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Tema: Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar

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    Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar

    Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar

    Revista FUERZA NUEVA, nº 91, 5-Oct-1968

    IMPORTANTES DISCURSOS EN EL HOMENAJE QUE SE LE HA TRIBUTADO A BLAS PIÑAR EN TOLEDO (I)

    Blas Piñar ha recibido (1968) dos homenajes en un mismo día. Uno, rendido por la Imperial Ciudad al entregarle su alcalde el título de hijo predilecto de Toledo, y otro, ofrecido por la Hermandad de Nuestra Señora Santa María del Alcázar, simbolizado en el nombramiento de Hermano, extendido sobre artístico pergamino que le ofreció el teniente general don Joaquín Agulla al final del almuerzo celebrado en su honor.

    Pocas personalidades del Toledo contemporáneo han destacado tanto en la política y en la vida del país, como Blas Piñar. Pocos hombres también, con rango de figura nacional, han dado en estos últimos lustros pruebas más evidentes de su toledanismo y de fidelidad a unos ideales que en Toledo precisamente aprendió a defender.

    “Procuro no olvidar mi raíz”

    “Yo, que soy toledano de nacimiento -escribió Blas Piñar hace ahora (1968) justamente un año-, procuro no olvidar mi raíz, mi entronque con la ciudad en que he nacido y donde transcurrió una parte de mi infancia y de mi adolescencia, donde están enterrados algunos de los míos, donde continúa una parte de mis antiguos camaradas, donde tantos españoles me brindaron el ejemplo, aún no borrado, de su heroísmo en el Alcázar”.

    Sus frecuentes visitas a Toledo, sus conferencias en esta capital, o en actos vinculados a la provincia, como su última intervención en el Valle de los Caídos; sus múltiples artículos sobre temas toledanos en la prensa nacional, su tenaz campaña para lograr la beatificación del Ángel del Alcázar y divulgar su vida ejemplar, la creación del Capítulo Hispanoamericano de Caballeros del Corpus Christi, en Toledo; la atención que presta en la revista FUERZA NUEVA a las cosas de Toledo demuestran que, efectivamente, Blas Piñar no olvida su raíz. Tampoco Toledo le olvida a él, aunque en circunstancias no del todo claras hayan demorado nueve años la entrega del título de hijo predilecto.

    ****
    EN EL AYUNTAMIENTO

    La entrega del título de hijo predilecto de la capital tuvo lugar en la sala Capitular del Ayuntamiento, bajo la presidencia del gobernador Civil, señor Thomas de Carranza, y con la asistencia de todas las autoridades civiles eclesiásticas y militares; figuraron también, en lugar destacado, los tenientes generales Agulla, Zamalloa y Ramírez de Cartagena; los generales Villalba y Alba Navas; don Licinio de la Fuente, don Alberto Martín Gamero, Federico Martín Bahamontes, concejales, diputados y numerosos sacerdotes.

    El secretario de la corporación municipal, don Manuel Segura, leyó el acuerdo adoptado el 28 de octubre de 1959 nombrando a don Blas Piñar hijo predilecto de Toledo, y a continuación leyó las adhesiones recibidas de Madrid, El Ferrol, Bilbao, Alicante, Motril, Murcia, Granada, Zaragoza y Logroño, entre los que figura la del presidente de las Cortes. El gobernador civil manifestó que también se adhería al homenaje el ministro secretario general del Movimiento.

    Discurso del alcalde

    Antes de la entrega del título, el alcalde, señor Bolívar Gómez, pronunció un discurso en el que, entre otras cosas, dijo:

    Asistimos hoy a la entrega al excelentísimo señor don Blas Piñar López del título que le fue concedido por este Excelentísimo Ayuntamiento, de hijo predilecto de la Imperial Ciudad de Toledo, y él es, ciertamente, en este acto, el protagonista; pero si en cualquier caso mi intervención resultaba obligada, viene mucho más a serlo cuando existen las relaciones de afecto y admiración que a él me unen; por ello, el siempre honroso ejercicio de las funciones de alcalde resulta en este caso también singularmente agradable.

