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Tema: Apuntes para la Historia (Manuel Fal Conde)

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    Re: Apuntes para la Historia (Manuel Fal Conde)

    Apuntes para la Historia (V)

    [Las partes subrayadas no son mías, sino del texto original]

    Fuente: Montejurra, Número 46, Mayo 1969, página 7.


    Por Manuel Fal Conde


    · Los Requetés no cobran factura



    El léxico popular de la guerra –y en tan apretado trance el que habla es el pueblo– pecaba de desgarrado. La literatura épica no abunda en madrigales. Y no solamente en denuestos para el enemigo: ideas, signos, personas, sino que la propia abnegación, el heroísmo escalofriante, eran denotados con motes humorísticos o expresiones vulgares, cuando no groseras. Así, el desinterés y la abnegación ejemplares del Requeté, de los carlistas todos, de las madres insignes –loor a todas y mención especial de las de Artajona– merecieron este slogan: «los requetés no cobran factura».

    Y los requetés no han cobrado factura. Porque ni la han pasado ni la pagaduría hubiera podido pagarla por haber otros dejado exhausta su tesorería.

    ¿Vamos a inventariar los sacrificios, la sangres y las vidas; los medios económicos, los desvelos de las margaritas y enfermeras, las armas, la Prensa? Los sacrificios por la madre no se miden ni se pesan porque es mayor el amor.

    Pero sí podremos, sin mezquindad y egoísmo, clasificarlos en estos cuatro géneros: servicio de guerra de nuestros heroicos e incomprendidos requetés; preparación para la misma de la que gran parte, la de las regiones carlistísimas de Cataluña y Reino de Valencia, se malograron por infidelidad con la Patria de los jefes militares, cobardes o claudicantes, en cuyos cuarteles fueron inmolados nuestros muchachos presentados. Allí, según consigna que habíamos dado Don Javier, Príncipe Regente, y yo, Delegado del Rey; el aporte doctrinal conservado por la Comunión en la propaganda y en las luchas contra los poderes constituidos serviles a la revolución liberal, de cuyo rico acervo doctrinal parte se ha incorporado al Estado surgido de la Victoria, parte flota en verbalismos irreales y parte ha quedado menospreciada o desconocida. Y la cuarta clase de aportaciones meritísimas es la conservación del principio monárquico.

    Porque la monarquía no se improvisa. Ninguna generación, por dinámica y fecunda que sea, puede crear lo que por su naturaleza, por su esencia misma, es creación de los siglos: Obra de los siglos, que quiere decir resultado del consenso sucesivo de varias generaciones. (En la condición de lo sucesivo, de lo transmitido, está el valor vinculante de la tradición).

    Balmes dirá en sus escritos políticos que tampoco las familias reales se improvisan. En su orden sucesorio, en su transmisión por ley de herencia está, correlativamente, el valor vinculante de los reyes al bien común del pueblo.

    ___ · ___


    Este concurso moral del carlismo, concretamente de la dinastía legítima, a la Cruzada consta de dos puntos de rica vitalidad jurídica: la propia legitimidad sucesoria y la Regencia.

    En el anterior artículo decíamos que no habiendo existido en el alzamiento nacional expresión alguna, condición o nota monárquica explícita, la había puesto, y sólo la Comunión, implícita en su exigencia condicionante al concurso de sus cuadros y de sus medios militares. Ésta era que, en vez de los partidos políticos del régimen liberal, se incorporara todo nuestro pueblo, sin distingos ni diferencias partidistas, al nuevo orden mediante sus representaciones orgánicas, forales y representativas.

    Y para suplir un concepto que la voracidad de la linotipia se «comió», repitamos este párrafo: «esa naturaleza orgánica DE LA SOCIEDAD POLÍTICA, EN BUENOS PRINCIPIOS IMPLICABA LA MONARQUÍA». Lo subrayado es lo omitido y se consigna aquí porque en el concurso de la Comunión al alzamiento, aún sin forzar el argumento con la exigencia de la bandera, estuvo presente el ideal constructivo monárquico.

