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Tema: La antimodernidad en España

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    Avatar de Hyeronimus
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    La antimodernidad en España

    La antimodernidad en España (1)




    Conferencia dictada en la

    LVI Reunión de Amigos de la Ciudad Católica

    Sábado 6 de abril de 2019, Madrid




    La antimodernidad en España


    La introspección sobre el concepto antimoderno en España, es quizá más difícil que en otros países por la carencia de discusiones y polémicas en torno a los matices y distingos a establecer ante el concepto, entendido como sucesión de la clasicidad o tradición; y el antimodernismo como una forma más de modernidad que se autocritica en sus deficiencias. En Francia, por ejemplo, la obra de Maritain Antimoderno (1922), suscitó todo un conjunto de interpretaciones sobre la significación del término. Algunos quisieron ver en la palabra que daba título al libro una confesión inquebrantable al catolicismo tradicional en general y a la filosofía tomista en particular. Interpretaban estos que Maritain sufría la radicalidad del recién converso. Los menos, han reconocido que en su Antimoderno ya se encontraban las semillas modernistas de lo que posteriormente será la línea central del pensamiento del catolicismo liberal maritainiano.

    De hecho, en su texto queda suficientemente explicitada la finalidad al afirmar que: “Nosotros no rechazamos en bloque todo lo que los filósofos modernos han dicho, todo lo que han aportado materialmente al pensamiento desde hace tres siglos, eso sería una locura, una ofensa a lo que subsiste de divino en todo esfuerzo hacia la verdad. Nosotros rechazamos el espíritu de la filosofía moderna, sus principios específicos, su orientación de conjunto, la finalidad a la cual tiende. Sin embargo, desde otros puntos de vista, la filosofía moderna está llena de riquezas que sería absurdo desconocer, y que nos enseña de la manera más útil”. Esta sentencia no sirve para abrir un primer marco de comprensión del polisémico término antimoderno y su difícil aplicación en el pensamiento español. La vía para descubrir el pensamiento antimoderno, que se ha confundido muchas veces con el pensamiento conservador y ahora quiere prolongarse en el neoconservadurismo, es conseguir desvelar la pseudoantimodernidad que ha impregnado parte de nuestra cultura política.

    ¿Qué es la falsa antimodernidad?

    La primera distinción sobre los dos principales sentidos de antimodernidad nos trasladan a la historia del pensamiento español del siglo XIX y deviene en fundamental porque, aunque bajo diferentes aspectos, se ha perpetuado hasta nuestros días con el actual paradigma de los llamados neoconservadores, que se consideran herederos del conservadurismo hispano. Es precisamente en los considerados como conservadores donde encontramos un sentido equívoco de antimodernidad. La prueba es que el verdadero pensamiento antimoderno, que enlaza con la tradición hispánica, ha generado contrarrevoluciones y nunca ha buscado preservar los logros de la revolución.

    Por el contrario, las políticas de los “pseudo-antimodernos” o conservadoressiempre han promovido reajustes o correcciones de los excesos de los movimientos revolucionarios y nunca han liquidado las estructuras y principios que habían consolidado los mismos. La piedra angular de la confusión entre estas dos posturas antimodernistas es que ambas coinciden en condenar los errores de la Ilustración. Pero unos lo hacen para liquidarla y otros para reorientarla hacia un pretendido e inevitable destino de la historia dirigida a la plenitud de la Humanidad. Con otras palabras, estos últimos son fervientes defensores del “progreso” en su sentido Ilustrado aunque critiquen su efectos que consideran secundarios. Son a estos a los que hemos de denominar conservadores y no antimodernos.

    Por el contrario, las políticas de los “pseudo-antimodernos” oconservadores siempre han promovido reajustes o correcciones de los excesos de los movimientos revolucionarios y nunca han liquidado las estructuras y principios que habían consolidado los mismos

    Queremos primero dedicar una reflexión teórica al pseudo-movimiento antimodernista conservador. Esta tipología que tantas veces ha sido confundida con el pensamiento tradicional o las praxis contrarrevolucionarias, exige haber experimentado la modernidad como un bien y su crítica hacia ella se realiza desde la propia modernidad, con categorías aparentemente tradicionales pero contagiadas de aquélla. De ahí que en su célebre obra Les Antimodernes, de Joseph de Maistre à Roland Barthes, Antoine Compagnon afirme que su pasión por estudiar los antimodernos implique que: “Nos interesamos menos por la historia de la idea de “Reacción”, designación política despreciativa que surge en el curso de la Revolución, después de Termidor, y fijada en su sentido moderno a partir de un panfleto de Benjamin Constant, de 1797, titulado De las Reacciones Políticas[1].


    Compagnon sostiene que sólo se puede considerar un antimoderno a aquél que ha tomado conciencia de su condición moderna,
    o sea, de su irrenunciable pertenencia al mundo moderno y al espíritu de los tiempos (Zeitgeist). Paradójicamente, estos “antimodernos” tienen la necesidad de presentarse como los más modernos de todos: “Los verdaderos antimodernos son también, al mismo tiempo, unos modernos, aún y en todo momento unos modernos, o unos modernos a pesar de ellos mismos. Baudelaire es el prototipo, su modernidad -él inventó la noción- era inseparable de su resistencia al “mundo moderno” (…) Los antimodernos –no los tradicionalistas– sino los antimodernos auténticos -no serían otros que los modernos, los verdaderos modernos, no embaucados por lo moderno, despabilados”[2]. Podemos enmendarle la plana y transmutar el sentido deantimoderno, atribuyéndolo con más propiedad a los tradicionalistas, para que nuestros lectores no se confundan.

    Podemos enmendarle la plana y transmutar el sentido deantimoderno, atribuyéndolo con más propiedad a lostradicionalistas, para que nuestros lectores no se confundan


    Por el contrario, los que insisten en el paradigma de Compagnon señalan que: “`Esto es así́, entre otras cosas, porque la antimodernidad, lejos de ser sólo una reacción a los cambios revolucionarios, trata de establecer su propia interpretación de estos cambios, conduciéndolos, en ocasiones, a su verdadera realización; es decir, en gran parte, la antimodernidad se configura como una rama de la modernidad que no pretende tanto reaccionar contra ella como interpretarla en su origen a la vez que condenarla”[3]. Aunque la obra de Compagnon se limita a un estudio comparativo de los “antimodernos” franceses desde Chateaubriand hasta Roland Barthes, nos ha dejado unas frases que a modo de tópico se han utilizado para categorizarlos: “los antimodernos son los modernos en libertad” o “los antimodernos son los verdaderos modernos” o en juicio más concreto: “Gracq llama a Chateaubriand un reaccionario con encanto. No encontraremos definición más perfecta del antimoderno: la reacción más el encanto”[4].

    Claves para descubrir al auténtico antimoderno

    Para deshacer esta confusión entre los dos tipos de antimodernos, la mejor forma es detectar si en los autores ha penetrado o no el romanticismo u otras formas de modernidad como el “tradicionalismo filosófico” lamennesiano condenado por la Iglesia[5]. Como ejemplo tenemos a Donoso Cortés que lo podemos definir como un antimoderno en el sentido más puro de la expresión pues se hila a la clasicidad entendida como tradición perenne del pensamiento que nos permite enjuiciar la realidad contemporánea. Poco importa que la obra de Donoso formalmente no presente un lenguaje enraizado con la tradición del pensamiento filosófico tomista.

    Más bien se nos presenta como una disrupción discursiva, pero ello no le aleja del pensamiento tradicional sino que lo enriquece. Jaime Balmes, por el contrario, es considerado como un puente imprescindible para entender la continuidad de la tradición tomista dentro de la historia del pensamiento político español. A pesar de usar un lenguaje muy diferente a Donoso, en el espíritu no se opone a su pensamiento e igualmente es un antimoderno en el sentido más propio que le queremos otorgar. Por el contrario, en el trasfondo, nada tienen que ver Donoso y Balmes con los De Maistre, De Bonald o Chateubriand, impregnados de romanticismo y “tradicionalismo filosófico”.

    tenemos a Donoso Cortés que lo podemos definir como un antimoderno en el sentido más puro de la expresión pues se hila a la clasicidad entendida como tradición perenne del pensamiento que nos permite enjuiciar la realidad contemporánea.


    A Compagnon, los autores españoles que hemos citado se le escaparían de su categoría filosófica de “antimodernos”. Aunque no lo explicite, el autor francés considera como antimodernos a muchos autores que nosotros encasillaríamos en la corriente del romanticismo y en el historicismo bien de corte francés, inglés o alemán[6]. Por eso Compagnon –y en seguida veremos la importancia- en su obra propone como un típico antimoderno a Herder: “negar la capacidad de la razón para captar la especificidad de una época, de una situación, de un pueblo. (…) La guerra que Herder declara contra la pretensión de la razón para comprender la historia, para captar toda la complejidad del pensamiento humano constituye (…) el hilo conductor de Otra filosofía de la Historia[7].

