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Tema: Pío Moa: acerca de la "Memoria Histórica"

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  1. #1
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    Re: Pío Moa: acerca de la "Memoria Histórica"

    Y es que el precedente de la Memoria Histórica zapateril lo dio el PP de Aznar (en el gobierno y con mayoría absoluta) en 2002.

    Obsérvese la terminología de "El País" de la noticia, ya abiertamente guerra-civilista :

    El PP condena el golpe de Franco y promete honrar a todas las víctimas de la Guerra Civil

    El Congreso aprueba, un 20-N y por unanimidad, ayudar a los exiliados y reabrir fosas comunes

    El día en que se cumplían 27 años de la muerte del dictador Franco, la oposición logró un objetivo perseguido casi desde que el PP llegó al poder: la condena del golpe militar del 18 de julio de 1936. Ante una batería de iniciativas sobre reapertura de fosas comunes y ayudas al exilio, el PP optó por la calle de en medio: pactó con todos los grupos una resolución contundente, en la que se condena el alzamiento, se hace un "reconocimiento moral" a quienes "padecieron la represión de la dictadura franquista" y se prometen ayudas para reabrir las fosas comunes. Se aprobó por unanimidad.


    Todos los grupos, excepto el PP, algo más cauteloso, consideran la de ayer una "jornada histórica" en el Congreso. En múltiples ocasiones en los últimos seis años habían intentado, con diversas proposiciones, que el partido del Gobierno aprobara una resolución de condena al alzamiento militar contra la legalidad de la República en 1936. Y siempre se había negado, alegando que no era conveniente hablar de "buenos y malos". En 1999 llegó incluso a perder una votación porque CiU se sumó a los que condenaban el franquismo.

    Pero ayer, el PP decidió romper de una vez por todas con esa trayectoria. Eligió además una fecha simbólica, el 20-N, día de la muerte de Franco y José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Respondió con ello a la batería de iniciativas, dos del PSOE, una de IU y otra de EA, en las que se pedían distintas cosas, pero todas con un mismo espíritu: que el Gobierno haga un reconocimiento moral de los perdedores de la guerra, ayude a económicamente a los exiliados y a los niños de la guerra y apoye la reapertura de las fosas comunes que se multiplican por las cunetas de media España.

    Ante la opción de votar no una vez más y enfrentarse a las críticas, el PP cambió su estrategia. A última hora de la noche del martes, José Antonio Bermúdez de Castro, portavoz en la Comisión Constitucional, reunió a representantes de la oposición y negoció, con el apoyo de su grupo y del Gobierno, una solución definitiva. Entre los opositores estaba el ex vicepresidente Alfonso Guerra, que según fuentes populares fue clave en la discusión. El PP propuso una resolución, finalmente aprobada por unanimidad en la Comisión Constitucional, en la que se recogían la mayoría de las peticiones. Pero estableció una condición que luego expresó en la Comisión: que con esto se logre, 25 años después del restablecimiento de la democracia, dejar "las dos Españas" fuera del enfrentamiento político. (¡¡¡) Esto es, que ya no se produzca más este "rosario de iniciativas" sin consenso sobre este asunto. Los grupos de la oposición retiraron sus proposiciones y asumieron la del PP.

    Los distintos portavoces de la Comisión Constitucional, en una sesión con un lleno absoluto, dieron pruebas del momento especial que se estaba viviendo. Las citas de poetas eran frecuentes. De hecho, hay varias de ellas en la resolución. Y si la jornada era importante por estos motivos, al anecdotario se sumó Alfonso Guerra: participó con un discurso sobre el exilio que supone la ruptura de un silencio parlamentario que mantenía desde enero de 1991, cuando dimitió como vicepresidente. "Tenemos que hacer este reconocimiento ahora. Es urgente. En poco tiempo no habrá exiliados, porque se están muriendo", clamó. Además sostuvo que con todas estas iniciativas no se están "reabriendo heridas", como pensaba hasta ahora la derecha, sino que éstas existen ya, y lo único que se hace con estos reconocimientos es "cicatrizarlas".

    El PP aceptó incluso que las instituciones, y en especial los ayuntamientos, ayuden a las familias a reabrir las fosas comunes. Pero también aquí estableció una condición: que no se utilicen estos actos para "revivir viejos rencores".Esta jornada totalmente inusual incluyó discursos solemnes de todos los portavoces, con constantes llamadas a la recuperación del espíritu de la Transición. Felipe Alcaraz, de IU, resumió el sentido general: "Hay que olvidar el rencor, pero no la historia".

    https://elpais.com/diario/2002/11/21...22_850215.html
    A los cinco años, Zapatero no solo se burla de la ingenua "condición" que puso entonces el PP para "solución definitiva" ("lograr de una vez dejar las dos Españas fuera del enfrentamiento político", "dejar así de revivir viejos rencores") sino que usaría ese consenso bastardo como marco que avalará su "Ley de Memoria Histórica".