    Concede este título la ciudad de Toledo, que como dijera Cossío “es espectáculo de cien civilizaciones apiñadas, cuyos restos conviven haciendo de cada piedra voz que habla al espíritu”, al excelentísimo señor don Blas Piñar López, como testimonio de gratitud por cuanto realizó por Toledo y por el ejemplo que con su comportamiento y vida destacada, en todos los órdenes, nos da y del que como conciudadano no sentimos orgullosos y como representante de la ciudad tenemos la obligación de destacar para su imitación.

    Estudia enseñanza primaria y media en Toledo y Alicante. Se doctora en Derecho por la Universidad de Madrid con nota de sobresaliente en 1944; el mismo año obtiene por oposición la notaría de Cieza (Murcia). En 1947, también por oposición, la de Murcia, y en octubre de 1949, por oposición directa, la de Madrid, que actualmente desempeña. Fue presidente diocesano de la juventud de Acción Católica, de Toledo, y vicepresidente de la Junta Nacional, y ha sido también, entre otros varios cargos, vicepresidente de la delegación española en el Congreso Mundial para el Apostolado Seglar, en Roma. Autor de innumerables artículos en periódicos y revistas, posee la Gran Cruz del Mérito Civil de España y ha sido condecorado por la Santa Sede, Chile, Santo Domingo, Panamá, Nicaragua, Colombia, Argentina y Paraguay. Siendo también hijo adoptivo de Cáceres y de su provincia. Toledo le distingue ya hace años nombrándole académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas.

    Defensor de los mejores esencias y tradiciones patrias, recogidas en la doctrina de ese Movimiento Nacional del que es consejero por designación del Caudillo de España, y en cuya administración desempeñara puestos tan relevantes como el de director del Instituto de Cultura Hispánica, en cuya época se convocaron los primeros Juegos Florales Hispanoamericanos, en Toledo, y se creara, para el mayor realce de nuestro Corpus, el Capítulo de Caballeros Hispano-Americanos; doctrinas y tradiciones que ahora, al igual que antes, defiende activa e ilusionadamente, comprometiendo siempre su tranquilidad, en no pocas ocasiones su fortuna e, incluso, arriesgando su vida, cuando tantos se dejan vencer por la comodidad y el olvido.

    Es, finalmente, como antes indicaba, obligación nuestra poner de relieve unas virtudes y un comportamiento que deben imitarse. Por ello hemos de considerar como extraordinario el acierto de la Corporación que adoptó tan justificado acuerdo, por el cual hoy nos reunimos y que nos permite hacer público el reconocimiento de la ciudad a hijo tan ilustre, y ello precisamente en unas fechas en que celebramos el XXXII aniversario de la liberación de Toledo y de su Alcázar. Toledo entonces, por el heroísmo de sus hijos, entre los que se encontraba el padre del homenajeado, suscitó la admiración de todos. Fue ejemplo de fe en unos ideales y volvió a ser por todo ello digno de la Toledo Imperial que nos legaron nuestros mayores. Pues bien: yo estoy seguro de que ello fue posible porque aquellos hombres poseían la fortaleza de espíritu, la fe en unos ideales, una creencia religiosa y un amor a España que son cualidades evidentes en el excelentísimo señor Don Blas Piñar López.

    Queden, pues, expresadas en estas breves palabras nuestra gratitud y felicitación; gratitud a Blas Piñar por sus merecimientos, inteligencia y servicios jamás remisos a Toledo, y de felicitación por contarle como uno de nuestros más preclaros y dignísimos hijos predilectos, que será ejemplo vivo y guía de todos los toledanos del futuro. Muchas gracias
    ”.

    Discurso de don Blas Piñar

    Entre grandes aplausos, que se prolongaron repetidamente, el señor Piñar López recibió el título (Hijo Predilecto de Toledo) y contestó el siguiente discurso de gratitud, en el que, tras de una glosa llena de erudición y belleza sobre la “naturalidad” y la “vecindad”, recordó su infancia y su juventud en Toledo, diciendo a continuación:

    Mi alma sintoniza hoy de un modo especial con el alma de Toledo, que aflora en sus símbolos. Hay una simbología de la ciudad que se manifiesta en las cosas y en los hombres.

    Esas cosas que simbolizan el alma de Toledo son, a mi juicio, la catedral, el Alcázar y el río.