    Hallamos aquí el gozne del problema que se plantea en este artículo y que influirá en la necesaria distinción que debemos realizar entre los pensadores tradicionalistas o clasicistas (en sentido definido anteriormente) y el conservadurismo o pseudo-antimodernismo. En las vulgarizaciones que solemos encontrar en las historias del pensamiento, autores como Herder son encasillados como antimodernos junto con todo el romanticismo historicista alemán, especialmente por su carácter antirracionalista. En boca de Alain Renaut, represetan “un asalto contra la Ilustración y su concepción del progreso”[8]. Nosotros defenderemos lo contrario, que estos pseudoantimodernos, o conservadores, son uno de los pilares -junto al propio racionalismo que critican- de la modernidad antitradicional[9]. Por eso entenderemos, como expondremos más abajo, que Balmes, estudiando en Cervera con profesores que inculcaban el romanticismo, se salvó de esa influencia gracias a algunos de sus maestros como Vicente Pou. Por el contrario, otros compañeros de estudios, que cayeron en el ambiente herderiano, serían representantes del primer conservadurismo y posteriormente del catalanismo.

    Balmes, estudiando en Cervera con profesores que inculcaban el romanticismo, se salvó de esa influencia gracias a algunos de sus maestros como Vicente Pou. Por el contrario, otros compañeros de estudios, que cayeron en el ambiente herderiano, serían representantes del primer conservadurismo y posteriormente del catalanismo.

    Un autor que nos puede ayudar a ir aclarando estos distingos es Albert Hirshman con su obra Retóricas de la Intransigencia[10]. Nos advierte en ella que quiere: “Contribuir a detener la corriente neoconservadora de los años ochenta”[11]. A Hirschman le mueve la crítica del pensamiento neocon pero, por ende, no le queda más remedio que reconocer la vacuidad de la retórica progresista. Por eso, cuando plantea la cuestión de los antimodernos extiende el término a autores esencialmente modernos como Hegel y su filosofía de la historia que le permiten dotar de una estructura conceptual a la filosofía del progreso, tan carente hasta entonces de categorías filosóficas en la que sustentarse. A partir de ahí Hirshman puede definir que la modernidad se manifiesta en la renuncia a todo espacio no ocupado por la racionalidad, aunque esto nunca llegue a culminarse. Ello le permitirá incluir en su categoría de modernos antimodernos a Heidegger[12] y a su sucesor natural a Leo Strauss[13], que representa uno de los pilares conceptuales de los neoconservadores actuales.


    NOTAS

    [1] Antoine COMPAGNON, Les Antimodernes, de Joseph de Maistre à Roland Barthes, Gallimard, 2005, p. 19 (trad. Cast. Los Antimodernos, Barcelona, Acantilado, 2007). Debemos tener cuidado y matizar los términos que usa cada analista, pues la confusión puede ser grande. Para Compagnon losantimodernos tienen un origen histórico preciso: la Revolución Francesa, pero los diferencia de los tradicionalistas. Así, sostiene que: “Existían tradicionalistas antes de 1789, siempre los hubo, pero no antimodernos en el sentido interesante, moderno, de la palabra”.
    [2] Ibid., p. 7 y s.
    [3] Juan Carlos OREJUDO PEDROSA y Lucía FERNÁNDEZ FLÓREZ, Introducción a La actualidad de los Antimodernos, Eikasia: Revista de filosofía, (Julio 2012), p. 7.
    [4] Antoine COMPAGNON, op. cit., p. 252.
    [5] Cf. Francisco CANALS, Cristianismo y revolución. Los orígenes románticos del cristianismo de izquierdas, Barcelona, Acervo, 1957.
    [6] Y a todos los derivados contemporáneos hasta llegar a los posestructuralistas como enemigos de la Razón Ilustrada.
    [7] Seev STERNHELL, Les Anti-Lumières. Du XVIII siècle à la guerre froide, Gallimard, p. 185.
    [8] Véase, Alain RENAUT, La monadologie historique de Herder, en L’ère de l’Individu, Contribution à une histoire de la subjectivité, Gallimard, 1989, pp. 197- 201.
    [9] De igual parecer es Juan José SEBRELI cuando, en el prólogo de El olvido de la razón, apunta que: “El romanticismo no fue sólo un estilo determinado en la cultura occidental del siglo diecinueve, sino una visión del mundo que ha reaparecido en distintas épocas con nombres diversos y cuyo denominador común ha sido el rechazo de lo clásico y también, en especial, de lo moderno. Es posible descubrir una intrincada red de afinidades electivas entre el romanticismo —usado en el sentido amplio del término— y algunas corrientes decididamente irracionalistas de pensamiento del siglo veinte, entre ellas el estructuralismo y el posestructuralismo y otras más difíciles de encasillar como el psicoanálisis”.
    [10] Albert O. HIRSCHMAN, Deux Siècles de Rhétorique Réactionnaire, Fayard, 1991. (Trad. Cast. Retóricas de la Intransigencia, FCE, Barcelona, 2004).
    [11] Albert O. HIRSCHMAN, La Retórica de la Intransigencia, Claves de Razón Práctica, 50 (1995), p. 14.
    [12] Cf. Luz FERRY y Alain RENAUT, Heidegger y los modernos, Barcelona, Paidós, 2001, p. 135. Ferry y Renaut consideran el enfoque desconstruccionista heideggeriano como el elemento central de un tipo ideal de pensamiento filosófico y político al que bautizaron con el nombre de “Pensamiento 68”. Este pensamiento sostiene que hay un sustrato común a las obras de pensadores tales como Bourdieu, Derrida, Foucault, Lacan y Lyotard respecto al humanismo: todos defienden un antihumanismo. El humanismo sería fruto de la subjetividad entendida como una ilusión perniciosa. Este argumento ha sido denominado la “dialéctica del Iluminismo” según el cual, el discurso humanista de la filosofía moderna acaba tornándose exactamente en su contrario: en causa de opresión de hombres y mujeres por el mismo concepto Ilustrado que encajona su sujeto. Por eso la consecuencia lógica del humanismo del “Pensamiento 68”, ha resultado siempre la proclamación de la “muerte del hombre” como sujeto, esto es, la posmodernid. Por eso Heidegger afirma, en suCarta sobre el humanismo, que: “todo humanismo se basa en una metafísica, excepto cuando se convierte él mismo en el fundamento de tal metafísica”.
    [13] Incluso un autor como Jünger Habermas, defensor en Alemania de la Ilustración, y que reivindica, al igual que los humanistas franceses (Renaut, Ferry) el pensamiento de Kant, no es indiferente al pensamiento de los antimodernos; Véase Jünger HABERMAS, El discurso filosófico de la modernidad, Madrid, Katz, 2008; o también Jünger HABERMAS, Identidades nacionales y postnacionales, REI, México, 1993.



    https://barraycoa.com/2020/05/12/la-...d-en-espana-1/


  2. #2
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    Re: La antimodernidad en España

    La Antimodernidad en España (2): la diferencia entre tradicionalistas y conservadores



    Donoso Cortés

    Los antimodernos españoles: la diferencia entre tradicionalistas y conservadores

    Como señala Germán Gullón: “La etiqueta antimoderno resulta en verdad un cajón de sastre”[1]. Cuando se quiere referir el término a los literatos y pensadores españoles nos da una clave en la que puede diferenciarse sutilmente de los antimodernos franceses: “Si trasladamos el concepto antimoderno a la literatura española, cabe decir que Leopoldo Alas Clarín y Miguel de Unamuno parecen antimodernos típicos. Ambos comparten una idea progresista de la vida social y cultural, trasladada a sus obras en forma de modernidad formal, mientras permanecieron fieles al racionalismo intelectual, defendiendo asimismo la importancia de la religión en la existencia humana”[2].

    Pero esta clasificación no es válida en el orden del pensamiento político, son innumerables las groseras historias del pensamiento político español en que se encasillan en un mismo grupo a autores como Donoso, Balmes, Cánovas del Castillo, Maura incluso José Antonio Primo de Rivera. Para estos reduccionistas, todos estos personajes, y muchos más, cabrían en el contenedor de los reaccionarios, algunos tradicionalistas, otros conservadores y otros neofascistas; pero antiprogresistas al fin y al cabo y con un mismo dircurso. Pero nada más alejado de la realidad.


    Un ejemplo claro de la dificultad de diferenciar este conjunto de personajes, es comprobar cómo ha sido interpretado un autor como Donoso Cortés. Especialmente significativa es la lectura que hace de él Carl Schmitt en su obraInterpretación europea de Donoso Cortés[3]. El error de Carl Schmitt es confundir los tacticismos del Donoso parlamentario perteneciente al Partido Moderado en el sistema liberal, con su pensamiento. El alemán ve en Donoso simplemente a un arduo defensor del “decisionismo” político. Ello, interpreta, le llevaría a defender la “dictadura del sable” frente a la “dictadura del puñal” como método preventivo para impedir, en medio de las agitaciones revolucionarias de 1848, la llegada al poder del socialismo revolucionario, tanto en España como en Europa.