    Pero monárquico tradicionalista, porque régimen de partidos, en tanto les compete la participación en las tareas de gobierno, es indiferentemente monárquico-liberal o republicano. Más aún, en la literatura política, el rey que reina y no gobierna, salta las barreras de lo mayestático y cae pronto en la bufonada.

    Régimen, por el contrario, de estructuras orgánicas cuyas libertades públicas y cuyas representaciones ante la soberanía política se fraguan orgánicamente es, por la sabiduría de los siglos y por la fidelidad de la herencia, Monarquía Tradicional.

    Pero la «bufonada» acabó en tragedia. Por boca de Jesucristo sabemos cómo acaban los poderes ilegítimos: huída y abandono.

    En el contraste de procederes que explica la divina parábola, la dinastía legítima, por el contrario, conservó fiel su derecho. Enseñó León XIII el derecho de los pueblos a darse la forma de gobierno o a elegir el príncipe que ha de ejercer la autoridad que sólo viene de Dios, pero condiciona la sabiduría del Papa: con tal que sea justo y tienda a la común utilidad. Por lo cual, salvo la justicia, no se prohíbe a los pueblos el que adopten aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su natural o a las instituciones y costumbres de sus antepasados.

    Mas esa dinastía legítima conservada por un maravilloso ejemplo de virtud cívica y de patriotismo inigualado, quebraba en su línea directa. Si los estragos que la ilegitimidad había causado en sus líneas genealógicas, indignificando a muchos, no tenían subsanación condenándose las causas de exclusión, la Regencia ejercería su función discriminatoria, potestad de albaceazgo, operación procesal sucesoria, para declarar quién fuera EL PRÍNCIPE DE MEJOR DERECHO.

    El carlismo –puestas a prueba de Dios sus virtudes características: la fortaleza en la esperanza– pasó varios lustros pendiente de este designio soberano: «el Príncipe de mejor derecho».

    No es ésa una regencia en la que tome parte mediata o inmediata la elección. La elección, vístasela como se la quiera vestir, asemeja lo monárquico a lo republicano presidencialista.

    Tampoco es una Regencia institucional. Conservan para España validez las palabras de Castelar en las Cortes del 69, cuando nuestros legisladores, entremezclados de masonería y ambiciones extranjeras, buscaban rey de alquiler por las Cortes europeas: «La regencia, dictaminaba Castelar, durará hasta que la república llegue a la mayor edad». Y llegó.

    Esta Regencia, propia de la previsión del Rey Alfonso Carlos, revestía estos caracteres dignos de la nobilísima Dinastía de la realeza española:

    Aseguramiento de la continuidad dinástica como principio fundamental de la Monarquía.

    Subordinación del orden genealógico a la legitimidad en el ejercicio.

    Los fundamentos de esa legitimidad en el ejercicio son: la Religión y su Unidad Católica; la constitución orgánica de los Estados y cuerpos de la sociedad; la federación histórica de las regiones y sus fueros y libertades que son las integrantes de la unidad nacional; la autenticidad de la Monarquía española a la que repugnan tanto las innovaciones sucesorias como los plagios extranjerizantes.

    (Las facultades conferidas al Regente eran fidedignamente monárquicas y genuinamente legitimistas).

    Por eso, contenían los dos documentos providentísimos de Don Alfonso Carlos, 23 de enero y 10 de marzo de 1936, las claras y concluyentes razones de exclusión de los príncipes de la rama liberal y los que la reconocieron y sirvieron.

    Y contiene, finalmente, la reiterada salvedad de los derechos de Don Javier a la sucesión a la que agrega que eso sería su deseo por LA PLENA CONFIANZA QUE TENGO, decía, EN TI, MI QUERIDO JAVIER, QUE SERÍAS EL SALVADOR DE ESPAÑA.

    Una nota más caracterizaba la institución de la Regencia carlista en tan benemérito Príncipe: la oportunidad histórica. Determinada por la extinción de la línea de Don Carlos María Isidro, en ocasión de haberse extinguido el régimen constitucional por abandono del trono que hacía necesaria una guerra, que bien fácilmente se preveía de hondísima y tremenda aflicción, se requería una restauración al par de la sociedad maltrecha y de la dinastía rota, volviendo tal vez al tronco de Felipe V, para renovar sus fundamentos y designios.