    La catedral, expresión religiosa de un pueblo místico, busca con el remate de su cruz el cielo a que apunta, y aspira con su campana grande, de imposible volteo, pero de sonido bronco, a distraernos de las ocupaciones del siglo y a traernos a la preocupación de la eternidad. En su capilla del Cristo tendido, con centenares de muchachos, recibí la primera comunión de manos del cardenal Reig. Aún recuerdo, ya que no las palabras, sí los gestos de su homilía y el desayuno fraterno a que él nos convidaba más tarde en los claustros catedralicios. En la catedral me enredé a la multitud que recibió con entusiasmo al doctor Isidro Gomá, nuevo arzobispo de Toledo. En la catedral acostumbraba a asistir a la sabatina, que inició el cardenal Segura, arrobándome cuando los seises entonaban la Salve en la capilla de la Virgen del Sagrario -nuestra Patrona- o cuando en procesión, hasta la piedra donde reposara María para entregar la casulla a San Ildefonso, cantábamos a la Señora. En la catedral, en fin, se me arrebatan los recuerdos, cuando cada año, con el Capítulo de Caballeros del Corpus Christi, revestido de paño verde, gola al cuello y las tres carabelas en avanzada, acompaño a la Eucaristía, enmarcada en la joya única de la Custodia de Arfe, por los vericuetos de mi ciudad nativa.

    El Alcázar, expresión castrense de un pueblo de soldados, escuela donde se forjó una larga teoría de infantes. Me recuerdo entre los barrotes de la balaustrada oyendo a don Miguel Primo de Rivera que en el patio arengaba a los cadetes al entregarles los despachos. Iba de gala, con pelliza negra, ros y plumero rojo. Me recuerdo con mi madre y mi hermana, en las noches de invierno, entre la niebla, visitando al capitán de guardia, mi padre. Pasábamos por la sala de banderas, que siempre me imponía, y luego, en una habitación más amplia, donde un receptor de radio trataba de hacer menos penosa la vigilia, charlábamos con él hasta que volvíamos a casa. Y me recuerdo ahora, hace poco, en la cripta, dejando su cadáver en un nicho, porque siempre me repetía: “Cuando me muera, hijo mío, al Alcázar”.

    El río, expresión lírica de un pueblo de artesanos y de artistas, abrazando a la ciudad, pero sin ahogarla. Me recuerdo en Safón un 20 de mayo de 1934 inolvidable, porque ese día terminé el Bachillerato, con mis quince abriles, recibiendo el bautismo del Tajo por inmersión, festival y conmemorativa de nuestra segunda enseñanza, fresca y reciente entre los dedos. Y me recuerdo solo, contemplándolo desde la ermita del Valle, entre los puentes y desde el Tránsito, en los baños de la Cava, y, sobre todo, oyéndole y escuchándole por la noche, en mi alcoba, con mi ventana en la altura, hasta el insomnio, tratando inquieto de descifrar su perpetuo mensaje.

    Pero la simbología de Toledo no está sólo en las cosas, sino en los hombres, en sus hijos, por “naturalidad” o por “vecindad”, por “animus habitandi”, en los que aquí nacieron y aquí se afincaron, en los que la ciudad se encarnó personificándola. Estos símbolos humanos serían, a mi modo de ver: Padilla, el comunero; y Garcilaso, el poeta; y Doménico Theotocópuli, el pintor; y Victorio Macho, el escultor; y el P. Lamadrid, el mártir, y Moscardó, el héroe.

    Pues bien, de esta ciudad vuestra y mía, visigoda, hebrea, árabe y cristiana, cruce de civilizaciones, la ciudad de Recaredo, de Alfonso y de Carlos, de los Concilios y de la epopeya del Alcázar. De esta ciudad, donde tuve tiempo para nacer y vivir y espero encontrar un trozo de tierra para el descanso. De esta ciudad, cuna y mortaja, vagido y estertor, espada y cruz, me habéis proclamado hijo predilecto. De la aljaba, que es la ciudad, unas flechas se levantan en su silueta cuando el viajero se aproxima. Si una de esas flechas me lacerase y enhebrara para cumplir mi destino y no desmayar en la empresa, la predilección de mi ciudad se habría hecho tangible y quizá provechosa para el mejor servicio de la Patria.

    Que así sea; y mientras sucede, a vosotros los que me he proclamasteis hijo predilecto, los que me hacéis el honor de entregarme el documento que lo atestigua, los que sacrificando muchas cosas habéis querido darme una prueba elocuente y visible de vuestra amistad y de vuestro paisanaje, muchas gracias, muchísimas gracias y que Dios os lo premie
    ”.