    “son innumerables las groseras historias del pensamiento político español en que se encasillan en un mismo grupo a autores como Donoso, Balmes, Cánovas del Castillo, Maura incluso José Antonio Primo de Rivera”

    Para Schmitt, Donoso se convierte en un “antimoderno” visionario que es capaz de renunciar a los ideales de su monarquismo por una “nueva” forma de acción política con la que enfrentarse a la modernidad revolucionaria. Cree que el político español rompe con la famosa premisa de Joseph de Maistre de que “la contrarrevolución no será una revolución contraria, sino lo contrario de una revolución” y le convierte en un partidario del autoritarismo político de “derechas” a través de la reacción pura y dura, sin necesidad de apelar a ninguna tradición.

    La interpretación de Schmitt por desgracia ha calado, llevando a confundir el “antimoderno” con el “reaccionario”, conservador o “pre-fascista”. No en vano, Carl Schmitt nos presenta a un Donoso Cortés como un político que ha abandonado sus posicionamientos monárquicos y tradicionales para convertirse en un conservador de nuevo cuño rozando el pre-fascismo. Nada más alejado de la realidad, aunque ciertamente a todos nos desubica la militancia política del extremeño y la aceptación del sistema liberal que combina con su profundo tradicionalismo expresado en aquella frase: “Yo represento la tradición, por la cual son lo que son las naciones en toda la dilatación de los siglos”[4]. Donoso, sin vincularse al carlismo, pero permaneciendo fiel a la idea de una Monarquía que no debía ser ni absoluta ni constitucionalista, pretendía reubicar a ésta en el sendero de la Tradición tras la derrota de una esperada revolución socialista. Sin embargo, la temprana muerte de nuestro político (1853) nos impide saber qué derroteros hubiera tomado su pensamiento[5].

    Planteemos ahora otro reto: determinar si un personaje como Menéndez y Pelayo se puede considerar antimoderno o un conservador y donde radicaría la diferencia de la distinción. Quizá la clave de interpretación estaría en uno de sus inspiradores: Gumersindo Laverde[6], neocatólico y antikrausista. Laverde en el prólogo a La Ciencia Española de Menéndez y Pelayo, ya señala sus maneras de aparente antimoderno: “Y ¡cuán cerca de tan desdichada suerte nos hallamos en España! La demolición comenzada en el siglo XVIII, se ha proseguido con ardor creciente en el XIX, amontonando ruinas sin medida ni término. Por el campo de nuestra filosofía han penetrado sucesivamente el cartesianismo, el sensualismo de Locke y Condillac, el materialismo de Cabanis y Destutt-Tracy, el sentimentalismo de Laromiguière, el eclecticismo de Cousin y Jouffroy, el psicologismo de Reid y Dugald-Stewart, el tradicionalismo de Bonald y el P. Ventura de Ráulica, el kantismo, el hegelianismo, el krausismo, y ahora andan en moda el neo-kantismo y el positivismo, estrechamente aliados. La ciencia española ha ido, entre tanto, desapareciendo del comercio intelectual”[7].

    “Por el contrario, en su Historia de las ideas estéticas, Menéndez Pelayo no dudaba en aceptar que el genio de la Estética contemporánea era Hegel y la escuela hegeliana era la que más había contribuido a ampliar el horizonte de esa ciencia”


    Pero hemos de descubrir nuevas perspectivas de nuestro ilustre polígrafo. Según proponen Raquel Gutiérrez Sebastián y Borja Rodríguez Gutiérrez, en su artículo Menéndez Pelayo y el Romanticismo alemán: “Decir de Menéndez Pelayo que fue germanista convencido, introductor en España de la literatura alemana de la primera mitad del siglo XIX, puede sonar como proposición sorprendente y exagerada. Pero si obviamos la imagen tópica del polígrafo, basada en el estereotipo del rancio conservador, en citas de segunda mano, y en la falta de conocimiento ponderado de su obra copiosa y rica, si nos asomamos al torrente de datos, juicios críticos, censuras comprensivas y morigeradas, alabanzas sinceras y elogios apasionados que derrocha en el tomo de la Historia de las Ideas Estéticas dedicado a Alemania, no podemos por menos que concluir que el Menéndez Pelayo proalemán y filorromántico es tan auténtico como el Don Marcelino horaciano y clasicista. De ello se percató tiempo atrás uno de los corresponsales de Menéndez Pelayo, A. Rubió, que le comenta amistosamente que su entusiasmo por Goethe «hace olvidar al fervoroso discípulo de Horacio»”[8].

    Sorprendentemente, encontramos afirmaciones fundadas que sostienen que: “Gumersindo Laverde y Menéndez Pelayo defendían una concepción romántica de la tradición, que mitificaba ésta a la vez que la erigía en condición sine qua non de la fecundidad y el destino histórico de los pueblos”[9]. Quizá la forma de aproximarnos a la dificultad para encasillar a Menéndez y Pelayo es la motivación por escribir la Historia de los heterodoxos españoles y la paradójica fascinación hegeliana que brota en su Historia de las ideas estéticas. La primera se escribe bajo la determinación de Laverde, y Menéndez Pelayo, de que la tradición española es esencialmente católica. “La España histórica es católica”, afirmarán.

    Menéndez y Pelayo


    De hecho, La Historia de los heterodoxos españoles brotó como idea de una carta de 1875 de Gumersindo Laverde a su discípulo: “pienso que la historia de nuestros heterodoxos sólo debe de ser escrita en sentido católico; sólo en el catolicismo puede encontrar el principio de unidad que ha de presidir toda obra humana. Precisamente porque el dogma católico es el eje de nuestra cultura, y católicos son nuestra filosofía y nuestro arte, y todas las manifestaciones del principio civilizador, no han prevalecido las corrientes de erradas doctrinas y ninguna herejía ha nacido en nuestro suelo, aunque todas han pasado por él, porque escrito está que conviene que haya herejías: Oportet haeresses esse”.



    Por el contrario, en su Historia de las ideas estéticas, Menéndez Pelayo no dudaba en aceptar que: “el genio de la Estética contemporánea era Hegel y la escuela hegeliana era la que más había contribuido a ampliar el horizonte de esa ciencia, que se encontraba todavía en un estadio imperfecto”[10]. Su Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, del año 1883, se titulaLa historia considerada como obra artística, y en él adopta como punto de referencia la Estética de Hegel, a quien considera el Aristóteles moderno. Por eso Gerardo Bolano insiste: “La obra de Menéndez Pelayo no es la de un ideólogo tradicionalista o la de un propagandista católico, sino la del patriarca de los estudios históricos de nuestra cultura intelectual y literaria en la Restauración, que aportó la síntesis bibliográfica y cronológica básica de la que partió la investigación contemporánea en esos campos. El sentido de su obra fue el mejor fruto del amor a la propia tradición que puede latir en cualquier tendencia tradicionalista: la recuperación del propio patrimonio literario, humanístico y científico en un momento crítico de lamentable olvido”[11].
    En resumidas cuentas, Menéndez es un amante de la tradición, de la tradición formalmente católica, aunque sostenida intelectualmente en un esquema hegeliano, que lleva confirmar que nuestro polígrafo ama la tradición pero no es tradicionalista. Lo cual encaja perfectamente con lo que expondremos posteriormente sobre sus posturas políticas que lo alejan de la definición de “antimoderno” que estamos manjando[12].