    Oportunidad histórica como nunca jamás había tenido España, desde su unidad nacional.

    Oportunidad elegida por la sabiduría política del Rey carlista en 1936. Oportunidad de 1939. Hace treinta años.
    Última edición por Martin Ant; 29/09/2015 a las 16:59
    Rodrigo dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Apuntes para la Historia (Manuel Fal Conde)

    Apuntes para la Historia (VI)

    [Las partes del texto subrayadas no son mías, sino que así aparecen en el documento original]

    Fuente: Montejurra, Número 47, Julio-Agosto 1969, páginas 6 – 7.



    Por Manuel Fal Conde


    MONARQUÍA ESPAÑOLA


    En números anteriores de MONTEJURRA hemos demostrado que la Monarquía, nuestra Monarquía, estaba implícita en la gloriosa gesta del Alzamiento, por nuestra exigencia de la bandera bicolor, por la subsistencia, pese a tantas resistencias, de nuestro expresivismo trilema Dios, Patria y Rey, exultado en los más ardorosos vítores y por la presencia viva y fecunda de Don Alfonso Carlos y de Don Javier.

    Fuera de la Comunión, la Monarquía del 14 de abril, la que había caído como dijo quien podía decirlo, como la cáscara que se desprende de la fruta madura, estaba tan ausente de la vida nacional, que cuando a las seis semanas de esa fecha, Luca de Tena visitó en Londres al Rey Alfonso XIII –a las seis semanas era el primer monárquico que se acercaba al atribulado señor– éste le recomendó que exhortara a sus leales a la aceptación sincera de la República y servicio del gobierno en cuanto reclamara el interés de la Patria.

    Era la posición ideológica de aquel su discurso en Zamora que en esa misma visita de Luca de Tena evocó y ratificó: «¿Monarquía? ¿República? Lo que importa es España».

    Sentido agnóstico de un escepticismo desolador que quiso infundir en Don Jaime, en sus negociaciones de aquel pacto pocos días anteriores de la muerte del segundo, y que Don Alfonso Carlos desaprobó y no quiso suscribir.

    Tan presente estaba, fuera del carlismo, la accidentalidad de las formas de gobierno que en las primeras proclamas de los generales en el Alzamiento, sus bandos de guerra, terminaban con aquel insincero «viva la República» que podían tener justificación suficiente en razones diplomáticas o de estrategia política; pero a los primeros requetés sonaban a blasfemia.

    Las mismas razones, cara a las Potencias, cara al sector republicano cuyos destacados elementos, Melquíades Álvarez, Salazar Alonso, por ejemplo, estaban perseguidos; cara, quizás más determinadamente que a ninguna otra circunstancia, al auxilio alemán, explica que no se admitiera la presencia en filas de Don Juan, de Don Javier, de otros Príncipes, como la de Don Alfonso de Borbón y Borbón, capitán efectivo del Ejército, cuya falta no hemos leído que se justificara y no hay derecho a imputarla a torcida voluntad.

    Y había además otra razón, la más poderosa y humana, la de hondo y sano patriotismo. Tal era la de que los Generales en su mayor parte, y no era cosa de medir calidades, se hubieran opuesto a todo sentido monárquico porque no podían tener del mismo otra comprensión que la de la Monarquía representada por Don Alfonso XIII, con sus enormes errores en la política africana –Annual– y en cuyo rechazo, algunos se habían afiliado a la República.

    ____ · ____


    Acabamos de ver cómo los órganos más autorizados, y de la forma más pomposa y majestática, se han declarado por el Jefe del Estado en las Cortes, y éstas han aclamado ardientemente, si bien que su proclamación está condicionada suspensivamente –Dios le dé amplia dilación– a la muerte de Franco: «LA MONARQUÍA DEL 18 DE JULIO».

