LA CRISIS DEL CRISTIANISMO
Arnaud Desjardins

Así como la práctica totalidad de la sociedad es hoy técnica o industrial, la totalidad de las sociedades eran antes religiosas. Cualquiera que sea el juicio que se haga sobre las diferentes religiones existentes o desaparecidas, el hecho está ahí. Esas religiones eran la base de todo el orden humano y social. Es cierto que la palabra religión, tal y como se entiende hoy, ha tomado un sentido tan restringido, por no decir tan mediocre, que apenas se aplica al "dharma", es decir, al orden total, ya sea hindú, judaico, taoísta, budista, musulmán o cristiano medieval. En todos estos órdenes, se encuentra una doctrina, unos símbolos, una arquitectura, ciencias sagradas, una liturgia anual, una concepción y una organización de la vida familiar y un reparto de tareas dentro de una sociedad más o menos equivalente a la de los varnas o castas hindúes. En todos estos órdenes, se reconoce la primacía de lo sagrado y de lo espiritual. La cúspide de la sociedad, incluso antes que el padre o el doctor de la ley, es el Sabio o el Profeta, el que encarna y manifiesta directamente la verdad trascendente. ¡Ay de las sociedades que no escuchan la voz de sus sabios o de sus profetas! En el Hinduismo, en el Budismo y en el Islam que yo he conocido, el respeto hacia los hombres santos, hacia los místicos, hacia quienes abandonaron el mundo, ha permanecido como un elemento esencial de la existencia.
El mundo moderno, nacido en el Occidente cristiano, es fundamentalmente antirreligioso, antiespiritual y anticristiano. Desgraciadamente, el Cristianismo, protestantismo primero y luego catolicismo, se ha solidarizado con ese mundo agresivamente profano y materialista, creando con ello una confusión de planos que ha contaminado a la mayor parte de los espíritus.
De la primera a la última línea, la enseñanza de los Evangelios es una enseñanza del ser y una advertencia contra el tener. Si no se está íntimamente convencido de que la plenitud de su propia vida, su realización y su expansión están en el desarrollo del ser por la renuncia al tener, el Cristianismo es incomprensible, inaceptable e inviable. Cristo enseño la pobreza material; pero también enseño la pobreza interior, la pobreza de espíritu, la pobreza de la mente, que se desprende de sus ideas, de sus conceptos, opiniones, prejuicios y falsas certezas. Los maestros han repetido siglo tras siglo: «La Vía consiste en esto: dejad de manifestar opiniones». Cristo dio la misma enseñanza y, si su mensaje hubiera sido menos deformado y traicionado, menos europeos y americanos se volverían hoy hacia el Budismo Zen y hacia Huan-Po, Huei-Neng o Lin-Tsi.
Frente a la situación actual del mundo y de las iglesias, frente a la desafección de las masas, frente a la moda creciente de las espiritualidades no cristianas, los cristianos se afligen sin mirar hacia delante y sin aceptar que recolectan lo que el Occidente llamado Cristiano comenzó a sembrar hace cuatro siglos. El Occidente, tierra del Cristianismo, es responsable de la crisis intelectual y espiritual, mucho más que ecológica todavía, que asola al mundo moderno, y de la marea de oscurantismo que se cierne sobre todo el planeta. El ateísmo y el materialismo no tienen nada que deba extrañar. Están en la lógica del sistema.