    Obsérvese de paso, cómo una regla de las democracias (mayoría absoluta de diputados frente a una minoría) se dejó de lado frente a otro criterio estúpido que aparecía en liza y temía el PP; ser 1 solo grupo frente a 6 o 7 grupos (o sea 7 discursos frente a 1 en las Cortes y en crónicas periodísticas) y adquirir fama de facha, de aguafiestas y de insolidario.
    ¡¡Ten mayoría absoluta para precisamente tener complejo de ello!!
    Última edición por ALACRAN; 11/04/2018 a las 23:44
    Valmadian y Pious dieron el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  2. #2
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    Re: Pío Moa: acerca de la "Memoria Histórica"

    CÓMO SE LLEGÓ A LA MEMORIA HISTÓRICA.

    Los antecedentes datan del tiempo del liderato de Aznar con el PP en la oposición (1993)... Interesante artículo de Santos Juliá:

    PRELUDIO: AZNAR RECUPERA A AZAÑA

    Tres años antes del primer y algo precario triunfo del Partido Popular en las elecciones de marzo de 1996, la posibilidad de que alcanzara una mayoría suficiente para formar gobierno reintrodujo en la campaña electoral de 1993, de una parte, la búsqueda por la derecha emergente de una legitimación histórica que la desvinculara de connotaciones franquistas y, de otra, las acusaciones relacionadas con ese pasado que prácticamente habían desaparecido del lenguaje socialista desde las elecciones de 1979, cuando Felipe González, candidato a la presidencia, y Adolfo Suárez, presidente en funciones, intercambiaron duros reproches sobre la auténtica significación política de sus partidos y sobre los peligros que, en relación con el pasado de cada cual, se cernían sobre España si uno u otro resultara vencedor.

    Luego, desde 1982, con UCD destrozada por sus divisiones internas y la derecha incapaz de constituirse en alternativa de gobierno, Felipe González no sintió ninguna necesidad de insistir sobre el pasado de su principal oponente, Manuel Fraga. Todo lo contrario, a Fraga le cabía el Estado en la cabeza y los socialistas podían ser con él todo lo deferentes que quisieran en la seguridad de que nunca constituiría un peligro para su posición hegemónica. La estrategia, por tanto, de no evocar el pasado en las disputas políticas poco tuvo que ver con el miedo, ni con el sentimiento de culpa compartida, ni con una supuesta aversión al riesgo; más bien, habría que relacionarla con la convicción, apoyada en los resultados electorales, de que el franquismo, como la guerra civil, eran historia y debían quedar como pasto de historiadores.

    Y por lo que se refería al debate político, más valía que quedaran de lo que púdicamente se llamaba régimen anterior algunos restos del naufragio flotando a la vista de todos en el océano del apabullante triunfo socialista: la presencia de tales restos, a la deriva, reforzaba la hegemonía del PSOE en el sistema de partidos. En tiempos de euforia, con antiguos miembros de formaciones políticas de la oposición antifranquista, procesados algunos y encarcelados durante la dictadura, convertidos ahora en ministros, subsecretarios, directores generales, diputados, alcaldes o concejales, los socialistas no tuvieron interés en recordar el pasado de sus adversarios ni en reclamar reparaciones morales o políticas para el suyo.

    Las acusaciones de corrupción y guerra sucia, que esmaltaron la tercera legislatura socialista (1989-1993), y el rearme ideológico del Partido Popular, con su rápido avance como alternativa de gobierno, modificaron esta actitud ante el pasado. El nuevo candidato del PP, José María Aznar, que había contado desde el congreso de su partido en Sevilla y su primera derrota en las elecciones de 1989 con más de tres años de oposición para preparar la siguiente convocatoria electoral, desarrolló una especie de recuperación de la memoria histórica avant la lettre, no carente de astucia: se presentó no, desde luego, como heredero de la derecha franquista; tampoco como nueva encarnación de la derecha católica de la República; ni siquiera como una manifestación actualizada de los jefes del Partido Conservador, de Antonio Maura, por ejemplo, o de Antonio Cánovas, por más que algunos historiadores de cabecera recomendaran algunas de estas peligrosas relaciones y hasta postularan para la genealogía de la nueva derecha a figuras tan poco recomendables a efectos electorales como los generales Espartero y Prim.