    Esa gloriosa gesta del 18 de julio no es una mera adjetivación posesiva, «monarquía del», ni siquiera adjetivo demostrativo, como los cañones del Regente Cardenal Cisneros, frente a la nobleza levantisca: «estos son mis poderes». No, este sentido demostrativo hubiera podido invocarlo un Rey que hubiera hecho la guerra ganándola: «mi guerra, mi victoria». No hubo Rey en la guerra y cuantos la hicieron fue con renuncia a pasar factura, que explicábamos en artículo anterior.

    La Monarquía del 18 de julio contiene una adjetivación, más sustancial, más tocante a la esencia, a la naturaleza del régimen monárquico, porque es calificativa o cualificativa, en una palabra, definitiva.

    Todos esos caracteres en larga descripción, católica, tradicional, popular, representativa, compendiados en este hermoso slogan: «la del 18 de julio».

    Distinto es, sin embargo, el ángulo de visión de ese signo 18 de julio en su dinámica temporal, julio del 36, guerra y postguerra, hasta el momento actual, al que, con mirada retrospectiva y ya histórica, se tenga ahora de aquella empresa.

    El carlismo acudió y tomó parte en su iniciativa, otra guerra carlista más, esta última sin Rey porque el suyo dispuso que, si el Ejército se sublevaba contra la República concurriéramos a ella habidas elementales cautelas, pero sin aspiración alguna partidista.

    Pero, escaló las más penosas cotas en las vanguardias y prestó los más claros servicios de aportación doctrinal a los poderes constituidos.

    Así cuando el 10 de marzo de 1939, alboreándose ya el ansiado final de la Cruzada, creímos llegado el momento de brindar al Jefe del Estado un cuerpo de doctrina, lo hicimos en escrito a mi nombre y con mi firma, acompañado de un amplio estudio político.

    Nada me obligaba a presentarlo por medio de los carlistas que habían aceptado cargos en el secretariado de la Unificación, porque Don Javier había declarado en la comida del 3 de diciembre de 1937, día de su santo y víspera del acto inaugural del Consejo Nacional de FET de las JONS en las Huelgas, que él no los expulsaba sino que eran ellos quienes se habían separado de nuestra disciplina.

    Don Javier había autorizado a formar parte de ese Consejo, para que la negativa colectiva no significara desacato al Generalísimo, a sólo dos, Don José María Valiente y Don Joaquín Baleztena.

    Pero, respetuosa y correctamente, presenté esos escritos por mano del secretario de dicho secretariado, que como secretario político despachaba con el Caudillo. Me refiero, y con recuerdo cordial y sincero, a Don Ladislao López Basa, que los presentó a Franco y con él departió largos ratos en distintos días sobre cuanto en los documentos doctrinales se le exponía.

    Publicados por el Centro Tradicionalista de Buenos Aires, corrieron profusamente en un folleto de 120 páginas bajo este título: «EL PENSAMIENTO CARLISTA SOBRE CUESTIONES DE ACTUALIDAD».

    Su capítulo II se rotula así: «Bosquejo de la futura organización política española inspirada en los principios tradicionales».

    Y el apartado V, «LA MONARQUÍA ESPAÑOLA» lleva este enunciado:

    «Llegado el momento oportuno, el Estado deberá organizarse bajo un régimen de Monarquía Tradicional, católica, templada, legítima, hereditaria y genuinamente popular».

    Este enunciado se desarrolla a continuación en las páginas 56 y 57 del folleto, que para más fiel comunicación a los lectores reproducimos en cliché:

    Consideraciones generales


    Contra la afirmación, arbitraria y capciosa por demás, de la indiferencia de las formas de gobierno, teoría que tantos y tan gravísimos daños ha acarreado, y en la imposibilidad de vivir en normalidad y seguridad sin una forma concreta y definida de régimen político, el Estado ha de aceptar aquélla en que coinciden los dictados de la ciencia política y el testimonio de la Historia, afirmando que, por su origen eminentemente popular, por su profundo arraigo e identificación completa con la vida toda de España durante más de quince siglos de su Historia, como encarnación de la justicia, defensa y amparo de todas las clases sociales, en especial de las más humildes y desvalidas, como representación de la continuidad y legitimidad del Poder, como lazo de unión entre todos los pueblos y regiones españolas, centro del amor y confianza de tantas generaciones, la Monarquía es consubstancial a la unidad y grandeza de España, y en su consecuencia, llegado el momento oportuno, el Estado deberá organizarse bajo un régimen de Monarquía tradicional; católica, templada, legítima, hereditaria y genuinamente popular.

