LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO
Qué significa el conocido trilema-tertralema carlista:
Primero es Dios, que es espíritu, trascendencia, Principio y Fin del universo, Verdad suprema eterna, infinita e inefable. Nada es real por sí mismo, sin Dios; todo es “aparente” ante Él, ya que sólo Él da Ser a los seres, sólo Él los sustenta en su realidad relativa con Su presencia constante.
Después Patria-fueros, que es cuerpo y alma vivientes de las personalidades comunitarias, orgánicas; las cuales mantienen esforzadamente su estabilidad fundamental en el ámbito que les corresponde, el psico-corpóreo, caracterizado por la inestabilidad relativa. Tales personalidades coexisten simultáneamente con la diversidad múltiple de las comunidades humanas actualmente existentes, las cuales están constituidas por diversos factores, sean de tipo biológico o cultural. Tales comunidades pueden a su vez estar integradas, activamente, en ordenes unitarios complejos y vastos, cual aspiró a ser el de las Españas tradicionales, estos tienden a constituirse, normalmente, a partir de vínculos y afinidades biológicos, históricos, geográficos, o, secundariamente, respondiendo a intereses varios. Los fueros sostienen a las patrias irreductibles coexistiendo en comunión en el seno de la Patria grande.
En tercer lugar está el rey. Si Dios es el Principio Unitario del universo en el orden metafísico, el rey representa el principio unitario, en el orden temporal, de un mundo o civilización, de un tipo de ordenamiento complejo de comunidad o comunidades de seres humanos organizados jerárquicamente, y esto a semejanza de la Unidad suprema, apareciendo como su imagen invertida en el plano de la temporalidad, de la contingencia; El rey constituye el centro de esta imagen borrosa que refleja, en el mundo, a la suprema Unidad realizada únicamente en Dios, en su plenitud verdadera.
Como toda autoridad viene de Dios, el rey recibe, mediatamente, su autoridad de Él, y a Dios remite, en lo fundamental, los principios del orden al que, antes que nadie, él mismo está sujeto, ejerciendo el poder temporal según la modalidad que le corresponda por sangre y tradición. La ley de Dios implica al orden del cosmos, a las leyes naturales biológicas; con ello, acatar la voluntad de Dios supone necesariamente comulgar con el orden del cosmos, con la naturaleza primordial. Es por ello que preservar la belleza participada, el bien, por contraste a promover la fealdad, el mal, suele ser un signo inequívoco del ejercicio de la buena política. Así como la pérdida progresiva del criterio ético, interno, que permite inmediatamente identificar a la belleza, al bien, en el mundo, caracteriza a “la humanidad caída” y así ocurre que nunca ha sido tan doloroso intuir la belleza primordial para el hombre particular como lo es hoy en medio de la desolación de las ruinas.
Pero el rey también está sujeto al orden jurídico que le precede, al orden comunitario, por ejemplo, al Derecho de los pueblos, que es un tipo de ordenamiento político cuyos orígenes, en el mito, se confunden con el origen mismo del Ethnos implicado. Los diversos pueblos troncales de los que descendemos los europeos actuales, las diversas GENtes, idealmente, tuvieron origen simultáneamente a sus ordenamientos jurídicos consuetudinarios, ellos descendían del linaje de dioses, y sus estirpes contaban con el depósito de un conocimiento que les era connatural, tanto en el plano biogenético como en el plano propiamente discursivo o racional, de hecho ambos conocimientos se completaban a sí mismos en la unidad del Ethnos. De este modo se realizaba una suerte de comunión, de unidad intrínseca entre la sangre, la carnalidad y las leyes que se fue borrando en el transcurso de los siglos.
Así, las leyes más antiguas estuvieron vinculadas a la sangre. Pero también el linaje del rey, tuvo, en los orígenes, raigambre en la antigua comunidad de sangre de sus “pares”, de entre quienes fue el primero. Con ello, después de varios siglos de las invasiones germánicas, los supervivientes de las estirpes visigóticas hispánicas perpetuaban la herencia de sus ancestros de esta manera:
“Nos, que somos tanto como vos y todos juntos más que vos, os hacemos rey de Aragón, si juráis los fueros y si non, no.” (Juramento de los reyes de Aragón.)
Ocurrió que, entre aquellos linajes acantonados tras la destrucción del Reino Visigodo en las cordilleras montañosas del norte peninsular (que como manantiales de aguas puras, recoletos, buscaron parajes remotos para surtir renovada la bondad de sus aguas) ocurrió que, refugiados en la fragosidad montuosa de aquellos lugares (pues siempre las montañas han sido el refugio último de los mejores) constituyeron, aquellos linajes, las cepas madres de las aristocracias y noblezas que, con el tiempo se difundieron por los reinos peninsulares, de norte a sur.