    NOTAS


    [1] Germán GULLÓN, reseña a “Los antimodernos” de Antoine Campagnon, en https://www.elcultural.com/revista/l...modernos/20861
    [2] Ibídem.
    [3] Carl SCHMITT, Interpretación europea de Donoso Cortés, Madrid, Rialp, 1963.
    [4] Juan DONOSO CORTÉS, Obras Completas, Madrid, BAC, 1946, II, p. 343.
    [5] Para un ejemplo de la confusión de adjetivos aplicados a Donosos Cortés (antilibreral, tradicionalista, conservador, absolutista) cf. Luis GONZALO DÍEZ, El Ideario Político y la Evolución Ideológica de Donoso Cortés, Eikasia: Revista de filosofía, 45 (2012). Al final, el autor acaba reconociendo que Donoso es un pensador tradicionalista, pero el enjambre terminológico confunde contantemente los términos tradicionalista y conservador.
    [6] Entre ambos tuvieron una extensa relación epistolar. En el último año de vida de Laverde, Menéndez y Pelayo le confesaba por carta que no hubiera realizado muchos de sus trabajos si no hubiera sido por su estímulo e influencia.
    [7] Gumersindo LAVERDE, Carta prólogo a Marcelino Menéndez Pelayo en La ciencia española (Polémicas, proyectos y bibliografía), Madrid, Imp. A. Pérez Dubrull, 1876.
    [8] Juicio semejante lo encontramos en Gerardo BOLADO, Menéndez Pelayo y las verdades de la tradición, Eikasia: revista de filosofía, 45 (2012): “El romanticismo alemán, para Menéndez Pelayo, es una escuela, una facción de escritores reaccionarios y neófitos católicos que se caracterizaban por el entusiasmo por la Edad Media y su poesía […] La habilidad del santanderino para la síntesis le hace extractar una lista que, con excepción del patriotismo teutónico, podría servir para caracterizar las literaturas románticas de muchos países, o, como diría el mismo Don Marcelino, las escuelas románticas de muchas literaturas”.
    [9] Ramón E. MANDANO y Gernado BOLADO, La ciencia española. Estudios, Santander, Editorial Universidad de Cantabria, 2019, p. 119.
    [10] Juicio semejante lo encontramos en Gerardo BOLADO, Menéndez Pelayo y las verdades de la tradición, Eikasia: Revista de filosofía, 45 (2012), p. 261.
    [11] Ibídem.
    [12] La influencia de Hegel en Menéndez y Pelayo no nos debe confundir. El racionalismo hegeliano es lo de menos, lo importante es atender como una estructura de la filosofía de la historia racionalista, en una mente católica, podía crear una filiación herderiana y romántica. No en vano, hemos insistido que el racionalismo y el romanticismo no son opuestos sino complementarios.



    https://barraycoa.com/2020/05/13/la-...conservadores/


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    Re: La antimodernidad en España

    La Antimodernidad en España (3): La falsa tradición y la verdadera antimodernidad


    Juan Mañé y Flaquer

    La falsa tradición y la verdadera antimodernidad: el desconocido caso de Mañé y Flaquer

    Juan Mañé y Flaquer había sido de joven un liberal radical, miembro de la Milicia Nacional de Tarragona. En 1843 recaló en Barcelona para hacer carrera como periodista. Fue catedrático de latín y castellano en la Universidad de Barcelona y estuvo casado con la escritora y poeta romántica Amalia Fenollosa. Acabó siendo el director más influyente del Diario de Barcelona que había pasado de ser un baluarte de la Unión Liberal a un periódico al acomodo del pensamiento de la burguesía católico-liberal de Barcelona y portavoz oficioso del catolicismo liberal y de los obispos de Barcelona que no soportaban a El Correo Catalán. Se le puede considerar en esta etapa de su vida el prototipo de conservador (consultado a menudo por Alfonso XII o por Antonio Cánovas del Castillo).



    Era católico, regionalista y visceralmente anticarlista. Su obra fundamental, dentro del marco de la aparición del catalanismo, es la titulada El Regionalismo. Esta obra es poco referenciada, pero contiene las claves para entender por qué el proyecto catalanista-católico de Torras y Bages fracasa y la siguiente etapa del catalanismo acaba bebiendo de otras fuentes y sigue otros cauces que nunca han sido suficientemente resaltados. El texto, que no es más que una compilación de artículos, a modo de cartas, contra un discurso inaugural de Núñez de Arce en el Ateneo de Madrid, nos adentra nuevamente en la complejidad terminológica de los “antimodernos”. Para Mañé, “regionalismo” no es sinónimo de “catalanismo”, pues atribuye a este un parentesco con el tradicionalismo, mientras que aquél se aproxima a las ideas conservadoras-liberales.

    El Diario de Barcelona había pasado de ser un baluarte de la Unión Liberal a un periódico al acomodo del pensamiento de la burguesía católico-liberal de Barcelona y portavoz oficioso del catolicismo liberal y de los obispos de Barcelona que no soportaban a El Correo Catalán.


    Para entender estas sutiles distinciones, destacaremos esencialmente dos puntos de su obra. En el capítulo VI, muestra un discurso aparentemente antimoderno: “[no hay nada más irritante] que una Asamblea despoje de sus derechos a los pueblos […] Así, los vasco-navarros como los catalanes entraron a formar parte de la nación española mediante un pacto, tácito o explícito, de que respetarían sus libertades […] hemos de estar más quejosos de los gobiernos parlamentarios que de los reyes absolutos […] hoy la guerra contra el parlamentarismo se ha generalizado en Europa, porque hasta los más ciegos ven los grandes males que ha causado y está causando […] La democracia no puede escapar de la anarquía sino para caer en el cesarismo”[1]. Ciertamente, Mañé, en 1878 defendió el foralismo de las Vascongadas y Navarra ante el gobierno central, pero manteniendo una postura contra el carlismo, contra el federalismo republicano de Valentín Almirall y, posteriormente, contra el incipiente catalanismo de la Lliga de Catalunya.

    Félix Sardá y Salvany

    Para él, el concepto de “catalanismo” debía asociarse al catolicismo torrasiano antiliberal o al integrismo de Sardá y Salvany. Por ende, y paradójicamente, su defensa del foralismo lo realizaba desde una perspectiva “regionalista-conservadora” pero no tradicionalista[2]. Esta consideración la acabamos de realizar porque su crítica al parlamentarismo moderno es prácticamente calcada a la que realizaban carlistas, catalanistas seguidores de Torras y Bages (que tan rotundamente expresó en La Tradició Catalana) o católicos intransigentes discípulos de Sardá y Salvany. Y ello podría llevar a la confusión de creer que todos estos personajes pensaban igual o podrían clasificarse bajo una misma categoría.

    paradójicamente, su defensa del foralismo lo realizaba desde una perspectiva “regionalista-conservadora” pero no tradicionalista

    ¿Dónde reside pues la diferencia entre estos pensadores? Mañé y Flaquer en el fondo quiso ser –con lenguaje moderno- un “centrista”. Su secretario fue Joan Maragall que lo presentaba como liberal frente a los carlistas y como un moderado ante los progresistas. Mañé y Flaquer sentía una admiración (romántica) hacia Inglaterra a la cual considera “un país tradicionalista y regionalista por temperamento” y aborrecía de la Revolución Francesa por su racionalismo y su afán uniformizador jacobino. Pero cuando pretende establecer las diferencias regionales entre los pueblos de España, por un lado, recurre al etnicismo, precediendo al Dr. Robert en algunas categorías racialistas[3].

    Por otro lado, y es lo más importante para nuestra argumentación, una de las diferencias que propone entre el catalán y el castellano es que: “La musa catalana es regionalista no sólo en la forma sino también en el fondo. El carácter que aquí tomó el romanticismo y los resultados que produjo lo proclaman muy alto. Aquí, como en el resto de España, el romanticismo nos vino de Francia, y Víctor Hugo, y Lamartine, y Dumas, fueron los primeros inspiradores de nuestros poetas; pero aquellos Dioses de Olimpo romántico quedaron pronto reemplazados por Schiller, Goëthe, y sobre todo por Walter Scott; y los Cantos populares del Norte y de los Niebelungen eran leídos con fruición por los que dedicaban al cultivo de las buenas letras, quienes reverenciaban a los hermanos Schlegel. […] (el romanticismo en Cataluña) buscaba sus asuntos en la historia y costumbres del feudalismo propio –distinto del de Castilla- y el castellano en la historia y costumbre de los árabes españoles”[4].

    José María de Quadrado


    Este largo texto es especialmente significativo porque se manifiesta una influencia romántica que será recogida, décadas más tarde, por Rovira y Virgili en su interpretación sobre la aparición del nacionalismo catalán. Pero, además, nos señala una coincidencia de influencias filosóficas con Menéndez y Pelayo que a la vez también acabarán siendo políticas. El estudio del profesor José María Alsina Roca, El Tradicionalismo filosófico en España[5], recoge un paralelismo entre José M.ª de Quadrado como introductor del romanticismo en España a través de Baleares[6]. Tradujo al mallorquín a Lamartine, Víctor Hugo y Byron. Escribió en El Pensamiento de la Nación (1844), el periódico de Jaime Balmes, y dirigió El Conciliador durante el año de 1845 con la intención de unir las ramas isabelina y carlista. Aunque de Quadrado fue considerado un ardiente militante católico a favor de la unidad religiosa y contra la libertad de cultos, en la década de 1880 acabó en la Unión Católica de los hermanos Pidal, que sería uno de los grandes proyectos del conservadurismo liberal de Cánovas para atraerse a la intransigencia católica al Régimen de la Restauración y obligarles a renegar de la unidad católica.

    Aunque de Quadrado fue considerado un ardiente militante católico a favor de la unidad religiosa y contra la libertad de cultos, en la década de 1880 acabó en la Unión Católica de los hermanos Pidal, que sería uno de los grandes proyectos del conservadurismo liberal

    En la obra citada, el profesor Alsina compara las posiciones de José María de Quadrado con el carlista catalán Vicente Pou, autor de La España en la presente crisis. Examen razonado de la causa y de los hombres que pueden salvar aquella nación (1842). El catolicismo de Quadrado y Vicente Pou parece el mismo, pero en su aplicación práctica es completamente diferente. Pou, sacerdote formado en la Universidad de Cervera, nunca estuvo contaminado de romanticismo y mantuvo una continuidad del pensamiento tradicional que supo transmitir a Jaime Balmes[7]. De hecho, fue su maestro y esa influencia es la que preservó a Balmes de tentaciones foráneas (a pesar de defender como Quadrado la solución de las guerras civiles en España con un matrimonio que uniera las dos dinastías en pugna).



