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Tema: Historia contemporánea de la Iglesia en Portugal (1808-1950)

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    Historia contemporánea de la Iglesia en Portugal (1808-1950)

    1. Vicisitudes políticas.

    La historia político-religiosa de Portugal en este periodo corre paralelamente a la de España, de la que es un reflejo.

    Preparado estaba el terreno por el enciclopedismo de Pombal para la invasión de las ideas liberales. Estas entraron con los ejércitos napoleónicos. Al acercarse a Lisboa el general Junot, a quien la masonería dio la bienvenida en Sacavem, el rey Juan VI hizo lo que el P. Vieira había aconsejado a Juan IV: trasladarse con la corte a las posesiones portuguesas de allende el mar y poner la capital en Río de Janeiro.

    Como en España, así también se constituye una Junta provisional, presidida por el obispo D. Antonio de San José y Castro. Vencida militarmente la triple invasión francesa con la ayuda de lord Wellington, es nombrado regente del reino el inglés Beresford, que descontentó al país con su rígida disciplina, provocando la conspiración del afrancesado general Gomes Freire de Andrade (1817). El conspirador fue condenado a muerte y ejecutado, lo cual no impidió que la revolución, apoyada por la masonería española, triunfase en 1820, y que en un Congreso enteramente diverso de las antiguas Cortes se destruyesen las bases del organismo nacional y se estableciese una Constitución liberal, que recuerda a la española de Cádiz. Es de notar que el bajo clero, con la ilusión de mejorar su estado económico y social, se mostró favorable a las reformas constitucionales. Pronto se desengañaría al ver el giro persecutorio de los hombres nuevos.

    Casi al mismo tiempo, los revolucionarios brasileños pedían también una Constitución liberal. Juan VI cedió bajo la influencia del príncipe D. Pedro, a quien él dejó como regente cuando él se embarcó para Lisboa en 1821. Aquí el desgraciado monarca se veía obligado a jurar una nueva Constitución liberal (1822), mientras D. Pedro se proclamaba independiente con el título de emperador de Brasil.

    El hijo segundo del rey, el valeroso infante D. Miguel, se levantó en armas contra el gobierno de Lisboa y entró victorioso en la capital al grito de “¡Abajo la Constitución, Viva el rey absoluto!” (1823) El Congreso queda disuelto, mas no tardan en urdirse nuevas conjuras y, por imposición de los diplomáticos de Londres y París, tiene el monarca que desterrar al infante.

    Muere Juan VI en 1826. El sucesor no puede ser D. Pedro, que es extranjero desde que se declaró emperador del Brasil sino D. Miguel, desterrado en Viena. La facción masónica-liberal no lo puede sufrir y proclama rey a D. Pedro IV, quien desde el Brasil otorga a Portugal una Carta constitucional calcada en la de 1822. Cuando los absolutistas, seguidos ahora de todo el clero, se pronuncian en favor de D. Miguel-he aquí otra semejanza con España: la cuestión dinástica con la consiguiente guerra civil-, D. Pedro abdica derechos que no le pertenecen en su hija María de la Gloria (1826). El infante se decide a conquistar su reino, y apenas pone el pie en Portugal, se reúnen los tres estados (clero, nobleza y pueblo) para reconocer como legítimo soberano a D. Miguel en 1828.

    No fue largo su reinado ni tranquilo, porque D. Pedro, que ha tenido que renunciar a la corona del Brasil, desembarca en Mindelo en 1832 y con un ejército de 7.500 soldados avanza hasta Oporto, dispuesto a reponer en el trono a su hija María; y tras una guerra civil, en que Inglaterra, Francia y España se declaran contra el absolutismo de Miguel I, éste se ve forzado a salir de Portugal, dejando la corona a Dª María II bajo la regencia de su padre D. Pedro.
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    Re: Historia contemporánea de la Iglesia en Portugal (1808-1950)

    2. Años de persecución y tolerancia

    En el terreno religioso merecen destacarse algunos acontecimientos de este periodo. Bajo el gobierno de D. Miguel I la Iglesia comenzó a reorganizarse. A fin de restaurar la enseñanza tradicional, fueron llamados los jesuitas, siendo la nieta de Pombal, marquesa de Oliveira, la que más finas atenciones tuvo para con ellos, viniendo a pedirles perdón de las injusticias cometidas por su abuelo.

    Con D. Miguel también los jesuitas tuvieron que salir al destierro, porque el regente D. Pedro que alardeaba de progresista, dictó una serie de graves medidas persecutorias. Rompiéronse las relaciones diplomáticas con la Santa sede; declaráronse vacantes todos los beneficios eclesiásticos provistos por D. Miguel, y no faltaron clérigos que aceptaron cargos del gobierno a despecho de las leyes canónicas; quedaron suprimidos los conventos, colegios religiosos y aun las órdenes militares; se confiscaron todos los bienes de los institutos monásticos; varios obispos y sacerdotes fueron apresados, y se formó una comisión especial de asuntos eclesiásticos para reformar la Iglesia.

    Se dio el triste caso de que el patriarca de Lisboa, Patricio da Silva, consagrase sin escrúpulo a los obispos que le presentaba el gobierno, sin aguardar la confirmación pontificia.