Antaño, la verdad la ostentaba y la enseñaba la autoridad espiritual. El hombre joven o la chica joven, ávidos de comprender, ávidos de conocer, se volvían hacia los monasterios, hacia los sabios y maestros de las diferentes ciencias sagradas o tradicionales. Estudiar las leyes de la Creación era, al mismo tiempo, conocerse a sí mismo con mayor profundidad cada vez. Todas las ciencias estaban unidas al mismo tronco central. En la India, por ejemplo, la medicina ayurvédica se deriva, como su nombre indica, de uno de los cuatro vedas, el veda ayur. La psicología y la fisiología de las profundidades se conocen en los diversos yogas. La astronomía, la arquitectura y la música son enseñadas en los textos que forman parte de las Escrituras. Cada conocimiento está ligado a los principios fundamentales y, a partir de él, podemos remontarnos a esos principios. Eso es cierto para todos los conocimientos, incluidos los de los artesanos: tejedor, carpintero o ebanista, orfebre, calderero, escultor o albañil. Cada uno, a través de su profesión, aprehende un dominio especial de aplicación de las leyes universales.
Desde que las ciencias modernas han perdido toda relación con la Ciencia esencial, la metafísica y la cosmología, a los hombres que pretenden comprender y conocer lo que puede saberse sobre el hombre y el universo no se les ocurre ya la idea de dirigirse a la Iglesia. En cuanto a los verdaderos sabios, los miembros de diversas órdenes regulares me han confesado, con tristeza, no haber encontrado ninguna jamás durante toda su vida religiosa. Son demasiados para que yo ponga en duda su testimonio negativo. Por el contrario, entre los monjes contemplativos, algunos hermanos, en la mayoría de los casos poco instruidos, viven en la plegaria continua, en la paz y en la alegría; pero serían incapaces de transmitir su experiencia, de responder a cuestiones intelectuales, de guiar a aquellos cuyos obstáculos no han sido los suyos.
Hoy, uno se dirige a los expertos y a los especialistas de las diferentes ciencias profanas, incluidas las ciencias humanas. En la India, sin embargo, conozco a muchos hombres y mujeres, licenciados en universidades indias u occidentales, que se dirigen a un sabio para dar su sentido último a toda su formación. Un médico va a preguntar al sabio cuál es la verdad profunda, de principio, de la enfermedad y de la salud. Un sexólogo, por tomar la más moderna de las especialidades, aprenderá del sabio que toda la manifestación se basa en la bipolaridad y en la unión de los contrarios, lo cual significa la unión del Dios y de su Shakti, la relación de la dualidad con la trinidad, el simbolismo del lingam (falo) y del yoni (vulva) en los templos de Shiva. La sexualidad animal es una manifestación, desde el punto de vista psíquico, de la sexualidad causal, metafísica, y, sólo con esa perspectiva, la sexología puede adquirir una dimensión plenamente humana.
En la cristiandad moderna, la situación se ha invertido. Es la Iglesia, a todos los niveles, incluido el más alto, el del Concilio, quien recurre a los "expertos" profanos. En lugar de dar luz al mundo, se la pide. Esta inversión es poco menos que aberrante, pero la degradación es tal que los Cardenales y los Obispos dan ejemplo de ello. «Vosotros sois la sal de la Tierra; pero, si la sal pierde su sabor, ¿Con qué salareis?». Los representantes de las ciencias modernas, que no tienen ninguna raíz metafísica o espiritual, dan su opinión a los poseedores oficiales de la Doctrina Sagrada y del Conocimiento Supremo. Cuando se sabe lo que significan los términos que designan el conocimiento según el tener (vijnana) y según el ser (prajnana) en la tradición hindú, que el verdadero conocimiento es cuestión de ser y de "realización" personal, se mide hasta qué grado de confusión han llegado hoy los espíritus de los más cultos.
No hay nada extraño, en estas condiciones, en que la Iglesia atraviese una crisis que algunos califican, no sin razones, de desconcierto. Los propios monasterios ponen en tela de juicio los principios milenarios de su regla. La Iglesia, desde hace algunos siglos, se ha comprometido tanto, intelectualmente, con la mentalidad moderna antirreligiosa, que ahora se encuentra afirmando principios en un mundo moderno que no puede ni comprenderlos ni tolerarlos.
