Fuente: Historia del Tradicionalismo Español, Tomo XXII, Melchor Ferrer, Editorial Católica Española S. A., Sevilla, s. f., páginas 75 – 78.




Tiempos de confusión


La cuestión política se había agravado por el fallecimiento de Carlos VI, pero, en cambio, lo había aligerado la del Infante Don Fernando, puesto que, de haber éste sobrevivido a su hermano primogénito, se hubiera establecido una dualidad de derechos invocados por los partidarios de Don Juan y por los partidarios de Don Fernando, que habría agudizado la grave crisis en que se hundía el carlismo. Por las declaraciones y manifestaciones públicas de Don Juan, de carácter democrático, iba a resultar la monarquía isabelina regida por O´Donnell menos liberal que la dinastía desterrada. Claro está que no ocurría lo mismo con el partido carlista, que permanecía fiel a sus principios, pues fueron muy escasos los que siguieron a Don Juan en su nueva posición, aceptando el principio protestante: Ille Principe, ille Religio. Como decimos, la masa del partido rechazaba tal deformación del carlismo, contendiendo con maestría con su pluma el insigne Don Pedro de la Hoz desde las columnas de La Esperanza. Las disposiciones oficiales de la monarquía isabelina daban a la Prensa estrechos límites para expresarse cuando se trataba del carlismo, y particularmente de la Familia Real, por lo que La Hoz empleaba una anfibología con la expresión de las esperanzas que se ponían en los “dos tersos que han de gobernar a España”; y por los dos tersos, los dos puros, los dos inmaculados, todo el mundo sobreentendía a los hijos de Don Juan: Don Carlos y Don Alfonso. Más tarde, los liberales no olvidaron el adjetivo y, en burla, llamaron a Carlos VII el Niño Terso.

Pero esto no impedía que la confusión existiera en la Comunión carlista. Los unos, como hemos dicho, muy pocos, seguían a Don Juan hasta en sus desvaríos liberaloides. Otros, como en el caso de Cabrera, le reconocían como Rey, pero no se lanzaban abiertamente sobre sus huellas para seguirle en la senda de la democracia; otros hubo que, reconociéndole como Rey, tal fue su propia esposa, le negaban absolutamente la Jefatura de la Comunión católico-monárquica; y, por fin, otros se declaraban en total y absoluta rebeldía, fijando sus ojos en una anciana y en unos niños, Don Carlos y Don Alfonso, y, como la Princesa de Beira, afirmaban que el Conde de Montizón había perdido sus derechos de Rey, al mismo tiempo que el de gobernar la Comunión. Pero la Princesa de Beira, en su soledad y en su pobreza, se sentía con el deber de cumplir una sagrada misión: mantener la Comunión Tradicionalista firme y compacta. Y los carlistas, en sus convicciones, dispuestos a soportar aquel vendaval que, poniendo en peligro la existencia de la Comunión, era necesario vencer en espera de otros hombres y otros tiempos.

Es verdad que se había llegado a una cierta confusión, pero esto no implica que el carlismo hubiese muerto. Al contrario, la resistencia que opuso a aquella acumulación de desgracias, bien puede ser demostración de que el carlismo estaba firmemente anclado en el alma del pueblo español.

Mientras tanto, Don Juan proseguía su política de pretendiente democrático a la Corona de España. El 16 de Febrero de 1861 publicaba un nuevo Manifiesto reincidiendo en todos sus errores liberales, afirmando que no se apartaba ni se retractaría nunca de lo que había escrito, añadiendo que aspiraba ver sus derechos reconocidos por la soberanía nacional. Combatía lo que llamaba exageración política, atribuyendo a la misma los males que había pasado el carlismo, y llegaba hasta a insultar a los que fueron fieles a su padre y hermano, tratándoles de servidores de “sus propios intereses mezquinos y desleales”. Por último, llamaba a los que habían combatido bajo las banderas carlistas y estaban ligados a su suerte, para que se unieran a él y aceptaran sus ideas políticas. Como era de esperar, esta fraseología inspirada por Lazeu caía en el vacío, pues los carlistas no le escuchaban, y nadie, por poco que fuera su prestigio, le seguía. Estaba Don Juan solo con Lazeu y unos cuantos infelices sin convicciones y sin personalidad. Pero como el partido carlista no publicaba ningún documento en contra de este Manifiesto, todas las miradas se iban centrando en las páginas de La Esperanza, donde Don Pedro de la Hoz supo salvaguardar los principios haciendo esperar mejores días.