En ellos tuvieron origen las estirpes reales de los reinos hispánicos medievales; por ejemplo, los reyes de Aragón, que eran “primus inter pares”, portaban en ellos la misma sangre que la aristocracia vieja de sus pares; de tal manera que el rey salía, como quién dice, de la misma carne que aquellos. Esto creaba un vínculo indeleble a la vez que propiciaba una amistad verdadera entre ellos, ya que la verdadera amistad sólo se realiza entre iguales, en este caso, entre verdaderos “amigos carnales”. La verdadera amistad viril, hoy inexistente, siempre se constituyó, normalmente, a partir de los basamentos de la sangre y el suelo, en el seno de las familias extensas, de los linajes naturales.
Con el tiempo las noblezas hispánicas se diversificaron, su renovación constante transcurrió paralelamente a su degradación fundamental. Se llegó incluso a crear, aberrantemente, Grandezas, sobre todo en Castilla, el reino “absolutista” de las Españas, referente de la Nueva Planta de Felipe V. El rey se distanciaba de sus pares verdaderos, física y políticamente y en la medida en que lo hacia iba impostando a otros (recordaré aquí que, teóricamente, siguiendo la tradición, el rey no podía hacer nobles de sangre, sólo de privilegio, lo que demuestra que los de sangre eran anteriores a él y que, por ello, potencialmente, no le iban a la zaga en cierta dignidad de la sangre, y en ninguna medida en el caso de los Barones en el Reino de Aragón)
En Aragón los infanzones de abarca fueron quedando relegados en su rusticidad y pobreza a puestos subalternos mientras eran sustituidos por los de privilegio; pese a que la verdadera dignidad de aquellos radicaba en la sangre. Así la actualidad, sino la memoria de la sangre se perdía. De hecho la mera riqueza acabó por predominar sobre la antigüedad del linaje. Cuando en el siglo XVIII se produjo la rebelión del Tercer Estado, la nobleza, en Francia, hacía ya mucho que había dejado de tener verdadera razón de ser en el transcurso del Antiguo Régimen, como detalladamente analizó Tocqueville. El absolutismo corrompió y finiquitó a la nobleza. Si ya “per se” esta estaba distanciada del grueso de la población, aquel terminó por extremar artificialmente un distanciamiento que se torno en hiriente abismo. Hubo una excepción felicísima que se dio en Castilla precisamente y fue la de Vizcaya en el siglo XVI. Los Vizcaínos, en efecto, lograron una notable comunión por arriba, cuando Carlos V les reconoció la infanzonía de sangre a la práctica totalidad de ellos. En verdad, por un lado, su sangre estaba limpia de la de moros, negros y judíos (lo cual ha sido demostrado a principios de la década del 2000 con los conocidos análisis del ADN citados por mi en este foro tan a menudo) y por otro la tradición vernácula se mantenía en ellos pujante, preservada gracias al vigor de sus fueros. Las familias, establecidas en clanes y unidas por linajes centenarios, conocían sus orígenes y el grado de parentesco entre sí y con los Parientes Mayores. He aquí al admirable pueblo vasco, tan denostado como desconocido. Lo vemos hoy agonizante, emitiendo sus últimos estertores. Adalid postrero de las viejas Españas, permanece aún tambaleándose en el charco de su propia sangre que se le desborda pletórica por sobre las carnes maltrechas.
Es destacable que tanto en la Corona de Aragón como en Navarra y sobre todo en Euskalerría, donde los fueros permanecieron en vigor, no existió apenas la Grandeza de España, en Euskalerría ni siquiera, prácticamente, la nobleza titulada, por contraste con el resto de Castilla, la cual, a medida que expandía su poder, se vaciaba del contenido de sus médulas e iba vaciando a la vez a sus otros hermanos de Las Españas.
Por fin el rey se quedó solo tras la progresiva degradación y desaparición de la razón de ser y de la sustancia de la nobleza de sangre (es importante destacar la condición unitaria de que dispone la realeza en Europa, lo cual nos dice mucho de la comunidad radical de las estirpes de sus pueblos, en sangre y civilización, lo cual implica la conveniencia de reconstruirnos a partir de aquella unidad superior que se logró en tiempos de la catolicidad medieval. Ahora que estamos desfondados, rotos, retornemos con los nuestros con intención de reconstituirnos en el seno de nuestras familias más amplias, no abandonemos a Las Américas enteramente con el corazón, aunque lo hiciéramos en buena medida en la carne)
Así es que el rey se quedó solo, por eso clama en el desierto… ¿seremos capaces de resurgir de nuestras cenizas en la sangre y el espíritu para alzar de nuevo al rey sobre nuestros escudos?
Una última reflexión: Cuando la religión vuelva a mirar hacia la tierra, reconociendo en la múltiple diversidad de sus órdenes la semejanza remota con la faz del Ser infinito, podrá retornar la potencia del espíritu a insuflar en el corazón de los hombres el hálito de la eternidad. Porque, en definitiva, sin Dios no hay nada.
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