Sobre todos los temas que están a la orden del día (divorcio, aborto, píldora) su situación es insostenible. ¿Cómo va a hablar todavía de ser, a hombres y mujeres a quienes todo, en todos los lugares y en todo momento, no habla más que de tener: tener sensaciones, tener emociones, tener experiencias, tener un amante, tener al hombre que se ama, tener o no tener niños, tener lo que los niños impiden que se tenga?
El Cristianismo se ha comprometido con las rivalidades nacionales (Dios con nosotros o Got mit uns) y con los conflictos políticos, traicionando la neutralidad y el papel de árbitro, que es lo suyo. En vez de dar su legitimidad a lo temporal, lo espiritual se ha rebajado a su nivel, perdiendo el derecho a su respeto. Es normal y legítimo que la autoridad espiritual inspire y guíe al poder temporal. El maharajah hace el pranam, se postra ante el sabio. Pero, si el representante de la doctrina espiritual se preocupa por tener, por tener autoridad, prestigio y poder, pierde su naturaleza, se desnaturaliza y abre el camino a todos los conflictos y a revueltas muy comprensibles. La lucha entre el Papa y el Emperador, en el momento del Sacro Imperio, es la historia de la traición de una verdad.
La Iglesia ha proclamado y continúa proclamando su aprobación e incluso su enhorabuena por todo tipo de éxitos técnicos, científicos o espaciales, que no son más que los testimonios de la vía antiespiritual, en la que está inmersa la humanidad y que no tiene absolutamente nada que ver con las enseñanzas de Cristo. Cristo lo dijo muy claro. «Mi reino no es de este mundo». aunque esté en este mundo, nunca será de este mundo. la confusión de lo temporal y de lo espiritual, la confusión de los planos o de los niveles de ser y de conciencia es, en materia de religión, "el comienzo del fin". lo temporal es importante, muy importante; pero como expresión y manifestación de lo espiritual.
Cuando la Biblia dice que «al hombre le ha sido dado el poder sobre la Creación» eso significa que el hombre puede liberarse de las Leyes de la Manifestación, en lugar de permanecer sumiso a ellas, puede dominar su naturaleza sensual y mental para realizar su Naturaleza supraconsciente. Interpretar esta verdad espiritual en el sentido de una conquista material que no respeta nada es una desviación moderna de la que la Iglesia está pagando en la actualidad un precio doloroso.
Todo lo que hoy aparece como fuerzas antirreligiosas, el ateísmo, el materialismo, el frenesí del gozo, la destrucción de la familia, la profanación de los valores espirituales y morales, ha nacido en el Occidente llamado cristiano y por él ha sido propagado al resto del mundo. El maoísmo apela a Marx y a Lenin, no a Buda o a Lao-Tse, y ha salvado a China de la miseria en la que los Occidentales la habían sumido.
Por otra parte, el Cristianismo ha estado estrechamente asociado con el colonialismo y con el imperialismo. Para un cristiano sincero y lúcido, la historia de las misiones y de la evangelización es la de un doloroso malentendido. Ciertamente, la Iglesia manifiesta hoy una comprensión nueva de las espiritualidades no cristianas. La larga permanencia en Asia, durante la cual el monje cisterciense Thomas Merton encontró la muerte, es significativa y ejemplar al respecto. Thomas Merton produjo una impresión profunda en los maestros auténticos que encontró en diferentes escuelas budistas, incluida la del tantrayana tibetano. Sus testimonios reunidos bajo el título «Zen, Tao y Nirvana» son un precioso testimonio de humildad intelectual, de honradez espiritual y de comprensión.