    Esta Monarquía, como templada y popular, es opuesta al absolutismo. Aquellos dos caracteres los logra mediante contenciones o limitaciones orgánicas que encuentra el Rey en el ejercicio de la soberanía y que arrancan, unas de la Ley moral y superior, que actúa constantemente sobre la conciencia del Monarca de consuno con su propio interés, el cual le impulsa a obrar justamente para no enajenarse las simpatías del pueblo, tanto hacia él como hacia sus sucesores, encontrando los dictados de aquella Ley cauce para llegar al Monarca en la institución de los Consejos; y nacen las otras limitaciones, de la soberanía social traducida en las autarquías naturales que comprenden todos los derechos sociales y que a su vez se encuentran representadas en las respectivas Instituciones.

    No es el Rey señor de vidas y haciendas, ni tiene en este régimen facultad ni posibilidad de trastornar la realidad social y nacional, creada y desenvuelta en el transcurso del tiempo por la actividad vital del pueblo. Lo primero lo hacía el absolutismo cesarista, y lo segundo, el absolutismo parlamentario; pero no lo puede hacer el Rey en nuestro régimen tradicional porque, merced a sus Instituciones, se convierte en realidad aquello de nuestras Leyes de Partidas, de que “no son los pueblos para los Reyes, sino los Reyes para los pueblos”.

    El orden político monárquico español se funda sobre dos bases, en las que se resuelven todas las dificultades de las situaciones políticas modernas, se superan sus realizaciones y se alcanza la superior armonía entre la sociedad y el Estado. Son éstas: de una parte, el Poder político, uno, indivisible y soberano, encarnado en el Rey y ejercido, con los más prudentes asesoramientos, por los órganos permanentes y necesarios de gobierno, que sirven las distintas funciones de la soberanía; y, de otra, la Representación, reflejo fiel en las Cortes orgánicas, de sus regiones, de sus municipios y de todas sus clases, fuerzas y actividades, la cual ilustra y refuerza con su presencia y voluntad las decisiones del poder político, hace llegar al mismo la voz auténtica de las necesidades y deseos de la sociedad entera, le da o le niega los medios y recursos para las empresas políticas, e incorpora el pueblo en su totalidad al Estado.

    No es, pues, la Monarquía que preconizamos una sola Institución: la del Rey, sino un sistema maravilloso de Instituciones, trabadas entre sí con vínculos muy sólidos, y que pueden reducirse fundamentalmente a las siguientes:

    1. El Rey.
    2. Los Consejos.
    3. Las Cortes.
    4. Los Ministros o Secretarios de despacho.
    5. Los órganos regionales.
    6. Los Municipios.
    7. Los gremios.

    A ninguna de estas Instituciones cabe desechar por rancia y anticuada: todas y cada una son susceptibles de nueva y vigorosa vida, con la adaptación necesaria a las realidades presentes, formando con todas ellas la armadura del Estado Español de la post-guerra. No se trata de exhumar cosas muertas y caducas; de todas ellas han llegado hasta nosotros restos, reliquias de su primitiva vitalidad y fuerza; y todas tuvieron, y tienen aún, hondas raíces en el subsuelo nacional, que hay que descubrir, sanear y fortalecer para que vuelvan a darnos espléndidos brotes y frutos copiosos para la vida feliz de España.



    Tan amargo el recuerdo que había dejado la Monarquía constitucional y tan irresistible la opresión republicano-socialista, que ciertamente se puede decir que el 18 de julio no debe nada al pasado. «De abajo nada» decía aquel farmacéutico –¡pobres los beneméritos farmacéuticos satirizados!– que había perdido la fe en los medicamentos de su botica. De abajo nada. Del pasado nada.