    Gregorio XVI no podía dejar pasar en silencio tales desmanes: el 30 de septiembre de 1833 y el 1 de agosto de 1834 protestó enérgicamente, amenazando proceder con las más graves penas eclesiásticas.

    Muerto en 1834 D. Pedro y declarada mayor de edad su hija, amainó la persecución. Sin embargo, Portugal, política y económicamente feudo de Inglaterra, continuó siendo víctima de la masonería, que dominaba en los ministerios y en la vida pública. Varias veces los obispos portugueses que vivían en el extranjero tuvieron que protestar contra las inicuas leyes.

    En vano María de la Gloria trató de reaccionar contra la amenaza creciente de la demagogia, unas veces con golpes como la “Belemzada”, otras poniendo las riendas del poder en las expertas y firmes manos de Costa Cabral. Los motines se sucedían casi sin interrupción y cada día se propagaban con más descaro las sociedades secretas.

    Deseando la reina María iniciar negociaciones con la Santa Sede, hizo que el nuncio de Su Santidad volviese a Lisboa, y Mons. Capaccini desde 1841 empezó a tratar de un concordato, que no se llegó a firmar por los infinitos recelos y sañuda hostilidad que encontró entre los que manejaban la cosa pública. Con todo, en 1843 Gregorio XVI confirmó el nombramiento de los obispos presentados por la reina.

    A la muerte de María de la Gloria en 1853, su viudo el príncipe alemán D. Fernando de Coburgo ejerce la regencia durante la menor edad de su hijo D. Pedro V (1853-1861), y cuando este joven soberano, de aire romántico, empuña el cetro, el pueblo pone en él sus esperanzas y el “Muito Amado” se empeña en gobernar bien y provechosamente para el país, hasta que muere temprana y melancólicamente a los veinticuatro años de edad.

    En esos años, con la vida económica y cultural, también la vida religiosa empieza a florecer. Se funda el Apostolado de la Oración, con evidente fruto en las almas; se da impulso a la buena prensa y surgen colegios católicos, en los que recibe excelente formación la juventud. El colegio que los jesuitas tenían en Lisboa, traladado a Campolide, se convierte en una magnífica institución escolar, que puede competir, lo mismo que el de san Fidel,con los más acreditados centros oficiales. Desde 1851 trabajaba en Lisboa el benemérito y piadoso P. Carlos Rademaker al frente del llamado Collegio dos Inglezinhos. Por entonces murió con fama de santo el carmelita descalzo Fr. Juan de Neiva o de la Ascensión (1777-1861), distinguido también como teólogo.

    En 1857, la Santa Sede firmó con Portugal un acuerdo acerca del Padroado de las Indias y China.

    A Pedro V sucede su hermano Luis I (1861-1889), en cuyo reinado van alternando los ministerios “progresistas” con los llamados “regeneradores”, y continúan del mismo modo en tiempo de Carlos I (1889-1908), siempre bajo el acoso de la revolución y frecuentemente persiguiendo a los católicos por cualquier motivo, adulando, por una parte, al clero parroquial, con el fin de ganarse sus votos, y por otra, obstaculizando todo lo posible el influjo de Roma, de los obispos y de las órdenes religiosas.

    El papa León XIII, por la constitución Gravissimum (30 de septiembre de 1881), señaló una nueva circunscripción eclesiástica con tres arzobispados (sin contar el de Goa, en la India), a saber: el de Lisboa, el de Braga y el de Évora. El metropolitano de Lisboa lleva el título de patriarca, y de él dependen las diócesis sufragáneas del África portuguesa.

    El peligro de las posesiones africanas ante el avance inglés fue causa a fines del siglo XIX de que se reavivara una activa y entusiasta política colonial y de que al mismo tiempo se produjera un reflorecimiento de las misiones...

    (continúa)

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    Re: Historia contemporánea de la Iglesia en Portugal (1808-1950)

    3. La república de 1910

    Como en Francia y en España, así también en Portugal se abre el siglo XX con nuevas agitaciones del espíritu sectario. En 1901, el ministerio Ribeiro dicta perniciosos decretos contra los intereses de la Iglesia, y particularmente contra los institutos religiosos, cediendo a las campañas de la prensa impía. La misma corona real se hallaba en peligro. Y no fue capaz de conjurarlo ni siquiera la dictadura del ministro Juan Franco, a quien se le ha apellidado “Homem puro”, hombre honesto y enérgico, que con severas medidas trató de tener a raya los empujes de los partidos revolucionarios. Estos acudieron a la violencia, y el 1 de febrero de 1908 el rey Carlos I y el príncipe heredero caían asesinados. Manuel II no pudo mantenerse en el trono más de año y medio, viéndose obligado a emigrar.

    La república se proclamó el 5 de octubre de 1910, y con ella se abrió una era de feroz persecución religiosa. Cuanto sabía a religión fue desterrado de la vida pública y procuró extirparse aun de la vida privada. Dentro de dos generaciones-afirmaba el ministro de cultos-la religión católica habrá dejado de existir en Portugal.

