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Desde hace algunos lustros, varios partidos y movimientos populistas, tratando de seguir la senda de otros movimientos europeos, han aparecido dentro del ambiente “nacional” en España.
El Populismo se resiste a la definición, ya que no tiene base ideológica y se sostiene en una supuesta voluntad y necesidad popular -muchas veces irreal-. Se trata de un fenómeno político que procura hacer suyas las preocupaciones del “pueblo” desde la óptica partidista. En nuestro país se asemeja bastante a lo que los medios de comunicación -jamás de información- llaman “extrema derecha”. Rechazan sistemáticamente las consecuencias del sistema, pero jamás la causa.
Según las múltiples estadísticas publicadas en diferentes medios, al ciudadano de a pie (el pueblo para el populismo) le importa el precio de la vivienda, la inmigración, el paro y el terrorismo. El populismo eleva el diálogo de bar, el de la calle, a término político. Convierte esos problemas -que son consecuencia de otros- en los pilares de su mensaje. Un mensaje que señala, que culpa, pero que no ofrece ninguna alternativa. En vez de luchar por mejorar el pueblo a través de la política, emponzoña la política con las apreciaciones superficiales de la masa. El pueblo ya no sería lo popular, más bien sería vulgo.
Un movimiento político eficaz debe atacar la raíz de los problemas para poder erradicar las consecuencias. No se trata de segar las malas hierbas, sino de arrancarlas. De ahí que los movimientos antisistema (anticapitalistas, antiliberales, antiprogresistas) nacionales sean una alternativa real a estas preocupaciones. Sin embargo el populismo, que sólo es capaz de ver las manifestaciones simples y superficiales, será parte del problema.
La esencia del nacional-populismo o derecha-nacional no es el cambio, sino la señalización. Esta señalización tiene un claro objetivo: el electoralista. Su objeto, su Ser, su Fin, es el poder tanto en municipios como en parlamentos nacionales. De ahí que integren la voluntad popular a su mensaje puesto qur es más cómodo que ofrecer un mensaje digno y coherente al pueblo. No sería la élite intelectual la que dirigiría las masas, sino viceversa; con todos los peligros que ello conlleva.
¿Qué posibilidades existen de que un partido populista obtenga poder en España? Si nos atenemos a las estadísticas como ellos hacen, la respuesta sería ninguna. La ascensión de ese tipo de partidos en nuestro país, ya sea España 2000 o Democracia Nacional, ha sido nula. No existen en la vida política ni pública, no han obtenido ninguna concejalía, ni sus votos nacionales (rondan los 15.000) suponen peligro alguno para otros partidos minoritarios sin representación. No hay correspondencia entre el aumento de los problemas que forman parte del programa de estos partidos y la afiliación y militancia a ellos.
Estos grupos políticos, aunque obtuviesen cotas de poder, no cambiarían los problemas reales que subyugan al pueblo; sólo pondrían parches. Además, debido a una capacidad de análisis limitada, su incidencia moral e ideológica en la población sería nula y ,por lo tanto, su voto inestable y alterable -como el del centro-. Sería una plataforma de descontento más, incapaz de resolver y/u ofrecer alternativas, puesto que no se abrirían nuevos cauces analíticos y críticos que ayudaran a la población a renovar el sistema.
El populismo fracasaría al cabo de un tiempo sin haber mostrado al pueblo cual es la raíz de los males ni haber ofrecido una alternativa. Por lo tanto, un doble fracaso: para ellos electoral, pero, lo que es aun más grave, moral para la sociedad.
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