    Aún es poco. Porque a ese pasado había que extirparlo como a las fibrosidades del cáncer. Del pasado, nada. Pero en el pasado existía España, antes señora, luego esclava. Habían periclitado los reyes que sintieran lo que Carlos VII declaraba como primeras palabras, como saludo a los españoles en su manifiesto de 21 de abril de 1872: la obligación del Rey es morir por su pueblo o salvarle.

    Existía ese pueblo y en defecto del tal Rey el Ejército, el Ejército que se conservó digno de español, asumió esa obligación: morir o salvarle. Y a costa del millón o algo menos de muertos, se le salvó.

    Pues bien, la forma política, su forma substancial, de ese pueblo fue siempre la Monarquía y desde que se logró la unidad nacional se consumó la unidad monárquica. Ésa tenía que ser la Monarquía del 18 de julio.

    Unos encumbrados excarlistas han pronunciado por TV –el más poderoso cloroformizador del pueblo– que estamos ante el acontecimiento de una Monarquía nueva. ¿Monarquía nueva? ¿Sin la patina venerable de los siglos? Porque los siglos en el transcurrir de las instituciones, en el juego regular autoridad y representación, lo bueno se consolida, lo imperfecto se depura, porque sólo el transcurrir de generaciones experimenta que el fin para el que Dios creó la sociedad e instituyó el poder es el bien común. El mismo sol que depura las aguas corrientes corrompe las estancadas. Porque aquéllas son corrientes entre las genuinas representaciones sociales y éstas quedan inmovilistas entre organismos autoritarios. Aquello es la Tradición. Y ésa es otra nota calificativa de la Monarquía Tradicional que no pretenderemos signifique tradicionalista, porque no es acepción de partido, sino consustancialidad nacional.

    Una Monarquía nueva me huele a laboratorio, a fabricación casera o industrial pero artificiosa y convencional.

    La Monarquía del 18 de julio es la misma, auténtica genuina e imprescriptible Monarquía nacional española. Solera pura. Sin Química.

    Estructura funcional, no vestidura de temporada como las Repúblicas. Los franceses ya van por la quinta.

    ____ · ____



    Harina de otro costal es esa reiteración de las fórmulas restauradoras de las dinastías al modo que en 1869 ó 1876, todavía en germinación y compromiso sucesorio, salvo posible revocación, para ese día que quiera Dios dilatar, repetimos.

  3. #3
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    Re: Apuntes para la Historia (Manuel Fal Conde)

    Apuntes para la Historia (VII)

    [Los subrayados no son míos sino del documento original]

    Fuente: Montejurra, Número 48, Septiembre-Octubre 1969, páginas 18 – 19.



    Por Manuel Fal Conde



    AVIVAR RECUERDOS DE SERVICIOS

    Exhumábamos en el número anterior el folleto «El Pensamiento carlista sobre cuestiones de actualidad» editado por los carlitas de Buenos Aires en 1940 y profusamente difundido en España en la propaganda de nuestras organizaciones y por el libre comercio de librería, pero caído después en el olvido –y a este símil de la muerte en las ideas se refiere el verbo exhumar– porque la falta [Nota mía. Error tipográfico en el que se omite una línea de unas 4 ó 5 palabras] fue la mordaza más solícitamente puesta al carlismo.

    Ante la impaciente curiosidad de las nuevas juventudes, ante su apolitismo, ante su escepticismo, según vayan descorriendo el velo de ése y de otros olvidos, los carlistas, los inextinguibles carlistas, podrán como San Pablo ante el Areópago, predicar «el Dios desconocido».

    Como exhumación o recordatorio a los lectores de «Montejurra» publicamos en cliché la portada y dos páginas centrales –tal vez en exceso reducidas de tamaño, con la consiguiente molestia de lectura– de las consideraciones generales sobre el régimen monárquico tradicional. Régimen o «sistema maravilloso de Instituciones trabadas entre sí con vínculos muy sólidos» que seguidamente enumerábamos: El Rey, los Consejos, las Cortes, los Ministros o Secretarios de despacho, los Órganos regionales, los Municipios y los gremios.