    Vicente Pou, que escribía durante la regencia de Espartero, intuyó y adivinó que toda solución de consenso para alcanzar la paz en España sólo retrasaría un proceso revolucionario que tarde o temprano estallaría. Y, también proféticamente, denunció que: “Se pretende actualmente establecer como una verdad demostrada que el único gobierno posible capaz de dar la paz a España, y las convenientes garantías a Europa, es el del justo medio, o sea del partido cristino-liberal”. Por eso Pou se mostró contrario al posible enlace matrimonial entre las dos ramas dinásticas enfrentadas que propugnaría, entre otros, Jaime Balmes. Aunque sus posicionamientos políticos fueran distintos, en el fondo ambos eran igualmente antimodernos en su pensar.

    Vicente Pou, que escribía durante la regencia de Espartero, intuyó y adivinó que toda solución de consenso para alcanzar la paz en España sólo retrasaría un proceso revolucionario que tarde o temprano estallaría.


    Quedan señaladas así unas claves que se irán repitiendo en la historia de España y que resumimos en estos puntos:

    -La relación entre los conservadores castellanos y catalanes, mediatizados por el romanticismo, fue intensa y tuvo como denominador común la preponderancia de las tácticas posibilistas sobre los principios.

    -Los principios católicos -excepto el de la unidad católica- no fueron negados explícitamente por los conservadores o moderados, pero sí que presentaban un sutil sesgo liberal que se iría ensanchando con el tiempo.

    -El Romanticismo permitió una apariencia de pensamiento antimoderno en los conservadores, rechazando al tradicionalismo político y su resuelta posición antiaccidentalista o posibilista.

    -Para explicar la aparición del catalanismo que se separa del pensamiento torrasiano y se transforma en político, se puede entender mejor como una maniobra de la burguesía conservadora católico-liberal, en inicial alianza con los gobiernos centrales, que no como una evolución lógica del carlismo o el tradicionalismo.


    NOTAS:


    [1] Juan MAÑÉ Y FLAQUER, El Regionalismo, Barcelona, Editorial Imp. Barcelonesa, 1887, pp. 39 y ss.
    [2] La clave para entender que el regionalismo de Mané nada tenía que ver con el que proclamaría Vázquez de Mella, es que Mañé siempre defendió el regionalismo desde la perspectiva de la burguesía conservadora. Esta burguesía, fuera catalana o vasco-navarra, estaba en constante relación de amor/odio con el poder central del Estado, al que le reclamaba prevendas constantemente. Por el contrario, el regionalismo de Vázquez de Mella se realiza desde la cosmovisión tradicinalista y aunque con matizes, es mucho más próximo al catalanismo torrasiano. Aunque no es momento de desarrollarlo, hemos de dejar apuntado que Torras y Bages tuvo también sus tentaciones tacticistas con el catolicismo liberal, pero nunca abandonó los principios tradicionales del catolicismo y acabó en su vejez abandonando el “tacticismo”.
    [3] “Compare Usted [dice a Núñez de Arce] la construcción anatómica de la boca de un andaluz con la e un castellano y la de un catalán, y hallará fácilmente explicado por qué cada uno de nosotros pronuncia de distinta manera una misma palabra”, Juan MAÑÉ Y FLAQUER, op. cit., p. 108.
    [4] Ibid., pp. 123 y s.
    [5] José Mª ALSINA ROCA, El tradicionalismo filosófico en España: su génesis en la generación romántica catalana, Barcelona, PPU, 1985.
    [6] Se le considera el padre de la Renaixença literaria balear.
    [7] Cf. José Mª MUNDET, Vicente Pou, un maestro de Balmes, Cristiandad, 498-499 (Agosto 1972).



    https://barraycoa.com/2020/05/15/la-...ntimodernidad/


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    Re: La antimodernidad en España

    La Antimodernidad en España (4): El `Deja vu´ de la Restauración


    Cánovas del Castillo

    El Deja vu de la Restauración

    Esta estructura de comportamiento político se repetirá con la Restauración canovista, cambiando el Partido Cristino-liberal, por el Partido Conservador.Borja de Riquer ha analizado cómo se fueron formando los primeros núcleos alfonsinos en Cataluña. Este estudio es fundamental para afianzar la tesis de que el catalanismo no proviene del carlismo, sino del conservadurismo católico-liberal. Según Borja de Riquer, estos núcleos surgieron entre los católicos atemorizados por los excesos de la Revolución, pero también entre la burguesía proteccionista y los antiabolicionistas (de la esclavitud)[1]. Quienes darán forma a esta masa, serán: “los intelectuales conservadores del grupo delBrusi, y especialmente Manuel Durán y Bas, Joan Mañé i Flaquer y Estalinau Reinals i Rabassa. Ellos serán los que dirigirán este movimiento de defensa social de Cataluña coordinándolo y sometiéndolo a las directrices marcadas por Antonio Cánovas del Castillo”[2].

    En 1873, Cánovas ofreció a Mañé ser el líder del conservadurismo restauracionista en Cataluña, pero este declinó en Manuel Durán y Bas que, a la postre, acabaría siendo ministro de Silvela y navegando entre el conservadurismo más liberal y el liberalismo más conservador. De este grupo inicialmente canovista surgió la Liga del Orden Social, minoritaria pero que reunía lo más granado de la burguesía catalana. Cuando Cánovas se consideró suficientemente fuerte en Madrid, rompió con Durán y Bas y el grupo se acercó de nuevo a las tesis más regionalistas de Mañé y Flaquer, aunque manteniendo su sentir consevador, entendido como un “centro” político y un catolicismo liberal regionalista y profundamente anticarlista y antiintegrista.

    Tanto Mañé como Cánovas, en el fondo bebían del liberalismo doctrinario. Los doctrinarios, conocidos durante la Restauración borbónica en Francia (1814-1830) querían conciliar la Monarquía Borbónica con la Revolución Francesa

    Tanto Mañé como Cánovas, en el fondo bebían del liberalismo doctrinario. Los doctrinarios, conocidos durante la Restauración borbónica en Francia (1814-1830) querían conciliar la Monarquía Borbónica con la Revolución Francesa, y la autoridad con la libertad (entendida como expresión del liberalismo). Siempre quisieron situarse en un “centro” que tenía a su izquierda a los republicanos y a su derecha a los ultra-realistas católicos. Uno de los doctrinarios más conocidos fue François Guizot, protestante y liberal conservador, autor de entre otras obras de Histoire générale de la civilisation en Europe. Para refutar esta obra, Balmes escribió su inmortal El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea(1844). Estos datos ya nos indican que hay dos líneas que se han pretendido confundir en las historias del pensamiento: por un lado, Vicente Pou, Balmes y otros autores tradicionalistas; por otro, de Quadrado, Menéndez y Pelayo, Mañé y Flaquer, Durán y Bas y sus derivadas regionalistas empapadas de romanticismo y conservadurismo que acabarán germinando el futuro nacionalismo.

    Duran y Bas

    Por poner un solo ejemplo de esta confusión, Fraga Iribarne proponía como ejemplos de “conservadores” a Francisco Pacheco (fundador del liberalismo-conservador y padre político de Cánovas del Castillo), Jaime Balmes o Donoso Cortés. Para él, todos entraban en el mismo saco[3]. Curiosamente, el primer homenaje histórico de José María Aznar a esta tradición ”conservadora” fue el centenario de la muerte de Cánovas del Castillo en 1997, considerado el entronizador del liberalismo-conservador español[4]. A la “tradición” de los conservadores españoles le podemos poner fecha en 1847.

    Su líder y padrino político de Cánovas -Francisco Pacheco- lideraba a los conocidos como “puritanos”. Pacheco es el que se sacó de la chistera el epíteto de conservador-liberal y logró un efímero gobierno en 1847. Se oponían los “puritanos” a los principios de la Revolución Francesa. Sin embargo, este grupo de conservadores, en el orden práctico, no tuvo una postura antisistema o conspirativa, ni contra Amadeo de Saboya ni contra la Primera República, como sí tuvo el carlismo.

    Se oponían los “puritanos” a los principios de la Revolución Francesa. Sin embargo, este grupo de conservadores, en el orden práctico, no tuvo una postura antisistema o conspirativa, ni contra Amadeo de Saboya ni contra la Primera República, como sí tuvo el carlismo.


