El último día laborable de esta semana, antes de regresar a casa, una compañera de trabajo me enseñó con toda la alegría propia de una madre la película que había grabado por la mañana con su teléfono-calculadora técnica-video-ordenador de última generación. En el colegio público de los arrabales (con todo mi respeto a las afueras de las ciudades y a sus habitantes) en el cual estudian sus hijos se había celebrado el carnaval. Mientras contemplaba las imágenes intentaba que no se desencajase mi sonrisa ante tal espéctaculo: Decenas de niños vestidos "a la última" de Blanca Nieves, princesas, caperucitas rojas, monstruos, osos Yogui y Winni the Poo, espadachines, supermanes, spidermanes, robinhoodes, pollitos... Hasta un caballero de la Orden del Temple mezclado con un tonsurado, brujas y patetas. Le dije, si bien apenas se les reconocía, que sus hijos eran muy guapos. ¡Qué gasto! ¡Qué desfachatez tan grande!
El domingo por la mañana, tras la misa de diez y media, recorrí una avenida plagada de niños igualmente disfrazados (me imagino que los vistieron así sus papás para "optimizar" de alguna manera el gasto). Me llamó la atención una mujer fea vestida de diabla que llevaba de la mano a un niño disfrazado de "no sé qué", igualmente feo. El tráfico había sido cortado. Un par de carrozas, animadores callejeros (o lo que sean), anuncios hinchables, música, escenario. Apenas se podía caminar entre la multitud de transeúntes. ¿Cuántos de ellos estarían en paro?
Decidí reírme por no llorar.