    Instituciones que se analizan en capítulos siguientes de ese escrito elevado al Jefe del Estado y Generalísimo con fecha 10 de Marzo de 1939 –vísperas de la Victoria Nacional– a mi nombre y por mí firmado como Jefe Delegado de la Comunión, igual carácter con el que había concertado con Sanjurjo nuestra aportación al Movimiento si lo realizaba el Ejército o nuestra sublevación sin él, en el último y desesperado trance, también bajo su mando, y luego convenido con su representante en España para el golpe militar, General Mola, cuyos pormenores están publicados y tan conocidos de los lectores, como «desconocidos» del Gobierno que nos subestima.

    Con lealtad, que no puede adjetivarse más encomiásticamente que con el calificativo de lealtad carlista, –gemela a la prestada en la guerra– se exponen allí los principios fundamentales de la sociedad Civil y el Estado, las normas primarias de una recta política conducente al bien común, los cauces de circulación de las sociedades infrasoberanas hacia el poder, de las libertades públicas para que se engendren auténticas representaciones y la sustantividad en España de la Monarquía, indiferente la Comunión, en tales momentos, sobre la persona titular del derecho soberano, pues estábamos en oportunidad, providencialmente en la Jefatura de la Comunión como en la suprema autoridad nacional, de Regencia reconstructora de las esencias sociales y de las instituciones políticas.

    Se pormenorizaban los caracteres diferenciales de la Monarquía Tradicional que recientemente ha analizado de mano maestra Don Raimundo de Miguel en las páginas de «Montejurra» y en folleto esmerado ha editado Succum.

    Se señalaba con caracteres inequívocos la responsabilidad de la línea de Isabel II por su ilegitimidad en el ejercicio y el punible abandono de la Corona el 4 [sic] de Abril, y se razonaba cómo esa responsabilidad, del mismo modo que el derecho sucesorio cuando es legítimo, es transmisión dinástica.

    Escojo de los varios testimonios autorizados aprobatorios de esas doctrinas y encomiásticos de ese nuestro servicio a España, la carta del Emmo. Primado de España, el sabio Cardenal Gomá de 25 de Mayo de 1939, reproducida en el grabado.




    Excmo. Sr. Don Manuel Fal Conde.

    Quintana del Fuente.

    Toledo, Mayo 25 – 939


    Muy distinguido y querido amigo:

    Acuso a V. recibo de su carta del 28 de Abril a la que acompaña copia del escrito dirigido al Generalísimo, en el cual expone los ideales tradicionalistas.

    Lo he leído con el vivo interés que merece un escrito de esa índole en la hora presente que es decisiva para el porvenir de España.

    La lealtad y nobleza que en el mismo se advierten; el puro y desinteresado amor a España y a su gloriosa tradición que rezuman sus páginas, disponen bien el ánimo para que éste acepte muchas verdades que en él sustentan.

    Hago votos para que esa leal manifestación de los ideales tradicionalistas –luz sobre las rutas por las que debe caminar la nueva España, si ha de recobrar y remozar su antigua grandeza y providencial misión en el mundo–, influya eficazmente en la reorganización del Estado español.

    Dios nuestro Señor bendiga su desinteresada colaboración a la obra de hallar e implantar la fórmula definitiva que salve a España y logre todo el fruto que es de esperar de la sangrienta lucha a la que victoriosamente se ha dado cima.

    Sabe cuanto le aprecia su affmo. servidor y amigo que le bendice,

    I. Card. Gomá [Firmado]



    Unos lacónicos toques a modo de ejemplos:


    REY

    «Los dictados de la Legitimidad.

    La Legitimidad, que es la Soberanía misma, envuelve la presentación jurídica de ser conveniente el soberano legítimo al bien común».

    «La legitimidad de origen se subordina a la de ejercicio».

    «Cuando una línea familiar dinástica ha vivido consagrada, en tradición de padres a hijos, a una causa política de perdición, aquello que fue concebido como garantía de bien común, se convierte, en fuerza de la misma presunción jurídica, en probabilidad de que el príncipe sucesor seguirá los pasos de sus predecesores». (pág. 81 y 92).


    CORTES

    «Representación de la soberanía social articulada con la soberanía política».