    No, al menos, por el momento: en la campaña electoral de 1993, Aznar no habló nada de la derecha fascista o autoritaria, ni de la católica, ni de la conservadora; o mejor, habló únicamente para distanciarse de todas ellas: Yo nunca me he sentido identificado con la derecha clásica española”, afirmó rotundamente. De quien habló y con quien se mostró identificado fue con Manuel Azaña, a quien invocó como fuente principal de sus inspiraciones. Lo hizo en mayo de 1993, casi sesenta años después de que el partido de Azaña sufriera un grave revés electoral ante el empuje de la derecha católica, corporativista y autoritaria liderada también por un joven licenciado en Derecho, José María Gil Robles.

    Pero este otro José María, Aznar, nieto de Manuel Aznar, no quería que nadie lo confundiera con “la derecha española de 1930” y afirmaba con cierto énfasis su identificación “con el Azaña español, con el Azaña patriota, con el Azaña desengañado, con el Azaña que tiene un concepto de una España integral, y no con el Azaña que hace una política de estratega en el año 1933”

    Este uso público de la figura y de la presunta significación política de quien fuera presidente del Gobierno y de la República –a quien Felipe González había evocado también en las elecciones de 1982, cuando se presentaba como aplicado lector de sus Obras Completas-estaba relacionado con la fabricación de una nueva identidad para la derecha que reforzara su imagen centrista y, a la par, su proyecto reformista. Con el propósito de romper el techo electoral de Manuel Fraga, José María Aznar se construyó para esas elecciones la identidad de un líder de centro capaz de englobar a la derecha, evitando de esta manera la acusación de oportunismo que le habría valido la imagen de líder de la derecha que por razones electorales se desplazaba hacia el centro. Por eso, su negativa a cualquier identificación con la derecha clásica, por eso su “vocación profundamente azañista” y por eso, también, su “mano tendida” a los partidos nacionalistas de Cataluña y Euskadi para el día siguiente a las elecciones. Una imagen que fue penetrando en un sector del electorado suficientepara que en febrero de 1993, populares y socialistas aparecieran en las encuestas del CIS en una situación de empate técnico, un hecho insólito en la reciente historia electoral.

    Esa era una situación inédita para Felipe González, que hubo de enfrentarse por primera vez a la posibilidad real de perder no sólo la mayoría absoluta, como era previsible tras más de diez años en el poder, sino simplemente el gobierno. Su partido había perdido electores y escaños lenta pero progresivamente desde las elecciones de 1985, aunque la distancia con el PP se había mantenido por encima de catorce puntos en las de 1989, lo que le había asegurado por tercera vez, y sólo por un diputado, la mayoría absoluta y la posibilidad de formar gobierno sin necesidad de pactos de legislatura con ninguna otra formación política. Cuatro años después, en 1993, las cosas habían cambiado: los populares, muy crecidos gracias al continuo bombardeo de escándalos de corrupción, a la división en dos facciones de la otrora sin fisuras cúpula del PSOE y a las acusaciones de guerra sucia contra ETA, se habían convertido en alternativa de gobierno. Ante esa nueva situación, González decidió atacar al PP como partido heredero del franquismo, una acusación que ya había dirigido a Suárez pero que no se le había ocurrido echar en cara a Fraga y que Aznar recibió como si se tratara de la ruptura del “pacto que se hizo al traer la democracia a España en el que todos decíamos: pasamos página y construimos juntos el futuro”

    ¿Se rompió, como lamentaba Aznar en la campaña electoral de 1993, un pacto de “pasar página”, llamado también pacto de silencio y hasta de amnesia y desmemoria, que se habría sellado durante la transición? Todo depende de lo que se entienda por tal pacto. Porque no es la claridad de concepto lo que prevalece cuando se habla de pacto de silencio, calificado de “tácito” si se evoca su origen, para darlo por “sellado” si se trata de su ruptura. Si fue tácito, si se refiere al hecho de “pasar página” o “no remover el pasado” y esas metáforas remiten a una actitud –más que a una decisión explícita-de no instrumentalizar el pasado en los debates políticos del presente, el pacto habría muerto inmediatamente después de nacido, pues ya en las elecciones de 1979, cuando UCD sintió en la nuca el aliento del PSOE, hubo múltiples y mutuas referencias al pasado de cada cual.

