Apuntes para la Historia
Fuente: Montejurra, Número 42, Octubre 1968, página 19.
Por Manuel Fal Conde
El día de Santiago del 36, después de la inolvidable misa de campaña en la Plaza del Castillo de Pamplona y tras reponer en el Monumento al General Sanjurjo su busto que las hordas habían derribado, yendo para la Diputación, donde funcionaba la Junta de Guerra, ví a un joven junto a un magnífico coche que yo recordaba de San Juan de Luz, delante de los soportales de la Diputación. Se tocaba con boina roja. Me miró a mi paso por su vera, tan fijamente que creí sería uno de tantos jóvenes navarros y no navarros, incluso franceses de la mejor clase social, que me buscaban en la oficina o en la misma calle, al igual que a otros jefes de la Comunión, en solicitud de alistarse.
Aquel joven, de gran porte y distinción, me habría conocido, pues que acababa yo de estar en la tribuna presidencial con el General Cabanellas y los jefes carlistas de Navarra, lo mismo que habíamos presidido la manifestación al monumento. Pero no me habló ni se movió de su colocación delante del coche, que quiero recordar era de los señores Soriano residentes en San Juan de Luz.
Al poco, cruzando yo la plaza de la Diputación al Hotel la Perla a comer, me paró Juan Tornos, que salía del Hotel, en mi busca. Juan Tornos, aquel excelente requeté de la Juventud de Madrid, de los íntimos del más grande luchador que hemos tenido, Aurelio González de Gregorio, allí entonces –Tornos, digo– con un mando en un Tercio de Requetés de los que habían formado en la misa y pronto saldrían con Ortiz de Zárate al frente de Irún; ése que en señal de su simpatía y del entrañable afecto que todos le teníamos se le nombraba por el diminutivo, Juanito Tornos, había más adelante de destacarse en los Requetés, en la Marina, en la Aviación, en la carrera diplomática, en todo con su genial brillantez, y ahora, o hasta hace poco, servía, como diplomático, digo yo, a Don Juan de Borbón en su secretaría en Estoril.
Al encontrarme en mitad de la Plaza del Castillo me dijo que no llegara al Hotel si no me interesaba saludar a Don Juan que estaba allí en busca del Conde de Rodezno.
Nos fuimos a un café de la Plaza y me contó cómo había llegado Don Juan deseando ver al Conde que, algo indispuesto, estaba en su habitación, circunstancia que alegó en razonable excusa para no recibir su visita. Al Conde no le gustaba una entrevista que, fuera para lo que fuera, o tal vez porque los acompañantes del Príncipe lo hubieran anunciado, tuviere la finalidad de alistarse en nuestros Tercios, tocaba a los organismos dedicados al reclutamiento, a más bien al Jefe Delegado, dada la categoría del solicitante.
Tornos traía el aviso, tanto por sí mismo como por encargo del Conde, al que estaba ligado por amistad, por ideario y algún parentesco.
Viendo claro que Don Juan era el joven de la boina y el coche ante los soportales de la Diputación, y que no era a mí a quien interesaba pedir la admisión en nuestras filas, creí discreto y prudente no presentarme en el Hotel.
De otra parte, ¿qué menos merecía la ilustre personalidad carlista, navarra, española, del Conde de Rodezno que mi plena confianza para que procediera como creyera mejor y más conveniente a la Causa?
En tal sentido fue mi recado a Rodezno por medio de Tornos, encargo reiterativo de que hiciera lo que creyera mejor.
Se levantó Rodezno, saludó con su proverbial cortesía al Príncipe y oyó los deseos de éste de alistarse en alguna unidad del Requeté. El episodio tiene derecho a una página de la Historia de la Cruzada.
El Conde, sin mengua de la cortesía y respeto propios de las personas y del tema, contestó a Don Juan estas o muy semejantes palabras, pero de rigurosa exactitud de fondo: «Es muy plausible el deseo de V.A. pero V.A. no puede ponerse esa boina, como cualquiera de los jóvenes que en número de millares están alistándose en nuestros Tercios. Porque esa boina no es una prenda de uniforme, sino que tiene un hondo significado de ideas entre las que está la legitimidad dinástica, que todo eso puede suscribirlo un joven cualquiera al alistarse. Pero V.A. no puede hacerlo sin ir a Viena y a aquel venerable anciano, Rey de Derecho y Jefe de la Familia, pedirle permiso para cubrirse con la boina roja aceptando todos sus significados».
A los pocos días, y aseguro que sin haber ido a Viena, ni escrito a Viena ni acatado el significado de la boina que estaba copiosamente testimoniándose con la mejor sangre, Don Juan con sus mismos acompañantes de la vez aquélla, apareció en Somosierra, con mono, boina y flechas. A las pocas horas, órdenes de Mola le pusieron en la Frontera.
Ese gesto, ese intento mixtificador de ideas, signos, servicios, disciplinas, no es exclusivo de Don Juan. Caracteriza toda su línea familiar: frívola, versátil, tornadiza. Y… pies en polvorosa cuando truene.
Ciertamente en la entrevista del Hotel La Perla la lección fue magistral, pero como las de San Juan Bautista en el Desierto.
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