Se llegó a pensar en una Regencia durante la minoría de los hijos de Don Juan. Fue el P. Maldonado el que propuso que se encargaran tres personas de la Jefatura de la Comunión, señalando a la Reina viuda Doña María Teresa, Princesa de Beira; a la Reina Doña María Beatriz; y al General Cabrera, para formarla. El P. Maldonado, durante mucho tiempo, cifró sus esperanzas en el Conde de Morella, al que tenía una particular admiración. Y tardó mucho en convencerse de la verdad acerca de la desviación política del que fue el Tigre del Maestrazgo. La única que estaba dispuesta a aceptar la Regencia fue la Princesa de Beira, porque Cabrera no lo estaba, puesto que consideraba a Don Juan como Rey legítimo, y, en cuanto a Doña María Beatriz, estaba demasiado preocupada en la educación de sus hijos y siempre con el temor de que se los arrebatara su esposo, para meterse en cuestiones políticas. Además, tenía una conciencia rígida y severa, y habría sido para ella motivo de perenne remordimiento el enfrentarse con su esposo, al que consideraba Rey de España.

No era viable, pues, tal solución, y el partido carlista permaneció acéfalo, cuando menos en apariencia. Encontró siempre el guía en la persona de la Princesa de Beira, que fue de hecho, aunque no de derecho, la Regente de la Comunión en aquel triste período [1].

El partido carlista pasaba momentos difíciles. Sus enemigos le invitaban a acercarse a la dinastía [isabelina], y otros le adulaban para hacerse con aquellas masas, que permanecían en el silencio, pero sin abandonar sus ideales ni la dinastía desterrada, porque ésta permanecía en el destierro a pesar de las andanzas de Don Juan, ya que la dinastía se mantenía en aquellos dos Príncipes niños que apenas conocían.

El discípulo predilecto de Donoso Cortés, su heredero espiritual, el depositario de su pensamiento, entraba entonces en liza para pedir a los carlistas que renunciaran a su ostracismo que les imponía la lealtad dinástica. Fue Gabino Tejado quien, desde las columnas de El Pensamiento Español, que dirigía Navarro Villoslada, el que ideó una fórmula peregrina con el fin de captarse a los carlistas: la de la legitimidad de la sangre y de la opinión pública. Ahora, al cabo de tanto tiempo, nos parecen extraños estos principios que Gabino Tejado esgrimió, pero, en un entonces, debió parecer fórmula atractiva a los neocatólicos para considerarla suficiente a llevar a los carlistas a que se sometieran a Doña Isabel. Docta era la pluma de Tejado, brillante la que esgrimía Navarro Villoslada, y a ambas debemos unir la muy habilidosa del hermano de este último, Don Ciriaco, pero todo resultaba inútil por la entereza de los carlistas, que manteníanse en la firmeza de su intransigencia doctrinal y sabían lo que debían renunciar, y que era en realidad lo que les ofrecían. Es curioso que ninguna persona destacada del carlismo, en la tribulación que la actitud de Don Juan había creado, olvidara sus lealtades juradas y se pasara a la dinastía reinante.








[1]
Nota mía. Me permito discrepar en este punto concreto del insigne historiador legitimista Melchor Ferrer. Aunque el establecimiento de la Regencia de la Princesa de Beira no tuviera lugar de manera expresa, sí que tuvo lugar de manera tácita, y, por ello, no habría que considerarla simplemente “de hecho”, sino también “de derecho”, ya que, desde el momento en que la Princesa de Beira proclamó finalmente, de manera pública, en Septiembre de 1864, en su famosa Carta, que el Rey legítimo Juan III había incurrido en flagrante causa de exclusión conforme al derecho y leyes tradicionales españolas (nunca abrogadas), es evidente que ella comenzó desde entonces a ostentar legalmente la potestad legítima española a título de Regente, y por tanto, su Regencia era legítima y de derecho, y por tanto, Carlos VII recibió sus derechos de manos de la Princesa de Beira, que fue quien se los salvó, pues nunca se debe interrumpir la posesión pública del derecho, ya que, de lo contrario, la usurpación quedaría automáticamente legitimada por prescripción adquisitiva a falta de reclamantes públicos que se la nieguen.