No es menos cierto que en Oriente, como en el resto del mundo desde Oceanía hasta Africa, el Cristianismo se ha encontrado asociado, más incluso, mezclado con los valores antiespirituales exportados por Occidente. Durante siglos, casi la totalidad de los misioneros han desconocido completamente no sólo los valores trascendentes de las espiritualidades hindú o budista, sino la propia y simple verdad elemental del Hinduismo o del Budismo. Nadie niega el valor con el que los misioneros han abandonado su país, su medio, su familia, para vivir en condiciones materiales y climáticas extremadamente penosas y sin que para ellos sea cuestión de hacer fortuna o de hacer carrera en tierras lejanas. Nadie niega la abnegación con que las monjas han socorrido a los desamparados y cuidado a los enfermos; pero la difusión de la instrucción moderna en las escuelas religiosas y la forma con que los jóvenes asiáticos o africanos eran llevados a desconocer y a renegar de su propia religión y de su propia tradición han contribuido enormemente a quebrantar los cimientos espirituales de las sociedades del Tercer Mundo. Salvo raras excepciones, los jóvenes que salían de las instituciones cristianas estaban maduros para comprometerse en el camino del tener y perdidos para el del ser. A veces, y lo he observado a menudo, basta con una sola generación para cambiar de un mundo a otro.
Realmente, la propia religión puede permanecer en la línea del ser o adentrarse en la del tener. "Padre Nuestro" se convierte en "mi Dios", el Dios de mi ego, de mis deseos y de mis temores, que va a darme lo que le pida. Si, Dios da lo que se le pide con fe, es decir, con la totalidad de uno mismo, consciente e inconsciente; pero, nada más otorgado, hay que pedir algo más a así sucesivamente. La única petición legítima es la petición de la Verdad, del alimento trascendente, epiousios, mencionado en el Padre Nuestro. La "oración del Señor" no dice "dame", sino "danos". El "pan nuestro de cada día" representa el tener que es necesario para ser de día en día («danos hoy nuestro pan suprasubstancial» en la versión de la vulgata. N.D.T.). Danos lo que necesitamos hoy material, emocional y espiritualmente. Ser un hijo de Dios es aceptar humildemente lo que El da o lo que niega, sin diferenciar lo que se considera bueno o lo que se considera malo, pues "todo concurre al bien de los que aman a Dios". Ese "bien", el único y verdadero bien, es el crecimiento del ser.
Todos los fundadores de religiones, todos los sabios, todos los profetas han hablado con autoridad, es decir, por experiencia directa. Han hablado del amor porque ellos eran el Amor; de la alegría, porque ellos eran la Alegría; de paz, porque ellos eran la Paz. Pero demasiados teólogos, curas, pastores –y swamis– han propagado una enseñanza que no habían sido capaces de confirmar con su propia experiencia. Los reproches de Cristo a los fariseos y a los saduceos se dirigen ahora a ellos. Y, al igual que los fariseos hace dos mil años, no están dispuestos a aceptarlos. Habiendo perdido las llaves del Reino de los Cielos, impiden la entrada a los demás. La historia ha mostrado siempre que los representantes oficiales de las religiones organizadas son los oponentes más críticos con respecto a los seres realmente inspirados, profetas y místicos. Los justos de Israel condenaron a Cristo, los hombres de Iglesia atacaron a Teresa de Avila y al Maestro Eckhart, los mullahs persiguieron a los sufíes. El Hinduismo ha escapado a esta tragedia por su tolerancia y por su aceptación del politeísmo; el Budismo ha escapado también, en la medida en que ha puesto el acento sobre la realización personal contra las especulaciones teológicas. Como los eruditos, los teólogos son hombres del tener: tienen conocimientos bibliográficos; "tienen" la fe y no quieren que se la quiten; tienen también todo tipo de opiniones, de ideas, de conceptos, como cualquier otro hombre. Están lejos de la pobreza de espíritu predicada por Cristo y los maestros Zen. Ese es el motivo por el que sacerdotes y pastores tiene opiniones contradictorias sobre política, sociología, ética e incluso teología.