    Discurso del Gobernador Civil

    En el discurso final, pronunciado por el Gobernador Civil, afirmó el señor Thomas de Carranza:

    Nuevo Donoso Cortés de palabra profética y ademán tribunicio, Blas Piñar enraíza su toledanismo más en el periodo fundador de los Reyes Católicos que en la plenitud imperial de Carlos V. Más luchador por los principios creadores que administrador de períodos estables; pero todavía más próximo su toledanismo a la epopeya del Alcázar de Toledo, también sol naciente y augural de nuestra Cruzada. Y al pronunciar este nombre en medio de estos días conmemorativos de tan fausto suceso, no quisiera que los merecidos elogios a esa gesta hicieran que esta realidad se nos escapara de las manos, para instalarse en el ámbito majestuoso pero distante de la historia.

    El Alcázar aquí en Toledo, en medio de personas que tomaron parte en su asedio, no debe ser un símbolo inaccesible, sino una presencia operante en nuestra cotidiana vida. Los rojos fueron capaces de iniciar ofensivas como las del Ebro, Belchite, Brunete o Teruel, donde demostraron las cualidades de valor nunca desmentidas de la raza. Una razón de justicia exige este reconocimiento, que viene a su vez también a proclamar el mérito de la victoria nacional; pero lo que los rojos fueron totalmente incapaces de crear fue un Alcázar, un Simancas y una Santa María de la Cabeza o el episodio del hundimiento del “Baleares”; y es que fueron estos acontecimientos de la fe en Dios y en unos altos ideales, mientras que ellos no tenían más que fe en la Rusia soviética y habían sido descarriados por móviles de odio y destrucción. Que en estos momentos de nuestra puesta a punto y de revisión de algunos instrumentos políticos y de algunas instituciones quede siempre en pie el espíritu del Alcázar, como una referencia obligada y continua a los ideales del 18 de Julio, a los ideales inmutables de nuestra Cruzada, que constituyen el más rico patrimonio de nuestro presente.

    Que en este homenaje a Blas Piñar, tan claramente inserto en esta línea, quede rubricada nuestra fe en España, nuestra confianza inquebrantable en el Régimen y nuestra ferviente fe en Franco
    ”.

    .

    Última edición por ALACRAN; 26/09/2023 a las 13:06
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar

    ...
    Última edición por ALACRAN; 29/09/2023 a las 13:12
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar

    Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar (II)

    Revista FUERZA NUEVA, nº 91, 5-Oct-1968

    IMPORTANTES DISCURSOS EN EL HOMENAJE QUE SE LE HA TRIBUTADO A BLAS PIÑAR EN TOLEDO (II)

    … MÁS DE DOS CENTENARES DE COMENSALES EN EL ALMUERZO

    Más de doscientas personas asistieron al almuerzo celebrado en honor de don Blas Piñar. Al final, don Emilio Abel de la Cruz, directivo de la Hermandad de Santa María del Alcázar, leyó unas cuartillas, destacando la recta trayectoria de Blas Piñar, tanto de su vida pública como de su vida privada, inconmovible a todo embate, venga de donde viniere, cimentada en la firmeza de unas convicciones, y en su acendrado toledanismo reflejó su españolismo a la Patria grande. Y estos dos amores engendran su gran amor a la Iglesia católica, a la que Blas Piñar dedicó su vida desde la más temprana juventud.

    El teniente general don Joaquín Agulla le hizo entrega del título de hermano de la citada Hermandad, que agrupa a los defensores y a sus familias, título que le corresponde para suceder en la entidad a su padre, don Blas Piñar, defensor de la fortaleza:

    “Estás riñendo en tus ámbitos -le dijo- la misma batalla que libramos quienes nos alzamos el 18 de Julio y por los mismos ideales que aún llevamos en el corazón. Te pedimos que sigas con tu espíritu combativo los que estamos cargados de años y de vejez. Te pedimos que cojas la antorcha -permitidme que use este símil olímpico- en tu mano, que yo, como capitán de la Escuela de Gimnasia, te entrego. Coge la antorcha, Blas. En ti fiamos. Hermano inteligente y capaz, sigue en la brecha. Tendrás berrinches y dificultades, pero sigue arriba, porque arriba está España. Ten en cuenta que esta antorcha ha de iluminar todos nuestros caminos y que vosotros habéis de abrir estos caminos en paso al frente”.

