Alejandro. La gracia recibida se manifiesta en las tres virtudes teologales, que como bien se sabe, son aquéllas de las que nunca se puede pecar por exceso. Por tanto, no vale sólo con la fe (es decir, la VERDAD, como muy bien usted señalaba) ni con la caridad (como apuntaba también muy bien Hyeronimus en su comentario), sino que también es necesaria la esperanza en todas nuestras obras.
Dejar de lado la esperanza so pretexto de un amor más puro y desinteresado es una falacia peligrosa que debemos desechar. En la Historia española generalmente viene representado este error con un famoso soneto que comienza: No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Este error fue difundido sobre todo por ciertas corrientes de la herejía quietista. Dice Menéndez Pelayo al respecto: "En cuanto al célebre soneto No me mueve, mi Dios para quererte que en muchos devocionarios anda a nombre de Santa Teresa, y en otros a nombre de San Francisco Javier, sabido es que no hay el más leve fundamento para atribuirle tan alto origen; y a pesar de su belleza poética y de lo delicado del pensamiento (que, mal entendido por los quietistas franceses, les sirvió de texto para su teoría del amor puro y desinteresado), hemos de resignarnos a tenerle por obra de algún fraile oscuro, cuyo nombre quizá nos revelen futuras investigaciones" (Discurso De la poesía mística, 1881).
Uno de los mayores maestros sobre el tema del amor fue el gran filosófo Dietrich von Hildebrand, especialmente su libro La esencia del amor (editado actualmente por EUNSA). Otros autores que tratan muy bien el tema, en mi opinión, son Josef Pieper y Gustave Thibon.
Fuente: parte de esta información está sacada del forista Castelnuovo del Foro Santo Tomás Moro.
Marcadores