El alejamiento de los jóvenes con respecto a las iglesias no tiene nada de extraño. El compromiso religioso prometo todo; pero también lo exige todo. Oír cómo mantienen conceptos teológicos hombres que no son lo que predican no puede atraer ni convencer a quienes, en lo más profundo de su ser, buscan desesperadamente ser. El escepticismo que caracteriza a nuestra época es completamente excepcional. En todas las demás civilizaciones, los hombres aceptan las verdades científicas sin haberlas comprobado por sí mismos totalmente. Las formas y los símbolos de sus religiones tenían un sentido para ellos. Las verdades religiosas impregnaban su existencia como las de las técnicas modernas, la física y la química, impregnan la nuestra.
Demasiados curas, pastores, dominicos –y swamis– son intelectuales, hombres que poseen numerosos conocimientos, pero a quienes falta el Conocimiento. Tomar a su cargo el rebaño de los fieles exige haber resuelto, uno mismo y en sí mismo, todos los problemas de ser que asaltan y desgarran a quienes buscan y a quienes dudan. La formación de un director de conciencia, de un maestro digno de ese nombre, es una experiencia total, que compromete a todo el ser, una serie de realizaciones interiores. Mediante pruebas que ponen en juego tanto el cuerpo y las emociones como los pensamientos, mediante una muerte y una resurrección permanentes, los velos se desgarran, los nudos se desatan, los niveles más elevados del ser se alcanzan. Un maestro se ha formado y forma a sus discípulos mediante las situaciones concretas de la existencia y con técnicas de ascesis y de reintegración. Su comunidad es un resumen de todo el Universo y una escuela de "realización". Hoy, los estudios teológicos son estudios como cualesquiera otros, con cursos, libros, cuadernos, una acumulación de informaciones y de posesiones intelectuales. En esta vía no hay límites. Cuando se conoce todo de San Agustín, todo de Santo Tomás y a todos los teólogos modernos, todavía quedan cientos de textos por estudiar sobre las religiones orientales, sobre las filosofías profanas, sobe la psicología moderna, indefinidamente. ¿En qué se es más sabio? ¿es que eso puede enseñar el conocimiento del sí –sí, de sí, no del hombre en general– el dominio de sí, la paz interior y "la Alegría que no se acaba"? A ser no se aprende en los libros ni en las aulas. Sólo la experiencia espiritual directa es independiente y da una certeza completa. Hombres, que tienen opiniones, son ciegos que guían a otros ciegos. Esa es la razón por la que tantos hombres y mujeres, jóvenes especialmente, que buscan una compensación a su insuficiencia de ser, se encaminan hacia tantos falsos profetas que no les hablan sino de tener o de cambiar la repartición del tener dentro de la sociedad. Por eso, también muchos se sientes atraídos por maestros orientales, más o menos dudosos, que les prometen también tener: tener estados de conciencia transcendentes, tener experiencias extraordinarias, tener la Realización a buen precio.
Volved a coger los Evangelios: Cristo no habla en ellos más que del ser y del ser libre del tener. Una sociedad que ha merecido el calificativo de sociedad de consumo es una sociedad anticristiana hasta su raíz.
Todo lo que el mundo occidental conserva todavía, por poco que sea, que tenga valor cultural o espiritual, se lo debe al Cristianismo. Platón, Aristóteles y los demás maestros "paganos" han sido conservados, estudiados, enseñados por los monjes, los clérigos y los doctores de la Iglesia. En los textos hay algunos padres de los primeros tiempos como San Isaac el Sirio o Gregorio de Nisa, algunos místicos como Ruysbroek, Eckhart, Jacob Boehme, Boecio, el beato Paul Giustianini, tesoros de sabiduría y de penetración sicológica, que no tiene nada en envidiar a los autores modernos en cuanto al rigor de pensamiento y a la profundidad del juicio. Pero el mundo moderno da la espalda con resolución a toda la herencia cristiana, ya sea en doctrina, en arquitectura, en arte o en forma de vida. El Cristianismo que pacta con Mammon, que bendice a Mammon, que alaba a Mammon, ya no es el Cristianismo, no es Cristianismo; es su caricatura.