    A lo que respondió Blas Piñar:

    “A la demostración de afecto de mi ciudad, que significa el acto que acaba de celebrarse en el Ayuntamiento, sigue el que ahora nos reúne en esta venta típica, tan ligada a la historia última de Toledo, y en el que Abel de la Cruz y el teniente General Agulla, en nombre de la Hermandad de Santa María del Alcázar, me entregan el título que, conforme a sus Estatutos, y como hijo varón y mayor de mi padre, de derecho me corresponde.

    Quisiera significar aquí dos ideas que creo de vital importancia para la época en que vivimos, aventadora de valores, y que no tienen su importancia porque sean tradicionales, sino porque son auténticas y permanentes. Ocurre algo parecido a lo que sucede cuando con el afán demoledor e iconoclasta que nos sacude, se afirma con ligereza temeraria la cerrazón de Europa al exportar a otras latitudes determinados enfoques y criterios -los que constituyen la llamada civilización occidental-, olvidando que tales criterios y enfoques son universales, adquiridos y perfeccionados ventajosamente con el más noble y fecundo espíritu de progreso y avance que la humanidad haya registrado. (…)

    Pues bien; las ideas que yo quiero subrayar en este acto, y que me parecen inconmovibles, por no decir “inmovilistas”, ya que el abuso del término ha deteriorado su verdadera acepción, serían los siguientes: la del linaje y la del mandato.

    La del linaje, que supone la conciencia viva y alerta de pertenecer a una estirpe, de hallarse ligado a una cadena de generaciones que nos dan apellido e historia. Junto a la familia, que hoy se reduce a los estrechos confines del hogar y a los lazos reducidos de aquellos que en el hogar habitan, el linaje se extiende más allá de las fronteras de la casa y más allá de las fronteras de la vida (…). Somos miembros de un linaje, eslabones de una estirpe, hijos y nietos de otros que un día hablaron nuestro idioma, pisaron nuestra tierra, trabajaron en la ciudad o en el campo y tuvieron la oportunidad de servir, incluso en el noble servicio de las armas, al país al que pertenecemos y del que somos, como ellos lo han sido, forjadores y hechura.

    Esta idea del linaje, de la inserción que repele la extravagancia, constriñe y vincula. Su trama moral impone responsabilidades, sugiere actitudes, reclama esfuerzos, a veces con mayor exigencia que otros cuadros de obligaciones, como, por ejemplo, los estrictamente profesionales o los que derivan del estado civil. Por eso, nada más escandaloso y vergonzoso también que los rebotes en el linaje, la quiebra en el culto al honor, a las ideas matrices que una estirpe ha venido manteniendo a través de generaciones. Y presentes están en la memoria de todos las rupturas que en apellidos ilustres se han producido al apartarse algunos de sus miembros, con toda la gritería del aparato pirotécnico de la limpia trayectoria de su linaje. No os ocultaré que una de las tácticas disolventes más poderosas para destruir una sociedad es la empleada para conseguir estas rupturas, por la confusión que siembran entre los sencillos y por la indiferencia y descenso de moral que contagian.

    La segunda idea en la que quiero insistir es en la del mandato. En una revista española se escribía no hace mucho, precisamente utilizando la palabra “inmovilismo”, que en España había quienes apoyándose en los muertos de la guerra trataban de hipotecar nuestro futuro político, aludiendo inmediatamente a un ilustre general español de nobilísima historia castrense.

    Yo quiero salir al paso, con mi propia responsabilidad tan solo, pero contando, sin duda, con vuestro asentimiento, que nadie en España trafica con los muertos para perpetuar situaciones injustas, y menos los miembros de las Fuerzas Armadas que un día tuvieron que iniciar una lucha heroica para terminar con aquéllas. Al contrario, yo creo, y me figuro que también vosotros compartís mis puntos de vista, que quienes se expresan con reiteración de la manera indicada son los que sobre el sacrificio ilusionado de los muertos, y desconociendo e hipotecando su mensaje, que es tanto como decir su mandato, aspiran a construir una España distinta de la que ellos soñaron, una España vuelta a dividir en contiendas y luchas de partidos y de regiones, que acabarían con la paz lograda con tanto esfuerzo y con la prosperidad alcanzada en seis lustros de orden y de grandeza.