    De hecho, ayudó a la estabilidad de la Monarquía de Amadeo de Saboya y prestó su apoyo a los Gobiernos más templados de la Revolución, a los del Partido Constitucional de Serrano y Sagasta. Sin embargo, el conservadurismo que connivía en minoría con los poderes revolucionarios, consiguió que su fuerza política dejara de ser exigua con la llegada de la Restauración[5], cuando Cánovas del Castillo maduró su peculiar doctrina pseudoantimoderna y conservadora[6].

    Cuando Amadeo de Saboya cesó al Gobierno conservador de Serrano, Cánovas decidió crear los círculos alfonsinos que fueron los embriones del partido que lideraría la Restauración. Cánovas construyó así una estructura de partido, con prensa y círculos en todas las ciudades importantes, vinculados con el comité central de Madrid[7]. En los círculos de Cataluña se iría cociendo un catalanismo al que prácticamente nadie ha atendido, pero sin él la historia del catalanismo nunca hubiera sido la misma.


    Ya hemos mencionado la influencia en Cánovas de Guizot. Otra influencia, notable fue la Pierre-Paul Royer-Collard. Perseguido por la Revolución Francesa, participó en la restauración de los borbones y siempre estuvo a favor de una monarquía constitucional como “punto medio” entre liberales y absolutistas. Aunque era católico, fue criticado por los tradicionalistas por estar a favor de la separación entre la Iglesia y el Estado. Su falaz argumento era que se rebajaba la dignidad de la Iglesia si ésta ejercía influencias en el ámbito político que no le eran propias.

    Cánovas toma de Burke su odio visceral a la Revolución Francesa pues interpreta que fractura bruscamente un desarrollo histórico al que la humanidad está llamada. De él aprende a valorar el progreso y rechazar el “inmovilismo”.

    El catolicismo liberal ya iba adquiriendo forma precisa y pronto se trasladaría a España. Sobre el artífice de la Restauración también cayó el peso del pensamiento de Burke, considerado actualmente uno de los antecedentes del pensamiento neocon. Cánovas toma de Burke su odio visceral a la Revolución Francesa pues interpreta que fractura bruscamente un desarrollo histórico al que la humanidad está llamada. De él aprende a valorar el progreso y rechazar el “inmovilismo”. Pero su idea de progreso está más en la línea del historicismo que de la Tradición[8]. Igualmente asume con Burke que la política debe tener buenas dosis de pragmatismo[9] que en algunos momentos llevarán a aceptar el mal menor.

    Pero quizá el punto más sutil y difícil de dilucidar para los ingenuos, es el papel que tanto Burke como Cánovas o Menéndez y Pelayo atribuyen a la religión dentro del conservadurismo. Para ellos el valor de la religión no es intrínseco (independientemente de la fe particular), sino un instrumento estabilizador de lo colectivo -por los valores que representa- y como una barrera a los embates revolucionarios más radicales como los del socialismo[10]. Se ha definido a Cánovas como un católico “sin estridencias”. No le apasionaba la teología ni las grandes cuestiones religiosas, sino que buscaba en la Iglesia un apoyo pragmático que –a su entender- no era incompatible con el Estado liberal[11]. Por eso enfrentaba su postura a lo que él consideraba el “fixismo histórico y el integrismo religioso del carlismo”[12].

    Caricatura de época del Partido Conservador

    Cuando se discutía el artículo 11 de la Constitución de 1876, en los debates parlamentarios quedaron registradas estas palabras de Cánovas: “Durante mucho tiempo he deseado yo, y deseo en el fondo hoy día, el mantenimiento de la unidad religiosa; he creído siempre que era un bien para el país, y sobre todo si ese país está ya muy dividido por otras causas, el no tener al menos una sola fe y solo culto religioso. Pero en cambio, señores, hace mucho tiempo también que profeso la opinión sincera, concreta, determinante, de que el tiempo de toda represión, de que el tiempo de toda persecución material ha pasado para siempre. Ya no defiendo, pues, hace mucho tiempo, y yo no defenderé ya jamás la intolerancia religiosa[13]. Era un discurso claramente en contra de los que defendían la unidad católica de España.

    Eugenio Montero Diaz, anticatólico y anticarlista, en el Diario del Congreso hacía profesión de fe católica para justificar su posiciónanticatólica en la Constitución de 1869

    Por su parte, unos años antes, en el Partido Liberal de Sagasta, el encargado de defender la separación de la Iglesia y del Estado fue Eugenio Montero Diaz. Había sido el ministro que, en 1868, había promovido el registro de matrimonios civiles. En el Diario del Congreso, este anticatólico y anticarlista, hacía profesión de fe católica para justificar su posición anticatólica en la Constitución de 1869: “Yo considero como una de las primeras dichas de mi vida el ser el más humilde, el más leal, el más ardiente hijo de la Iglesia: yo me precio de ser católico”[14]. Paradójicamente, utilizaba los mismos argumentos para defender la separación de la Iglesia y el Estado, que años después utilizaría Cánovas en 1876: el bien de la Iglesia pasaba por aceptar los tiempos modernos. Desde esta perspectiva, entendemos el esfuerzo del liberalismo conservador por presentarse como los defensores de la verdadera doctrina católica –“acorde con los tiempos”-, para poder aplicar políticas que en sus principios y en su práctica atacaban la tradición católica de España. Y es en este ámbito donde debemos enmarcar la comprensión (a la que siempre hemos aludido) de la aparición de la Unión Católica de Pidal, al servicio del catolicismo liberal y el conservadurismo.



    Menéndez y Pelayo pasó por la Unión Católica e ingresó de la mano de Pidal en el Partido Liberal-Conservador de Cánovas. Consideró que en el Partido Conservador se encontraba “la verdadera y genuina representación de los principios tradicionales; sin exageraciones absurdas, fantásticas e imposibles [en referencia evidente al carlismo]”[15]. No es de extrañar que Menéndez y Pelayo reconociera su deuda intelectual con José María Quadrado, Joseph de Maistre y Edmund Burke[16]. Por otra parte, no entenderíamos la obra de Menendez y Pelayo sin la influencia de la llamada “generación floralista” compuesta por Martí de Eixalà, Milà y Fontanals y Llorens y Barba. Hemos de destacar la importancia de Martí de Eixalà, que había militado con los liberales abanderados por Espartero. El sello liberal siempre quedó impreso en su pensamiento y voluntad.

    Entre sus discípulos encontramos a Francisco Ja
    vier Llorens y Barba y Manuel Durán y Bas. Por ser menos conocido, nos detendremos en Llorens y Barba que tuvo un trato muy personal con Manuel Milà y Fontanals, maestro de Menéndez y Pelayo, al que se atribuye parte de la paternidad de la Renaixençanotablemente influenciada por el romanticismo[17]. Llorens y Barba igualmente fue compañero de estudios de todo un elenco de personajes que influirían notablemente en la historia de Cataluña y España: Manuel Milá y Fontanals, José Coll y Vehí, Francisco Pi y Margall, Joaquín Rubió y Ors, Narciso Monturiol y Estarriol y Manuel Durán y Bas. Unos serían destacados representantes del conservadurismo (español o catalán) y otros del republicanismo.

    Siguiendo las teorías herderianas, vinculó la idea de nación a la existencia de una lengua común a sus gentes. Sin lugar a dudas se iba preparando una base teórica para la evolución del futuro catalanismo.


    Tras una larga carrera académica Llorens pudo difundir sus ideas que quedaron plasmadas en la Lección inaugural del curso universitario 1854-1855, en la Universidad de Barcelona, en la que animaba a impulsar los estudios historicistas de la cultura desde el punto de vista romántico. Siguiendo las teorías herderianas, vinculó la idea de nación a la existencia de una lengua común a sus gentes. Sin lugar a dudas se iba preparando una base teórica para la evolución del futuro catalanismo. Uno de sus más destacados alumnos fue Marcelino Menéndez y Pelayo. En conclusión, la Restauración contó con un elenco de intelectuales que apelaba a la tradición y a la antimodernidad. Pero en ellos residía un pragmatismo “accidentalista” que les llevaba a despreciar el carlismo (bien por una aversión personal, bien por considerarlo una vía política muerta).

    El denominador común de estos “antimodernos” anticarlistas, era que su tradicionalismo no era tal, sino una intoxicación romántica importada del extranjero mezclada con un sustrato católico todavía demasiado pujante como para ser disuelto de golpe por un régimen liberal. Por ello, Cánovas, renegando de la tesis católica de la fuente de la soberanía política, defendió la tesis de la soberanía compartida entre las Cortes y el Rey. Cánovas quiso ofrecer una “solución liberal” contra la Revolución; tesis que a la postre se demostraría imposible pues en sí misma era revolucionaria. Para él, constatamos nuevamente, la religión debía ser un instrumento -y en esto coincide, repetimos, con los actuales neocons– para dotar de estabilidad al régimen político que había fundado. Cuando el canovismo inició su decadencia, la misma estructura de pensamiento se manifestó, aunque en modo más moderno, por el regeneracionismo de Antonio Maura o la Dictadura de Primo de Rivera. Aunque con apariencia de un reviviscente patriotismo tradicional, el pensamiento liberal subyacía en sus promotores.

