La comunidad de destino está en realidad viva en la familia, también entre los miembros de la tripulación de un mismo barco, entre los trabajadores de una pequeña empresa, y entre los habitantes de un mismo pueblo.
Mucho menos lo está entre los innumerables navegantes de una gran compañía de navegación que entre los miembros de una enorme empresa anónima, que entre los habitantes de una región… De ahí la importancia de las células sociales de base: sería necesario que la sociedad fuera construida de tal suerte que ella sola se pudiera elevar, de pequeño grupo en pequeño grupo, hasta la formación de la jerarquía, sin que ningún grado de contacto humano se perdiera. Las pequeñas comunidades naturales donde los hombres se sienten responsables los unos con los otros al provecho de un funcionariado capitalista o estático mina las vertientes sociales por la base. La comunidad de destino viva está ligada a la existencia de un prójimo: es necesario que el hombre pueda ver y tocar a sus semejantes para que pueda ser solidario con ellos. (…)
Gustavo THIBON
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