La Iglesia Católica enseña: «De la potestad secular afirmamos que sin pecado mortal puede ejercer juicio de sangre, con tal que para inferir la vindicta no proceda con odio, sino por juicio, no incautamente, sino con consejo» (Profesión de fe contra los valdenses, Denzinger 425). «El poder público tiene facultad de privar de la vida al delincuente sentenciado en expiación de su delito, después de que éste se despojó de su derecho a la vida» (Pío XII). «Es lícito matar bestias animales considerando que por naturaleza están ordenados a estar al servicio del hombre, como algo imperfecto hacia lo perfecto. Cada parte está en función del todo, como lo imperfecto está a lo perfecto, y así cada parte es naturalmente para el todo. Consecuentemente, vemos que se debe amputar un miembro podrido o corrupto, para el bienestar de los demás miembros y de todo el cuerpo; por lo tanto, es laudable y saludable el extirparlo. Una persona es miembro de toda la comunidad, como parte de un todo; por consiguiente, si un hombre es peligroso para la comunidad y es un elemento corrupto por el pecado, entonces es lícito y saludable el darle muerte, para preservar el bien común» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica 2-2, 64, 2). « … porque [el príncipe] es un ministro de Dios para tu bien. Pero si obras mal, tiembla: porque no en vano ciñe espada; siendo como es ministro de Dios, para ejercer su justicia, castigando al que obra mal» (San Pablo, Epístola a los Romanos, 13, 4). ¿Se puede ser católico y condenar la pena de muerte? Rotundamente: no.
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