    Javier Barraycoa


    NOTAS

    [1] Existen documentos, como cartas de hermanamiento, que patentizan los intereses comunes de castellanos y catalanes en sus respectivas ligas antiabolicionistas.
    [2] Borja DE RIQUER, Escolta, Espanya: la cuestión catalana en la época liberal, Madrid, Marcial Pons, 2001, p. 160.
    [3] Cf. Manuel FRAGA IRIBARNE, El pensamiento conservador español, Madrid, Planeta, 1981.
    [4] Cf. J. A. PIQUERAS, Cánovas y la derecha española. Del magnicidio a los neocon, Barcelona, Península, 2008.
    [5] En la Cortes de 1869 sólo contaron con 7 diputados frente a los 100 del Partido Republicano o los 200 de los gubernamentales. Esta inanición experimentó un brusco vuelco pocos años después cuando Cánovas, a la cabeza de los liberal-conservadores, se hizo con las riendas del país tras el pronunciamiento militar de Martínez Campos. La tradición doctrinaria del liberalismo y los planteamientos conservadores encontraron aquí su primera oportunidad de gobernar.
    [6] E. ÁLVAREZ CONDE, El pensamiento político canovista, Revista de Estudios Políticos, 213-214, Madrid, (1977), pp. 233-295.
    [7] Recibió una carta firmada por Isabel II y el príncipe Alfonso para que liderara la Restauración. Reunió entonces a los que luego formaron el Partido Liberal Conservador en el reinado de Alfonso XII, es decir, tanto a los moderados más templados, como Orovio o Calderón Collantes, como a los unionistas desengañados de la revolución, como Alonso Martínez o Romero Robledo.
    [8] Es importante destacar el carácter dinámico de la Tradición en el que siempre han insistido maestros como Rafael Gambra, y que se opondría casi ontológicamente al verdadero inmovilismo del conservadurismo. Cf. Rafael GAMBRA, Tradición o mimetismo, Madrid, IPC, 1976, p. 22.
    [9] Cf. Felipe-José DE VICENTE ALGUERÓ, El catolicismo liberal en España, Madrid, Encuentro, 2012, p. 201.
    10] Hay que reconocer que este rasgo es mucho más explícito en Cánovas que en Menéndez y Pelayo, sobre todo si no se atiende a la Historia de las Ideas estéticas como parte integrada y en armonía con su actuación política.
    [11] Cf. José Luis COMELLAS, Historia de España moderna y contemporánea. Madrid, Ediciones Rialp. 1997.
    [12] Cf. Felipe-José DE VICENTE ALGUERÓ, op. cit. p. 201.
    [13] Diario de sesiones del Congreso de los Diputados, 3 de mayo de 1876.
    [14] Diario de sesiones de las Cortes Constituyentes, 14 de abril de 1869.
    [15] Pedro Carlos GONZÁLEZ CUEVAS, et al., Historia del pensamiento político español. del renacimiento a nuestros días, Madrid, UNED, 2016. (Manual, Tema 8).
    [16] Ibídem.
    [17] Su artículo Clásicos y románticos, publicado en El Vapor en 1836, se considerarse como un manifiesto del movimiento romántico. El Compendio de arte poética (1844) está totalmente imbuido de ideas románticas. En 1857, publicó Principios de Estética, considerada como la primera obra que instituye la Estética como disciplina en España, y que tanta influencia tendrá en Menéndez y Pelayo.



    https://barraycoa.com/2020/05/17/la-...-restauracion/


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    Re: La antimodernidad en España

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    La Antimodernidad en España (y 5): la Unión Patriótica y la llegada de la República


    El caso de la Unión Patriótica y la llegada de la República

    La dictadura de Primo de Rivera necesitaba de algún tipo de legitimación social y popular. De ahí que se incubara la idea de crear un partido político “desde arriba” que aunara a las buenas gentes de orden, por tanto católicas en su mayoría, para que dieran soporte al régimen, así nacería la Unión Patriótica. En el fondo es la réplica de la Unión Católica de Pidal, pero lo que para éste era aparente un movimiento religioso, en la Dictadura era un curioso partido político que llegó a ser definido alguna vez como: “partido político, pero apolítico, que ejerce una acción político-administrativa”. Es significativo que, para Primo de Rivera, en la Unión Patriótica debían confluir todos los que estuvieran acordes en la Constitución de 1876 (que él mismo había violentado). Es interesante estudiar los trasfondos de este “partido apolítico”, como otro intento conservador para que los católicos apoyaran un nuevo régimen. Indirectamente la movilización de los católicos en esta estructura política, a la larga, sería la condición de posibilidad de que durante la Segunda República funcionara la CEDA y se asentara un catolicismo liberal que defendió la república anticatólica, desde la perspectiva “accidentalista” (siempre errada como ha demostrado la historia).

    Insignia de la Unión Patriótica

    Las primeras agrupaciones de Uniones Patrióticas surgieron de forma casi espontánea en torno a los círculos del catolicismo social. Un análisis sociológico de las zonas geográficas donde la implementación de la Unión Patriótica fue más potente coinciden con aquéllas donde tuvo mayor influencia el catolicismo político y social inspirado por Ángel Herrera Oria[1]. De hecho, el partido impulsado por El Debate y la Asociación Católica Nacional de Propagandistas(ACNP), el Partido Social Popular, duró muy poco. Se fundó en 1922 y se integró en su mayoría en la Unión Patriótica. Es motivo de reflexión contemplar cómo un partido que había agrupado a los sindicatos católicos controlados por la ACNP o el Grupo de la Democracia Cristiana (siguiendo el modelo del Partido Popular Italiano, dirigido por el ya excarlista Severino Aznar), ante el temor a la Revolución, abandonarán su democratismo y apoyarán la Dictadura de Primo de Rivera.

    Pero también es motivo de reflexión contemplar cómo su entusiasmo antisugragista se acabó en cuanto llegó la Segunda República y se entregaron de forma apasionada a la lucha electoral aceptando la “legalidad republicana”. La Unión Patriótica se había propuesto liquidar el caciquismo, pero acabó siendo un bastión del mismo que aprovechó las masas de gentes católicas que deseaban una España en orden[2]. Por no alargarnos, dejamos que el lector establezca sus analogías con el franquismo y la llegada de la democracia y el papel de los democristianos en ambos regímenes[3].

    La Unión Patriótica sería la condición de posibilidad de que durante la Segunda República funcionara la CEDA y se asentara un catolicismo liberal que defendió la república anticatólica


    No podemos dejar de señalar a otros “ideólogos” de la Dictadura de Primo de Rivera, como Ramiro de Maeztu o Eugenio d´Ors. Ellos permitieron que el régimen se mantuviera alejado de las tentaciones fascistas que podía representar Ernesto Giménez Caballero. Este consideraba al régimen de Primo de Rivera como demasiado prosaico y poco moderno. Ya el mismo José María Pemán, en 1929 publicó El hecho y la idea de la Unión Patriótica para diferenciarla del fascismo[4]. Cuando se proclamó el Directorio Civil de 1925, la Unión Patriótica cayó en una mezcolanza ideológica en la que parecía abandonar el liberalismo para aunar las tesis tradicionalistas, conservaduristas, militaristas, corporativistas, organicistas y un largo etcétera de excursos que nunca acabaron de amalgamar. Por ello, la “ideología conservadora liberal” sería la que acabaría sobreviviento a todos los avatares de la historia hasta nuestra época. No podemos olvidar que antes del acercamiento de Pemán a la Dictadura de Primo de Rivera, era innegable “su vinculación al catolicismo social de la ACNP” y la influencia de su “temprana lectura de las obras de Marcelino Menéndez y Pelayo[5].



    A la caída de Primo de Rivera, los restos del primorriverismo se reencontraron en la Unión Monárquica Nacional, en la que se integraron Ramiro de Maeztu, los ex-ministros José Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea, José Antonio Primo de Rivera y José Mª Pemán, entre otros. Este totum revolutum acabaría llevando a muchos de los protagonistas a participar en el proyecto de la revista Acción Española[6]. Los posicionamientos políticos de muchos intelectuales fueron variando según las circunstancias y cada personaje merecería un aparte. Por ejemplo, Pemán, impartió una de las primeras conferencias en los locales de la Acción Española, titulada La traición de los intelectuales, en la que defendió que la República no era plausible. Se distanciaba así de la posición “posibilista” de Herrera Oria. Luego, Pemán se integraría, en 1933, en Renovación Española fundada por Antonio Goicoechea, como escisión de la Acción Popular (partido católico posibilista liderado por Gil Robles y Ángel Herrera Oria). En diciembre de 1934, Pemán se adhería al Bloque Nacional. A finales de 1935 aparecían sus famosas Cartas a un escéptico en materia de formas de gobierno, en las que rechazaba tanto a la monarquía liberal y parlamentaria como al accidentalismo propugnado por la CEDA.