    Si, por el contrario, se trata de un pacto sellado, de los que queda constancia en un papel, entonces lo único a lo que este concepto se puede referir es a la Ley de Amnistía debatida y aprobada por el Congreso en su sesión de 14 de octubre de 1977, y en tal caso el pacto nunca se habría roto porque, como ocurre siempre en toda amnistía, los amnistiados –fueran miembros de ETA y de otros grupos terroristas o agentes de policía-no podían ser juzgados por los delitos cometidos hasta la fecha señalada en la Ley.

    Sea lo que fuere, empatados en intención de voto con el PP, los socialistas comenzaron también a recuperar memoria histórica, no la que a ellos mismos o a sus antecesores en el partido pudiera afectarles sino la que podían cultivar de la derecha con el propósito de obtener réditos electorales: en una campaña electoral, nadie recuerda los errores propios; se ocupa sólo de las maldades del adversario. Y así los dirigentes del PSOE repitieron en varios mítines celebrados durante la campaña electoral de 1993 que los candidatos del PP eran la “peor derecha de Europa” , heredera de la que había arrastrado por el fango la figura del presidente de la República, que en una operación “irracional de travestismo político el presidente del PP trataba de reivindicar”. En Barcelona, González no decía que la democracia estuviera en peligro, “pero sí que la tolerancia está amenazada por la intolerancia”, una manera algo elíptica pero muy elocuente de referirse a la derecha del pasado, ahora en su opinión rediviva. Recuperó en aquel mitin González al “antifranquista sentimental” que llevaba dentro reafirmando “el orgullo de una generación que se resiste a dar por acabada su tarea y que sabe que la derecha siempre llega al poder de España para instalarse en él con dilatada comodidad”

    La estrategia resultó rentable en términos electorales, el PSOE volvió a ganar, aunque solo por mayoría relativa, las elecciones generales y pocos meses después, en las autonómicas de Galicia, menudearon las acusaciones dirigidas a Manuel Fraga por su pasado franquista, acusándole de extremismo y autoritarismo y conminándole a dejar de actuar como si todavía fuese “el ministro de Información del régimen pasado” , un dato que no era necesario revelar, pues que estaba a la luz del día y en la memoria de todos.

    VUELVEN,EN CINTAS DE VIDEO,LAS DOS ESPAÑAS

    La infeliz deriva que tomó la legislatura de 1993, privados los socialistas de la mayoría absoluta, con incesantes sobresaltos por la acumulación de escándalos de corrupción, bajo la espada de Damocles de jueces airados y la ofensiva de la oposición bien apoyada en medios de comunicación, situó al último gobierno de Felipe González a la defensiva, en medio de una creciente desmoralización y de un deseo soterrado de abandonar el poder. Pero, al convocar elecciones anticipadas, se produjo en los primeros meses de 1996 una curiosa inversión de papeles: para no asustar a electores de centro y hasta de centro-izquierda, el PP y su líder, dando por segura la victoria, decidieron realizar una campaña de perfil bajo, invocando de nuevo a Azaña, mientras el PSOE y, muy personalmente, Felipe González pensaron reducir la dimensión de su previsible derrota ideando una campaña muy agresiva. Se dio así el caso de que cuando el PP más y mejor aparecía revestido con piel de cordero, el PSOE lo retrató con piel, peor que de lobo, de dóberman.

    Y esto sí que fue una verdadera ruptura, no de un pacto, sino de unos modos convenidos de realizar campañas electorales. Porque con el dóberman afloró una nueva versión del relato secular de las dos Españas, presentada una en blanco y negro, como exigía la memoria del pasado al que pretendían devolver a España los populares, y la otra en color, como la que estaban construyendo los socialistas. Una España que venía a destrozar las conquistas hasta ese momento conseguidas y a la que era preciso resistir al grito de “no pasarán”, evocador de la heroica defensa de Madrid frente a las tropas rebeldes que lo cercaban en 1936. La España en positivo de González eran “muchachas guapas, ancianos lustrosos y deportistas vencedores que se mueven en un mundo de colores dotado de trenes de alta velocidad, autovías rectilíneas, molinos de viento que generan electricidad, ambulatorios impecables y aulas soleadas con los últimos ordenadores; un mundo presidido por un líder maduro y sonriente que se codea con los grandes del planeta.” Frente a esa España, se alzaba en el video “una España en blanco y negro en la que las imágenes deformadas de Aznar y Álvarez Cascos se sobreponen a las de las fauces de un dóberman, la explosión de una bomba, la caída de unos rayos y los oscuros manejos de un titiritero.” Y por si no quedaba claro, el PSC también el siglo XX, la de Franco y la de Primo de Rivera, mientras Narcís Serra advertía “sobre el peligro de una nueva victoria de la derecha con imágenes, también en sepia, de José María Aznar, Silvio Berlusconi y John Major mezcladas con escenas de crispación social”. Fue la primera representación de la entrañable y algo vetusta imagen de las dos Españas, ahora revitalizada a todo color en cintas de vídeo, y la primera en la que una España resistía a la otra con lenguaje rescatado de la guerra civil...