    «Cortes representativas y orgánicas integradas por Procuradores, elegidos por sufragio orgánico, con mandato imperativo y sujetos a juicio de residencia, los que corresponderán a las diversas sociedades infrasoberanas y a las verdaderas clases y actividades del país» (pág. 63).


    UNIVERSIDADES

    «La cultura» … «frente al funesto sistema del Estado pedagogo, destructor de nuestras antiguas Universidades y Colegios Mayores y que tantos males acarreó para la cultura patria durante el pasado siglo, el Estado restaurador de la gloriosa Tradición nacional proclamará el principio clásico y salvador de la libertad de enseñanza».

    Seguidamente se desarrolla las bases de la subsidiariedad docente del Estado terminándose con esta interesantísima recomendación: «se tenderá a que la enseñanza profesional quede atribuida, en su organización y desarrollo, a las Corporaciones» (pág. 75 – 76).


    MUNICIPIOS

    «Los municipios … sociedades naturales infrasoberanas, deberán ser respetados en su autarquía por el Estado, el cual, respondiendo a la gloriosa tradición municipalista de la Monarquía Española, emprenderá la restauración de su vida en todos los órdenes: moral, cultural, social, administrativo y económico, con exclusión de toda actividad política.» (pág. 69)


    LAS REGIONES

    «No obstante la unidad e indivisibilidad del poder político, ni éste puede desconocer las realidades geográficas e históricas de la Nación, ni le es lícito reformarlas o modificarlas arbitrariamente, sino que, por el contrario, debe aceptarlas y respetarlas, como manifestación de la actividad vital o histórica de aquélla».

    «En consecuencia, el Estado ha de reconocer la autarquía de las personas jurídicas o sociedades infrasoberanas, tanto naturales como históricas, que le han precedido o que vivan lícitamente dentro de la Nación, como las Regiones, los Municipios, las familias, los gremios, corporaciones, etc., etc».

    «Su auténtico equilibrio y la verdadera expresión del bien común están en el Fuero»

    «Ciertamente, no se concibe el Fuero, como realidad viva y rico venero de paz y bienestar, sin el vínculo nacional que representa el Rey tradicional, ni menos en un momento de tan natural y explicable confusión de ideas sobre lo foral, en la que, mientras el centralismo arrancaba una a una todas sus características naturales e históricas a todas las regiones españolas y abatía y arruinaba la vida municipal, día a día la reacción tomaba formas secesionistas». (pág. 67 – 68)


    LOS SINDICATOS

    «El orden corporativo». «Acomodando a los tiempos actuales lo que en los pasados fue el sistema gremial, el Estado implantará decididamente un Orden Corporativo por actividades y productos que reorganice la producción, circulación y distribución, lleve a cabo la reforma social y económica necesarias, y sea base de una buena parte de la representación en las Cortes orgánicas».

    Ese orden corporativo, sindical en otro lenguaje, dignificador de las actividades colectivas y del trabajo… la desaparición del proletariado como masa huérfana y desarraigada… el respeto y estímulo de la actividad privada y libre dentro de cada corporación… representación e intervención ponderada y armónica de todos los factores sin predominio de ninguno de ellos… la representación y participación de todas esas actividades en el Poder. (pág. 70 – 71)


    LA AGRICULTURA

    «El Estado declara que en su incremento y prosperidad radica, esencial y básica, la riqueza de la nación». (pág. 80)

    Los minuciosos y previsores apartados que siguen a este enunciado han sido predicar en desierto. Triste la condición de las clases trabajadoras. Heroico el sufrimiento de los ganaderos. Penosa la carga de los contribuyentes por territorial. Desoladora la despoblación rural. «Campos de soledad, mustios collados». ¡Eh ahí el nuevo feudalismo!


    La Comunión Tradicionalista, cantera de héroes, crisol de la lealtad, conservadora de ideales, prestó su servició militar y aportó las enseñanzas de sus maestros; sirvió y sigue inalterablemente rindiendo sus dos virtudes características: la paciencia y la esperanza. Y ha visto nacer y morir sistemas, programas, dominaciones. Ella permanece en la roca de la verdad.

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