    Durante la Guerra Civil, Pemán no tendría reparos en presentarse como un falangista “medio monje, medio soldado”, o escribir el Romancero carlista. Pero en poco tiempo, el monarquismo alfonsino de Pemán resurgió sobre al falangismo y el tradicionalismo.


    Pero pese a todas las formulaciones explícitas de su “totalitarismo católico”, y sus implicaciones en la Acción Católica: “conservará Pemán, como residuos del liberalismo, algunas posiciones, doctrinales […] El pensamiento contrarrevolucionario de Pemán, no había madurado aún suficientemente[7]. Durante la Guerra Civil, Pemán no tendría reparos en presentarse como un falangista “medio monje, medio soldado”, o escribir elRomancero carlista[8]. Pero en poco tiempo, el monarquismo alfonsino de Pemán resurgió sobre al falangismo y el tradicionalismo. El 13 de julio de 1940, en una conferencia sobre José Calvo Sotelo​ en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Pemán pronunció un intencionado discurso para justificar que José Calvo Sotelo (y no José Antonio Primo de Rivera) había puesto las bases del nuevo Estado. Pemán se fue transmutando en un “liberal educado”[9]. Y de ahí fue derivando de forma casi obsesiva en promover la suesión juanista a Franco al precio ideológico que fuera.

    José María Pemán

    Conclusión: ideas e itinerarios vitales

    Hemos propuesto el itinerario de Pemán para poderlo comparar con otros itinerarios, uno trucado –Ramiro de Maeztu– y otro paralelo, pero con final deferente: Eugenio Vegas Latapié. En Pemán encontramos etapas de su pensamiento político claramente antimoderno, pero que nunca anularon un sustrato de monarquismo alfonsino y luego juanista. Ello impidió que su pensamiento le llevara a una acción política contrarrevolucionaria. En Maeztu, encontramos una trayectoria truncada con su martirio, que va desde posturas autodidactas liberales a una clara evolución contrarrevolucionaria, antimodernista y tradicionalista, aunque permaneciera su ligazón con Renovación Española. Al igual que Donoso Cortés (con su temprana muerte) nunca sabremos cuál hubiera sido su evolución doctrinal en el contexto político del franquismo. En Eugenio Vegas Latapié, encontramos el contrapunto a Pemán, pues su fidelidad juanista nunca estuvo por encima de su pensamiento antimoderno y tradicionalista. Y actuó al final de sus días en consecuencia con ello. Mantuvo la primacía de los principios sobre la de la fidelidad dinástica. En 1960 fundó con Juan Vallet de Goytisolo la Editorial Speiro que editaría la revista Verbo y se convertiría en uno de los pocos focos de pensamiento contrarrevolucionario esencialmente antimoderno, desde la perspectiva del derecho público cristiano.

    Ramiro de Maextu

    Por el contrario, el pensamiento conservador-liberal, a pesar de sus presumibles repuntes antimodernos, siempre priorizó la capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, en los que pretendían preservar unas esencias que se acabaron evaporando. Se podría reconstruir toda la historia desde Cánovas a la Transición de la Constitución del 78, reconociendo siempre el mismo patrón de comportamiento en el pensamiento o la praxis conservadora. Este queda resumido de la siguiente forma: el conservadurismo español, nunca pudo ser antimoderno por las sutiles pero profundas influencias románticas y liberales que prostituían el concepto de tradición, historia y nación. Desde la restauración canovista, durante la República, el franquismo y los inicios de la Transición, el conservadurismo se había entregado en los brazos del historicismo romántico que derivarían en la democracia liberal –luego llamada Democracia Cristiana- y en el nacionalismo. El conservadurismo siempre se ocultó bajo formas de activismo social que acabaron llevando a propuestas de acción política tacticista, posibilista y accientalista, bajo formas de partidos políticos con diferentes denominaciones pero bajo una misma esencia liberal. Esta corriente, representada en mútliples asociaciones tras la que estaban los dirigentes de la ACNP o de la Acción Católica, acabaría reformulando el historicismo romántico bajo un sucedáneo de la idea de progreso bajo la égida de la democracia cristiana de tintes maritainianos. El portentoso poderío de medios con los que ha contado el conservadurismo, desde Cánovas hasta nuestros días, ha sido estéril en la medida que se mantuvo alejado del tradicionalismo y, peor aún, se manifestó en combate contra él.

    Desde la restauración canovista, durante la República, el franquismo y los inicios de la Transición, el conservadurismo se había entregado en los brazos del historicismo romántico que derivarían en la democracia liberal –luego llamada Democracia Cristiana- y en el nacionalismo


    De hecho, ello explica por qué los pensadores y políticos católicos liberales actuales nunca han podido alcanzar la profundidad y coherencia de los Francisco Canals, Vallet de Goytisolo, Elías de Tejada, Rafael Gambra y tantos otros que se mantuvieron fieles a los principios doctrinales de la Tradición católica, en sus respectivas especialidades. También explica por qué los neocons españoles actuales carecen de referentes intelectuales propios, y cuando pretenden encontrarlos en personajes como Cánovas del Castillo o Menéndez y Pelayo, los descontextualizan y no llegan a reconocer el entramado de la historia del pensamiento político español.Y por no querer buscar referencias, a los antes citados hay que añadir el desprecio a los Vázquez de Mella, Víctor Pradera, Enrique Gil-Robles o Eugenio Vegas Latapié, entre otros muchos. Por eso tienen que recurrir a foráneos alejados totalmente de la tradición hispánica incluso del pensamiento católico acorde con la tradición: sean los Von Mises, Fukuyama o Leo Strauss, En definitiva, el conservadurismo y sus estrategias “modernas”, casi han liquidado el antimodernismo hispano y, por ende, nuestro pensamiento político católico. Irving Kristol uno de los primeros neocons (trotskista en su juventud como tantos otros), quiso definir al neoconservador como “un progresista asaltado por la realidad”. Para nosotros sería mejor definición la de un progresista que, disfrazado de defensor de la tradición, pretende sostener los restos de la realidad que el propio progresismo ha liquidado, pero sin renegar en el fondo del peor de sus principios fundantes: el liberalismo.

    Javier Barraycoa

    Publicado en revista Verbo, Núm. 570-580 (2019) Antimodernidad TEXTO COMPLETO EN PDF[1] El Círculo Católico Agrario de Valladolid lanzó el manifiesto fundacional de la Unión Patriótica Castellana (UPC) el 13 de noviembre de 1923 y al mes siguiente se adhirieron a él las “uniones patrióticas” de Ávila, Burgos y Palencia. En marzo de 1924 se fundaron uniones en Segovia, Logroño, Toledo y Cádiz, a las que siguieron las de Valencia, Ciudad Real, Badajoz, Santander y Madrid. Su primer presidente fue el profesor católico Eduardo Callejo, muy próximo a Ángel Herrera Oria. Su ideario inicial era un catolicismo “tradicionalista” y corporativista, defensor de la propiedad y de los valores agrarios.[2] Eduardo Aunós, catalanista, luego primoriverista, luego ministro franquista, recordaba “el tono grisáceo, en sus mejores partes, y turbio en las restantes, que tuvo fatalmente el partido único de la Unión Patriótica”. Y denunciaba la infinidad de elementos de los partidos del turno “que corrían a alistarse en las huestes del vencedor, porque lo único que les interesaba era estar siempre en auge”. Cf. Eduardo AUNÓS PÉREZ, Itinerario histórico de la España contemporánea (1808-1936), Barcelona, 1940, pp. 385 y s.[3] Para complementar este análisis, recomendamos nuestro artículo Javier BARRAYCOA, Catolicismo político tradicional, liberalismo, socialismo y radicalismo en la España contemporánea, Verbo, 527-528 (2014).[4] José María Pemán y su primo José Pemartín estaban emparentados con el dictador y se constituyeron entre los principales propulsores de la doctrina oficial de la Dictadura.[5] Gonzalo ÁLVAREZ CHILLIDA, José María Pemán: pensamiento y trayectoria de un monárquico (1887-1941), Cádiz, Universidad de Cádiz, Servicio de Publicaciones, 1996, p. 22.[6] La revista se definiría como “partidaria del mando único, de la tradición, de la autoridad, de la organización corporativa y enemiga del parlamentarismo demo-liberal”.[7] Gonzalo ÁLVAREZ CHILLIDA, op.cit., p. 441.[8] Serie de poemas que Pemán publicó en un álbum titulado Por Dios, por la patria y el rey, con ilustraciones de Carlos Sáenz de Tejada.
    [9] Cf. Antonio CABALLERO, La ambigua gloria de Pemán, Paisaje con figuras, Bogotá, El Malpensante, 2010.



    https://barraycoa.com/2020/05/21/la-...-la-republica/


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