    El nuevo gobierno, con Teófilo Braga por presidente, rompió toda relación con Roma; casi todos los obispos fueron arrojados de sus diócesis; se suprimieron los días festivos; se abolió el hábito talar; se decretó la ley del divorcio. La constitución de 1911 establecía, entre otros artículos, la igualdad política y civil de todos los cultos, la secularización de los cementerios, la enseñanza neutra de todas las escuelas públicas en materia religiosa, la disolución de la Compañía de Jesús y de todas las sociedades afiliadas a ella, así como la de todas las Congregaciones religiosas y órdenes monásticas; y con sarcasmo, indigno de una Constitución, transmitía la pensión de los sacerdotes a sus viudas e hijos.

    A las protestas de los obispos respondió el gobierno con insultos y destierros. Los seminarios fueron confiscados y suprimida la Facultad de Teología de la Universidad de Coímbra. La apostasía oficial era completa. Al decretarse en abril de 1911 la separación de la Iglesia y el Estado, al menos una ventaja se siguió a la iglesia: la libertad de la santa Sede en el nombramiento de obispos.
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    Re: Historia contemporánea de la Iglesia en Portugal (1808-1950)

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    4. La renovación católica. Oliveira Salazar.

    En el fuego de la persecución se depuró el catolicismo portugués. El pueblo sencillo acudió a la Santísima Virgen-una de sus devociones predilectas-y desde el santuario de Fátima (1917) empezaría Nuestra Señora a cicatrizar las llagas abiertas por el sectarismo y a cubrir de rosas los eriales.

    Las insurrecciones monárquicas de 1911 y 1912, acaudilladas por el legendario y caballeresco Enrique de Paiva Couceiro, se malograron. Después de la I Guerra Mundial, en la que Portugal se vio envuelto por su alianza con Inglaterra, la cosa pública tomó nuevo rumbo, principiando por Sidonio Paes, que con su golpe de Estado de 1918 inició una política moderada y conservadora. Por decreto del 18 de febrero de ese año suspendió las disposiciones más odiosas contra la Iglesia y sus sacerdotes, llamó a los obispos desterrados, renunció al control de los seminarios, hizo cesar la obligación de pedir previa licencia para ejercer el culto fuera de las horas prefijadas y reanudó las relaciones diplomáticas con Roma.

    El 14 de diciembre de 1918, Sidonio Paes cayó asesinado por los agentes de las sociedades secretas. Paiva Couceiro proclamó la monarquía el 19 de enero de 1919, pero no hubo fuerzas bastantes que le secundasen y volvió a imponerse la república demagógica. Pero las fuerzas católicas estaban ya en marcha y no se detuvieron por ello.

    En 1919, bajo la protección de los obispos, se organizó el Centro Católico que, prescindiendo de la cuestión del régimen (monárquico o republicano), acataba los poderes públicos y llevó varios diputados al Parlamento. También un buen grupo de escritores e intelectuales se declaraban paladinamente católicos. Y en el año 1926, reunido el episcopado en Lisboa, pudo celebrar un Concilio nacional, de indudable eficacia para la renovación disciplinar y espiritual de la Iglesia portuguesa.

    La inseguridad política que todavía reinaba en la nación quedó eliminada por el golpe de Estado del general Manuel Gomes da Costa el 28 de mayo de 1926. Poco después, el general Carmona, elevado a la presidencia, tuvo el acierto de escoger para ministro y colaborador al insigne catedrático de economía de la Universidad de Coimbra, Dr. Oliveira Salazar, presidente del Consejo desde 1928 y con poderes omnímodos desde 1933, el cual después de sanear las finanzas emprendió la reconstrucción política, social y religiosa de su país, conforme al espíritu y la gloriosa tradición del pueblo lusitano.

    Oliveira Salazar, eminente estadista y católico convencido, con la prudencia que imponen las circunstancias, soslayó todas las dificultades que en el terreno religioso y político se le ofrecían. Para la vida de la Iglesia fueron de importancia los acuerdos de 1828 y 1929, por los que se arreglaba la cuestión del Padroado portugués sobre ciertas ciudades de la India y la de la doble jurisdicción de la diócesis de Meliapur. En 1929, permitió enseñar religión en las escuelas privadas. La Constitución de 1933, si bien mantuvo la separación entre la Iglesia y el Estado, reconoció la personalidad jurídica de la Iglesia y la concedió amplia libertad de enseñanza.

    Finalmente, el Concordato firmado en 1940 vino a regular las relaciones amistosas entre Iglesia y Estado, concediendo a la jerarquía plena libertad de acción en el desempeño de sus funciones sagradas y docentes. Con la misma fecha y con ese espíritu de amistad y armonía entre ambos poderes se firmó un acuerdo definitivo sobre el gobierno de las misiones.

    Merece considerarse la encíclica que con motivo del centenario de la independencia de Portugal dirigió Pío XII al episcopado y a la nación, reflejando la gloriosísima historia misionera de los portugueses.

    Finalmente, el discurso del mismo Pontífice al nuevo embajador (noviembre de 1950) indicó bien a las claras el ambiente de inteligencia y cordialidad entre la Santa Sede y el gobierno de Portugal.
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