    Yo recojo con orgullo y honor en nombre de mis propios hijos, el lustre de mi estirpe, la antorcha de una España arrebatadora y caliente que sigue creyendo en el 18 de Julio. Y ten la seguridad, teniente general Agulla, de que mi moral no ha de ser la moral del éxito, sino la moral del deber, que es la que nos interesa, aunque de ella no se siga el éxito o la victoria. Mantendré esa antorcha y sabed que si algún día ha perdido su luminaria no penséis que ha sido por arrojarla al arroyo, sino que se ha apagado porque el que la estaba sirviendo con honor había caído en la brecha.

    Una cosa -se ha dicho tantas veces- es la evolución homogénea del Régimen, la proyección de sus Principios Fundamentales sobre el acontecer variado de cada día, y otra la liquidación de barato y la almoneda de tales Principios, que nosotros, al menos, consideramos consustanciales con España.

    En esta labor de desmonte, de crítica acerba, de ironía permanente, aprovechando todos los medios de difusión, se ha llegado a lo indecible, y no es necesario que yo haga aquí una selección de los hechos que a todos nos conturban y nos indignan.

    Frente a la lección de heroísmo y de patriotismo del Alcázar, no hay magisterio alguno de la prensa, del libro, del cinematógrafo, de la conferencia que alcance una pulgada de rigor. Aquello no fue una hipótesis, sino una realidad en la que se dieron cita todas las virtudes de la raza, donde el pueblo y el Ejército, unidos, se confundieron e identificaron para luchar y morir por la continuidad histórica de la Patria.

    Dos ideas, pues, linaje y mandato, que el título que me acabáis de entregar renueva en mí con savia vivificadora. Si ambas han sido acicate de mi actuación en estos años, ahora se estimulan con este recuerdo documental y permanente que honrará mi estudio, para que me sirva de sostén en esos baches de desilusión que prenden en el alma para invitarnos, ante la bastardía o la deserción que cunde, a retirarnos de la trinchera o a darnos a la fuga. Si la moral del éxito fallara en mi quehacer diario, la moral del deber, al margen de que el éxito subsiga, continuará manteniéndome en línea, al releer las palabras bellas del título que acabo de recibir.

    Hijo predilecto de mi ciudad natal. Hermano de los defensores del Alcázar. ¡Qué podríais concederme que llenara mejor mis aspiraciones! Las cruces se cuelgan del pecho de quienes las han merecido. La filiación y la hermandad son algo más íntimo, más entrañable. Son ligadura y parentesco. La filiación asciende para entroncarnos con un linaje, el mío, que pretendo conservar con toda su limpia ejecutoria en quienes ya me suceden. La hermandad me liga a vosotros, los defensores vivos y muertos del Alcázar, los compañeros de mi padre y del padre de mi mujer.

    Esta filiación y esta hermandad, el linaje y el mandato de los que en la cripta del Alcázar esperan el júbilo de la resurrección, me mueven a levantar mi copa y a pediros que contestéis con el mismo ardor con que ellos lo harían si pudiesen acompañarnos, a mi ¡Arriba España!"


    Última edición por ALACRAN; 29/09/2023 a las 13:11
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar

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    Blas Piñar, hijo predilecto de Toledo; toledanismo de Blas Piñar (II)

    Revista FUERZA NUEVA, nº 91, 5-Oct-1968

    IMPORTANTES DISCURSOS EN EL HOMENAJE QUE SE LE HA TRIBUTADO A BLAS PIÑAR EN TOLEDO (III)

    El escritor y poeta toledano Juan Antonio Villacañas, saludó a Blas Piñar con el siguiente emocionado soneto:

    Querido Blas: Toledo eres tú ahora.
    Toledo en muchas partes y una parte
    total de cada siglo. Un curso de arte
    en nuestra historia multiplicadora.

    Si una campana canta y otra llora
    nadie se va de ti ni se reparte.
    Toledo es madre más que baluarte,
    madre máxima tuya y amadora.

    Predilecto en sus brazos, Blas, suspira,
    déjate amamantar; su leche es pura;
    en sus pechos de piedra, río abajo

    tú vas derecho donde tu alma mira,
    Y hoy Toledo eres tú y a tu estatura
    sube el agua legítima del Tajo.


    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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