    EL PP EN EL GOBIERNO (1996)

    Y con un resultado espectacular: ganó el PP, como todo el mundo daba por descontado, pero no se hundió el PSOE, al que, en palabras de su secretario general, sólo le faltó una semana de campaña para dar la vuelta al estrecho margen obtenido por los populares...

    Como resultado del pacto de investidura alcanzado con los nacionalistas vascos, y no todavía como parte de un proceso de recuperación de memoria histórica, el PP negoció con el PNV el proyecto de Ley de restitución o compensación a los partidos políticos de bienes y derechos incautados en aplicación de la normativa sobre responsabilidades políticas del periodo 1936-1939...

    ...DE VISITA EN MÉXICO,LOS DIPUTADOS DESPIERTAN A LA MEMORIA

    En muy poco tiempo, sin embargo, el acuerdo entre PP y PNV sobre lo que el Parlamento podía o debía hacer respecto al pasado dio un vuelco espectacular, y sorprendente si no se tiene en cuenta que en la segunda mitad de la legislatura, tras el pacto de Lizarra y la Declaración de Barcelona, las relaciones entre populares y nacionalistas se arruinaron por completo. Por lo que respecta a las políticas hacia el pasado, el deterioro de esta relación se puso de manifiesto después de que una delegación de diputados con representación de todos los grupos parlamentarios quedara muy impresionada, en una visita a México, por las huellas que el exilio español había dejado en aquellas tierras y por los actos que allí se estaban organizando para conmemorar en 1999 su sesenta aniversario. En México, los diputados viajeros despertaron “a un problema, a una cierta indignación contra el olvido”, como recordará dos años después Felipe Alcaraz, dirigente del Partido Comunista.

    "Una cosa es no mirar atrás y otra cosa es que nos hurten la propia memoria”, dirá el diputado del PNV Iñaki Anasagasti, echando a rodar desde el Congreso la especie de que en España se había producido durante la transición un robo de la memoria. No en todos los ámbitos, sin embargo, pues el mismo Anagasasti sabía que “ha habido en las universidades de verano simposios sobre la guerra civil española y creemos que con el tiempo este asunto va a ir in crescendo” ; pero sí en el Congreso, que no podía quedar atrás de las universidades y debía ocuparse enseguida de la guerra y del exilio.

    La delegación parlamentaria regresó, pues, de su viaje iniciático animada por el propósito de recuperar la memoria del exilio. Propósito que se llevó a la práctica el 26 de mayo de 1999 por medio de la presentación en la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de una proposición no de ley “sobre conmemoración del 60 aniversario del exilio español con ocasión de la finalización de la Guerra Civil española”, firmada por los grupos nacionalistas y de izquierda: Catalán, Socialista, Coalición Canaria, Federal de Izquierda Unida, Vasco y Mixto, es decir, por todos excepto el Popular. En la parte dispositiva de la proposición, se instaba al Gobierno a crear una Comisión interministerial que analizara el impacto que para España tuvo la diáspora, promoviera la recuperación de materiales documentales, emprendiera las iniciativas necesarias para la recuperación de los derechos perdidos por los exiliados y sus herederos, creara un fondo de ayuda para atenderlos y desarrollara un programa de actos conmemorativos en coordinación con los países de acogida.
    .
    Pero en aquel texto había más, y de otra índole, que una mera instancia al Gobierno para que se ocupara del exilio. Había, en su parte declarativa, una condena formal del “levantamiento militar contra la legalidad constituida, encarnada en las instituciones que representaron la II República Española.” Además, los grupos proponentes se habían explayado en una exposición de motivos en la que, tras recordar que se cumplía el 60 aniversario de la finalización de la Guerra Civil...

    http://www.santosjulia.com/Santos_Ju...lamentario.pdf

    Última edición por ALACRAN; 01/05/2018 a las 11:42
    Valmadian y Pious dieron el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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